Muros sin Fronteras

Taxistas, periodistas y demás perdedores

Estamos inmersos en una colosal mudanza tecnológica, y en otra colateral de costumbres y, tal vez, de pensamiento. Se llama Cuarta Revolución Industrial. El impacto será similar al descubrimiento de la agricultura hace 7.000 años. Con ella surgió el hombre sedentario y las ciudades, la familia monógama y las religiones monoteístas. Nos hallamos tan debajo del ojo del huracán que no percibimos su fuerza.

Un 63% de los alumnos que empezaron 1º de Primaria en este curso trabajarán en profesiones que aún no existen. Lo dijo César Alierta en el Mobile World Congress en Barcelona hace dos años, y se mantiene vigente. Las nuevas tecnologías crearán unos empleos y matarán otros, como sucedió en la Revolución Industrial. De nada sirvió quemar telares, como de nada sirve ahora quemar cabifys.

La crisis de 2008, sumada a la revolución tecnológica, ha puesto en la calle a cerca de 20.000 periodistas, solo en España. Han desaparecido periódicos y revistas en todo el mundo, y se han creado otros nuevos, digitales como InfoLibre. La mayoría de los lectores tradicionales que hoy acceden de manera gratuita a su periódico, a través de la web, no sienten necesidad de leerlo de nuevo pagando al día siguiente. Están los románticos, claro. Y la publicidad, que en el papel sigue generando ingresos.

Pese a que los libros resisten algo mejor al ímpetu de las tabletas y demás artilugios, las librerías tienen un serio problema a medio y largo plazo con este cambio masivo de costumbres. El libro físico conserva, de momento, su magia: el olor de la página, la letra impresa, su presencia en la estantería… Pequeñas ceremonias que permiten convertir un libro fabricado en serie en una parte de nuestra vida.

El principio de la evolución de las especies de Darwin da esperanza a los afectados: no sobreviven los más fuertes ni los más inteligentes, sobreviven los que se saben adaptar. Esa es la clave: adaptarse.

En primera línea de la masacre nos encontramos los periodistas, los taxistas, las tiendas de alquiler de vídeos y las agencias de viaje, por señalar unos pocos. Habrá robots dentro de casa, en las tiendas, en los coches, en el trabajo. ¿Estamos preparados? La respuesta es no. La educación sigue centrada en preparar trabajadores para una industria que está dejando de existir. Carecemos de una hoja de ruta para sobrevivir en la Cuarta Revolución. No aprendemos a manejarnos en lo impredecible.

Lo políticamente correcto sería apoyar la lucha de los taxistas españoles contra las multinacionales Uber y Cabify. Es lo que dice el manual del perfecto progresista. El manual del perfecto liberal español está en blanco en todos los asuntos que afectan a las personas.

Bloquear ciudades, y que unos exaltados ataquen vehículos de Cabify o Uber, como ha sucedido otras veces en Sevilla, Málaga, Barcelona y Madrid, no es la mejor manera de conservar la simpatía popular. La lucha debería ser en los tribunales, españoles y europeos. Se pueden exigir limitaciones en el caso de Airbnb y plataformas similares. No porque esté en juego el negocio de los hoteleros sino porque está en juego el modelo de vida de las ciudades.

No hay noticias de que los trabajadores de las videotecas hayan cortado la Castellana o Las Ramblas para protestar contra Netflix y exigir medidas. Sí hay noticias recientes de la guerra de las salas de cine contra la película Roma, producida por Netflix. Los dueños prefieren películas comerciales que apoyar el cine independiente. Optan por el dinero seguro de Aquaman que asumir el riesgo de Pa Negre, premiada cuando ya estaba fuera de circulación. Sabrán lo que hacen: cine de consumo masivo y rápido, y no siempre de calidad, en salas cada vez más pequeñas cuando las nuevas pantallas de televisión son cada vez más grandes. No hay que ser un lince para predecir el futuro.

Alfonso Cuarón lo explica en este vídeo.

Tampoco hay noticias de protestas de las agencias de viaje, ni peticiones para que se prohíba Booking, Trip Adviser y demás buscadores. Sobrevivirán las agencias que se sepan adaptar. Siempre habrá viajes especializados que van a sobrevivir. Puedo elegir mi hotel en Florida, pero me dará más confianza una agencia especialista para realizar el viaje de mis sueños a Patagonia. El negocio no está en los paquetes masivos, sino en los selectivos, en el viaje personalizado.

Los periodistas no hemos pedido que se prohíban Google, Facebook, Twitter, y demás competidores en información. Lo que queremos es que no nos roben la información y la publicidad. La adaptación está en la calidad, y en la especialización. La web del The Wall Street Journal es una de las más rentables, y de las más caras. Se lo puede permitir porque manejan una información especializada con la que se toman decisiones de negocio. Sus informaciones no están en Twitter, no son un copia y pega ni tienen vídeos virales pirateados ni mujeres semidesnudas como las web de la prensa deportiva española.

El problema es que la excelencia es cara. ¿Cómo convencer al lector para que pague por un producto que ha dejado de ser excelso? ¿No seremos nosotros los periodistas –o nuestras empresas-- culpables de nuestros males?

La amenaza de los taxistas no es Uber ni Cabify. Su problema es que su negocio tradicional está afectado por el cambio de modelo impulsado por las nuevas tecnologías. Y contra eso hay poco que hacer. Están sentenciados. Mañana serán los coches sin conductor. Solo sobrevivirán unos pocos, los que presten un servicio mejor y personalizado. Siempre habrá gente que prefiera un conductor a un asiento vacío.

Hay intentos interesantes como MyTaxi. Cuando uno de sus conductores cancela un servicio aceptado en la aplicación porque ha visto a unos japoneses con maletas está beneficiando a Uber y Cabify, que no lo hacen. La clave es la calidad y competir con las mismas armas.

El problema en España se llama licencia municipal. Las de los taxistas son una burbuja piramidal que ha estallado. Los últimos que pagaron en Madrid 140.000 euros, que se endeudaron, son los que están más expuestos. Son los perdedores del cambio.

En Nueva York no ha habido grandes protestas por la llegada y crecimiento de Uber y Via, así se llama la otra compañía. La mayoría de los taxis pertenecen a empresarios que tienen varios vehículos. Ellos son los perdedores; y sus chóferes, la mayoría inmigrantes que llevan años detrás de un volante, que cobran poco y que carecen de derechos. Ya ha habido algunos suicidios entre los despedidos. En España, la mayoría son taxistas-propietarios de su coche. El impacto es directo.

Todos los sistemas de negocio piramidales acaban mal, y el de la licencias es uno de ellos. El capitalismo carece de sentimientos, es un modelo depredador para depredadores. Si ganas dinero no quieres oír hablar del Estado, y si se puede engañar con los impuestos, se engaña. En España tenemos una variedad autóctona, y no lo digo por los taxistas, sino por las autopistas de peaje y los bancos. Si gano, déjame en paz; si pierdo, quiero que el Estado me rescate. Negocio seguro.

Es posible que si el Estado asumiera todas las licencias y compensara a los taxistas por sus inversiones, se acabara parte del problema. ¿Y los que pierden en Bolsa se pueden apuntar al maná? El problema de los taxistas es ante todo humano, miles de personas ven peligrar su trabajo. Podrán limitar la expansión de Uber durante un tiempo, pero a medio plazo están perdidos.

En Florida, los conductores de Uber no necesitan un permiso municipal. Basta el permiso de conducir y tener los papeles en regla. En el aeropuerto de Nueva Orleans hay una zona de recogida de Uber. Pero no es así en todo el país.

El negocio de los taxistas ha sido hasta hace poco un monopolio. Como el los medios de comunicación. O el de los bancos, que se han lanzado contra ING con apoyo del anterior Gobierno español.

(Los consumidores no se mueven por simpatías, sino por calidad y precio. Conocí a un profesor serbio, no demasiado nacionalista, después de la guerra de Bosnia-Herzegovina. Compraba el jamón york en un súper esloveno de Belgrado, y no en uno serbio como le pedían sus amigos. “Me gusta el jamón cortado muy fino y en el esloveno me dan lo que quiero. El patriotismo no me da de comer”).

 

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