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    <title><![CDATA[infoLibre - Gutmaro Gómez Bravo]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/autores/gutmaro-gomez-bravo/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Gutmaro Gómez Bravo]]></description>
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    <copyright><![CDATA[Copyright infoLibre]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Salir del túnel del tiempo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/ideas-propias/salir-tunel-tiempo_129_1947803.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/fbf2e82f-4016-4fb0-bf18-378654c4fa85_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Salir del túnel del tiempo"></p><p>La nuestra es una historia de superación de problemas de fondo y largo recorrido muy graves. Sin embargo, es también una historia de ausencias, de vacíos y de silencios, en la que no hemos conseguido desterrar todos nuestros fantasmas. El suelo de nuestro pasado es endeble, pende todavía de un hilo. El recuerdo implica un esfuerzo por ordenar aspectos inconexos, pero también exige una operación de limpieza, de distanciamiento con el relato tradicional. Una operación encubierta en el caso de los historiadores, que, a pesar de todo, no amortigua en nada su dureza. Sabemos lo que pasó o hemos logrado ordenarlo casi todo. Conocemos su evolución, pero no su impacto entre la inmensa mayoría de la gente. Comprender cómo se interiorizó y <strong>cómo ha sido transmitido generacionalmente, </strong>en su conjunto,<strong> el pasado reciente</strong>, sigue siendo misión imposible. Se necesita un acercamiento personal, introspectivo, que sitúe el ayer en la comprensión de los problemas de las sociedades actuales. La cuestión radica en la atribución de las culpas, pero también en la dificultad de asumir aspectos de recuerdos enfrentados como muestra claramente nuestro caso. Una gran parte de la culpa sigue oculta, apenas ha salido a la luz. Uno de los <strong>significados de la guerra civil más compartidos</strong> incide en su <strong>ruptura política y social</strong>, pero apenas sabemos nada de la reinvención del pasado familiar que aún no ha revelado su verdadero rostro. Por eso es tan terrible que la última generación reciba la versión tradicional de los hechos en formato virtual y la haga suya de forma viral. No es su responsabilidad, es cierto. Se ha transmitido, a lo largo de todo este tiempo, de generación en generación, en el seno familiar y de forma desigual, motivando una clara falta de referentes comunes.</p><p>De modo que la historia ha llegado hasta nosotros a través de la <strong>transmisión de un relato heredado, estereotipado y compartido</strong>. Un relato que se construyó en una época muy difícil y que seguimos renunciando a comprender. La experiencia de la guerra y de la posguerra muestra ese <strong>gran vacío colectivo del que procedemos</strong>. Su alcance masivo, su prolongación en el tiempo y su potencial destructivo sirvieron como un aglutinante de desgracias, que se han mantenido a través de una visión pesimista de la historia española. Eso y todo lo que la gente tuvo que hacer para sobrevivir fue silenciado por sus propios protagonistas, por culpa, por imposición, por miedo y por vergüenza, además de otras muchas razones, sobre todo, económicas. Ese silencio impuesto, reproducido desde lo familiar, tiene unos efectos que apenas hemos empezado a explorar. Es una condición terrible que afecta y condiciona forzosamente a la memoria actual. Esa es una labor pendiente, otra más, desandar y comprender el camino que deja sin resolver las incógnitas personales. Los primeros recuerdos de aquellos niños, como mis padres o los tuyos, no ha salido del túnel en el que se encontraba hace ya casi un siglo. La cuestión, pasa por saber qué usos hacemos de ella en la actualidad. El<strong> silencio con el que se vio obligada a convivir la sociedad española </strong>se inició desde el comienzo de la guerra. Las familias fueron implicadas en ella hasta niveles insospechados, hecho que marcó su condición vital en la “posguerra”. Este es un punto crucial para entender por qué la memoria oficial logra confundirse todavía con la familiar. Fue codificada y transmitida en el amplio repertorio de violencias que sufrió la población civil desde el propio golpe de estado. Su rápida extensión se impuso por todas las vías para asegurar la cohesión de la población “propia” al tiempo que se arrebataba la del “enemigo”. </p><p>Sacar del olvido esa parte, con los materiales de archivo que disponemos, nos lleva de nuevo a explicar, a comprender a regañadientes, una versión que no conocemos y hemos dejado pasar. Renunciamos a ello. Si no entendemos esto, nunca sabremos cómo se empezaron a transmitir aquellos recuerdos, cómo se fueron adecuando a las pautas, políticas, sociales y culturales, que no siempre se sincronizaron con la recuperación de la democracia. Hay <strong>un eslabón perdido,</strong> reconstruido con lo que había a mano en cada momento, testimonios orales, fotos, cartas, audios…..y archivos, por eso son <strong>tan necesarios,</strong> para<strong> mantener la exigencia de recobrar una historia a la que ya no podemos llegar. </strong>Sus restos siguen vivos en un presente que agita aún sus claves emocionales. La necesidad de comprender las historias familiares, contra su largo proceso de olvido y apropiación, desactiva su utilización política en la batalla por el relato que nada tiene que ver con ellas ni con su historia. Para ello, primero la sociedad tiene que considerar justo y <strong>necesario condenar la dictadura,</strong> y superar el modelo de reconciliación impuesto por el franquismo. Comprenderlo, explicarlo, no conmemorarlo. De este modo, el conocido “deber de memoria” puede facilitar el conocimiento de nuestro pasado reciente y su difícil proceso de articulación. Pero también puede ser una trampa, que se enreda políticamente en el presente, bajo la promesa de futuro.</p><p><strong>___________________</strong></p><p><em><strong>Gutmaro Gómez Bravo </strong></em><em>es Catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 23 Feb 2025 20:35:16 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Gutmaro Gómez Bravo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Salir del túnel del tiempo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Guerra civil,Guerra Civil española,Franquismo,Víctimas del franquismo]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Memoria de la discordia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/ideas-propias/memoria-discordia_129_1924868.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/957daaf3-0037-4c69-96a1-cae3ef3b8164_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Memoria de la discordia"></p><p>Entender el presente exige comprender cómo aflora el pasado de manera cotidiana, desordenada e interesada. Nuestro tiempo, saturado de datos e imágenes, se ha convertido en la era de la desinformación, la de los bulos, que han arrastrado la historia a una guerra cultural sin cuartel. Todo vale, todo es mentira, en una realidad que supera a la ficción y que viraliza los viejos mitos y leyendas fundacionales. Asistimos a un gran cambio tecnológico, el de la era digital, en el que, a través de un gran salto hacia atrás en el tiempo, se ha construido un pasado a medida. <strong>Toda historia es una historia del presente</strong>. La nuestra es visual, exige contenidos y referentes "nuevos" como forma de captar la atención en internet. Explorar qué hay detrás de esa forma de entender y consumir el pasado es una de las principales obligaciones de los historiadores. Depende, en buena medida, de lo que hagamos ahora con la gestión de ese pasado incómodo, ya que las formas tradicionales de transmisión del relato se han roto por completo. Los jóvenes tienen interés por la historia, pero <strong>la identifican como algo ajeno</strong> a su mundo y la meten en el mismo cajón que a la política. La confusión entre historia y memoria ha terminado con su interés. Es un efecto de la polarización constante, pero surge de un proceso más complejo y persistente.</p><p>Mi generación, la del final del <em>baby boom</em>, fue la primera en la que <strong>no se impuso a la fuerza el modelo de reconciliación franquista</strong>. Niños durante la Transición, jóvenes en los años ochenta y noventa, no conectamos con la memoria de nuestros antepasados que se quedaron en España y sufrieron persecución; oficialmente, esos recuerdos no estaban reconocidos, y familiarmente se habían silenciado, por miedo y por vergüenza. Pudimos conectar con ellos en plena etapa de formación, entroncando con la memoria intelectual y política del exilio. Marcada todavía por la querella del final de la guerra, que afectó de lleno a la izquierda y al mundo nacionalista,<strong> arrastraba una herencia disputada y en conflicto</strong>, que sigue pesando en la estrategia y en los discursos de la mayor parte de los partidos actuales. La irrupción de esta dimensión política, ideológica, tuvo un efecto inesperado. El consenso democrático en torno a una política de memoria de Estado, propia de la posguerra europea, quedó bloqueado en sede judicial y parlamentaria. La posibilidad de conectar con la experiencia de esta generación olvidada, la del «exilio interior», se ha esfumado, ya que prácticamente todos sus integrantes han fallecido. La polarización ha terminado por volar los puentes con la idea de reconciliación de la Transición, que anclaba sus bases en el modelo de memoria anterior. </p><p>Esta es la particularidad del caso español. Esa misma separación personal, privada, sigue presente en nuestra historia pública. El estudio de la represión franquista, la historia de las mujeres o la participación de España en la Segunda Guerra Mundial, incluido el paso de los españoles por los campos de concentración y de exterminio, por citar solo algunos ejemplos, no se han incorporado a los libros de texto. La versión tradicional y heredada de la historia no se ha modificado. Por el contrario, <strong>se ha generado una reacción</strong>, un contrarrelato, que adquiere fuerza con rapidez y se convierte en una excelente forma de confrontación política. El pasado llega a nuestros hijos como algo confuso, alterado y mezclado en el mar de contenidos digitales, donde las plataformas de ocio y entretenimiento terminan desplazando por completo la lectura, como también la escucha. A través del lenguaje visual, se consigue que el revisionismo y el negacionismo lleguen a calar en la cuarta y última generación, que recibe, de forma pasiva y voluntaria, la misma versión impuesta a sangre y fuego que recibió la primera. La memoria franquista, blanqueada en miles de memes, mantiene intacta su legitimación y su modelo de reconciliación. La mayor parte de la sociedad española, de hecho, <strong>no considera que Franco fuera un dictador </strong>como Hitler, Mussolini o Stalin.</p><p>La delgada línea que nos separa del pasado puede también tratar de unirnos. <strong>Recordar, detenernos y pararnos a pensar </strong>de dónde venimos no es tarea fácil. Siempre es más arduo mantener el vínculo con un tiempo de dificultades y amenazas que con las libertades y la sociedad de la abundancia, que culturalmente sigue siendo mucho más aceptable como punto de origen. No hemos transmitido nuestros vínculos más cercanos, que apenas son hoy reconocibles. La búsqueda de referentes en el pasado remoto, en cambio, se ha disparado a través de internet y de las redes sociales. Más allá de una versión adulterada de los acontecimientos, las redes ofrecen una explicación del mundo, una cosmovisión que impide entender el presente como el resultado de un proceso histórico. Se deslizan, por el contrario, hacia las teorías de la conspiración, resucitan los antiguos mitos, los viejos odios, como combustible de la polarización política. El pasado deformado, filtrado, sirve a nuestras creencias, a nuestra forma de encajar el presente. Todo es opinión en un tiempo en el que hemos renunciado a explicar, a entender el mundo. <strong>Por eso es tan fácil mentir </strong>usando el pasado como sustituto de la verdad y antesala de la discordia.</p><p>_______________________</p><p><em><strong>Gutmaro Gomez Bravo</strong></em><em> es catedrático de Historia Contemporánea por la Universidad Complutense de Madrid.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 07 Jan 2025 19:54:01 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Gutmaro Gómez Bravo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Memoria de la discordia]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Franquismo,Víctimas del franquismo,Transición democrática,Historia]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Normalizar la beneficencia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/ideas-propias/normalizar-beneficencia_129_1903494.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>Hace ahora medio siglo, el historiador francés Philippe Ariés terminaba su largo y exhaustivo ensayo sobre la historia de la muerte en Occidente. Concluía con unas palabras que tristemente resuenan hoy: <strong>la muerte se ha privatizado</strong>, oculta la vejez. Nuestro tiempo no ha dejado de consumar esa relación en todos los ámbitos de la vida; la mayor parte de los aspectos que quedaron dentro de las políticas sociales en la Europa reconstruida de las cenizas de la Segunda Guerra Mundial se han desvanecido prácticamente hoy al completo. Nuestros mayores sufren <strong>maltrato institucional</strong> porque lo hemos normalizado social y culturalmente; lo hemos terminado aceptando, y naturalizando, al igual que el desmantelamiento de la sanidad o de la educación pública. </p><p>Las terribles muertes en las residencias durante la pandemia, como muestra la manifestación celebrada el pasado sábado en Madrid, siguen generando indignación años después. La razón principal, como explica a la perfección el documental de Juan José Castro, es que hubo una diferenciación entre los enfermos que no se derivaron de las <strong>residencias a los hospitales públicos</strong> y aquellos otros que sí pudieron ser trasladados a las clínicas y hospitales privados. Una realidad desigual que, lamentablemente, no se ha enmendado y subsiste. La razón principal está en el modelo de atención a los mayores y en la gestión de la dependencia. Una falta de atención, de ocultación, como diría Ariés, que sigue teniendo consecuencias mortales, como demuestra el reciente incendio de la residencia de Villafranca del Ebro, en Zaragoza. Ha trascendido que hubo <strong>diez víctimas mortales,</strong> pero nada de las razones y condiciones de la investigación de lo sucedido, apenas sabemos que, en todo el centro, había dos trabajadoras para el turno de noche. </p><p>Es importante mostrar el malestar. La aceptación de muertes que se podían haber evitado nos denigra socialmente, nos devuelve a la vieja beneficencia en la que las familias venidas a menos ocultaban su pobreza por vergüenza, porque no podían hacer un funeral o pagar una lápida. O a los tiempos en que la gente malvendía lo poco que tenía para afrontar los gastos médicos. Una realidad que aún habita en un <strong>rincón de la memoria colectiva</strong>, que parece volver para quedarse en un mundo donde muchas familias viven sin fruta ni verdura, sin psicólogo, oculista o dentista, sabiendo que no verán nunca el mar. El deterioro y la precariedad en la que viven nuestros mayores es fiel reflejo de nuestro tiempo. Su soledad, su desplazamiento y progresivo ocultamiento se han ido colmatando a medida que, año tras año, se aprobaba una nueva bajada de presupuestos sociales de administraciones, por otro lado, con más contribuyentes. Se extingue la<strong> generación de la posguerra</strong>. Venía con un pan bajo el brazo, el del racionamiento. Hoy van muriendo aislados, desahuciados, entre la dación y el copago. A falta de ilusiones futuras, nuestra sociedad mira al pasado, pero deja fuera todo lo que incomoda y estorba. Miramos para otro lado. </p><p>Más allá, hay otra realidad, más luminosa que esta otra vejez presente que ya se da por amortizada, electoral y, sobre todo, económicamente: el progresivo envejecimiento de la sociedad. Es aquí donde está el negocio con verdadera proyección,<strong> mucha demanda y poca incertidumbre</strong>, en términos de satisfacción de los clientes. Es aquí donde reside la lógica de un modelo privado de gestión residencial, que se extiende desde años por toda Europa, y que, con total normalidad, hemos aceptado. Las opciones son, básicamente, tres. Primero, pagar una suma desorbitada sigue siendo símbolo de estatus solo para el que se lo pueda permitir; segundo, ceder cómodamente tu piso al banco; ellos se encargan de todo y costean la residencia hasta que te mueras, con total tranquilidad.</p><p>La última y más generalizada es el modelo mixto de <strong>gestión público-privada</strong>. En los manuales de recomendaciones del sector aparece cómo la forma más apreciada para sostener un edificio en el que, de entrada, se descarta lo público por insostenible, pero en el que nunca se contabiliza lo que se transfiere a un modelo privado, concentrado, en manos de grandes grupos de empresas. La<strong> burocratización y la digitalización,</strong> que no la transparencia o la igualdad de condiciones y servicios, son los principios que rigen la solución a un problema, como la gestión de residuos o la seguridad urbana, por poner dos ejemplos, del circuito de conciertos económicos en el que terminan enredadas nuestras vidas y las de nuestros seres queridos.</p><p>La Ley de Dependencia fue un gran avance en nuestra legislación social, pero su desarrollo y aplicación dejan mucho que desear, empezando por el enjambre burocrático y administrativo en que recae la valoración de los distintos grados cognitivos, de movilidad o situación social en que se encuentra cada persona. Las listas de espera nos han hecho olvidar que hubo una época, no tan lejana, en que se suscribieron grandes acuerdos para que las pensiones, por ejemplo, se revalorizaran con el IPC. Extremo que el cálculo del pago de esta última modalidad residencial, sin embargo, no tiene en cuenta ninguno de estos aspectos. Pertenece a otra época, a otro tiempo. Es lo que hay, parecen decirnos desde todas partes. La <strong>desinformación y la explotación del dolor </strong>son dos motores de crisis que tendrá que estudiar la historia del futuro, como nosotros estudiamos el hambre, la violencia o las guerras. La pregunta es si para entonces habrán cambiado de denominación y de rostro.</p><p>____________________</p><p><em><strong>Gutmaro Gómez Bravo</strong></em><em> es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 25 Nov 2024 20:46:04 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Gutmaro Gómez Bravo]]></author>
      <media:title><![CDATA[Normalizar la beneficencia]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Residencias de mayores,Pobreza,desinformación,Sanidad pública]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Mitos, pantanos y presas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/ideas-propias/mitos-pantanos-presas_129_1890276.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/957daaf3-0037-4c69-96a1-cae3ef3b8164_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mitos, pantanos y presas"></p><p>No había llegado la dana a su apogeo ni las cifras arrojaban su enorme caudal de muertos cuando comenzaron a circular por redes los habituales bulos y mensajes de desinformación. <strong>El ruido señalaba el camino de la responsabilidad: los otros</strong>. En un sentido lo más genérico y amplio posible, fuera de toda coordenada espacio-temporal que permitiera explicar la que estaba sucediendo. Pronto aparecieron los verdaderos culpables, los otros de hoy, los ecologistas y defensores del cambio climático, por quitar las presas de ayer, las que mandó construir el propio <strong>Franco</strong>. Una vez más, <strong>el mito del salvador</strong>, constructor, vencedor del comunismo y de la pertinaz sequía, resurgía para ser utilizado en un clima enquistado por la polarización y en el que la pérdida de vidas humanas parecía no importar lo más mínimo.</p><p>La estrategia no es nueva; ya fue usada por la propia oficina de propaganda nacional durante la guerra civil: hacer circular un mensaje sobre la población civil al inicio de una gran ofensiva; prometer la vuelta a la normalidad al tiempo que se ordenaba el mayor castigo aéreo que habían visto los hombres; después, negarlo todo, echar la culpa a los otros, al enemigo. Esas fueron algunas de las pautas principales que manejaron con gran habilidad las agencias de radio y prensa franquistas. Forman parte ya de un legado aprendido, de una escuela que no descansa y que tiene a ambos lados del Atlántico <strong>una nueva estrategia de comunicación con la desinformación y la vuelta al pasado en su centro neurálgico</strong>. Un doble negacionismo puesto en marcha con éxito desde la pandemia que sigue arrasando Europa. Porque, detrás de los pantanos, detrás de la inmigración y de los refugiados, el gran mantra de la extrema derecha de todos los tiempos, se proyecta <strong>el mito del buen dictador capaz de garantizar el orden y la paz</strong>, la seguridad y el pleno empleo. La utilización del pasado, su reducción a dos realidades enfrentadas, es una táctica usada desde hace tiempo en varios países. Alternativa para Alemania (AfD) ha utilizado la partición y la ocupación del país tras la derrota alemana para crecer en la antigua Alemania del Este, donde la extrema derecha inició su repunte al calor de las crisis de refugiados de la guerra de Siria. En Holanda han replicado la táctica con excelentes resultados. En Francia se asumen abiertamente los lemas de Vichy y del colaboracionismo con los nazis, cuando no hace mucho ese tipo de eslóganes eran un delito. En Italia, la primera ministra se ha reivindicado como sucesora directa del neofascismo al tiempo que ha proyectado una deportación hacia Albania de extranjeros ilegales, en una referencia sin tapujos a la Europa concentracionaria. Y es imposible olvidar la imagen del asalto al Congreso de Estados Unidos, coronado por una bandera confederada que Trump viene usando de nuevo en su carrera electoral.</p><p>En España hace tiempo que asistimos a <strong>una reivindicación del franquismo sociológico</strong>, sobre todo a través de la recreación de su imaginario feliz, <strong>el del crecimiento económico de los años sesenta</strong>. Es el mejor reflejo de una sociedad que, en el fondo, no considera que Franco sea realmente un dictador. Y si lo fue, poco importa, porque hizo muchas cosas buenas. Un mensaje que cala en una nueva generación que está formando su identidad política bajo esta construcción de la realidad y esta visión tóxica del pasado. La mayoría se sienten atraídos, como muchos otros sectores, por este tipo de mensajes contra la política institucional, que no tienen nada de apolíticos como vemos y que terminan certificando<strong> la muerte de la opinión pública</strong>. El miedo y la confusión han terminado con ella. Su antigua capacidad de atracción y de estabilización en torno al consenso ha dejado de funcionar. La clave ha sido su capacidad de colapsar, no solo la vía institucional, también la capacidad democrática para la transformación y la mejora de las cosas. El efecto de esta parálisis ha sido crucial en la emergencia de las estrategias populistas. Se ha impuesto una nueva agenda, una nueva realidad en la que el pasado es solo uno de los múltiples decorados donde todo se reduce a una lucha contra los otros. Recogen así, rápidamente, los beneficios, la satisfacción emocional de saltar del pasado al presente: <strong>la glorificación de la dictadura y la utilización de las víctimas como chivo expiatorio</strong>. La utilización del pasado como una nueva forma de afinidad de grupo no deja de crecer exponencialmente y, sobre todo, como vemos en plena tormenta, en las crisis. El problema es que se cimenta sobre la confrontación, el odio y, en este caso, como en muchos otros, sobre los muertos.</p><p>____________________</p><p><em><strong>Gutmaro Gómez Bravo</strong></em><em> es catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 31 Oct 2024 19:15:13 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Gutmaro Gómez Bravo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Mitos, pantanos y presas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Franquismo,Alerta por la DANA,Memoria histórica,Extrema derecha]]></media:keywords>
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