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    <title><![CDATA[infoLibre - Prudencio Medel]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/autores/prudencio-medel/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Prudencio Medel]]></description>
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      <title><![CDATA[Voces degolladas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/voces-degolladas_1_1975624.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/a14f1dca-a86f-4dd8-bdf1-bab489c16ed2_16-9-discover-aspect-ratio_default_1018313.jpg" width="1000" height="563" alt="Voces degolladas"></p><p><strong>﻿Traducción de Lydia Vázquez Jiménez  </strong></p><p><strong>Editorial Cabaret Voltaire (2025) </strong></p><p>"Algunos saben que he vuelto de entre los muertos. Que sobrevivo a mi degüello para contabilizar a las víctimas. Y a sus verdugos". Habla la mujer con la cabeza en vilo porque se la cortaron, con un arma roma que no permitió rematar la ejecución, la nochevieja de 1999. Dice la mujer sin voz, porque le cercenaron las cuerdas vocales, apagaron sus sílabas y el vocabulario se le quedó adentro. Cuenta la mujer con dos nombres que significan amanecer: Fayr, antes de su asesinato parcial, y Aube, cuando, al día siguiente, le zurcieron la cabeza pendular al cuello serrado y la adoptó una enfermera voluntaria. "Me siento dividida en dos cuerpos, en dos lenguas". Y en dos existencias. "Nací el 21 de abril de 1994… Y volví a nacer el 1 de enero de 2000, cuando me salvaron la vida, o media vida, tras la masacre de 1001 personas en la región". Fayr tenía cinco años cuando la quisieron matar. Con veintiséis, Aube narra el atentado, sus causas y sus derivadas.</p><p>Una marca imborrable. La cicatriz de una "sonrisa diabólica" de diecisiete centímetros cosida en su garganta. Y una cánula para respirar. Muestran el terror sufrido. La prueba que la incardina en el glosario de víctimas de una guerra civil en Argelia.<strong> </strong>"Yo soy la prueba viviente de que esa guerra que duró una década fue real, de que fue sangrienta". La década negra: 1992-2002. El enfrentamiento de "los militares recelosos y los barbudos de Dios", los Tangos islamistas y los Charlies del ejército. Se desató cuando el presidente del país durante catorce años, <strong>Chadli Benjedid</strong>, dimitió en enero de 1992. Antes, el poder obstaculizó la victoria electoral del Frente Islámico de Salvación. Otro autor argelino, el excomandante<strong> Yasmina Khadra</strong>, esboza los porqués en <em>Los corderos del Señor. </em>Un militante del FIS explica: "El pueblo optó por nuestros principios y nuestra ideología. Pero el Poder latrocrático se niega a rendirse a la evidencia. De manera deliberada ha elegido jugar con fuego. Y por esa razón, hoy le proponemos nosotros el fuego del infierno". Los enemigos son "todos los que lleven quepis: gendarmes, policías, militares". </p><p>A la familia de Fayr no le concierne esa enumeración uniformada. Posee una pequeña granja en Had Chekala, un aduar en el noroeste de Argelia, próximo al Mediterráneo. Carecen de bando. "Ni siquiera nosotros sabíamos dónde ubicarnos en ese vaivén entre la vida y la muerte". Sin embargo, les acusan de complicidad con los terroristas, que trazan el espanto desde sus escondites en las montañas. Penetran a cuchillo en las poblaciones. El último día de 1999 degollaron al padre, a la madre y a la hermana de esta niña, Taimucha, ocho años, y los animales. El tajo no separó la cabeza del tronco de Fayr. Sí rebanó su alma, hendida por la culpa de subsistir ella y no su hermana, "como si fuera el carnero de sustitución", en referencia al ovino que Abraham inmoló en vez de a su hijo Isaac. (La novela se desarrolla en torno a la fiesta musulmana del sacrificio del cordero). Además de a sus parientes, los fanáticos arrasaron esa noche siete aldeas, decapitaron doce tribus. Retazaron los cuerpos, imposible definir qué resto pertenecía a quién. "No pudieron pegar los trozos de mis padres para enterrarlos. Es más, nunca se enterró a nadie por completo". La guerra genera más desastres aún si es civil. </p><p>Mutilado su lenguaje exterior, su conciencia la atormenta. "¿Por qué debería tener el privilegio de renacer de entre 200.000 muertos?". Solo cabe una respuesta: para dar fe de cuanto hicieron los religiosos y militares dogmáticos. Un grito de la garganta cercenada contra el olvido que pactaron las mezquitas y los cuarteles. <strong>Kamel Daoud</strong> propone <a href="https://www.cabaretvoltaire.es/hur%C3%ADes" target="_blank"><em>Huríes</em></a> como el alarido de las víctimas frente al aullido de sus verdugos que, saciados de sangre, atrancaron una fosa común con la <em>Ley de concordia civil </em>en 2005. "Los asesinos se reconciliaron con los asesinos". Esa norma castiga con hasta cinco años de cárcel a quien mencione los años del horror. "El olvido es la misericordia de Dios, pero también es la injusticia de los hombres" que, después de precintar la memoria, "no sabe distinguir entre el bien y el mal".  </p><p>Las <em>huríes </em>son, en el islam, las mujeres que acogen en el paraíso a los mártires y justos de la tierra. Aube está embarazada. "Sé que eres una niña, mi Hurí". Concebida con un "pescador, medio enano, un poco tonto", que cumple su obsesión de emigrar a España. Conversa con su feto, "tú eres el acontecimiento que nunca imaginé". No quiere que nazca. Idea abortar para negar a su hija un mundo donde los hombres ejercen de dioses y las mujeres padecen sus mandamientos. "Te ahorro nacer para ahorrarte morir a cada instante… Te mataré por amor… para salvarte". Evitar la vida que le aguarda a la vida que borbotea en su vientre.                                                                                         </p><p>La hermana asesinada de Aube tendrá la última palabra sobre el sacrificio de la hurí nonata. La madre y su criatura viajan por territorios que, primero, desoló la guerra y, luego, el silencio. Se encaminan a la aldea donde los filos alargaron el odio y acortaron las vidas. "Soy una sombra que regresa a la escena del crimen de hace veintiún años". Daoud lo denomina El Lugar Muerto, la ‘Comala’ de Juan Rulfo y su <em>Pedro Páramo</em>. Compartirán trayecto con un librero que ni lee ni escribe. Otra víctima del conflicto, capaz de vincular cualquier número con un reguero de matanzas. Viajante en una furgoneta destartalada, contador de historias criminales. Testimonios sin evidencias. Al contemplar el costurón y el tubo en la garganta de Aube, descubre el contraveneno del olvido. "Yo seré tu voz y tú serás mi prueba".</p><p>La joven se encuentra una villa de miseria donde dos décadas antes le desollaron el habla y perdió la primera vida. El imán y jeque y carnicero ha vendido burro por cordero a quienes celebran la fiesta mahometana del sacrificio. Metáfora de la ignorancia que avergüenza a los pobladores de un ámbito sin recuerdos. "No saben nada. No saben de dónde vienen, quiénes son, quién es el hijo y quién es la madre de quién. Es un pueblo maldito". Solo Aube conoce su pasado, cuando se llamaba Fayr y tenía una hermana, que habita entre los muertos. El espacio yerto donde Taimucha desentrañará el sentido de sus destinos. "Debía vivir por las dos para que tu muerte no fuera en vano". </p><p>Vacía o fundada. Cómo calificará la justicia la denuncia presentada contra<strong> Kamel Daoud </strong>por una víctima auténtica de aquella guerra en Argelia. <strong>Saâda Arbane,</strong> treinta y tres años, paciente de la psiquiatra casada con el escritor, se identifica con Aube. La siente como su espejo: la cicatriz, la cánula, el embarazo, algunos tatuajes… Dice que siempre rechazó que otros relataran su dolor. El autor, cronista del conflicto en <em>Le Quotidien d’Oran, </em>alega que le han inspirado varios personajes reales. Insinúa que, detrás de la querellante, está el régimen argelino, que ha prohibido publicar <em>Huríes</em> allí. El relato ha abierto la polémica sobre las fronteras para apropiarse de la privacidad ajena. Asunto pendiente. </p><p>El <em>camusiano</em> <strong>Daoud </strong>se cobija en Francia después de vivir como extranjero en su país. Escribe contra la peste de la amnesia dictada. Descifra los murmullos de esa nada y los engasta en sílabas. Y, después de todo, la historia ocultada le susurra la palabra final.</p><p><em>* </em><em><strong>Prudencio Medel</strong></em><em> es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 16 Apr 2025 19:00:23 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Prudencio Medel]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Argelia]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Al otro lado del telón de acero]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/lado-telon-acero_1_1970837.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/606dcdf2-0938-494a-bf5b-46ce394768f1_16-9-discover-aspect-ratio_default_1018180.jpg" width="1100" height="619" alt="Al otro lado del telón de acero"></p><p><strong>Traducción de José Antonio Soriano Marco</strong></p><p><strong>Editorial Salamandra (2025)</strong></p><p>Subastar la ética, etiquetarla con un precio sin precisar su valor, para acopiar datos que sostengan un relato. François, el tercer hijo de Angèle y Louis Pelletier, el jefe de sucesos de <em>Le Journal du Soir, </em>periodista también de un programa de la televisión francesa, vende sus principios para poseer una exclusiva. Embota su mente el titular "Yo fui espía en Praga". Él, que había denunciado la "consanguinidad entre la prensa y los que detentaban el poder", serpentea por las cañerías de la Quinta República, presidida por <strong>De Gaulle</strong>. "Se empieza por aceptar cosas que no se desean y se acaban aceptando cosas que no se aprueban". El cronista secunda a<strong> André Gide</strong>: "sólo los necios no se contradicen nunca". Trompica por una misión. </p><p>François viaja a la capital de la Checoslavaquia comunista, en mayo de 1959. Último año de la década que consolidó el capitalismo. "La valía de un hombre ya se medía por la cuantía de sus ingresos". En esos meses, el castromarxismo<em> </em>comenzó su larga estancia en Cuba. Al tiempo, <strong>Juan XXIII </strong>demonizó las alianzas entre los adeptos a la cruz y los adictos a la hoz y el martillo, por si a algún fiel le tentaba esa duplicidad diabólica. Faltaban dos años para erigir el Muro de Berlín, el hito de una mojonera, el Telón de acero. (Ocho décadas después, <strong>Churchill</strong>, que acuñó este deslinde al poco de asentarse la paz, reviviría hoy sus instantes más oscuros por los bandazos del gerifalte de hogaño en el bando aliado). En este homenaje expreso a<strong> John Le Carré</strong>, François atisba <a href="https://www.penguinlibros.com/es/literatura-contemporanea/365187-libro-un-futuro-prometedor-los-anos-gloriosos-3-9788410340602?srsltid=AfmBOorg_ANfmIbvAkDaR9QIwyWmbgo7-Ru3uLkIK9L4I00EYKJgpGmm" target="_blank"><em>un futuro prometedor</em></a><em> </em>cuando despega como informador y aterriza como informante secreto en la otra cara de la muralla ideológica. Persigue la primicia y exclaustrar a un agente oculto. "Los riesgos están calculados". Traicionar a sus convicciones y a su esposa, encadenará y torturará al periodista. A su condición de reportero occidental, "un especialista en mentir, un enemigo del socialismo", añade su opacidad como "espía peligroso". Una amenaza en la orilla rojosoviética.</p><p>Las dos riberas arman sus clubs. En Occidente, la OTAN. El Pacto de Varsovia, en el Oriente europeo. Escudos de recelo recíproco. Detrás, los dos bloques ocultan sus marcas nacionales en la carrera atómica. "La coexistencia pacífica es una memez. La realidad es nuclear". Francia ensaya en Marcoule, cerca de Aviñón. "Empujará a Alemania a hacer lo mismo". Inglaterra experimenta en Windscale, a quinientos kilómetros de Londres. Y la URSS, en Kyshtym, en los Urales, a dos mil kilómetros de Moscú. Con una diferencia de once días, las centrales británica y soviética padecieron accidentes de riesgo elevado en 1957. <strong>Lemaitre </strong>los ficciona en 1959. Contaminaron áreas extensas. La radiación causó más de doscientas muertes en cada lado. "El riesgo nuclear se había convertido en un denominador común entre el Este y el Oeste". Las dos laderas del Telón de acero soldaron las bocas.<em> </em>En los Urales, evacuaron con sigilo a unas diez mil personas. Las dictaduras leninistas impusieron silencio. Las democracias occidentales tampoco dijeron. "Los demás países de la Alianza se solidarizaban con Inglaterra por si en sus territorios se producía un accidente de esa índole en el futuro".<strong> </strong>Un callar culpable que repercutió en François. Los hechos, como los ahogados, siempre rompen láminas de salitre, emergen por sus fisuras. Se filtran. </p><p><strong>Lemaitre </strong>ha escrito más de mil setecientas páginas de <em>Los años gloriosos. </em>Confiesa que el pasaje que más le ha desgarrado ha sido la agresión sexual sufrida por Colette, nieta de los patriarcas Pelletier, hija de Jean y Geneviève, "dos personajes balzaquianos". Barajó aligerar la secuencia, incluso eludirla. No explicitar. Pero mantuvo texto y tono porque la realidad no le permite circunloquios. El escritor menciona al cirujano galo abusador confeso de casi trescientos pacientes menores de edad. Como la niña de diez años que acaba de retornar a Francia con sus abuelos, que han vendido su jabonería en Beirut y se han instalado en la campiña del norte. Allí, un vecino ha matado las abejas de los Pelletier al fumigar con pesticidas nocivos. Un ambiente insano. La venganza de Colette, una chica lista y "complicada", desata la cólera perversa del campesino. "El rencor, a menudo más ciego de lo que se cree, hace más daño a la víctima que al culpable". La joven relega el daño a lo íntimo, lo eclipsa. El silencio, otra vez. "Ya no cuenta nada, no habla con nadie…". El cambio acarreará una decisión de "terrible alcance": salir de la casa de los abuelos, después de siete años juntos, para entrar en la de sus progenitores y su hermano Philippe, "más patético que malo". "Irse a París con sus padres, no era peor que caer en manos de Macogne (su violador)". Adiós a la infancia.                                                              </p><p>La familia como regazo y aspersor de neurosis. Los Pelletier compendian esta querencia del escritor francés por anudar intrahistoria y grandes acontecimientos. La marcha de Colette acelera el declive de Louis. A sus setenta y un años, "vivía en una permanente ansiedad por el porvenir". Su corazón se dilata, enferma. Afronta la imposibilidad de "construir una dinastía". Desprenderse de Louis Pelletier le duele a <strong>Lemaitre</strong>. Le aboca a un salto al vacío. Destapa que en ese nombre late, emboscado, otro hombre: Albert Maillard, el antihéroe de <em>Los hijos del desastre</em>, la trilogía donde relata las entreguerras. Louis y Albert se ven <em>allá arriba, </em>"un hecho intrínseco de la vida<em>".</em> </p><p>Y un imperativo para el narrador, que desvela claves de su oficio. "Tengo que hacer limpieza" de personajes. Los seis nietos Pelletier le obligan a desembozar arterias de la trama. Además del apellido, los ligará un estribillo de <em>Los años gloriosos </em>que ignoran todos, menos la malévola Geneviève: los asesinatos sin porqué de Jean. El primero de la segunda generación de este linaje disfuncional -todos lo son, mantiene <strong>Lemaitre</strong>- no hallará ocasión de justificar a su padre el fracaso como heredero del negocio familiar. Ahora que triunfa como empresario de una cadena de supermercados y franquicias, "es demasiado tarde… Mi éxito no le interesa". Al repasar la trayectoria de la saga, la matriarca, Angèle, "no veía ninguna época en que Jean no hubiera necesitado ayuda, apoyo, compasión…". El primogénito protagonizará el último volumen de este período de expansión. Lo fechará en 1963. Cuando rezumaba la crisis de los misiles por Cuba y J. F. Kennedy murió asesinado. "Nada quedaría impune", anuncia <strong>Lemaitre</strong>. </p><p>Punto de partida para adentrar la tercera línea Pelletier en los despojos de un esplendor que arrancó por necesidad tras una devastación, y acabó por el abuso sin freno de una abundancia que supusieron inagotable. La penuria energética desnudó el cortoplacismo de tener. Un magma que penetró en las maneras de ser por un plazo sin fecha. Persiste en los jefes devoramapas, que inquietan como gritos destemplados en la noche. <strong>Lemaitre </strong>novelará las causas de esta prolongación del siglo XX en dos o tres volúmenes, aún duda. Abarcará desde las secuelas del socavón que sacudió el consumismo atolondrado hace cincuenta años, hasta la caída del Muro berlinés, en 1989, icono de los escombros del dogma comunista. El aparente final del telón de acero bipolar. Culminará su empeño de contar el es desde el érase. Promete el futuro. </p><p><em>*</em><em><strong> Prudencio Medel </strong></em><em>es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 02 Apr 2025 19:00:37 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Prudencio Medel]]></author>
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      <title><![CDATA[La raza pura]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/raza-pura_1_1963389.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/007cfc2b-dbaf-4861-a497-40647bf103d2_16-9-discover-aspect-ratio_default_1017979.jpg" width="720" height="405" alt="La raza pura"></p><p><strong>Editorial Tusquets (2025) </strong></p><p>El toro canadiense Sultán llenó un hueco en la historia cuando lo compró el gobierno de Cantabria en 1988. Pareció un antojo de un millón de dólares, el precio más caro pagado hasta entonces por un semental en Europa. El animal exhibía un doble certificado de excelencia racial, como un par de grados universitarios. Un auténtico frisón holstein americano. Lo instalaron en una cuadra amplia de un centro de selección, inseminación y reproducción. Lo nutrieron como a un deportista de récord. Doscientos herederos continúan su propagación seminal para mejorar la cabaña vacuna y la leche de la cornisa. La eugenesia bovina de machos que no contactan con las hembras que preñan.</p><p>La cantante noruega del grupo sueco <strong>ABBA</strong>, Frida, contactó con su padre biológico, Alfred Haase, pastelero después de militar nazi, tres largas décadas después de nacer. Cuando supo que no había muerto, como le habían contado, este invasor de Noruega y seductor de la madre de la artista, Synni, fallecida en septiembre de 1947. "Mamma mía!".<em> </em>Su única hija no tenía aún dos años. El origen vikingo de las mujeres escandinavas las convirtió en vientres muy deseados para que los sultanes arios de las SS <em>malengendraran </em>el proyecto <em>Lebensborn, </em>"fuente de vida<em>". </em>Frida nació medio año después de caer el imperio hitleriano. Morena, sus rasgos no correspondían a la gama sobresaliente de la raza. Las mezclas que procura la eugenesia. Los úteros no son probetas. </p><p>"No le gustan los alemanes" a Renée, normanda de dieciséis años. Se contradice al enamorarse de un soldado nazi en julio de 1944. Una velada, desinhibida por el alcohol, tras "un abrazo entre borrachos", concibe una criatura del combatiente de las SS. "Su noche, la única y la última". Sus progenitores y los franceses resistentes a las tropas de <strong>Hitler </strong>la repudian. "Sus padres la han abandonado. Francia le ha escupido en la cara… Se convertirá en alemana", sin hablar el idioma. La acogen en un chalé "excesivamente grande", donde flamea la bandera negra de las SS: "el lugar no parece un cuartel, menos aún un hospital. Podría ser, más bien, un alojamiento vacacional muy bien conservado". Cunas, canastillas, pañales, biberones, gorjeos y llantos de <em>los niños de Himmler. </em>Un hogar, un <em>Heim, </em>"lleno de mujeres alemanas", gestantes como ella o madres recientes. </p><p>Renée ignora dónde reside. Ya había vivido veintitrés días en la maternidad nazi de Lamorlaye (la única abierta en Francia, entre febrero y agosto de 1944, cuando la guerra cercó esta mansión de los chocolateros Meunier), recomendada por su novio y, sin embargo, enemigo. Ahora, se encuentra en el <em>Heim </em>Hochland, en Steinhöring, cerca de Múnich. El primero de la cuarentena de hogares que <strong>Himmler </strong>diseminó por Alemania —diez—, Noruega —unos quince—, Polonia —ocho—, Austria —tres—, Dinamarca —dos— y uno en Bélgica, Países Bajos, Luxemburgo y el francés mencionado. "Da la impresión de que se está en el fin del mundo". El estruendo bélico no retumba en esas "casas de mujeres". </p><p><strong>Caroline De Mulder</strong> cobija a Renée en la más emblemática del delirio étnico de <strong>Himmler</strong>. La creó en 1936, poco después de alumbrar el plan<em> Lebensborn</em>. Una iniciativa personal, admitida por <strong>Hitler</strong>, del líder de los escuadrones de la calavera y el uniforme negro. Desvarió con germinar una raza germana perfecta para regir un milenio. La religión <em>"vom Besten Blut",</em> la mejor sangre, circularía por el espinazo del régimen. "Bastarán unas generaciones para hacer desaparecer de nuestra Alemania todo rastro de sangre impura. Un siglo, como mucho". Glóbulos sin ninguna mota contaminante desde 1800. Exigía "la pertenencia al pueblo alemán desde, al menos, cuatro generaciones". Los miembros de las SS debían tener cuatro hijos o más. Si con las esposas no era posible, recurrían a mujeres solteras, como Renée. Una opción ante la muerte de alemanes con raigambre en el frente. "No habrá suficientes maridos para todas; hemos perdido muchos jóvenes, muchos de los mejores. Pero, aun así, todas pueden ser madres". Ellos, como el semental Sultán, han de certificar su pedigrí. Las mujeres, como las hembras inseminadas, deben superar una prueba de color de pelo y ojos, forma del cráneo, calidad de los dientes, estatura, peso… Tras evaluarla, el histórico doctor Gregor<strong> </strong>Ebner, cooperador entusiasta del proyecto y único hombre en ese lugar, acredita que Renée es "principalmente nórdica, con ciertos rasgos ósticos, discretos". Una francesa legitimada para gestar un ario superior.                                                  </p><p>"Solo puede permanecer (en el <em>Heim</em>) por el niño" que albergan sus entrañas. Como ella, la mayoría de las mujeres alojadas en esa maternidad son jóvenes "parturientas de calidad excepcional". Dos tercios, madres solteras, aunque "todas interpretaban el papel de joven honesta y, fuera cual fuese su origen, se comportaban como pequeñas burguesas". Algunas solo se quedaban unas semanas, hasta que daban a luz. Renée parirá un mes antes de acabar la guerra. </p><p>Una enfermera de "tipo nórdico puro", Helga, fiel al ideario nacionalsocialista, se desvive por las madres y los bebés del <em>Heim </em>bávaro. Los considera vitales para la pervivencia de Alemania. Su diario muestra su evolución moral según la eugenesia desenmascara un rostro inmisericorde. Jürgen (un bebé real que <strong>De Mulder </strong>exhuma de una fosa de indignidad) nace con una deficiencia el mismo día que <strong>Himmler </strong>presencia el rito de la bendición del nombre, sucedáneo del bautismo. Integra a las criaturas "en la gran comunidad de las SS" al ungirles la frente con una daga. Ningún padre biológico asiste. La paternidad corresponde al Tercer Reich. Jürgen no supera la criba racial, "no era viable". Le aplican la eutanasia en un psiquiátrico. Culpan a la madre de la "malformación congénita" de su hijo: "mi vientre es una tumba". La esterilizan. Nunca le devuelven el cuerpo desmembrado de su hijo para enterrarlo. Esta inhumanidad inspira las líneas tachadas de las reflexiones de Helga, donde despereza su conciencia. El credo estéril: "todo lo que amo se ha corrompido". La duda: "yo era buena, pero ¿estaba en el lado bueno?".                                                                                                                                                   </p><p>Extramuros del oasis, un preso polaco, Marek, representa el contexto de una guerra implícita en <a href="https://www.planetadelibros.com/libro-los-ninos-de-himmler/412595" target="_blank"><em>Los niños de Himmler</em></a><em>. </em>Confinado antes en el campo de concentración de Dachau, ahora trabaja, castigado y famélico, en la construcción de locales auxiliares del <em>Heim. </em>Escarba en la tierra, come mondas de patatas, desperdicios. "Arriesga su vida por llenarse el estómago". Se topa, sin coincidir apenas, con Renée.  </p><p>En un lugar de tanta ternura helada, el fuego despertará del ensueño con una raza centenaria. Antes de que los estadounidenses liberaran estos hogares, <strong>Himmler </strong>ordenó quemar todos los archivos. Quiso arrasar cualquier constancia de los padres de los más de veinte mil bebés nacidos allí. Y de los niños robados en otros países. Solo en Polonia, arrebataron más de 200.000 niños a sus familias. Les usurparon nombres y apellidos. Apenas 20.000 pudieron volver a casa. El humo disolvió un rastro de huérfanos del "difunto Estado nazi". Los que nadie adoptó, los acogieron diversas instituciones. Chicos y madres, como la de Frida, sufrieron la aversión. Enconada en Noruega por la colaboración del gobierno pronazi de Quisling. Les llamaron bastardos y zorras de los alemanes: mutaron de puros arios a parias sociales. Hasta 2018 no les pidieron perdón. Sobrecoge su dolor en el documental <em>Lebensborn: guarderías para la futura élite nazi. </em>Hombres y mujeres que bracean desorientados en su "fuente de vida". El presente de los embriones que <strong>Caroline De Mulder</strong> describe con rigor y melancolía. La quimera de fabricar bebés excelsos en granjas. Una selección animal. "Nadie quiere a estos niños… ¿Qué han hecho, sino nacer y llorar?". La más amarga canción de cuna.</p><p><em>* </em><em><strong>Prudencio Medel</strong></em><em> es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 19 Mar 2025 20:00:45 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Prudencio Medel]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La raza pura]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Alemania,Adolf Hitler,Nazismo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La anomalía]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/anomalia_1_1955213.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/64d101c7-f2d8-410c-a6be-fb446ec832f8_16-9-discover-aspect-ratio_default_1017689.jpg" width="1654" height="930" alt="La anomalía"></p><p><strong>Editorial Anagrama (2025) (Traducción de Abel Murcia y Katarzyna Moloniewicz)</strong></p><p>No esconden lantánidos ni galio ni berilio las tierras raras de Görbersdorf, en la Silesia alemana de hace algo más de un siglo, nombrada Skolowsko en la Polonia de hoy. Sí subyacen mujeres que cambian de forma, narradoras bisbiseantes atraídas por la oscuridad. <a href="https://www.anagrama-ed.es/libro/panorama-de-narrativas/tierra-de-empusas/9788433929716/PN_1142" target="_blank"><em>Tierra de empusas</em></a>. "Nosotras consideramos que lo más interesante permanece siempre en las sombras, en aquello que no se ve". Una premisa que sugiere una inquietud remarcada en el subtítulo: <em>Historia de terror balneoterápico.</em> El desasosiego sucederá a la indolencia. El giro anunciado.</p><p>Sobre un lago subterráneo, a seiscientos cincuenta metros de altitud, rodeado de montañas y de un bosque, se asienta el primer sanatorio para tísicos. Ideado en 1854 por el doctor <strong>Hermann Brehmer</strong>. Consideraba que los lugares elevados ayudaban a que el corazón vertiera más sangre en los pulmones infectados por los bacilos que Koch descubrió casi treinta años más tarde. "Solo el aire de montaña cura de verdad". Tres de cada cuatro pacientes se restablecían. Un remedio de altura.</p><p>El trece de septiembre de 1913, llega a ese balneario Mieczyslaw Wojnicz. Polaco, católico, veinticuatro años, estudiante de Ingeniería de abastecimiento y saneamiento de aguas en Leópolis –Polonia entonces, Ucrania ahora–. Huérfano de madre al nacer, lo envía su dominante padre para que sane de una enfermedad tangible, la tuberculosis, y supere una "anomalía" inconfesable. "Lo invade una sensación familiar de melancolía, habitual en las personas convencidas de su muerte inminente". Le desconcierta ese veredicto sin sentencia firme. La sensación de haberse subido a un tren en marcha solo de ida. "Tapan la vista fumaradas de vapor de la locomotora que ahora se desplaza por el andén". Así comienza su viaje a lo desconocido, como Hans Castorp, en <em>La montaña mágica: </em>"Un modesto joven se dirigía en pleno verano desde Hamburgo, su ciudad natal, a Davos-Platz, en el cantón de Grisones", Suiza. El saludable Castorp acude a ver a su primo tuberculoso. Prevé una visita de tres semanas. Su tiempo se suspenderá siete años. Wojnicz, sin embargo, vivirá el vértigo de descubrirse. </p><p>"Una mano menuda, pálida, exangüe… Toda esa figura produce la inquietante sensación de haber llegado a esas melancólicas montañas desde el más allá". <strong>Tokarczuk </strong>esparce signos de la peste blanca que padece su personaje y que mataba más que las batallas en el XIX: causaba una cuarta parte de las muertes. Convertía en personas traslúcidas a quienes la padecían. El rubor febril en las mejillas y los labios, la piel nacarina, la delgadez de una mimbre. Las huellas de un mal, el encanto de una belleza lánguida. "La tuberculosis era una enfermedad simbólica". El paradigma, Simonetta Vespucci, muerta de tisis, inmortal con todos los síntomas pintados por <strong>Botticelli </strong>en <em>El nacimimiento de Venus</em>. <strong>Charlotte Brönte</strong> falleció -también sus hermanas Emily y Anne- por esta "enfermedad halagadora", como la denominó. <em>La dama de las camelias, </em>Margarita Gautier, de <strong>Dumas </strong>hijo; <em>La Bohéme, </em>Mimí, de <strong>Puccini</strong>, o <em>La Traviata, </em>Violetta, de <strong>Verdi</strong>, exaltan la ficción del hechizo sufriente. "Los virtuosos sólo se vuelven más virtuosos a medida que se deslizan hacia la muerte", idealizó <strong>Susan Sontag</strong>. <strong>Moliére</strong>, <strong>Bécquer</strong>, <strong>Chéjov</strong>, <strong>Kafka</strong>, <strong>Orwell</strong>, <strong>Chopin</strong>, <strong>Vivian Leigh</strong> sucumbieron por esta afección que, quizá, enfatizó su sensibilidad creativa. Sin noticias de que padecerla les hiciera mejores. </p><p>Tampoco consta esa metamorfosis en Wojnicz. Ni en sus secundarios arracimados en la Pensión de Caballeros, donde se aloja el protagonista por falta de plazas en el edificio principal, y más caro, del sanatorio. "Su padre pensaría que su hijo había ido a parar a un paraíso prusiano en el que, al final, todos los chicos se hacían hombres". Varones preñados de una misoginia cautiva de los cánones de una época, enfrentada al feminismo primerizo de las "impedidas sociales". Testosterona alimentada de estereotipos gestados durante siglos. <strong>Tokarczuck </strong>enumera sus fuentes testiculares en una nota final: <strong>Platón</strong>, <strong>San Agustín</strong>, <strong>Shakespeare</strong>, <strong>Darwin</strong>, <strong>Nietzsche</strong>, <strong>Wagner</strong>, <strong>Joseph Conrad</strong>, <strong>Freud</strong>, <strong>Kerouac</strong>, <strong>Sartre</strong>, <strong>Yeats</strong>… Sorprenden algunos nombres en esa lista. Como "la mujer es, al mismo tiempo, sujeto y objeto", sobra la única que habita en esa residencia tan viril. La encuentran ahorcada al día siguiente de registrarse Wojnicz. Suicidio o asesinato de quien parecía una criada, pero era la mujer del dueño del alojamiento. "En un lugar tan aburrido, la muerte de alguien era una atracción para todo el mundo". Cenan en la mesa donde unas horas antes yació la fallecida. La cosifican y le imputan una propensión a "cometer acciones irreflexivas". Los varones, enardecidos por unas comidas hipercalóricas y un licor elaborado con hongos alucinógenos (lo llama<strong> </strong>Schwärmerei: encaprichamiento o emoción excesiva), apuran su androcentrismo. Además de diferenciar la dimensión del cerebro, contraponen la voluntad masculina al deseo carnal femenino. El argumento más sibilino nace de la maternidad. "El cuerpo de la mujer le pertenece no solo a ella, sino también a la humanidad… Como da a luz, es propiedad colectiva". Expropian a la mujer de sí misma: "de la mujer puede disponer el Estado". Y desposeerla de su capacidad de decidir, un corolario persistente.</p><p>Wojnicz come, bebe y calla. "Aquí me siento alienado y solo". Ni congenia ni contradice los dogmas hombrunos. Hierve la ambigüedad en su interior. "Lo reconcomía cierta inquietud, cierta incomodidad que se había alojado en su alma… que no lo abandonaba nunca". Sintoniza con otro joven, estudiante de arte, postrado por una tisis avanzada, que le advierte de que están en "un lugar maldito". "La niebla adoraba aquellos lugares".</p><p><em>Tierra de empusas </em>rota sobre dos ejes más: un cementerio, "mapa particular del mundo de los vivos", y un bosque, denso como el primer calostro. Los fallecidos en Görbensdorf están enterrados en el camposanto de una localidad aledaña. "Ignoramos la muerte". Pagan para eliminar sus bacilos y revocar la fatalidad. Noviembre nutre, cada año, esa necrópolis. Coincide con el final de la cosecha agrícola y el inicio de la recolección micológica en esos montes. Entre las setas y los árboles, el ingeniero en ciernes descubrirá unas muñecas mitológicas, las <em>tüntschi, </em>mujeres vegetales con las que copulan los carboneros, compendio del macho primario. "El deseo carnal masculino tiene que satisfacerse sin demora, si no el mundo se sumiría en el caos". Pero estas "mujeres que huyeron a las montañas, se han asilvestrado" y vengan a su género. (Una leyenda alpina). La contramisoginia.</p><p>Wojnicz siente una empatía irresistible por esas esculturas forestales. Lo pueden atrapar. Le alertará el zureo de las palomas en el desván de la hospedería, una intimidación que aletea en muchos pasajes. "Reconocía en aquellos sonidos redondos y emplumados sílabas sueltas, medio humanas y medio pajariles". Necesita sanar de la tuberculosis, pero no es su prioridad. Identifica las secuelas del secreto que su cuerpo guarece, imprescindible para descerrojar su espíritu y vagar por un espacio "intermedio", sin maniqueísmo. "La visión del mundo como blanco y negro es una visión falsa y destructiva". La destrucción truena con la Primera Guerra Mundial, donde convergen <em>Tierra de empusas </em>y <em>La montaña mágica.</em> Aquellos tiempos raros.</p><p>(Ahora, el mundo estrena un periodo anómalo. <strong>Olga Tokarczuk </strong>publicó este libro en 2022, antes de volver <strong>Trump </strong>a presidir Estados Unidos. Pesimista, avisaba: "La democracia es un sistema de apariencias; siempre consiste en una especie de teatro que, no obstante, en el fondo, persigue establecer un líder fuerte que presionará para construir una autocracia". Una casa blanca en una plaza roja constata el augurio. Tiempos necios).</p><p><em>* </em><em><strong>Prudencio Medel</strong></em><em> es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 05 Mar 2025 20:00:04 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Prudencio Medel]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La anomalía]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura europea]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El hombre del siglo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/hombre-siglo_1_1946843.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4c92af8a-d80f-4b62-b65a-161cf93fd507_16-9-discover-aspect-ratio_default_1017378.jpg" width="910" height="512" alt="El hombre del siglo"></p><p><strong>Editorial Alfaguara (2025)</strong></p><p>"Tú que siempre has seguido los dictados del corazón". Esta frase, dirigida al protagonista de <a href="https://www.penguinlibros.com/es/literatura-contemporanea/354194-libro-el-romantico-9788420476926?srsltid=AfmBOops8sswY39ydo8_480NT48vgfwS9kQI3ZS6cs2p8kPhuMF2qxrD" target="_blank"><em>El romántico</em></a><em>, </em>Cashel Greville Ross,<em> </em>puede ser la definición más sucinta de este adjetivo/sustantivo. Tocar el pálpito. Le dominan el sentimiento y el huir continuo. El impulso de escapar hacia múltiples soledades. "Creyó adivinar un patrón perverso en su vida: nunca permanecería mucho tiempo en un mismo sitio… dejando atrás a alguien querido". La fuga periódica de los afectos, de los lugares, de cualquier constancia. Vaga por el XIX. La peripecia de sentir. "Concierne al amor y, por lo tanto, nada tiene de sensato". Sin cálculos.</p><p><strong>William Boyd</strong> resume una época. Este escocés, nacido en Ghana por el trabajo de su padre, transita caminos trillados. Durante años, descifró los románticos a estudiantes de Oxford mientras intentaba doctorarse con una tesis sobre el poeta Shelley. De aquellos versos, esta prosa. El lector vive toda la vida de Cashel, 1799-1882. La biografía de un contexto. Recurre a la fórmula de <em>Las nuevas confesiones, Las aventuras de un hombre cualquiera </em>y <em>Suave caricia</em> -tres de sus diecisiete novelas-<em>. </em></p><p>"Nací en Escocia, en la madrugada del 14 de diciembre de 1799", el mismo día que falleció George Washington. Datos para dotar de veracidad su semblanza. El primer recuerdo se incrustó en la memoria del protagonista a los cinco años. "Un hombre vestido de negro tirando de las riendas de un caballo negro". Atisbos vívidos de una muerte que ni le ronda. <em>El romántico </em>arranca <em>dickensiano</em>. Una escocesa instruye a las dos hijas de unos nobles irlandeses. Cuida, además, de su sobrino huérfano porque el mar ha devorado a sus padres. Cuando los aristócratas prescinden de la maestra, se trasladan a Oxford. Allí, desaparecerá el disimulo. La tutora revelará a Cashel su auténtico origen. El fin de una impostura y el inicio de otra simulación. "Es necesario que inventemos una nueva vida para nuestra pequeña familia". Le piden complicidad para un rumbo sin dar tumbos. "Nunca nos faltará dinero". Niega el pacto imaginario. Le suena a trampantojo. "Era mejor conocer la verdad que continuar viviendo una mentira en la ignorancia".<strong> </strong>La certeza no le colma. Elige incertidumbre.                                                                                       </p><p>Da un portazo. Sus veredas serán cordeles de infierno y paraíso. Se marcha de una familia en la que no confía. Comienza a buscar un sentido propio. "Un hombre libre", a los catorce años. Finge más edad para alistarse en los vetustos Batallones de Hampshire. El dieciocho de junio de 1815, ejercerá de tambor de guerra en Waterloo, el adiós a las armas -y a casi todo- de Napoleón. El adolescente cae herido. El campo de batalla belga será su campo del honor. Recibirá privilegios de héroe ocasional: diez peniques diarios hasta 1817.  </p><p>Vuelve a casa dos años después de su espantada. Se reconcilia, pero subsiste un halo de "mentiras, engaños y verdades a medias". Boyd enrola a Cashel como teniente en la India, donde se ha enquistado el imperio británico, sucesor del napoleónico. Fusilará su carrera militar por desobediencia debida a la crueldad. Su capitán quiere "muertos, a todos aquellos salvajes" rebeldes y derrotados en Ceilán -Sri Lanka-. Él no acata la orden de "asesinar a personas que se han rendido y han entregado sus armas". Evita un consejo de guerra porque su participación en Waterloo le ampara como intocable. Se cuelga la medalla de héroe moral. </p><p>"Sé fiel a la persona que quieras ser a partir de ahora". Se consagra a sí mismo. Las letras serán su nuevo espacio en una Europa sin alambradas. Greville Ross no se topará con murallas en su siglo. (Faltaban cien años para imponer los pasaportes como contraseña de identidad para acoger o expulsar al forastero). En Pisa, convive con Shelley y Byron, a quien <strong>Boyd </strong>no reverencia. Su referente romántico es <strong>Stendhal</strong>, el escritor que anida en el protagonista. Los dos relatan sus viajes por Italia y sufren -o gozan- enfermedades estéticas. El autor de <em>La cartuja de Parma, </em>al contemplar la basílica florentina de la Santa Cruz. El personaje, al ver a Raphaella Rezzo, una condesa de una "belleza insolente, provocativa, retadora". Atrapado, presintió el final de su ir y venir. "Había alcanzado la cima de su vida, su punto álgido, su punto de inflexión". Una fidelidad perdurable. Pero otro embuste lo condenó a la errancia.</p><p>Erró al imaginarse desahogado por sus derechos de autor. "Rico por primera vez en su vida". Tuvo éxito con sus libros sin firma sobre sus viajes exteriores e interiores. Su editor le timó y las cuentas con sus cuentos fueron leche derramada. Entrampado, las deudas lo recluyeron en la cárcel de Marshalsea. Los números sin fondos encerraron, también, al padre de Dickens en esa prisión, paradero de alguno de sus pícaros. El realismo ensucia el historial de <em>El romántico. </em></p><p>"Escucha a tu corazón". El imperativo de otro preso, que le persuadió de perseguir la quimera Libertania, en Estados Unidos. "Ningún individuo tendría autoridad sobre otro". No cuajó la utopía. Embarcó hacia Boston como uno más de los "marginados que se exportaban a un nuevo país desesperado por recibir mano de obra". Compra futuro con dinero heredado. Adquiere una granja donde cultivará lúpulo y fabricará hielo, que venderá hasta en Inglaterra, y cerveza <em>lager</em>, convencido por un joven alemán, el Sancho Panza lúcido del Cashel quijotesco. <em>El romántico </em>se casará sin amor. Tendrá dos hijas. Su esposa lo repelerá, captada por un delirio religioso al nacer su segunda niña. Una deriva singular, no incluida en la vasta gama de depresiones posparto descritas por <strong>Mar García Puig</strong> en <em>La historia de los vertebrados. </em>Palía el repudio con otra mujer, un calco -imagina- de Raphaella, piedra clave en los cimientos de su alma. "Supo que estaba perdido". Descubren su adulterio. Huye a escape. </p><p>Los exploradores subliman la aventura decimonónica. Persiguen <em>santosgriales</em> para diagramar el mundo. Poco antes de trazar líneas rectas para partir tribus y repartir países (puede repetirse), a los obsesos de gloria les hechizaron los lugares ignotos. Cashel asegura hallar las fuentes del Nilo: "el mapa de África cambiará para siempre y yo seré el hombre que haya propiciado este formidable e histórico descubrimiento". Sin embargo, John Speke, que usurpó información a Cashel, inscribirá su nombre en la historia geográfica por concretar el nacedero del legendario río. Ambos pugnarán por haber llegado antes. Se involucrarán en diatribas para defender su posteridad. "El orgullo precede a la caída".</p><p>Los expolios artísticos perviven. Botín de guerra, lucro incesante. <em>El romántico </em>se ve inmerso en el tráfico de restos arqueológicos griegos desde un cargo diplomático ilusorio: cónsul de Nicaragua en Trieste. Destapa la estafa, lo persiguen, se refugia en Venecia. Cerca de Raphaella, pero "la única mujer a la que ha amado en su vida" veranea en Baden Baden. Allí, acude Cashel, viudo reciente, para saldar un paréntesis emocional de cuarenta años. En esa ciudad germana, balneario aristocrático, lo confunden con<strong> Iván Turguénev,</strong> precursor del nihilismo y sufriente de una pasión irrefrenable por la cantante y compositora hispanofrancesa <strong>Paulina García-Viardot</strong>. Este escritor ruso es el pariente más consanguíneo del protagonista, que titula su relación con la noble italiana <em>Nihil, de alguien que ha amado.</em> Una nada que dio mucho de sí.</p><p>"El tiempo aplazado, incluso durante décadas, era mejor que el tiempo inexistente". El vértigo de recuperar los años perdidos. Las corazonadas tardías de Cashel Greville Ross se arriesgan a llegar a destiempo y vararse en una estación de tránsito. En la despedida, un globo surca el cielo veneciano. Vuela el sentir <em>romántico, </em>reverbera como el fósil en el ámbar. Espera un soplo que avive sus horas quietas. Aunque tarde siglos.  </p><p><em>* </em><em><strong>Prudencio Medel</strong></em><em> es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 19 Feb 2025 20:00:18 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Prudencio Medel]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El hombre del siglo]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La vergüenza de saber quién eres]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/verguenza_1_1939735.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/fac87bcf-3ac7-4025-a75b-1627de357aab_16-9-discover-aspect-ratio_default_1017159.jpg" width="699" height="393" alt="La vergüenza de saber quién eres"></p><p><strong>Editorial Seix Barral (2025)</strong></p><p>La vida se funde a negro en un instante. A<strong> Caroline Darian </strong>(<em>pseudoapellido</em> que injerta los nombres de sus hermanos David y Florian) se lo concretó el trivial reloj del horno de su cocina, un relámpago a las 20.25 del dos de noviembre de 2020, lunes. A esa hora del día de los difuntos, una llamada telefónica de su madre certificó la defunción de sus años precedentes. "Una frontera cifrada… Estoy viviendo los últimos segundos de una vida normal". Tres frases de <strong>Gisèle </strong>la encadenaron a un plano impensado. "Tu padre está en prisión preventiva desde esta mañana, y no podrá volver a salir… Me drogaba con somníferos y ansiolíticos… Invitaba a hombres a casa cuando yo estaba inconsciente en nuestro dormitorio". Conocer que, azuzados por su padre, <strong>Dominique</strong>, "unos desconocidos" habían violado el cuerpo inerte de su madre, exterminó la "vida privilegiada" de <strong>Caroline</strong>. Excluida de la banalidad, de la anchura de las personas corrientes. </p><p><a href="https://www.planetadelibros.com/libro-y-deje-de-llamarte-papa/410832" target="_blank"><em>Y dejé de llamarte papá</em></a><em>. </em>Al saber las depravaciones de su padre, <strong>Darian </strong>renuncia a ser <strong>Pelicot –</strong>su madre, no–. "Se ha borrado el pasado". Pero la agarra la argolla de los años desterrables, la engullen más que el tiempo venidero. "Lo quise mucho antes de descubrir su monstruosidad". Lo convierte en su adversario cuando la policía detalla cómo <strong>Dominique </strong>aberró a <strong>Gisèle</strong>. Veinte mil fotografías y producciones pornográficas "cercanas a la barbarie". Las encontraron al desencriptar los móviles y ordenadores de Dominique, apresado dos días por grabar debajo de las faldas de tres mujeres, en un supermercado. Imágenes de su madre "inconsciente, desnuda, bocabajo… con hombres diferentes cada vez… Ella no recuerda nada". Su esposo le había vertido, a hurtadillas, un cóctel químico en sus comidas y bebidas. La sumía en múltiples letargos. Gisèle era una efigie en pausa. Él instigaba la atrocidad. </p><p>En una web –ya clausurada–, convoca a depredadores sexuales para que vejen a su esposa durmiente. Cerca de ochenta violadores acuden, por separado, al reclamo de Dominique durante diez años. Les ofrece el cuerpo de su mujer sin "ningún pago a cambio. Sin embargo, exigía poder filmarlos". Un placer trastornado: el candaulismo: contemplar cómo otras personas practican el sexo con la pareja del mirón. La primera cita al <em>festín de carne y sexo </em>fue en julio de 2011, cerca de París. La última, como la mayoría, en la casa familiar de Mazan –sureste de Francia–, en octubre de 2020 (cuando Gisèle y Dominique rondan los sesenta y ocho años), diez días antes del arresto del progenitor de <strong>Caroline</strong>. "Un ser demoníaco, totalmente corrompido… Mi padre es un criminal y voy a tener que aprender a vivir con esa despiadada realidad". </p><p>Una espiral de ira y pánico aprisiona a <strong>Darian</strong>. La policía acentúa su espanto un día después del encarcelamiento de <strong>Dominique</strong>. Le muestran dos instantáneas de ella misma, semidesnuda, con prendas interiores que no reconoce, adormecida, en posturas inverosímiles. "Mi padre me fotografió en casa, en mi dormitorio, y eso fue en 2013. Se acabaron las dudas. Su segunda presa era yo". La drogó también. <strong>Caroline </strong>convive con la duda de si, además, la ultrajó. Lo intuye: "Estoy segura de que me violó". "Nunca he tocado a mi hija", negó el depredador confeso. Verse retratada exaltó su desquicio: abofeteó a su marido, ingresó cuarenta y ocho horas en una clínica mental. Eliminó <strong>Dominique </strong>como tercer nombre de su hijo <strong>Tom</strong>. Dos meses después, definió la magnitud de su desgarro al psiquiatra: "traicionada. Y me avergüenzo de ser la hija de ese torturador". Luego, se agregaron al desastre más imágenes de <strong>Caroline</strong>, tomadas en 2020, y de sus cuñadas, <strong>Céline </strong>y <strong>Barbara</strong>, grabadas en el cuarto de baño y en los dormitorios de Mazan. "No perdonó a ninguna mujer de nuestra familia".  </p><p>Una familia descarrilada. <strong>Dominique </strong>y <strong>Gisèle </strong>se casaron a los veinte años. Ella fue directiva de una sociedad pública. Él, electricista de formación, tuvo varios empleos y algún fracaso empresarial. Las deudas asfixiaron al matrimonio. La amenaza de bancarrota los abocó a un divorcio postizo en 1998. Restañaron algunos arañazos de sus finanzas y celebraron su segunda boda el siete del siete de 2007. Visto lo visto, la cábala solo atrochó hacia el infierno. Las cuentas corrieron hacia el sumidero. Y Dominique anuló la pareja al violar códigos éticos elementales. Las sustancias que suministró a <strong>Gisèle </strong>la aturdieron. Padecía "ausencias, insomnio recurrente, perdió pelo y adelgazó". Los médicos no detectaron la variable química para formular el diagnóstico. Tras desvelar los porqués del deterioro, Caroline define a su madre como "la verdadera heroína, de pie en medio de las ruinas". Pétrea. "Tras conocer los hechos, mi madre abandonó el domicilio conyugal casi sin derramar una lágrima". Habitaron tres días más entre los escombros del hogar, amargo hogar. El portazo no encerró todos los estragos. </p><p>Los fantasmas individuales del duelo dividieron al clan. <strong>Caroline </strong>reprocha que su madre sea leña y no hacha. "¡Nunca la hemos oído denigrar a nuestro padre!". La hija acrecienta su sensación de derrota. "Mi vida es un campo de batalla abandonado por las dos personas que desde siempre me han importado: mis padres". Enraíza la distancia en la incredulidad de <strong>Gisèle</strong>: "no consigue imaginar que también pude haber sido víctima de mi padre". Dos cartas furtivas que Dominique envía a una amiga de la familia ahondan la zanja. A finales de noviembre del 2020, escribe sobre su esposa, la destinataria obvia: "seguirá siendo mi amor eterno, es una santa que no supe conservar". Palabras que afloran la nostalgia en <strong>Gisèle</strong>, aflojan su firmeza. "Trata de convencerse de que el hombre al que amó durante tantos años no siempre ha sido un criminal sexual tan depravado". En enero del 2021, el padre propala que "su vida está en peligro" en la prisión por la "saña" de Caroline contra él. Nada sucede. La hija concluye: "mi padre ha creado dos bandos en la familia": <strong>Gisèle </strong>y <strong>Florian</strong>, benévolos; <strong>David </strong>y <strong>Caroline</strong>, intransigentes. "Ha dañado lo que más quiero: nosotros". </p><p><strong>Darian </strong>remató <em>Y dejé de llamarte papá </em>en 2022. Cuando expiraba 2024, terminó el juicio de "la cobardía" de <strong>Dominique </strong>y otros cincuenta acusados que lograron identificar: agresores de entre veintidós y setenta y un años, próximos a Mazan, con oficios diversos. <strong>Gisèle</strong>, los tres hijos del matrimonio disuelto en 2021 y las nueras les imputaron delitos de violación, intento de violación y agresión sexual. Violaciones consumadas de la madre, no probadas de la hija. <strong>Gisèle </strong>pidió abrir las puertas del tribunal para ventilar su caso. "Sacrificada en el altar del vicio", desdeñó ocultar su rostro y su mirada durante la ceremonia judicial. Desempolvó un lema proferido cincuenta años atrás por la abogada <strong>Gisèle Halimi</strong>: <em>que la vergüenza cambie de bando</em>, que torture a los delincuentes, no a las víctimas. El grito recobrado permeó el mundo. Castigaron a todos, ninguno se arrepintió. Condenaron a Dominique a veinte años entre rejas, la máxima pena por estos delitos en Francia. "Acabarás solo como un perro", sentenció Caroline. "Siempre acabamos solos", alegó Dominique.</p><p><strong>Darian </strong>empeñó dieciséis meses en redactar este <em>libroterapia. </em>Destiló las palabras y el alma para purgar su dolor. Un proceso inconcluso porque el pasado no muere, acecha. Su siguiente afán, relatar el juicio que no cerró su caso particular. "Yo estoy llena de noche". Fundida a instantes de oscuridad. Encadenada a sus sospechas.</p><p><em>* </em><em><strong>Prudencio Medel</strong></em><em> es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 05 Feb 2025 20:00:41 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Prudencio Medel]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La vergüenza de saber quién eres]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Francia,Violencia género,Violencia machista]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Las sospechas del agua]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/sospechas-agua_1_1932741.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/11a801af-7a9b-4714-a4e8-e51e86778e99_16-9-discover-aspect-ratio_default_1016928.jpg" width="1073" height="604" alt="Las sospechas del agua"></p><p><strong>Editorial Lumen (2025)</strong></p><p>Hasta que la muerte os separe apenas duró. Ni siquiera un día. Si acaso la noche del 12 de junio de 1950. Ariah Erskine-Littrell antes de esposarse, a los veintiueve años, llevaba "veintiuna horas casada cuando se enteró de que su marido se había suicidado en la catarata Herradura", una de las tres cascadas matrices que se desploman en el "agua hambrienta" del <a href="https://www.penguinlibros.com/es/literatura-contemporanea/354675-libro-niagara-9788426431066" target="_blank"><em>Niágara</em></a>. Gilbert, su efímero esposo, se despeñó en un clavado mortal apesadumbrado por el peso del rigor en su alma. A los veintisiete años, quebró su mente y su médula en las quebradas de rocas, espuma y agua. El vértigo de no ser.</p><p>"Había vivido un día y una noche de más". A Gilbert, clérigo presbiteriano, como su padre y el de Ariah –muñidores del enlace instantáneo–, le sobraron la boda y su noche sin destreza ni consumación. En la suite nupcial Rosebud (como el trineo del <em>ciudadano Kane</em> niño), él "no había dicho: 'Te quiero, Ariah'. No había mentido". "Ella tampoco había susurrado: 'Te quiero, Gilbert', como había ensayado". Omisión sincera. Sí hubo trazas, o sucedáneos, de deseo en la esposa virgen. Ninguno en su cónyuge fugaz: sus ansias se habían fugado con el enamoramiento, tampoco colmado, de otro seminarista. Una luna de amargura por transgredir su identidad sexual. Gilbert resumió su imposible en una nota para Ariah: "He intentado quererte". Los sentimientos arrebataron la vida al credo: "Dios jamás le perdonaría, pero le concedería la libertad. Esa era la promesa de las cataratas". Su desdicha lo arrojó a "la paz del olvido".</p><p><em>La Recién Casada Viuda de las Cataratas. </em>Así titularon a Ariah. Restallante como el eco de los seis kilómetros de cascadas en la linde de Estados Unidos y Canadá. Parecido al dolor de la mexicana <strong>Rebeca Méndez</strong>, la "loca del muelle de San Blas": dos mil largos domingos, vestida de novia, esperó la venida de Manuel, el pescador que ella quiso y el mar asfixió. La espera de Ariah, sin amor ni desespero, se demoró dos domingos. Apareció Gilbert en el remolino del Diablo. Lo reconoció por su "mueca de enojo". Ya viuda oficial, pero no libre: "sé que estoy condenada". "Gilbert ha decidido dejarme sola y permaneceré sola". Las garras de la fe, el desgarro del destino.</p><p>No duró su soledad. Su aguante, mientras buscaban aguas abajo, sedujo a Dirk Burnaby, abogado de litigios a favor, dandi y rico innúmero. Un contraste con la austeridad de la presbiteriana viuda, cantante de un coro religioso y aficionada al piano. Disparidades que no obstruyeron su maridaje. Se explayaron el uno en la otra, ella en él. De repente. "No hay tiempo para un noviazgo. Dirk y yo no creemos en esas costumbres burguesas". Precipitaron su matrimonio unos días más tarde de hallar el cuerpo del marido precipitado. "Se casaron y Dios no tuvo nada que ver con su felicidad". Pero la mente de Ariah le aguó el horizonte. "Una parte de ella sabía que también la abandonaría". Augurio y castigo. </p><p><strong>Joyce Carol Oates </strong>creció en el norte del estado de Nueva York, cerca de las turbulencias de <em>Niágara.</em> Desentraña la turbiedad del pasado en ese lugar. Remite al inicio de los sesenta del Veinte. En su relato, Ariah y Dirk tienen tres hijos: Chandler, Royall y Juliet. Una enigmática Mujer de Negro –será Nina Olshaker después– merodea cerca de la oficina del letrado, que la ignora con un aderezo de indiferencia y altivez. La clienta en ciernes protagoniza el giro social de la novela. <strong>Oates </strong>la perfila como dorso de Ariah y trasunto de<strong> Lois Gibbs</strong>, mujer real, origen de una lucha inagotable. </p><p>La causa de dos mujeres. Nina, inventada, madre de tres niños: una hija de tres años murió de leucemia.<strong> </strong>Lois, histórica, ama de casa con estudios de secundaria, ha fecundado a Michael y Melissa. Nina y Lois viven en el Canal Love de Niagara Falls. Sus maridos trabajan en las fábricas químicas que han desbordado el paraíso de las cataratas. Las separan una década y el grado de la tragedia -a Lois no la mordió la muerte- sufrida en el vertedero de residuos donde se asentaban sus casas y el colegio de sus criaturas. </p><p>El muladar manó más de medio siglo después de la construcción de un cauce que mezclaría las aguas del lago Ontario y el río Niágara. Un caz faraónico, promovido por<strong> William T. Love</strong>, para regar el semillero industrial plantado en torno a las cataratas. La falta de financiación empantanó la acequia, la dejó a medias. Inservible para el trasvase. Útil como escombrera de la empresa Hooker Chemical: echó veinte mil toneladas de desechos en el canal. El germen de un daño que conocían la industria y el gobierno de Niagara Falls cuando, en 1953, expropió la cacera para construir escuelas y viviendas. Hooker Chemical se lavó las manos por los potenciales perjuicios. Sellaron el traspaso por un dólar y enterraron el basurero. Bajo toneladas de tierra, subsistieron doscientas sustancias químicas. Y residuos nucleares de los ensayos atómicos en Nevada. Los imaginaron inertes, pero eran larvas de veneno. </p><p>El mal soterrado llegó con la lluvia. Lombrices imperceptibles de líquido negro y hedor rompieron las cápsulas de arcilla. Reptaron por habitaciones, aulas y calles. Nina sospechó que emponzoñaron la sangre de su pequeña. "Este lugar la envenenó… Solo quiero justicia… No quiero alivio". La Mujer de Negro ya no fue invisible para Dirk. El defensor de causas victoriosas asumió un perdido caso colectivo: demandó a los <em>siempreganadores. </em>"Lo que estoy haciendo es seguir mi instinto por una vez. No el camino del dinero. Mi conciencia". Se desclasó, desencadenó la toxicidad en su ambiente de cuna. "Se destruiría a sí mismo, y su matrimonio, en la causa perdida del Canal Love". Los legajos del pleito lo absorbieron. Detectó los defectos emanados de las sobras subterráneas de un desarrollo sin riendas. "Abortos, niños nacidos muertos, deformes de nacimiento… Trastornos neurológicos... Cánceres de todo tipo". Las pruebas para un proceso sentenciado por Ariah, que ve cumplido su presagio: "te has ido de la familia. Nos has traicionado". Y por un juez fiel al rastro de los apellidos y los dólares. El fallo negativo desquició a Dirk, arruinó su carrera y "su vida". Al poco, el abogado a contracorriente cayó con su coche de lujo en los torrentes del <em>Niágara. </em>Un camión de una química y un vehículo policial circulaban a su lado. Jamás encontraron a Dirk: abandono absoluto. La sospecha del agua.</p><p>Mediados los setenta, Michael Gibbs sufrió convulsiones. Como Nina, su madre atribuyó los espasmos a la contaminación afluida del subsuelo. La espita que transmutó a la tímida Lois en una activista medioambiental. Sumó adeptos a su empeño. Protestaron. Convencieron al estado de Nueva York de que denunciara a las industrias que engendraron el tósigo. El tribunal condenó a los dueños de Hooker Chemical a pagar doscientos millones de dólares para desintoxicar aquellos espacios. Al tiempo, reubicaron en sitios limpios a más de novecientas familias. Se cerraron casas y algunos colegios. <strong>Jimmy Carter,</strong> presidente de Estados Unidos, declaró zona catastrófica el Canal Love. El asunto sentó precedente legal: prohibido edificar sobre cementerios de residuos. Y en la ficción: <em>Envenenados </em>y <em>Poisoned Ground </em>sobre canal Love, <em>Eric Brockovich, Aguas oscuras, Goliath… </em></p><p>La prolífica <strong>Joyce Carol Oates </strong>expone el balance de daños infligidos por los plutócratas a los aspirantes a clase media. En sus más de cincuenta novelas proyecta las pesadillas de un sueño americano plagado de inmundicia. (Los oligarcas de hoy surgen allí, pero son globales: atrapan el mundo con sus redes y se conceden la bula para desdeñar la verificación. La verdad no predomina en su universo). Desemboza el espejismo. Al final de <em>Niágara, </em>homenajea al abogado que rebasó las leyes de su casta. "Tal vez el amor es siempre perdón, hasta cierto punto". La catarsis de las cataratas.    </p><p><em>* </em><em><strong>Prudencio Medel </strong></em><em>es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 22 Jan 2025 20:00:40 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Prudencio Medel]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Las sospechas del agua]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura estadounidense]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Los internacionales del bisiesto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/internacionales-bisiesto_1_1919415.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/882980e9-4acf-4b07-b067-078ad275d01f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los internacionales del bisiesto"></p><p>El instinto bélico y la metralla de rencor han estremecido muchas páginas durante el 2024. El ataque japonés a Pearl Harbour, a finales de 1941, provocó el encierro en campos de concentración de nipones migrantes en Estados Unidos. Cercaron uno de estos centros de venganza y vergüenza en California, sobre un secarral porque Los Ángeles, ciudad deslumbrante y líquida, absorbía el agua rural. Sed que asedia. “No puedes salvar lo que no amas”, sostiene <strong>Marianne Wiggins, </strong>en <em>Las propiedades de la sed </em>(Asteroide). </p><p><em><strong>El abrazo</strong></em><em> </em>(Alfaguara)<em>, </em>de Anne Michaels,<strong> </strong>arranca en el anterior estrago, la Primera Guerra Mundial. “¿Por qué habríamos de creer que la muerte dura para siempre?”, cavila la novelista y poeta canadiense. Desarrolla y desenlaza el enigma entre los brazos de cuatro generaciones de mujeres, que palían la violencia con evocación solidaria: “¿… qué ocurre cuando somos recordados?” </p><p>Nacida cuando todo estalló, <strong>Margaret Atwood</strong> entresaca el conflicto que acribilló el mapamundi a mediados del XX. Rememora a los que militaron contra el espanto. Quienes volvieron del frente jamás fueron los mismos que se fueron. Lo narra en <em><strong>Perdidas en el bosque</strong></em><em> </em>(Salamandra). Semejante a una novela sobre las vicisitudes de una pareja, entreverada por relatos. Alguno, con los mimbres futuristas de <em><strong>El cuento de la criada</strong></em><em>. </em> </p><p><em>La hora del destino </em>(Alfaguara),<strong> </strong>cuarta y penúltima entrega de <strong>Antonio Scurati</strong> sobre <em>M.</em>: <strong>Mussolini</strong>. El fundador del fascismo pende del cordón umbilical de Hitler, ejerce de secuaz del alemán. Con un ejército inane, el italiano multiplica sus enemigos declarados para obtener una mayor porción del hipotético botín. Se estamparon contra el muro de nieve soviético. Uno de los campos de batalla de los trasalpinos, Etiopía, fue antes el trono de <em>Theodoros </em>(Impedimenta), un emperador de cruz y crudeza, creado por el rumano <strong>Mircea Cartarescu</strong>. Le inspira un personaje real, apenas una apariencia en esta épica de tanta sangre como soledad.                                                                                                  </p><p>Huesos más recientes, desechados pero sin olvido, emergen en <em>Imposible decir adiós </em>(Random House), de la Nobel del curso, la surcoreana <strong>Han Kang. </strong>La memoria contra las atrocidades en un país donde han revocado la penúltima pulsión totalitaria. Como en <em>La vegetariana </em>y <em>La clase de griego</em>, las mujeres asumen la búsqueda de la razón. Existencias insólitas como la de <em>La soldada </em>(Periférica) israelí <strong>Paulina Tuchschneider</strong>. La obligatoria supresión de la identidad en un conflicto cotidiano con quienes visten idéntico uniforme. En medio, la tensión pertinaz por la contienda de su país contra Hezbolá en el Líbano. El terror que ocasiona recuperar el territorio enajenado lo encabeza Fernand Iveton, único francés guillotinado por respaldar la independencia de Argelia, donde nació. <strong>Joseph Andras </strong>rememora la decapitación en <em>De nuestros hermanos heridos </em>(Anagrama). </p><p>En arenas argelinas germinó el integrismo de los asesinos de doce periodistas y dibujantes de <em>Charlie Hebdo</em> en enero de 2015, en París. En noviembre, nueve intransigentes islamistas cometieron la mayor matanza de la Francia continental: murieron ciento treinta personas, la mayoría en la sala Bataclan. <em>Integristas, os odio </em>gritó la francomarroquí <strong>Leila Slimani, </strong>en uno de los artículos incluidos en <em>El diablo está en los detalles</em> (Cabaret Voltaire).<em><strong> </strong></em>Palabras contra el dogmatismo, que laceró el cuerpo y cegó un ojo de <strong>Salman Rushdie</strong> el 12 de agosto de 2022, en un anfiteatro de Chautauqua, estado de Nueva York. En <em>Cuchillo </em>(Random House) narra, por primera vez, cómo quedó del lado de la vida por “un milímetro tal vez”. Las puñaladas de “A.” (su asesino frustrado) cumplían la condena a muerte, dictada por Jomeini en 1989, por <em>Los versos satánicos </em>del escritor indobritánico. Erradicar radicales de teocracias y tiranías: objetivo de una primavera árabe de revoluciones melancólicas. Libia, un paradigma de ineficacia. Un escenario de <em>Los amigos de mi vida</em> (Salamandra), de <strong>Hisham Matar. </strong>Londres es otro. <strong>     </strong></p><p>Las convulsiones íntimas y de la sociedad victoriana en la capital británica componen el telón de fondo de la <em><strong>La impostura</strong></em> (Salamandra), de Zadie Smith. Un retrato del arte del engaño para lograr una fortuna<em><strong> </strong></em>que se propone desenmascarar la protagonista. Aunque precise de la simulación para lograrlo, como la joven Veronica de <em>Nada es verdad </em>(Asteroide), de la italiana <strong>Veronica Raimo. </strong>La familia, cuando gripa su motor y mengua el crecimiento. Lo experimentó la adolescente <strong>Annie Ernaux. </strong>Desterronó su “mejor agosto” en <em>Lo que ellos dicen o nada </em>(Cabaret Voltaire): despertó el deseo, nacieron los secretos. A sus padres “se les escapó el cuerpo” de su hija. La decisión sobre los misterios de la carne y la piel, la propiedad de lo, quizá, más propio de una mujer, el embarazo. Y su reverso, el aborto voluntario. Los tiempos de interrupción prohibida en Francia son contexto y tema de <em>El silencio y la cólera </em>(Salamandra), segunda toma de <em>Los años gloriosos, </em>de <strong>Pierre Lemaitre. </strong>El edadismo de género en las relaciones: voraz con ellas, benévolo con ellos. Uno de los ángulos de <em>Intermezzo</em> (Random House), de <strong>Sally Rooney</strong>. También quiebra lo femenino, cuando condena, el estigma de la estética: <em>La inquebrantable belleza de Rosalind Bone</em><em><strong> </strong></em>(Siruela), de <strong>Alex McCarthy.</strong>   </p><p>La maldición de nacer negra y esclava. Un infierno original que se puede apagar con un carácter resistente a la derrota de serie y destino. Lo narra <strong>Jesmyn Ward </strong>en<strong> </strong><em>Este mundo ciego</em> (Sexto Piso). Mark Twain del revés. La metamorfosis de Jim, de<em> Las aventuras de Huckleberry Finn. </em>Ahora, <strong>Percival Everett </strong>desclava de su destino al esclavo. <em>James</em> (De Conatus) representa el ascenso social que otorgan el saber y la perspectiva.    </p><p>Afroamericanos libres, negros como él -y como <strong>Ward </strong>y <strong>Everett-</strong>, son los personajes de <strong>Colson Whitehead</strong>, en <em>Manifiesto Criminal </em>(Random House). Negocian su vida con trampas y trompicones en el Harlem violento de los setenta. El baile por una pervivencia amueblada de Ray Carney comenzó con <em>El ritmo de Harlem. </em>Más clase media<em>, </em>el Brooklyn de <strong>Paul Auster. </strong>Con dolor y un tratamiento extenuante contra el cáncer, escribió <em>Baumgartner </em>(Seix Barral),<em> </em>una novela sobre la memoria y la muerte, un testamento antes de caer en el “gran vacío”. La enfermedad, también, hiere <em>Sé mía</em><em><strong> </strong></em>(Anagrama), de <strong>Richard Ford</strong>. El último viaje de Frank Bascombe con su hijo, que padece ELA. Una reflexión sobre la felicidad encaminados hacia el monte Rushmore, labrado con las efigies de cuatro presidentes básicos de Estados Unidos. Un país con dos fértiles colonias provenientes de Irlanda e Italia. Coinciden en <em>Long Island </em>(Lumen), donde <strong>Colm Tóibín </strong>continúa su<em> Manhattan. </em>Y divergen porque mantienen sus códigos singulares y un pasado de retorno constante a la raíz. Mafiosos irlandeses campan con sus normas sin reglas en <em>Golpe de gracia </em>(Salamandra). <strong>Dennis Lehane </strong>narra el rechazo de los padres de alumnos blancos católicos a compartir aulas y autobuses con estudiantes de diversas razas y creencias. Deploran el fin de la segregación.  </p><p>Las inquietudes sociales atraviesan la novela negra. Los recintos arqueológicos griegos atraen inversiones especulativas. Las quieren enterrar un grupo de mujeres: <em>La revuelta de las cariátides </em>(Tusquets), de <strong>Petros Márkaris</strong>, una vuelta del comisario Kostas Jaritos. <em>El rey de Os </em>(Reservoir Books), del poliartista <strong>Jo Nesbo. </strong>La construcción de una autopista estatal que atravesará uno de los múltiples espacios vacíos de Noruega, donde dos hermanos con trayectoria opaca rigen una gasolinera y un balneario. Previa a la reciente caída de la dictadura de<strong> Bachar Al Assad</strong> en Siria, una obra de <strong>David McCloskey</strong>,<strong> </strong>exanalista de la CIA. Gestó allí <em>Estación Damasco</em>, una intriga de espías, secuestros y represión de manifestaciones, con armas químicas incluso. La ficción aventura la realidad, que urde acontecimientos para voltear la historia. </p><p><em>* </em><em><strong>Prudencio Mede</strong></em><em>l es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 24 Dec 2024 10:30:28 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Prudencio Medel]]></author>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los huesos fríos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/huesos-frios_1_1913808.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/a14d04a1-30e8-4f0b-80e9-b0b5e6457a20_16-9-discover-aspect-ratio_default_1016382.jpg" width="1071" height="602" alt="Los huesos fríos"></p><p><strong>Random House (2024)</strong></p><p>Corea del Sur queda a trasmano, en un extremo del atlas. Donde amanece el mundo y, sin embargo, la violencia ha teñido de ocaso parte de su historia. Sombras por debajo del paralelo 38, cercanas por paralelismo: los fusilamientos, las fosas comunes, la búsqueda de los familiares asesinados, la reunión de los huesos. "Los restos óseos… Seres que ya no eran humanos… Mejor dicho, seres que eran más humanos que nunca". Los fragmentos de quienes desaparecieron mantienen, allí como aquí, el ADN de la limpieza ideológica, la atrocidad. Cuentan.</p><p>Lo onírico. La reciente Nobel surcoreana<strong> Han Kang </strong>soñó con unos troncos negros en una ladera. Árboles truncados, "como personas de diferentes edades". Una pesadilla ocasionada al desbrozar la represión sangrienta contra quienes se opusieron a la dictadura del general Chun Doo-hwan, en las calles de Gwangju, durante diez días de mayo de 1980. "La muerte pasó a mi lado a una velocidad vertiginosa, sin la menor vacilación o remordimiento". La sangre de aquellos <em>Actos humanos</em> en la ciudad donde, diez años antes, nació la escritora, remontó tres décadas y desembocó en Jeju. En un lugar montañoso de esta isla volcánica -y turística ahora-, la más meridional del país, vive Inseon. Es amiga de la narradora, Gyeongha, residente en Seúl, ocupada en redactar una novela y su testamento, aún sin destinatario, en un verano sofocante. "No me había reconciliado con la vida, pero debía seguir adelante". Retornar al antes para avanzar.</p><p>La ficción. Estas dos mujeres se conocieron al graduarse en la universidad. Juntas, elaboraron reportajes mensuales para una revista, durante tres años. Gyeongha, redactora. Inseon, fotógrafa. Luego, Inseon, hija única, regresó al pueblo para atender a su madre, anciana y demente. Las reporteras alimentaron la relación dos décadas más. Cuando la periodista relata a la retratista su desasosiego con las toconas sin rumbo, conciben una instalación. Cuatro años postergada, pero con nombre. "¿Cómo se llama?... Nuestro proyecto. <a href="https://www.penguinlibros.com/es/literatura-contemporanea/357038-libro-imposible-decir-adios-9788439745006?srsltid=AfmBOormID-k67YH6nW7aVXvZf9qhZoEucVRYwqvq5ngTWpJUiFY_pqR" target="_blank"><em>Imposible decir adiós</em></a><em>".</em> "¿Te refieres a que no puedes decir adiós, o a que no quieres despedirte?". Incapaces de desarraigarse de las toconas cercenadas. No pueden dejarlas a la deriva. </p><p>Las coordenadas de lo fortuito. Inseon atendió a su madre. Realizó documentales protagonizados por mujeres mayores: "violadas por soldados coreanos durante la guerra de Vietnam", uno; una anciana senil que había luchado en Manchuria, otro. Ahora, es carpintera. Mientras serraba madera en su taller, se cortó dos dedos de la mano derecha. La ebanista, que "jamás habla por hablar", llama a la narradora. Su "¿puedes venir a verme?" suena imperativo. En el hospital donde le han reimplantado las puntas cercenadas del índice y el pulgar, la artesana suplica a la periodista que vaya a su casa aislada y cuide su cotorra. "Nunca me había pedido un favor tan grande". Aceptó el pasaje a la memoria. </p><p>La dimensión de la nieve. Fuera y dentro de los párpados. La tibieza que la derrite, la muerte que la consolida. Nieva ralo, nieva espeso en <em>Imposible decir adiós</em>. El principio y fin de los copos. El "espacio intermedio que llena el espacio vacío de esta historia, el espacio que Dios podría ocupar", interpreta <strong>Han Kang.</strong> Cristales geométricos, símbolos, como los pájaros, de su budismo atenuado. Vuela de Seúl a Jeiju en el último avión. Por la nieve, una presencia frágil y persistente. Gyeongha aterriza. Toma un autobús con destino a los montes de lava gélida. Se apea desorientada: los ventisqueros borran los caminos. Aterida y aturdida, llega a la casa de Inseon. No podrá cumplir su encomienda: la cotorra no pía, yace "sin tibieza". El contratiempo de la nieve. Sepulta el pájaro al lado del tronco de una palmera. Una tumba reconocible.                                                       </p><p>Las sombras de una llama corta de mecha y cera. Prende una vela porque el móvil ha consumido su batería. En la penumbra, se topa más de un centenar de gajos apilados de árboles, "semejantes a trozos de un gigante descuartizado… parecían reprimir una trepidación interior". Inseon los ha labrado para culminar el <em>Imposible decir adiós </em>imaginado con Gyeongha. En esa perplejidad difusa, la amiga herida aletea en la casa como una idea aliquebrada. "Si Inseon se había aparecido como espíritu, yo debía estar viva; pero si era ella la que estaba viva, yo debía haber llegado allí como un espíritu". Lo alegórico y lo real: lumbre que alumbra sombras.</p><p> Ilumina cuevas de verdad vertida en cloacas de mentira. Encuentra recortes de periódicos y documentos recopilados por la madre de la ebanista. Fue memoria cuando aparentaba pusilanimidad. Dormía con una sierra debajo de la cama para ahuyentar pesadumbres. Inseon la odió tanto como a sí misma. Con diecisiete años, huyó de la casa materna "para poder vivir". Cuando retornó para ampararla descubrió a una mujer obstinada en esclarecer la brutalidad que casi aniquiló su linaje. "¿Continúa el deseo de ver cuando no se es más que una sombra?". Hurgar recuerdos entre escoria y ceniza.  </p><p>Entre 1948 y 1949, recién creada la República de Corea del Sur, el dictador <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Syngman_Rhee" target="_blank">Syngman Rhee</a> ordenó "exterminar a todos… los rojos". Un propósito anticomunista común con Estados Unidos. "El gobierno militar estadounidense ordenó poner fin al comunismo a toda costa".<strong> </strong>En Jeju, calcinaron treinta y ocho mil casas en doscientos setenta pueblos. Una de ellas, la de los abuelos de Inseon, fusilados, además, como su hijo mayor y su hija de siete años. Mataron a mil quinientos niños. Crímenes indiscriminados. Militares y policías asesinaron con método: "reunían a la población en el patio de la escuela y luego los mataban a todos en algún campo o playa de los alrededores". Los arrojaban al mar o los enterraban en fosas anónimas. Una de ellas, bajo la pista del aeropuerto de Jeju. Otra, en las galerías abisales de una mina de cobalto extinguida. Aquí hundieron los restos del tío de Inseon. "No queda un solo cuerpo que se conserve completo". Ajusticiaron a "treinta mil personas… También mataron a treinta mil personas en Taiwán, y a ciento veinte mil en Okinawa… Todos esos sitios eran islas, lugares aislados". El salitre de la vileza arribó al continente, descompuesto en la guerra de las dos Coreas. Más de dos millones de muertos en tres años.  </p><p>Los huesos fríos. <em>Imposible decir adiós </em>se despide del olvido. Una superviviente –ella y una hermana se salvaron porque no estaban en casa– rastreó su sangre escarchada cuando no la obstaculizaban las tiranías. Buscó para sentirse viva. Empeño que heredó Inseon. Se prolongó en Gyeonga, quien atestigua el espanto, la gangrena. Tríptico de mujeres, trinidad de símbolos:  <em>nieve, pájaro y llama.</em> Tres, la perfección para <strong>Han Kang</strong>. La primera asiática en recibir el Nobel literario elige protagonistas femeninas. <a href="https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/mutaciones_1_1905468.html" target="_blank"><em>La vegetariana</em></a><em> </em>y <em>La clase de griego </em>lo manifiestan. Personajes al borde de la irrealidad. Sus huellas palpitarán sólidas como una cencellada. </p><p><em>* </em><em><strong>Prudencio Medel </strong></em><em>es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 11 Dec 2024 20:00:52 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Prudencio Medel]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Los huesos fríos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Premios Nobel,Literatura]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[En un no-lugar del Oeste]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/no-lugar-oeste_1_1909875.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d92bd584-3d00-41d1-acf8-86613196a247_16-9-discover-aspect-ratio_default_1016279.jpg" width="1639" height="922" alt="En un no-lugar del oeste"></p><p><strong>Editorial Anagrama (2024)</strong></p><p>Un sin lugar singular… <em>Lo Intacto</em>, deshollado, casi nadie ha pisado, casi ninguno ha pasado, un hechizo de terreno abonable después de colonizarlo. Tierra a la vista. La familia Crow presencia el hallazgo: los padres y seis hijos, el mayor <a href="https://www.anagrama-ed.es/libro/panorama-de-narrativas/abel/9788433927316/PN_1135" target="_blank"><em>Abel</em></a><em>, </em>se adentran en esa región sin límites, sin mojones que la demarquen ni señales que la designen. John John, que encabeza el clan, "estaba viendo un proyecto donde aún solo había ausencia, una utilidad donde todo carecía de propósito, su propia fortuna donde no había más que hierba". Un explorador de lo inexplotado. El Oeste y, en su extremo más occidental, el océano, donde el continente estanca su avance. <strong>Alessandro Baricco</strong> ha elegido un dónde recio y un cuándo blando, porque el tiempo solo cuenta para remarcar las fases iniciáticas del protagonista y narrador de su destino.   </p><p>Un instante fronterizo en el día del descubrimiento. Un zumbido: bang. Por nada, apenas por un sin más, el padre apretó el gatillo sin tino contra su hijo David. Erró con el hierro y el plomo, pero enseñó a <em>Abel</em> la ejecución de un balazo, el oficio de herir y matar. "El alma percibe el momento en que el hombre al que disparas se alinea sin imprecisiones con el cañón de tu arma… un aliento fugaz, o un lazo invisible tendido entre tu corazón y el suyo". La geometría de un disparo en un segundo: el primogénito tenía quince años y noventa y siete días. En aquella llanura, aún yerma y muda, afloró su sino de pistolero. "Era el puro amanecer de un mundo. Todo lo demás sucedería después". </p><p>La paulatina invasión del Oeste descubrió que no lo dimensionaban solo la anchura y la soledad. <em>Lo Intacto </em>no era ni vergel ni virginal. Varios pueblos sin poblados lo habitaban dispersos, más nómadas que sedentarios. No habían inscrito parcelas de un ámbito inabarcable en ningún registro de la propiedad. "No había léxico en el mundo que nos rodeaba, y la gramática de la tierra tenía reglas completamente suyas". Desconocían la fórmula de alambrarlo en porciones privadas. Se organizaban y resguardaban en tribus. <strong>Baricco</strong>/<em>Abel </em>identifica tres etnias: absaroka, makah y nootka. "Ni siquiera se nos pasaba por la cabeza que fueran humanos". Recién llegados, los Crow, que trabajaban "como animales" para sobrevivir, no atribuyeron rango de personas a quienes les precedieron en la llegada con una antelación sin fecha. El desdén atrajo la pena. Los absarokas degollaron al padre, "diría que con hastío". Una muerte porque sí, sin causa específica. Sí la hubo en la matanza de nootkas, indígenas cazadores de cetáceos, que un día viajaron de la costa a una localidad minera del interior. Aunque desarmados y silenciosos, infundieron miedo, abrumaron. Los trabajadores de los yacimientos consideraron la presencia callada de los balleneros una provocación suficiente para balearlos. "Morían sin una queja". Hasta que asomó la primera mujer nootka en el pueblo extractor. Lucía una larga cabellera gris, "sujeta con una cinta de piel humana". Impávida, suscitó el pavor y el abandono de las minas y las casas. Todo se desmoronó, acabó en polvo, quedó en nada. </p><p>Un semillero de puntos y aparte. La muerte del padre atropelló el crecimiento natural de <em>Abel</em>. Devoró etapas "en las grandes soledades donde primero fui un niño, luego un hombre a los once años y al final un anciano a los diecinueve". Galopa hacia su destino. Viejo prematuro antes de la veintena, se convierte en "el mejor pistolero del Oeste". Mata en los lugares comunes del género: a las puertas de un banco recién atracado; en un salón donde estallan los excesos de bebida, carne y azar; en una calle donde las diferencias se baten en duelos sin padrinos; en las madrigueras de los forajidos al final de su huida. Dispara por la ley -ayuda al sheriff, será sheriff- o porque siente "una vibración". Impelido por el ímpetu.</p><p>O por el espíritu. Filósofo antes que escritor, <strong>Baricco </strong>zurce un wéstern desde las ideas, cosidas con munición. <em>Abel </em>conoce a un chico, el <em>Maestro, </em>a quien unos piratas arrancaron la mirada y le vaciaron la capacidad de leer. El tirador guía al ciego por los pensamientos de <strong>Platón</strong>, <strong>san Anselmo</strong>, <strong>Spinoza </strong>y, sobre todo, de <strong>Hume</strong>, el empírico del antes que ocasiona -o no- un después. Los conceptos proyectan la reflexión entre los proyectiles. "No hay nadie que conozca el miedo como los pistoleros que no tienen miedo". Tras matar, no habla, no duerme. Piensa en su víctima como parte de sí mismo: "una única curvatura del mundo". Dibuja el tiro perfecto, el <em>Místico</em>. Dos pistolas para un disparo dual<em> </em>para doblar la muerte. Bang-bang, a la par. Con la izquierda, ataca al delincuente de la derecha; desde la derecha, al bandido de la izquierda. Balas cruzadas para clavar su carrera de justiciero. Enfunda las pistolas, entrega su estrella de sheriff. "No volveré a disparar nunca más y nada podría cambiar este destino mío". A sus veintisiete años, nace la leyenda del <em>Abel </em>no bíblico, sin Caín.                                                                           </p><p>La llamada de la sangre, la propia, gastará, sin embargo, los siete cartuchos que le quedan en la recámara. Gira el tambor del arma, gira la rueda del alma. La voltean las mujeres de este wéstern femenino con un hombre en primer plano. La única hija de los Crow, Lilith, embebida por "el arte espinoso de ver el futuro", convence a sus cuatro hermanos vivos -un pastor religioso, un propietario de minas, un cartero loco y el ex pistolero<em>- </em>para rescatar a su madre del patíbulo. Un juez la ha condenado a la horca por robar un caballo para preñar dos yeguas suyas. De nada le sirvió devolver el semental a esta mujer que cometió incesto con sus vástagos para caldearlos durante la gran helada. Los dejó solos con el deshielo. "Quizá no haya nada como la cara de tu madre cuando ya no es tu madre desde hace mucho tiempo". También pasa "por mi vida, sin detenerse", Hallelujah, la única mujer "que he amado". Una relación de venir, estar poco y marchar, con esta joven "infinita", blanca, que vivió tres años entre los indios dakotas. La única que le apuntó: "Disparar es una condena". </p><p>El sur en el mapa, un lugar al otro lado de la línea transparente trazada en esta novela. De marchas y retornos por baldíos sin cercar. Como en las películas de <strong>John Ford</strong>, <strong>Sergio Leone </strong>o <strong>Fred Zinnemann</strong>. Y en quienes encarnaron sus personajes, <strong>Clint Eastwood</strong>, <strong>John Wayne</strong> o <strong>Gary Cooper</strong>. "Siempre he sabido que la frontera es lábil", constata <em>Abel</em> cuando escoge México como refugio. Hacia allí pretende deslizar su "vida al revés". Al margen de la norma como si lo hubiera presentido en la primera conversación con Hallelujah, cuando le interpeló: "¿Hay un lado justo?". <em>Abel</em>: "El de la ley". Hallelujah: "Ah, ese". Más indiferencia que desprecio. La escapada hacia abajo simboliza también la última parada, la estación de <em>Solo ante el peligro</em>. Tictac. Después de tanta aritmética del fin, se sienta en una silla de montar. Una alegoría de la rendición de cuentas. Purgará las heridas <em>miguelhernandianas</em>: "la del amor, la de la muerte, la de la vida". El huevo, la larva y el gusano. Los hilos de <em>Seda </em>encapsulan la violencia de <em>Abel. </em>Inerme, las ideas son sus armas.</p><p><em>* </em><em><strong>Prudencio Medel</strong></em><em> es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 04 Dec 2024 20:00:47 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Prudencio Medel]]></author>
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      <media:title><![CDATA[En un no-lugar del Oeste]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Los puntos suspensivos de una postal]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/puntos-suspensivos-postal_1_1906150.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/7c19a2d3-9d2e-4bf6-803a-a8c6307ec1ac_16-9-discover-aspect-ratio_default_1016177.jpg" width="791" height="445" alt="Los puntos suspensivos de una postal"></p><p><strong>Libros del Asteroide (2024)</strong></p><p>"La vida es corta, pero no se la cuento a mis hijos (…) / El mundo es terrible / al menos en un cincuenta por ciento, tirando / por lo bajo, pero no se lo cuento a mis hijos (…) / Esto podría ser bonito, ¿a que sí? / <a href="https://www.librosdelasteroide.com/libro/podrias-hacer-de-esto-algo-bonito" target="_blank"><em>Podrías hacer de esto algo bonito</em></a>". Algunos de los versos de <em>Good Bones —</em>traducido como <em>Buenos cimientos</em>, mismo título del tercer libro de<strong> Maggie Smith</strong><em>—, </em>un poema publicado en una revista en 2016. Alcanzó cimas de viralidad, se coló por todas las rendijas, obtuvo repercusión universal, otorgó celebridad a la escritora. La aclamaron y reclamaron universidades y medios de comunicación. <strong>Meryl Streep </strong>declamó esta poesía en la gala anual de la Academy of American Poets. Comenzó a vivir de la palabra. Convulsionó su vida pública y, a la par, deshilvanó su vida privada.<em><strong> </strong></em>"Mi marido me dijo que yo era famosa… Oí: Ya no eres la de siempre; de alguna manera has desaparecido". El horcajo de un matrimonio donde ya no confluyen dos arroyos de caudal parejo. Ahora convergen un <em>amazonas </em>y un regato. </p><p>La escritora intuye ahí el punto de desencuentro, el nido de una brecha irrestañable. Quizá sí o, a lo peor, solo contribuyó a ahondar el barranco ya excavado entre Maggie y El Marido. Lo llama así, no lo nombra. Consciente ella de que el libro – dirigido, con apelación directa, a una "lectora", como si los lectores masculinos no pudieran empatizar- solo manifiesta su versión. "Esto no es una revelación total… es una revelación de lo mío" porque "solo tengo acceso a lo mío". Una mitad, la otra enmudece.</p><p>Una postal desencadenó la escisión. Mientras su marido y sus hijos dormían, no contuvo la curiosidad. El maletín de él presidía el salón. Imantó la mirada de ella. No resistió. No la cebó la sospecha, pero lo abrió. Descubrió unas líneas invocadas por una desconocida, que abocaron sus vidas a "la elipsis", a la pendiente de unos puntos suspensivos sin cifrar. "La traición es limpia". La Descubridora llama La Destinataria a la otra mujer: tiene hijos y una dirección postal a setecientos cuarenta y tres kilómetros, en otro estado. Lejos de Columbus, Ohio, "el corazón de todo", donde habitan una casa azul "vincapervinca". <strong> </strong>"Yo sabía que aquello no era ficción. Era su vida. Mi vida. La nuestra". Exigió explicaciones. Solo obtuvo un "no-es-lo-que-parece" y otro "tú-no-lo-entiendes". Réplicas rutinarias a un interrogatorio con pruebas que él destruyó después.  </p><p>"Estoy afuera con candiles, buscándome a mí misma". <strong>Maggie Smith </strong>acoge esta metáfora de <strong>Emily Dickinson</strong> para alumbrar las causas del engaño. Una encrucijada de dudas. Absorta en tinieblas ignoradas después de trece años de matrimonio, "una institución económica". Antes, lo había entendido como una convergencia de sentimientos. Dos estudiantes en un taller de literatura creativa. Ella, "progresista, proaborto, agnóstica, monógama", a sus veintitrés años, aspira a hacer de la poesía su razón de ser. Él, con veintidós, pretende representar sus dramas en teatros. Lo consiguió con "una obra sobre infidelidad, secretos y traición". Un "presagio". Al poco de conocerse, compartieron piso. Cinco años después, en una cabaña llamada Agridulce -mal agüero-, él le pidió casarse. El marido abandonó la literatura, desvió su destino hacia el derecho. Sería —es— abogado. Maggie sostuvo su inclinación literaria, trabajó en una editorial. En 2008, con sus profesiones embrionarias, fueron padres. Nació Violet. "Nunca había sentido un dolor tan exquisito y nunca lo he vuelto a sentir, al menos no físicamente", recuerda sobre un parto que luego la deprimió. "Se me llevó por delante igual que una ola colosal". Entonces, se agarró a su par. "Con qué fiereza me aferraba a él en aquel tiempo. Qué primitivo mi amor, qué palpable mi felicidad". Aún maridaban.  <strong> </strong></p><p>"Somos todos muñecas rusas y llevamos dentro las versiones previas de nosotros mismos. Llevamos dentro el pasado".<strong> </strong>El tiempo les horada. La autora se topa con su propio cambio al buscar los porqués. "La Esposa es más madre que esposa. Se produce un giro". Acaso un alejamiento o el hastío. No los alude. Comienza a cuajar su querencia: le conceden una beca de escritura, deja la editorial. "Lo celebran". Luego, vendrá la pesadumbre. Crecerá una <em>matrioska </em>parásita. El género les astillara. Él considera sustancial su desempeño como letrado. El sustento familiar. Ella cree esencial su vida entre letras. "Aposté por mí". El esposo urgirá a la esposa que regrese por contrariedades domésticas. "Mi trabajo invisible se volvía dolorosamente visible cada vez que salía de casa". Después de dos abortos espontáneos, llegará su hijo, Rhett. Renacerá la depresión postparto. "Renuncié a ingresos y a oportunidades profesionales, pero esos sacrificios no salvaron mi matrimonio". La permanencia apolillada.</p><p>"Sabíamos que con el tiempo querríamos cosas distintas. Y luego empezamos a desearlas". El umbral del desgaje de una relación de diecinueve años. En 2018, el matrimonio se "prolongó" en divorcio. Los jueces sentenciaron la separación después de una lucha extenuante. "Los dos nos quedamos con todo y con nada en absoluto, y eso es lo más rematadamente triste". Maggie rememora "su conversación más difícil", cuando revelaron el descasamiento a sus hijos. Un instante estelar de estas memorias de una ruptura es cuando el pequeño Rhett, a sus seis años, resume cuatro vidas: "tengo una mamá que me quiere y tengo un papá que me quiere. Pero no tengo una familia". Zanjada la unión de sus padres, para los dos niños se abrió una zanja de cientos de millas entre dos ciudades. Desamor que desarropa. </p><p>"Esta no es la historia de una buena esposa y un mal marido… Es la historia de una mujer que vuelve a ser ella misma". <strong>Maggie Smith</strong> no ha cejado en su búsqueda de los motivos que resquebrajaron un vínculo. Ha descrito su comezón y su afán por emerger de los añicos ocasionados por la quiebra en <em>No pares: notas sobre la pérdida, la creatividad y el cambio</em> y <em>No pares: el diario. </em>Un recurso frecuentado en los últimos años por escritoras -más que escritores-, que han acusado el impacto de la fractura. Con diferentes tonos. Desde la mordacidad de <strong>Nora Ephron</strong> en <em>Heartburn, </em>al dolor más enconado de los <em>Despojos, </em>de <strong>Rachel Cusk</strong>, y <em>El coste de vivir, </em>de <strong>Deborah Levy</strong>. La perspectiva de la mujer que ventila su yo tras desprenderse del nosotros fragmentado. Sin fragilidad. Candil con el pábilo encendido para rastrear por sus arterias cuando la pareja mengua y se apaga. </p><p>"No soy la mitad de nada. Lo que soy es singular. Un todo".<strong> Maggie Smith</strong> mantiene sus dudas y, a la vez, averigua una incógnita. <em>Podrías hacer de esto algo bonito</em> no refleja un absoluto. Sí un hemisferio, el de ella. Ausente la perspectiva de él. La llama no ha alumbrado todos los puntos suspensivos. Titila al doblar la esquina de la indulgencia: "ojalá me encuentre yo en un lugar de perdón". Tiembla cuando presiente el escondite del sosiego. "Esa es mi labor: buscar la paz, aun sabiendo que quizá la herida nunca se cierre del todo".<strong> </strong>La cicatriz de la libertad…  </p><p><em>* </em><em><strong>Prudencio Medel </strong></em><em>es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 27 Nov 2024 20:00:03 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Prudencio Medel]]></author>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La agonía de la calamidad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/agonia-calamidad_1_1901880.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/61edf35d-9ed6-460a-a3d7-95edca462749_16-9-discover-aspect-ratio_default_1016068.jpg" width="902" height="507" alt="La agonía de la calamidad"></p><p><strong>Antonio Scurati</strong></p><p><strong>Editorial Alfaguara (2024)</strong></p><p>La nieve, el hielo, la ventisca que congelan el tuétano a cuarenta bajo cero en los cercos a las soviéticas Moscú y Stalingrado. El sol que incendia la piel y la arena que succiona los pies en los desiertos norteafricanos de Tobruk y El Alamein. La lluvia glacial que germina barro y desorientación en la frontera de Grecia y Albania.<strong> </strong>Las montañas de los Alpes franceses donde los soldados y los mapas italianos pierden las coordenadas. La conjura meteorológica, la conspiración del clima extremo contra los más extremistas. Derrotas en los frentes. El pasmo en la frente de dos aliados irreconciliables, <strong>Hitler </strong>y <strong>Mussolini</strong>. "La carne contra el hierro".</p><p>Morder el mal infligido por nazis y fascistas, convencidos del fulgor de su victoria para sojuzgar el mundo. <a href="https://www.penguinlibros.com/es/literatura-contemporanea/350079-ebook-m-la-hora-del-destino-9788420477374?srsltid=AfmBOorV1O3mDADUw7bJwxzMSdGDr2RuvgOWovIV3zie1z6MbTpRtcdH" target="_blank"><em>La hora del destino</em></a><em>.</em> Rebajar el miedo al terror de unas doctrinas armadas, <em>su lucha</em>. "En el siglo XX las guerras no se ganan con los ejércitos sino con las ideologías". Idearios de sangre reducidos a un verbo. "Toda su esperanza humana se resume en esa palabra violenta y vulgar, a la que siempre ha entregado sus deseos, en la guerra como en el amor: aplastar". Scurati atribuye este infinitivo de infierno a Mussolini. Antesala del epíteto infinito de Hitler: exterminador, con acepción excluyente: "abrumar al enemigo por debajo de tu nivel de civilización. Aniquilarlo". </p><p>El <em>Führer</em> y el <em>Duce</em>, dos dictadores asimétricos sobre un Eje de ejércitos donde también milita el lejano Japón. "La Italia de <strong>Mussolini </strong>es el único verdadero aliado de la Alemania nazi". La impetuosa invasión germana de Polonia, Checoslovaquia, Austria, Holanda, Bélgica y, sobre todo, Francia enardece al italiano. Ansía participar en el festín del reparto. El 10 junio de 1940, declara la guerra a ingleses y franceses, ya vencidos, para sentarse a la mesa con una carta de reclamaciones más extensa. Mientras minan el mundo, los dos tiranos<em> </em>se reúnen quince veces. Dos islas de necesidad. El nazi apuntala al fascista para no duplicar el hundimiento. "<strong>Hitler </strong>cree en el destino. Cree que la caída del único hombre que no le hace sentirse solo en el mundo sería también la suya". No hay querer, solo egolatría.            </p><p>Las derrotas italianas –a los pocos meses de exhibir su furor guerrero– ceban la soberbia alemana, escudada en sus conquistas con militares mejor pertrechados. Pienso que engorda la desconfianza y el cinismo entre las dos partes de una misma trinchera. En la orilla fascista: "Mussolini siente que los intereses alemanes entran en conflicto con los italianos". <strong>Goebbels</strong>, artífice de la propaganda gamada, expresará la arrogancia aria: "los italianos han llevado a la ruina todo el prestigio militar del Eje… Son una raza neolatina". La alianza del desprecio tras el fracaso de las tropas mussolinianas en su intento –no anticipado al socio– de invadir Grecia. "La Italia fascista ha demostrado ser incapaz de librar su propia guerra por sí sola".<strong> </strong>El recelo, sustrato del rencor. El <em>Duce </em>descalifica al <em>Führer</em>: "Es un histérico… Demasiado me hizo sentir y pesar su bondad, su generosidad, su fuerza y superioridad". "Odio a los alemanes. ¡Este trágico bufón!", arremetió antes de avistar su propio desplome.                                                                                          </p><p>Nunca derivó en ruptura esta relación desequilibrada de dos de los mayores desequilibrados de todas las épocas. El envés<em> </em>de su perturbación fue <strong>Stalin</strong>. <strong>Hitler </strong>dobló el engaño. Al sátrapa bolchevique, con quien había pactado no agredirse, en 1939. Y a Mussolini, por no anunciarle su invasión de la Rusia soviética. El fascista está "en la playa con su familia" mientras desfila la <em>Operación Barbarroja</em>. "Las dos ideologías totalitarias del siglo… se aprestan a batirse". Los escuadrones y tanques nazis violan la frontera rusa el 22 de junio de 1941. Estalla "la batalla más colosal de la historia de la humanidad". Los alemanes la pronostican como una tormenta: "la Rusia de Stalin será borrada del mapa en ocho semanas". Aunque desavisado, Mussolini se acopla a la cruzada nazi-fascista contra el "marxismo asiático". "Una guerra de ideologías y diferencias raciales y tendrá que librarse con una dureza sin precedentes, despiadada y sin tregua", puntualiza el <em>Führer</em>. El paseo militar por los campos en verano les impide detectar el cepo urbano que los atrapará. Moscú y Stalingrado se acorazan. El otoño cae temprano y el invierno apresura su crudeza: apuesta todo al rojo para negar el negro. Diciembre de 1941. Decenas de miles de alemanes y de italianos perecen en la primera retirada. Una "legión fantasma" de blancos imperfectos abatida en la estepa blanca.</p><p>"Como piedra en el río", no regresaron. La muerte de sus soldados no nubló a <strong>Mussolini </strong>una sensación de íntima victoria. Miseria moral. A él, que ha somatizado otras pérdidas, la derrota alemana "lo hace feliz". Confiesa a <strong>Clara Petacci</strong>, su joven amante hasta sus finales: "quizá los alemanes comprendan que se equivocaron…" con Rusia. No. Retornarán, tropezarán en la misma helada. En febrero de 1943, Hitler escribe a Mussolini, "lucharé en el este, hasta que este coloso se derrumbe, y ello con o sin aliados". "Me pregunto si no es demasiado arriesgado repetir la lucha contra el espacio infinito y prácticamente inalcanzable y esquivo de Rusia", responde un <em>Duce </em>dubitativo. </p><p>El fascista no se desancla del nazi. Le sugieren una paz en solitario con los soviéticos. En mayo de 1943, el rey de Italia, <strong>Víctor Manuel III</strong>, le pide saltarse el Eje. "Deberíamos<strong> </strong>pensar muy seriamente en la posible necesidad de desvincular el destino de Italia del de Alemania".<strong> Mussolini </strong>se niega. "Hablar de paz por separado es de idiotas". Acelera la cuenta  atrás hacia <em>la hora del destino. </em></p><p>Veinte años de fascismo no sucumbirán por las derrotas en los reductos de un imperio menor en el norte de África. No los matará la traición de amigos asesinos en los Balcanes. No se acabarán por la impericia militar en las cordilleras de Grecia y de Francia. Los aplastarán la contumacia del pacto con Hitler y no levantar las levas del frente ruso. Los arrasará una alocada declaración de guerra a Estados Unidos cuando Japón atacó Pearl Harbor. Los acabará su enfrentamiento con la astucia británica. Los dinamitarán las bombas <em>aliadas </em>sobre Roma y Nápoles y Génova, y el desembarco en Sicilia.<strong> </strong></p><p>"Todo se quiebra, se hace añicos en mis manos… Todo ha sido inútil… Sí, soy un fracasado", confiesa <strong>Mussolini </strong>a <strong>Petacci</strong>. Diecinueve fascistas –de veintiocho posibles– apuntillan a su<em> Jefe, </em>"solo entre todos ellos". El momento<em> M.</em>, las dos y media de la madrugada del 25 de julio de 1943. Concluye "un instante en el tiempo y toda una era, un recuerdo confuso y una melancolía creciente, un día y toda una vida". A las cinco de la tarde, el monarca lo descabella. Lo trasladan en una ambulancia a la Academia de carabineros, su cárcel provisional. "El inventor del fascismo ha caído así, sin hacer ruido". <em>Duce </em>sin atributos.</p><p>Queda colgar el desenlace de <em>M.</em>, pendiente para abril del 2025, ochenta años después de la liberación de Italia y de Europa. El último destino del <em>hijo del siglo</em>. Tres mil páginas de una saga donde perciben su reflejo los fascinados por el fascismo. Vetan a <strong>Scurati </strong>desde el poder ultra en su país. Populismo que carcome el sistema desde el sistema. Aniquilar ideas. Blanquear las camisas negras o pardas o azules. Camadas de calamidad. </p><p><em>* </em><em><strong>Prudencio Medel </strong></em><em>es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 20 Nov 2024 20:00:10 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Prudencio Medel]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura europea,Segunda Guerra Mundial]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Crecer durante el letargo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/crecer-durante-letargo_1_1897131.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/9d414c40-c56b-473e-8220-13db8dc947f7_16-9-discover-aspect-ratio_default_1015947.jpg" width="722" height="406" alt="Crecer durante el letargo"></p><p><strong>Corina Oproae</strong></p><p><strong>Editorial Tusquets (2024)</strong></p><p>"Cuando esta farsa acabe". A primera hora de la tarde del día de Navidad de 1989, <strong>Nicolae Ceacescu</strong>, presidente de la República de Rumanía y <em>Danubio azul del socialismo, </em>medalla que se colgó él mismo, y su esposa y vicepresidenta del país,<strong> Elena Petrescu</strong>, murieron ajusticiados. Los ejecutaron tras un juicio apresurado. Apenas dos horas de mentiras hiperbólicas, sustentadas en ciertas verdades más pequeñas y en atrocidades consumadas, para justificar el final de una dictadura de temor y hambruna. Una farsa para rematar la farsa con "ciento veinte balazos disparados por ochenta soldados". Un centenar de vainas vacías de la pólvora, semillero de otra historia. Plomo que desplomó el penúltimo muro después de la caída del muro de Berlín. Los escombros de aquel telón de acero —han empalizado otros después—, la frontera ideológica del irrealismo social. </p><p>La irrealidad de una niña que, desde ese final, mira atrás, con más acidez que ira, que descamina para encaminarse, que se interpreta para entenderse. "Soy la niña que se quedó atrapada dentro de un castillo, debajo de una mesa enorme de madera maciza, rodeada de montones y montones de libros que leo día tras día". La acurruca su fantasía. Se guarece en <a href="https://www.planetadelibros.com/libro-la-casa-limon/402840" target="_blank"><em>La casa limón</em></a><em>.</em> Sus fortalezas. Construye y deconstruye sus años en presente constante, parecido a un gerundio discontinuo de ida y vuelta: repasa lo que está pasando. Todo su tiempo lo figura como un ahora para indagar sus diversos entonces. Vaivenes. "Necesito que alguien me escriba". Cambia su edad, casi nunca la concreta. "No recuerdo cuántos años tengo". Diseña las frases, los capítulos, como un zigzag, recayas que lo mismo escalan una ladera escarpada que descienden a cuevas donde pueden anidar la muerte o la vida inesperada.</p><p><em>La casa limón </em>se cimenta en una realidad. La derribó el pretexto del igualitarismo. Ficciones. La arruinó en cascotes un delirio de megalomanía. "La excavadora muerde la casa con furia". En la novela, la roe un pretendido progreso: construyen unos grandes almacenes, Big. Cuando gobernaba Ceacescu, en 1983, levantaron un parlamento ciclópeo en Bucarest después de arrasar barrios de casas de colores. Edificaciones visibles en ciudades como Sighisoara y en pueblos de Rumanía. La familia paterna se había afanado en erigir la cítrica vivienda desmoronada. "Papá, que está peleando con la máquina que engulle y luego vomita a trozos nuestra casa amarillo limón". Él combate contra quienes asolan el asiento de su apellido. La madre se resigna: "no somos los primeros ni los únicos que se quedan sin casa". Pero matiza la deforme uniformidad pretendida por las directrices del <em>Gran Dirigente </em>y sus secuaces, "los que se preocupan por la gente":<em> </em>"todos somos iguales, pero algunos son más iguales que otros". No se quedan a la intemperie. Mudan de casa, mutan de color. Del amarillo limón al gris niebla, "que papá detesta". La vida desvaída, encogida en una "caja de cerillas", sin chispa. La niña acarrea su castillo de libros, el refugio interior de una infancia sin paraíso. "Nunca nadie cuestiona mi forma de vida".</p><p>Encriptada en un silencio voluntario. Su respuesta cuando algo, asombroso o incomprensible, la pasma. Los altibajos de su padre la enmudecerán, sin palabras entre tantas palabras de sus lecturas. Él es químico, como la esposa del autócrata, una científica de "renombre mundial" sin estudios de ciencia. Una impostora. No enraíza en esta mentira la aversión al régimen del progenitor de la chica. Solo acentúa "el odio que le tenía al partido". Mientras él se agría, su hija asciende por las fases de la inclusión doctrinal. Obtiene el rango de pionera, la niñez afiliada al ideario de la dictadura. La madre exhibe su orgullo con una foto de esa militancia en la organización infantil. El padre, sin embargo, desdeña la imagen, la despedaza: que "no la encuentren… y no digan que no fue para tanto". La simbología de un retrato, la infancia tergiversada.                                                        </p><p>Y racionada. "Cada vez es más difícil tener comida suficiente en casa". El empeño de <strong>Ceacescu </strong>por pagar toda la deuda del país empeñó a sus súbditos. El régimen les limitó la cantidad de alimentos adquiribles, les impuso una dieta sin equilibrio en cartillas de hambre. "Quien tiene suerte, come carne una vez por semana". El trabajo materno, es médica, palió la escasez: "tenemos mucha suerte con lo poco que recibe mamá en el hospital". A la postre, la igualdad puede nutrir algún privilegio. </p><p>La familia, síntesis de vida y pérdidas. El padre encierra secretos y condensa una gama de presencias y desvanecimientos. La mayor parte del tiempo no se halla, no es. "Papá ha desaparecido…, ha comenzado a perder la memoria…, se ha vuelto loco…". La hija calla, engulle tierra, hormigas, pasta de dientes, jabón, tiza o carámbanos. Ansiedades sucesivas contra los infiernos inmediatos. "Deseo pertenecer a otra familia, más simple, más llana, más alegre y si acaso con más vida y menos muerte". Porque la sangre, la parental, entraña remedios y quebrantos. Las vacaciones escolares las pasa en un pueblo del norte con los abuelos maternos. Amparo contra la soledad. Ambiente protector donde se desprenderá de la niñez y padecerá el acoso. De un joven vecino descabalado. Y de un tío, que la besa, la acaricia… La sobrina aparenta dormir, no habla. La paralizan el miedo y una sensación de "algo parecido al placer y al asco juntos en el mismo sentimiento y me odio cada tarde que regreso". Víctima del vínculo que encarcela y acalla el candor. Solo ella supo, nada contó a nadie.</p><p>El silencio la censó en la adolescencia. Gozó del contacto de la piel, pero la atemorizó el sexo. Conoció abortos ajenos en un país donde estaban prohibidos y donde la crisis impelió a muchas mujeres a secundar una huelga de embarazos. Sufrió las muchas muertes, ninguna violenta —salvo la del matrimonio de tiranos—, registradas en <em>La casa limón. </em>Alguna, como la del padre, "sucede una y otra vez, día tras día". La de la madre "no se parece a ninguna de las demás". Vivir apareja aprender a decir adiós.  </p><p>Las despedidas. La niña ya no es adolescente tampoco. Ingresa en la universidad cuando agonizan el régimen y los ochenta. La escritora <strong>Corina Oproae </strong>cumple dieciséis años entonces. Una década después arraigaría en España. Desde aquí, revisita cuanto sucedió, recapitula momentos distantes desde la distancia. Pertenecen a la historia, dejaron de ser noticia. Otra escritora montada en la ola que penetra la muralla que fue. La albanesa <strong>Lea Ypi</strong>, radicada en Londres, rescató su niñez en <em>Libre. El desafío de crecer en el fin de la historia. </em>Los engaños piadosos para la supervivencia familiar durante la dictadura de<strong> Enver Hoxa</strong>, la bajada definitiva del telón de acero. Desde Buenos Aires, la <em>Luciérnaga, </em>de la bielorrusa <strong>Natalia Litvinova</strong>, enfoca la noche que dura años después del desastre nuclear de Chernóbil. Regresa a un mundo de ancestros. </p><p>Escritoras que, desde fuera, plantan sus pies en terreno surcado por otras mujeres, desde dentro. Los estremecimientos de <strong>Anna Ajmátova,</strong> <strong>Svetlana Alexiévich</strong>, <strong>Liudmila Ulítskaya</strong>… Resistir sin huida. Cambiar la piel después de la desolación. Desasombrarse cuando claudica el letargo que sí fue para tanto. Devastó bastante.</p><p><em>* </em><em><strong>Prudencio Medel</strong></em><em> es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 13 Nov 2024 20:00:15 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Prudencio Medel]]></author>
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      <title><![CDATA[Camino de la levedad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/camino-levedad_1_1892885.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/372aaad4-5ba7-4e43-b35f-a9ae5fb36721_16-9-discover-aspect-ratio_default_1015852.jpg" width="1061" height="597" alt="Camino de la levedad"></p><p><strong>Margaret Atwood</strong></p><p><strong>Editorial Salamandra (2024)</strong></p><p>El fluir quedo de los días. Guijarros que aguijonean, garras que rasgan. Un escozor. Las etapas de Tig y Nell. Es Nell quien rebaña las cortezas de sus recuerdos: "Tig ya no está en la orilla". Y, sin embargo, revive los momentos vividos a la par. Imposible darles la espalda, "al cabo del tiempo, de mucho tiempo, lo de rememorar se hace inevitable". Melancolía y desconsuelo, encauzados en un laberinto.                                         </p><p>Los recodos de <a href="https://www.penguinlibros.com/es/literatura-contemporanea/352191-libro-perdidas-en-el-bosque-9788419456793?srsltid=AfmBOoqPrbKi7zXDCihBR8z9eZQx9aXyIm7K7AcWmwBZzcySl9v-mdad" target="_blank"><em>Perdidas en el bosque</em></a><em>. </em>El ciclo de una pareja, codo a codo, su alianza en siete periodos. Entreverados por ocho relatos, la rienda sin ramal de las invenciones de <strong>Margaret Atwood</strong>. Descubre, desde el principio, quién sobrevive para transitar sus tiempos viudos. Con nostalgia, relata el aprendizaje común de unos <em>primeros auxilios</em>. Necesitan acreditar su capacidad de socorrer si sobreviene un imprevisto. "Es imposible escapar a la gente". El matrimonio habla de fauna en una embarcación de recreo. Situados en los ochenta: ordenadores inamovibles y móviles no ideados. Nell narra desde el anteayer, compara: "estamos en la primera década del siglo XXI y el espacio-tiempo es más denso, está abarrotado". Y ahora: "estar al día ha perdido su encanto". Los excesos del qué.</p><p>Una casa en la Provenza. Alquilada a un irlandés misántropo, que apenas suma un amigo, un francés. Los dos, <em>hombres muy quemados. </em> Combatieron en la Segunda Guerra Mundial. Uno, en el bélico Pacífico. Otro, en la Resistencia contra los nazis y su régimen umbilical de Vichy. Huyó y, sobrepasados los Pirineos, lo apresaron y recluyeron en España. Callaron las armas, supervivientes ambos. "Vuelta a empezar como si no hubiera pasado nada: eso era lo que todo el mundo deseaba". Panoramas de posguerra, cuando "los anuncios que mejor funcionaban en aquel entonces eran los de tabaco y alcohol, así como los que tuvieran que ver con el jabón". Diluir lo sufrido, limpiar los resabios de la pólvora.                                                         </p><p>La última generación que vivió o creció con el conflicto más inhumano de la humanidad. Ella: <strong>Margaret Atwood</strong> nació en 1939, dos meses después de la entrada de los tanques de <strong>Hitler </strong>en Polonia. Habita, confusa, en lo que se acuerda. "Antes pensaba que tener buena memoria era una virtud, pero ya no estoy tan segura. Tal vez la virtud sea olvidar". Los suegros de <strong>Atwood </strong>y de Nell lucharon en algunos de los frentes que asolaron el mundo: Italia, Alemania, Holanda, los mares de Asia y Oceanía. Realidad y ficción, las batallas del relato, el relato de las batallas. "Una historia no es genial porque sea veraz, es genial porque es buena". Al caso: <em>Un almuerzo entre el polvo</em>. Vivir en el instante por llegar. Respirar al día siguiente. Durar hasta el armisticio declarado acumula tanto empeño que descuida la oxidación paulatina de la persona. A casa regresan un vivo y un muerto, dos en uno. "Pocos matrimonios interrumpidos por la guerra se mantuvieron unidos después de que los soldados regresaran a casa". Quienes contendieron se sienten irrelevantes, desprendidos de la causa emanada de un enemigo al que derrotar. Espíritus tullidos. La solidez del desarme sedimenta el desencanto en sus parejas. "En tiempos de paz los soldados resultan superfluos… Se les evita en el presente por aquello en lo que se han convertido". Las trincheras íntimas, la ruptura de la tregua. La larva del ataque: "por las noches recibías visitas que se sentaban en tus butacas y no te dirigían la palabra. Algunas de esas visitas eran muertos". <em>Si esto es un hombre, </em>propuso <strong>Levi</strong>. <em>La muerte en el alma, </em>remató <strong>Sartre</strong>. </p><p>El límite, en la punta de los dedos. "Es algo que viene sucediendo cada vez más a menudo: la gente se muere". En 2019, falleció su marido, el también escritor <strong>Graeme Gibson</strong>, a quien <strong>Margaret Atwood </strong>—los ochenta y cinco, a punto— dedica este libro, "como siempre". Como Nell y Tig, no controlaban "esa despedida gradual". El ocaso ocasionado por una demencia vascular. "Los finales son arbitrarios". La viudez en <em>Viudas, </em>una carta que nunca enviará, escrita como una parca radiografía emocional. "Es un sentimiento, o una experiencia, o una reordenación de lo más peculiar". Sentir no resentido. Menos lacónica sobre la propensión a no quedar en nadie. "Todos nos resistimos a la perspectiva de acabar en meros puñados de polvo por lo que anhelamos al menos convertirnos en palabras. En aliento en boca de otros". Plasmado por quien vive de las palabras aunque las apellide "mentirosas". Dicho por quien se arroga preocupaciones sin mañana cuando ha imaginado universos y desvaríos del mañana: <em>La metempsicosis o el viaje del alma, </em>un caracol perplejo que transmigra en una mujer y se percibe mermado. O <em>La impaciente Griselda, </em>una distópica humana-pulpo en una cuarentena por pandemia. Futuros imposibles o no.                                                             </p><p>Hoy es <em>1984. </em>En una <em>entrevista post mortem, </em><strong>Atwood </strong>convoca a <strong>Orwell</strong>, su referente en los vaticinios, fallecido en 1950. Conversan intermediados por una médium. No para vislumbrar lo por venir, sí para diseccionar el ahora desde lo pasado. Anatomía de una cancelación. "¿Quién decide qué es el bien?". Y cuándo. Porque lo correcto se moldea, se modula. La pureza ideológica y la mirada flagelante enjaularon al autor de <em>Rebelión en la granja.</em> "La rigidez es propia de mentes limitadas, y era muy característica de la intelectualidad de mi época: confundían las ideas fijas con el pensamiento". Acusado desde el puritanismo de izquierdas, confiesa <strong>Orwell</strong>, "socialdemócrata". Contra la canadiense, se ha agregado el fanatismo de derechas en colegios y bibliotecas de Estados Unidos. "Apenas puedes dar un paso de lo cargado que va el aire entre unas cosas y otras… Se sigue condenando al ostracismo social". El despertar de extremos categóricos.</p><p>Olas que enmudecen. En su diálogo, <strong>Atwood </strong>recrimina a <strong>Orwell </strong>que asociara "novelas femeninas" a "literatura basura producida en masa". Él se justifica: "yo era un hombre de mi tiempo". Las tendencias. Mujer y víctima del fanatismo, <strong>Hipatia de Alejandría</strong>, matemática y maestra. <em>Muerte a golpe de concha, </em>desollada y desmembrada por "motivos políticos". El estertor del mundo clásico. En el actual, muchas desconocidas "han sido descuartizadas por el mero hecho de existir". La sinrazón sin un porqué. Esta escritora propugna el feminismo atenuado, crítico y autocrítico. Lo expresa en <em>Mi maléfica madre, </em>una "anomalía… sin un hombre en casa", que prefería "ser respetada que caer bien". El relato <em>Pandemonium </em>reabre un sistema asfixiante, parecido al de <em>El cuento de la criada </em>y <em>Los testamentos. </em>Mujeres que dominan a otras mujeres, y a hombres, cuando una enfermedad de transmisión sexual afecta a casi todos. Internan a jóvenes "no contaminados" en Casas, dirigidas por una matriarca que "selecciona futuras novias". Sólo para que procreen y "la raza humana pueda llegar a la generación siguiente". El yugo y los fines. </p><p><em>Perdidas en el bosque</em> recala en una casa de campo sin acabar, al lado de un lago. Allí, Nell encuentra el último vestigio de Tig, <em>una caja de madera. </em>Solo contiene "proyectos intrascendentes", el eje de la vida de este nuevo "amigo imaginario". Ella ha arraigado en la levedad. Apenas la sobresalta la piedra filosa que, bajo el agua, corta piel de su pie desnudo. Persiste el suave dolor por la marcha. No termina de irse.  </p><p><em>* </em><em><strong>Prudencio Medel </strong></em><em>es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 06 Nov 2024 20:00:33 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Prudencio Medel]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Camino de la levedad]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[A la orilla]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/orilla_1_1889317.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/8d315091-eeb1-4c29-9f72-2a14165dd0a9_16-9-discover-aspect-ratio_default_1015759.jpg" width="1100" height="619" alt="A la orilla"></p><p><strong>Domenico Starnone </strong></p><p><strong>Editorial Lumen (2024)</strong></p><p>El deseo merma su vigor, siente "menos sus fuerzas", pero mantiene la vigencia. No queda orillado porque solo presienta presente y el futuro se escurra. Como el agua del mar, como la arena de las dunas.<strong> </strong>Donde, a expensas de descifrar los síntomas y asignarle un diagnóstico, Nicola Gamurra, escritor de ochenta y dos años, solo al cabo de tres mujeres, cuatro hijos y seis nietos, acaba de alquilar una casa de veraneo en octubre por un periodo impreciso. "La vejez es cada vez más un balcón asomado a la insignificancia". No se rebela contra lo insustancial: "llega la desgana, el cuerpo se vuelve menos receptivo, menos audaz". Sí pretende arañar contenido a su tiempo, el que reste siempre sumará. Cada día se sienta en una silla plegable en la playa, cubierto con camiseta, pantalón corto y sombrero; pertrechado de cuaderno, lápiz y goma. Imagina historias corregibles, vida que se borra para enristrar su rumbo. Divagaciones quebradas por una distracción, "la centelleante figurilla dorada", que emerge y desaparece en el litoral. El fulgor de la pasión. Lo mismo vuela sorbida por el viento. Inasible. O se esconde bajo la tierra de la costa. Invisible. Nicola toma prestado un artilugio de radiestesia que Maurizio, exprofesor como <strong>Domenico Starnone</strong>, utiliza para detectar objetos extraviados. Zahorí de anhelos.  </p><p>El desembarco de las emociones corpóreas. Cuando termina la mañana y se incorpora la tarde, una joven de veinticuatro años, vara en la orilla una canoa roja después de remar. Es Lu, "de una belleza única, compacta". Una de las escasas habitantes habituales en una localidad -inconcreta- despoblada después del verano. Madre de un niño excitado por las fantasías, hijo común con su ex, el exmaestro radiestesista, y empleada en una boutique de lujo. La tienda conforma el otro escenario, más terrenal, de <a href="https://www.penguinlibros.com/es/literatura-contemporanea/332458-libro-el-viejo-en-el-mar-9788426426994?srsltid=AfmBOopha41sO42C2CrItteyyv8ZE4YkT9HAAZ6R0hs96J5yt9JrnrNv" target="_blank"><em>El viejo en el mar</em></a><em>. </em>Ella acaparará los deseos de Nicola, "sin intenciones sexuales", responde a la pregunta desnuda de Lu. "Correr detrás de quién sabe qué belleza y elegancia, a los ochenta y dos años, con la cabeza llena de agujeros, la náusea producida por una sensación permanente de precipicio, vaya estupidez". La joven dará cuerpo al espíritu de la progenitora del escritor octogenario. "Mi madre parece fundida con Lu, pero entre ambas no hay afinidades". Y, sin embargo, una presencia aparente. "Llevo décadas colocando a mi madre en lugares donde ella no está ni podría estar". La evocación equívoca.   </p><p><strong>Domenico Starnone</strong> y la madre. Una constante también en novelas precedentes: <em>Via Gemito </em>(premio Strega 2001), <em>Labilitá, Salto con pértiga, Dientes… </em>No recupera a quien lo alumbró, porque no hubo confianza ni complicidad, sí a quien iluminó su imaginación y lo oscureció con miedos y culpas. "Yo acostumbraba a huir de mi madre". El autor ficticio traduce al escritor real. La madre de Nicola: Rosa D’Alessandro, fallecida a los cuarenta años, devota de san Ciro, martirizado en brea hirviendo, modista ante todo. La conexión con Lu, vendedora de ropa de señora para señoras desahogadas y desinhibidas. <em>El viejo </em>compra vestidos y solicita a la dependienta que se los pruebe. Recobra "el fantasma de Rosa" cuando Lu sale del probador ataviada con las prendas del hechizo. Él mismo desmiente la mentira sobre la destinataria de la indumentaria. Paga, pero deja la cara compra sobre el mostrador de la boutique. Para que Lu calque, sin saber, a la madre quien, incluso para comprar el pan, "salía de nuestra casa como una actriz de cine... Mi madre me gustaba más que ningún ser vivo surgido en este mundo". La ilusión de una metamorfosis. </p><p>Un desdoblamiento familiar. Nicola quiere revivir a Rosa y, en consecuencia, a su padre y su infancia. "Tal vez (mi madre) se vestía elegante, atractiva, para aterrarlo, para humillarlo y, de ese modo, vengarse (de mi padre)", dominante, artista de vocación insatisfecha y ferroviario por subsistencia. La modista rondaba la veintena de Lu cuando la conoció el trabajador del ferrocarril. Lo atormentaban los celos, "ejercicio de adaptación previa… a las tragedias de la infelicidad". Solo interpretaba como un intento de seducir a Rosa que un hombre acompañara a su pareja a encargar un diseño. Conquistar en su casa, su fortaleza. El <em>viejo </em>recuerda cómo su progenitora "consideraba a mi padre fuera de lo común, y por eso mismo loco", cuando quería que fuera "un hombre en equilibrio entre la excepcionalidad y la locura". Los secretos de matrimonio obsesionan a <strong>Starnone</strong>. (El suyo puede abrigar uno en sus fondos de armario. A su esposa, la traductora <strong>Anita Raja,</strong> le atribuyen ser la persona soterrada bajo la firma <strong>Elena Ferrante</strong>, autora de la singular tetralogía <em>Dos amigas. </em>Especulación desmentida. El tiempo aclarará). <em>Ataduras </em>-<em>Lazos </em>en el cine<em>-</em>, <em>El juego </em>y <em>Confidencia </em>atestiguan su empeño por desmigar ese pacto de amor y pasión, pero también de conflicto y hastío, posible derivada. "La vida sentimental es tan opaca, tan llena de escondrijos". Sombras que cuartean la convivencia. </p><p>Y el placer, "distraído" a los ochenta. Nicola no lo busca, se lo encuentran. A pedir de boca por una de las mujeres asiduas en sus días de tardío. Ceden sus labios, conceden el contacto. "Hubo solo un beso. Como si un beso no fuera nada; qué tontería, empleamos jerarquías insensatas". El regusto de un instante. Un devaneo para vagar por los sentimientos, ya un rastrojal. "El placer de vivir también renquea un poco", deduce el protagonista. "Lo esencial es que exista", sentencia quien suplicó el único beso. Un calambre sin tensión.</p><p>Quizá el penúltimo embuste de quien idea personajes. El corolario de escribir: "me he pasado la vida mintiendo e inventando para tener la impresión de entenderme". Nicola se asemeja a <strong>Starnone </strong>cuando reduce el balance de su trayectoria a una imagen: "no pasaría de epígono de epígonos". Discípulo más o menos disciplinado de los incontestables, <strong>Proust</strong>, <strong>Mann</strong>… Leerlos abocó al <em>viejo</em> a retorcer su escritura. Pero acabó intrascendente, "un mediocre escritorzuelo… Me construí mi nicho de consciente medianía". Pese al fracaso a medias, determina cómo narrar bien: "encontrar las palabras justas para dar sentido a eso que… te cae encima sin ton ni son". Deletrear la inspiración cuando surge. </p><p>Como domar la marea. El penúltimo capricho de un Nicola otoñal, adiestrarse en el manejo de un kayak recién comprado. Para cumplir su empeño, pide a Lu, que solo es Lu y no la madre del anciano escritor, que le enseñe a sortear las olas. Ahora que rige la calma y el deseo escampa, antes de que llegue su invierno. Cuando "los cuerpos se evaporan, no hay nada que hacer, se disuelven las ambiciones, se reducen las posibilidades". Necesita saber cómo alejarse de la playa y navegar hasta el horizonte. Donde comienza la rompiente, donde el mar no continúa. Y todo es espuma. </p><p><em>* </em><em><strong>Prudencio Medel</strong></em><em> es periodista.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[78607c9d-5ce0-4f41-b7de-6c5a293e0a0f]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 30 Oct 2024 20:00:50 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Prudencio Medel]]></author>
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      <media:title><![CDATA[A la orilla]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Enrocados tras la pérdida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/enrocados-perdida_1_1885020.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/a3c89876-d3ac-4a7a-b149-a1ab7a77f431_16-9-discover-aspect-ratio_default_1015616.jpg" width="971" height="546" alt="Enrocados tras la pérdida"></p><p><strong>Sally Rooney</strong></p><p><strong>Random House (2024)</strong></p><p>Dos hermanos, Ivan y Peter, enrocados. Intercambiables: Caín y Abel, en jaque por anhelar la predilección de una ausencia reciente: la enfermedad acaba de comerse la existencia de su progenitor. Su rey, pieza vital para Ivan, veintidós años, aspirante a maestro de ajedrez, licenciado en física teórica, trabajador precario como analista de datos, que chalanea con las horas que factura. La marcha pronosticada desata, sin embargo, un <a href="https://www.penguinlibros.com/es/literatura-contemporanea/343607-libro-intermezzo-edicion-en-espanol-9788439744030?srsltid=AfmBOoqQXVd1fheOzMN_JdgJJTmAhRpMS35fMKMZGRHzYwPjo7Hmi3FP" target="_blank"><em>Intermezzo</em></a>, un movimiento sorpresa en el tablero. El dolor lo desaloja de “la ansiedad de la espera”. Lo empuja a “vivir, necesitaba vivir, para superar ese episodio terrible”. Para Peter, treinta y dos años, abogado defensor, con éxito, de causas sociales, el ascendiente fallecido representa una figura básica pero sin relevancia ya, un peón. Se engaña al justificarse.<strong> </strong>“No me pareció una persona con la que fuese fácil mantener una relación estrecha”. Como si el final le infligiera apenas un aguijonazo cutáneo y no supusiera un daño supurante. La diferencia: el duelo explícito de Ivan, “más unido” al padre -convivía con él-, y el latente de Peter, relator del elogio fúnebre. Pero la orfandad los traba. “La pérdida… cada día se hace más honda, cada día caen más cosas en el olvido, cada día quedan menos certezas”. La nada tras la nada.</p><p>El edadismo. A los Koubek, apellido eslovaco de los protagonistas, los separan diez años y una divergencia para discernir las relaciones. La edad predomina en los ámbitos imaginados por <strong>Sally Rooney</strong>, nacida en 1991 y etiquetada como la voz impresa de los <em>milennial</em>, los fin de siglo, un papel que repele. Sus personajes habitan la vaguada que sobrepasa los veinte sin declinar aún los declives de los cuarenta. Los vértices del vínculo sentimental de Ivan con Margaret. Esta mujer, treinta y seis años, separada de un marido atascado en el alcohol, reside en una localidad fabulada, Leitrim, donde dirige la programación artística de un centro cultural público. Se conocen cuando él va allí a jugar al ajedrez. El chico cerebral, célibe involuntario -<em>incel</em>, lo tilda Peter-, cubre de sospecha su cuerpo, “un objeto fundamentalmente primitivo”. También la escritora lo relega a la categoría de “no sintiente”, en <em>Intermezzo</em>. No obstante, lo sublima: “el erotismo es un gran motor en la historia de todos mis libros”. Cuerpos porosos, piel emocional. Sexo explícito que no hunde en una lujuria vulgar, humedad que abrasa, llama sin ceniza. Fuego y calidez. La noche de Ivan clarea con el alba de Margaret. “No existe ninguna vida así, libre de ataduras: la vida misma es la red que sostiene a la gente en su sitio y da sentido a las cosas”. Atrapados, amanecen como si fueran otros.</p><p>El despertar los anega de deseo, “la forma de egoísmo peor y más vulgar”. Los emboscan los interrogantes. Más a Margaret, porque Ivan estrena, comienza a descubrirse. Ella quiere resguardar el secreto de su nexo, ocultarlo a un pueblo, donde no todos, incluida su madre, comprenden la ruptura con su pareja, aunque entienden la abundancia de motivos para el abandono. El cuándo de cada uno ceba sus dudas. La introspección de Margaret, como el soliloquio de<strong> Molly Bloom</strong>, referente <em>joyceana </em>de <strong>Rooney</strong>: “es demasiado joven, está demasiado afligido por la muerte de su padre, esto se tiene que acabar… Tampoco es que vaya a durar para siempre”. La caducidad del romanticismo.</p><p>Y la hipocresía. Ivan y Peter solo comparte tres escenas en <em>Intermezzo. </em>Divididos por capítulos. Veloces, preñados de frases cortas, cortadas como si se abruzaran ante un precipicio, los destinados al hermano mayor. Los del menor entrañan más pausa, expresiones más reflexivas, subordinadas. Los dos quedan a cenar. Cuando Ivan confiesa su enamoramiento de una mujer catorce años mayor que él, Peter se lo reprueba. “¿Tú crees que una mujer normal de su edad querría andar con alguien en tu situación?”. El reproche desemboca en el sumidero donde Ivan acumula rencores sin cicatriz. “En el fondo te odio, te he odiado toda mi vida”. Lo bloquea, lo incomunica, sin cauces de contacto. Previo al portazo: “no soy yo el que está liado con dos mujeres a la vez”. La endeble doblez de ciertos principios.  </p><p>Los amores de Peter. Sylvia, su novia de siempre, edad similar a la suya, profesora de literatura. La mente agrietada después de un percance que, por vagos motivos, la desechó para la intimidad. “Lo que me pasó, Peter, seamos sinceros, me arruinó la vida”. De entre las ruinas, él cree rescatar a Naomi, veintitrés años, estudiante, obtiene dinero con la venta de imágenes, de sí misma y sin discreción, en las redes -el método <em>OnlyFans-, </em>y de trapichear con algunas drogas. El abogado le compra estupefacientes, la defiende cuando la desahucian y la detienen, la acoge en su casa. Obtendrá de la joven lo que le niega su primer y, quizá, único amor. Ahora, el letrado desconsidera los nueve años que le lleva a ella. No cuentan. “Era solo mi distracción”, pretexta. El cinismo a tres bandas. </p><p>“Me has tratado como a una muñeca. Literalmente, hasta me has comprado ropa”. Un destello de feminismo en la recriminación de Naomi a Peter. <strong>Sally Rooney</strong> traspone a la universitaria las inquietudes de sus contemporáneos: la carestía y escasez de vivienda, las dependencias de aplicaciones y sustancias, los idilios múltiples. Deposita en ella, también, sus confesos guiños marxistas, heredados de unos padres de izquierdas y católicos. “Puede ser explotación dar dinero; también aceptarlo… El dinero es, en general, una sustancia explotadora”. Apuntilla: “si lo organizamos todo en torno a los beneficios, en la economía pasan cosas que no tienen ningún sentido”. La salud de la sanidad, un ejemplo. El cumbral de su catálogo: “tener ideales significa que te guía algo más que tu propio interés”. La génesis de su adhesión al boicot y las sanciones a Israel por su política contra los palestinos. Desinteresada. </p><p>Su generación no tiene su misma voz, aunque la consideren la voz de su generación. <strong>Rooney </strong>no es <em>gente normal, </em>su libro estelar, la serie más vista de la BBC en 2020, protagonizada por <strong>Daisy Edgar-Jones</strong>/Marianne y <strong>Paul Mescal</strong>/Connell. Desde entonces, esta escritora, que “solo quiere ser novelista”, ha hallado su <em>mundo bello </em>en el campo, extramuros de Dublín. Ha prescindido de las redes para mantener <em>conversaciones con amigos, </em>también seriadas. Ensimismada después de la desmesura y la sobreexposición, de generar una multitud de incondicionales y otra muchedumbre de críticos. No promociona sus obras, segura, quizá, de que caminarán solas. De salida, su nombre les marca el destino. Pero en su trayecto pueden sorprender los <em>intermezzos, </em>los cambios de rasante o las curvas con un peralte equívoco. Las infinitas combinaciones de los sesenta y cuatro escaques del ajedrez. Por si el hasta ahora muta, “habrá, en todo caso, que seguir viviendo”. Vivir sin remedio. La partida del regreso de Ivan y Peter, Caín y Abel, al paraíso. Lo mismo acaban en tablas. </p><p><em>* </em><em><strong>Prudencio Medel</strong></em><em> es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 23 Oct 2024 19:00:05 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Prudencio Medel]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Enrocados tras la pérdida]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura europea]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[El odio y las letras]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/odio-letras_1_1881019.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/525fbf1c-b99a-46e8-82ec-899b97c04620_16-9-discover-aspect-ratio_default_1015494.jpg" width="973" height="547" alt="El odio y las letras"></p><p><strong>Leila Slimani</strong></p><p><strong>Cabaret Voltaire (2024)</strong></p><p>La crueldad sacudió Francia en 2015. Siete de enero, jueves, recién pasadas las once de la mañana. Las calles, los escaparates y las casas aún no habían recogido los ornamentos navideños. Los parisinos apenas habían digerido el atracón de comidas y familia. Los <strong>Kouachi</strong>, dos hermanos franceses con sangre argelina, asesinaron a doce periodistas y dibujantes de <em>Charlie Hebdo.</em> Mataron su humor mordaz. Vengaron unas viejas caricaturas de <strong>Mahoma</strong>, determinaron el precio de su desprecio por la vida y la inteligencia. Un amigo del par de terroristas, <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Amedy_Coulibaly" target="_blank">Amedy Coulibaly</a>,<strong> </strong>también francés, originario de Mali, mató a un policía en la calle, el viernes, y a cuatro judíos en una tienda, el sábado. Militares y gendarmes eliminaron a los tres fanáticos islamistas esos mismos días.<strong> </strong></p><p>Un suplemento sobre libros sugirió a <strong>Leila Slimani</strong> penetrar en la cabeza de esos terroristas y relatar como si fuera uno de ellos. "Me documenté, escribí algunas líneas. Y renuncié… Me era imposible". Lo reflejó en <em>Un ejército de plumas, </em>apenas dos semanas después de la matanza de <em>Charlie Hebdo. </em>La escritora francomarroquí no pudo adentrar su mente en la demencia de quienes asesinaron en nombre de un dios inventado. Impenetrable el alma de los desalmados. Obstruyó uno de los regatos de su escritura: "me inspiro en mis pesadillas, en mis miedos más atávicos… Si no se siente el miedo, no veo el interés a escribir". Tampoco contribuyó a que la imaginación de <strong>Slimani </strong>sucumbiera a la acrobacia propuesta la publicación de <em>Sumisión, </em>de <strong>Michel Houellebecq</strong>. Esta novela distópica sobre una victoria islamista en unas elecciones presidenciales de Francia llegó a las librerías el mismo día de la masacre en la revista satírica. La escritora criticó "la falsa posición de neutralidad" de su controvertido colega. <strong>Slimani</strong>, calificada por los radicales como "una magrebí vendida a Occidente y una infiel", repudia la indiferencia. Las palabras impresas implican compromiso porque repercuten. "Modifican en esencia la percepción que tenemos" del mundo. "La literatura es hoy más necesaria que nunca". Arma pacífica, inaccesible para sesenta millones de "iletrados" en el mundo árabe, necesitado de la tinta de <em>un ejército de plumas.</em> Levantar los ojos.</p><p>Abrir la mirada al horror. Quedaba espacio para más espanto. Un viernes, trece de noviembre del mismo 2015, un comando integrado por nueve dogmáticos ejecutó el atentado más letal cometido nunca en la Francia europea. Sincronizados, asesinaron a ciento treinta personas. En diversos lugares: la sala de conciertos Bataclan, varios bares, y los alrededores del estadio de Saint-Denis, donde las selecciones francesa y alemana de fútbol disputaban un partido amistoso, presenciado por los presidentes de los dos países. En medio del estupor, <strong>Slimani </strong>tituló el grito de su furia: <em>Integristas, os odio. </em>Explicó cómo se agregan orugas a la procesionaria que defolia cerebros. Desde la bofetada de la maestra en la escuela por negar la proeza de la araña que tejió una red para proteger a Mahoma en una cueva. Sus padres, primero, castigaron a la pequeña Leila y, luego, le ordenaron silencio para crecer sin contratiempos. "Puedes pensar lo que quieras, pero no lo digas". Callar como actitud. "También de eso se muere uno: del exceso de tibieza, de componendas, de cinismo". Beligerante contra las imposiciones, la autora nacida en Rabat defiende la cultura aprendida. En su casa familiar, se hablaba francés y apenas cabía ningún dios. "Nunca he sido ni nacionalista ni religiosa". Su fe es la ira contra la creencia sin interrogantes y la sangre que derrama sin ton ni son. "Seremos nosotros, hijos de la patria, impíos, infieles, simples paseantes, adoradores de ídolos, bebedores de cerveza, libertinos, humanistas, quienes escribiremos la historia". Las palabras contra el plomo.       </p><p><strong>Leila Slimani</strong> y la pasión de mantener una relación "carnal" con la literatura. La expone en la entrevista ensartada en <a href="https://www.cabaretvoltaire.es/el-diablo-est%C3%A1-en-los-detalles-as%C3%AD-escribo" target="_blank">este libro</a>, <em>Así escribo. </em> La manifiesta en tres relatos <em>chejovianos: </em>breves, más hechos, menos descripciones. <em>El diablo está en los detalles </em>o cómo el fundamentalismo cerca a Amin cuando ronda los sesenta años. La asistenta cuyo hermano lucha en Siria y sostiene a la familia, el vigilante de la barba sin poda, el taxista absorto por el casete que propala sermones, la "brigada de promoción de la virtud y la prevención del vicio". El cataclismo para quien disfruta con una copa de vino y un cigarrillo. Lo sencillo frente a lo íntegro.</p><p><em>Esperando al Mesías </em>retrata el pasmo de un sabio refugiado en el Corán cuando pierde a su esposa y su trabajo. Interpreta las aleyas del texto sagrado, pero se asombra, y acobarda, por cómo lo descifran las diversas confesiones musulmanas. En este cuento, jóvenes airados contra los chiíes, que "son unos heréticos y adoran a Satán", pese a compartir enemigos: "los judíos y los occidentales decadentes". Las facciones y la apropiación de la autenticidad. </p><p>La única historia sin religión de fondo, <em>Otro lugar. </em>Los istmos interiores, los asideros del espíritu que generan los viajes literarios. La calidez de las fábulas pobladas de fantasmas. Habitar en los lugares relatados sin caminarlos. El arañazo al salir de las páginas. "La realidad le parecía sucia, insignificante, confusa". La lectura abriga con "sus voces".</p><p>O sus susurros. O sus lamentos. Como en la <em>Canción dulce </em>que inquieta desde su primera frase<em>.</em> "El bebé ha muerto". Resumen de cuanto vendrá en esta historia con la que <strong>Slimani </strong>ganó el Goncourt en 2016. Compendio de su capacidad de estremecer con el dolor causado por quien mece la niñez de los hijos. Un crimen real que traspone y explica sin premura. El sufrimiento y el placer: <em>En el jardín del ogro, </em>su primera novela<em>. </em>El deseo cuando invade sin contención. El secreto de la doble vida convulsiona la vida perfecta. Después, imaginó las peripecias de la familia mixta <strong>Belhach</strong>: una alsaciana y un marroquí, que se aposentan en el reino alauita: <em>El país de los otros </em>y <em>Miradnos bailar. </em>La integración, la independencia de Marruecos, la prosperidad, el aburguesamiento. La continuación, la tercera parte, el asunto pendiente de Leila.   </p><p>Slimani encabeza todos sus días con la pretensión de ensamblar dos versiones del alma. La europea y la norteafricana. Recobrar la infancia. "Crecí en Marruecos, nací musulmana y todos los años celebré las Navidades…". El sincretismo, sin adversarios. "Te puedes autoafirmar sin negar a los demás". Secar el venero que riega la intransigencia venerada. Rasurar la guerra sin perdón contra quien no comulga los mismos versículos. La duda atisba el camino hacia la certeza. O la certeza atiza el ascua de la duda. </p><p><em><strong>* Prudencio Medel</strong></em><em> es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 16 Oct 2024 19:00:25 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Prudencio Medel]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El odio y las letras]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Francia,Charlie Hebdo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Amistades no esenciales]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/amistades-no-esenciales_1_1877199.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/237d9f89-68f3-43e3-b250-eb2fd576c28a_16-9-discover-aspect-ratio_default_1015352.jpg" width="1639" height="922" alt="Amistades no esenciales"></p><p><strong>Sigrid Nunez</strong></p><p><strong>Editorial Anagrama (2024)</strong></p><p>Amistad emanada de la clausura, amistad de circunstancias. Una mujer madura, que imparte talleres literarios y narra <a href="https://www.anagrama-ed.es/libro/panorama-de-narrativas/los-vulnerables/9788433922977/PN_1133" target="_blank"><em>Los vulnerables</em></a>; un loro, Eureka, con las alas podadas, y un estudiante, Cardo, que abandona la universidad y lo expulsan de la casa familiar. Tres personajes: dos personas y un animal. Un ambiente, la pandemia. Ejerce de entorno, nada más, sus víctimas no comparecen en los hospitales ni en los tanatorios. "No podía evitar sentirme culpable del placer que sentía en las calles sin vida", escribe la mujer.<strong> </strong>Compartirán, por mero azar, escenario, un piso lujoso en Nueva York. "Una jaula gigante no deja de ser una jaula", espeta el joven sobre la vida del guacamayo y la metáfora que los encierra al blindarse contra el virus. </p><p>Una neumóloga se desplaza a la <em>Gran Manzana</em> para combatir la peste. Se aposenta en la casa de la contadora de esta historia. "Compartir un espacio vital con ella… un riesgo considerable". Al tiempo, la dueña de Eureka, en el tramo final de su primer embarazo, viaja a California. Es amiga de una amiga de la escritora. Cuando decretan el aislamiento, se encuentra allí, en Palo Alto, en el otro extremo de Estados Unidos. Y el loro, solo en el esplendor de Manhattan, sin quien lo cuide porque el joven encargado se ha marchado a la casa de campo de sus padres. Coincidencias en aquella "primavera vacilante", expresión que <strong>Sigrid Nunez</strong> adquiere de <em>Los años, </em>novela de una de sus referentes, <strong>Virginia Woolf</strong>. La propietaria del ave solicita a la profesora que atienda al pájaro durante su indefinida ausencia. "La gente se ve obligada a hacer todo tipo de cosas que preferiría no hacer". De improviso, el chico sin brújula regresa adonde viven, y se conocen, el loro y la narradora. Un intruso en esa nueva relación. "Qué humillante era sentirme celosa", en esta conjunción de<em> vulnerables</em>: la mujer de una edad predilecta para las ansias del virus, el animal salvaje pero cautivo y, ahora, el desertor universitario, "un misántropo", enfermo de un trastorno explosivo intermitente que le obligó a ingresar en un psiquiátrico durante un verano adolescente. Se estorbarán, chocarán, no se odiarán, no se amarán. "Toda historia digna de ser contada es una historia de amor… sin embargo, esta no es esa historia". Se necesitarán.  </p><p>El recuerdo. <em>Los vulnerables </em>se hinca ante la amistad elegida y añorada.<strong> Sigrid Nunez </strong>escoge nombres de flores. No da a conocer el de la protagonista. Llama a las demás Violet, Rose, Jasmine y Camellia. Todas, compañeras de residencia estudiantil, acuden al entierro de Lily. "La primera de nosotras en casarse. La primera en tener un bebé. La primera en morir". La única muerte de esta novela circundada por una pandemia letal. La partida previsible en este cierre de ciclo. <em>El amigo </em>está dominada por el cuidado del perro que <em>hereda</em> la protagonista cuando su mentor fallece de repente. Más planificado, en <em>Cuál es tu tormento,</em> el final de una mujer que sufre un cáncer terminal y pide a la escritora que la acompañe en su decidida marcha. <strong>Tilda Swinton</strong> y <strong>Julianne Moore </strong>encarnan a esas dos amigas en la almodovariana <em>La habitación de al lado, </em>León de Oro en el Festival de Venecia 2024. </p><p>"Para consolarte durante el duelo, la tristeza o la pérdida: busca a alguien que necesite tu ayuda". Antes del cataclismo sanitario, <strong>Sigrid Nunez</strong> reúne a las cinco amigas que sobreviven a Lily. Se arropan después de un desenlace pronosticado. En la vida real, en estos encuentros para un adiós surgen los instantes más desnudos y carnosos. Como en <em>Los vulnerables. </em>El quinteto disecciona las inquietudes actuales. Con la perspectiva de desfilar por la madurez y sumar constantes vitales. Mujeres que desentrañan la maternidad.  "La que desprecia la maternidad es despreciada por muchos, incluida nada menos una autoridad como el papa". Mujeres sorprendidas por una reconsideración de ellas. "Ahora los guionistas hacen lo imposible por resaltar la superioridad de sus personajes femeninos". Mujeres que perciben un relato opuesto al aprendido.<strong> </strong>"Ningún hombre de hoy trataría de crear una<strong> Emma Bovary</strong> o una <strong>Anna Karénina</strong>". ¿La revisión de <strong>Flaubert </strong>y de <strong>Tolstói</strong>?. "Cuando los hombres aparecen ahora en la ficción, a menudo es para que se los critique o se los denuncie por algo". Mujeres armadas de palabras, a quienes una joven camarera les muestra el universo de las generaciones de una letra incógnita: "mis amigos y yo, siempre que quedamos, cada uno saca su teléfono". Aislados en compañía. Contactar sin contacto.</p><p><em>Los vulnerables </em>añaden la novena novela al catálogo de esta escritora estadounidense, de origen chino, alemán y, en menor dosis, panameño.  Como ella, sus obras aparecen mestizas, sin género definido. Comparecen la ficción y el ensayo. Admira a<strong> Annie Ernaux </strong>y a <strong>Emmanuel Carrère</strong>, pero nunca redactará su autobiografía aunque disemine porciones de su yo en su literatura. Su instinto le pide "contar mentiras" creíbles. Sin olvidar sus raíces, su origen de carencias. "Lo que realmente hay que hacer es acercar a todo el mundo a la pobreza", sostiene el joven divergente antes de marcharse con el loro Eureka del lujoso apartamento neoyorkino.</p><p><strong>Sigrid Nunez </strong>instala en la cima a <strong>Marcel Proust </strong>y su <em>En busca del tiempo perdido. </em>Le "encantó" <strong>Dickens </strong>porque, después de "un montón de sufrimiento", siempre había "un final feliz". Pero lo considera escritor para una etapa, "hoy no puede leerlo". Recurre a estos clásicos del Diecinueve, del Veinte y de ahora. Los clava como columnas firmes de su acervo cultural. Y, después, fustiga sus fustes para exponerlos a una prueba de estrés sísmico. Duda de la pervivencia de su manera de encadenar frases. "La novela tradicional ha perdido su lugar como género principal de nuestro tiempo". Después de esta rotundidad sin arrugas, la conjetura: "Tal vez lo que se necesita en nuestros tiempos oscuros y contrarios a la verdad… sea la literatura de historia personal y reflexión directa, auténtica y escrupulosa con los hechos". La ruta elegida por muchos. Una hipótesis. Otros tantos, con formas habituales apuntalan un universo creativo. La experiencia. Todos asisten perplejos o expectantes al vaticinio de las esquilas cuando claman por el fin de la novela. </p><p>Pero subsiste. "Existe el fenómeno de la culpa del superviviente". Rendirse al peso de quienes cayeron y a la carga de los recuerdos. El espectro de la pandemia, la vulnerabilidad. El olvido y la esperanza restañarán las heridas, aligerarán el dolor. </p><p><em>*</em><em><strong> Prudencio Medel </strong></em><em>es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 09 Oct 2024 19:00:35 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Prudencio Medel]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Pedro Almodóvar]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El sindiós de una ambición]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/sindios-ambicion_1_1875223.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/07aff7ef-a852-49b9-b96d-9749c41cf08a_16-9-discover-aspect-ratio_default_1015200.jpg" width="655" height="368" alt="El sindiós de una ambición"></p><p><strong>Mircea Cartarescu</strong></p><p><strong>Editorial Impedimenta (2024)</strong></p><p>"Fuiste coronado rey, como había sido tu deseo desde la infancia, pero eras el hombre más solo sobre la faz de la tierra, vilipendiado por tus semejantes y por nosotros, los inmortales". Los seres sin tiempo son los siete arcángeles, liderados por Miguel. En segunda persona, porque dirigen su tú al protagonista, narran la loca y desmesurada ambición de un niño con la mente doblegada por el comienzo de todos los cuentos que le leía su madre, una sirvienta de origen griego en una remota zona de Rumanía: "Érase una vez un rey". El principio de un sueño y el alpiste para su alma torcida y su pacto con el Adversario. "La fe viene de Dios; la voluntad, del Diablo", sostienen las criaturas celestiales. La huida hacia el infierno de <strong>Dante</strong>. </p><p><strong>Mircea Cartarescu </strong><a href="https://impedimenta.es/producto/theodoros" target="_blank" >nos desvela enseguida el desenlace</a>. Después de trece años asentado en el trono etíope, el día de Pascua de 1868, los británicos, que lo apuntalaron en el trono y luego lo combatieron, "te encontrarán desplomado en el piso, con el cañón de la pistola todavía en la boca y los sexos extendidos por la mesa roja, el suelo y las paredes". Crueldad explícita. Suicidado con una pistola que le había regalado la reina Victoria, ahora enemiga declarada del "impostor". El autor no regatea lo escabroso para engastar el proceso de una avidez sin bridas. </p><p>"El frío de la pila bautismal que congeló tu corazón". El helor llegó el cuatro de febrero de 1818. El primer día en la vida de "un don nadie y un nada de nacimiento": Tudor Theodoros Tewodros, los tres nombres de la criatura —y de las tres partes de la novela, cada una con once capítulos—. Después de maltratar al hijo de los amos de sus padres, a los doce años lo llevan a Bucarest, ciudad de unos treinta mil habitantes y que le pareció "el lugar más triste de la faz de la tierra". Al poco tiempo la diezmaría la peste. Su primer trabajo fue como encendedor de narguiles. Y ahí arrancó su historial como delincuente sin límites ni fronteras. Salteador de bosques y bandolero en Rumanía, pirata en el Egeo y asesino en todas partes. "Tu corazón tenía tres cámaras y todas se oponían a una vida tranquila". Durante sus abordajes marítimos, conoció a otro bucanero<strong>, Joshua Abraham Norton</strong>, nacido el mismo día que Theodoros, en Deptford, Inglaterra. Quizá la fecha propició el delirio. Porque este personaje real, se transformó de filibustero en comerciante de arroz arruinado por sus malos cálculos especulativos. Recluido en una pensión para ancianos y personas depauperadas en San Francisco, se proclamó "Emperador de estos Estados Unidos", en 1959. Una historia auténtica de desvarío. <strong>Norton I </strong>fue el emperador más pobre de todos los tiempos en una república dirigida, entonces, por <strong>James Buchanan Jr. </strong></p><p>Cuatro años antes, en Etiopía, Theodoros consuma su quimera enraizada en <em>La Odisea, </em>que le había relatado su madre, y en su empeño de ser como <strong>Alejandro Magno</strong>.<strong> </strong>"Sigo mi propio camino, que me llevará a ser rey o a la muerte". Las dos cosas, sin disyuntiva. Emula a <strong>Napoleón</strong>. Cuando lo iba a investir un obispo, él toma la corona y la posa sobre su cabeza. Entronizado como <strong>Tewodros II</strong>. Susituye a<strong> Yohannis III</strong>, de la estirpe del rey Salomón, pero obligado a huir tras declararlo anatema en el "cristiano país de Etiopía". Aunque no estamos ante una novela histórica, sí existen concomitancias con hechos ciertos. En 1855, <strong>Lij Kassa</strong> derrota a los jefes militares de las distintas zonas de Abisinia, las actuales Etiopía y Eritrea. Accede al trono como Teodoro II. El ficticio y el real repiten nombre y se encumbran en el imperio anegados por la sangre de sus víctimas.  </p><p>La muerte de su esposa exacerba la criminalidad de Tewodros. "Paloma había colmado tu curtido corazón, que no había encontrado el amor en ninguna parte, y su muerte te convirtió en un monstruo". La desaparición de ese paréntesis de espejismo y disimulada calma, lo sumerge en una violencia exponencial. Ya solo le queda buscar su gloria, aunque la empale la calamidad que su mente extraviada provoca. Como el Herodes bíblico, ordena una matanza de niños porque contribuyeron a ocultar el paradero de una mujer perseguida por el tirano. Ingenia las torturas más encarnizadas para sus enemigos. Maltrata y golpea con saña a las atemorizadas mujeres con las que se aparea como animal indeseable. "Te entregaste, siendo emperador, a todos los excesos que la mente humana cabalgada por el Diablo pueda imaginar, e incluso más, pues ni siquiera a Satán se le hubieran pasado por la cabeza". Se hunde cuando se asienta en la cumbre. Lucha contra el hastío del mal con un cóctel de drogas, "anonadado por la nada" de un reino devastado por su brutalidad.</p><p>La compleja <em>Theodoros </em>de <strong>Cartarescu </strong>concita diversas influencias implícitas. <em>El Aleph, </em>de <strong>Borges</strong>, <em>Salambó, </em>de <strong>Flaubert</strong>, los cantos de <strong>Dante</strong>… Circulan por esta novela los amores del rey Salomón y la reina de Saba, detallados con tanta delicadeza que, por instantes, mitiga la mucha atrocidad. Y también nos adentra en la Biblia, no solo mediante la naturaleza celestial de sus narradores, sino, también, a través de las múltiples citas en algunos pasajes. La vanidad como impulso imaginario y exclusivo que conduce a un fracaso seguro, aunque se postergue. "Vanidad de vanidades, todo es vanidad". Frase reiterada para reflejar la inutilidad de solo conquistar el mundo, un sueño enloquecido en este caso, para perder la esencia. Imposible cercar la ambición de Theodoros, su vesania sin límites, porque pretende escalar hasta el cielo por peldaños que sus pies destruyen. "Lo he sido todo y nada ha merecido la pena", frase del emperador romano Séptimo Severo. La rescata el escritor rumano para definir el vacío de tener y no ser. Pretende encontrar su identidad en otra épica, el Arca Perdida. La busca en iglesias remotas y rupestres excavadas en roca ortodoxa etíope. Confía en hallar el amor perdido por imposible. Como el perdón. "Aman más aquellos a quienes más se perdona".                                                                                                  </p><p>El autor de <em>Solenoide</em> y la trilogía <em>Cegador </em>conoce que lo determinan las ingentes expectativas que provocan sus obras. Lo sabe. Por eso concluye este texto<em> </em>con un sorprendente Juicio Final. Lo prevé para el cuatro de febrero de 2041, cuando, de perdurar, <em>Theodoros </em>habría cumplido doscientos veintitrés años.<em> </em>Emperador de tanto desastre, todos le señalarían el camino de los infiernos. Pero <strong>Cartarescu </strong>no lo sentencia. Porque el Juicio Final no se asemeja a un juicio, sino a la lectura de la vida. Dios es el gran lector de cuanto escriben los actos individuales y redactan sus arcángeles. "Únicamente en la piel humana se escriben los libros verdaderos". Cada persona, un relato.<strong> </strong>Transparente y definidor, aunque no se adivinen sus confines: "nadie puede escapar del cristal de su propia vida". La balanza que resta el peso de la vanidad vana. La desnudez ante la propia conciencia. Nadie escapa a ese tribunal que examina y contempla sin contemplaciones.            </p><p>                                                                                           </p><p><em>* </em><em><strong>Prudencio Medel </strong></em><em>es periodista.</em> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 02 Oct 2024 19:00:53 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Prudencio Medel]]></author>
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      <title><![CDATA[La memoria de la nieve y el agua]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/memoria-nieve-agua_1_1874763.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/1d160764-e45b-47c6-8567-53054e785fdd_16-9-discover-aspect-ratio_default_1015028.jpg" width="545" height="306" alt="La memoria de la nieve y el agua"></p><p><strong>Anne Michaels </strong></p><p><strong>Alfaguara (2024)</strong></p><p>Principio de <a href="https://www.google.com/search?q=El+abrazo+Anne+Michaels&sourceid=chrome&ie=UTF-8" target="_blank"><em>El abrazo</em></a><em>: </em>"Sabemos que la vida tiene un final. ¿Por qué habríamos de creer que la muerte dura para siempre?". Un interrogante que extiende sus manos hasta la última línea, la oración que termina, un final sin cierre de la novela. Deja en la cancela del futuro, un páramo por atravesar, a quienes acaban de beber sus introspecciones: "¿Quién puede decir qué ocurre cuando somos recordados?". Un círculo de memoria y tiempo. No existe la inmortalidad porque un día, desde un instante, los pies no pisan, los ojos solo ven noche, los dedos no palpan, el corazón no palpita y el aliento se estanca. <strong>Anne Michaels</strong> cuestiona la rigidez vitalicia, duda de que la muerte sea inmortal. La evocación de los vivos puede sustraer a los caídos de un lugar regido por "el principio de la mínima acción". </p><p>Una hipótesis que explora John, soldado inglés, malherido al lado de un río, durante la Primera Guerra Mundial, en el norte de Francia. Entre el dolor, percibe la presencia de un compañero que no le responde cuando le llama, abocado ya al silencio absoluto. "Nacemos para enfrentarnos a un solo momento". Cae la nieve, le rodea la nieve que es frío y es luz. El pensamiento lo regresa a otra nevada, a una cita con Helen, su esposa artista, a quien conoció en el bar de una estación de tren, donde ella se apeó equivocada. Rememora para salvarse, "no puedes parar de ver lo que tienes dentro". </p><p>Tres años después, en 1920, con una paz inconsistente, la pareja vive encima del estudio fotográfico que él, rengo, regenta. Acuden a retratarse personas lisiadas también durante la guerra. Quieren ambientes de artificio para disfrazar amputaciones, prótesis y parches en sus imágenes de posteridad. Los estragos bélicos. John "habría preferido fotografiar la verdad, no para provocar lástima, sino para despertar la ira". La apariencia hasta que aparece la irrealidad de los espectros. Un exmilitar quiere dejar una foto a su padre. Al revelar la placa, junto al joven emerge la figura de su madre, fallecida cuando él estaba en el frente, en Bélgica. John quiere mantener en secreto el prodigio porque "no podemos dejar que la gente albergue esperanzas… La esperanza se da, no se vende". A él, fugitivo de la muerte por metralla enemiga, le desesperó la vuelta de los fantasmas a otros retratos de encargo.  </p><p>Los espíritus recobran su forma. En uno de sus doce saltos temporales, adelante y atrás, en zigzag, <strong>Anne Michaels </strong>relata las sesiones de madame Palladino, una médium prestigiosa entre las élites a principios del siglo veinte. A su salón, en París, acuden<strong> Marie y Pierre Curie</strong> y <strong>Ernest Rutherford</strong>. Los Nobel toman notas del trasiego paranormal como si fueran experimentos sobre el origen tangible de lo inmaterial. "La ciencia nunca debe excluir lo que no comprende". Sus descubrimientos del radio y sus consecuencias, la radiación y la actividad de lo invisible, se conectan con las revelaciones fotográficas de John. Y con las curiosidades científicas de la escritora canadiense, aspirante al rigor de la exactitud: "Necesitaba palabras que fueran tan inflexibles como los números, el cero de una ecuación". Sin embargo, logra el resultado sin fisuras al esparcir estrofas -ha publicado cinco poemarios- y versos por su prosa. Los disemina y los avienta como simiente, muy fértil en <em>Piezas en fuga </em>(una de las cien novelas que "dieron forma a nuestro mundo", clasificó la BBC),<em> </em>y con menor rendimiento en <em>La cripta de invierno. </em>Exprime la esencia del lenguaje.</p><p>"La lástima no es amor". Helena sobrevive a John y a las secuelas de las dos grandes guerras -la más destructiva apenas la insinúa entre líneas-. No se paraliza, no se autocompadece. "Hay un momento en que tienes que decidir que tu vida sea tuya". Tras dedicarse a varias actividades, volvió a ser pintora después de dibujar a un pintor para quien había posado por dinero: ganaba más como modelo ocasional que con múltiples jornadas como librera de circunstancias, su trabajo entonces, a mediados de siglo. </p><p>Anna, hija de Helena y John, encarna la segunda generación de esta saga. Doctora, casada con un sastre originario del Piamonte, Peter. Su primer encuentro, casualidad, fue en la cola de un concierto. Mutuamente deslumbrados. A él, la conflagración le enriqueció al multiplicar el ejército sus encargos de uniformes y sombreros. Anna atemperó esa exuberancia, heredó el compromiso de enfrentarse a las contiendas no evitadas. "¿Qué es el destino? Cuando luchar es lo mismo que rendirse". Pero su sino fue pelear sin resignarse. Durante temporadas, se marchaba de casa. Llevaba marcado el augurio de ayudar en zonas asoladas por el odio y las armas. Desprendida hasta casi desgajarse. Cuando vuelve a casa después de una larga ausencia, Mara, su hija, tiene seis años, pero no está, no hay nadie, solo oye su propia voz y el sonido del "agua de la piscina, que salpica sola". </p><p>La soledad no infrecuente del solidario.<strong> </strong>"La soledad no es un vacío sino una negación… Es el reverso del amor, su réplica oscura". Mara se sumó al designio. Médica en lugares atronados por las bombas y en una de sus secuelas, los campamentos de refugiados. Sufre la crueldad en carne ajena y en la propia. Allí, aturdida, la enlaza el enamoramiento cuando la rodean los brazos de Alan, un periodista destinado a describir el horror en los campos de fuego y sangre. "Nunca había comprendido cómo la ausencia de miedo abre hueco al amor". Un sentimiento que no frena su pulsión de asistir a víctimas de la guerra en cualquier sitio ni cuando está embarazada de cuatro meses.                                                                                                                     </p><p>El rastro de la nieve se diluye en el agua y la sal del Golfo de Finlandia, en 2025. La cuarta mujer es una segunda Anna, emparejada con el hijo de unas víctimas silenciadas y desterradas por la Estonia soviética. Vinculados a sus precedentes, a las fotos, como las de John, que fijan los recuerdos de quienes no están, pero aún son. Porque el anteayer, que ya pasó, revive en el hoy y será reminiscencia pasado mañana. Se aferrará a los vislumbres del <em>abrazo, </em>que "es igual al amor, es conocer algo que aún desconocemos". Reconocerse en los retazos de memoria de lo no vivido. Lo que presienten los barruntos.</p><p><em>* </em><em><strong>Prudencio Medel</strong></em><em> es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 25 Sep 2024 19:00:38 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Prudencio Medel]]></author>
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