Mala hierba

Keynes contra el volcán: la diferencia entre descontrolado e incontrolable

Portada Daniel Bernabé

Para comenzar La distancia del presente, el libro en el que narré los devenires sociopolíticos de la anterior década, tomé como inicio la erupción del volcán Eyjafjallajökull. De aquel suceso pudimos extraer cuatro enseñanzas. La primera es que los islandeses tienen un idioma impronunciable. La segunda es que lo poco probable no significa lo imposible. La tercera es que la dimensión humana toma su verdadera medida ante la fuerza de la naturaleza: el tráfico aéreo se paralizó unos días a mitad de abril de 2010, a consecuencia de la gran cantidad de cenizas expulsadas a la atmósfera. La cuarta y última es que incontrolable y descontrolado no tienen el mismo significado.

Mientras que miles de personas no pudieron realizar viajes trasatlánticos por las rutas aéreas del norte, quedando pendientes de la incontrolable fuerza de la naturaleza, unos cuantos millones de personas sentían un temor creciente al comprobar cómo una economía descontrolada había quebrado en 2008. A la Gran Recesión aún le quedaban varios años para finalizar, en términos estructurales, y unas cuántas víctimas que cobrarse, entre ellas los Estados del bienestar de la zona sur de Europa, a los que la UE dejó perecer ante el ataque de los fondos financieros a la deuda soberana. Cuando en 2012 Mario Draghi, gobernador del BCE, se decidió a actuar, España, mediante el Gobierno de Rajoy, ya había firmado terribles recortes públicos en aspectos tan esenciales como la salud o la educación. Pero no sólo.

De aquella crisis se salió a medias, porque si bien los cadáveres bancarios recuperaron el pulso perdido con el envenenamiento del ladrillo, el resto tuvimos que pagar los platos rotos. Siempre repito que hubo barrios de este país que nunca acabaron de recuperar algo más importante que el PIB, la esperanza, y que cuando empezaron a tomar aliento tras la década en la que vivimos peligrosamente, una nueva crisis, la pandémica, llegó para acabar de rematar la faena. La diferencia es que si aquella primera crisis fue solventada mediante el austericidio, esta, de momento, ha tenido unas características diferentes. Si en aquella hubo mano de hierro de una Unión que sólo parecía hablar alemán, en esta la deuda se mutualizó y en vez de mandarnos a los hombres de negro apareció Von der Leyen con los fondos bajo el brazo. Un brexit y la aparición de la extrema derecha habían tenido lugar: la UE no se podía permitir otro descalabro en el sur.

En aquella crisis lo laboral fue la pieza a cobrarse con dos reformas laborales, 2010 y 2012, que acarrearon tres huelgas generales: el intento de acabar con la negociación colectiva estuvo sobre la mesa. Los ERE significaron algo más que el despido de millones de personas, fueron también una manera de inclinar la balanza en el conflicto capital-trabajo. Por cada puesto con derechos consolidados que se perdía, no sólo se añadía precariedad individual a los trabajadores, sino que se restaba capacidad de influencia a los sindicatos. Aquella crisis fue una batalla de clase en la que el trabajo disminuyó su capacidad de articulador social para pasar a ser una mercancía barata que sobreexplotar. No sólo los ricos acabaron siendo más ricos, sino que también acabaron siendo más poderosos a la hora de manejar los resortes productivos.

En esta, con los ERTE, se ha demostrado que otra política laboral es posible. Lo que ha sucedido, este último año y medio, es que el Estado nacionalizó de facto los sueldos de millones de personas, para que cuando la economía pudiera volver a ponerse en marcha tras el virus, esos puestos de trabajo no se hubieran perdido, salvando así de paso una gran parte del tejido empresarial. Por otro lado, el SMI ha subido ostensiblemente desde el 2018 y, contrariamente a lo que se nos dijo durante años, el paro no ha crecido. Falta la tercera pata, una que se incluyó en el acuerdo de legislatura entre el PSOE y UP pero que sigue pendiente: el desmontaje de la reforma laboral, es decir, el volver a equilibrar la balanza entre el capital y el trabajo, al menos en unas condiciones previas al austericidio. Nos tememos, visto lo visto, que sin presión desde la calle ese nuevo pacto social no va a llegar. Los grandes empresarios pueden pagar algo más de dinero a sus trabajadores, pero no quieren, ni por asomo, volver a un momento donde un comité de empresa tenía una fuerza que la dirección se veía obligada a considerar.

Por eso se está pasando de soslayo sobre las implicaciones que tiene haber adoptado una política laboral diferente. De manera muy parecida a como se está obviando la utilidad de una política europea financiera y tributaria. No importa ceder una vez, piensan los señores del dinero, lo que importa es que la gente no se entere de dos cosas: que la economía social funciona y que detrás de esa economía social hay ideología, es decir, una manera pautada de enfrentar unos problemas con unas soluciones. No se engañen, ni todo el mundo conoce a Yolanda Díaz, ni todo el mundo sabe a qué partido pertenece. Pero eso no es lo importante: no todo el mundo conoce la diferencia entre la socialdemocracia y el neoliberalismo. Casi nadie recuerda ya aquel volcán y sus consecuencias, y no hablo del islandés, sino el de Lehman Brothers.

Lo importante es que, aunque las cosas sucedan en la línea contraria a la que desean los señores del dinero, nadie sepa muy bien por qué suceden, es decir, por qué la política vale para algo y cómo hay diferentes tipos de política. ¿Saben de otro suceso que acaeció entre 2009 y 2010 y del que tampoco nadie se acuerda? La pandemia de Gripe A, una mucho menos mortal que la del coronavirus, que se aprovechó para calificar las medidas sanitarias de alarmistas y a la compra de vacunas de despilfarro. En los diarios de la derecha quedó escrito, en jocosas columnas y artículos: leídas hoy tienen menos gracia. Aquel episodio acarreó la consecuencia de que ningún Gobierno quisiera aparecer como el primero en ponerse serio ante la amenaza que venía de Wuhan. Se sabía lo que había que hacer, pero nadie quiso ser el primero en hacerlo.

Hoy, tras año y medio de pandemia, nadie debería dudar de que se necesitan unos servicios públicos fuertes, un nuevo contrato social que atenúe las incertidumbres y una economía basada en lo productivo y no en lo especulativo. Sin embargo, a pesar de todo, el mensaje no ha calado. Tampoco con unas inclemencias meteorológicas cada vez más habituales. Tampoco con la erupción del volcán de La Palma. Si se detienen un momento, lo visto estos días en la isla canaria es un efectivo intento de control sobre las consecuencias de algo incontrolable. Bomberos, policías, protección civil, sanitarios y militares estaban ya coordinados en un plan de contingencias desde hace semanas. Un plan trazado gracias a expertos de los institutos de vulcanología. Todos ellos trabajadores públicos. Hasta la señal de televisión emitida a medio mundo proviene de una televisión pública y de cercanía como RTVC.

Lo inesperado no significa lo imposible y, ante circunstancias inesperadas, lo público representa la certeza y la seguridad a diferencia del “sálvese quien pueda”. En una nevada, unas inundaciones, un volcán o una pandemia. También frente a una crisis económica. Incluso ante una época de pujanza, para que el crecimiento llegue a la mayoría y no sólo a unos pocos. No hace falta conocer quién es Keynes, tan sólo tener los ojos abiertos para ver lo que sucede a nuestro alrededor, por qué sucede, cómo sucede. Eso y no exponerse a pantallas donde 24 horas al día, siete días a la semana, hay gente azuzando el miedo a los menas, los okupas y los extraterrestres. Díganselo a los niñatos que presumen de no pagar impuestos, a los que salen en Youtube, pero sobre todo a los que se sientan en la Puerta del Sol.

Carmona, sicario del capital

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