Nacido en los 50

Desde ‘La Secta’

Definitivamente, fue el Señor el que envió a Podemos al mundo con una misión: "Dignifícalo todo".

Envió al mundo esa peste para que a su lado, con respecto a ellos, todos se sintieran mejor, más justos, más humanos, más dignos. Sus miembros cumplen la misma función que los participantes en los reality shows de televisión, tranquilizar a la mediocridad-ambiente haciendo que los espectadores se vean superiores.

También sabemos que la crueldad de Jehová es difícilmente superable y que a los agentes que envía a la tierra los dota de unos superpoderes extraños, como transformar el agua en vino, pero que no les sirven para evitar los suplicios que sufren en propia carne. No les aparta el cáliz. Con buena estrategia comercial prefiere convertirlos en referencias, en mártires cuyo símbolo puedan portar con orgullo los seguidores, solidarios con la injusticia que sufrió su mito. Eso está consiguiendo este Sistema con tanto demonizar a Podemos y hacer causa común en su contra.

Del mismo modo que la CIA advierte a sus sicarios de que si les pillan cometiendo las fechorías encomendadas nadie se hará responsable de sus suplicios ni dará la cara por ellos, la crucifixión del agente enviado del Más Allá para dignificar a los terrícolas está garantizada. Lo de las urnas era una broma. Para ascender al Congreso de los Diputados el calvario está siendo duro.

Digan lo que digan, y aunque sea desde la ofensa, el revulsivo que ha supuesto la presencia de Podemos ha venido bien a esta sociedad que se encontraba adormecida y con unos representantes políticos que, una vez elegidos, ocupaban su escaño desde la resignación, caminando por el estrecho margen que deja la coyuntura, y planteando propuestas que no contradijeran la voluntad de los poderes reales, esos contra los que no se puede luchar sin caer en la demagogia y el populismo porque son los amos de las cosas, aunque persigan, y en estos tiempos con más beligerancia que nunca, llevar al personal por la senda de la esclavitud. "Aceptemos una esclavitud digna", era lo máximo que podían ofrecer nuestros representantes.

Si por algo se ha caracterizado la presencia de Podemos en el espectro político es por ser un permanente acicate de la susceptibilidad. Aquí pasa como en los dramas rurales, donde el honor era una causa por la que quitar o perder la vida, a no ser que fuera mancillado por el señorito, en cuyo caso prevalecía la resignación. Así, cuando a la moza casadera la dejaba preñada el amo, se asumía como parte inevitable del cruel destino pero, si era su novio, se presentaba el padre con la escopeta de caza para zanjar el asunto. No se admiten ofensas de un igual, y no digamos de un inferior.

Vivimos en esa sumisión atávica de respeto al señorito.

Viendo el éxito que tuvo esta fuerza emergente que se quedó a trescientos mil votos del PSOE, un partido con cien años de tradición, rigiéndose por las leyes del mercado, diferentes fuerzas políticas se apuntaron al carro y, del mismo modo que en los tiempos de la Movida Madrileña personajes insospechados aparecieron con el pelo teñido de verde, se habla de cosas tan raras como "democracia interna" en el seno de los partidos políticos. Ya no son importantes las relaciones con la cúpula, la fidelidad, la docilidad, ni los trienios de militancia, sino que hasta el PP habla de elecciones primarias. ¡Válgame dios!

Bien es cierto que el PSOE, que siempre presumía de ello, se encargaba de segarle la hierba de debajo de los pies al candidato que osaba disputar el liderazgo a aquel que proponía la oficialidad del partido. El caso de Borrel fue una risa. Mientras daba un mitin defendiendo su candidatura subido en una mesa, con un megáfono, en la puerta de la sede de su partido en una ciudad que ahora no recuerdo, porque el encargado de abrir aquello no apareció con la llave, al mismo tiempo, la oficialidad se encontraba en una plaza de toros, con sus primeros espadas, los históricos del partido, disfrutando de una fiesta mitin con fin de fiesta musical. Bueno, pues a pesar de todo ganó Borrel. No le sirvió de nada. Tampoco a las bases que le votaron. No fue candidato. Algo parecido a lo que le ha ocurrido a Pedro Sánchez, que alguna vez creyó que si ganaba en esas elecciones internas sería él quien mandase hasta que le contaron de qué iba el tema. A qué y a quién se debía.

En cualquier caso, y aunque sólo sea a nivel formal, los partidos hablan ahora de decencia, de limpieza, de regeneración democrática, de honradez, de cambio, de progresismo.

El niño Pablo les ha salido respondón y, mira tú por dónde, se dedica a ir señalando con el dedo lo que le parece mal y claro, no da una. Esas cosas sólo las puede hacer el amo. Lo digo yo que trabajo en un medio al que los señoritos de las instituciones llaman "La Secta", sin que ningún compañero dé la cara por los periodistas que trabajan ahí, sin duda tan respetables como los demás, dividiéndose las opiniones de los profesionales entre los que repiten el calificativo como un chascarrillo basado en la realidad, y los más serios que lo entienden como una bromilla de la autoridad competente sin la menor importancia. Les hacen gracia Esperancita & Co. Eso sí, todos coinciden en señalar algo tan ridículo como que “La Secta” es el órgano de propaganda de Podemos, sólo porque no se caga en ellos.

Falló el vaticinio de Celia Villalobos cuando le dijo a Pablo Iglesias que al entrar en el Congreso dejaría la demagogia fuera. Con demagogia se refería a esas cosas que lleva Iglesias en su programa. Es decir, que una vez allí se compadrea en el bar y son todos colegas aunque de puertas afuera se mantenga la imagen de rivalidad. Se refería la señora Villalobos a esas cosas que se hacen en secreto, como negociar los puestos de las mesas, la Presidencia del Congreso y demás. Así, de cara a la votación de hace unos días para elegir a los miembros de la Diputación Permanente del Congreso se reunieron, como digo, en secreto, PP, PSOE y Ciudadanos para dejar fuera a Podemos, saltándose el sacrosanto aval que suponen los votos de los ciudadanos, al tiempo que vuelven a acusar a Pablo Iglesias de estar obsesionado con los sillones. Están más cómodos decidiendo entre ellos, en comandita, sin los tocapelotas de las mareas y el activismo. Lo explica muy bien el portavoz de Ciudadanos, abundando en las tesis de Villalobos cuando, después de pillar las sillas que no le correspondían, para demostrar que vienen a limpiar y regenerar la vieja política, decía que los señores de Podemos demostraban “una incapacidad para negociar, anticiparse a los acontecimientos y falta de conocimiento de dónde se está”. That is the question: No saben donde están. Les falta picardía. Aquel lugar en el que tan bien se mueve esta fuerza nueva, no tiene mucho que ver con la democracia externa, la de la calle, la de las urnas, sino con la interna, esa que toma decisiones en las sombras del Congreso a espaldas, y muchas veces en contra, del mandato popular. A eso se refería doña Celia cuando le dijo a Pablo Iglesias que ya le contaría de qué iba el tema más tranquilamente, tomando un gin tónic en el bar de la casa.

Pues no, no se dejaron la demagogia fuera, tampoco las rastas, ni el niño, y para charlas de los de abajo, no está preparado el personal.

Esa reacción general, unánime y, por primera vez, acompañada de una acción, de un gesto, como es el de levantarse de una charla porque los periodistas presentes se sienten ofendidos, viene bien. Ya era hora de que los periodistas, humillados constantemente, convertidos en difusores de la doctrina del partido gobernante al acudir a las ruedas de prensa donde no permiten hacer preguntas, se levantaran de sus sillas y no para hincar el lomo delante de un plasma donde aparece El Gran Hermano Mariano. Pablo Iglesias sí les provoca la “espantá” y en el tsunami de artículos, tertulias radiofónicas, reportajes, notas en los informativos de TVE y de otras cadenas, y demás elementos que han acompañado a esta reacción sorprendente, también han reconocido que otras veces no han estado tan susceptibles.

Bueno, pero eso es pasado. Ahora, una vez recuperada la dignidad gracias a la ofensa de Pablo Iglesias, se inaugura una nueva era en la que el derecho a la información tan reivindicado estos días va a primar sobre todo lo demás y, sin duda, veremos filas de periodistas levantándose en las ruedas de prensa cuando alguien ofenda a algún profesional de la información. Se puede empezar por los despidos de Telemadrid producidos tras una impresentable criba de represión política incompatible con un Estado democrático, donde la indignación de sus compañeros brilló por su ausencia.

Que no, que era broma. Que ha sido un hecho puntual para recordarle a Pablo Iglesias cuál es su sitio y que si un periodista dice en su medio que le hubiera pegado cuatro tiros con una escopeta, eso es parte del juego y que, como decía Gila, si no sabe aguantar bromas que se vaya del pueblo. O a un puesto de “pescatero”.

Recordará ahora Manuela Carmena cuando dijo que no tenía a ningún medio de su lado y se armó la de dios. También hubo una salida en tromba de la profesión periodística afirmando que no tenían por qué estar del lado de nadie. Tuvo que disculparse Carmena diciendo que no habían interpretado bien sus palabras. Se equivocaba, las interpretaron perfectamente, por eso se enfadaron. Se quedó corta, tenía a todos en contra. Otra cosa es por lo bajinis.

Clasismo. De eso hablamos.

Los medios de comunicación están cada vez más concentrados y financiados por los bancos y las grandes corporaciones que cubren sus pérdidas, para convertirlos en órganos de propaganda a su servicio. O comprados con propaganda institucional, que pagamos todos con nuestros impuestos, en algunos casos de forma tan vergonzosa como en Castilla-La Mancha, sacados del presupuesto destinado a un hospital.

Triste destino el de una cabecera como El País, que se pliega a los deseos de sus dueños apoyando al candidato que ordene el director de turno, decapitando a los redactores que dotaron de prestigio y dignidad a ese periódico, en un tiempo en que podían ir al despacho del director a pedir explicaciones por lo que consideraban manipulaciones o atentados a su independencia. Eso ya es historia y como lector me sentí estafado. Fueron muchos años paseándolo por la calle.

La indignación hoy pasa por defender el puesto de trabajo del que tiene que ganarse el huevo frito diario, y eso está bien. Nadie lo discute, pero yo he vivido cosas peores que las que ocurrieron en ese acto, muchas veces. El verdadero delito cometido por Pablo Iglesias ha sido señalar con el dedo y eso, ya lo decían las mamás, está muy feo. No ofende el hecho, se ofenden porque es él.

Lo demás, lo de la dignidad y el derecho a la información, está muy bien, ya nos gustaría a los ciudadanos que se cuidara un poco más. De momento, para mí, ese derecho se está disfrutando gracias a espacios como éste, reducido, que sobrevive a duras penas al margen de la publicidad que compra el espacio y la voluntad de los dueños de los medios. Otro día hablaremos de la huelga de Coca-Cola.

Yo iré esta tarde a “La Secta”, así nos llaman los que mandan sin ofender, por lo visto, la dignidad de nadie. ¡Qué suerte ser de los de arriba! Con ellos hay que sonreír cuando dicen esas cosillas, o cuando un presidente del Gobierno te mete el bolígrafo entre las tetas.

Nosotros no tenemos dignidad, hace mucho que nos la comimos con patatas.

Recuperación de la dignidad. Esa es la buena consecuencia de lo ocurrido, a ver quién tiene huevos de mantenerla.

“Condescendientes con el de arriba e implacables con el de abajo. A eso lo llaman valentía y dignidad cuando no es más que el instinto de supervivencia que impone el orden establecido, Sancho”.

Bueno, la frase es mía, pero viene al caso de lo que hablamos y de los tiempos del centenario.

Siempre demoniza quien menos debe

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