Plaza Pública

‘Nuit debout’ y sus hermanos

Nicole Muchnik

“Si todavía hay hombres que realmente quieran vivir en este mundo, deberían animarse a hablar fuerte, reír, llorar, encolerizarse, acusar, batirse para que por fin logren limpiar este lugar y esta atmósfera maldita”, escribió Lu Xun (1881–1936), uno de los grandes pensadores chinos contemporáneos.

Pero antes de pretender “limpiar esta atmósfera maldita”, hay objetivos más acotados y sin embargo primordiales cuya realización a veces nos ayuda a respirar. En general, no basta una sola causa para provocar un malestar social y un estado de rebelión, sino más bien un haz de injusticias, de violaciones del Estado de Derecho o del derecho humano: recortes abusivos y contraproducentes, cuando no motivos de indignación muy concretos como la nauseabunda corrupción, la justicia defectuosa, o un nuevo reto como la integración de miles de nuevos refugiados, situación indignante y tan mal resuelta, verdadero desafío para la moral pública. Todas estas cosas hacen la vida material y moralmente insoportable a un amplio sector de la población. Pero basta entonces un factor desencadenante, como en Francia el proyecto de ley sobre la pérdida de la nacionalidad o el de flexibilización del mercado de trabajo –la ley El-Khomri–, para empujar la rebelión.

De “Esta noche no volvemos a casa”, primer lema del movimiento, a Nuit debout, el tránsito ha sido breve. Iniciado por los sindicatos, muy pronto han tomado el relevo los movimientos estudiantiles en torno al lema de “convergencia de luchas”, con un objetivo: reunir todas las protestas en curso y sembrarlas por todo el país. Al principio, las cosas se han organizado gracias a la ayuda de las asociaciones de ultraizquierda: la autorización para ocupar la plaza de la République la negocia ATTAC, mientras que los militantes de Derecho a la Vivienda o del sindicato Sud solidaires aportan su ayuda puntual. Y el movimiento se expande como una mancha de aceite.

Nuit debout es visto hoy como parte del mismo movimiento y la misma voluntad de acción que los Indignados, Occupy en Inglaterra y Estados Unidos, ATTAC en Francia, Syriza en Grecia, la lucha bolivariana en América Latina, las “primaveras árabes” y también la agitación en Turquía en 2013, en Brasil, en Hong Kong, etc. En Montreal, los debates trataron esencialmente sobre el medio ambiente, la polémica construcción de un oleoducto en Québec, la defensa del feminismo y de las poblaciones Amerindias. En todas partes, “el pueblo” ha tomado ya la palabra en nombre de una izquierda antiliberal anticapitalista.

Para llegar a una palabra libre para todos, Nuit debout intenta “animar a personas que hasta ahora no se ocupaban abiertamente de política a crear espacios de discusión” explica Pauline, estudiante francesa en Montreal. “Es un movimiento ciudadano y pedimos a los representantes políticos no tomar la palabra”, se oye a menudo en las asambleas. Y más: nadie tiene derecho de hablar en nombre de Nuit debout. No hay representantes. La horizontalidad y el rechazo de cualquier delegación se sitúan en el corazón mismo de la construcción del movimiento. No piensan designar líderes, cada cual habla en su propio nombre y desconfía sobre todo de las recuperaciones políticas. Y en Francia y en España el movimiento es radicalmente hostil al Partido Socialista, el cual ve con inquietud el ascenso de esta izquierda espontánea.

Sin embargo, “ni los barrios bajos ni la clase obrera están ahora representados”, reconoce Julien Bayou, portavoz de Europe Ecologie-Los Verdes. “Si la articulación se realiza con sectores del movimiento obrero y las redes asociativas provenientes de los barrios, nada lo podrá frenar” se lee en la llamada de un colectivo de intelectuales publicado en Le Monde. “Nuit debout no necesita intelectuales para pensar. La producción de ideas es inherente al movimiento, cuyo conjunto es un intelectual “colectivo” que afirma más que reivindica […] la gente que está en la plaza no deja la política. Deja el sistema”, grita un manifestante al líder del Partido de Gauche. “Yo no estoy contra la ley, yo estoy contra todo”, dice otro. Como con los indignados de 2011 y en particular entre los jóvenes, cunde hoy un vivo hartazgo, un demasiado es demasiado, una náusea. Y ante todo, la necesidad de retomar la palabra confiscada por una clase de profesionales de la política y por los grandes medios al servicio de los partidos dominantes y condicionados a menudo por capitales nacionales o extranjeros.

No se puede negar que la acción y la rebelión colectiva provoca cierto júbilo, como una ráfaga de brisa, particularmente en momentos de crisis y no únicamente entre los jóvenes. Esta reapropiación de la palabra y de la creatividad por las capas sociales que no tienen acceso a ella más que cuando hay elecciones, es un fenómeno popular de inspiración netamente antiliberal y anticapitalista. Dentro de Nuit debout, los participantes son invitados a tomar la palabra en asambleas generales interminables, y con numerosas votaciones al final de las deliberaciones. Tampoco se trata de yuxtaponer las luchas, sino de articularlas en nombre de un proyecto común. En Madrid, en 2011, se hablaba de crear una democracia “presentista”, simbolizada por la asamblea general. También ahí se trataba de discutir hasta que hubiera un consenso. En todo caso, se trata de permitir la expresión del máximo número de personas.

Para Chantal Mouffe, filósofa belga de la democracia y profesora en la Universidad de Westminster, el “pueblo” que se espera que tome la palabra, no existe de forma natural. Ha de ser construido por la política, y construido en “contra”. “El hecho de definir un adversario común constituye el primer paso… Un «nosotros» ha de oponerse a un «ellos». Tal es la intuición de Podemos que, en una palabra,“la casta”, ha designado las fuerzas políticas y económicas que contribuyen a la reproducción del sistema, una palabra que perturbó tantos bien pensantes y buenas conciencias. Una “casta” que se auto-reproduce en una endogamia estéril. Existían la izquierda y la derecha, que recubrían categorías sociales. Hoy, en una sociedad en movimiento perpetuo, se hallan muchas personas de izquierda que adoptan una posición de derechas, oponiéndose, por ejemplo, a la llegada de inmigrantes o que se refugian en partidos de extrema derecha. La idea de nuestros contestatarios de izquierda es establecer una frontera transversal, entre los de abajo y los de arriba. Para Chantal Mouffe, “es lo que hace Podemos… La idea de movimientos horizontales basada en la libertad de palabra, que se extiende un poco en todas las direcciones y podría bien salvar una democracia que, para subsistir, debe ser el poder del pueblo.”

No se sabe aún si Nuit debout conseguirá la retirada total de la ley El-Khomri, una ley perfectamente reaccionaria en lo social, y remover en lo profundo las bases del sistema. Pero el movimiento ya ha provocado repetidas revisiones de la ley y decenas de manifestaciones, así como un bajón espectacular de la popularidad del presidente Hollande y de su primer ministro, Manuel Valls. Nuit debout ha hundido en la total incertidumbre las elecciones de 2017 y sacado a la luz la fragilidad de una democracia permeable al chanchullo, al nepotismo y la corrupción. Una democracia servil ante los más fuertes –FMI, BCE, TTIP, Merkel, los países depredadores como Luxemburgo–, que instala una desigualdad creciente entre los de arriba y los de abajo, que parece incapaz de aportar a la sociedad la educación e información necesarias para luchar contra el ostracismo, evitar el aumento del racismo y manejar con generosidad y empatía las crisis y las incertezas del presente y del porvenir.

Entonces esos movimientos recientes, ¿son “una amenaza para la democracia” o su única posibilidad de regeneración?

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