Qué ven mis ojos

A veces ganan unos y a veces otros, pero siempre pierden los mismos

El negocio inmobiliario consiste en que dentro de las casas de los pobres llueva más que fuera”.

Los cantos de las sirenas enloquecen a los marineros, y los del FMI también: cada vez que esa gente abre la boca, sube el pan, así que no bajemos la guardia; si vienen a salvarnos, mejor ponerse cuerpo a tierra. La última advertencia a España de esa institución, de la que lo inaudito no es que sus tres últimos jefes hayan sido Strauss-Kahn, Rodrigo Rato y Christine Lagarde, sino que sólo uno de ellos esté en la cárcel, exige al Gobierno que no se duerma en los laureles y no le quite ojo a la evolución de los precios en el mercado inmobiliario, porque ya sabemos que las burbujas del ladrillo no las inventó Einstein, pero también son bombas atómicas que cuando estallan se lo llevan todo por delante, incluidos el presente y una parte del futuro. Las salidas de las crisis siempre son cuesta arriba, y todo el que la quiera subir y dejar atrás el abismo debe hacerlo con un pedazo de entidad financiera a las espaldas. Este mundo es así, a veces ganan unos y a veces otros, pero siempre pierden los mismos.

El mismo FMI que no vio venir la última explosión –tal vez estaban ocupados en contar su dinero– ahora dice haber detectado en nuestro país "señales de una ligera sobrevaloración" en la venta de casas, unos movimientos que aún no son peligrosos, pero sí alarmantes. Hay que estar atentos, dicen, y tener preparados sistemas de prevención que eviten que la sangre llegue al río, lo que suena a que no confían mucho en las medidas preventivas que preparan el Ministerio de Economía y el Banco de España, al que se ha culpado por tierra, mar y aire de su ineficacia a la hora de prever, intuir y luego atajar el último naufragio. En realidad, sí que se dieron cuenta de  lo que se avecinaba, porque mientras a nosotros aún nos animaban a tirarnos a la piscina, ellos ya tenían puestos los chalecos salvavidas.

Pero, claro, lo que le preocupa al FMI es que los bancos vuelvan a dar créditos al primero que se los pida, no que aquí y ahora las familias no puedan comprarse una vivienda digna y con ello estar en disposición de ejercer otro de esos derechos fundamentales que recoge nuestra Constitución, aunque sea uno de los artículos de los que sus abanderados, guardaespaldas y pregoneros no se acuerdan nunca, o les hacen sonreír cuando otros los citan, porque en el fondo creen que esa parte de la mal llamada Carta Magna es pura retórica y que hace falta ser inocentes para tomársela en serio. Son así, y cuando pintan bastos, son peor todavía.

El FMI se pregunta en su informe, titulado La evolución del mercado de la vivienda, ¿un motivo ya para la preocupación?, si los sueldos que cobramos de media, la situación económica, la evolución de la Bolsa y nuestro actual nivel de crecimiento y deuda justifican el alza de los precios en el sector, y sus especialistas no parecen muy convencidos de que así sea. Y dejan caer una reflexión clásica que tiene como fin el habitual, lograr que el peso del error, si llega a producirse, lo soporten los ciudadanos de a pie: si el valor de los inmuebles se multiplica, la gente se cree más rica y deja de ahorrar. O sea, eso de que lo que nos ocurrió fue culpa nuestra, por vivir por encima de nuestras posibilidades. Ya lo saben, nada de atar los perros con longaniza y cuidado con darse un capricho o aspirar a más de lo que está especificado en su clase social, no sea que los pobres vuelvan a liarla y los poderosos tengan que tomar las medidas habituales, que consisten en aplicar la ley del embudo y que las hormigas lleven a hombros a los elefantes.

El Gobierno quiere darle más poder al Banco de España en este terreno, a ver si esta vez, al ser más fuerte, se enterase de algo y encontrase las herramientas que hacen falta para detener la ola. Con sus nuevas atribuciones el regulador podrá estudiar si una hipoteca debe o no concederse, a la luz de la solvencia del aspirante a lograrla. Pero la pregunta es la de siempre, y me temo que la respuesta, tan obvia como siempre: ¿qué intereses son los que va a defender, los del cliente o los de la entidad? Igual, para empezar, estaría bien que los miles de edificios enteros y apartamentos sueltos que tienen en sus célebres activos tóxicos esas mismas entidades, se saldasen. Al fin y al cabo, en la mayoría de los casos, ya los han cobrado de sobra: alguien les pidió cien, pongamos por ejemplo, y cuando les había devuelto ochenta no pudo más, así que el banco les quitó su hogar, se quedó con lo ya abonado, lo desahució y quien se fue a la calle siguió debiendo los veinte que quedaban. Todo para unos, nada para el resto. Cuando esa fórmula de hierro que lo maneja todo desde las alturas cambie, será cuando las cosas hayan mejorado. Mientras, no hay nada que hacer. Y esta historia es la de siempre: el cuento acabará mal, porque quien lo cuenta es el lobo. A veces ganan unos y a veces otros, pero siempre pierden los mismos.

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