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Animales de oro

Los koalas de Australia

  • Emblema de la gran isla de las antípodas, estos ositos adorables no son ni ositos ni adorables: son marsupiales, y su abrazo puede matar a un hombre
  • Este verano visitamos a unos animales tan singulares que sustentan parte del turismo de su entorno, el mismo turismo que acaba amenazando su existencia

Eva Orúe | Sara Gutiérrez
Publicada el 22/07/2018 a las 06:00 Actualizada el 21/07/2018 a las 20:10
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No me gustan los koalas. Son unos bichos asquerosos, irascibles y estúpidos sin un solo hueso amistoso en todo su cuerpo. Sus hábitos sociales son vergonzosos: los machos siempre andan propinando palizas a sus semejantes y robándoles las hembras. Tienen mecanismos defensivos repugnantes. Su piel está infestada de piojos. Roncan. Su semejanza con juguetes adorables es una engañifa abyecta. No son dignos de elogio por ningún motivo.

Y además, una vez un koala intentó hacerme daño de una forma muy horrible”.

No parece que Kenneth Cook tenga simpatía alguna por esos animales que, efectivamente, no son osos. El koala asesino, se titula su libro de relatos, uno de los que, en los últimos años, ha conseguido hacer de Australia un país cercano.

Que mira que es difícil.

  El emblema australiano 

Sin temor a equivocarnos, podemos afirmar que el koala es una suerte de insignia, símbolo de Australia por encima incluso del canguro, o de sus parientes pequeños, los ualabies o wallabies (que, no obstante, dan nombre a los integrantes de la selección de rugby).

Y las circunstancias del koala, seguidas con interés en medio mundo, no dejan de generar informaciones.

Un ejemplo. Hay zonas del país donde, desde 2001, los tienen en su lista oficial de animales dañinos regionales, en compañías tan dudosas como la de las termitas, las coronas de espinas (unas voraces estrellas de mar) o las cucaburras (cuyo reclamo, similar a la carcajada humana, da aún más miedo si tenemos en cuenta que son aves carnívoras).
 



Otro: en 2015, se denunció que en algunas zonas los koalas se habían convertido en una plaga.

Sin embargo, el pasado mes de mayo, el estado de New South Wales anunció la puesta en marcha de un plan para proteger a esta criatura icónica, ahora en peligro de extinción… Antes, el enemigo era el cazador; ahora, son cazados por la chlamydia, bacteria responsable de una enfermedad de transmisión sexual común en los humanos.

En busca del koala escondido

Lo cierto es que la población koala ya no es lo que era. Se cree que antes de que los europeos hicieran su aparición había en la isla continente unos 10 millones; ahora, pueden ser unos 43.000. Y no resulta fácil verlos.

Nosotras tras una serie de infructuosas búsquedas, los localizamos camino del faro de Cape Otway.
 

El camino es una senda jalonada de eucaliptos, árbol que les ofrece alojamiento y manutención. Hay que ir muy atentos porque será el movimiento del follaje el que nos ponga sobre la pista de la ansiada presencia. O quizá den la voz de alerta los turistas apostados al pie de los árboles.
 

Sea de una u otra forma, lo que en principio parecen sombras se revelan seres vivientes que, como vamos a descubrir, soportan con koaliniana paciencia el acoso de esos seres fotográficos que les observan, entre curiosos e impertinentes.

En general, los vemos (a los koalas, no a los turistas) durmiendo (pueden hacerlo hasta 20 horas al día, alojados en las horquetas de los árboles); con suerte, comiendo o moviéndose; con más suerte aún, el individuo detectado es una hembra con su cría. Nunca en grupo, porque son seres solitarios: en la comunidad koala la única relación intensa es, nos dicen, la madre-hijo.
 

Otros turistas, menos aventureros o con menos paciencia, prefieren no perder el tiempo buscando koalas entre en follaje y se aseguran el tiro visitando uno de los muchos parques zoológicos que hay en Australia, públicos y grandes algunos, otros pequeños y privados.

Estos últimos nos llaman la atención, porque son muy populares y parecen precarios, como si los lugareños con terreno de sobra hubieran decidido sacar partido de sus posesiones y de la curiosidad de los visitantes. La buena noticia es que muchos de esos zoos realizan una tarea educativa y ayudan a conservar animales en peligro de extinción: sólo allí se pueden ver uómbats, casuarios, ornitorrincos, equidnas (otro mamífero ovíparo, pero éste similar al erizo), demonios de Tasmania, dingos (una subespecie de lobo propia de la zona)… y sí, koalas, que al final se nos antojan los menos raros de los animales raros que habitan Australia.
 

De todo lo dicho se deduce que ver animales es, en Australia, una actividad seductora. Y, añadimos, no sólo para los foráneos, los nativos también le dedican energías.

Todo lo cual se traduce en dinero. Centrándonos en el animal que nos ocupa: aun quietecito, sin hacer apenas ruido y entregado a la tarea de masticar hojas, el koala es la espina dorsal de un negocio muy lucrativo. Eso dice al menos la Australian Koala Foundation. Sus cálculos, contenidos en un estudio titulado The economic value of the koala (2014), indican que los animales dejan en las arcas públicas 3.200 millones de dólares australianos, y crean unos 30.000 puestos de trabajo en la industria del turismo. Sólo la Gran Barrera de Coral y la Sydney Opera House dan más dinero.

Otros datos interesantes. Según el informe Sustainable Tourism Cooperative Research Centre (2009), el 44% de los visitantes llegados a Australia querían ver koalas, más de los que manifestaban su deseo de ver canguros o cualquier otro animal, y sólo el 50% cumplía su sueño.

Entre quienes lo hicieron estamos nosotras. Los vimos. Y ellos también os vieron.
 
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