Qué ven mis ojos

Cosas que les he pedido que se lleven a Santa Claus y los Reyes Magos

"El respeto se demuestra teniéndoselo a aquellas personas con las que no se está de acuerdo"

¿Y si fuera al revés? ¿Y si para ser felices no hiciera falta tener más sino menos, ser capaces de reducir más que de sumar? Por supuesto, eso sólo es posible cuando se tiene algo de lo que prescindir, porque hay muchas personas a las que, por desgracia, retrata un verso de Bob Dylan: lo único que descubres al llegar al fondo es que aún puedes seguir cayendo. Están abajo y no hay ninguna escalera a la vista. No es que hayan tenido mala suerte, es que lo dados estaban trucados y son propiedad de los dueños del casino, ellos ponen las normas, las cambian a mitad de la partida si no van ganando y el juego se acaba cuando les conviene. Estos tiempos feroces del neoliberalismo son así, tienen la balanza trucada y se gobiernan mediante la ley del embudo: todo para unos cuantos, casi nada para el resto.

Somos unos materialistas a los que les encanta hablar del espíritu, tal vez porque, dependiendo de nuestros intereses, nos gusta tanto lavar nuestra conciencia como lavarnos las manos: el espíritu de la Transición, el espíritu navideño… No está mal y sería estupendo si además de decirlo lo lleváramos a la práctica, y eso lo pueden creer tanto los que creen como los que no, igual los que entran en una catedral por motivos religiosos que quienes lo hacen por razones exclusivamente arquitectónicas. Siempre que llegan estos días, me acuerdo cada año de una visita maravillosa que hice con Rafael Alberti a Valladolid y en la que Miguel Delibes, con aquella delicadeza suya que ponía al ser humano a la misma altura del novelista, lo que en su caso quiere decir muy, muy arriba, nos llevó de iglesia en iglesia a ver las figuras de los grandes genios de la imaginería barroca, y recuerdo al viejo poeta comunista impresionado por el realismo de las esculturas de Gregorio Fernández, Pedro de Mena o Juan de Juni, y la cara divertida del gran narrador, al que yo contaba que aquello no era algo excepcional, porque al maestro también le encantaba ir cada dos por tres a un templo de Ávila donde había un supuesto dedo incorrupto de Santa Teresa de Jesús; o al huerto de San Juan de la Cruz en Segovia; o a ver la estatua de Fray Luis de León en Salamanca… "Si esto es así con un republicano anticlerical, si me llego a hacer amigo de uno de los católicos del 27, por ejemplo de Gerardo Diego, acabo en el seminario y escribiéndole odas a los mártires y los santos...".

Uno ha recibido de la gente a la que admira lecciones de tolerancia y sabe que el respeto se demuestra siempre y con todos, pero sobre todo con aquellos con los que no se está de acuerdo. Hablando se entiende la gente, y hablar consiste en dejar hablar, no en oírse a uno mismo; pero no parece que muchas personas lo sepan, y por eso el mundo está lleno de seres impermeables que no han comprendido que no escuchar es otra forma de ceguera.

Si pudiese, el arriba firmante no le pediría a quien corresponda, puede ser a los mitos más nuestros, que son los Reyes Magos, o al de importación, Santa Claus, que le trajeran nada, sino que se llevasen esos defectos que nos afean, que lo ennegrecen todo como una gota de tinta que se deja caer en un vaso lleno de agua: el sectarismo, la intolerancia y el resto de las actitudes que sirven para separarnos, para establecer distancias, fronteras, clases, grados, segmentos, categorías… Llámenlos como quieran y estarán nombrando todo el tiempo lo mismo.

A nuestra clase política sería fantástico que alguien hubiera pasado por sus casas anoche, o lo haga la del día seis, para retirar la inquina por sus rivales, su sed insaciable de poder, su tendencia a la mentira y a la confrontación. ¿Se lo imaginan? Salen el día siete por la televisión y son otros, aunque sean los mismos, de repente no sólo hablan de concordia sino que la practican; no dicen que van a tenderle la mano al adversario, sino que lo hacen; no se dedican a poner por las nubes a los lideres de la Constitución, sino a poner los pies en el suelo con el fin de entender que hoy no es ayer y, por lo tanto, las reglas tienen que adaptarse, no pueden ser las mismas a los diez minutos de haberse desintegrado, al precio que fuera, una dictadura sanguinaria, que cuando ya han pasado más de cuatro décadas de paz y justicia, con todas las pegas que se le puedan y se le deben poner. Avanzar y no moverse son cosas incompatibles, tanto como debieran serlo el ejercicio de la democracia y el del fanatismo, algo que vemos que a veces se quiere mezclar y que siempre es una mala idea: cuando se agita, esa mezcla, explota.

Este artículo es una carta, no expresa teorías, sino deseos, pero lo voy a echar al buzón. A ver si fuera verdad y el año nuevo nos trae no una vida nueva, porque sólo tenemos una, pero sí la bondad que se necesita para querer lo mejor para todos y la fuerza que hace falta para luchar por ello. Laicos y fieles, de izquierdas y de derechas, seres humanos de toda condición, os deseo feliz Navidad y una España maravillosa para el apasionante 2019 que se avecina.

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