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Animales de oro

El arrecife de México

  • El Sistema Arrecifal Mexicano corre peligro, pero su destrucción preocupa menos que otras calamidades, quizá porque no pensamos en él como en un ser vivo
  • Este verano visitamos a unos animales tan singulares que sustentan parte del turismo de su entorno, el mismo turismo que acaba amenazando su existencia

Eva Orúe | Sara Gutiérrez
Publicada el 12/08/2018 a las 06:00 Actualizada el 11/08/2018 a las 20:45
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Empecemos recordando que el coral no es un pedrusco. Cosa distinta es que, por ignorancia, por culpa de joyeros y joyerías o por influjo nefasto de alguna poesía y determinadas canciones, nos sea difícil identificarlo con un bicho viviente.

“Es tan bonita mi chaparrita/ que cuando va al templo a rezar/ todos le llaman la virgencita,/ la de los labios de coral”, dicen los mariachis cuando atacan Las Alteñitas. Pues eso.

Emparentado con anémonas y medusas, el coral tiene una estructura formada por un esqueleto protector calcáreo que une los pólipos, los conecta, dando lugar a una colonia que funciona a todos los efectos como un único organismo, el arrecife.

Es un proceso extraordinariamente lento: algunos de los arrecifes que hoy conocemos dieron sus primeros pasos hace más de 50 millones de años. El más grande del mundo es la Great Barrier Reef (Gran Barrera de Coral) australiana; y, en segunda posición, los expertos sitúan el Gran Arrecife Mexicano, el mayor del hemisferio occidental.

México lindo y coralino
 

En el Gran Arrecife y sus 1.000 kilómetros de extensión, los expertos han contado más de 65 especies de corales pétreos o duros, 500 especies de peces, 350 tipos de moluscos… Sus intrincados pasadizos acogen especies protegidas como las tortugas verdes, bobas, laúd y carey; también ofrece refugio a caracolas reina, manatíes o tiburones ballena. Además, es generoso: asociados a él hallamos humedales, praderas de pastos marinos o bosques de manglar, que son la mejor protección para los ecosistemas costeros.

Pero, en aras de la escrupulosidad, hay que decir cuanto antes que, a pesar de que su segunda denominación es “Sistema Arrecifal Mexicano”, el Gran Arrecife no es solamente mexicano puesto que se extiende también por Belice, Guatemala y Honduras.

Y, puestos a puntualizar, debemos añadir que si bien ese es el Sistema Arrecifal Mexicano por antonomasia, el país tiene otras zonas con arrecifes imponentes: la costa del Pacífico (Baja California, Baja California Sur, Sonora, Sinaloa, Nayarit, Colima, Jalisco, Michoacán, Guerrero y Oaxaca) y las costas de Veracruz y Campeche.

Precisemos, entonces, que hablamos del Gran Arrecife Maya (se extiende frente a las tierras que pertenecieron a ese imperio), al que hay quien prefiere llamar Arrecife Mesoamericano. Las nominaciones, a veces, no son lo especificas que debieran.

Bucear con mucho arte

Cuentan sus cronistas que el hoy conocido y reconocido Caribe Mexicano fue un gran desconocido hasta que una decisión política promovió la aparición de Cancún, casi un pop-up que inició su andadura en 1969 como “Centro Integralmente Planeado”, con el prosaico objetivo de empujar el crecimiento del PIB y equilibrar la balanza de pagos.

Desde allí, o desde cualesquiera de las ciudades, pueblos y resorts que hoy se asoman al mar (Tulum, Cozumel…), es posible desplazarse hasta las estribaciones del arrecife y bucear. Una experiencia tecnicolor cuyo impacto visual se puede mejorar.
 

De ahí que alguien tuviera la idea de sembrar el fondo marino con esculturas cuyo objetivo es demostrar que arte y medio ambiente pueden coexistir, que hay una manera primorosa de facilitar la creación de corales y crear arrecifes artificiales.
 

Fueron el Doctor Jaime González Cano, a la sazón director del Parque Nacional Costa Occidental Isla Mujeres, Punta Cancún y Punta Nizuc, y Roberto Díaz Abraham, empresario y ceramista, los que pensaron que esa era una buena idea y contactaron con Jason deCaires Taylor, artista fundador del Museo Subacuático de Arte.
 

Su deseo era mostrar piezas de arte valiosas en sí pero también porque contribuyen a la conservación del hábitat marino: la visita debía despertar la conciencia ambiental, generar un cambio, ofrecer el regalo de apreciar una belleza escondida.
 

Ahora, el MUSA exhibe permanente más de 500 obras de varios autores en varias salas o galerías que suman más de 420 metros cuadrados de exposición. Lo mejor para verlas es bucear, si bien también es posible visitarlas a bordo de un barco con fondo de cristal.

La fragilidad del coral

Desde su inauguración en 2009, el MUSA ha sido la historia de un éxito, si bien los anales registran algún percance, como cuando la artista urbana Agata Oleksiak dañó la vida marina incrustada en la pieza titulada Las bombas al tejerle una especie de bufanda gigante: si Christo envuelve estatuas y edificios, debió pensar, por qué no puedo yo hacer ganchillo bajo el agua.

Más allá de este episodio anecdótico, y fuera ya del museo, el Gran Arrecife corre los mismos peligros que acechan a otros arrecifes tropicales: desaparecer, engullidos por el calentamiento global.

"El tiempo entre los eventos de blanqueamiento en cada ubicación ha disminuido cinco veces en las últimas tres o cuatro décadas, desde una vez cada 25 años en la década de los 80 a un promedio de una vez cada seis años desde 2010", apuntó el autor principal del estudio, Terry Hughes.

Una degradación acelerada que es dramática no sólo por la pérdida de biodiversidad que anuncia, sino porque estos ecosistemas icónicos son medio de subsistencia para millones de personas.

México, el octavo país más visitado del mundo, depende en gran medida del turismo, que aporta más del 8,7% del PIB del país. Los defensores del modelo, que también tiene detractores, señalan que el sector es el segundo empleador de mujeres (y al serlo, contribuye a la igualdad de género) y el primer empleador de jóvenes.

PD

Hay una canción en la que Bertín Osborne define a una mujer con estas palabras: "Y es como/ un arrecife de coral/ que me da miedo hasta tocar/ por si se va a romper…". 

El tema, de calidad discutible, asocia como tantos el coral a la mujer amada. En la música y la literatura, la aparición de la palabra "coral" provoca sobredosis de azúcar. Y el azúcar es adictivo, así que… nos despedimos con Bécquer (y ya perdonarán la licencia poética):
 

Yo, en bosques de corales
que alfombran blancas perlas,
persigo en el océano
las náyades ligeras.

 
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