Desde la casa roja

El año de las mujeres

En septiembre de 1968, centenares de mujeres se reunieron en el malecón de Atlantic City para reivindicar sus derechos. Lo hicieron coincidir con la celebración de Miss América. En medio de la manifestación, pusieron un contenedor de basura donde arrojaron lo que ellas llamaron “elementos de tortura”: sujetadores, fajas, tacones, pelucas, productos de limpieza. Pero en aquel agujero simbólico no ardió nada, la policía les denegó el permiso para la quema. Sin embargo, al día siguiente, The Washington Post publicó que las mujeres habían quemado sus sostenes. Se trivializó la protesta y se avivó en los medios con fuego (y el fuego es violencia), pero nadie evitó que allí naciera un mito y un movimiento que, si bien ya tenía raíces previas, tomó impulso hasta cincuenta años después.

Si pienso en una imagen de este año, no puedo evitar recordar aquel sujetador gigante que recorrió la Gran Vía el día 8 de marzo. Madrid era una fiesta, como lo fue New Jersey entonces y como lo fueron ese día otras ciudades. Madres e hijas, hermanas, nietas y abuelas, amigas y compañeras gritaron en un momento de confraternización que, en España, no habíamos vuelto a sentir desde aquellas concentraciones del 2004. Las mujeres pararon y ocuparon a una el espacio, conquistaron la calle, los medios de comunicación y dirigieron la agenda. Gritaron a favor de la igualdad y de la libertad de regresar a casa sin miedo. En su última actualización, el diccionario de la Real Academia Española ha incluido palabras como “sororidad”, agrupación que se forma por la amistad y reciprocidad entre mujeres que comparten el mismo ideal y trabajan por alcanzar un mismo objetivo, o “feminicidio”, asesinato machista.

La indignación regresó de forma masiva a las calles en mayo tras conocer el fallo del caso de La Manada, que condenó a cinco hombres por abuso sexual a una joven en las fiestas de San Fermín de 2016. El tribunal desestimó el delito de violación porque consideró que la mujer “no se resistió”. Miles de personas desconfiaron de un fallo que no protegía a la víctima y dejaba sin aclarar qué considera la judicatura intimidación o violencia y cuál es la interpretación de las leyes que hacían los magistrados. La pregunta sigue sin respuesta: ¿necesita la justicia formación de género?

Surgió una nueva etiqueta en las redes: #Cuéntalo. Bajo el hashtag, lanzado por la periodista Cristina Fallarás tuiteando un artículo de una compañera donde narraba una historia personal, miles de mujeres contaron escalofriantes momentos de su vida en los que sufrieron abusos o agresiones sexuales. Se sumaron políticas, escritoras, periodistas y desconocidas.

A mitad de año, cayó el Gobierno y llegó a Moncloa el primer equipo que en nuestra historia política se atrevió a llamarse feminista con un consejo de once ministras y seis ministros. Además, se recuperó el Ministerio de Igualdad. Fuera golpe o no de efecto, fuera un Gobierno femenino o feminista, el nuevo Ejecutivo nació con vocación de tener algo más que intenciones y recogió el mensaje de la calle. Su vicepresidenta dijo: “Si una mujer dice ‘no’, es no, y si no dice que ‘sí’, también es que no, que quede claro”.

En Monstruas y centauras, la escritora Marta Sanz escribe: “¿por qué no puedo jugar a utilizar el lenguaje como arma cargada de futuro?”. Porque también las letras han vivido el cuestionamiento de su propio poder y significado. Además, en literatura, este país ha reconocido en 2018 –al fin– la obra de autoras como la gran poeta uruguaya Ida Vitale, premio Cervantes 2018, quien se convirtió en la quinta mujer en recibir esta distinción en más de 40 años. O el premio Nacional de Narrativa a Almudena Grandes por Los pacientes del doctor García, cuarta mujer en 41 años de premio, por un trabajo iluminador que suma historia y el poder de la palabra para narrarnos. El premio Nacional de las Letras Españolas se concedió a la lúcida obra de la poeta Francisca Aguirre, sexta mujer en 34 años. Los libreros de Cataluña y Madrid premiaron a Eva Baltasar por Permafrost y a Edurne Portela por Mejor la ausencia, respectivamente. El premio Herralde fue para Cristina Morales por Lectura fácil, la bofetada antisistema más contestaria hecha página. El Princesa de Asturias reconoció el trabajo de la cronista mexicana Alma Guillermoprieto. Además, se publicaron otros títulos que se suman a la construcción de un relato que quiebra tabúes y que indica que nosotras también estábamos ahí, que el conflicto, real o fabulado, también fue nuestro, que, de hecho, se libró en nosotras: María Fernanda Ampuero, Lina Meruane, Paula Bonet, Clara Usón y tantas otras.

Parece que, en 2018, aprendimos al fin que el feminismo no es lo contrario del machismo. Que es una forma de atender a la vida, una ética, un derecho que nos cuestiona continuamente y nos pone contra las cuerdas al evaluar nuestros propios comportamientos. Simone de Beavoir escribió: “El feminismo es una forma de vivir individualmente y de luchar colectivamente”. El grito se ha escuchado. Es la hora no solo de autodefinirnos como feministas, es momento de no permitirle al capitalismo ni una mordida, y de saber que en esa diatriba vital, que en ese doble filo que forman lo privado y lo público en nuestras pequeñas biografías, ejerzamos como tales. Sin concesiones.

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En recuerdo de: Jennifer, Celia, María del Pilar, María Adela, Paz, Dolores, María del Carmen, Patricia, Doris, María José, Silvia, Mar, María Soledad, Josefa, Magdalena, Francisca, Raquel, Marta, Maribel, Cristina, Ali, María Judite, María Isabel, Mari Paz, Leyre, Ana Belén, Estela, Ivanka, N., Lola, Eva, Yésica, Joeh, María de los Ángeles, Nuria, Manoli, Ana, Aicha, Fátima, Yolanda, Sacramento, Rokhaya y Laura.

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