El vídeo de la semana

Se nos va la mano

Se nos está yendo la mano. No estamos sabiendo gestionar el liderazgo.

Veo a un presunto defraudador, cabeza de un imperio económico perecedero y unipersonal acudiendo al juzgado a decir que es cosa de su papá lo de ocultar cifras de beneficios a Hacienda, y me llegan ecos de otros niños que se reúnen en asamblea para conversar animadamente con los líderes políticos del cambio y los de la continuidad. En ese momento me pregunto si no estamos equivocando el tiro.

Es muy simpático ver a líderes políticos enfrentarse al duro interrogatorio de chavalines de guardería a los que incluso se puede vender que desaparecerán los deberes del cole –eso prometió Iglesias, lo juro–, del mismo modo que resulta interesante contemplar al líder de masas afutboladas acudir el juzgado a sacudirse los números defraudados porque papá era y es el que le lleva estas cosas.

Simpático, sí; divertido. De chiste, vamos. Si no fuera porque usted, lector, y un servidor, cumplimos con nuestros impuestos y ni tenemos –ni quizá busquemos– otros caminos que el pago de nuestra parte, ya que estamos convencidos de que el líder político que ha de decidir sobre nuestra vida y hacienda desde la gestión de la cosa pública tiene que tener algo más que capacidad de sortear las preguntas de cole de los guajines. Esforzados y divertidos, pero con un criterio de la realidad social algo limitado por su edad, su conocimiento y la influencia de sus padres.

El millonario espectáculo deportivo y su peculiar relato por parte de los medios ha convertido a Messi en un ídolo más infalible que el papa y menos juzgable que el rey. Las audiencias utilizadas por los medios hemos inventado la plurientrevista infantil para humanizar al líder político y nos hemos pasado de frenada en esto del tratamiento al líder.

Porque en el fondo ambas imágenes de esta semana responden a los dos extremos de una sola realidad: nuestra incapacidad para gestionar el liderazgo. Es decir, el exceso en Messi y el defecto en los políticos. La permisividad social ante un tipo que ejerce un oficio en el que anclamos intensamente nuestra emotividad y la frivolización de la función política convirtiendo a los aspirantes a gobernarnos en opositores a payasetes de fiesta de cumpleaños.

Son síntomas. Sólo eso… o nada menos que eso. Síntomas de que algo estamos haciendo mal cuando saludamos al presunto defraudador futbolista con el mismo alborozo con que insultaríamos al presunto defraudador político, mientras a otros políticos les recibimos encantados en casa en horario televisivo de audiencia dispuestos a someterse al inapelable juicio de patio de colegio.

Lo suyo sería, supongo, que el líder deportivo padeciera la repulsa social de su público decepcionado y los líderes políticos respondieran a preguntas de periodistas o de ciudadanos con criterio y capacidad de ponerles ante el espejo en aras de la información y el conocimiento de todos. Pero no. Permitimos al presunto defraudador pasearse con la cabeza alta entre vítores y aceptamos como rasgo de cercanía y “humanización” el interrogatorio infantil a los políticos. Pulpo como animal de compañía; el fútbol como excusa para todo o casi todo; la banalización de la política en aras de la audiencia de otros.

Se nos va la mano. Algo estamos haciendo mal.

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