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    <title><![CDATA[infoLibre - Alexandra Gil]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/autores/alexia-gil/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Alexandra Gil]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
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      <title><![CDATA[Odiar está de moda]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/ideas-propias/odiar-moda_129_1663227.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/63d0f24e-68e0-4fd3-b96d-63c206a42643_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Odiar está de moda"></p><p>De tanto escuchar la melodía <em>lepenista</em>, Francia ha terminado por tararearla. Por primera vez en cerca de cuarenta años, <strong>son más los franceses que consideran que la formación ultraderechista no supone ningún peligro para la democracia</strong>. Hasta el momento y desde 1984, las respuestas a la misma encuesta realizada sobre la imagen del partido de Le Pen plasmaban un consenso basado principalmente en dos factores: el miedo a sus ideas y el papel secundario que los franceses le atribuían en la vida política. También esta realidad ha cambiado por primera vez en cuatro décadas: ya son más los franceses que consideran que la extrema derecha podría participar en un gobierno cuando, hasta el momento, decían del partido que su lugar no era otro que la oposición.</p><p>Recordaba estos días las palabras de Chirac en el 91, cuando entre carcajadas filosofaba sobre el sufrimiento de la clase trabajadora imaginando el ejemplo de un francés cualquiera que, junto a su esposa, ganaba 15.000 francos. Al llegar a su casa —relataba el bueno de Jacques—, se veían obligados a compartir rellano con unos vecinos muy particulares: "un padre de familia, tres o cuatro esposas y una veintena de críos, que ganan 50.000 francos en prestaciones sociales, naturalmente, sin trabajar". Aplaudían los presentes cuando quien sería presidente de la República cuatro años más tarde, apuntalaba: "Si a eso añadimos el ruido y los olores, el trabajador francés se vuelve loco". Celoso al escuchar en boca de otro pensamientos tan propios, Jean Marie Le Pen diría al oírlo que a la hora de la verdad,<strong> los franceses siempre preferirían el original a la copia</strong>, que sería en lenguaje indie el equivalente a "nosotros ya odiábamos antes de que estuviera de moda".</p><p>A algunos les basta con desplegar las velas en medio del océano y esperar sentados a que el viento sople a su favor. Le ha ocurrido a Marine Le Pen en el último año, y aunque<strong> el proceso de </strong><em><strong>desdiabolización</strong></em><strong> todavía está lejos de culminar,</strong> lo cierto es que el odio afronta en Francia un temporal más que favorable. Los disturbios tras la muerte de Nahel Merzouk en Nanterre en el mes de junio, un largo debate sobre la futura ley de inmigración que ha abrazado conceptos acuñados históricamente por la ultraderecha, la omnipresencia del terrorismo yihadista en todas sus formas —juicios mediatizados, retornos de combatientes, aniversarios de ataques que traumatizaron al país, atentados perpetrados o parados in extremis— e incluso el conflicto en Oriente Próximo se han traducido en una mayor preocupación de la población francesa por temas en los que los de Le Pen navegan sin mayor dificultad.</p><p><strong>El odio es una carrera de fondo. </strong>Va cambiando de máscaras y tiene asumida la retaguardia como un mal necesario en su camino al poder. Muleta de conservadores, férrea oposición o tertuliano ultra disfrazando la bilis de libertad. Si el tradicional frente republicano que habita en el imaginario colectivo galo no ha podido evitar que el odio sea hoy un comensal más en la mesa de cualquier familia francesa, no es de extrañar que quienes en España cambian alegremente el cordón sanitario por la alfombra roja en instituciones fundamentales para la vida de los ciudadanos asistan hoy a la <strong>llegada de la extrema derecha en traje de chaqué</strong>. Lo realmente extraño es que lo hagan con gesto atónito, como si los vicepresidentes ultraderechistas les hubieran caído del cielo, cuando la contribución a esa normalización se ha llevado a cabo frontalmente, sin grandes remilgos y con la indudable irresponsabilidad que conlleva taparse los ojos y rezar para que el odio sólo haya venido a asomar la patita. </p><p>_______________________</p><p><em><strong>Alexandra Gil</strong></em><em> es periodista, especializada en radicalización violenta y extremismos, autora de 'En el vientre de la yihad' (Debate).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 18 Dec 2023 19:56:40 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alexandra Gil]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Francia,Marine Le Pen,Extrema derecha]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Ondear banderas o dinosaurios]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/ideas-propias/ondear-banderas-dinosaurios_129_1599858.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/63d0f24e-68e0-4fd3-b96d-63c206a42643_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ondear banderas o dinosaurios"></p><p>Vivía yo durante la pandemia en un apartamento frente a una familia colombiana que se arrojó felizmente al deber diario de poner a todo trapo <em>Resisitiré </em>en versión bachata. Al cabo de dos semanas ya aborrecía esa canción, pero las ganas de bailar e imaginar un desenlace mínimamente feliz para aquella pesadilla siempre me empujaban a asomarme a la ventana y <strong>lanzarle al DJ del bloque una mirada cómplice de agradecimiento</strong>. Cuando el vecino cerraba el chiringuito y guardaba su altavoz, el silencio era gélido y recuerdo que, con el paso del tiempo, la post-canción se convirtió para mí en el peor momento del día.</p><p>Tardaron poco en aparecer las cacerolas, porque en España hay siempre gente más libre que tú que se empeña en pensar que viven subidos a un caballo y su vida es una gesta por una libertad que nadie toca. Pronto entendí que para sobrevivir a la polarización de la que tanto tiempo llevan tiñéndolo todo, necesitaría el sarcasmo. Así que<strong> me puse como deber diario pasear por la plaza de Chamberí </strong>a las horas de aquellas concentraciones que no tardaron en montar, porque siempre he pensado que para criticar un argumento primero tienes que tratar de entenderlo. Aquello era muy rojo y amarillo todo el tiempo y sonaban bocinas futboleras. Con lo que odio el ruido y el fútbol, mi experimento estaba abocado al fracaso, pero hice caso a mi vecino colombiano y <em>resistí</em>. Había proclamas aproximativas y mensajes binarios. <strong>Lo de siempre: o yo o el caos, en todas las declinaciones posibles</strong>. El caos estaba en los hospitales, en las muertes lentas, en las residencias, en los hogares que enfermaban y enterraban. Pero por encima de todo, al parecer, ese era el momento de luchar por un <em>yo</em> mancillado, por una libertad individual que algunos siempre ponen por encima de eso que otros osamos llamar sociedad.</p><p>Mi misión fracasó. No entendí el mundo que veía, pero al menos me sirvió para comprender que éste <strong>había llegado para quedarse</strong>, o que quizá nunca se había ido del todo, y que el sarcasmo sería mi único aliado si quería seguir viviendo en ese barrio. </p><p>El pasado domingo recordé esas hazañas y, escarmentada, decidí no descubrir de qué forma se retorcía la palabra libertad esta vez. Opté por emular a <em><strong>Love Of Lesbian</strong></em> y pasar un día en el parque. </p><p>Sin esperarlo, que es como ocurren las mejores y las peores cosas en la vida, escuché un <em>ARRIBA ESPAÑA</em> en una voz sorprendentemente aguda. Me di la vuelta y descubrí a un pequeño ser, de no más de 4 años de edad, ondeando una rojigualda que doblaba su estatura y que apenas conseguía sostener solo. Imitaba el movimiento del padre, que miraba con los ojos saltones y la boca entreabierta a su réplica en miniatura. <strong>Mismo peinado, misma camisa, mismos zapatos y calcetines.</strong> No llegué a definir lo que vi en la mirada del padre, pero no sé si lo llamaría orgullo. Era como si alguien le hubiera tocado un nervio que tensaba cada músculo de su cara. El pequeño era una prolongación de su ira contra vaya usted a saber qué, un espejo en el que proyectarlo. Por el ansia de su mirada y el vaivén virulento de la bandera, pensé en <em>Saturno devorando a su hijo</em> y encontré (y mira que ese día no lo iba buscando), el sarcasmo que necesitaba para entender aquello. </p><p><strong>Miré a mi hijo, y vi que ondeaba un dinosaurio azul mientras gritaba ‘</strong><em><strong>’aeta’’</strong></em><strong>, que es como él dice </strong><em><strong>galleta</strong></em>. Resonó a mis espaldas una carcajada adulta que enardeció repentinamente a su hijo, que en respuesta ondeó su bandera con más fuerza. Seguí mi camino al parque y me acordé de mi vecino colombiano. Jamás le vi ondear banderas por la ventana desde la que cada día nos regalaba un trozo de esperanza, pero no me cabe duda de que<strong> había más España en aquel gesto diario</strong> que en toda aquella gesta de la masa enfurecida.</p><p>Ya a lo lejos, antes de perder de vista a Saturno, volví a mirarle y pensé –sin ánimo de coartar la libertad a quien más y mejor cree defenderla–, que no hubiera sido una mala idea que aquel señor hubiera optado también por pasar aquella tarde en el parque. </p><p>_________________________________</p><p><strong>Alexandra Gil</strong><em> es periodista, especializada en radicalización violenta y extremismos, autora de 'En el vientre de la yihad' (Debate).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 27 Sep 2023 19:18:47 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alexandra Gil]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Infancia,Libertad de expresión,Madrid]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Yo vi a un Rubiales en Conil]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/ideas-propias/vi-rubiales-conil_129_1574193.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/63d0f24e-68e0-4fd3-b96d-63c206a42643_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Yo vi a un Rubiales en Conil"></p><p>Desde que a las mujeres nos ha dado por no dejar que nos toqueteen sin nuestro consentimiento, <strong>la </strong><em><strong>machosfera</strong></em><strong> vive desubicada</strong>. Algunos no saben dónde vemos el machismo en nuestro día a día, cuando cada vez es más evidente que los últimos reductos de ese <strong>cáncer social</strong> se refugian en cuatro tristes palabras: “<strong>Tampoco es para tanto</strong>”. Suele pronunciarlas un hombre (claro), al que probablemente nunca han puesto la mano en la cintura para alcanzar un vaso no tan lejano en la barra del bar, al que no han intimidado por ser hombre, al que no han sobado aprovechando la multitud en un autobús, la cercanía de una amistad o la copa de más en una fiesta de cumpleaños.</p><p>Quizá el hartazgo ante el <strong>baboseo </strong>que presenciamos tras la final de la Copa Mundial Femenina <strong>nos remite a muchas de nosotras a tantos momentos vividos</strong> en bares, calles, oficinas, o trenes, y con toda seguridad verlo plasmado, precisamente, en el fotograma de la conquista histórica de las campeonas haya sido al mismo tiempo la gota que ha colmado el vaso y la definición, en esencia, de <strong>lo que ocurre cuando las mujeres vamos adueñándonos de espacios que también son nuestros</strong>: el tufo machirulo, que nunca se aleja demasiado y siempre anda acechando, te recuerda a ti, anónima o campeona del mundo, que mañana después de la resaca tendrás que levantarte, lavarte la cara, alzar la barbilla y seguir peleando ese espacio.</p><p>Y si nosotras nos vemos reflejadas en la futbolista, <strong>muchos son conscientes hoy de que un día también fueron Rubiales</strong>. Los reconoceréis hoy porque se esconden detrás de esas cuatro palabras malditas, guardan un silencio atronador o andan por redes diciendo que todo esto se ha ido de madre, o que hay que entender que en España somos así, muy tocones. Pocas cosas me sacan más de quicio que el manoseo que de la palabra España hacen quienes menos parecen apreciarla. Añoran un país que superó con el esfuerzo de muchas unos <strong>tics neandertales</strong> cuyas consecuencias sólo pagábamos nosotras, las mujeres, y no están dispuestos a asumir que hoy, como ayer, es muy español tocarse, abrazarse, besarse, sí, pero los avances feministas que tantos países de nuestro entorno envidian hacen que por encima de todo, hoy sea todavía más español hacerlo con <strong>consentimiento</strong>.</p><p><strong>Yo vi a un Rubiales en Conil</strong>. Era una de estas noches de verano ligeras, en las que se te olvida por momentos si es sábado o miércoles, en las que la brisa marinera parece invadir las callejuelas, suena ese suave bullicio para el que los franceses tienen una palabra propia, ‘<em><strong>brouhaha</strong></em><em>’, </em>una hermosa expresión que hace bailar al ruido y que tan bien define la melodía de un paseo cálido en compañía. Una de esas noches en familia, en la que te sientes también acompañada de todos esos desconocidos que descansan, piden helados, charlan sentados en bancos, sonríen. Mi hijo iba mirando las luces de las farolas gaditanas cuando vi a lo lejos a tres veinteañeras haciéndose un selfie. Recuerdo sonreír a las chicas como quien lanza un beso en la distancia a su propia juventud.</p><p>Empecé entonces a notar que a la brisa marinera la inundaba un <strong>hedor nauseabundo</strong>. El <em>brouhaha</em> ligero fue alejándose al tiempo que se oía a un chulito que ya rondaba los cincuenta años y que al ver la misma estampa veraniega que yo, no le dio por sonreír sino por <strong>babear </strong>en voz alta, contando a sus cinco colegas y al resto de transeúntes <strong>lo que él haría a cada una de ellas ‘si se dejaban’</strong>.  Miré a mi bebé y después al orangután manteniéndole la mirada con los ojos como platos, para ver si así comprendía que todo mi empeño en la vida consiste hoy en educar a mi hijo para que jamás se convierta en algo así.</p><p>No contento con su performance del medievo, se acercó también a ellas, porque la calle era suya y las chicas estaban allí como figurantes para su deleite. Estropeó su momento, porque interrumpió con sus garras, insistiéndoles en hacerles él la foto. Se encargó personalmente de coger uno de los móviles, posar la mano en el hombro de las chicas, acercarse demasiado. Ellas se miraban <strong>incómodas </strong>preparándose para una foto que no habían pedido y él balbuceó una de esas <strong>frases que imaginas en blanco y negro</strong> que, por suerte para mí, ya oí desde muy lejos.<strong> “¡Joder! ¡Guapísimas! Yo de verdad, no sé qué tiene el aire de Conil que estáis todas espectaculares”</strong>. Me di la vuelta y ellas trataban de recuperar el móvil y seguir a lo suyo con un señor que se quedaba inmóvil junto a ellas y que sorprendentemente pensaba para sus adentros que esa noche acababa en premio.</p><p>Cogimos la siguiente callejuela mientras <strong>la rabia y la vergüenza ajena</strong> iban dejando paso de nuevo al sonido de una noche de verano. El <strong>tufo a pasado</strong> se quedó ahí, en otro tiempo, donde también debió quedarse el beso que nadie pidió, las zarpas de las fieras desbocadas, las peores disculpas de la historia, el <strong>machismo disfrazado de euforia</strong>.</p><p>Ya había vuelto el olor a brisa.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 26 Aug 2023 18:09:46 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alexandra Gil]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[España,Machismo,Acoso sexual]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[La chica]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/ideas-propias/chica_129_1551581.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/63d0f24e-68e0-4fd3-b96d-63c206a42643_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La chica"></p><p>La primera vez que <strong>puse ojos, voz y brazos al racismo fue en 2011</strong>. Unas amigas de Madrid habían venido a visitarme a Lille, donde yo vivía entonces, y habíamos viajado juntas al carnaval de Dunkerque. Entramos en un bar de bocadillos y al oírnos hablar, un tipo me preguntó si hablaba francés. Le respondí que sí y pronto entendí que sólo se interesaba porque quería tener la posibilidad de <strong>decirme en su idioma que me fuera a mi país</strong>. “¿Habéis venido de visita o vivís en Francia?’’ Cuando supo que yo llevaba en el norte unos meses y pensaba instalarme en el Hexágono, le cambió la cara. Con una educación escalofriante, como quien da la hora, <strong>me dijo que él preferiría que yo no viviera en Francia nunca</strong>.</p><p>Mantuve un debate acalorado propio de mis 24 de entonces y con una amiga agarrándome del brazo porque, por mi gesto de aragonesa empecinada en terminar la conversación, supo que algo no iba bien. Entonces no lo sabía, pero el odio empezaba allí a desempolvarse las vestiduras: unos meses después de aquella noche, <strong>más de 6,4 millones de franceses votarían a Marine Le Pen </strong>en primera vuelta de las elecciones presidenciales. De la conversación recuerdo que me espetó que me quería fuera porque le quitaría el trabajo. “¿A qué te dedicas?” le pregunté. “Ingeniero aeronáutico”. Creo que me eché a reír recordando lo inútil que he sido siempre en matemáticas, pero por dentro sentía un nudo en la garganta, calor en las mejillas y unas irrefrenables ganas de llorar, como si el país del que llevaba enamorada desde niña, del que yo siempre hablaba maravillas, me hubiera dado calabazas delante de los míos. </p><p>Cuando me fui, mi amiga Almudena me dijo que <strong>estaba orgullosa de mí</strong>. A mí me temblaban las piernas como nunca. </p><p>Ese día, entendí que <strong>Francia estaba enferma</strong>.</p><p>Con los años, supe que las españolas jóvenes teníamos <strong>para muchos franceses el mote ‘</strong><em><strong>Conchita’</strong></em><strong>, como herencia de la inmigración de los años 60 a Francia</strong>; miles de mujeres emigraron solas para ser la chacha de quien hiciera falta con tal de llevarse un mendrugo de pan a la boca y ayudar a los suyos a salir de la pobreza en la que España estaba sumida hace ahora sesenta años. Las <em>Conchitas</em> de aquel París son hoy en España las <em>chicas</em>. Y son las <em>chicas</em> porque arrebatarles su nombre ha sido el <strong>último gesto de deshumanización y cobardía de muchos</strong> de los que, en coherencia con sus ideas, las querrían fuera, (como fuera de Francia me quería a mí aquel orangután) pero prefieren que antes de irse hagan la colada, recojan a sus hijos, preparen la comida y cierren la puerta sin hacer mucho ruido. </p><p>La <em>chica</em> existe, pero la <em>chica</em> es discreta. <strong>Resulta vergonzante oír a sus empleadores argumentarte por qué le pagan en negro</strong>. “Es que no quiso cuando se lo dijimos”. “Así ella se organiza mejor”. “Le pago el autobús”. “Cuando ella me dice que se va a ver a la familia una semana yo no le pongo problemas”. </p><p><strong>Qué detallazo.</strong> </p><p>La chica sabe todo de ti. Tus alergias, tus manías, cómo te gusta encontrar tu ropa doblada, a qué hora llegas, cómo se llama tu padre, cuándo es mejor no molestarte. A ti te suena de lejos que la chica tiene un hijo en su país, que su madre estaba enferma de algo, y no le has preguntado si tiene pareja porque, ahorrémonos el teatrillo: <strong>te da igual</strong>. Solo sabes que es una <em>chica seria</em>, que es el equivalente a zurcir los calcetines y dejarte la casa como los chorros del oro sin que tú te des cuenta de que está presente. <strong>Y que no cotiza por su trabajo en tu casa. Eso también lo sabes</strong>.</p><p>El racismo y el clasismo <strong>suelen bailar pegados, y son en ocasiones una lluvia fina que cala con la sutileza</strong> y la complicidad de quien permite que un trabajo digno no vaya acompañado de los derechos que convertirían a <em>la chica</em> en una ciudadana más. </p><p>Cuando me cruzo por Madrid con ellas (porque siempre son mujeres), paseando a chihuahuas y disfrazadas contra su voluntad de sirvientas del siglo pasado, <strong>me gusta pensar que todas ellas ignorarán esa lluvia fina cuando les caiga</strong>, sacarán el paraguas y harán lo que yo hice la noche en que Francia me dio calabazas: levantar la cabeza, y seguir. </p><p>Porque al final <strong>me fui a mi país</strong>, sí. Ocho años después de aquella noche, y <strong>porque a mí me dio la gana</strong>. </p><p>--------------------------------------------</p><p><strong>Alexandra Gil</strong><em> es periodista, especializada en radicalización violenta y extremismos, autora de 'En el vientre de la yihad' (Debate).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 21 Jul 2023 19:28:26 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alexandra Gil]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Francia,Racismo,Pobreza]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Contra quién votarán los del "divorcio duro"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/ideas-propias/votaran-divorcio-duro_129_1537350.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/63d0f24e-68e0-4fd3-b96d-63c206a42643_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Contra quién votarán los del "divorcio duro""></p><p>Los del "<em>ni guapa voy a poder decir a una mujer por la calle"’</em>han dejado de decirlo bajito. Son también los del "<em>si no quiere que la miren, que no se ponga esa ropa",</em> los del "s<em>i lo va buscando, ¿qué esperas que pase?",</em> los del codo en la barra, la <strong>cobardía en la frente</strong>, los pies encima de la mesa y el "<em>vaya calzonazos el que ayuda a su mujer en casa"</em>.</p><p>Hemos hecho mal en mofarnos de ellos y subestimar su odio, también en llamarles neandertales, cuando sin duda estábamos frente a misóginos de pata negra dispuestos a esperar el tiempo que hiciera falta para devolvernos a la España que pone a la mitad de la población a sus pies y nos catapulta, a nosotras y de un empentón, de vuelta a la cocina. Los escuchas hablar en una marquesina, o en una terraza, y por un momento te preguntas si no serán personajes de <em>El Ministerio del Tiempo </em>atrapados en un fotograma de 2023. Parecen haber despertado de un coma de cinco décadas, pero nosotras, que<strong> los hemos visto morderse la lengua</strong>, que hemos presenciado su desprecio, su acoso y sus mal llamados micromachismos, lo sabemos mejor que nadie: los del "divorcio duro" han tolerado nuestra presencia a regañadientes. No estaban en coma, no. Estaban vivos y aguardaban pacientemente que el altavoz cambiara de bando y que, lo que decían en bajito en la calle (y a gritos dentro de sus casas), llegase a las instituciones. Si lo dicen estos, la gente les vota y presiden Cortes, por qué no voy a decirlo yo. </p><p>Ya no tienen por qué <strong>esconderse</strong>.</p><p>Son los que piensan que tienen criadas en lugar de compañeras de vida. Los que no perdonan que su <em>Dolores</em> un día dejara de hacer honor a su nombre y se fuera de casa. Los de<em> "tu hermana te ha metido aire en la cabeza"</em>. Los que <strong>nunca perdonaron</strong> a <em>Dolores</em> que saliera adelante con la ayuda del Estado. Los de<em> "dónde vas a ir tú sin mí"</em>. </p><p>A <strong>cualquier </strong>sitio. </p><p>Los que piensan en su fuero interno que el Estado les ha arrebatado a su sirvienta con todas esas patochadas modernas, contando a su mujer que era libre de soñar con otra vida, de irse, de volver a trabajar, que empezar de cero a los 60 años <strong>no era ninguna vergüenza</strong>, y que nunca hizo falta que nos dieran un bofetón para dar un portazo.</p><p>Son los asistidos. Los que se sienten estafados y llaman mantenidas a sus exmujeres por cobrar una pensión justa mientras rabian porque un día tuvieron que ir al trabajo con la camisa sin planchar. Son los que no perdonan que la vida les forzara a aprender a los 45 años a usar una lavadora, o que la <em>mantenida </em>que les lavó los calzoncillos hasta el día mismo en que hizo la maleta y cerró detrás de ella, haya rehecho su vida. Para <strong>ahondar en la tristeza</strong>, piensan que no pueden ser machistas porque tienen dos niñas, pero han dejado que sus hijas crezcan pensando que ellas tenían la obligación de subir la compra, quitar la mesa y hacerle a él la vida más fácil. Hijas que, por cierto, aprendieron de su padre lo que no querrían jamás para ellas, porque se cansaron de oír llorar a sus madres diciendo aquello de "<em>Hija, no dependas nunca de un hombre".</em></p><p>Y <strong>en ello</strong> <strong>están</strong>. </p><p>La misoginia es ese traje tallado a medida en cuerpos de hombres que ni siquiera saben que lo llevan. Es esa segunda piel que asoma a veces contra su voluntad y les recuerda que no están cómodos escuchando a una mujer, reconociendo su valía, respetando la autoridad que les da su cargo, aprendiendo de ellas. También los habrás visto <strong>balbuceando y escupiendo su odio</strong> al volante cuando te adelantan. Se suelen llevar la mano a la sien con gesto de "<em>si es que eres tonta".</em> Segundos después, te los encuentras en el semáforo, porque por mucho que los imbéciles quieran correr, el semáforo se pone en rojo para todos.</p><p>Alguien dijo a los del "divorcio duro" que podían camuflar su odio bajo la alfombra de lo políticamente incorrecto. Que odiar ya no era motivo de bochorno. <strong>Que odiar era punk.</strong> Por eso ya no les tiembla el pulso ni la voz; ellos sí saben contra quién votarán el 23J: votarán contra nosotras.</p><p>En algún lugar de España, <em>Dolores</em> es ya <em>Lola</em>. Canta, lee, friega sólo para ella y se descubre a sí misma sonriendo, por fin, consciente de que cada día desempolva una vida no vivida y recorre la nueva a<strong> brazos llenos</strong>, cogiendo carrerilla.</p><p>No la llames <em>Dolores</em>, llámala<em> Lola</em>. Ella también tiene claro <strong>contra quién votará</strong>.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 30 Jun 2023 19:17:39 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alexandra Gil]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[España,Historia,Feminismo]]></media:keywords>
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    <item>
      <title><![CDATA[Las otras fotos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/ideas-propias/fotos_129_1526575.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/63d0f24e-68e0-4fd3-b96d-63c206a42643_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las otras fotos"></p><p>Tenía yo una amiga en París que nos dejó de piedra cuando, al enviar la invitación a su boda, la acompañó de una exigencia sin paños calientes: que los acompañantes que no fueran novios serios, oficiales y con expectativas de una vida en común (no quieres tú poco) no asistieran a su festín. Algunos, los más audaces, vieron en el <strong>veto </strong>una oportunidad para enroscarse la corbata en la cabeza y no hicieron más preguntas. Aquella noche, la barra libre fue el premio de los menos curiosos. Otros, los más preguntones, buscaron respuesta a sus ansias de acudir emparejados. “Si no son vuestros novios oficiales, no quiero que vengan, porque no quiero mirar las fotos de mi <strong>boda </strong>dentro de diez años y preguntarme qué narices hacía yo vestida de novia posando con ese tío”.</p><p>Debo admitir que he tardado varios años en comprenderlo. La imagen de la que tanto se ha hablado esta semana me ha ayudado mucho. Esa<strong> foto carajillera</strong> destilando olor a perfume de señores que ignoran (cuando no maltratan) a la mitad de la población. Una foto a la que, además del olor, es fácil poner una banda sonora: un runrún constante de hombres cortándose la palabra entre ellos, quizá terminándose las frases mutuamente, el <em><strong>mansplaining</strong></em><strong> </strong>definitivo; hablando unos por encima de otros; uno atrapa una jarra de agua y da la vuelta a las copas. “¿Te pongo agua?” “Soy más de vino!” [Suena una palmada en la espalda] “¡Ya habrá tiempo de tomarse unos vinos!”, podrían estar diciéndose. Se ríen a mandíbula suelta. Algo empieza. Saben que esas caras que hoy son nuevas serán familiares dentro de poco. Todos tienen la boca seca. ¡Qué instante histórico! Sillas moviéndose por el nerviosismo del momento y por las prisas en el acomodo. Carraspean entre risotadas testosterónicas, celebrando en un murmullo triunfalista estar emulando, al dedillo, "<em>Escena de taberna con dos hombres y una mujer</em>", de Velázquez.</p><p>Bueno, no. Al dedillo no.</p><p>Lo malo de las fotos feas es que retienen toda nuestra atención y, de forma inconsciente, dejamos que vayan muriendo en un cajón aquellas en las que salimos resplandecientes. Y España, no lo vamos a negar, ha salido tan guapa en tantas fotos en los últimos años, que sería una pena cederles el <strong>honor </strong>de definirnos con una instantánea tan burda. Porque <strong>no somos eso</strong>.</p><p>Curiosamente, muchas de las imágenes que han marcado los últimos años las protagonizan <strong>mujeres</strong>. Araceli, la primera mujer en recibir una vacuna al Covid-19; Luna abrazando a un migrante deshidratado recién salido del agua; Sara García, la primera mujer española aspirante a viajar al espacio.</p><p>Otras fotos contradicen de un plumazo todas las soflamas tuiteras instaladas en el odio: los vecinos de Órzola, (Lanzarote) que saltaron al mar a la luz de sus móviles en medio de la noche para <strong>salvar a 36 migrantes</strong> que nadaban a duras penas tras ver su patera hundirse; los españoles conduciendo sus propios coches, taxis, camiones, a la frontera con Ucrania para ayudar a los refugiados que huían de los ataques rusos; miles de familias eligiendo conocer en profundidad España en aquel verano post- pandémico, para ayudar al sector hotelero. Roma podía esperar: entonces tocaba “hacer gasto” en casa; Ibrahima y Magatte, dos senegaleses en situación irregular que no dudaron en cubrir con sus cuerpos al joven Samuel mientras el odio le arrebataba la vida a golpes en Coruña. Les molieron a palos pero no se movieron de allí; la desesperación del director técnico del Plan de Emergencias Volcánicas de Canarias, rogando dos semanas después de la erupción del Volcán en La Palma que dejásemos de enviar ropa, que no daban abasto con tanto gesto de <strong>solidaridad</strong>; aquel ciudadano marroquí que trepó por la fachada de un edificio de Zaragoza para salvar a una mujer que, desde la ventana, pedía auxilio mientras su marido intentaba estrangularla con la cuerda de la persiana.</p><p>Violencia intrafamiliar, lo llaman ahora los de la foto.</p><p>Sí, esta semana lo entendí todo. La <strong>política</strong>, como las bodas, te sentará en mesas incómodas, te forzará a soportar anécdotas de un tipo al que mirarías de reojo y no darías ni los buenos días en la fila del pan; te obligará a amagar una sonrisa a regañadientes, a tratar con verdaderos imbéciles. Pero en el momento de la verdad, cuando el más espabilado agarre la cámara de fotos y la cosa se ponga seria, tendrás en tu mano asumir que estuviste allí e inmortalizar el momento, o levantarte de la mesa.</p><p>______________________________</p><p><strong>Alexandra Gil</strong><em> es periodista, especializada en radicalización violenta y extremismos, autora de 'En el vientre de la yihad' (Debate).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 18 Jun 2023 17:48:01 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alexandra Gil]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Las otras fotos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Igualdad,PP,Violencia género]]></media:keywords>
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