El vídeo de la semana

Lo que enseña la radio

El 20 de junio de 1870, ante las Cortes Constituyentes, el diputado republicano Emilio Castelar pronunció un encendido discurso a favor de la abolición de la esclavitud. Tan intenso y apasionado, tan seductor y elocuente, que consiguió que en aquel parlamento postisabelino se empezaran a dar los primeros pasos para que España y sus colonias de ultramar acabaran definitivamente con aquel espanto de siglos. Las palabras de Castelar convencieron a no pocos diputados dudosos o contrarios a abolir la práctica, a fuerza de contundencia en los argumentos, luz en la exposición y, sobre todo, fe de unos y otros en el valor de la oratoria parlamentaria.

Me lo recordaba ayer en la radio María Galiana, la actriz que enseñó Historia en los institutos y ahora no deja de hacerlo en la televisión o en el teatro.

Es el privilegio de la vida cotidiana en un medio como la radio, tan vivo, tan ágil y tan cercano. Aprendes mucho. De mucha gente. Porque si un día hablas con un médico, una actriz, un bailarín, un político o una enfermera, a diario te encuentras con la audiencia, con esa legión de oyentes que te juzga sin misericordia aceptádote si le llegas y rechazándote sin perdón si no descubres la forma de empatizar con ellos. Oyentes con los que tienes la obligación de relacionarte en un camino de comunicación que tiene cada vez más ancha la banda de la doble dirección.

La cita de Doña María Galiana venía a cuento de la melancolía que produce recordar que hubo un tiempo en este país, un tiempo de agitación y convulsiones, de cambio constante y revoluciones frustradas, en el que sin embargo alguien era capaz de tomarse tan en serio el parlamentarismo como para escuchar, entender y hasta cambiar de criterio si era necesario. Fueron periodos puntuales, ciertamente: España ha sido más de ordeno y mando o de “qué dice éste que me opongo”, que de dialogar o escuchar opiniones ajenas. Pero hay fogonazos luminosos, etapas de explosión democrática de las que aún podemos sacar lecciones.

En la España de hoy, más democrática, más serena y más europea, ni Castelar que reviviera podría modificar un ápice el discurso preparado que los líderes políticos llevan al Congreso. No hay parlamentarismo, sino teatrillo; no hay debate, sino turnos de palabra; no hay seducción en los pelotazos al muro.

Los debates parlamentarios reflejan el carácter obtuso y mediocre de una casta política a la que también se han sumado los que denunciaron en su día esa casta política. Se dialoga entre sordos y no se espera ni se quiere convencer. Es un mero formalismo, cartón piedra, engaño impúdico.

Hasta las elecciones de diciembre pasado, esa mediocridad se había ido disimulando con las mayorías de los grandes partidos y sus puntuales apoyos –interesados siempre- de los nacionalismos periféricos. Ahora, aquel hartazgo que iba a acabar con el bipartidismo, ha desembocado en una crisis política que desnuda las vergüenzas de todos, y en el parlamento vemos esa retórica insustancial y plana que no se sale del carril, reflejo de la verdadera calidad de quien la utiliza, que es muy poquita.

En el fondo, la que tienen los propios partidos en este sistema en el que el voto es a la formación y no al diputado, y la supervivencia de éste depende de su sometimiento a la disciplina del partido y no a las necesidades de sus votantes.

Hasta que no cambie la ley electoral esto va a seguir así, como en un dramático bolero de Rabel en el que bailan sus señorías y pagamos las copas los ciudadanos.

Que, por cierto, y ese es otro de los privilegios del contacto diario en la radio, están tan hasta el gorro que se han puesto a pensar en soluciones alternativas, y algunas que esta semana nos ofrecían en MásDeUno, dejan de tener su interés: desde la más radical e imposible como que no salgan del Congreso hasta que tengan fumata blanca, como los cardenales en los cónclaves vaticanosa, hasta quien sugería que los mandatos de los diputados no pudieran extenderse más allá de dos periodos de sesiones, de forma que ninguno de los hoy poseedores de acta como tales pudieran presentarse a las elecciones del 25 de diciembre; ninguno, ni siquiera los intocables líderes de los partidos.

El juego de la política sigue en España viciado por ese sistema de sumisión al aparato en el que navegan sin problema líderes mediocres incapaces de servir a otro interés que no sea el de quienes les mantiene en el oficio. Una perversión bastante cara.

España tiene gente capaz y con ideas, revolucionarios de verdad que tienen arrestos para cambiar las cosas, pero no están en estos partidos, o si lo están les entierra la burocracia.

No hace falta que sean Castelar para convencer, sólo que estén convencidos de que la política es el arte del bien común y que su compromiso con la gente está por encima de su sueldo de partido.

Hoy eso está lejos, porque los mediocres no suelen ser los más generosos y sí los más cobardes.

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