Más madera, Isabel

Estamos en un momento donde la política actual se ha transformado en un simulacro ruidoso, donde los vínculos reales son sustituidos por el impacto inmediato y los argumentos irreflexivos y de rápida absorción. Frente a la prisa que anula la razón, figuras como Isabel Díaz Ayuso representa lo que podíamos llamar la conexión hiperbólica del discurso político

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La presidenta opera bajo la lógica del ruido, la trinchera y la hostilidad, alejándose de la memoria pausada y el humanismo. Su constante sobreexposición convierte la esfera pública en un teatro de patologías cotidianas, donde la vulnerabilidad y el diálogo real quedan completamente anulados.

Ahora asistimos a otro episodio en la larga entrega de la presidenta madrileña con el bozal apartado para poder lamer con placer las mentes del pueblo, los sentimientos de sus allegados y la piel de una ideología prefabricada.

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Pero también muerde con furia para fomentar una batalla cultural que ahora tiene a México como enemigo, un espacio para sembrar odio y crispación en un país amigo, hermano, generoso y amable.

Habría que explicarle que el sincretismo que alimentó la unión entre culturas, propuso una nueva perspectiva de la convivencia; que los reflejos del catolicismo, que ella tanto defiende, fueron para México una constante afrenta, la activación de una lucha por acabar con la imposición y el castigo, para reaccionar contra el flujo sangriento que proponían las batallas de conquista y que atizaban en el centro de una cultura firme como la de los mexicas, ya establecidos en las mismas tierras desde 1325, hasta alcanzar la independencia en 1821. 

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Años ya de una identidad nacional fulgurante, atenta al desarrollo cultural de los pueblos, activa en la defensa de su idiosincrasia e indispensable para entender la absorción de nuestra cultura como elemento de su desarrollo sin olvidar la suya como pilar fundamental en la estructura social y política.

Juicios de valor como los de Isabel Díaz Ayuso facilitan la carga de dinamita para arrasar con nuestra cultura

En esta coyuntura, que la presidenta llegue para intentar sembrar el odio, despuntar como polemista en América, activar la espoleta que haga detonar la relación de España con México, es algo que deberíamos criticar desde cualquier ámbito, sin paños calientes, porque su actitud viene a intentar destrozar años de comprensión y afecto.

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No podemos frivolizar con los juicios que nacen desde las gargantas distorsionantes de esta clase política, porque caeremos en un proceso de aceptación, de asimilación y de amplificación para favorecer el flujo de esos juicios nacidos para fomentar el odio y la enemistad.

Estamos en trance de activar una milicia sin épica, un decorado de luces de neón que oculta el verdadero desamparo y la incapacidad de mirarnos a los ojos; y, desde esa capacidad, no reconocernos. 

Juicios de valor como los de Isabel Díaz Ayuso facilitan la carga de dinamita para arrasar con nuestra cultura, que es también la de los pueblos iberoamericanos, y romper los puentes que nos unen, destrozar las vías de comunicación que nos hacen más grandes e izar la bandera que propone una guerra cultural inmerecida dentro de los cauces de amistad de todo los pueblos.

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Un discurso político sin ética, destilado para fomentar el odio, adscrito al territorio de la bulla, definido desde la estrategia del rechazo, fomentado para sembrar crisis entre hermanos, no puede ser un discurso que una sociedad abierta, moderna, empática e inteligente pueda sostener. 

¿De dónde, entonces, esta necesidad de construirlo?

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Javier Lorenzo Candel es poeta.

Estamos en un momento donde la política actual se ha transformado en un simulacro ruidoso, donde los vínculos reales son sustituidos por el impacto inmediato y los argumentos irreflexivos y de rápida absorción. Frente a la prisa que anula la razón, figuras como Isabel Díaz Ayuso representa lo que podíamos llamar la conexión hiperbólica del discurso político

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