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Dos años con Rajoy: muy poco que celebrar

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Ayer se cumplieron dos años desde que las urnas concedieran a Mariano Rajoy la mayoría absoluta. Llegados al ecuador de la legislatura, es un buen momento para hacer balance de la gestión del PP, de la evolución de la crisis en España y de las políticas impulsadas por el presidente para recobrar la senda del crecimiento y la creación de empleo. Rajoy se presentó a las elecciones de 2011 proclamando que tenía un plan. Un plan maestro, si bien oculto, que nos sacaría del atolladero económico en el que nos habían metido los socialistas.

Rajoy aseguraba que la derecha haría una mejor gestión de la economía que la izquierda despilfarradora, que los mercados recuperarían la confianza en España tan pronto como él se instalara en La Moncloa, que las interminables colas del paro se desvanecerían el día que los 'populares' tomaran el mando. Y todo ello bajando los impuestos, sin recortes en las prestaciones de desempleo, revalorizando las pensiones y, por supuesto, sin tocar la sanidad ni la educación públicas. La realidad, 24 meses más tarde, es que Rajoy hizo exactamente lo contrario a lo prometido, y los españoles viven hoy sustancialmente peor que entonces.

Es cierto que la economía española necesitaba reformas estructurales y recortes, tal como, además, nos recuerdan las autoridades europeas. La crisis obligaba a tomar medidas impopulares para contener el gasto y sujetar la deuda, y ello nos forzaba a todos a apretarnos el cinturón. Con ese pretexto, se subieron los impuestos que debían haber bajado, se recortaron las prestaciones sociales y se abarató el despido, se elevaron las tasas universitarias, se suspendió la dotación económica a la ley de dependencia o se impulsó la privatización de los servicios de salud.

Educación y sanidad tampoco eran ya sagradas

. Pero las subidas de impuestos no trajeron mayores ingresos a las arcas del Estado, que continuó recaudando de forma insuficiente e ineficiente. Así la deuda, lejos de reducirse, ha aumentado 25 puntos con Rajoy como presidente. El gasto público que pretendía contenerse ha pasado del 38,9% del PIB en 2011 al 48,3% actual. La deuda per cápita ya supera los 20.000€ y la deuda por persona ocupada está próxima a los 55.000€, lo que supone una insolidaria y pesada carga de futuro para los más jóvenes.

Además, la reforma laboral provocó una escalada del paro hasta el 26% y no sirvió para sanear nuestro mercado de trabajo dual. El abaratamiento del despido hizo recaer el grueso de los ajustes sobre los trabajadores temporales, carentes de protección y derechos frente a los indefinidos. Desde el inicio de la crisis, el 44% de ellos ha perdido su empleo, frente al 11% de los fijos. Estas cifras son aún más dramáticas para los jóvenes: hasta el 68% de los trabajadores temporales menores de 25 años ha perdido su trabajo. La situación, lejos de revertirse, parece ir a peor: en torno al 90% de los contratos nuevos son también temporales, pero Rajoy no quiere oír hablar de contrato único.

Por otro lado, la reducción de la protección social no vino acompañada de una simplificación en la regulación para emprender, es decir, no trajo mayores oportunidades para compensarla. Al contrario: se retrocedió en libertades económicas, de forma que el mercado, lejos de tratarse de un espacio de libertad, igualdad y competencia, se hizo más opaco, favoreciendo a los grupos de interés mejor relacionados con el poder. Así pues, sin empleo, sin protección social, sin crédito fluyendo y sin oportunidades para abrir una empresa, son ya dos millones los hogares que cuentan con todos sus miembros en paro, con el consiguiente repunte de la pobreza y la exclusión social de los que ya ha advertido el Consejo Europeo.

Hay quienes creyeron reconocer en esta derecha de Rajoy la mano invisible del neoliberalismo, en una definición demasiado generosa y nada realista de las políticas del Gobierno. ¿Es propio de liberales subir los impuestos a las clases medias? ¿Y mantener 42 tipologías de contratos laborales? ¿Puede serlo la maraña de trabas burocráticas que dificultan la apertura de empresas? ¿Y la persecución del derecho de la mujer a la interrupción del embarazo? ¿Acaso es liberal terminar con la imparcialidad de la televisión pública? ¿Es liberal quien practica el nepotismo en la asignación de cargos para los consejos de administración de los organismos reguladores? ¿Y quién tramita leyes opacas que lastran la competitividad para favorecer a ciertas empresas energéticas? Estos dos años de gobierno de Rajoy han servido para derribar dos mitos: el de la derecha como mejor gestora de la economía que la izquierda y el de la existencia de una derecha liberal en España. Con la derecha en el poder, lo único que ha aumentado en nuestro país es el paro, la deuda, la desigualdad y la pobreza.

Hoy, la brecha entre pobres y ricos no hace sino ahondarse y la igualdad de oportunidades ha desaparecido del discurso y del proyecto del Gobierno. Nuestras cifras de desigualdad nos sitúan junto a países como Grecia, Italia o Portugal. Los niños nacidos en familias pobres tendrán menos opciones de poder estudiar y encontrar un empleo que aquellos de clase alta. Y esto tiene mucho que ver con la escasa inversión en la educación de 0 a 3 años, la más determinante a la hora de combatir las desigualdades, según la evidencia empírica. Y tiene que ver también con la decisión de subir las tasas universitarias, recortando al mismo tiempo las becas.

Asimismo, la sanidad universal ya es cosa del pasado y la subida de tasas judiciales hará de la justicia un privilegio al alcance de quien pueda pagarlo. La igualdad entre hombres y mujeres también ha retrocedido. La tasa de empleo temporal femenina es cuatro puntos superior a la de los hombres (23% frente a 27%) y esto las hace especialmente vulnerables para perder su empleo. Además, la falta de inversión en guarderías o la suspensión de ayudas a la dependencia afectan negativamente a la capacidad de las mujeres para ingresar en el mercado laboral.

Entre los datos positivos de estos dos años de Mariano Rajoy, nos queda la mejora de los mercados financieros, aunque con demasiadas dudas sobre si ese es un punto que debería anotarse Draghi y no el Gobierno. También se ha alcanzado un superávit en la balanza corriente, pero parece evidente que mucho ha tenido que ver en ello la depresión de la demanda interna. En definitiva, el PP llega al ecuador de la legislatura con unos números muy pobres y una España asfixiada por el paro, los recortes y la recesión. Se da la circunstancia, además, de que el momento más duro para los ciudadanos coincide con un gran escándalo de corrupción que afecta al partido en el poder y con las dudas sobre la implicación de miembros destacados del Gobierno en una trama de financiación irregular. La actitud cínica e irresponsable de los jerarcas del Partido Popular no contribuye sino a minar la credibilidad de los políticos y a alimentar la desconfianza en las instituciones democráticas. Quizá, de habernos desvelado Rajoy que este era su plan oculto, los ciudadanos no le habrían votado.

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