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    <title><![CDATA[infoLibre - Pepe Cervera]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/autores/pepe-cervera/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Pepe Cervera]]></description>
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      <title><![CDATA[La caja 507]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/caja-507_129_1991344.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/9fd626fe-705a-4519-9529-19220248b4d6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La caja 507"></p><p>La maquinaria está en marcha. Por fin. No ha sido un despiste, conste en acta. Tranquilos, la tardanza está plenamente justificada. El barro obstruía una de las piezas del engranaje y, tal y como están las cosas por Valencia y alrededores desde el pasado mes de octubre respecto a la demanda de personal cualificado,<strong> les ha costado dios y ayuda encontrar mano de obra que atienda la recuperación. </strong></p><p>Pero más vale tarde que nunca. </p><p>El 5 de mayo ya nos desayunábamos con un artículo titulado “El marido de la juez Nuria Ruiz:<strong> la sombra que planea sobre la investigación de la DANA</strong>”, en el que se nos relataba el escándalo judicial que se le viene encima a la magistrada del juzgado de instrucción número 3 de Catarroja. Uno ya venía preguntándose cómo podían estar dejando que transcurrieran tres meses sin remover el tarquín para que ascendiera el hedor del descrédito. Ese no es mi Partido Popular, me decía, que me lo han cambiado, que no, fíjate bien, que está irreconocible. </p><p>Pero sí.</p><p>En el artículo al que me refiero se nos habla de<strong> simbiosis entre los dos cónyuges.</strong> Es un rumor muy contrastado, la simbiosis en cuestión, un rumor, simbiosis, no se vale reírse, entre personas que comparten mesa, mantel, almohada y vida. Serán simbiontes, más que simbiontes. Nos dicen que mantienen<strong> una relación particular en todos los ámbitos</strong>, todos, conste en acta también. O sea, que la relación marital no se limita a compartir mantita de terciopelo sentados en el sofá delante del televisor; es una relación, no en uno ni en dos ni en tres, mucho cuidado, es<strong> una relación en todos los ámbitos.</strong> Se trata, pues, queda claro y meridiano, de un matrimonio bien avenido. Lo que se conoce como matrimonio con relación particular de toda la vida. “Fuentes a las que ha tenido acceso este periódico —y ahí sí he de darle la razón al autor del artículo, ya que al medio en el que se publica le falta un trecho largo para considerarse entero— aseguran que el marido, que es juez, pero no tiene nada que ver con el caso, muchos días se sienta en la puerta de la Sala”. </p><p>A ver, por partes, si yo fuera el marido de la señora Nuria Ruiz Tobarra y entre mis propósitos más inmediatos figurara<strong> organizar una conspiración judeo masónico izquierdista</strong> en contubernio con el terrorismo rojo —que es lo que en el fondo y en la superficie desean las asociaciones de “interesados” de víctimas de la dana—, me esperaría a llegar a casa por la tarde o reservaría el fin de semana; <strong>no me sentaría en la puerta de la Sala del juzgado que dirige mi esposa</strong> como burro amarrado a la puerta del baile y sintiéndome como aquel ladrón que busca su fortuna en un callejón por donde nunca pasa nadie. Pero, claro, yo soy yo y el marido Magistrado de la esposa Magistrada es el marido; o sea, él, otro, uno distinto a mí pero por lo visto una sola entidad con su esposa. Allá cada cual.</p><p>El artículo insiste en que fuentes cercanas al caso califican a la magistrada como “una persona abiertamente de izquierdas”.<strong> Bolivariana de armas tomar</strong>, vamos. Y uno, siguiendo la misma lógica filosófica e incuestionable, va tirando y tirando de ese hilo de razonamiento, considerando su solidez a través de diferentes tipos de estructuras argumentativas, y no puede dejar de preguntarse si a jueces como <strong>Juan Carlos Peinado o Ángel Hurtado</strong> habría que calificarlos como “cerradamente de derechas”, o incluso como <strong>“mucho cerradamente y muy de derechas”</strong>. Quién sabe. </p><p>Digo yo: si existe alguna queja sobre la actuación de la magistrada que instruye la causa penal por la dana, debería cursarse <strong>por los cauces legales de que se disponga</strong> y ante el organismo pertinente. Aunque, a la vista del estado de la nación, el Poder Judicial ya viene a ser como la noche y es comprensible que a los quejantes les confunda y que la hayan presentado a través del registro de entrada del <em>OKdiario</em>, al que seguramente debe de accederse por aquella puerta de atrás que el senador<strong> Ignacio Cosidó</strong> dibujó en la pared para que el Partido Popular, al cruzarla, pudiera liberarse como se despliega la vela de un barco y despertar en un prado verde muy lejos de aquí y correr y gritar y reír.</p><p>A principios de febrero de 2025, en cuanto se practicó la primera diligencia de investigación por el juzgado de instrucción número 3 de Catarroja sobre la gestión de la dana, anoté en una cuartilla el resultado del procedimiento, la introduje en un sobre y <strong>lo deposité cerrado con lacre en la caja de seguridad número 507 </strong>de la sucursal bancaria que dirige Modesto Pardo. El sobre de marras únicamente debe abrirse cuando finalice el juicio, pero ya les adelanto el contenido de mi presagio: <strong>la magistrada Nuria Ruiz Tobarra acabará expulsada de la carrera judicial.</strong></p><p>______________________</p><p><em><strong>Pepe Cervera</strong></em><em>, vecino de Alfafar (Valencia) es escritor. Su último libro publicado se titula ‘Azufre’ (Editorial Tres Hermanas).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 09 May 2025 17:53:11 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pepe Cervera]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La caja 507]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Alerta por la DANA,Valencia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Vonnegut lo acertó al sur de Valencia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/vonnegut-acerto-sur-valencia_129_1927453.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b22114c0-a643-4e71-b94c-45645189b99c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Vonnegut lo acertó al sur de Valencia"></p><p>Transcribo una frase de Kurt Vonnegut que me viene al pensamiento bastante a menudo: “El verdadero terror es despertarse una mañana y descubrir que<strong> tus compañeros de instituto están gobernando el país</strong>”. La frase es bastante acertada. Todo lo que escribió y dijo Vonnegut es acertado, la verdad.  </p><p>Como dice el refrán: De Vonnegut hasta los andares.  No obstante, opino que no se deben tomar las palabras del escritor estadounidense de forma literal; no se sirve de ellas para hacernos creer que compartió pupitre con todos y cada uno de los que gobiernan los Estado Unidos de América, <strong>que los conoce en persona y profundidad</strong> y  por eso garantiza su incompetencia. La expresión contiene un sentido figurado, sin duda. Sospecho que se está refiriendo a que tarde o temprano llega un momento, una edad, en que empiezas a darte cuenta de quién, cómo y cuándo es la persona que elige consagrar su vida y milagros a la política. A propósito de quién y quién no decide dedicarse con total resignación y entrega <strong>a tan sacrificada ocupación como es la política</strong>, circula un chascarrillo por aquí, por este desapercibido pueblo situado en la comarca de la Huerta Sur valenciana en el que vivo —aunque no creo meter la pata si lo extrapolamos al resto del planeta—, con el que hace años se intentaba adjudicar un destino a  cada uno de los hijos de las familias con posibles.</p><p>Cuando eran varios los descendientes, dicen, a uno se le encaminaba hacia el sacerdocio, a otro se le buscaba hueco en los puestos altos del escalafón militar, y al hijo tonto —dicho no como injuria, sino como definición del poco capaz, del que no sabe, del que no sirve para nada— <strong>se le alimentaba el gusanillo de la política</strong>. </p><p>La incapacidad de quienes gobiernan la Comunidad  Valenciana es actualmente manifiesta para todo aquel que tenga dos dedos de frente y cinco minutos, cinco, no son necesarios más, os lo aseguro, <strong>para informarse sobre las competencias gubernativas de cada cual</strong>. La cultura popular, los dichos, los refranes, pueden ser una muy valiosa fuente de sabiduría. Si Mazón y sus mariachis fueran los más inteligentes a ambos lados del río Turia no necesitarían aparentar frente a los micrófonos disfrazados con chalecos fosforescentes, nada de eso, vestirían alzacuello o traje de camuflaje. No es el caso. Sin embargo, siempre hay un mamporrero —y no me  refiero a persona alguna que dirija el miembro de Carlos Mazón en el acto de la cópula, sino a alguien que amaña su inteligencia en beneficio de otro—, <strong>siempre hay un  mamporrero de guardia</strong>, digo, para atender las urgencias durante las veinticuatro horas del día, ya sea domingo o  entre semana festivo, que no pierde la oportunidad de descolgarse con aquello de y la Confederación Hidrográfica del Júcar qué, eh, y el gobierno central qué,  y la Aemet qué, y la presa de Forata y los ecologistas con sus dichosos cañaverales en los cauces y los catalanes y la independencia y la financiación y la vaquilla del Grand Prix, y, y, y...  </p><p>Yo ya me encuentro en esa edad que antes comentaba en la que se está de vuelta y<strong> los sueños cada vez son menos </strong>y los ideales han perdido fuerza. Uno va acomodando sus ambiciones al día a día, no mucho más allá, para qué, va adaptándolas a los hechos concretos, a la compañía de las personas que ama, a las cosas que se pueden tocar, oler, saborear. Ya lo dijo Adam Zagajewski, escritor polaco: “<strong>Siempre volveremos a la cotidianidad</strong>: tras haber vivido una epifanía o haber escrito un poema entraremos en la cocina para preguntarnos qué hay para almorzar; y después abriremos un sobre con la factura del teléfono”.  </p><p>Ojalá la vid<strong>a fuera simplemente cuestión de preguntarnos</strong> qué hay para almorzar.  </p><p>El conocimiento, la verdad, los intereses morales y los intereses materiales, la bondad en el hombre, la maldad en el hombre, la razón. Que se queden con esas grandes cuestiones los grandes filósofos <strong>y los grandes nombres del periodismo patrio</strong>. Yo estoy aquí para hablar sobre qué hay hoy para almorzar, estoy aquí para hablar de la factura del teléfono, del alumbrado público <strong>cuando falla más que una escopeta de feria</strong>, del barro que a día de hoy, y ya va para tres meses, todavía se acumula en muchas de las calles de Alfafar, del barro que ya es tarquín y hiede a demonios, de los automóviles que aún se amontonan en solares demasiado cercanos a las viviendas, de la basura, de la suciedad que<strong> no hay quién la limpie ni se le espera</strong>.  </p><p>“Lo que más echo de menos es pasearme con mis amigos por los pueblos con la guitarra”. Esta frase cargada de nostalgia se la leo en una vieja entrevista al molt honorable President de la Generalitat Valenciana. Corría el año 2011 y Mazón<strong> tenía un grupo de música con unos pocos amigos</strong>. Marengo. Fue preseleccionado para representar a España en el festival de la canción de  Eurovisión. Al final, la gallega Lucía Pérez, con el tema <em>Que me quiten lo bailao,</em> fue la elegida en aquella ocasión. Mazón decidió cambiar la música por la política  <strong>—ese cambio fue su epifanía— </strong>y la política le cambió la vida, a mejor, y con el tiempo cambió la nuestra, a peor, mucho peor. </p><p>Yo también he vivido todas las epifanías que me tocaban. A estas alturas, y con la que nos ha caído encima, me cuesta creer en la ficción, en la fantasía, en la imaginación,<strong> en los chalecos fosforescentes</strong>, sobre todo  en los chalecos fosforescentes. Lo que se ve es lo que hay, sin trampa ni cartón. Salgo de casa temprano cada mañana para dirigirme al trabajo y veo el paisaje desolador que me rodea, lo veo con impotencia, con terror, porque sé quién, cómo y cuándo es la persona que nos gobierna en Valencia. Lo sé, y sé que ese terror es terror del verdadero. </p><p>____________________________</p><p><em><strong>Pepe Cervera</strong></em><em>, vecino de Alfafar (Valencia) es escritor. Su último libro publicado se titula ‘Azufre’ (Editorial Tres Hermanas).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 14 Jan 2025 19:33:14 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pepe Cervera]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Vonnegut lo acertó al sur de Valencia]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Comunitat Valenciana,Valencia,Carlos Mazón,Alerta por la DANA]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Alfafar: donde gritan las sirenas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/alfafar-gritan-sirenas_129_1902973.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/f503affb-a5e1-4808-a3dc-b21e46ea58ea_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Alfafar: donde gritan las sirenas"></p><p>He amanecido con las sirenas. Temprano, a las seis y poco de la madrugada.</p><p><strong>Hace tres semanas que despierto con las sirenas, con el rugido de los camiones y las excavadoras, </strong>con el aleteo metálico de las hélices de un helicóptero, el golpeteo de maza y cincel que ya llega desde alguna casa vecina.</p><p>Hoy sopla un viento incómodo, sopla con ganas. Se han anunciado rachas máximas de 70 km/h, en algunos puntos de la provincia alcanzará los 90. Es un viento del oeste que barre el lodo seco de las calzadas y levanta hasta la altura de un hombre adulto partículas de polvo que <strong>vuelven el aire irrespirable</strong> y cubre el paisaje de más tristeza, mucha más, si cabe. Por eso, al principio, parece que las sirenas suenan a cierta distancia, un ruido con poco cuerpo que se incorpora como quien no quiere la cosa a lo que sucede en los sueños y se va aproximando con las primeras luces y crece, se hace grande, impacta contra el cristal y allí se queda como si fuera un moscardón al</p><p>El agua y el barro.</p><p><strong>El agua y el barro están en mis sueños</strong>, entre las arrugas de las sábanas, están en el fondo de las pupilas y en los párpados cerrados, en mi sudor, en mi aliento, en el pánico absoluto que todavía hoy me pone la piel de gallina. Están al otro lado de la ventana. Nada ha cambiado desde entonces. El campo de fútbol municipal, enfrente de mi casa, una superficie de tantos metros de ancho por otros tantos de largo, cubierta con un césped artificial de última generación para que nada influya en la trayectoria, la velocidad y el giro de la pelota, se ha convertido en un vertedero provisional. Allí van a parar la basura y los escombros que ha vomitado la tragedia. <strong>Montañas y montañas y montañas de barro seco y tierra apelmazada </strong>de la que surgen como tentáculos de una criatura demoníaca<strong> </strong>tablones de madera, barras de hierro, pedazos de tubería, viguetas de algo que soy incapaz de identificar pero que se retuerce y se enrolla sobre sí mismo con el dolor estruendoso de casi un millón de habitantes.</p><p><strong>¿Habitantes o cadáveres?</strong></p><p>Cadáveres. Yo diría cadáveres.</p><p>Aquí está, sí, aquí, no hace falta que paséis lista, aquel millón de cadáveres que convirtió a Dámaso Alonso en insomne. Aquí, en los alrededores, en los pueblos de Alaquàs, Albal, Sedaví, Aldaia, Alfafar, Benetússer, Catarroja, Chiva, Massanassa, Paiporta...Ni siquiera Dios, estoy seguro de ello, segurísimo, vamos, <strong>ni siquiera Dios sabe por qué se pudren aquí tantas y tantas almas,</strong> por qué nos ha tocado pudrirnos a nosotros, a este millón de cadáveres, aproximadamente, según las estadísticas, en este mundo que ya no es mundo, en estos cerca de cien municipios en los que se han secado los grandes rosales del día y las tristes azucenas letales de las noches.</p><p>Las víctimas mortales a causa de la DANA ascienden a doscientos veinte. Las han contado. Esa es la cifra exacta a fecha 20 de noviembre. Para ser precisos, al César lo que es del César, <strong>doscientos veinte son los cuerpos muertos; para ser precisos el resto, los otros 999.780, no somos cadáveres pero como si lo fuéramos. </strong>Habremos de conformarnos con ser pedazos, jirones, residuos. Somos la parte insignificante que ha quedado de aquel todo de antes de. Esto es lo que hemos podido rescatar de entre el barro hurgando con los propios dedos. Poca cosa. Una proporción escasa para moldear al hombre nuevo. Respiramos, cierto, nos movemos, somos capaces de coger esto y aquello con la mano, tocarnos y reconocer el tacto, damos los buenos días cuando nos encontramos con un vecino por la calle, al llegar a la esquina miramos a izquierda y derecha antes de cruzar hacia...</p><p>¿Cruzar adónde?</p><p><strong>No hay colegios ni centros médicos, no hay parterres, no hay parques, los comercios permanecen cerrados, </strong>algunos, la mayoría, con las persianas metálicas o los escaparates tal y como estallaron el día de la riada. En la se amontonan los vehículos, en una tierra aledaña que hasta no hace mucho se cultivaba con cardo, con alcachofa o cebolla tierna, ahora se amontonan los vehículos en fila de a seis, de a ocho, de a diez. Un coche encima de otro y de otro. Tres alturas. Cuatro. En cada uno de ellos la abolladura, la mella, el desgarrón, la llaga. En cada uno de nosotros la abolladura, también en cada uno de nosotros. Pese a todo, sonreímos, sí, sonreímos, qué otra cosa podemos hacer. La resignación es lo último que se pierde.<strong> Nos esforzamos por vivir, por seguir viviendo como personas corrientes</strong> aunque seamos pura carcasa, aunque por dentro el vacío lo llene todo y el llanto y su eco nos impida dormir más de tres horas seguidas.</p><p>Es esta de ahora una vida tan extraña. </p><p>Se queda corto cualquier calificativo.</p><p>El pasado domingo, 17 de noviembre, Carlos y Marta vinieron desde Godella y nos sacaron de este lugar oscuro habitado por seres que han perdido el alma. Nos llevaron al barrio de Patraix, a comer un arroz meloso de pato con setas y de postre a disfrutar con <em>Sobre las hojas de hierba</em>, el íntimo homenaje a Walt Whitman ofrecido por Juan Diego Botto, Nur Levi y Alejandro Pelayo al piano en La Rambleta de Valencia. Salir, cambiar de paisaje, abrir las ventanas para renovar el aire. Volver a ser los de antes. <strong>Volver a ser. Paso a paso</strong>. Pero es esta de ahora una vida tan extraña. La necesidad de distracción, de recreo, la demanda de desahogo, el deseo de una existencia en la que no hubiera pasado nada, no consiguió desenredar esa madeja de esparto atascada en la garganta que nos hizo sentir culpables. Así es. Somos culpables, culpables de querer vivir después de, a pesar de, responsables de, obligados a responder por... Volver a ser, dice,<strong> ¿volver a ser los de antes de las sirenas </strong>y el rugido de los camiones y las excavadoras, los de antes del aleteo metálico de las hélices de un helicóptero? Los de antes, dice. Pero tú qué te has creído. ¡Habrase visto! </p><p>Los de antes ya no existen.</p><p>______________________</p><p><em><strong>Pepe Cervera</strong></em><em>, vecino de Alfafar (Valencia) es escritor. Su último libro publicado se titula ‘Azufre’ (Editorial Tres Hermanas).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 23 Nov 2024 18:33:25 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pepe Cervera]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Alfafar: donde gritan las sirenas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Alerta por la DANA,Valencia,Comunitat Valenciana]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Alfafar: ¡El dolor, el dolor!]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/alfafar-dolor-dolor_129_1891493.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/bd1aff79-71f0-4c0a-bf68-320b539e2b8c_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¡El dolor, el dolor!"></p><p>No llueve. Ni una sola gota.  </p><p>Ni siquiera son las siete y media y aquí, <strong>en Alfafar, no llueve</strong>. Es que ni una gota, tú, en serio. <strong>Incluso hace un calor</strong> no sé si escribir fuera de lo común para estar en los últimos días de octubre.  </p><p>Martes. <strong>Veintinueve</strong>. Ya digo que ni siquiera <strong>son las siete y media de la tarde</strong>, hace poco más de una hora que ha empezado a anochecer y como cada tarde de cada día estoy<strong> con mis cosas pequeñas de la vida </strong>y mis lecturas. Estoy pensando en todo o en nada o sin pensar, qué más da, simplemente estoy sentado en una butaca <strong>frente a una ventana </strong>desde la que se ve el polideportivo municipal, la calle, <strong>la casa que hay frente a la mía</strong>, el mundo, y en el mundo, por insólito que parezca, aparece una tapa de alcantarilla<strong> que salta hasta una altura de un palmo</strong> y deja salir agua a borbotones, como si tosiera; y de improviso —todas las calamidades ocurren de improviso—,  <strong>empieza a vomitarla a chorro</strong> con la imparable fuerza de un géiser. <strong>Corro al exterior</strong>. Intento proteger la puerta de entrada al sótano de la vivienda. Con qué. <strong>De qué forma</strong>. En mi cabeza veo un dique contra el pacífico. <strong>Qué iluso</strong>. De repente —todas las catástrofes ocurren de repente—,  el muro que cerca el solar de la esquina revienta y <strong>una ola de agua sucia lo inunda todo</strong>, lo destruye todo, lo arrasa, <strong>me llega a la cintura</strong>. En el mundo no solo hay tapas de alcantarilla, también hay una anciana, su hija y su nieta. Les grito, las aúpo, <strong>las meto dentro</strong>. Hay un hombre saliendo por la ventanilla de un coche. Le grito, lo aúpo, lo meto dentro. <strong>Pasamos la noche en vela</strong>, mirando por la ventana, mirando cómo, por mucho que nos creamos, <strong>no somos nada</strong>.  </p><p>El nivel del agua baja alrededor de las <strong>cinco de la madrugada</strong>. Me calzo unas botas de goma, unas katiuskas. Cuando era niño las llamábamos katiuskas, ¿y ahora? Cuando era niño<strong> no existía la palabra Dana</strong>. ¿Y ahora? Me calzo unas botas, cojo una linterna y salgo. <strong>No sé para qué</strong>. No sé por qué. Mi cuerpo no funciona,  mi cabeza no funciona. <strong>El mundo no funciona</strong>. Lo único que funciona es la linterna. No tengo la más mínima idea de lo que voy a encontrar y lo que me encuentro es un<strong> paisaje oscuro después de mil batallas</strong>. Persianas reventadas. Un coche. Dos. Contenedores que deberían estar soterrados y ahora <strong>se atreven a exhibir su vientre</strong> sin decencia. Palmeras en el suelo.Tres coches  amontonados. Cuatro más. Camino <strong>con barro por los tobillos</strong>. Aquí había una zona ajardinada, había un parque infantil. Aquel portal, la puerta de entrada, ¿no era de vidrio? El colegio público estaba rodeado por una valla formada por barrotes de hierro, eran gruesos como el brazo de un hombre adulto; <strong>enfrente había una rotonda</strong>. Una furgoneta ha penetrado sin permiso por la medianera de aquella casa. <strong>Un cuerpo muerto</strong>. Dios. El cuerpo muerto de una mujer <strong>abrazada a una señal de tráfico</strong>.  </p><p>En el mundo no solo hay tapas de alcantarilla, también hay un cadáver, y el cadáver pertenece a una joven <strong>que no debe de superar la edad de mi hijo</strong>.  </p><p>El agua estancada en el interior de mi casa <strong>ha descendido de los dos hasta un metro </strong>de altura. Calcular, pues, en centímetros cúbicos, el volumen de un sótano que tiene seis metros de fachada y ocho de largo. </p><p>Venga, que no es tan complicado. A mí me da tropecientos mil centímetros cúbicos de agua <strong>que achico cubo a cubo</strong>.  </p><p>Las primeras veinticuatro horas <strong>no como, no bebo</strong>, no hay tiempo que perder porque no hay tiempo, así de sencillo. El segundo día, a media mañana, asoma el barro. ¿Diez? ¿Veinte centímetros? El barro es peor que el agua<strong>, mucho peor</strong>, os lo aseguro.  </p><p>Viene Darío, un amigo de mi hijo,<strong> y coge un cubo</strong>.  Viene Palau, un amigo de mi hijo, y coge un cubo. Viene Paco —el desconocido que salió por la ventanilla de su coche y <strong>ya no es un desconocido</strong>— y  coge un cubo.  </p><p>José, un vecino que no se lo salta un torero,<strong> cruza la calle y coge un cubo</strong>. </p><p>La mañana del tercer día vienen dos amigos, <strong>Gregorio </strong>y <strong>Ana</strong>, a pie desde Valencia capital. <strong>Traen comida y agua</strong>. Nos abrazamos. Un segundo apenas. En el mundo  no hay tiempo para el abrazo.<strong> No hay tiempo</strong>, ya lo he dicho, pero no os da la gana creerlo. Hay tiempo, eso sí,  mira por dónde, <strong>para coger un cubo, un mocho, una escoba</strong>. Esa misma tarde vienen dos amigos desde Sueca,  <strong>Enric </strong>y <strong>Ana</strong>. Traen comida y agua y amor a capazos <strong>en forma de rollitos de anís</strong> porque saben lo que me pierde. </p><p>Me ducho por primera vez en tres días la noche del viernes<strong> y me derrumbo en la misma butaca</strong> frente a la ventana por la que veo un mundo que <strong>ya no es el mío ni es el de nadie</strong>. No es el mundo. De repente —¿pero es que la tristeza también llega de repente?—, los <strong>tropecientos millones de litros de agua </strong>que cubrían el suelo de la casa empiezan a dar golpes en el interior de mi pecho, <strong>en la parte izquierda</strong>, consiguen remontar hasta la garganta y de allí buscan <strong>el desahogo de las pupilas</strong>. Me duele el cuerpo —no podéis imaginar cuánto, <strong>jamás os haréis una idea</strong>— y me duelen los veintiún gramos que pesa el alma y la devastación. <strong>¿Cuánto pesa la devastación?</strong> Me duelen los muertos que  ya se cuentan con los dedos de treinta manos y<strong> me duelen sus seres queridos</strong>. Me duele el dolor y ahora sé que el dolor es infinito, sé que acaba de empezar, que vendrá más, con mucha más fuerza.</p><p>______________________</p><p><em><strong>Pepe Cervera</strong></em><em>, vecino en Alfafar (Valencia) es escritor. Su último libro publicado se titula 'Azufre' (Editorial Tres Hermanas).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 03 Nov 2024 19:18:34 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pepe Cervera]]></author>
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