Crisis del coronavirus

Seis familias ante la 'vuelta al cole' más incierta y más difícil

Trabajos de limpieza y desinfección en el aula de un colegio.

Casi seis meses después de que se vieran obligadas a echar el cierre ante el avance imparable del coronavirus, las aulas volverán a llenarse de niños, niñas, mochilas, cuadernos, libros y bolígrafos. Y de nuevos compañeros de pupitre: el gel hidroalcohólico y la mascarilla. Todo, además, distancia de seguridad mediante. Cada una de las comunidades autónomas ha preparado ya su plan concreto y este jueves el Gobierno central llegó a un acuerdo con ellas para establecer reglas comunes. El encuentro que mantuvieron fue a contrarreloj, con el pitido del final a punto de sonar, pero al menos ya se sabe con un poco más de claridad cómo será la vuelta al cole, aunque la mayoría de las familias todavía siguen nombrando la palabra "incertidumbre" cuando piensan en ella. Cada una, claro, con sus particularidades.

Marta Caño, no obstante, intenta que ese concepto no lo inunde todo. Es madre de tres pequeños: una niña de nueve años, un niño de doce y otra niña de 16. Cada uno va a una clase diferente del mismo colegio concertado de Logroño. Junto con el padre de ellos, en su casa viven cinco, por lo que sabe lo que es un confinamiento complicado. "Lo del curso pasado fue una locura", admite desde el otro lado del teléfono. "Nos pareció un disparate aislar a los niños desde el minuto cero. Si todos necesitamos trato personal, ellos todavía más. Además lo pasaron regular, no podían correr, saltar, gritar", dice. Y siendo tantos, compaginar las tareas laborales con las escolares se tornaba aún más complicado. "Pedimos a tíos, amigos y al colegio que nos prestaran portátiles que no usaran porque teníamos que hacer turnos para poder trabajar. No ha habido ni conciliación ni nada", recuerda. 

Los tres hijos de Marta Caño, asomados a la ventana durante el confinamiento.

Por eso quiere que el curso sea presencial. Y, aunque es por lo que todas las administraciones están apostando, siempre queda la duda de si en algún momento volverán a enviar a los escolares a sus casas. Marta, no obstante, prefiere eliminar esos pensamientos y afrontar el curso con el "mayor toque de normalidad posible". "El peligro cero no existe en ninguna parte. Yo creo que los niños tienen que volver a la escuela. Lo necesitan, y es que además si no lo hicieran bloquearíamos el país, y eso no es viable. El miedo es libre, pero hay que intentar razonarlo e intentar vivir", señala.

Eso no quiere decir, no obstante, que no tomen medidas. En cuanto empiecen las clases, sus hijos dejarán de visitar a sus abuelos e intentarán cuidar más la higiene de su casa. Los niños, por su parte, llevan tiempo trabajando para acostumbrarse a lavarse las manos con frecuencia y a mantener la mayor distancia de seguridad posible. "Pero para los niños es difícil", dice Marta. 

El colegio, una necesidad para las familias monoparentales

No obstante, por si acaso, ella ha querido preparar a sus hijos para todos los escenarios posibles. "Hemos explicado a nuestros hijos que, quizás, el curso sea semipresencial, es decir, que se organice por turnos, una solución sensata para que haya menos niños por aula", dice. Pero Inmaculada Vázquez espera "de rodillas" que eso no ocurra.

Inmaculada Vázquez, junto a su hijo.

Su realidad es muy diferente a la de Marta. En su casa del municipio catalán de Perafort, en Tarragona, viven ella y su hijo de seis años que, por suerte, acude a un centro escolar público en el que tan sólo comparte pupitre con otros 15 alumnos, la ratio que el Ministerio de Educación fijó como "ideal" el pasado mes de junio. "Eso es una suerte", dice desde el otro lado del teléfono, que descuelga cuando su trabajo de autónoma se lo permite. Además, su hijo ya está acostumbrado a seguir las normas de seguridad. "Ya sabe que siempre que sale de casa hay que llevar mascarilla, así que en ese sentido sí tengo seguridad", afirma. 

En cualquier caso, tampoco tiene mucha más opción. El suyo es uno de los 1,8 millones de hogares monoparentales –los monomarentales suponen el 81% de ellos– que hay en el país, así que la escuela se convierte en el único medio para conciliar. "Durante el confinamiento tuve a mi madre, que me ayudaba, pero ahora me da miedo ponerla en riesgo", lamenta. Y eso es prácticamente lo mismo que le ocurre a Eli Ojeda, aunque por partida doble.

Ella es madre de dos mellizos, un niño y una niña, de cuatro años cada uno. Van a clases diferentes del mismo colegio público de Sevilla y ella trabaja en una empresa a jornada completa. Así que es imposible plantearse no llevar a los niños a la escuela, como han hecho otras familias. "No puedo hacer eso. Económicamente necesito seguir trabajando y no puedo pagar a nadie que se quede con mis hijos diariamente", explica. Acudir a la abuela de los pequeños tampoco parece una solución. "Es mi principal apoyo, pero tiene muchas patologías. Ella es mis pies y mis manos, no puede ponerse mala", continúa. 

Así que ya ha trabajado con sus pequeños las medidas de seguridad que tendrán que tomar en la escuela, aunque, igual que Marta, sostiene que es complicado que las sigan a rajatabla. 

Los dos mellizos de Eli Ojeda.

En cualquier caso, lo que no quiere es volver a pasar por un confinamiento. "Fue muy duro", recuerda. Y eso que tuvo la suerte de que en su empresa le permitieran teletrabajar desde el primer momento que cerraron las escuelas. "El problema es que vivimos en un piso. Ellos son pequeños y necesitan quemar muchísima energía", relata. Por el día, a ayudarles con las tareas de la escuela se sumaba la necesidad de limpiar la casa o hacer la comida. Por la tarde, dice, reclamaban "el doble de atención que habitualmente". Y por la noche no dormían hasta las 23.00 horas. Así que era entonces cuando Eli se podía poner a trabajar. "Me quedaba hasta las cinco o las seis de la mañana", relata. 

Las dos coinciden en que todavía no conocen con exactitud cómo será la vuelta a las aulas, pero también en que no abrirlas podría ser, en palabras de Inmaculada, "un dramón". Y no sólo porque sus pequeños perderían el ritmo académico, sino porque entonces se verían obligadas a involucrar a sus madres en las tareas de cuidados. Y tal y como funciona el covid-19, no es lo más seguro. "No tengo más recurso que mandarlos al colegio", sentencia Eli. 

De la ciudad al entorno rural

Esa realidad, típica de las grandes ciudades, es diferente a lo que ocurre en los entornos rurales. Manuel Varela, por ejemplo, vive en una casa de Outeiro de Rei (Lugo) junto a su hija de once años, su mujer, su madre y sus dos suegros. Responde a la pregunta de cómo afrontan la vuelta al cole enfadado, "con un mosqueo y un cabreo monumental", admite. Él, a diferencia del Marta, Inmaculada y Eli, sí que se plantea no llevar a su pequeña a la escuela. La razón es muy sencilla: en su clase, donde el año pasado había 13 niños, ahora habrá 25. Es el límite de la ratio permitida. "No lo acepto de ninguna manera. Se supone que hay que aminorar los riesgos, pero eso es dividir o restar alumnos, no sumarlos o multiplicarlos", critica. 

Por eso quieren tener una reunión con la responsable de la Consellería de Educación en Lugo. Así no pueden comenzar las clases, dice. ¿Qué ocurriría en ese caso con la pequeña? Nada. Tal y como explica Manuel, la vida en el entorno rural es muy diferente a la vida en la ciudad. Tanto él como su mujer trabajan en el campo, así que pueden cuidar de ella. "Entiendo que mucha gente tiene que llevar a sus hijos al colegio porque es lo único que les permite conciliar, pero no es nuestro caso. Nosotros la llevamos porque necesita educación, no por eso", afirma. "Aquí suele ser así", añade. 

También "suele" ser habitual, dice, que los niños pequeños convivan con sus abuelos, por lo que no le sobran las razones para asegurar que o los riesgos en la escuela se reducen a cero o es mejor continuar en casa. "El 90% de los niños que van al colegio en las zonas rurales viven con sus abuelos", señala. Y "hay que tener en cuenta eso" a la hora de tomar medidas, sentencia. 

Lola Martín, junto a sus dos hijos.

Lola Martín también vive en un pequeño municipio, pero a kilómetros de Manuel. Su pueblo es Almendral de la Cañada, una localidad toledana de apenas 300 habitantes donde el colegio tan sólo imparte clases a niños de Infantil y Primaria. Y no es el caso de sus hijos. Tiene dos: una niña de 15 y un niño de 13. Ambos acuden a un instituto situado a 35 kilómetros de distancia de su casa, lo que les obliga a dormir en una residencia cercana de lunes a viernes porque el transporte, defiende su madre, no funciona bien. "Así que nuestra inquietud se duplica. Ya no es sólo el hecho de volver a las aulas, sino también a una residencia de estudiantes. Doble preocupación", dice en conversación telefónica mientras, precisamente, prepara los libros de ambos. 

No sabe cómo va a ser la vuelta. Ni a clase ni a la residencia. Y así, señala, es difícil decidir si llevarles o no. "Lo primero que voy a hacer es proteger la salud de mis hijos, pero no puedo decidir si llevarles o no porque no me puedo posicionar sin la información adecuada", denuncia. Lo que sí tiene claro es que no quiere volver a un confinamiento que obligue a convertir en online el colegio. "En mi municipio no hay fibra, hemos estado estudiando y teletrabajando con los datos del móvil, así que la bolita de carga de Internet no ha parado de girar", bromea. 

Verónica Romero, por suerte, no tuvo ese problema. Ella es la madre de un bebé de dos años y una niña de seis y vive en Aznalcóllar, un municipio sevillano de unos 6.000 habitantes. La guardería comenzará el próximo día 1 y el colegio, el 14. Su marido trabaja en el campo, pero ella pudo teletrabajar durante todo el confinamiento, así que los pequeños tenían con quién quedarse. Pero aun así, tampoco fue sencillo. "Los padres no somos profesores y no tenemos ni la paciencia ni la capacidad de enseñar que tienen los profesores", señala. 

Y hay otra cosa que le preocupa. Con las ratios que hay en el colegio de su hija, en cuyas aulas hay entre 25 y 30 alumnos por clase, es complicado mantener las distancias de seguridad. Por eso cree que la solución es la semipresencialidad. Pero eso sí, combinada con la posibilidad de teletrabajar. Si no, dice, es imposible. 

Todas las familias contactadas por infoLibre ya tienen preparados los libros. O, al menos, encargados. Señalan que, haya clases o no, los necesitarán igual. Pero todos señalan que la información no está siendo buena. Los protocolos concretos no están claros y ninguna sabe si sus hijos e hijas terminarán el curso con normalidad o con los trompicones del pasado. Para comprobarlo, primero, habrá que empezar. Y el tiempo responderá a lo demás. 

¿Hemos aprendido la lección?

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