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No me desees felicidad, trabaja por ella

No me fío mucho de las felicitaciones navideñas. Suelen ser un recurso para afianzar relaciones sociales o para no quedar demasiado mal con la familia o algunos seres con los que no tenemos más remedio que apechugar. Son escasas las que se envían con sincero aprecio a los destinatarios.

Esto de las redes sociales y el universo de constantes interconexiones que establecen ha multiplicado los intercambios navideños y uno llega a sentir cierto agobio por la cantidad de personal que se preocupa de su estado y de desear que el año próximo venga pleno de bienes, luces y triunfos.

En el higiénicamente necesario filtrado que hay que hacer de esos recados que le tienen a uno como destinatario más o menos concreto, nos encontramos este año con los de los cuatro caballeros que encabezan los partidos a los que los españoles acabamos de confiar nuestro destino para los próximos años. Cuatro ciudadanos que por decisión propia y elección popular tienen encomendada la sensible misión de administrar nuestras vidas y haciendas, lo que les convierte en depositarios de una altísima responsabilidad y les obliga a actuar con criterio, madurez, determinación y valor. Cierto es que sus mensajes no son personales, no se dirigen a cada uno de nosotros, pero usted y yo, el vecino y el adversario son también destino pensado de esos convencionales deseos de felicidad.

Partamos de la base de que su obligación es hacernos felices. Desde Aristóteles, el oficio de la política es el de procurar la felicidad del pueblo cuyo destino se administra. Por tanto, hay que exigirles que además de desearnos un próspero y feliz año -o como Rajoy, toda una legislatura de felicidad-, trabajen en serio para conseguirlo. Es su oficio y para eso están: pensar en la ciudadanía, trabajar para ella, más que para su propia situación personal, política incluida.

Dice Pedro Sánchez que lo mejor está por llegar. No sé bien a qué se refiere, pero parece más bien un deseo íntimo y privado o un insólito arranque de lucidez al considerar que dado cómo están las cosas en su partido la evolución sólo puede ser a mejor. En todo caso, suena algo artificial. Y como en el caso de Rajoy fuera de lugar, puesto que uno y otro siguen siendo perdedores empeñados en no reconocerlo. Rajoy y Sánchez deberían dejar paso en sus propios partidos a otros que no hubieran sufrido el castigo del pasado día 20. Eso de “sumemos” que ofrece Rajoy liderando “un proyecto estable” suena tan vano y ligero como su repentina e increíble conversión a las relaciones públicas y la cercanía con la prensa. Si quieren procurar nuestra felicidad deberían dar un paso atrás. Con valor y por responsabilidad.

Luego está la felicitación de Pablo Iglesias y su alegre posibilismo. Tal y como planteó Podemos su campaña, poniendo el acento en el optimismo y la sonrisa, parecían realmente inspirados en la máxima aristotélica, pero llega la hora de ponerse a hablar y sorprenden con una salida de pata de banco insólita y alejada del exigible criterio político, de la capacidad de ilusionar que han sido capaces de mostrar: dibujan una línea roja, pero no en políticas sociales, en el final de recortes, en la exigencia de ayudas…no; en un referéndum sobre el destino de Cataluña. Como si fuera lo más relevante, lo crucial en nuestro tiempo, lo que la sociedad más demanda y necesita. Cierto es que se trata de un problema político de altura, pero también que no debería ser la prioridad fundamental de un partido que se presenta como alternativa a la “casta” (¿dónde quedó aquello, por cierto?) y que anuncia el año como “el del cambio”. Su supuesta conexión con la calle y sus problemas debería decirles que si hay líneas rojas habrán de trazarse en otros escenarios. El cambio social no debería tener su ariete en un referéndum nacionalista. A no ser que estemos en otra cosa, claro.

Y luego está la felicitación de Ciudadanos. Lo de “imparables” tras los resultados electorales parece una concesión al exceso optimista, aunque es de agradecer que sigan enarbolando la bandera de las reformas y las garantías sociales. Aún así ese deseo de cambio se diluye inevitablemente si se evoca su disposición a la “responsabilidad” de apoyar un gobierno presidido por Rajoy.

Los que nos felicitan tienen en sus manos los deseos que expresan. Como persona, se lo agradezco, pero como ciudadano les exijo que se dejen de palabras y pasen a la obra. En pocas ocasiones como ésta tienen el poder de procurar lo que nos desean. Hablen, pónganse de acuerdo, creen con responsabilidad y renuncia (avanzar obliga siempre a renuncias) una alternativa de gobierno sin personalismos ni líneas rojas. Aporten en positivo, edifiquen sobre la interpretación correcta de lo que los ciudadanos hemos pedido en las urnas. Háganlo, porque en caso contrario sus felicitaciones seguirán sonando tan falsas y vacías como la mayoría de las que nos llegan a diario. O peor, porque ustedes tienen, de verdad, la llave de los deseos que manifiestan.

Como siempre

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