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Animales de oro

Los leones de Kenia

  • El territorio masái alberga algunos de los parques naturales más hermosos, pero de la imagen del viajero en contacto con la naturaleza apenas queda nada…
  • Este verano visitamos a unos animales tan singulares que sustentan parte del turismo de su entorno, el mismo turismo que acaba amenazando su existencia

Eva Orúe | Sara Gutiérrez
Publicada el 05/08/2018 a las 06:00
Una leona en la reserva nacional Masái Mara, en Kenia.

Una leona en la reserva nacional Masái Mara, en Kenia.

Ingenio de Contenidos
Sí, vamos a caer en la tentación.
 

"Yo tenía una granja en África, al pie de las colinas de Ngong. El ecuador atravesaba aquellas tierras altas a un centenar de millas al norte, y la granja se asentaba a una altura de unos seis mil pies. Durante el día te sentías a una gran altitud, cerca del sol, las primeras horas de la mañana y las tardes eran límpidas y sosegadas, y las noches frías.

La situación geográfica y la altitud se combinaban para formar un paisaje único en el mundo. No era ni excesivo ni opulento; era el África destilada a seis mil pies de altura, como la intensa y refinada esencia de un continente”.


Es el inicio de Memorias de África, el libro de Isak Dinesen que el cine popularizó. Describe el paisaje que quienes peregrinan a Kenia buscan, olvidando que ese continente está también hecho de ciudades populosas, de montañas inhóspitas, de selvas impenetrables.

El viajero quiere también plantarse frente a uno de The Big Five, los cinco grandes: el león, el leopardo, el rinoceronte, el elefante y el búfalo cafre, para disparar… su cámara. Y sueña con hacerlo en soledad.

Embebido de ese espíritu, se sube al jeep que, en el colmo de la felicidad, conduce un masái…
 

E inicia el recorrido de la reserva nacional Masái Mara, en la frontera con Tanzania, una planicie atravesada por los ríos Mara y Talek. El conductor sabe lo que se hace, sigue a los animales, los acecha. De cuando en vez, llama por el walkie a un compañero al que avisa de que aquí o allá hay una manada de ñus o un elefante con su cría. En otras ocasiones, es él quien recibe la llamada. Se ayudan y, en su asiento del vehículo, el turista agradece la colaboración: nos ha costado mucho venir hasta aquí, he de aprovechar cada minuto y consumir baterías y tarjetas de memoria, disparar fotos como si fuera a tener tiempo de mirarlas todas.

Lo menos que se puede decir es que las expectativas se cumplen…
 

Mostramos leones, pero podrían ser cualesquiera otros animales, la reserva es rica en especies y experiencias. Mostramos leones porque, aunque hay especímenes más grandes, más coloridos, más espectaculares, ellos siguen siendo considerados los reyes.

Y no, no dejamos que la ocasional presencia de otros coches, de otros turistas igualmente pertrechados con cámaras y teleobjetivos incluso mucho mejores que los nuestros nos estropee el espectáculo. Ah, la naturaleza en estado (prácticamente) puro.

Pero que la ilusión no nos lleve a engaño. Los animales saben que estamos, peor aún, interferimos en sus tareas cotidianas.
 

Al cabo, las leonas aguantan estoicamente el acoso de los paparazzi. El león y su hembra nos miran como perdonándonos la vida, conscientes de que de un salto podrían acabar con esos intrusos tan molestos. Y la leona inicia la caza del ñu rodeada de coches, los que se ven más los de este lado, cuyos ocupantes evitarán fotografiar a los de enfrente para alimentar en sus imágenes la fantasía del safari en soledad.

Los vecinos de la región

La zona en la que nos encontramos es suelo masái, y los alrededores están salpicados de aldeas, que allí llaman enkangs.

No es la única reserva abierta en lo que en algún momento fue su territorio: en él también están los parques nacionales Amboseli, Nairobi, Lago Nakuru, y Tsavo. Eso, en Kenia. En Tanzania están los parques de Manyara, Ngorongoro, Tarangire y Serengeti. Estamos en territorio mítico, un territorio que antes ocupaban y que ahora rodean, pues han sido expulsados a las fronteras de estas reservas.

Los masáis son una de las 42 tribus keniatas, responsables todas ellas de un patrimonio cultural enorme, riquísimo, quizá la más (no necesariamente mejor) conocida de todas (junto a los Samburu) por su estereotipada presencia en películas de safaris de antaño, y por su relación con los turistas de hogaño.

Allí presumen de que, a pesar de la mejora de la educación y de las influencias culturales occidentales, han defendido sus tradiciones y se mantienen apegados a su modo de vida tradicional, lo que los convierte en un símbolo universal de la cultura de Kenia.

De hecho, el pastoreo sigue siendo una actividad principal; seminómadas, cuando regresan a casa lo hacen a aldeas de apariencia precaria, pequeñas casas circulares hechas de barro, hierba, madera y estiércol de vaca, generalmente construidas por las mujeres.

Nada extraño, pues, en que muchos se hayan pasado con armas y bagajes al sector turístico donde, además de prestar servicios, recuperan sus tradiciones para solaz de los visitantes ocasionales. Ni en que hayan abierto sus frágiles aldehuelas que los turistas, siempre dispuestos a admirarse y felicitarse ante condiciones de vida que ellos no admitirían para sí jamás, visitan para ser obsequiados con bailes tradicionales y cantos tribales. Coros y danzas para ganarse la vida.
 

Una fuente de ingresos principalísima

Según cifras del World Travel & Tourism Council (WTTC), en 2017 la contribución directa e indirecta al PIB fue cercana al 10% y empleó a 1,1 millones de personas, lo que supone el 9% del empleo total. Y todas las previsiones anuncian que es una tendencia al alza (para 2018 se espera un aumento en el empleo del 3%).

De modo que, como ocurre con otros destinos turísticos en los que la vida parece haberse detenido para conservar y ofrecer al turista lo que el turista espera ver; a cambio, ofrece una posibilidad a estos animales que, de otro modo, seguirían siendo como siempre fueron piezas codiciadas de cazadores de los de verdad.

PD

“A mediodía el aire estaba vivo sobre la tierra ―escribe Dinesen―, como una llama; centelleaba, se ondulaba y brillaba como agua fluyendo, reflejaba y duplicaba todos los objetos, creando una gran Fata Morgana. Allí arriba respirabas a gusto y absorbías seguridad y ligereza de corazón. En las tierras altas te despertabas por la mañana y pensabas: ‘Estoy donde debo estar’.”

Y nosotras pasamos cerca.
 
 
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2 Comentarios
  • Grobledam Grobledam 05/08/18 11:58

    La "mercantilización" se extiende como una plaga a toda la actividad humana .... y la cuantifica, la trivializa, la masifica y la destruye.
    La "mercantilización" del viaje creó el turismo que están asolando el planeta y dió a luz a unos de los especímenes humanos más idiota: el turista.

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    8

  • TOTOFREDO TOTOFREDO 05/08/18 09:40

    Interesante artículo de opinión............

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