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Animales de oro

Los renos de Noruega

  • En Laponia, tierra de los samis, el impacto económico y laboral de los animales en los servicios turísticos no deja de crecer. Y en la carrera por ser los más rentables, los renos van en segundo lugar, solo por detrás de los huskies
  • Este verano visitamos a unos animales tan singulares que sustentan parte del turismo de su entorno, el mismo turismo que acaba amenazando su existencia

Eva Orúe Sara Gutiérrez
Publicada el 19/08/2018 a las 06:00 Actualizada el 18/08/2018 a las 13:29
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A la izquierda, un reno noruego (en realidad, dos, pero el segundo parece tímido) contemporáneo.

A la derecha, una representación de renos que se conserva en Hjemmeluft, Noruega, como parte de un extraordinario conjunto con 3.000 años de antigüedad que la UNESCO considera Patrimonio Artístico de la Humanidad.
 


Demostrar que estos cérvidos son vecinos del lejano norte desde hace mucho, mucho tiempo, es sencillo. Y la lógica (por no hablar de la pura evidencia misma) nos dice que constreñirlos a un solo país es tontería, puesto que además de verlos en Noruega los encontramos en Suecia, Groenlandia, Rusia, Canadá o Estados Unidos.


En algunos lugares permanecen en estado salvaje; sin embargo, en Laponia (Noruega, Rusia, Suecia y Finlandia) fueron domesticados por quienes, al hacerlo, unieron su destino al de estos animales.

Una historia que aún se escribe

Todavía hoy, los especialistas no se ponen de acuerdo: ¿cuándo empezaron los lapones o samis a domar renos? Aunque las investigaciones nos cambian las referencias casi cada día, y a pesar de que la fecha exacta no tiene relevancia alguna, hay dos citas clásicas que nos ayudan a situarnos.

Una lleva la firma del historiador romano Tácito, quien, en el año 98 dC, describió un pueblo en Thule que usaba ropa de piel, cazaba renos y se desplazaba con esquís.

La otra nos traslada hasta el siglo XIX, cuando el jefe noruego Ottar visitó la corte inglesa y habló a sus anfitriones sobre la vida de los samis, así como sus habilidades para manejar rebaños de renos. Los samis vivían en siiddat, esto es, en grupos de pastoreo. Los renos eran medio de transporte, moneda de cambio y alimento principal, puesto que proporcionaban leche y carne. Pero el sistema comunitario implicaba también un compromiso por el que los miembros accedían a los recursos que allí se manejaban y se obligaban a ayudar a sus vecinos en el manejo de los rebaños y las tareas de caza y pesca.
 

Esta organización se explica por un hecho relevante: tradicionalmente, los samis no han poseído tierras, y cuando el proceso de colonización les planteó problemas, ellos optaron por levantar el campamento y emprender camino rumbo el Norte.

También han tenido que luchar contra la asimilación propiciada por los Gobiernos; y defenderse frente a la industrialización. Al cabo, la que aquí se ha vivido es una historia no muy distinta a la escrita en otras regiones del planeta…

Una historia cuyo último capítulo habla de una línea férrea que unirá Rovaniemi con Kirkenes, atravesando seis distritos de pastoreo. Los líderes sami prevén y denuncian una catástrofe: los trenes afectarán muy negativamente una actividad que es sustento de su economía y su cultura.

Y respecto a eso nadie puede llamarse a engaño. Desde 2007, la ley que regula el pastoreo determina que solo aquellos que tienen derecho a una asignación de renos pueden realizar cría de renos en la zona sami de cría de renos. Y el derecho a una asignación de renos requiere que la persona sea sami y que ella, sus padres o abuelos tengan o hayan tenido el pastoreo de renos como ocupación principal. Más aún: la norma establece que la cría de renos ha de ser viable desde los puntos de vista económico, ecológico y cultural, y que siempre se basará en las prácticas tradicionales samis.
 

Absurdas fronteras

Venimos hablando de “renos noruegos” aunque, es obvio, a ellos la nacionalidad es cosa que les tiene sin cuidado. A sus dueños, no tanto.

Hubo un tiempo en el que nadie se preocupaba del color del pasaporte, los pastores recorrían con sus renos tierras que hoy se reparten Suecia y Noruega sin más guía que la necesidad, ni más límite que las propias fuerzas.
En 1751 ambos países, a la sazón pertenecientes a Dinamarca, aprobaron el Lapp Codicil que reconocía el derecho de los pastores samis a cruzar libremente las fronteras en busca de alimento con el que nutrir a sus rebaños. Fue el primero de una lista de tratados con los que los gobiernos han intentado ceñir con el corsé de una legislación estatal una actividad que es por completo ajena a las lindes, normas que están en vigor pero que no resuelven los conflictos a plena satisfacción de las partes.

Se calcula que cada primavera, unos 50.000 renos (digamos) suecos pasan junto con sus pastores a Noruega en busca de alimento rico y fresco. Cuando, ya en otoño, emprenden el camino de regreso a (digamos) casa, lo hacen acompañados por unos 10.000 renos (digamos) noruegos que cruzan la frontera para pasar el invierno en Suecia. Y en primavera, vuelta a empezar…

Ni que decir tiene que el trasiego no deja de generar problemas administrativos. Tiene también una virtud: demostrar que, más allá de permisos y sellos, los renos (junto con los alces) son los dueños y señores de este territorio infinito.
 

Sea como fuere, lo que sí pudimos comprobar, en nuestro viaje hacia Cabo Norte, es que los renos noruegos y quizá suecos parecen campar a sus anchas, para regocijo (y algún susto) de turistas.

No ya en Noruega, en toda Laponia, cada vez son más las empresas de turismo que operan con animales, y el impacto económico y laboral de esos servicios.

Según el Consejo Regional de Laponia, la economía lapona genera una facturación anual aproximada de 11.100 millones de euros. Unos 630 millones (en torno al 7 %) son fruto de la industria turística, y de ellos, 15,1 millones dependen de aproximadamente 5.400 animales semidomesticados y de los innumerables que, libres en la naturaleza, constituyen un extraordinario reclamo. El principal grupo está constituido por los huskies, y la segunda posición corresponde a los renos, que son mucho más productivos: la facturación por cada reno es de alrededor de 5.000 euros; la productividad de los huskies ronda los 2.400.
 
 
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