Desde la tramoya

Referendos: contraindicaciones

Que la gente decida directamente. Que vote. ¿Qué puede decirse en contra de esa forma de participación directa que llamamos referéndum? ¿Qué puede ser mejor para la democracia que permitir a la gente que pueda contestar "sí" o "no" sobre asuntos públicos cruciales? ¿Quién se atrevería a decir que en muchos casos no es una buena idea pedirle a la gente que vote?

En realidad, las cosas no son tan claras. En primer lugar, a veces los referendos los carga el diablo. El convocante puede creer que tiene la cosa ganada de antemano, como con seguridad pensaba David Cameron antes del Brexit, como erroneamente anticipó el Gobierno francés al tratar de aprobar por referéndum la nonata Constitución Europea en 2005, o como creía Augusto Pinochet antes de que los chilenos le echaran del Gobierno en 1988.

Por supuesto, eso no quita legitimidad al resultado ni resta validez a la fórmula del plebiscito, pero sí puede constatar el uso interesado –aunque resulte luego frustrado– de la consultas populares.

En otras ocasiones, segundo, el uso interesado del convocante funciona correctamente para legitimar con el voto popular decisiones en realidad ya tomadas. Vienen ahí los adefesios de preguntas manufacturadas para que el resultado sea el deseado, como con aquella famosa del referéndum sobre la permanencia de España en la OTAN ("¿Considera conveniente para España permanecer en la Alianza Atlántica en los términos acordados por el Gobierno de la Nación?"), en la que la decisión –"permanecer"– se disfrazaba de conveniencia, la fea OTAN se convertía en bella alianza, y el voto se vinculaba al Gobieno socialista, aún muy apreciado en aquel momento, 1986.

Por no hablar de aquella alambicada y vergonzosa formulación de los independentistas catalanes en 2015, al preguntar "Quiere que Cataluña sea un Estado?" y "En caso afirmativo, ¿quiere que este Estado sea independiente?".

O la que se formulaba en Quebec: "¿Está usted de acuerdo con que Quebec llegue a ser soberano después de haber hecho una oferta formal a Canadá para una nueva asociación económica y política en el ámbito de aplicación del proyecto de ley sobre el futuro de Quebec y del acuerdo firmado el 12 de junio, 1995?

En tercer lugar, es mucho suponer que la gente pueda dar un "sí" o un "no" a asuntos tan complejos como si Grecia debe o no aceptar las condiciones que sus socios le ponen para su rescate financiero, o a la salida de Gran Bretaña de la Unión Europea. Atentos a la pregunta que Tsipras hizo a los griegos el año pasado: "¿Debería ser aceptado el plan de acuerdo presentado por la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional en el Eurogrupo del 25 de junio de 2015, comprendido por dos partes, las cuales constituyen su propuesta conjunta?"

Claro que, cuarto, siempre está la posibilidad de no hacer ni caso al resultado, como hizo el mismo Tsipras bajándose los pantalones ante la troika aunque los votantes le hubieran dicho que no lo hiciera, o como trató de hacer el Gobierno de Quebec repitiendo un referéndum porque en el primero no salió el resultado esperado. Volvió a salir el "no" a la independencia ¡por menos de un punto! (Obsérvese, por cierto, la pregunta, un poco más arriba: no se preguntaba si se quería que Québec fuera "independiente", sino si se deseaba que fuera "soberano"... pequeño matiz).

En quinto lugar, uno se pregunta si una decisión como esa, la independencia de Quebec, o como la del Brexit puede ser tomada con tan poco margen, o si, como se hace en algunos casos, debería exigirse un umbral mayor que el del 50%. Porque si no, puede suceder lo que ha pasado en Reino Unido: que dan ganas de repetir para que la decisión no esté traída por los pelos.

En fin, sexto, los referendos no son muchas veces lo que pretenden ser –decisiones colectivas racionales y directas– sino expresiones viscerales de otro tipo. El Brexit ha sido, al menos en parte, resultado de una agitación del rechazo a la inmigración y un castigo personal a Cameron. Por eso, también, destacan en ellos esos personajes excéntricos –como Boris Johnson o Nigel Farage–que con sus arengas convierten las consultas en válvula de escape del cabreo del personal. Y luego ya se sabe lo que pasa...

Pellizquitos

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