En Transición

La desigualdad que tenemos y la que vendrá (si no hacemos nada)

No descubro nada nuevo si insisto, una vez más, en que una de las herencias que nos dejó la crisis iniciada en 2008 fue el incremento de la desigualdad. En unos países más que otros, es cierto, pero es una constante que aparece prácticamente en todas las sociedades occidentales con alguna honrosa excepción.

Hace unos días, con motivo del Foro de Davos, Oxfam Intermón en España hacía público su informe “Desigualdad 1 - Igualdad de Oportunidades 0. La inmovilidad social y la condena de la pobreza”, en el que retrata una imagen de España que no puede dejar indiferente a nadie, por mucho que la idea general se intuya de forma cada vez más clara. Algunas de las cifras más llamativas: se estima que uno de cada seis hogares considerados de clase media entró en situación de pobreza durante la crisis. Lejos de lo que nos cuentan, y quizá por eso las noticias sobre la recuperación son recibidos con manifiesta incredulidad, el informe afirma que la pobreza aumentó durante la crisis 4 veces más de lo que se ha reducido con la posterior expansión. Eso es así porque el crecimiento económico que se ha producido durante la fase de recuperación ha beneficiado a las rentas altas. Los “ultramillonarios” –personas cuyos activos netos equivalen o superan los 40 millones de euros– aumentaron en un 4%, llegando a la cifra récord de 1.690 personas. Mientras tanto, sólo el año pasado se incrementaron en 16.500 los hogares en los que no entró ningún tipo de ingreso, alcanzando los 617.000. Los más pobres, por tanto, están peor que al inicio de la crisis, y la clase media española tiene en la actualidad 10 puntos menos de la renta nacional en comparación con el año 2000. A esto hay que añadir que hoy la pobreza y la riqueza se heredan mucho más que antes de la crisis, es decir, que los niños y niñas que están naciendo en familias pobres tienen mucho más difícil dejar de serlo. ¿Dónde ha quedado el ascensor social que era la educación? Y con ello, tantas cosas…

El fundador del foro de Davos apuntó en el inicio de su reunión anual tres grandes amenazas: el cambio climático, el nuevo orden multipolar en permanente tensión y la creciente desigualdad. En el mismo foro, acertó Pedro Sanchez cuando eligió este asunto como eje de su intervención. La reunión en la que se dan cita las grandes personalidades del mundo económico y político debe escuchar estas reflexiones y avanzar en lo que de ellas se deriva, y a ser posible intentar encontrar alguna solución. Lo hemos formulado muchas veces y de muchas maneras, pero en el fondo la pregunta es, ¿cuánta desigualdad pueden soportar las democracias? O como titula Joaquín Estefanía, citando al creador del foro de Davos, podemos estar ante El colapso de la democracia.

Este tipo de desigualdad, con las características propias del momento actual, la tenemos identificada, estudiada y conocemos bastantes de sus efectos, como el énfasis que se hace últimamente en la gravedad de la pobreza infantil. En este artículo encontrarán datos interesantes.

Lo que no tenemos tan estudiado es la desigualdad que viene, esa que vemos aún como un futurible aunque cada día lo es menos. En sus 21 lecciones para el siglo XXI (Debate), Yuval Noah Harari recuerda que “… la historia del siglo XX se centró en gran medida en la reducción de la desigualdad entre clases, razas y géneros. Aunque el mundo del año 2000 tenía todavía su cuota de jerarquías, era un lugar mucho más igualitario que el mundo de 1900”. Esta tendencia no sólo se ha revertido, sino que amenaza con empeorar.

El auge de la inteligencia artificial y los desarrollos en biotecnología son, para el historiador israelí, dos de los principales factores. En virtud del primero, tan sólo aquellos que accedan a las mayores cotas de conocimiento y creatividad, con una formación constante a lo largo de la vida y una enorme capacidad de adaptación a entornos en cambio constante y cada vez más rápido, podrán beneficiarse del bienestar conseguido gracias a empleos cualificados y complejos.

Por otro lado, la desigualdad económica podría verse rápidamente traducida en desigualdad biológica, como apuntan ya algunos datos. Si los nuevos tratamientos para generar órganos a partir de células madre, para mejorar las condiciones físicas y cognitivas y en definitiva para alargar y mejorar la vida, se producen en este paradigma de creciente desigualdad, la salud pasará a ser un bien de consumo. ¿Quién podrá pagar un nuevo riñón que le libre de la diálisis y posiblemente de un ataque al corazón?  En El ser neoliberal (Gedisa), Christian Laval, Pierre Dardot y Enric Berenguer afirman que esta lucha ya se está librando, y recuerdan que en el año 2013 Google fundó una sociedad de biotecnología llamada Calico, con el objetivo de investigar contra el envejecimiento. ¿Qué dice de esto –mejor dicho, qué hace con esto– esa joya que –aún– tenemos en España y que se llama sistema público de salud? ¿Y los de otros países europeos con filosofías más o menos similares? ¿Qué propone cada uno de los partidos políticos para afrontar esta situación?

La historia no está escrita y mucho menos en tiempos tan fluidos y veloces como los que vivimos, pero conviene hacer escenarios de futuro que incorporen posibilidades cada vez más cercanas para anticiparse y poder abordarlas. Esta debería ser hoy la prioridad de cualquier partido político y de todo líder que se precie de serlo.

Avances científicos en el campo de la biotecnología o la incorporación de la inteligencia artificial a buena parte de nuestras actividades pueden ser, sin duda, pasos importantes en la mejora de la calidad de vida de las personas y del planeta. Pueden abrir un enorme conjunto de oportunidades que nos lleven a un mundo mejor. O, por el contrario, pueden confirmar una distopía ya muchas veces descrita en la ciencia ficción.

¿De qué depende? Entre otras cosas, de que la política no permanezca ajena a estos desafíos, que incorpore estos retos en sus reflexiones y que tome la iniciativa para marcar el camino por el que quiere transitar.

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