Muros sin Fronteras

Mejor abrazos que el 155

Han pasado ocho días del 21-D, seis del 0-3 y la primera reflexión de calado en el PP es que hay que frenar a Ciudadanos. Al parecer seguimos en la luna. Resulta imposible resolver un conflicto si falla lo esencial, el diagnóstico, o tal vez el juego consiste en aparentar que no existe. Sucede con la corrupción, “ese asunto del que usted me habla”.

Es fácil para los constitucionalistas decir que Carles Puigdemont vive fuera de realidad porque él mismo se encarga de alimentar la tesis. Pero no lo es tanto afirmar que Mariano Rajoy, su Gobierno y una parte de la política y el periodismo español viven en una ensoñación paralela.

La última prueba de que el desvarío es masivo es Tabarnia. ¿Es esto lo único inteligente que se nos ha ocurrido?

Seguimos en la propaganda. Tenemos dos discursos reduccionistas que se retroalimentan. De las ideas simples se nutren los mediocres. Vivimos en una mediocridatacia.

No abundan los constructores de puentes. Los partidos que defienden un referéndum pactado han salido trasquilados en las urnas. Los periódicos, no todos, han reemplazado el objetivo de publicar lo que merece ser publicado por la trampa de vender opinión en lugar de información. Abunda la impostura de presentar la realidad como nos gustaría que fuera, no como es.

El fin de los periodistas no es salvar el mundo, ni siquiera a España. Su labor es describir lo que sucede con honestidad para que los líderes y la sociedad en general hagan el trabajo de rescate, para que en esa sociedad no abunden los indiferentes, en el sentido gramsciano.

Sin esa sociedad activada en la defensa de los derechos básicos no hay nada que hacer. Un ejemplo son los refugiados y migrantes: miles de informaciones, poca movilización.

Si la independencia catalana es una utopía a corto y medio plazo, lo es también pensar que esta clase política será capaz de alumbrar una reforma de la Constitución e impulsar cambios que mejoren el clima democrático, desde una exquisita separación de poderes, una RTVE de todos o una ley de transparencia que nos permita husmear en cada contrato público y seguir el curso de cada euro que sale de nuestros impuestos.

Si las emociones han desplazado a la razón en el debate catalán, se podía empezar por ellas. ¿Cómo romper la sensación de agravio que tienen dos o más millones de catalanes? Es algo que sobrepasa al soberanismo. En todo diálogo, y volvemos al primer párrafo, es necesario empezar por lo que nos gusta del otro, para crear un clima negociador.

Cuando hablas en Cataluña con personas que se declaran independentistas te das cuenta de que aún existen los puentes. Nadie los ha volado pese al discurso rupturista. Como dice el periodista Bru Rovira es necesario salir del debate de las identidades para llegar a los temas que nos preocupan como sociedad. Y la sociedad quiere un pacto.

Todo esto comenzó con la crisis económica, además del Estatut. Para acometer las emociones sería necesario regresar a ese debate. Comprender que en este recorrido, la sociedad catalana ha echado raíces profundas, se ha empoderado. Pero seguimos instalados en dar crédito al griterío proceda de quien proceda.

Hay que reconquistar a las personas, no a los irresponsables que viven del negocio político de la diferencia.

Una primera medida urgente sería dejar de agraviar, enterrar el “a por ellos”, un grito que no solo se lanza desde la extrema derecha, está en los titulares de prensa y en las sentencias de algunos jueces. Es necesario trabajar para revertir el boicot a los productos catalanes en vez de  alimentarlo. Esa labor pedagógica pertenece al Gobierno. Le pagamos para que resuelva los problemas, no para que los cree. No solo es un asunto de discurso, también de actores que presumen de descabezar y desinfectar.

La reforma de la Constitución es una quimera con este PP y con este presidente. M. Rajoy es capaz de pactar con Ciudadanos una comisión de investigación sobre la corrupción, para asegurarse la investidura, y dinamitarla después. No es fiable el que miente.

 

Hay acciones concretas que no exigen reformas de calado ni mayorías cualificadas. Una de ellas es la fiscalidad de Cataluña. He oído estos días en Barcelona la frase “si nos dan algo parecido al País Vasco la cosa cambiaría bastante”.

Empezaría la recuperación de una parte de los que se han convertido al independentismo en los últimos años. Unos por hartura, otros por mero contagio social. Todos por emoción.

Otra medida sencilla: que funcionen de una vez los cercanías, que funcione como un reloj todo lo que tenga que ver con la gestión del Estado. Que funcione y que se sepa. Después está la petición de un corredor mediterráneo, que no todo pase por Madrid. Hablamos del AVE y de un cambio de mentalidad. Es algo que ha entendido Inés Arrimadas. Rajoy no tanto. Está a la espera, como siempre.

El día de la lotería de Navidad abracé a una pareja de catalanes de cierta edad (como la mía) que caminaba por la calle Córcega. Lucían en la solapa el lazo amarillo, símbolo con el que se exige la libertad de los presos. Les pregunté si eran independentistas. “Claro que lo somos”. “Soy de Madrid y me gustaría abrazarles para que vean que en Madrid también les queremos”. Hubo desconcierto y alegría.

Sé que es una tontada, pero ese tipo de gestos podrían servir para empezar a desmontar el “a por ellos”, y romper otro estereotipo reinante, “los de Madrid” como un todo uniforme. Un amigo catalán al que le conté la anécdota dijo, “mejor mandar abrazadores que el 155”.

Solo falta lo que no tenemos: voluntad política.

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