Ideas Propias

Franco y la cruz laureada de San Fernando (6/17): Ante discrepancias médicas, interviene la auditoría de guerra

Ángel Viñas Ideas Propias

Los tres médicos a quienes acudió el fiscal, conscientes en 1917 de lo que estaba en juego, tuvieron mucho cuidado a la hora de consignar por escrito su postura. Creemos prestar un servicio a la Historia y a la disipación de leyendas de todo tipo, en un sentido y en otro, si entresacamos literalmente de su exposición. Se trata de EPRE (Evidencia Primaria Relevante de Época), pura y dura. Nunca examinada antes. Al menos que yo sepa. Cualquier lector médico podrá extraer sus propias conclusiones, aunque sea a más de cien años de distancia.

De entrada, los tres indicaron que “es extraordinariamente difícil decidir por los datos citados si dicho oficial pudo continuar o no al frente de sus fuerzas una vez herido, pues tantos razonamientos pueden aducirse en pro o en contra de una u otra hipótesis... “.

Esto significa, en román paladino, que los tres médicos militares oficialmente se comportaron como peritos. En este plan certificaron con sus firmas sus opiniones y sus conjeturas. Lo hicieron en base a la lectura de la historia clínica del capitán Franco que entonces obraba en el hospital, un documento establecido obviamente antes de su valoración.

El trío también señaló que “el trayecto seguido por el proyectil, torácico en su primera mitad y abdominal en la segunda, es tal que muy bien pudo respetar órganos importantes, vasos especialmente, a pesar de que tuvo que pasar por su proximidad. Fue dado de alta el día 2 de agosto y en su historia clínica se hace constar que curó sin complicaciones”. Obsérvese que no hay la menor mención a las “partes bajas”.

Sin embargo, y como veremos, es fácil advertir que tales peritos lo que hicieron fue nadar y guardar la ropa. De su valoración podría depender la concesión o no de la Cruz Laureada al valiente oficial (para entonces ya comandante). Por muy médicos que fuesen, eran también militares en servicio activo. Reproduzco, pues, sus consideraciones a continuación de lo transcrito en el párrafo anterior:

“Esto hace sospechar a los médicos que suscriben que el proyectil causó cuando más ligeras lesiones en las vísceras antes citadas y que, habiendo requerido tan sencillo como eficaz tratamiento, no debió de ser herido ningún vaso de importancia, lesión esta última que de haber tenido lugar podría afirmarse a priori que de ningún modo pudo el Señor Franco continuar al frente de sus fuerzas. En estas condiciones, es posible suponer que el capitán FRANCO, después de herido, aún pudo dar órdenes a la tropa por palabras y gestos, advirtiendo que, en esta presencia de ánimo, pueda más el estado moral del individuo y su estado habitual de salud y resistencia física, en este caso desconocido, que la herida misma, no siendo esta de las rápidamente mortales”.

Los amables lectores comprenderán que un historiador, como quien esto escribe, que no sabe una palabra de procedimientos médicos, se haya visto obligado a consultar a algún especialista. El que ha tenido la sinigual amabilidad de responder a mis preguntas, perfectamente enterado de los antecedentes, coincidió con lo que dijeron los tres médicos respecto a la gravedad de las heridas. Si Franco se curó con el tratamiento aplicado es porque ningún órgano o vaso sanguíneo importante fue lesionado. Con todo, también subrayó que los tres galenos no estuvieron en el lugar de los hechos y que es habitual en el caso de peritajes no hacer afirmaciones propias rotundas, pues siempre se basan en las de otros y que no pueden asumirse sin correr algún riesgo. De aquí que sea común no sentar afirmaciones categóricas sino atenerse exclusivamente a emitir una probable opinión. Una advertencia que imagino era válida tanto en 1917 como, supongo, en tiempos ulteriores.

Sin embargo, los militares no médicos con peso en la marcha del juicio contradictorio no eran idiotas. El 23 de septiembre de aquel año, y desde la Auditoría de Guerra, Francisco Pego Méndez (probablemente su jefe, aunque solo sabemos con certeza que sí lo era en 1920 según el D.O. de 15 de diciembre), se dirigió a la Superioridad. Su escrito no tiene desperdicio y me veo obligado, para prevenir murmuraciones de algún que otro franquista redomado, transcribirlo en su totalidad. Después de leerlo los amables lectores podrán extraer, sin duda, las conclusiones pertinentes:

“Procede que se devuelva este expediente de juicio contradictorio al Fiscal para que lo amplíe substanciando las diligencias siguientes:

1ª Recibir declaración al brigada José Forriols y al soldado Mohamed Ben Mohamed Dukali, que recogieron herido al Capitán Don Francisco Franco Bahamonde, para que expliquen si lo recogieron inmediatamente después de ser herido y si en el acto de recogerlo estaba o no privado de conocimiento.

2ª Vista la contradicción manifiesta en lo declarado al folio 78 por el médico militar D. Enrique Blasco, que curó de primera intención al herido, y el certificado expedido por tres médicos del Hospital Militar de Ceuta obrante al folio 85, deberá darse lectura de dicho certificado al médico Blasco para que, ampliando su declaración del folio 78, manifieste si se ratifica en ella o tiene algo que rectificar.

3ª Investigar concretamente el número de bajas de la 3ª Compañía del 2º Tabor si fue el de sesenta, como expresa el estado numérico que figura al folio 90, o fueron menos, como declaran algunos testigos, y si se han incluido en el total de bajas a los oficiales y al mismo Capitán Franco.

Evacuadas estas diligencias y las demás que se deriven de ellas consultará de nuevo el Fiscal lo que corresponda.

Es asimismo procedente, vistas las explicaciones consignadas por el Fiscal instructor en las diligencias de constancia al folio 98 para justificar la suspensión indebida de este expediente, que se digne V.E. aceptarlas, pero recomendando a dicho funcionario que tenga presente para lo sucesivo que debiendo tramitarse estos juicios con toda rapidez no debe posponer la tramitación de ellos a otros servicios que no parecen de carácter tan urgente como este.

V.E. acordará”

[Nota del autor: La suspensión del juicio fue, al parecer, debida a un exceso de trabajo masivo que recayó sobre el comandante Gudín y que le llevó a parar las diligencias entre el 10 de abril y el 28 de junio de 1917. Al menos así es como lo explicó. Si intervinieron otros factores no está documentado].

Aparte de lo que puedan pensar los amables lectores, a mí me parece que, sin poner en duda las conclusiones, un tanto especulativas, de los peritos médicos, al auditor de Guerra le pareció obvio que, aun sin ser rotundo, el resultado del informe de los tres galenos era más bien favorable al herido, es decir a Franco. [Personalmente, soy de la misma opinión: la mera reflexión sobre las últimas consideraciones hechas por los tres distinguidos médicos militares genera dudas en todo lector no prejuzgado].

Podemos pensar que también se habría corrido la voz de que Franco había tenido una inmensa dosis de baraka. Es decir, muchísima suerte en que la trayectoria de la bala no tocara vasos (aorta, cava, arterias renales) u órganos vitales (hígado, páncreas, riñón). De haber sucedido hubiera ido a reunirse con sus antepasados casi con toda seguridad. Además, tuvo la suerte añadida de no sufrir una peritonitis, pues la bala atravesó intestinos perforándolos antes de salir por la zona lumbar. Hasta aquí la argumentación de mi amigo médico.

De estas constataciones podrían, desde luego, extraerse otras conclusiones, según los gustos de cada lector. Por ejemplo: a) el Señor protegió al capitán Francisco Franco, con la vista puesta en los más altos destinos que le tenía reservados; o b) estaba predestinado por el Apóstol Santiago, patrón de España, para salvar a la PATRIA en el momento en que corría su más grave peligro; c) el ángel custodio particular de Franco descendió sobre él en el fragor del combate y lo cubrió adecuadamente o desvió la bala que un tirador moro le había dirigido con malas intenciones, etc. Por desgracia no hemos encontrado EPRE para fundamentar ninguna posibilidad como las enunciadas, aunque es posible que quienes han planteado la idea de que Franco merece ser elevado a los altares sí la hayan encontrado, si bien todavía la mantienen en secreto con el fin de no desperdiciarla.

Descendiendo, pobre mortal que servidor es, a la esfera estrictamente terrenal, y como también resulta altamente improbable que el comandante Gudín pudiera pensar en aquellos términos y recibió, por el contrario, órdenes perentorias, ¿qué hizo? En primer lugar, dispuso la participación en el juicio contradictorio del Dr. Blasco Salas. Este, obedeciendo la orden, compareció el 5 de diciembre. Se le dio lectura del peritaje anterior. ¿Y qué ocurrió?

Simplemente, que su intervención fue un desastre para Franco. El médico militar se ratificó plenamente en su primera declaración. El escrito de sus tres compañeros estaba emitido, afirmó, "en términos condicionales, sin hacer afirmaciones categóricas". Lo consideraba aceptable como hipótesis, pero insistió en subrayar que cuando asistió al capitán en el lugar del combate no pudo comprobar qué vasos eran los rotos que le hicieron perder el conocimiento a causa de la hemorragia inmediata que sufrió. Podía asegurar, sin embargo, que fueron arterias de regular calibre y venas de importancia y por lo tanto se inclinaba a creer que súbitamente produjeron el colapso. Se atrevía, incluso, a señalar que en el caso de que Franco hubiese perdido inmediatamente el conocimiento, no le hubiera sido posible conservar la más mínima energía indispensable para ejercer el mando. Lo que sí pudo fue hacer, tal vez, movimientos mímicos a causa del dolor que le produjera el traslado de un lugar a otro.

¿Podría reforzarse esta afirmación? En las altas esferas desde donde se dictaron las órdenes que ya hemos expuesto a la Auditoría de Guerra y, sin duda, en esta misma se pensó en lo más obvio. Había habido testigos. Era, pues, preciso interrogarles para determinar exactamente lo ocurrido. Un historiador empírico como servidor podría preguntarse por qué no se había hecho antes lo que era más que evidente. Y fue esta carencia, no explicada documentalmente en la EPRE consultada, lo que obligó a intervenir a la Superioridad.

El hecho es que si “alguien” quiso echar una mano a Franco (lo planteo como mera hipótesis, pero el caso es que la acción de El Biutz había generado mucha tinta), el tiro le salió por la culata y el tema siguió estando abierto. Para avanzar mínimamente en lo que ocurrió hay que volver de nuevo al comandante Gudín y a los probos funcionarios militares que siguieron la evolución del juicio contradictorio. Al fin y al cabo, las opiniones médicas no eran suficientemente aseverativas o tajantes.

¿Qué hacer, en consecuencia? Poner en práctica el primer apartado de las instrucciones dadas a nivel operativo por la Auditoría de Guerra. Es decir, aclarar los hechos. ¿Cómo diablos se había comportado realmente el capitán Francisco Franco en el duro combate de El Biutz? A mí me agrada este enfoque, no por lo que resultó, sino porque es el procedimiento lógico en un juicio contradictorio para otorgar la Cruz Laureada (los lectores juristas dirán, probablemente, que en todo juicio). ¿Qué es lo que pasó? Este interrogante resume la cuestión. ¿Dijo Franco la verdad a Arrarás? ¿La reprodujo este fielmente? ¿No le llamó la atención que el ya Caudillo entrara en su juventud en combate con una fortuna a cuestas o, al menos, en las faltriqueras de su uniforme? En definitiva, ¿qué credibilidad merecen ambos, el supuesto protagonista y el patético “pelota”?

*Esta serie está dedicada a la memoria del Dr. Miguel Ull y de mi primo hermano, Cecilio Yusta, fallecidos a causa de la pandemia, que me ayudaron a desentrañar el primer asesinato de Franco, en la persona del general Amado Balmes.

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Ángel Viñas es economista e historiador especializado en la Guerra Civil y el franquismo.

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