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SALA DE VISIONADO

Emmy 2016: notas para reflexionar

Publicada el 21/09/2016 a las 06:00 Actualizada el 20/09/2016 a las 18:49
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Los actores de la serie 'Juego de Tronos' en la gala de los Premios Emmy.

Los actores de la serie 'Juego de Tronos' en la gala de los Premios Emmy.

EFE
Este domingo se han entregado en Los Ángeles los premios Emmy, que marcan de forma tradicional el arranque de la nueva temporada televisiva. Este evento sirve cada año como puesta al día del momento que vive la televisión estadounidense y, al igual que ocurre con la NBA respecto al baloncesto internacional, sirve para hacerse una idea de las líneas generales que define la industria televisiva actual en el mundo.

La ceremonia fue, como de costumbre, un acontecimiento extraordinario para los amantes del medio, particularmente en el ámbito de las series, que son el elemento central del espectáculo. Desde la alfombra roja hasta el último plano de la retransmisión, la gala es una oportunidad única para ver reunidas a las principales figuras que hacen hoy en día los mayores éxitos televisivos, seguidos en innumerables países. Visto desde España, la entrega de los Emmy siempre supone una repetida bofetada a nuestra humilde industria que ha sido incapaz de crear un acontecimiento que sirva de escaparate de exposición de nuestra industria. Las razones son diversas y sería demasiado largo explicar aquí los motivos que van desde el intento de protagonismo de unos, a la altanería de otros; desde la falta de profesionalidad de unos, hasta la falta de compromiso de otros. Un desastre.

Lo llamativo de la gran gala anual de los Emmy es que apenas ha cambiado externamente, mientras internamente ha sufrido trascendentales transformaciones. Aparentemente, el evento es como siempre. Una gran cadena en abierto, en este caso la ABC, retransmite una celebración multitudinaria y espectacular donde está presente todo aquel que es alguien en el mundo de la televisión actual. Se trata de realizar un acto de reivindicación del oficio televisivo que año tras año no ha hecho más que crecer en importancia dentro de la industria del entretenimiento global. La cadena ABC, propiedad del conglomerado Disney, puso lo mejor que tenía para defender su apuesta. El espectáculo fue presentado por su gran estrella, Jimmy Kimmel, que cumplió correctamente con su cometido tirando de su dilatada experiencia. Sin embargo, en el balance final, la noche para la anfitriona, ABC, fue toda una tragedia. De los 21 premios entregados, sólo uno se quedó en la cadena y, además, era de los menos significativos, el de la actriz secundaria en una miniserie, para Regina King, en American Crime.

Si en España una gran cadena nacional emite una gran gala de premios televisivos y obtiene un único galardón de escasa importancia, directamente arde Troya. No hace falta dar más detalles, ni citar a nadie. Se lía la mundial. Así se entiende que en la actualidad no exista un evento similar en nuestro país desde hace demasiados años.

En Estados Unidos, el desarrollo del cable y del streaming ha modificado por completo la oferta de series en el mercado. Así que, en estos últimos años asistimos en cada gala de los Emmy a ver cómo las grandes y tradicionales networks (las grandes cadenas en abierto) organizan y financian una gran celebración para que los nuevos canales emergentes exhiban su creciente hegemonía. En la edición de este año, las cuatro grandes cadenas recibieron tan sólo cuatro premios: 2, NBC; 1, FOX y ABC; y ninguno, CBS. Mientras, se dedicaron a aplaudir las 6 estatuillas que consiguieron HBO y FX o las 3 obtenidas por Netflix ¿Alguien duda aún de que los tiempos están cambiando?

El otro gran rasgo determinante del evento fue de tipo editorial, más allá de los aspectos industriales. Las dos últimas ediciones de los Oscar han estado determinadas por la polémica en torno al racismo subyacente en la industria del cine. Los hashtag #Oscarsowhite del 2015 y #Oscarstillsowhite de 2016 centraron buena parte de la queja generalizada respecto al hecho de que apenas hubiera nominaciones de actores y actrices de color, respecto a la absoluta y abrumadora presencia de blancos. Estaba claro que los Emmy no querían que les sucediera algo similar. Así que, desde el primer momento, la idea de apoyo a la diversidad se convirtió en el eje principal de la ceremonia y de la elección de nominados y premiados. Bien es cierto que, previamente, también se ha producido en estos últimos años un considerable aumento de producciones televisivas que se apoyan en esta tendencia aperturista. Nunca jamás como este año, el escenario de los Emmy dio cabida a grupos raciales y sociales alternativos a las convencionales estrellas blancas que han dominado el escaparate durante décadas: Negros, asiáticos, latinos, gays, lesbianas, transexuales, obesos,... han subido al escenario a entregar y recoger las estatuillas que intentan compensar años de prejuicios, persecución y aislamiento.

Además, aunque casi como complemento, al encontrarnos en año electoral, tampoco han faltado alusiones a la política, aunque en menor medida de lo que hubiera cabido prever. Donald Trump obtuvo su media docena de alusiones críticas, ninguna de las cuales llegó a escandalizar a nadie. Sin duda, menos lo esperado. Está claro que Hollywood está con Hillary. O, mejor dicho, está contra Trump. Quizá lo más ingenioso al respecto fueron los chistes que Jimmy Kimmel lanzó a Mark Burnett, el creador del reality The Apprentice, por llevar en sus espaldas el dudoso honor de haber convertido años atrás en una gran estrella televisiva al hoy candidato republicano. Posiblemente, sin su paso por la televisión nunca jamás hubiera aspirado Donald Trump a llegar a la Casa Blanca. El asunto ha pasado a ser cuestión de debate en la opinión pública estadounidense.



En cuanto a los premios, más o menos son ya conocidos de todos los aficionados. Personalmente, creo que los Emmy son premios bastante acertados desde una premisa fundamental, la de reconocer programas realmente históricos que hayan aportado valores más allá de la simple comercialidad. Este año, dentro del género de series dramáticas, Juego de Tronos se ha coronado por segunda vez consecutiva como la mejor serie.



Sigue la estela de los grandes galardonados en la última década: Breaking Bad, Mad Men, Homeland, o Los Soprano. Juego de Tronos ha arrasado con justicia en los premios técnicos y, además, ha visto reconocido el episodio La Batalla de los Bastardos como uno de los hitos de la historia de la televisión (Mejor guión y mejor dirección).



La serie se ha convertido en la más galardonada de todos los tiempos por los Emmy, tras superar a la mítica comedia Frasier, que ganaría de calle si le sumáramos los obtenidos por Cheers, de la que fue un spin-off. El enorme peso en Juego de Tronos de sus merecidos premios en los aspectos técnicos le otorga una posición inalcanzable para otro tipo de títulos. Quizá la única sorpresa fue el hecho de ignorar al popular casting de la serie. Pese a estar nominados varios de sus actores más conocidos, ninguno obtuvo la estatuilla frente a candidaturas menos significativas. La explicación parece estar en el hecho de que, posiblemente, el hecho de contar con varios candidatos simultáneamente ha debido dividir el voto de los académicos entre las diferentes opciones, en beneficio de las nominaciones alternativas. Por lo demás, destaca el reconocimiento como actor del año a Rami Malek, el protagonista de Mr. Robot, la serie que a principios de año se presentaba como alternativa a convertirse en una referencia de peso y que ha visto desvanecer buena parte de sus expectativas tras su decepcionante segunda temporada.

Por lo que a la comedia se refiere, el reinado de Veep se mantiene. Estados Unidos adora esta serie que desde luego no ha obtenido el mismo éxito fuera de aquel mercado.



En la última década, tres telecomedias han monopolizado este preciado galardón: 30 Rock, Modern Family y la citada Veep. A diferencia de lo que ocurre en el caso de los dramas parece que las épocas doradas del género hay que buscarlas en décadas anteriores.

Quizá lo más llamativo en este apartado vino de la mano del reconocimiento a los mejores episodios del año. El capítulo mejor dirigido de la temporada fue para Jill Solloway y su trabajo en Man on the land, de la serie creada por ella misma, Transparent. El mejor escrito fue para Master of None y su capítulo titulado Parents. Nos cabe el humilde honor de haberlo destacado el pasado mes de febrero como una auténtica joya televisiva.

En cuanto a los actores de comedia, pocas sorpresas. De nuevo, Jeffrey Tambor, por Transparent, y Julia Louis Dreyfuss, por Veep. Meses atrás también dedicamos un artículo a esta gran reina de la comedia en esta columna.

Pero, seguramente, lo más llamativo del año ha sido el acontecimiento que ha supuesto una miniserie que aún no ha llegado a España y que en Estados Unidos ha supuesto un acontecimiento. En la gala de los Emmy arrasó en su categoría. Se trata de la miniserie The People vs OJ Simpson, emitida por la cadena de cable FX, que estos últimos años destaca por sus apuestas rupturistas y novedosas.



La producción está basada en el famoso proceso seguido contra el mítico jugador de fútbol americano acusado del asesinato de su ex mujer. Cuando se estrene en nuestro país, hablaremos de ella con detalle. Vale la pena comentarla. De momento, podemos disfrutar en Movistar+ del magnífico documental producido por ESPN centrado en la misma historia, sin introducir elemento alguno ficcionado. La próxima semana hablaremos de él en nuestra Sala de Visionado.

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