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El dinosaurio todavía estaba allí

Guillem Clua: "Sé de creadores que con la pandemia han tenido que hacer cola en bancos de alimentos"

  • El dramaturgo, Premio Nacional de Literatura Dramática por Justícia, ha vivido un año agridulce con una crisis creativa y la preocupación por la salud como ingredientes 

  • Este agosto, distintos creadores y trabajadores de la cultura miden los efectos de la pandemia en sus sectores y en sus propias vidas

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Publicada el 02/08/2021 a las 06:00 Actualizada el 02/08/2021 a las 13:41
El dramaturgo Guillem Clua.

El dramaturgo Guillem Clua.

MINISTERIO DE CULTURA

El año 2020 fue agridulce para Guillem Clua (Barcelona, 1971). Desde aquel marzo, ha pasado por una crisis creativa, por la cancelación de varios proyectos y por la angustiosa preocupación por la salud de amigos y familia. Pero también ha recibido el Premio Nacional de Literatura Dramática por la obra Justícia, una obra en catalán y sobre la construcción de la identidad catalana. Y Smiley, després de l'amor, secuela de su celebrada Smiley cuyo estreno tuvo que posponer, recibió el aplauso de la crítica y del público. Es, dice, de las pocas personas de teatro que no ha sufrido económicamente en pandemia... gracias a la televisión (por ejemplo, en 2021 estrenó en Netflix El inocente, que coguioniza). Y cuenta todo esto lleno de rabia y de pena por el asesinato de Samuel Luiz al grito de "maricón", que como hombre homosexual le ha tocado profundamente. Así recuerda un año y pico de luces y sombras. 

Pregunta. Dígame un destino de verano al que soñara con ir durante confinamiento, para sobrellevarlo, y uno al que irá este año. ¿Coinciden?

Respuesta. No coinciden. El soñado era Argentina, porque justo antes del confinamiento duro tenía previstas dos producciones allí: un musical, una versión de la Golondrina... Me iban a invitar, iba a ir a verlo e iba a aprovechar para viajar por el país. Eso no pasó. En septiembre voy a ir a un festival de teatro en Sorrento y aprovecharé para viajar por la costa amalfitana, así que no me quejo.

P. Ahora que se supone que encaramos (por fin) la salida de la pandemia... ¿tiene miedo de lo que viene? 

R. No es miedo, es... Cómo te diría, inseguridad de enfrentarme a lo desconocido. Nos dicen: esto va a ser así o asá, y luego no lo es. No es tanto el miedo a enfermar o a que gente cercana enferme. Es la incertidumbre de no poder hacer planes, de no saber lo que te pasará la semana que viene... No es que tenga la certeza pesimista de que todo va a salir mal, confío mucho en la ciencia, en los responsables de que esto vaya bien. Pero, aunque sea dentro de unos parámetros soportables, me da miedo ir hacia algo que no conocemos.

P. ¿Y cómo ve el futuro cercano? ¿Cree que nos esperan los brindis de los felices veinte o más bien las lágrimas de una larga crisis?

R. Yo sí que creo que habrá unos felices años veinte, o unos inconscientes años veinte. Todos tenemos ganas de olvidar y de pasar página, de enterrar lo que hemos sufrido, de pasarlo bien. Lo que pasa es que tenemos una crisis más tocha encima, que es el cambio climático. Ya lo tenemos aquí, ya lo teníamos aquí antes del confinamiento y tenemos que pensar en eso, aunque queramos mirar para otro lado. La naturaleza humana es así, no nos engañemos: decíamos que íbamos a salir mejores, pero no hemos aprendido nada. A la mínima que hemos podido volver a la normalidad hemos vuelto a lo anterior, a celebrar el turismo de masas, a las ampliaciones de aeropuertos... Entiendo que después de una crisis no queramos pensar en otra, pero es un desafío que tenemos por delante.

P. ¿Cómo le ha cambiado la pandemia? ¿Ha cambiado de alguna manera lo que considera importante en su día a día? ¿Es usted más solidario? ¿Es usted más solitario?

R. La pandemia me ha cambiado muchísimo. Estaba viviendo en Madrid, lejos de mis padre y de mis amigos en Barcelona. El confinamiento me pilló allí, tuve crisis horribles de ansiedad... y se reordenó mi vida. Hasta entonces mi vida estaba centrada en el trabajo, en esta idea del éxito, y ahora el centro es la familia, mis padres, mis amigos... Cuando desaparecieron mis proyectos profesionales de la noche a la mañana, me di cuenta de cómo estaba viviendo. Así que sí, me acerco más a lo de solidario. Me he vuelto más humano, más consciente de que, si no estamos juntos, no podemos salir ni de esto ni de nada.

P. La escritura para teatro o para cine se diferencia de la narrativa, el ensayo o la poesía por su dimensión colectiva. Con el encierro de este año, ¿cómo se ha relacionado con la soledad de la escritura y con esa otra parte de comunidad?

R. Durante todo el tiempo que estuve encerrado no pude escribir. Para mí, la escritura siempre ha sido una tabla de salvación, pero aquí no lo fue, también porque tenía que mirar a otras cosas más graves, y de alguna manera eso me desconcertó. Pero cuando han vuelto los proyectos me he dado cuenta de nuevo de que el hecho de escribir sí que es una base sólida para mi bienestar. Con el teatro, el problema es que hubo cosas que no se pudieron estrenar, como nos pasó con Smiley [su segunda parte]. El teatro es un arte comunitario y, al desaparecer eso, ha hecho que no aborde la escritura teatral, porque para qué. Por eso me he separado del teatro este tiempo, me he dedicado más a la escritura de cine. Pero puedo decir que por fin tengo un proyecto teatral importante y que tengo muchas ganas de reenamorarme del teatro para ver que es posible hacerlo en condiciones normales, de verdad.

P. Entre 2008 y 2013, las artes escénicas perdieron 7 millones de espectadores. De ellos, 5 millones nunca se recuperaron, y a ellos se suman quienes no han regresado desde marzo de 2020. ¿Cómo hacer que vuelvan?

R. Para empezar, haciendo teatro popular. Yo soy una gran defensor del teatro popular: está muy bien que exista todo tipo de teatro, que haya variedad, pero para que el público vuelva tenemos que darle cosas que quiera ver. Tenemos que ofrecerle, además, lo que no pueden ofrecer otras disciplinas, decirle que el teatro es un arte vivo, que no se va a repetir jamás, y que con eso no pueden competir el cine ni las plataformas ni las novelas. Para eso necesitamos el apoyo de las administraciones, claro.

P. Cuando los teatros privados advirtieron de que no podían funcionar con los aforos covid, muchos miraron a los públicos. ¿Cree que estos han estado a la altura? ¿Qué espera de ellos en la próxima temporada?

R. Lo que espero es que las ayudas no se circunscriban solo a las subvenciones por reducción de aforo que hemos tenido por la pandemia. Tienen que ser a largo plazo, porque el teatro no se conecta y desconecta con un botón. No puedes darle dinero a una compañía para una producción y esperar que eso les mantenga diez años. Necesitamos un plan a largo plazo que todas las administraciones, desde las locales a las estatales, tienen que abordar. Y yo no me quejo: en Cataluña, las ayudas por parte de la Generalitat han sido efectivas, no han cubierto todas las pérdidas pero sí han permitido que salgamos adelante.

Sobre los teatros públicos, lo primero es que tengan más financiación, pero que cuando la tengan hagan políticas para las compañías, para los profesionales del teatro, y que lleguen al máximo tipo de gente posible. Los teatros públicos que solo contratan a amiguitos —que esto es algo que pasa— o con direcciones artísticas muy personalistas forman parte del pasado. Tendríamos que ir hacia direcciones más colegiadas, a una programación más popular y a la vez diversa... Y esto implica también que bajen los precios de las entradas para que toda la gente pueda acceder a ellos. Tienen muchas asignaturas pendientes.

P. Con la llegada de la pandemia, muchos trabajadores de la escena se quedaron sin trabajo y sin paro. ¿Qué efectos ha tenido el covid-19 a su alrededor? ¿Cómo lo ha pasado usted y cómo ha visto a sus compañeros en los últimos meses?

R. Les he visto muy mal, ha sido un golpe durísimo. Sé de gente que ha tenido que hacer cola en bancos de alimentos, compañeros bailarines, por ejemplo, que son los más afectados. Ahora con el covid se han destapado las vergüenzas, pero esto viene de largo: no tenemos Estatuto del Artista, no tenemos un convenio laboral que considere la intermitencia, no tenemos contratos fijos... Al principio para mí fue también una fuente de ansiedad, pero he tenido la suerte de trabajar en guiones de tele, que es lo que me ha permitido seguir teniendo ingresos. Si trabajara solo en teatro, ya digo que tendría graves problemas económicos.

P. De los comportamientos que ha visto en la sociedad en los últimos meses, ¿de qué se enorgullece y de qué se avergüenza?

R. Siempre que vivimos en una situación límite como sociedad, sale lo mejor y lo peor. Sí que creo que la mayor parte de sociedad es solidaria, quiere ayudar a los demás y desea el bien común, pero eso no hace mucho ruido. Lo que más me molesta es ver esos episodios puntuales de egoísmo y de insolidaridad, que son comportamientos transversales: me paso las medidas sanitarias por el forro, de la misma manera que aparco en un carril bus porque tengo que ir a hacer un recado. Es una manera de decir: importo yo y los demás me la sudan. Ese comportamiento, sin embargo, hace mucho ruido, un ruido que nos llega magnificado por los medios de comunicación.

P. Usted es un creador que forma parte del colectivo LGTBI, que es muy militante en su discurso y que lo lleva también a sus obras. ¿Cómo vive lo ocurrido desde el asesinato de Samuel Luiz?

R. Sigo muy enfadado y no soy el único. Sigo enfadado y decepcionado. Había llegado un momento en que el colectivo LGTBI, no digo que pensáramos que estaba todo resuelto, pero sí que los hombres gais blancos podíamos pensar que ya habíamos avanzado mucho, aunque otros no pudieran decir lo mismo (y ahí está lo que ha pasado con la ley trans). Pensábamos, sobre todo, que teníamos la sociedad, a los medios y a los políticos de nuestro lado, pero vemos que muchos se han quitado la máscara, que se está cuestionando la homofobia de una agresión claramente homófoba y que se dice que estas agresiones no son para tanto. Hay una estrategia orquestada por la extrema derecha, y seguida por la derecha liberal, para minimizar todo esto y empezar a recortar derechos y libertades LGTBI. Se acabó la fiesta: está muy bien que celebremos en el Orgullo, pero empieza la guerra otra vez, como la tuvimos hace tiempo. Se nos ha quitado la venda de los ojos, este asesinato está siendo como fue la sentencia de la Manada para el feminismo. Y creo que todos tenemos que tener la responsabilidad, no solo dentro del colectivo LGTBI sino fuera, de luchar contra esto. Porque no va solo de LGTBI, sino de machismo, de racismo. Si no vamos todos a una, van a ganar los de la extrema derecha. Hay que ser muy conscientes de eso.

P. Si pudiera enviarle un mensaje desde el futuro a su yo de marzo de 2020, ¿qué le diría?

R. Le diría, primero, que todo va a acabar bien: vas a sufrir mucho, pero va a acabar bien. Y le diría, sobre todo, que se deje cuidar.

 

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1 Comentarios
  • ordovas ordovas 01/08/21 21:49

    La pandemia no es el problema principal, es equiparable a un desastre natural; el verdadero problema viene de la gestión del desastre.
    El problema de la gestión, tanto en condiciones normales como con pandemia como Có cualquier otro desastre natural, es autóctono en todos los regímenes comunistas y socialistas.
    ¿Acaso conocen algún país socialista o comunista que pueda alardear de buena economía y derechos individuales?
    Busquen, busquen. Ni uno hay entre tantos ejemplos.

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