Desde la tramoya

En defensa del político que juega al futbolín

Rajoy le metió 8 a 1 a Bertín en el futbolín. Pedro Sánchez encestó casi todas las bolas que lanzó en El Hormiguero. Pablo Iglesias se puso a tocar la guitarra y a cantar por Krahe en ese mismo plató, donde también Esperanza Aguirre se marcó un chotis en inglés y la vicepresidenta Sáenz de Santamaría bailó con Pablo Motos y su equipo.

¿Se han vuelto locos? ¿Les ha dado un ataque de hiperactividad? ¿Han perdido la vergüenza? ¿Cuál es la causa de esta efervescencia repentina de políticos haciendo cosas?

En realidad, hasta el Rey Sol, Luis XIV, se preocupaba de mostrar su lado humano, permitiendo que unos pocos privilegiados le vieran lavarse y comer en Versalles. Mostrar el alma del poderoso ha sido siempre una táctica para seducir al público y adquirir una de las tres capacidades esenciales del liderazgo: la empatía, que se añade a la confianza y la fuerza.

Pero algo más hay para que se haya producido esta acumulación de actividades extracurriculares de nuestros políticos, particularmente de los cuatro candidatos a la presidencia del Gobierno (Garzón quisiera, pero no le llaman, y del de UPyD no saben ni el nombre). Sí, vimos a Franco en el yate con sus nietos, a Suárez con sus hijos en las habitaciones privadas del Palacio de la Moncloa, las cortinas barrocas de Ana Botella por Navidad, al vicepresidente Serra tocando el piano, y a Felipe González cuidando sus bonsáis, pero esto de verlos a todos a la vez no tenía precedentes en nuestra democracia. ¿Por qué?

Primero, porque hay más sitios donde ir. Es un fenómeno nuevo que la televisión incorpore tantos programas de infoentretenimiento, posiblemente por contagio de La Sexta, que decidió ser un canal de política más o menos ligera las 24 horas del día. Es barato, porque los invitados no cobran, y a la gente le gusta. No deja de ser sorprendente que el Gran Wyoming esté presentando un informativo-comedia que compite más que bien con los informativos serios de otras cadenas. O que los sábados por la noche se extiendan por horas las mesas de debate político, o que por la mañana nos despertemos con desayunos cargados de información de actualidad.

Segundo: si a la gente le gusta la oferta, es porque con seguridad está más politizada que hace unos años. El 15M fue consecuencia y causa a la vez de una activación de la indignación sin precedentes recientes. Es una paradoja que la gente esté harta de la política como nunca antes, pero que la siga también con inédito interés.

En tercer lugar, hay más producto en la estantería y además es desconocido. Sánchez, Iglesias y Rivera en tres candidatos desconocidos por el gran público hace menos de dos años. Es normal que llegando los tres ahí arriba, la gente quiera conocerlos, como quien sopesa comprar un champú. Si hay cinco botes los abres para olerlos y te lo piensas un rato. Si solo te ofrecen uno o dos, la decisión es más sencilla. Ver un día a Rajoy y al día siguiente a Rubalcaba en la casa de Bertín Osborne no tenía seguramente tanto interés.

Además, cuarto, los personajes compiten a machete. Las encuestas, que parecen cuadros dadaístas, muestran que cuatro de cada diez electores aún no se han decidido, y lo cierto es que a día de hoy nadie está seguro de cuál será en nombre de nuestro presidente. En tales circunstancias, los candidatos no desaprovechan la oportunidad para bajar al barro, subirse a un pino, mostrar sus habilidades deportivas o contar su vida personal, si eso ayuda a que los indecisos, muchos de ellos por definición apáticos y despolitizados, finalmente pongan el voto deseado en la urna.

¿Es una frivolidad que el presidente del Gobierno ayude a Bertín Osborne a cocinar y se tome con él un albariño? ¿O que Pedro Sánchez juegue al ping-pong en la terraza de la casa del cantante? En absoluto. Las cualidades personales ayudan a la gente a conocer a sus políticos. A través de atajos como esos, el espectador saca conclusiones sobre el candidato que le resultan útiles para tomar sus decisiones de voto. "Si es amable con el entrevistador, probablemente también lo sea con sus socios en Bruselas o con los sindicatos cuando haya que negociar", piensa el ciudadano o la ciudadana común. O "si el tipo es machista en sus comentarios, es seguro que no promoverá leyes en defensa de la igualdad de las mujeres"...

Quien desprecia esos formatos como vías para la información política, se equivoca. Los espectadores se forman finalmente una buena impresión de las cualidades personales del protagonista, que, a su vez, tienen que ver con sus posiciones políticas.

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