En Transición

Cuando los partidos quedan descolocados

De todo lo que este 8 de marzo nos ha enseñado hay una lección que sobresale entre las demás: lo perdidos que están algunos partidos ante las corrientes de fondo que recorren la sociedad y cómo esto paraliza y enturbia la democracia.

Probablemente lo más importante que tiene que hacer hoy cualquier organización es extremar su habilidad y afinar al máximo los instrumentos de observación para saber analizar la sociedad. No me cansaré de repetir que vivimos tiempos velozmente cambiantes, trepidantes e imparables –eso que algunos llaman turbocapitalismo– cada vez más difíciles de interpretar. De ahí que empresas, think tanks y entidades de todo tipo dediquen cada vez más tiempo y recursos a intentar entender con exactitud el mundo y sus fluidas circunstancias.

Por su naturaleza y trascendencia, los partidos políticos deberían ser organizaciones obsesionadas por entender lo que pasa día a día en la calle, pero sorpresivamente a menudo quedan fuera de juego. Pasó con el 15M y vuelve a pasar con cada movimiento de fondo y transformador. Si los partidos entonces existentes hubieran sabido leer e interpretar lo que los indignados gritaban en las plazas, ¿hubiera surgido Podemos? ¿Hubiera adquirido Ciudadanos la dimensión actual? Nunca lo sabremos, pero existen indicios razonables para decir que no. Lo mejor que hizo Podemos fue saber interpretar el sentido de aquellas movilizaciones, y probablemente lo peor haber dejado de entender cómo evolucionaba esa amplia mayoría social que llegó a tener la simpatía del 80% de la población. De la misma manera, lo mejor que ha hecho Ciudadanos ha sido interpretar y dar cabida a aquel sector de la sociedad española que, desde la derecha, ya no soportaba más los desmanes y el hedor del Partido Popular; pero ¡ojo!, no se esté equivocando ahora interpretando mal las aspiraciones de un sector más auténticamente liberal que lo que sus dirigentes pregonan.

Algo similar le ocurrió a buena parte de la izquierda respecto al conflicto territorial con Cataluña. Regaló la bandera a la derecha en lugar de trabajar por construir un nuevo relato inclusivo de país capaz de superar la rojigualda heredera del franquismo, algo que la sociedad reclama para poder seguir avanzando.

Especialmente clamoroso ha sido el despiste del Partido Popular respecto a la movilización del 8 de marzo. Entre los millones de españoles y españolas que el viernes nos manifestamos, forzosamente ha de haber votantes del Partido Popular que no entenderán la ausencia de sus líderes en una movilización que rezuma transversalidad, inclusividad y una alianza intergeneracional pocas veces vista. La marea violeta del 8 de marzo arrastró a familias enteras, mujeres de mediana edad, chavales y chavalas de instituto, parejas jóvenes con sus hijos, históricos de la izquierda organizada y gente que jamás cogió una pancarta, chicos que decían “No necesito ser machista para ser un hombre” y mujeres jóvenes, muchas mujeres jóvenes de todas las facultades, de todos los centros de formación profesional, de todos los barrios, de ciudades y pueblos. ¿Puede un partido político que aspire a gobernar permanecer al margen de esto? Ciudadanos parece que intuyó la dimensión y se buscó ese subterfugio, contradicción en sus propios términos viniendo de quien viene, que es eso del “Feminismo Liberal.” Les recomiendo que echen un ojo a esta Historia ilustrada de la teoría feminista  para entender el sinsentido.

El siguiente descoloque puede venir del otro gran reto que tiene ahora mismo la humanidad: la lucha contra el cambio climático y la transición justa a un nuevo modelo de desarrollo basado en la sostenibilidad del planeta. Son muchos los indicios que nos dicen que, desde los jóvenes organizados en #FridaysforFuture hasta las tendencias de los fondos de inversión que están moviendo el dinero de intereses en combustibles fósiles hacia las energías renovables, hay una corriente de fondo profunda que recorre la sociedad. Quien no sepa leerlo quedará, nuevamente, descolocado.

El problema es que es el conjunto de la sociedad la que acaba siendo víctima de esos descoloques. La falta de habilidad y de sensibilidad de los que se quedan fuera de juego bloquea decisiones que gozan ya de un apoyo asentado en la sociedad, pero cuya traslación a la arena política y al ámbito legislativo queda dificultada por la cerrazón de los que no lo entienden. Habrá quien pensará que basta con que los votos les castiguen, pero sabemos que no es así. La lógica de la movilización social es distinta a la electoral y, al final, el domingo de autos, quien decide ir al colegio lo hace para elegir al que considera menos malo.

Los partidos políticos son organizaciones fundamentales para el funcionamiento de nuestra democracia, y de su salud democrática y su habilidad dependemos todos. A quien quiera profundizar en esto le recomiendo la lectura de Desprivatizar los partidos, el último título de la colección de Más Democracia, cuyos autores, los sociólogos Joan Navarro y José Antonio Gómez Yañez, diseccionan con especial agudeza. Pueden leer un adelanto aquí.

Por eso, cuando los partidos políticos son incapaces de leer la velozmente cambiante sociedad en la que viven y se equivocan con su diagnóstico, ellos no siempre se ven castigados en las urnas, pero la sociedad siempre lo acaba pagando.

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