Verso Libre

Instrucciones para escaparse del Valle de los Caídos

Abomino sanamente de Cuelgamuros, confesó en sus memorias Nicolás Sánchez-Albornoz, un buen libro titulado Cárceles y exilios (Anagrama, 2012). Prisionero en las celdas de la dictadura, exiliado durante muchos años, profesor de historia en Argentina y Estados Unidos, responsable con otros amigos de la fundación de la mítica editorial antifranquista Ruedo ibérico y, ya con la democracia, primer responsable del Instituto Cervantes, Sánchez-Albornoz amaneció en su juventud muchos días frente a las montañas azuladas del Guadarrama.

Su experiencia de vida le invitó a escapar del rencor, sintiéndose muy lejos éticamente de sus captores y custodios. Pero comprendió la necesidad de dejar testimonio humano de sus recuerdos, iluminar desde la verdad de sus propios sentimientos la historia reciente de España, igual que lo hizo su amigo Manuel Lamana, compañero en fuga del Valle de los Caídos, en una novela aconsejable: Otros hombres (1956).

El lector vivirá en sus palabras la realidad de unos muchachos que habían conocido la democracia con la proclamación de la República, habían soportado un golpe de Estado y una durísima guerra civil, habían intentado rehacer su vida y se habían encontrado en una Universidad sin decencia, con los grandes maestros en el exilio y con profesores improvisados entre los vasallos belicosos del Régimen. Cuando intentaron organizarse para luchar por otro tipo de Universidad y de país, cayeron en manos de la policía en 1947.

Después de pasar por comisarías y cárceles, Sánchez-Albornoz fue destinado a uno de los batallones de castigo que trabajaban en la edificación del Valle de los Caídos. Sería conveniente que las personas que discuten sobre la exhumación de los restos de Franco y los políticos que deciden abstenerse, leyesen las memorias de Sánchez-Albornoz y la novela de Lamana. Leer no está de moda entre los parlanchines, pero es una costumbre que ayuda a saber de qué hablamos cuando hablamos de algo.

El Valle de los Caídos no sólo sirvió para convertir los restos de un dictador en un disparatado monumento nacional en el interior de una democracia. Ese monumento resume bien lo que significó el Régimen, el entramado empresarial, religioso y militar que humilló durante 40 años la dignidad española.

En 1943 se situaron tres destacamentos de castigo en el valle de Cuelgamuros. Uno se dedicó a edificar el Monasterio, otro a horadar la roca para construir el panteón del Caudillo y otro para hacer las carreteras que permitiesen una comunicación rápida con el imperio funeral del elegido por la gracia de Dios para gobernar España.

El régimen se había inventado un sistema cercano a la esclavitud capaz de hacer negocio con sus numerosos presos políticos. Fue un invento necesario, porque había tantos presos que ni una economía más saneada que la española hubiera podido sostener tanta población penitenciaria. Se trataba de redimir penas por el trabajo, es decir, rebajar días de condena por servicios laborales a la patria. Recomiendo también la novela de Ana María Matute Los hijos muertos (1958) a quien quiera conocer por dentro el estado de ánimo de aquellos batallones.

El Monasterio de Cuelgamuros se construyó con presos políticos a los que se les pagaba una miseria. De esos trabajadores forzosos se valieron allí, como en otros lugares, unos empresarios desalmados que hicieron su fortuna gracias a una mano de obra sin derechos y humillada. El dinero destinado a los esqueléticos salarios desaparecía en una cantidad casi invisible porque los gestores militares y civiles se encargaban de llevarse a sus bolsillos la cuota de corrupción que les tocaba. Además, los presos debían invertir lo poco que les quedaba en el economato o la cantina para no morir de desnutrición. Los patriotas encargados de alimentar a los presos también tenían derecho a rebajar el dinero del presupuesto para poder dedicarlo a sus propios asuntos familiares. Y todo eso en un laborar condenado a los accidentes, las enfermedades y la muertes.

Esta es la historia del Valle de los Caídos. Sánchez-Albornoz y Lamana consiguieron huir en una fuga espectacular que les llevó al otro lado de los Pirineos. Ellos se escaparon de la ignominia en 1948. La democracia española está a punto de conseguirlo 70 años después. Basta con abominar sanamente del significado histórico de Cuelgamuros, como hizo a lo largo de su vida Nicolás Sánchez-Albornoz. ¿Instrucciones? Pues dignidad humana, educación, lecturas, decencia democrática y orgullo de sentirse español, con pasaporte o sin pasaporte, pero sin tener nunca que confundirse o sentirse equidistante ante la barbarie.

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