x

Nos gustaría enviarte notificaciones de las últimas noticias y novedades

PERMITIR
NO, GRACIAS
X

La buena información es más valiosa que nunca | Suscríbete a infoLibre por sólo 1 los primeros 15 días

Buscador de la Hemeroteca
Regístrate
INICIAR SESIÓN
¿Olvidaste tu contraseña?
infolibre Periodismo libre e independiente
Secciones
Vacaciones eternas

Y los muertos aquí lo pasamos muy bien

  • El artista rumano Stan Ioan Patras llenó de color el cementerio de su pueblo y, al hacerlo, cambió el destino de sus vecinos
  • La expresión “cementerio alegre” parece un oxímoron, pero una visita al camposanto multicolor de Sapanta disipa cualquier duda
  • En verano, infoLibre inicia una ruta hacia cementerios cuya singularidad, riqueza artística y valor histórico atraen a los turistas en todo el mundo

Eva Orúe | Sara Gutiérrez
Publicada el 11/08/2019 a las 06:00
Iglesia y cementerio de Sapanta, Rumanía.

Iglesia y cementerio de Sapanta, Rumanía.

Ingenio de Contenidos
No podemos afirmar que los enterrados en Sapanta (Rumanía) sean más felices que los que recibieron sepultura en otros lares, pero sí que el cementerio, conocido como Cimitirul Vesel (Cementerio Alegre), es muy juguetón, muy colorido… muy Mecano.
 

Y los muertos aquí,
lo pasamos muy bien,
entre flores
de colores


Y, por todo ello, visitar Sapanta es muy conveniente para este ramillete de necrotextos estivales.

Cierto, no siempre fue alegre. Hubo un tiempo en el que esta huerta del señor fue, como tantas otras, un espacio anodino y triste, erizado de cruces de madera de roble color madera de roble. Hasta que, en 1935, un artista local, de nombre Stan Ioan Patras, empezó a experimentar con las lápidas.

Patras nació en 1908 en una Sapanta que no era rumana, sino austro-húngara. Su leyenda cuenta que empezó a esculpir y a escribir versos a la edad de 14 años. Un chaval con una misión. También, un incomprendido porque en el pueblo, así nos lo dijeron, no todos compartían su entusiasmo. ¿Colores, en una tumba? ¿El dibujo de un muerto en la clase, la tienda, la oficina o el taller en el que trabajaba en vida? ¿La viñeta del momento de su fallecimiento, a veces en circunstancias trágicas?

¿Cómo aceptar que una niña de tres años sea recordada justo cuando el coche que le segó la vida impactó contra su pequeño cuerpo?
 

Arde en el infierno,
sangriento taxi de Sibiu.
De todos los lugares en este país
tuviste que parar justo aquí.
En mi casa me atropellaste
y me enviaste al agujero
dejando a mis padres
llenos de dolor.


Y esos versos, con faltas y erratas, que glosan la vida del extinto, no siempre con palabras generosas… ¿Por qué habría de admitir la familia de un bebedor que la posteridad lo recuerde una como el borrachín que fue?
 

Aquí descanso.
Stefan es mi nombre.
Tanto como viví,
me gustaba beber (…)
Tú que vienes de visita
a mi lugar de descanso,
deja una botellita de vino.


Pero nada ni nadie hizo desistir al animoso Patras quien, haciendo un uso generoso de los colores (todo pigmentos naturales: verde vida, amarillo fertilidad, rojo pasión, negro muerte, azul esperanza… azul Sapanta, lo llaman ahora), alterando levemente la forma canónica de las lápidas (las adelgazó), fue iluminando una tras otra las tumbas del cementerio.
 
Bendita tozudez: el tiempo le dio la razón, las suspicacias iniciales cedieron, llegaron los encargos, y las críticas se tornaron definitivamente elogios cuando los vecinos advirtieron que, lejos de horrorizar a las gentes, el camposanto polícromo se convertía en un reclamo turístico. El cementerio daba vida a la localidad.

Y hay que tener ganas de verlo, porque si bien no está lejos de la ruta de las iglesias de madera de la región de Maramures, exige acercarse hasta casi tocar la frontera de Ucrania, a un lugar en el que lo único visitable es el Cimitirul Vesel y la casa del artista, convertida (es de bien nacidos ser agradecidos) en memorial. Dice su publicidad que allí “verás la vida, y la muerte, a través de los ojos de un hombre que esculpía y grababa lápidas coloridas y extrañas para personas que no conocía”: es la apoteosis del “estilo Patras”.
 
El desempeño de este artista ha merecido todo tipo de comentarios y algún análisis, hay quien cree que se enmarca en la tradición cultural dacia, que al parecer considera que el momento de la muerte rezuma alegría, en la esperanza de una vida mejor. Tal vez, nosotras no estamos en condiciones de juzgarlo. En cualquier caso, todo el recinto resulta en una exaltación de la simplicidad de la vida rural, del buen hacer de las buenas gentes.
 
Patras murió en 1977, pero había sembrado una semilla: fue su discípulo, Pop Domitru, quien tomó el relevo. En los años transcurridos desde su desaparición, su figura ha crecido en paralelo con la fama de su trabajo. Incluso ha servido de inspiración a otros artistas: sus mordaces epitafios, por ejemplo, inspiraron al compositor irlandés Shaun Davey.



Como no podía ser de otro modo, el escultor poeta fue enterrado en el cementerio al que dio esplendor. Cuando estaban a punto de cerrar las puertas del cementerio, divertidas y sobrecogidas a partes iguales, leímos (como los anteriores, con la ayuda de un traductor online… sabrán perdonarnos la tosquedad de la traducción) lo que su lápida se dice: “Desde que pequeño me llamaron Stan Ioan Patras, escuchadme buena gente, que lo que digo no son mentiras: cuantos días he vivido no le he deseado mal a nadie, hice tanto bien como pude a quien me lo pidiera. Ah, mi pobre mundo, qué difícil es vivir en él”.
 
Más contenidos sobre este tema




 
Opinión