En Transición

Toca pasar pantalla en el debate climático

Cada vez que un temporal deja efectos devastadores, que los termómetros marcan récords o que un informe de riesgos globales como este muestra con datos dónde nos hemos metido, es imposible no recordar a Gil de Biedma: "Que la vida iba en serio, uno lo empieza a comprender más tarde". Porque exactamente eso es lo que a la sociedad actual le está pasando con el cambio climático, al que hoy ya llamamos crisis o emergencia climática.

Tras décadas de mirar hacia otro lado, años debatiendo sobre la existencia de dicha crisis, y apenas unos meses desde que los jóvenes han salido a la calle a gritar que tienen derecho a seguir viviendo aquí, se empieza a intuir que esto, en verdad, iba en serio.

El último aldabonazo lo ha dado el temporal Gloria. Si bien habrá que esperar a que los estudios de atribución digan exactamente en qué medida esto es efecto del cambio climático, existen ya evidencias más que suficientes para afirmar que los fenómenos extremos como Gloria son más frecuentes y más virulentos debido a la crisis climática.

Hoy volvemos la mirada al litoral mediterráneo y vemos playas asoladas en las costas levantinas y un Delta que ya no lo es. Imágenes como esta son impresionantes y desoladoras porque nos muestran que el futuro distópico que dibujaba la ciencia ficción ha llegado antes de lo previsto, porque ni era futuro, ni era simple ficción. Lo de distópico dependerá de lo que hagamos.

Las costas del Mediterráneo, fuertemente explotadas por un urbanismo depredador sin límites que no ha tenido en cuenta la disponibilidad de recursos ni la vulnerabilidad del entorno, han sido víctimas de este temporal y lo seguirán siendo en el futuro. Su posición geográfica hace que el riesgo sea extremo, paradójicamente en una de las zonas donde más caso omiso se ha hecho de las mínimas reglas de sostenibilidad del territorio.

El caso del Delta tampoco puede coger a nadie desprevenido. Desde hace décadas, la Plataforma en Defensa del Ebro y otras organizaciones ecologistas claman por la conservación de un Delta amenazado por la disminución de sedimentos que le aporta el río Ebro debido a la construcción de embalses y a la detracción de caudales aguas arriba. Esta vez ha sido el temporal Gloria el que le ha dado el golpe –veremos si definitivo– al Delta, pero sobre esa maravilla de parque natural penden como espadas de Damocles amenazas que llevan siendo señaladas hace décadas.

El tradicional debate entre ecología y desarrollo ha quedado ampliamente superado, como muestran estos dos ejemplos. Los agricultores y pescadores del Delta hablan de ruina económica, los pueblos de la costa mediterránea calculan daños millonarios, los propietarios de apartamentos en primera línea de mar ven peligrar el sueño en el que han invertido los ahorros de toda una vida, etc. A aquellos que siguen pensando que hay que elegir entre desarrollo económico o cuidado del planeta, hay que decirles que toca pasar pantalla.

La siguiente no será más sencilla. Es significativo que una de las primeras grandes medidas del nuevo gobierno haya sido la aprobación de la declaración de emergencia climática y un paquete de actuaciones para hacerle frente; que la presidenta de la Comisión europea, Úrsula von der Layen, anunciara el Green New Deal al iniciar su mandato; o que el Foro de Davos haya dedicado su última edición, como refleja Javier Martínez en este artículo, a ver cómo el capitalismo puede salvarse de sí mismo, lo que incluye conservar la biosfera de la que depende.

Con un considerable consenso en el diagnóstico, el próximo paso será nítidamente político, y por lo tanto con una fuerte carga ideológica. La transición ecológica que toca acometer puede hacerse con criterios de justicia o bajo el "sálvese quien pueda", y la protección ambiental puede plantearse para el conjunto del planeta o para un reducto de privilegiados acomodados en espacios limpios, seguros, abastecidos de agricultura ecológica y conduciendo coches eléctricos. Si se opta por la segunda vía el fracaso está garantizado por dos motivos: en primer lugar porque, aunque se acoten zonas exquisitas, el desafío ambiental es global y se cuela por todos los rincones; y en segundo porque la transición que hay que acelerar va a exigir en el corto plazo cambios de modelos de vida que únicamente si se plantean con justicia pueden ser asumidos por el conjunto de la población. Los chalecos amarillos fueron solo una pequeña advertencia de lo que puede acabar generando una transición que, por otro lado, es ineludible.

En el debate sobre la crisis climática, toca pasar pantalla: dejar de discutir del qué, para pasar a profundizar en el cómo. Una batalla ideológica como pocas.

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