Hoy hice un ejercicio de empatía.
Me rebauticé Marjane Satrapi y renací en Teherán en 1969, en una familia donde las conversaciones sobre política y justicia eran tan naturales como hablar del tiempo.
Desde niña me enseñaron a cuestionarlo todo, a no aceptar medias verdades y a evaluar los acontecimientos con ojos críticos. Mi infancia estuvo regada de arte y preguntas polémicas: ¿Por qué el sufrimiento de unos nutre el superávit de otros? ¿Inspirar normas espira anormalidad? ¿Lo arbitrario es legal?
Yo soy hija de este Irán-marioneta cuyos hilos penden de cuatro sucesos antagónicos que han arrojado nuestras vidas a un cuadrilátero del horror.
En 1951, Mohammad Mossadeq, primer ministro democrático, abrió la caja de Pandora al nacionalizar la industria petrolera, hasta entonces controlada por la compañía británica AIOC.
En 1953, un golpe de Estado, promovido por USA y el Reino Unido, instauró la monarquía del Sha: miles de disidentes ejecutados durante su reinado, decenas de miles de torturados, carta blanca al servicio secreto SAVAK, oligarquía, elitismo, vasallaje a occidente.
En 1979, la Revolución Islámica del Ayatolá Jomeini estableció su régimen religioso: decenas de miles de ejecuciones y torturados, teocracia, segregación patriarcal de la mujer, velo y normas de vestimenta, limpieza ideológica.
En 1980, USA, Reino Unido, Francia y Alemania intentaron recuperar el monopolio del petróleo apoyando la invasión de Irak en Irán. Sembraron un millón de cadáveres y ocho años de desolación.
Entre tanto, mis progenitores despertaron mi conciencia. Me educaron para pensar sin renunciar a la curiosidad, el asombro y la compasión. Aprendí la historia de Irán, con sus logros y errores. Mamé un axioma: la libertad y los derechos humanos son tesoros que se obtienen con sacrificio y valor.
Pero fuera de la égida parental, mi espíritu rebelde se ahogaba bajo la panoplia de las reglas. No consentí que mi estilo de vida lo guiara un pedazo de tela como las anteojeras de las caballerías de tiro. Ningún gobernante tenía potestad para controlar mi cuerpo y mi pensamiento. Mis amigas y yo nos inventábamos triquiñuelas clandestinas para preservar nuestras ideas en una sociedad que nos quería tapadas y calladas.
Mis ansias de conocimiento devoraban libros y hacían de mí una esponja de lo divino y lo humano. Me fue poseyendo el impulso de expresarme. Necesitaba compartir los sentimientos que me inspiraba el mundo. Comenzó mi pulso personal. Frente a censura y coacciones, literatura e ilustraciones.
A los catorce años me enviaron al liceo francés de Viena para impedir que cortasen las alas a mi formación. Dejar atrás familia, amistades y raíces fue duro. Añoraba Teherán, sus olores, sus sonidos, sus sabores, sus calles, y el aliento de mis allegados. Sufrí soledad. Ser libre no siempre resultó cómodo, requería reprogramar los automatismos conductuales. La búsqueda de mi lugar, en una encrucijada que conciliase evolución y autenticidad, era un laberinto.
La libertad y los derechos humanos son tesoros que se obtienen con sacrificio y valor
Europa me enchufó su electroshock cultural. Los iraníes suscitábamos prejuicio, paternalismo o fisgoneo inquisitivo. Tenía que explicarme, defenderme, justificarme. Empecé a sentirme orgullosa de mis orígenes. La distancia me ayudó a comprender la complejidad histórica de mi nación, sus contradicciones y la fuerza indómita de sus gentes.
Construir mi identidad era una tarea diaria, a caballo entre dos mundos a veces incompatibles, y el regreso a Irán me exigía armonizar pasado y presente para no sentirme extraña en mi propia casa.
Con el tiempo decidí contar mi experiencia. La novela gráfica, combinando imágenes y palabras, era la mejor herramienta para transmitir sentimientos que no podía comunicar solo con texto.
Nació Persépolis, síntesis de humor, crítica social y emociones desgarradas. Espejo de una generación que vivió la revolución, la guerra, la represión y el exilio. Retrato de una niña que creció entre bombas y reivindicaciones, una joven que quiso ser ella misma en un mundo polarizado e intransigente, y una mujer que destiló sus vivencias en arte y testimonio. Semblanza de toda una juventud aferrada a sus ideales, que no entregó al miedo su destino. Dibujos y relato al servicio de la resistencia de un pueblo frente a la opresión de los intereses económicos y fundamentalistas. Legado contra imposiciones. Narrativa escénica versus belicismo cruel.
Persépolis recoge el eco de la antigua capital persa, símbolo de una época floreciente. Aunque estuviera sometida al rey y su administración, y solo la elite disfrutara de la cultura, existía una riqueza creativa e intelectual impensable en nuestro Teherán regido por el oscurantismo y la represión.
Inmune a los vaivenes del poder, esa legendaria promesa de realización, impregnada en nuestra entraña, siempre regresa. Es un ágora inmortal, como los cuentos farsi de Las mil y una noches, donde hallan voz quienes luchan por hacerse escuchar en un tiempo empeñado en silenciarles.
Mi madurez de cincuenta y seis años, mis creaciones y mi refugio en el bello Marais de París no evitan que siga arrastrando el estigma de esquizofrénica dualidad existencial. Mientras mi obra recibe premios —del León en Bélgica, Princesa de Asturias, del jurado en el Festival de Cannes, nominación al Óscar—, mi amado Irán la prohíbe…
Ver mi tierra masacrada otra vez por el imperialismo extranjero clava un puñal en mi corazón, y prende en mis ojos un fuego de amargura que arde noche y día. Dos mil quinientos años atrás, Alejandro Magno borró del mapa Persépolis. Y ahora pretende emularlo el nuevo pelele de esa vieja aspiración usurpadora.
La bola de cristal de la actualidad refleja a los mismos conquistadores de antaño, vomitando la violencia de siempre y disfrazando su afán de lucro con discursos mendaces.
El pueblo paga la factura de esa delirante ambición. Terror, ruina, víctimas y duelo. Cada joven que sale a la calle, cada familia que pierde a un ser querido o el hogar, replica las tragedias que viví en mi infancia y adolescencia.
Invoco el lenguaje del alma frente a los regímenes dictatoriales y la hegemonía de las superpotencias. La libertad y la creatividad son las dos piernas de esa memoria activa que sobrevive a las tiranías y camina hacia el futuro incluso en la noche más negra.
¡Persépolis, levántate y anda!
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Fernando Claudín di Fidio es escritor.
Hoy hice un ejercicio de empatía.