<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[infoLibre - José Manuel Nevado]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/autores/jose-manuel-nevado/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - José Manuel Nevado]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright infoLibre]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <item>
      <title><![CDATA[¡Qué coño de polarización!]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/cono-polarizacion_129_2191741.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¡Qué coño de polarización!"></p><p>Leía este fin de semana un ejemplar de marzo de <em>El País</em>. Fue en el <em>News Café</em> de Miami, uno de los lugares favoritos de mi querido Miguel. Llamó mi atención una columna escrita por Torres Mora al  alimón con un filósofo vasco, del que no recuerdo su nombre. Espero me disculpe. Una buena <strong>aproximación a la polarización asimétrica</strong>. Acabarla me dejó esa sensación punzante. Lanza unos dardos demasiado sibilinos. ¡Claro! Es de José Andrés. Él rezuma diplomacia por todas partes. Pero a mí su lectura no dejaba de generarme un pálpito agudo. De esos que duelen en las venas de las sienes. Sensación de un gusto metálico en la lengua. <strong>Dejo que fluyan las palabras</strong>.</p><p>Hay una forma de traicionar a un país que no requiere vender secretos a una potencia extranjera, ni desfilar con uniforme enemigo, ni esconder dinero en una cuenta en Suiza. Basta con algo mucho más sencillo y más rentable: convencer a millones de ciudadanos de que <strong>su democracia ya no merece respeto</strong> cuando no gobiernan los tuyos.</p><p>Eso es exactamente lo que está ocurriendo en España.</p><p>Llevamos años escuchando que <strong>Pedro Sánchez</strong> no es un adversario político, sino una anomalía moral. <strong>Un usurpador. Un peligro público</strong>. Un okupa con Falcon. Un presidente ilegítimo pese a haber ganado una moción de censura parlamentaria, unas elecciones generales y varias investiduras conforme a la Constitución que quienes lo insultan dicen defender con una mano mientras la desgarran con la otra. Y claro, uno acaba acostumbrándose al ruido. España tiene esa capacidad mediterránea para convivir con el incendio mientras se comenta el partido del domingo.</p><p>Pero hay incendios que dejan humo en las paredes incluso cuando parece que ya se han apagado.</p><p>La pérdida de amistades de más de veinte años de antigüedad ha representado para mí uno de los <strong>grandes signos de alarma</strong>. Pero no quiero que parezca un simple ejemplo personal.</p><p>Los datos del CIS son demoledores. Dos de cada tres votantes del PP le ponen un 1 a Pedro Sánchez. La nota más baja posible. No es discrepancia política. No es “prefiero otro modelo económico”. No es “no comparto sus pactos”. Es otra cosa. <strong>Es el rechazo moral absoluto</strong>. <strong>El deseo de expulsión simbólica</strong> del adversario de la comunidad democrática. Mientras tanto, entre los votantes socialistas, ese rechazo existe, sí, pero en una proporción muy inferior. La diferencia importa porque desmonta una de las grandes mentiras contemporáneas: que todos polarizan igual. </p><p>No. No todos incendian igual el edificio.</p><p>Aquí hay una maquinaria perfectamente engrasada. <strong>Primero se deslegitima al Gobierno</strong>. Después se convierte al adversario en enemigo moral. Y finalmente se normaliza la alianza con quienes directamente consideran sospechosa la propia democracia liberal. El proceso es tan viejo como eficaz. Cambian los trajes, los platós y los algoritmos. El mecanismo sigue siendo idéntico.</p><p>Lo verdaderamente inquietante no es Vox. <strong>Vox hace exactamente lo que vino a hacer</strong>. Lo inquietante es ver a un partido que se autodenomina “de Estado” comportarse como si el Estado fuese un obstáculo molesto en su carrera hacia La Moncloa.</p><p>Porque un <strong>partido de Estado no es el que más veces pronuncia la palabra España</strong> con voz engolada y bandera de fondo. Eso lo hace cualquiera después de dos cafés y un puro. Un partido de Estado es el que entiende que las instituciones valen más que una legislatura. El que acepta perder sin dinamitar el tablero. El que sabe que erosionar la confianza en el Parlamento, en la justicia, en los medios y en el sistema entero puede darle votos hoy y destruir el país mañana.</p><p>Y aquí aparece la pregunta incómoda.</p><p>¿Qué clase de patriotismo es ese que necesita que <strong>España vaya mal para tener opciones electorales</strong>?</p><p>Porque llevamos demasiado tiempo viendo a dirigentes del PP actuar no como una alternativa de gobierno, sino como accionistas nerviosos esperando una OPA hostil sobre el Estado. Cada dato económico positivo se recibe con decepción apenas disimulada. Cada acuerdo internacional molesta. Cada avance institucional se interpreta como una tragedia estratégica. Como si hubiera un miedo secreto a que las cosas funcionen.</p><p>Las prisas por llegar al poder empiezan a parecer otra cosa. Y cuando un partido <strong>transmite la sensación de que</strong> <strong>necesita gobernar con urgencia</strong> no para mejorar la vida de la gente sino para volver a ocupar determinadas ventanillas, determinados despachos y determinados consejos de administración, entonces el problema deja de ser ideológico y empieza a ser moral.</p><p>España ya ha conocido esto antes: <strong>élites políticas que confundían el país con su cortijo</strong> y el Gobierno con un mecanismo de reparto. La diferencia es que ahora todo se retransmite en directo, con tertulianos asalariados haciendo de claque emocional y con una industria entera viviendo de fabricar indignación en serie. Hay demasiada gente ganando demasiado dinero con el odio.</p><p>Y el odio, como el tabaco barato, termina impregnándolo todo.</p><p>Lo más triste es que <strong>ni siquiera hace falta ganar unas elecciones para deteriorar una democracia</strong>. Basta con convencer a la mitad del país de que el otro medio país no es legítimo. Basta con erosionar lentamente la idea de convivencia. Basta con convertir cada sesión parlamentaria en una mezcla de linchamiento moral y programa de entretenimiento.</p><p>Después llegan los sorprendidos profesionales. <strong>Los que dirán dentro de diez años que no vieron venir nada</strong>. Los expertos en cara de inocencia retrospectiva. Los mismos que hoy siguen hablando de “polarización de ambos lados” mientras uno lanza piedras y el otro intenta proteger las ventanas con cinta adhesiva. Hace poco volvía a recordar el “<a href="https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/wir-wussten-nicht_129_2172452.html"  >Ich wusste es nicht</a>”.</p><p>La historia europea está llena de <strong>gente elegantemente equivocada</strong>.</p><p>Y sin embargo, todavía hay salida. La democracia sigue dependiendo de una idea muy simple: <strong>aceptar que quien piensa distinto no es un enemigo a destruir</strong>. Parece poca cosa, pero es la diferencia entre una nación adulta y una comunidad histérica administrada por pirómanos con corbata.</p><p>Gobernar exige pactar. Ceder. Tragar saliva. Rectificar. Todo lo contrario de la masculinidad tóxica de gimnasio emocional que domina hoy la derecha española. Esa <strong>épica testosterónica</strong> donde cualquier acuerdo se considera una humillación y cualquier moderación una traición.</p><p>La política seria nunca fue eso. La política seria consiste en mejorar la vida de la gente aunque no haya aplausos inmediatos. Lo otro es <em>merchandising </em>patriótico.</p><p>Y <strong>un país no se destruye solo por culpa de quienes gritan</strong>. También se destruye por culpa de quienes, pudiendo frenarlos, decidieron que el poder era más importante que España.</p><p>________________</p><p><em><strong>José Manuel Nevado</strong></em><em> es director de Comunicación Institucional de la Secretaría de Estado de Comunicación.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[bc0bbbc7-361c-4a62-a1e0-be1169e13717]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 14 May 2026 04:00:10 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Nevado]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="74697" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="74697" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[¡Qué coño de polarización!]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Democracia,Regeneración democrática,Política,España,Pedro Sánchez,Vox,PP]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El halo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/halo_129_2188991.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El halo"></p><p>Este fin de semana fui a ver el <em><strong>biopic</strong></em><strong> de Michael Jackson</strong>. Sesión en versión original. Sala llena. La gente salió con esa sonrisa de quien ha vuelto a tener quince años durante dos horas. Se cantaron los estribillos. Casi se bailó en los pasillos. Al terminar, flotaba una conclusión sencilla, cómoda, redonda: <strong>qué pena haber perdido a un genio tan pronto</strong>.</p><p>El genio lo tapa casi todo. Tapa los guantes, las máscaras, las habitaciones imposibles, los silencios caros, las acusaciones, los juicios, las zonas oscuras donde uno preferiría no encender la luz. <strong>El talento, cuando es inmenso, funciona como una coartada sentimental</strong>. No absuelve, pero abriga. No borra, pero difumina. Uno sale del cine tarareando y, por un rato, decide no preguntar demasiado.</p><p>Hay personas con un don inquietante: consiguen que el mundo sienta la necesidad de perdonarlas. No de comprenderlas. No de contextualizarlas. Perdonarlas. Es un superpoder peligroso. Lo tienen algunas estrellas, algunos reyes, algunos presidentes, algunos vecinos del quinto que siempre saludan con una sonrisa y luego votan en la comunidad como si administraran el Congo Belga.</p><p>A <strong>Barack Obama</strong>, al que sigo admirando pese a todo, se le concedió una elegancia moral incluso cuando la guerra se volvió quirúrgica y semanal. La corbata bien puesta ayuda mucho a que un dron parezca una decisión complicada y no una ejecución remota. Más de cinco mil muertos con daños colaterales de casi un 20% fruto de sus <em>Terror Tuesdays</em>.</p><p>Mi madre, que era una mujer de una justicia doméstica implacable, defendía al rey emérito porque –decía– bastante mal trago le habían hecho pasar con lo de las amigas, los dineros y las cacerías. No era monárquica de manual. Era algo más resistente: era <strong>española de sobremesa</strong>. Y en España, si alguien cae desde muy alto, siempre aparece una tía con rebeca diciendo que tampoco hacía falta humillarlo.</p><p>A <strong>Isabel Díaz Ayuso</strong> le ocurre algo parecido, aunque con <strong>menos elefantes y más vermú</strong>. Tiene esa inmunidad castiza que convierte cualquier reproche en persecución y cualquier sombra en envidia. Las residencias, el ático, los contratos, los silencios: todo rebota en una superficie esmaltada de simpatía. Hay políticos que comparecen. Ella aparece. Y aparecer, en política, es ya media absolución.</p><p><strong>Felipe González</strong> también tuvo su propio incienso. Durante años, demasiados estuvieron dispuestos a aceptar que ciertas cloacas eran túneles necesarios para que España respirara. La razón de Estado siempre ha sido una gabardina muy útil: cabe casi todo debajo y, además, estiliza.</p><p>Incluso <strong>Hermann Göring</strong>, que no era precisamente un tertuliano con exceso de vehemencia, terminó fascinando a <strong>Douglas Kelley</strong> en Núremberg. No porque el mal sea seductor en abstracto, sino porque la maldad rara vez se presenta despeinada y oliendo a azufre.<strong> La maldad muchas veces llega puntual, se sienta recta, habla con educación, mira a los ojos y pregunta si puede fumar</strong>.</p><p>Ese es quizá el descubrimiento más incómodo: la atrocidad no siempre viene con música de órgano. A menudo la comete gente normal. Gente simpática. Gente inteligente. Gente que da buenas cenas. Gente que recuerda tu cumpleaños. Gente que, al día siguiente de firmar una barbaridad, te recomienda una novela estupenda.</p><p>Pero hay otra condena más vulgar y, por eso mismo, más cruel. La de quienes no reciben nunca ese indulto de la piel. Personas que hagan lo que hagan dejan en los demás una sospecha previa. Si resisten, son soberbias. Si pactan, son tramposas. Si ganan, han engañado. Si pierden, lo merecían. Si callan, ocultan. Si hablan, manipulan. Si sonríen, impostan. Si no sonríen, amenazan.</p><p><strong>Hay políticos a los que se les perdona antes de juzgarlos y otros a los que se les condena antes de escucharlos</strong>. Y conviene admitirlo: una parte enorme de la vida pública es cuestión de piel. De química. De gesto. De esa cosa irracional que hace que a uno le creamos la lágrima y al otro le pidamos factura del pañuelo.</p><p>En el caso de los personajes públicos, esa química no nace sola. <strong>La fabrican, la barnizan o la destruyen los medios</strong>. Unos convierten la soberbia en liderazgo. Otros traducen la paciencia como cálculo. A unos les llaman supervivientes; a otros, resistentes sólo cuando ya están enterrados. Hay editoriales que hacen milagros de maquillaje. Hay portadas que son confesores. Hay tertulias que reparten halos como quien reparte pinchos de tortilla: este sí, este no, este nos cae mal.</p><p>Y entonces aparece la paradoja. A algunos se les disculpa la falta de escrúpulos porque tienen gracia. A otros no se les perdona ni la disciplina porque <strong>carecen de encanto para sus jueces</strong>. Hay quien puede romperlo todo y seguir siendo “auténtico”. Hay quien cose, zurce, aguanta, pacta, traga sapos, evita incendios mayores, sostiene un país lleno de cristales rotos, y aun así sale en la foto como culpable.</p><p>Culpable de no gustar.</p><p>Culpable de durar.</p><p>Culpable de haber aprendido a sobrevivir.</p><p><strong>La política española está llena de santos con sumario y villanos con presupuestos aprobados</strong>. Pero el juicio sentimental rara vez atiende a los hechos. Atiende al relato. Al brillo. Al coro. A ese halo que unos reciben de nacimiento y otros no consiguen ni pagando el IVA.</p><p>Qué falta nos hace a veces ese halo, presidente. Un poco de luz prestada. Un poco de indulgencia ajena. Un poco de esa misericordia nacional que <strong>convierte a los pecadores simpáticos en genios incomprendidos</strong> y a los hombres útiles en sospechosos habituales.</p><p>________________</p><p><em><strong>José Manuel Nevado</strong></em><em> es director de Comunicación Institucional de la Secretaría de Estado de Comunicación.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[c352e560-fc9d-4e30-8176-124946406992]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 07 May 2026 04:00:38 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Nevado]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="74697" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="74697" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[El halo]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Política]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La utopía y el rentable arte de no pactar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/utopia-rentable-arte-no-pactar_129_2183057.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La utopía y el rentable arte de no pactar"></p><p>Imaginar en España un acuerdo serio entre Pedro Sánchez y Alberto Núñez Feijóo produce la misma sensación que imaginar un <strong>tren puntual en una novela costumbrista</strong>: uno entiende la idea, pero sospecha de inmediato que pertenece al territorio de la fantasía. Y, sin embargo, conviene detenerse un momento en esa escena improbable. No porque vaya a ocurrir, sino porque su sola posibilidad deja en evidencia la pobreza política en la que vivimos.</p><p><strong>Pensemos en un pacto de Estado, no de gobierno</strong>. Nada de coaliciones forzadas ni abrazos de cartón piedra. Un acuerdo limitado, concreto y adulto sobre cinco asuntos que ningún país razonable debería dejar al albur de cada legislatura: <strong>vivienda, financiación autonómica, pensiones, energía y educación</strong>. Cinco problemas demasiado grandes para ser usados como munición electoral y demasiado urgentes para seguir esperando a que pase la próxima campaña, la siguiente y la otra.</p><p>En vivienda, por ejemplo, el panorama es sencillamente indecente. España ha conseguido que tener casa se parezca cada vez más a poseer una finca en Toscana: algo de lo que se habla mucho, se admira de lejos y casi nadie joven puede permitirse. En las grandes ciudades, <strong>el alquiler devora salarios</strong> con una voracidad que ya no escandaliza porque se ha vuelto costumbre. La emancipación llega tarde, mal y con angustia. El parque público de vivienda sigue siendo ridículo. Y cada administración señala a la otra con el viejo entusiasmo de quien prefiere conservar la coartada antes que asumir la tarea. Un acuerdo entre PP y PSOE podría hacer algo útil por una vez: más suelo, más vivienda asequible, reglas más estables, menos histeria regulatoria y menos burocracia ornamental. No sería una revolución. Sería algo más infrecuente: una solución.</p><p>La financiación autonómica exige la misma madurez, precisamente porque en España el reparto del dinero enciende pasiones de una vulgaridad muy patriótica. Llevamos años con un modelo agotado, lleno de remiendos, agravios y excepciones. Todos saben que <strong>no funciona, pero nadie quiere tocarlo</strong> sin calculadora electoral. Un pacto entre los dos grandes partidos permitiría reformarlo sin seguir entregando la llave a quienes han aprendido a convertir cada negociación en una subasta sentimental. Haría falta fijar criterios transparentes, garantizar servicios públicos dignos en todo el territorio y rebajar, de una vez, ese clima perpetuo de queja autonómica en el que cada cual se siente expoliado aunque esté cobrando. Pero para eso haría falta pensar en el país como un conjunto y no como una suma de chantajes con acento.</p><p>También en pensiones y demografía el acuerdo sería imprescindible. España envejece. Los nacimientos caen. La esperanza de vida sube. Y la política nacional sigue comportándose como si los números fueran una opinión y no una amenaza. Aquí no hay una respuesta de izquierdas o de derechas, por más que a todos les guste fingirlo. <strong>Hay cuentas, tendencias y decisiones incómodas</strong>. Habría que reforzar el sistema, blindar a quienes más dependen de él, incentivar natalidad y conciliación sin convertir la maternidad en una heroicidad subvencionada, y asumir que la sostenibilidad fiscal no es un insulto tecnocrático sino una condición para que el Estado del bienestar siga existiendo. Pero eso exige continuidad. Y la continuidad, en España, solo existe para los rencores.</p><p>La energía y la educación completan el retrato del desastre evitable. España tiene condiciones extraordinarias para convertirse en <strong>potencia renovable</strong>, pero aquí toda ventaja termina tropezando con un papeleo, una trinchera ideológica o una pelea de sobremesa convertida en política pública. Lo mismo ocurre con la educación: <strong>cada cambio de gobierno trae una ley nueva, un vocabulario nuevo</strong> <strong>y el mismo resultado mediocre</strong>. Los alumnos cambian de currículo con la misma frecuencia con que los partidos cambian de enemigo. Y los docentes, las familias y los propios estudiantes pagan la fiesta. Un pacto serio evitaría ese uso frívolo de la escuela como laboratorio de ocurrencias ministeriales.</p><p>Todo eso sería bueno para España. <strong>Mejoraría la estabilidad</strong>, aumentaría la confianza institucional, reforzaría la posición del país en Europa y reduciría el poder de quienes han hecho negocio de la imposibilidad de que los grandes partidos se entiendan. Es decir: sería sensato, útil y patriótico. Por eso mismo no ocurrirá.</p><p><strong>El PP no colaborará con Sánchez</strong>. No porque no pueda. Porque no le conviene.</p><p>Invocará la legitimidad, como ya hace. Dirá que no se puede sostener ni apuntalar a un Gobierno que depende de fuerzas que quieren debilitar el Estado. Es un argumento solemne, de esos que se pronuncian con voz grave y pausa de notario. También es un <strong>argumento extraordinariamente selectivo</strong>. La legitimidad en política española suele durar exactamente hasta que aparece una mayoría que sirve. Cuando el poder está al alcance, la rigidez doctrinal se vuelve de una elasticidad conmovedora.</p><p>Invocará también la desconfianza. <strong>Sánchez ha incumplido promesas</strong>, ha mutado de criterio con una flexibilidad casi coreográfica y ha hecho de la contradicción una técnica de supervivencia. Todo eso es cierto. Pero la política no consiste en confiar. Consiste en pactar incluso con quien uno no soporta, si hay intereses comunes y beneficios públicos en juego. Lo demás son excusas con peinado institucional. El problema real no es que el PP no crea en Sánchez. El problema es que cualquier acuerdo con Sánchez podría beneficiarlo.</p><p>Y ahí aparece la verdad sin maquillaje. El PP teme que pactar normalice a Sánchez. Que lo presente como un presidente con capacidad de acuerdo. Que le dé aire, centralidad, utilidad. <strong>Teme, en suma, compartir aunque sea una migaja del mérito</strong>. Y a eso se suma un factor aún más decisivo: Vox. Cada gesto de moderación en el PP se paga con sospechas internas, bronca mediática y riesgo de fuga por la derecha. Feijóo no solo compite con Sánchez. Compite, a diario, con los vigilantes de su propio flanco.</p><p>Así que hará lo más rentable: negarse. Dirá que <strong>la responsabilidad es del Gobierno y que la oposición no está para salvarle la gestión a nadie</strong>. Es una lógica perfecta si uno cree que cuanto peor funcione el país, más cerca está su propia victoria. Y en eso consiste hoy buena parte de la política española: no en resolver, sino en esperar a que el otro se desgaste entre las ruinas.</p><p>La ironía es que <strong>el PSOE haría algo parecido en la situación inversa</strong>. Se han cruzado tantas líneas rojas que han convertido la venganza en el pan nuestro. Aquí nadie tiene el monopolio del cinismo. Cambian las siglas, no el instinto. Lo verdaderamente enfermizo no es la falta de acuerdos. Es que el sistema los castiga.</p><p>Mientras tanto, <strong>los jóvenes siguen sin casa</strong>, la escuela sigue usada como juguete ideológico y las pensiones siguen caminando hacia un horizonte incierto. Pero al menos nuestros partidos conservarán lo único que protegen con verdadera disciplina: su pureza, su pose y su rentable incapacidad para entenderse.</p><p>En España, al parecer, eso sigue cotizando más alto que gobernar.</p><p>________________</p><p><em><strong>José Manuel Nevado</strong></em><em> es director de Comunicación Institucional de la Secretaría de Estado de Comunicación.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[7dce2dd0-630a-4c12-9a61-11ca3fe76869]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 26 Apr 2026 04:01:45 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Nevado]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="74697" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="74697" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[La utopía y el rentable arte de no pactar]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Réquiem político del “trumpismo”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/requiem-politico-trumpismo_129_2176731.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Requiem político del “trumpismo”"></p><p>Hungría no cambió de gobierno porque un buen día amaneciera de <strong>humor europeísta</strong>, ni porque las redes sociales obraran el milagro democrático entre un vídeo de perros y otro de recetas. Cambió porque hasta los regímenes que se creen eternos acaban teniendo un problema vulgar: <strong>la gente se cansa</strong>. Y cuando la gente se cansa de verdad, el decorado sigue en pie, pero ya no impresiona a nadie.</p><p>Durante años, <strong>Viktor Orbán </strong>gobernó como gobiernan los que empiezan ganando elecciones y terminan administrando un estado de ánimo. No le bastaba con mandar: necesitaba que el país sintiera que resistirse era inútil. <strong>Ese era su verdadero éxito</strong>. No tanto la adhesión como la resignación. La vieja música del poder cuando se ha instalado en la moqueta y empieza a confundir el Estado con su sala de estar.</p><p>Por eso esta campaña húngara importa. Porque <strong>no ha demostrado que las redes sociales ganen elecciones</strong> —esa superstición la siguen vendiendo muchos gurús con tarifa de hotel y sonrisa de PowerPoint—, sino algo bastante más serio: que las redes sirven para pinchar la pompa del poder cuando el poder ya solo se tiene en pie por costumbre, aparato y miedo escénico.</p><p>La oposición encontró ahí una rendija. <strong>No era un terreno limpio, ni noble, ni particularmente edificante</strong>. Era internet: un lodazal con algoritmo. Pero incluso en el lodazal hay jerarquías. Y mientras <strong>Fidesz </strong>usaba las redes como usa el poder los espejos, para contemplarse y repetirse, <strong>Tisza </strong>las utilizó para algo mucho más útil: para convencer a los húngaros de que Orbán podía perder. Que parece una obviedad, pero no lo es. En política, la derrota del poder solo empieza cuando deja de parecer ciencia ficción.</p><p>Fidesz hablaba en redes como hablan los gobiernos que llevan demasiado tiempo tratándose de usted a sí mismos: <strong>solemnes, ofendidos, fatigados de tanta patria a cuestas</strong>. Mucho mensaje de fortaleza, mucho enemigo exterior, mucha épica de cartón piedra. Todo muy musculado, sí, pero con esa clase de musculatura que da el abuso del Photoshop político. El problema de las campañas basadas en asustar al personal es que, si uno insiste demasiado, acaba pareciendo el vecino pesado del rellano: <strong>al principio inquieta; al cabo de los años, provoca bostezos</strong>.</p><p>Tisza, en cambio, hizo algo mucho más eficaz: sonar menos a aparato y más a país. Menos a despacho y más a conversación. Menos a sermón y más a hartazgo organizado. <strong>Corrupción </strong>(de la de verdad), coste de la vida, servicios públicos, dignidad institucional. <strong>No era poesía</strong>. Era algo bastante mejor en campaña: lenguaje reconocible. En un tiempo en que medio continente produce discursos como si redactara cláusulas notariales, hablar claro empieza a parecer subversivo.</p><p>Y luego estuvieron los mítines. Esos artefactos antiguos que algunos daban por amortizados, como si un <em>trending topic</em> pudiera sustituir el viejo placer humano de comprobar que uno no está solo en su enfado. El mitin sigue teniendo una utilidad formidable: convertir la irritación privada en evidencia pública. <strong>Ponerle cuerpo, volumen y decibelios al descontento</strong>. Hacer visible lo que las encuestas apenas insinúan. El ser humano es animal de ritos y comunidad.</p><p>Un gran acto político no siempre persuade, desde luego. Pero sí enseña músculo. Y, sobre todo, le roba al poder una de sus ventajas favoritas: la apariencia de inevitabilidad. <strong>El año 23 fue un ejemplo cercano</strong>. Porque los gobiernos longevos no solo administran presupuestos; administran atmósferas. Viven de instalar la sensación de que no hay alternativa, de que todo cambio es improbable, de que la historia ya se ha cerrado y casualmente tiene su despacho al fondo del pasillo. En cuanto esa atmósfera se resquebraja, el poder envejece de golpe. Empieza a parecer lo que es: <strong>una estructura, no un destino</strong>.</p><p>Eso fue lo que hicieron los mítines de la oposición húngara.<strong> No obraron ningún prodigio</strong>. Hicieron algo más pedestre y más eficaz: enseñaron que había mucha gente cansada al mismo tiempo. Y eso, en política, vale oro. Porque una cosa es estar harto a solas en la cocina y otra muy distinta descubrir que el vecino, el tendero, el estudiante y media plaza del pueblo están exactamente igual de hartos que uno. La indignación compartida tiene una pésima costumbre: <strong>termina votando</strong>.</p><p>Conviene no idealizar nada. <strong>Hungría no cambió solo por una campaña brillante ni por una coreografía bien ejecutada</strong>. Cambió también porque Orbán llevaba ya demasiado tiempo gobernando como si la historia le debiera un aplauso sostenido. Porque la inflación no se combate con patrioterismo de sobremesa. Porque la corrupción, por mucho que se barnice de soberanía, sigue oliendo a corrupción. Y porque los servicios públicos, cuando se deterioran, tienen la fea manía de recordarle al ciudadano que <strong>la propaganda no cura</strong>, no educa y no llena la nevera. Al menos fuera de Madrid.</p><p><strong>La lección, por tanto, no es tecnológica</strong>. No va de TikTok salvando democracias ni de <em>community managers</em> derrocando autócratas entre un café y una reunión de métricas. La lección es bastante más incómoda para el poder: cuando una sociedad entra en fase de cansancio moral, cualquier canal eficaz de comunicación puede convertirse en una palanca de cambio. Las redes sirvieron para abrir la grieta. Los mítines sirvieron para que todo el mundo la viera.</p><p>Y ese es, en el fondo, el retrato de esta campaña. Un poder viejo, envuelto en su propia liturgia, repitiéndose con la convicción cansina de quien ya no escucha más voz que la suya. Y enfrente, una oposición que, por una vez, <strong>entendió que antes de ganar había que parecer posible</strong>. No parece una hazaña intelectual deslumbrante, pero visto el historial de tanta oposición europea empeñada en perder con exquisitez, casi merece una tesis.</p><p>Orbán no cayó porque las redes fueran modernas ni porque los mítines fueran masivos. Cayó porque ambas cosas juntas lograron algo letal para cualquier poder que se cree invulnerable: <strong>ridiculizar su pretensión de permanencia</strong>. Y no hay tiranía blanda, populismo recio ni mayoría blindada que resista mucho tiempo el momento exacto en que el país empieza a mirar al poder con una mezcla de fatiga y guasa.</p><p>Ahí es donde empiezan las <strong>derrotas serias</strong>. No cuando el poder deja de mandar, sino cuando deja de impresionar.</p><p>________________</p><p><em><strong>José Manuel Nevado</strong></em><em> es director de Comunicación Institucional de la Secretaría de Estado de Comunicación.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[b60a0315-5764-44a0-af25-18a6e14f9be4]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 14 Apr 2026 04:01:55 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Nevado]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="74697" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="74697" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Réquiem político del “trumpismo”]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Política,Hungría,Elecciones,Viktor Orbán]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Wir wussten es nicht']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/wir-wussten-nicht_129_2172452.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Wir wussten es nicht"></p><p>En este país siempre hay alguien dispuesto a hacerse el sorprendido cuando ya se ha roto el jarrón. Lo asombroso no es que aparezcan los bárbaros; lo asombroso es la cantidad de gente correcta que les va retirando los muebles para que pasen mejor.</p><p><strong>Hay frases que no se dicen: se planchan</strong>. Se les pasa la mano por encima, se les quita la arruga moral y se las deja preparadas para comparecer con gesto compungido. “No lo sabíamos” es una de ellas. No es una frase inocente. Es una coartada con buena educación. Sirve para quedar limpio después de haberse pasado años tragando sapos, mirando al techo o llamando complejidad a lo que no era más que cobardía.</p><p>En Núremberg, aquel “no sabíamos” quedó ya retratado para siempre. <strong>No era desconocimiento. Era otra cosa: comodidad, miedo, interés, rutina</strong>. Esa vieja costumbre humana de no querer enterarse mientras el deterioro todavía no molesta demasiado en casa. Lo verdaderamente inquietante es que esa música empieza a sonar también aquí. No con botas ni con desfiles, que España es un país más dado al sainete amargo de opereta que a la solemnidad marcial. Aquí <strong>la degradación entra por la tertulia, por el titular infecto, por el vídeo de veinte segundos</strong>, por la gracieta convertida en consigna y por ese ambiente de taberna nacional en el que ya todo el mundo parece vivir a un minuto de llamar traidor a media España.</p><p>Llevamos demasiado tiempo instalados en la política del exabrupto. <strong>Todo está roto. Todo está vendido. Todo está podrido</strong>. Todo es una emergencia. Hay quien ha hecho carrera anunciando el fin de España tres veces al día, como el que pasa lista o ficha en la oficina. El apocalipsis se ha convertido en un género rentable. Da audiencia, da clics, da votos y da esa falsa sensación de energía que produce ver a un señor desgañitarse delante de una cámara mientras promete ponerlo todo patas arriba.</p><p>El problema no es que existan esos personajes. Siempre los ha habido. El problema es la adaptación del paisaje. <strong>Al principio escandalizan; luego entretienen;</strong> después condicionan la conversación; y al final se les trata como si fueran una pieza más del mobiliario constitucional. Así es como se pudre una democracia: no cuando aparece el cafre, sino cuando el entorno decide acostumbrarse a él.</p><p>En España tenemos una habilidad notable para confundir la habituación con madurez. Aguantamos lo inaguantable, normalizamos lo impresentable y <strong>llamamos sentido de Estado a taparnos la nariz</strong> mientras se firma según qué cosas. El bárbaro cumple con su papel: embrutece, simplifica, insulta, señala y promete redenciones con forma de martillo. Nada nuevo. La tragedia empieza cuando los supuestamente sensatos, los que cobran por pensar dos veces antes de hablar, empiezan a hacerse sus cuentas con él. Ahí se fastidia todo.</p><p>La derecha democrática debería decidir de una vez si quiere parecerse a una tradición de gobierno o a un grupo de WhatsApp enfadado. <strong>El conservadurismo serio no nació para amplificar al resentido de guardia</strong> ni para poner las instituciones a los pies de los caballos cada vez que vienen mal dadas. Nació, precisamente, para sostener las vigas, para respetar las formas, para entender que un país no se gobierna a base de berridos, ni de pulsos adolescentes, ni de patriotismo de TikTok. A estas alturas, pensar que se puede utilizar al extremismo como quien alquila a un matón para asustar al vecindario es de una ingenuidad ya casi ofensiva. El matón siempre acaba cobrando la casa entera. Ni para cerrar una campaña, señorías.</p><p>La izquierda democrática tampoco sale barata del retrato. Tiene una <strong>tendencia fatigosa a darse la razón a sí misma con un entusiasmo casi litúrgico</strong> mientras el país real se le escapa por la puerta de atrás. Confunde a menudo la pureza con la política, el gesto con la eficacia, la superioridad moral con la construcción de mayorías. Y así, entre una asamblea del alma y un desahogo perfectamente argumentado, deja libre el terreno donde crecen la ira, la mentira simple y el mercadeo con el malestar. Claro que no ilusionan a sus votantes. La socialdemocracia no se inventó para contemplarse en el espejo, sino para intervenir en la realidad, pactar cuando toca y evitar que el descontento acabe en manos de los peores.</p><p>Y luego están los liberales, o lo que vaya quedando de ellos entre tanto gurú del mercado que, a la hora de la verdad, <strong>se pone estupendo con la libertad de empresa y bastante tibio con la libertad a secas</strong>. Conviene recordarles una obviedad: no hay prosperidad seria sin jueces independientes, prensa libre y reglas estables. Sin Estado de Derecho no hay liberalismo; hay chanchullo. No hay mercado; hay reparto. No hay modernización; hay un <em>powerpoint</em> con fondo azul mientras se vacían por dentro las costuras del sistema.</p><p>Lo que está en juego, por tanto, no es una querella ideológica más. No es la vieja bronca entre izquierda y derecha, ni la competición habitual entre siglas que se detestan de lunes a viernes y se necesitan los sábados. Lo que está en juego es algo mucho más básico: si todavía queda una <strong>mayoría de adultos dispuesta a distinguir entre adversario y enemigo</strong>, entre discrepancia y demolición, entre la pelea democrática y la voluntad de cargarse el tablero.</p><p>Porque las democracias no suelen caer de golpe. Antes se reblandecen. Se acostumbran a la tosquedad. Se tragan una burrada, luego otra, luego otra más. Hoy es un ataque a la prensa. Mañana una deslegitimación de los jueces. Pasado, una campaña sistemática contra cualquier institución que ose poner límites. Nada parece definitivo en el momento en que ocurre, y por eso siempre aparece alguien diciendo que no conviene exagerar. En España <strong>el colaboracionista blando suele llevar americana</strong>, habla en tono razonable y siempre encuentra un matiz para no molestar al incendiario. Es falsamente equidistante.</p><p>Luego, cuando el humo ya entra por las ventanas, comparecen los de siempre: los sorprendidos. Los que no vieron venir nada. <strong>Los que hace seis meses estaban blanqueando barbaridades</strong> y hoy se presentan como analistas severos del deterioro. Los que llaman polarización a una estrategia deliberada de demolición porque así la culpa se reparte mejor y nadie tiene que mirarse demasiado al espejo. Es una figura muy nuestra: el irresponsable retrospectivo. Ese señor que nunca estuvo donde debía, pero siempre tiene un artículo preparado para explicar que todo fue muy complejo.</p><p>No. Esta vez no debería colar.</p><p>Sí lo sabían. <strong>Sabían lo que estaban haciendo cuando normalizaron el lenguaje del apocalipsis</strong>. Sabían que llamar valentía a la brutalidad era una forma de ir embruteciendo la conversación pública. Sabían que utilizar las instituciones como saco de boxeo no regenera nada: lo deja todo más débil, más vulnerable y más sucio. Sabían que pactar con quienes desprecian las reglas no era pragmatismo, sino miseria táctica con consecuencias históricas. Sabían que si exigimos que para debatir hay que cumplir con las reglas, no podemos señalar eternamente a quienes las incumplieron. Sabían, en fin, que el espejo estaba roto y aun así prefirieron discutir sobre la marca de la piedra.</p><p><strong>La democracia no se defiende sola</strong>. Nunca lo ha hecho. La defienden personas concretas cuando deciden que hay líneas que no se cruzan, aunque cruzarlas salga rentable. La defienden quienes aceptan perder una ventaja antes que perder el suelo común. La defienden quienes entienden que el rival legítimo, por incómodo que resulte, siempre vale más que el aliado que quiere incendiar la casa. Y la defienden, sobre todo, quienes no esperan a las ruinas para descubrir de pronto una conciencia impecable.</p><p><strong>El orden internacional basado en reglas está en coma profundo</strong>. El imperio de barras y estrellas no sólo perderá la guerra, puede acabar quebrando su sociedad. Un gran imperio de la estrella de David tomará el control. El gran oso saldrá de su hibernación, ampliará su territorio. Puede que haga ojitos al gran águila de la selva negra. Y lo mismo acaba hasta llevando Alejandría hasta Constantinopla. La desintegración del sueño de la paz, libertad y prosperidad que nos impusimos tras la segunda gran guerra en la caverna de Platón que es la UE.</p><p><strong>El espejo está roto</strong>. Ya no hace falta un editorial, ni un informe, ni una cátedra para verlo. Lo ve cualquiera que no tenga interés en hacerse el ciego. La cuestión, a estas alturas, no es quién ha oído ya el crujido. La cuestión es quién sigue ensayando, con la seriedad de un funcionario del autoengaño, la frase más indecente de todas: que <strong>no sabía nada</strong>.</p><p>________________</p><p><em><strong>José Manuel Nevado</strong></em><em> es director de Comunicación Institucional de la Secretaría de Estado de Comunicación.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[31e35a9f-4f8d-473a-b57d-82bea32c69ce]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 04 Apr 2026 04:01:17 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Nevado]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="74697" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="74697" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA['Wir wussten es nicht']]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Democracia,Política,Derecha,Izquierda]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Política vista por un civil en Moncloa]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/politica-vista-civil-moncloa_129_2102737.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Política vista por un civil en Moncloa"></p><p>El 25 de junio me dejó con la duda de volver. No es agradable descubrir que un<strong> francotirador de la desinformación te señala</strong> y, de pronto, una turba entera decide que eres su muñeco del odio. Pasé meses pensando si regresar a escribir. También estuve a punto de <strong>abandonar la pelea</strong>, la de verdad: la de los <strong>principios</strong>.</p><p>Pero después de 117 días rumiando, solo veía un sitio para volver: este. <strong>Sin gente como Jesús Maraña y su equipo, esta batalla estaría perdida antes de empezar.</strong></p><p>Porque esto no va de partidos ni de dinero. Va de <strong>decencia</strong>. De decidir si nos rendimos o aguantamos. Y aquí solo hay un camino para la gente que quiere dormir tranquila: ganar.</p><p>Si seguimos dejando que el ruido mande, acabaremos en otro declive imperial —esta vez ideológico— donde <strong>la factura la pagan siempre los mismos: los ciudadanos</strong>. Las élites, como siempre, ya encontrarán cómo ponerse a salvo. Tienen colchón de sobra.</p><p>El clima actual —polarización, incertidumbre, cero diálogo— ha echado a la gente de la política para entregarla a los <strong>politiqueos</strong>. La Política, la de mayúscula, la del ciudadano opinando, marchando, reuniendo firmas, votando… esa se nos está muriendo. Y a cambio nos quedamos con <strong>políticos que piden elecciones infinitas</strong> porque no saben negociar ni quieren aprender.</p><p>Hablar de política no es tener un carnet, es hacer lo básico: <strong>compartir preocupaciones, ejercitar la empatía, entender la diferencia entre un problema personal y uno social</strong>. Y cuando esto está claro, toca que los gobiernos —esos expertos en trámite y sello— pongan los instrumentos.</p><p>Nuestro modelo democrático, cuando recuerda sus principios, ha logrado pactos que parecían imposibles. Coaliciones, treguas, acuerdos. Cuando una sociedad <strong>debate en calma y sabe priorizar, hace su mejor trabajo para el gobierno… </strong>incluso si el gobierno no está a la altura.</p><p>Llevábamos años intentando parecernos a esa sociedad. Avanzamos, poco a poco, hasta que desde la izquierda global se decidió <strong>no solo negar las mentiras de los poderosos, sino responderles.</strong> Y ahí el debate se torció. Las redes sociales —ese patio donde todo el mundo grita y nadie escucha— fueron la chispa. El ecosistema conservador las tenía casi todas, pero no todas. Y en ese filón crecieron la réplica, la contrarréplica y, al final, la bronca permanente.</p><p>La postverdad, Bannon, VOX… ya conocen la lista. No inventaron nada, pero <strong>nadie había usado esas armas con tanta desvergüenza</strong>.</p><p>Y con eso llegó la era del politiqueo. El <strong>miedo como pegamento</strong>, la esperanza como flor pisoteada en una acera. El vecino que vota distinto dejó de ser vecino y pasó a enemigo.</p><p>Pronto volveré a Cambridge, Massachusetts. Allí Ury y Fisher repetían hasta la saciedad que negociar es centrarse en intereses, no posiciones.<strong> En necesidades reales</strong>, no en eslóganes para Twitter. Con miedo no negocia nadie. Con esperanza, a veces.</p><p>Mientras, desde Moncloa, observo <strong>cómo el politiqueo se cuela incluso en el periodismo</strong>, esa última trinchera de la esperanza. Presidentes de grupos mediáticos que hoy suplican publicidad y mañana amenazan con portadas; editores que anuncian denuncias a instituciones internacionales, excluyendo el detallito de estar desestimadas como si hubieran descubierto la vacuna universal; “profesionales” que confunden la jerga publicitaria que deberían <strong>dominar con delitos imaginarios</strong>; empresarios tramposos que, por entrar en el Olimpo ultra, difaman a sabiendas; ejecutivos televisivos que mandan a sicarios mediáticos a acosar familias enteras porque no obtienen el dinero que creen merecer.</p><p>Y entre tantas miserias, la imagen más dura: <strong>la directora de un medio honesto llorando por la impotencia de saber que, si no entra al juego, puede llevar a su redacción entera a la ruina.</strong></p><p>No escribo esto para pedir compasión. Ni para mí ni para nadie que esté en el punto de mira. Lo escribo porque motivos tan rastreros no pueden tenernos <strong>anclados en esta ciénaga del politiqueo</strong>.</p><p>No soy nadie especial. Ni importante ni conocido. Solo soy militante de la Política. De los principios. Y en ese ejército pequeño caben personas de muchas ideologías distintas. Porque<strong> el reino de los principios es el único que evoluciona</strong>, aprende, cede, se sacrifica por el bien común.</p><p>La única esperanza posible es esa: <strong>militar en principios.</strong></p><p>No es cómodo. No es rápido.<strong> A veces cansa.</strong></p><p>Pero es la hora.</p><p><strong>La hora de la militancia.</strong></p><p>Y, sobre todo, la<strong> hora de la esperanza.</strong></p><p><strong>_____________________</strong></p><p><em><strong>José Manuel Nevado</strong></em><em> es director de Comunicación Institucional de la Secretaría de Estado de Comunicación.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[b0236135-25ad-48a2-ab8e-146508f1c051]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 27 Nov 2025 05:01:34 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Nevado]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="74697" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="74697" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Política vista por un civil en Moncloa]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Política,Periodismo,Democracia,Vox]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[No se cambia de equipo en mitad del partido]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/no-cambia-equipo-mitad-partido_129_2018313.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="No se cambia de equipo en mitad del partido"></p><p>No hay peor trampa que la que uno se tiende a sí mismo cuando, hastiado o decepcionado, <strong>empieza a confundir</strong> la camiseta con el jugador, <strong>el ideal con quien lo encarna mal. </strong>Y eso es justo lo que algunos quieren que ocurra: que <strong>confundamos la corrupción de unos con la corrupción de todos.</strong> Que tiremos la toalla. Que pensemos que da igual votar a unos que a otros.</p><p><strong>Pero no es lo mismo.</strong></p><p>De igual modo que nadie deja de ser del Atleti porque un delantero se autoexpulse en el minuto tres, <strong>nadie con principios debería abandonar una idea de país porque alguien en su propio bando lo traiciona.</strong> Al contrario: es en los momentos difíciles, cuando el marcador aprieta y la grada silba, cuando más falta hace ir al campo. A dar la cara. <strong>A dejarse la garganta por lo que uno cree.</strong></p><p>Porque<strong> aunque ya no vivamos en el bipartidismo</strong> de antaño, sí <strong>hay dos formas opuestas de mirar a este país:</strong> una que lo hace hacia adelante, hacia la igualdad, el bienestar, la oportunidad; y otra que agita el miedo, que vende el caos como excusa para restaurar un orden donde el pastel vuelve a repartirse entre los de siempre.</p><p><strong>Son dos visiones incompatibles.</strong> No caben en la misma Constitución, aunque ambas convivan tras su escudo. Una apuesta por redistribuir, por cuidar, por incluir. La otra prefiere recortar, vigilar y culpar. Y lo hace con una eficacia tremenda: basta con sembrar la duda, repetir tres palabras bien escogidas en bucle y señalar al adversario con cara de víctima.</p><p><strong>A los jóvenes</strong> —víctimas de una precariedad que no decidieron y de una sobreinformación que no pidieron—<strong> les están vendiendo el pasado como si fuera futuro.</strong> El "más vale lo malo conocido", sin explicarles que ese "malo" fue cárcel por pensar, silencio impuesto, y que el ascensor social no solo estaba roto: no existía. “Ya comerás huevos cuando seas padre”, nos decían. Traducido: nunca. Porque solo unos pocos podían ser padres de algo.</p><p>Lo sé:<strong> estos días no son fáciles para nadie con conciencia política. </strong>Yo mismo pasé por esa náusea moral, esa vergüenza ajena que te despierta cuando escuchas según qué audios. Yo trabajo para este Gobierno. Pero se me pasó rápido. Porque vi a los que me rodean —gente honesta, que trabaja de sol a sol— seguir empujando con más fuerza aún. En silencio. Sin fuegos artificiales.<strong> Defendiendo, con hechos, lo que otros dinamitan con titulares.</strong></p><p>Esto no va solo de defender un Gobierno. Va de <strong>defender una idea de civilización.</strong></p><p>No es momento de cinismo ni de equidistancia. <strong>No vale el “todos son iguales”. </strong>No lo son. Y lo sabemos. Lo sabemos porque lo hemos visto: un país que sube el salario mínimo, que pone en marcha leyes para cuidar mejor, para educar mejor, para repartir mejor. Un país donde no todo es economía, sino también dignidad.</p><p><strong>Nos enfrentamos a una reacción global, </strong>que no soporta que les hayamos demostrado que menos gasto no siempre es mejor, que la pluralidad es una riqueza, no una amenaza, y que la libertad de expresión incluye también a quien no piensa como tú. <strong>Ellos hablan de libertad, pero solo se refieren a la suya.</strong></p><p>Por eso<strong> no podemos ceder. </strong>No ahora. No cuando más se necesita. Esto no va de partidos.<strong> Va de principios. </strong>Y si no explicamos por qué nosotros somos mejores, otros vendrán a explicar por qué todos somos iguales.</p><p>Y eso, créanme, <strong>sería una derrota que ni siquiera podremos permitirnos celebrar.</strong></p><p>___________________________________</p><p><em><strong>José Manuel Nevado</strong></em><em> es director de Comunicación Institucional de la Secretaría de Estado de Comunicación.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[5dbe5862-4b03-458e-abb6-045e8c719a14]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 23 Jun 2025 04:00:32 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Nevado]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="74697" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="74697" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[No se cambia de equipo en mitad del partido]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Corrupción,PSOE,PP]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Quemar las naves]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/quemar-naves_129_2005543.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Quemar las naves"></p><p>No es 1519. No estamos en México. Aquí no hay pirámides, solo escaños. Y<strong> los conquistadores van de traje y corbata.</strong> Les basta una mayoría simple para soñar con épicas.</p><p>Cada miércoles se repite la escena. Cámara, micrófonos y ese aire de misa negra con olor a café recalentado. <strong>La derecha habla como si tuviera una misión divina.</strong> No quieren gobernar, quieren redimir. Salvarnos del caos que, casualmente, solo ellos parecen ver.</p><p>Lo llaman patriotismo. Suena a otra cosa. A cruzada sin cruz. A vendetta de despacho. <strong>A una fe ciega en que el país es suyo y lo demás es usurpación.</strong></p><p>¿Exagero? Tal vez. Pero <strong>el escepticismo ya no es una opción. </strong>Lo han dinamitado todo: las formas, los consensos, incluso la cortesía parlamentaria. Si no ganan en las urnas, lo intentan en los juzgados. Si no pueden convencer, acusan.</p><p>Y mientras tanto, <strong>nos venden un país en ruinas.</strong> Un apocalipsis cotidiano con banda sonora de telediario: testigos citados como villanos de serie, investigaciones con fecha de caducidad, teorías cocinadas al punto de ebullición. Todo parece parte de un guion: primero el enemigo invisible, luego la campaña de descrédito, y al final <strong>el altavoz que no calla.</strong></p><p>Dicen que vivimos bajo un régimen opresivo. Pero el aeropuerto está lleno de millonarios recién llegados. Exiliados del primer mundo que vienen aquí a sufrir con terrazas, fibra óptica y jamón ibérico. Nadie se lo explica.<strong> Quizá es que el apocalipsis es más cómodo en Madrid.</strong></p><p>Y aun así, la pregunta flota en el aire como el humo del último puro en el Palace: <strong>¿Cómo se recupera la confianza después de quemar las naves?</strong></p><p>Eso no lo arregla un comunicado. Ni una investidura. <strong>La confianza es de cristal </strong>y aquí la están usando como adoquín.</p><p>No es la primera vez que vemos esto. <strong>También se agitó el avispero en la Alemania de entreguerras, </strong>cuando los derrotados gritaban más fuerte que los demócratas. También aquí, en España, hubo quien confundió la República con una taberna y terminó brindando con sangre. En Ucrania, antes de Lenin, la desinformación disfrazada de patriotismo fue el mejor ariete del totalitarismo.</p><p><strong>El problema no es el ruido. Es que el ruido se convierta en normalidad.</strong> Y que esa normalidad lo erosione todo: instituciones, periodismo, conciencia.</p><p><strong>Pero hay un punto de inflexión.</strong> Siempre lo hay. A veces es una urna. A veces una calle llena. A veces un silencio que se rompe. Porque por muchas naves que quemen, lo que no pueden arrasar es la memoria. Y hay pocos líderes dispuestos a soportar las cargas.</p><p><strong>La historia no se repite. Se venga.</strong></p><p>Y esta vez, <strong>sabemos cómo termina.</strong></p><p>____________________________________</p><p><em><strong>José Manuel Nevado </strong></em><em>es director de Comunicación Institucional de la Secretaría de Estado de Comunicación.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[402311f9-cc03-42c2-befe-b200fa7a8442]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 01 Jun 2025 17:56:16 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Nevado]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="74697" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="74697" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Quemar las naves]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Opinión]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ni dioses ni amos, gracias]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/dioses-amos-gracias_129_2000772.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ni dioses ni amos, gracias"></p><p>Las nuevas generaciones han comprado el mensaje: “Ya está. Ya conseguimos la igualdad. Ahora, a otra cosa”. Y lo compran<strong> sin ticket de devolución. </strong>Les molesta el feminismo, les da urticaria lo que llaman <strong>“feminazismo” </strong>y prefieren vivir creyendo que todo está resuelto porque ellos, por el simple hecho de existir, ya lo han entendido todo. Bravo, chavales.</p><p>Repiten sin sonrojo<strong> el argumentario de la ultraderecha,</strong> como si hubieran nacido sabios. Que una mujer no sea bombera, que puede que no tenga fuerza. Que no sea militar, que eso es cosa de machos de pelo en pecho, no vaya a resultar que sean aberraciones homosexuales (<em>Levítico 18:22</em>), dicen algunos con cara de rosario y sotana. Y así, sin darnos cuenta, lo que se impone no es la razón ni el derecho, sino el catecismo en hora punta.</p><p>Desprecian la ciencia y la filosofía como si fueran asignaturas optativas de la vida. En su lugar, se <strong>tragan sin masticar el espectáculo del Cónclave</strong>, esa pasarela de ancianos emperifollados que juegan a ser la voz de dios. Una empresa de hombres en faldas largas con un libro de normas que prohíbe mezclar tejidos (<em>Levítico 19:19</em>) y permite vender a las hijas como esclavas (<em>Éxodo 21:7</em>), pero con un toque de incienso que lo hace todo parecer elegante, sí que <strong>se permiten las casullas de seda y oro.</strong></p><p><strong>Tras veinte siglos de vigencia</strong> han decidido que había llegado el momento de progresar, de ampliar las paredes del cuarto de servicio y la cocina para dar cabida al género causante de la desgracia de la humanidad. Y, para ello nada, como un gran gesto, <strong>el nombramiento de Simona Brambilla.</strong> Ahora tenemos un ejemplo de una carrera profesional para mujeres dentro de la Iglesia que va de limpiadora y secretaria a prefecta por promoción interna, eso sí, como ocurre en estos casos, sin pasar por la casilla de sueldo digno. Y encima<strong> te lo venden como un logro.</strong> Como si el techo de cristal fuera ahora de vitral y eso fuera progreso.</p><p>Aquí, el mensaje de dios solo lo pueden <strong>repartir los hombres</strong>. Si quieres ser obispo, olvídate si has nacido mujer. Ser papa ya ni te lo plantees. Y si tienes suerte, puede que te dejen barrer la sacristía. La teología del “ustedes callen y limpien”. Todo esto con la bendición de obispos eméritos que sueltan que las discapacidades vienen del pecado y del caos natural. Palabras dichas con cara de pena y voz de púlpito que pretenden ser consuelo y <strong>son pura metralla para la razón.</strong></p><p>Porque cuando se acaba la esperanza, llega el miedo. Y cuando gobierna el miedo,<strong> vuelve la magia,</strong> la superstición, el dogma. Entonces, pensar por uno mismo se convierte en peligro. Creer es más fácil que entender. Y obedecer siempre requiere menos esfuerzo que dudar.</p><p>Mi hija, hace años, me preguntó <strong>por qué no creía en dios.</strong> Le respondí que prefería ser buena persona por convicción y no por miedo al castigo de un dios vigilante. Ahora, en su adolescencia, parece que duda de aquello. No sé si es una fase o un desvío curioso en su viaje mental. Pero sé que la quiero aunque recite catecismos.</p><p>Solo espero que su generación, con sus vértigos y sus contradicciones, sepa valorar el ruido maravilloso de la democracia, la desobediencia del pensamiento libre, la belleza de lo imperfecto. Que no se conformen con heredar un espejismo, lo que otros defendieron a gritos.</p><p>Como decía Fitzgerald:<strong> hay que saber que es inútil cambiar las cosas,</strong> y aun así, intentarlo.</p><p>____________________</p><p><em><strong>José Manuel Nevado</strong></em><em> es director de Comunicación Institucional de la Secretaría de Estado de Comunicación.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[78614385-c380-488a-bacf-0ead56891f27]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 25 May 2025 16:57:31 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Nevado]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="74697" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="74697" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Ni dioses ni amos, gracias]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Liderazgo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/liderazgo_129_1980693.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Liderazgo"></p><p>Hace unos días me dio por pensar —que no siempre es buena idea, pero a veces ayuda— en las dos palancas que tenemos para ponernos en marcha como especie, para colaborar, empujar todos en la misma dirección y alcanzar un objetivo común.<strong> El miedo y la esperanza.</strong> El primero es sencillo: gritas, amenazas o siembras alarma y algo se mueve. La esperanza, en cambio, tiene sus reglas, y no son fáciles de seguir.</p><p>Seguro que a todos se nos vienen a la cabeza personas que, en su día, lideraron movimientos capaces de generar esa chispa, esa energía que nos saca del sofá, del móvil, de la recompensa rápida, y nos empuja hacia algo más grande, algo que no cabe en uno solo. Sí, digo bien. <strong>No quiero ni imaginar lo que sería la esperanza si alguien decidiera usarla para el mal.</strong></p><p>En este intento de entender qué lo cambia todo, uno va quitando capas, como quien pela una alcachofa —con manos cuidadosas, que pincha— hasta llegar al corazón. Y allí está siempre lo mismo: un nombre propio. <strong>Una persona. Un líder. </strong>De esos que no gritan ni señalan con el dedo, sino que convencen, empujan, despiertan. Y no desde el miedo, sino desde esa parte vieja del alma que nos lleva a sobrevivir incluso cuando todo parece perdido.</p><p>He tenido la suerte de cruzarme con algunos de esos líderes. En carne y hueso. Y si algo los define es que no dejan a nadie en la indiferencia. <strong>O los admiras o los rechazas</strong>. Y, a veces, ambas cosas al mismo tiempo. Lo curioso es que, si te acercas —de esos acercamientos sin cita previa—, el rechazo suele ir bajando el volumen. A veces incluso se convierte en simpatía. Como mínimo.</p><p><strong>Un líder escucha. A todos. </strong>Y garantiza que, mientras no se perjudique a la mayoría, la minoría será escuchada. Sabe que no puede agradar a todos, pero tiene una brújula, una visión. Algo que va más allá del corto plazo. No le tiembla la mano para tomar partido, meter la pata, y luego rectificar sin drama. <strong>No busca culpables, busca soluciones</strong>. Los grandes retos no los esconde: los pone arriba de todo.</p><p>No olvida la injusticia ajena, aunque los directamente afectados hayan aprendido a convivir con ella. Y <strong>es capaz de cargar con golpes que no le tocan</strong>, con silencios que duelen. Porque entiende que cada historia tiene su versión, y cada versión su dolor.</p><p><strong>No busca el cargo</strong>, pero acepta el papel cuando no hay nadie más que pueda llevar al grupo hacia ese lugar donde parece que hay algo mejor. Apunta alto, más allá del cielo. Y si no lo consigue, no se amarga. Porque sabe que, en el intento, ya estamos un poco mejor que antes.</p><p>Y cuando alguien traiciona la visión que lo mueve,<strong> no duda en hacer lo que toca</strong>. Aunque duela.</p><p>Siempre pensé que <strong>en este país tenemos una relación complicada con el reconocimiento. </strong>Aquí hay que esperar a que pasen años, o a que te mueras, para que te den las gracias. Pero eso sí, cuando por fin llega el aplauso, somos capaces de perdonarlo todo. Todo es todo: haber dejado las instituciones clave en manos de los de siempre, haber creado monstruos para acabar con monstruos, habernos metido en guerras que no eran nuestras, haber tejido redes de corrupción que harían palidecer a cualquier guionista de serie negra.</p><p>Para que la democracia funcione, hace falta un líder, sí. Pero no basta. Hace falta también que el ciudadano corriente —el que madruga, el que paga el pan, el que discute en el bar— entienda que esto va con él. Que no puede quedarse esperando. Que<strong> hay que mojarse, leer, equivocarse también.</strong> Que un líder que rectifica no es débil, sino valiente. Que hablar está bien, pero convencer es mejor. Sin pelea, con paciencia y tranquilidad. Generar una duda es más trascendente que poner un ojo a la virulé. Que lo colectivo tiene más futuro que lo individual. Y que hay que aprender a ceder, a sacrificarse un poco. Por los demás. Porque merece la pena.</p><p>Un líder de esos de manual —y de póster— dijo que no hay que preguntarse qué puede hacer tu país por ti, sino qué puedes hacer tú por tu país. Sí, era guapo, no hay que negarlo. El nuestro tampoco está mal. Para frenarlo, tuvieron que matarlo. Así de fuerte era la cosa.</p><p>El poder de la esperanza es así: crece solo, contagia. Tanto, que los que vinieron después de Jack vivieron un tiempo del aire que él dejó. Por eso, sería una frivolidad dejar que<strong> los rumores, los cuchicheos y los golpes bajos </strong>echen por tierra a alguien que nos ha sacado de unas cuantas crisis bastante feas y, además, nos ha dejado en bastante 3mejor situación de la que encontró. Seamos parte del movimiento.</p><p>____________________</p><p><em><strong>José Manuel Nevado</strong></em><em> es director de Comunicación Institucional de la Secretaría de Estado de Comunicación.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[83084867-20de-4233-aea0-cb78043be2ca]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 20 Apr 2025 17:29:27 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Nevado]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="74697" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="74697" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Liderazgo]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Democracia,Política]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El lado oscuro]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/lado-oscuro_129_1977091.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El lado oscuro"></p><p>Últimamente no dejan de venirme imágenes de la saga de <em>La Guerra de las Galaxias</em> a la cabeza. Es quizás porque los últimos acontecimientos me resultan tan distópicos que parecen ciencia ficción. Cuando asistimos a<strong> la elección de Trump </strong>en los comicios del pasado otoño y veía a la masa enfervorecida aplaudiendo y sólo me faltaba la senadora <em>Padmé Amidala</em> susurrándome al oído “Y así es como muere la Libertad”, o lo que es lo mismo, la democracia.</p><p>Como en todo buen entretenimiento, cuando las sagas se alargan, hay que estar atentos a los giros de guión. Y desgraciadamente, <strong>nuestra distopía sigue las mismas reglas</strong>. En la ficción, en el Nuevo Imperio se dividían el poder entre los <strong>religiosos seguidores</strong> del lado oscuro y los militares tecnólogos que ambicionan el poder. Lo mismo en <em>Juego de Tronos</em> entre los Gorriones y los Lannister.</p><p>¿Qué ha sucedido en <strong>nuestra realidad</strong>?</p><p>El trumpismo se ha partido en dos. Como una bala que rebota en el cráneo y cambia de trayectoria. En un rincón está Deep MAGA: los que visten traje, cenan con banqueros y miden los <strong>aranceles en votos y dividendos</strong>. En el otro está Dark MAGA, los que visten sudadera con el logo de QAnon y sueñan con un nuevo 6 de enero, pero esta vez con resultados.</p><p><strong>Deep MAGA quiere el poder</strong>. Dark MAGA quiere la venganza.</p><p>Uno sueña con<strong> Reagan reencarnado</strong> en versión <em>reality show</em>.</p><p>El otro quiere ver al <strong>Estado arder</strong> mientras lo retransmite en Twitch.</p><p>Y en medio de ambos, está Trump, jugando a ser Moisés con<strong> peluca de Teletubby</strong>, separando las aguas del Partido Republicano con tuits en mayúsculas y tarifas que suben como si fueran castigos bíblicos.</p><p>El <strong>muro</strong> de los aranceles.</p><p>Trump ya no construye muros con cemento, sino con impuestos. Su muro arancelario no está en la frontera, sino en <strong>el puerto de Long Beach</strong>, donde contenedores de iPhones y componentes chinos acumulan polvo mientras sube el precio del Big Mac y de la democracia.</p><p>Su <strong>política comercial </strong>es de western sin final feliz:</p><p>—Tú me cobras, yo te doblo.</p><p>—Y si respondes, te triplico.</p><p>—Y si te quejas, eres un traidor a América.</p><p>Deep MAGA le aplaude en la CNBC: “¡Vamos a repatriar la industria!”. Mientras, Apple<strong> traslada fábricas a India</strong>, y los mismos obreros que votaron a Trump ahora pagan más por un microondas hecho en Milwaukee con piezas taiwanesas importadas a precio de oro.</p><p>Dark MAGA no entiende de economía, <strong>pero le gusta el caos</strong>. Ve en cada arancel una patada al “orden global de las élites”, como si subirle el precio a las PlayStation fuese un acto revolucionario.</p><p>¿Cambio de <strong>orden mundial </strong>o ataque de cuernos geopolítico?</p><p>Trump<strong> no quiere reformar</strong> el orden mundial. Quiere vengarse de él.</p><p>Quiere <strong>una ONU que se arrodille</strong>, una OTAN que le dé las gracias y un FMI que funcione con su tarjeta de crédito.</p><p>Y los aranceles son solo la primera piedra. Luego<strong> vendrá la purga burocrática</strong>, la deserción diplomática, y el intento de convertir a Estados Unidos en una isla fortaleza rodeada de drones y banderas.</p><p>Deep MAGA le sigue porque ve <strong>negocio en el desorden</strong>. Dark MAGA le sigue porque quiere ver colapsar las instituciones como si fueran el escenario final de una película de Zack Snyder.</p><p>Pero cuidado. Una cosa es usar el<strong> caos como palanca</strong>. Otra es convertirlo en religión.</p><p>Y ahí está el verdadero peligro: que en su<strong> segunda venida,</strong> Trump ya no quiera mandar. Solo quiera<strong> ajustar cuentas</strong>.</p><p>El<strong> mundo tiembla</strong>. Wall Street también.</p><p>Porque los mercados entienden muchas cosas. Menos la incertidumbre<strong> con cara naranja y sonrisa </strong>de "te lo dije". Y esta vez, el orden mundial no se lo quiere jugar a los dados con un hombre que cree que el Apocalipsis debe ir en horario estelar.</p><p>____________________</p><p><em><strong>José Manuel Nevado</strong></em><em> es director de Comunicación Institucional de la Secretaría de Estado de Comunicación.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[ee29ad1e-1342-4862-b4a3-aaeb2d0acbb6]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 12 Apr 2025 17:04:14 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Nevado]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="74697" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="74697" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[El lado oscuro]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Donald Trump,aranceles,Economía,Democracia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Realpolitik' y polarización]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/realpolitik-polarizacion_129_1972110.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Realpolitik y polarización"></p><p><strong>La política no es un culto. </strong>Nunca lo fue. Ejecutar decisiones dejando atrás los ideales no es traición, es gobernar. En los libros queda muy bonito eso de la coherencia. En la vida real, lo que manda es otra cosa: resultados.</p><p>No todos pensamos igual. Eso ya lo sabíamos. Pero lo curioso es que hoy no nos peleamos tanto por lo que queremos, sino por cómo llegar hasta ahí. <strong>A veces queremos lo mismo</strong> y aun así discutimos. Por ego, por relato, por ganar un titular.</p><p>¿Justifica el fin los medios? No siempre. Pero si todos empujamos hacia el mismo sitio, da igual que lo hagamos por razones distintas. Si no fuera así, no habría forma de sostener una sociedad con gente que piensa tan distinto. <strong>La historia avanza cuando pactamos, </strong>no cuando gritamos.</p><p>Hubo un tiempo en que nos juntábamos por miedo. A Dios. A quedarnos sin patria. A que nos pasaran por encima. Y sí, eso unió mucho.<strong> Pero fue miedo. </strong>Yo prefiero la esperanza. Ha sido la esperanza, no el miedo, la que ha encendido los momentos buenos. Los que valen la pena.</p><p>La polarización no viene de los extremos. Ellos ya están donde estaban. El problema empieza cuando la grieta se abre en el medio. Cuando el que antes dudaba ahora se atrinchera. Cuando uno está dispuesto a hacerse daño a sí mismo con tal de no ceder.</p><p><strong>Ahí se jodió todo.</strong></p><p>No hay blanco y negro. Nunca lo hubo. Hay matices, hay grises, hay negociación. Algunos le llaman pragmatismo. <strong>Otros, claudicar. </strong>Pero eso va en el tono, no en el fondo. El diablo, como siempre, está en los detalles.</p><p>El progresismo ya entendió el juego. Supo pactar. Supo sumar. Lo entendió tarde, pero lo entendió. El conservadurismo, en cambio, se ha quedado atascado. Antes pactaban con los de siempre, con los de corbata y puro. Ahora, descolocados,<strong> coquetean con los extremos.</strong> Y se equivocan.</p><p>Porque con el otro lado aún hay cosas que compartir. Cambia el orden. Cambia el motivo. Cambia el relato. Pero el destino no es tan distinto.</p><p>Entonces, <strong>¿por qué hay quien se resiste?</strong> ¿Por qué hay quien renuncia al bien común en nombre de un ideal que, en el fondo, es más fe que razón? ¿Qué diferencia a un fanático religioso de un fanático político? No cabe en mi cabeza desear el poder como fin.</p><p>La religión mueve por miedo. La política, se supone, por esperanza. Pero si ya no hay esperanza, entonces sí, <strong>estamos jodidos.</strong></p><p>Yo todavía me acuerdo de aquel cartel. La cara de Obama. La palabra <em>HOPE</em>. Y sí, me sigue emocionando. Por eso, entre la épica hueca y la política real, <strong>yo me quedo con la política.</strong> Pero la de verdad. La que pacta, la que cede, la que construye.</p><p><strong>La </strong><em><strong>realpolitik</strong></em><strong>.</strong></p><p>____________________</p><p><em><strong>José Manuel Nevado</strong></em><em> es director de Comunicación Institucional de la Secretaría de Estado de Comunicación.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[9f4ccb75-95bd-41a3-b7f5-cbcd7f13c09c]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 05 Apr 2025 17:33:14 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Nevado]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="74697" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="74697" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA['Realpolitik' y polarización]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Política,Extrema derecha]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una oposición exitosa]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/oposicion-exitosa_129_1949963.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una oposición exitosa"></p><p>Antes de cada choque, <strong>mi cuerpo exige una pausa</strong>. No importa si es un partido de rugby o un examen; me siento en un banco, dejo que el sol me golpee la cara y permito que una melodía me saque del presente.</p><p>Estos días se avecina una de las batallas más importantes de nuestra sociedad, una lucha que marcará las reglas del nuevo orden global. En medio de este desconcierto geopolítico, me puse a pensar en<strong> el valor real </strong>de un servidor público.</p><p>Hacer oposición debería ser el arte de forzar al gobierno a rendir cuentas y a mejorar, a ser la mejor versión de sí mismo. Eso es lo que se espera, <strong>pero requiere coraje.</strong> Hay que tender puentes, intercambiar ideas y planes en la más absoluta discreción, incluso con quienes se oponen, para favorecer el bien común. Así es como se progresa. A veces se reconocen estas iniciativas en los tan anhelados pactos de Estado.</p><p>Sin embargo, desde que me integré a trabajar en este Gobierno he notado la<strong> ausencia de ese diálogo sutil,</strong> esa “fontanería” política –término que se usa con sorna, como si asegurar lo vital fuera un delito o algo trivial–.</p><p>Hoy, la oposición <strong>se reduce a destruir.</strong> Se disfraza de querer gobernar, imponiendo criterios de forma unidireccional sin mandato ni capacidad de ejecución, y se contenta con lanzar reproches vacíos. Porque, seamos sinceros: la ciudadanía rara vez se inmuta ante una propuesta. Lo máximo que logran es aparecer como atrezo en el eterno teatro de recriminaciones parlamentarias.</p><p>Si de verdad se quiere que se escuchen todos los puntos de vista, hay que construir puentes. Hay que debatir y aceptar que ninguna medida es absoluta; <strong>nadie tiene la verdad completa. </strong>Votar en el Congreso ya es participar, ya es apostar por el bien común. Todas las personas en este Gobierno que conozco aprecian una buena idea, pero fingir que todo lo hace mal –hasta negando logros– no aporta nada a la sociedad. A nuestro país y a la Unión Europea les hará falta más unidad y cerebro que nunca. Nuestra falta de independencia y exceso de confianza nos han llevado a un callejón sin salida. Es hora de retomar la “fontanería”, o lo que algunos llaman política de verdad.</p><p>______________________</p><p><em><strong>José Manuel Nevado </strong></em><em>es director de Comunicación Institucional de la Secretaría de Estado de Comunicación.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[25c48f96-62f9-4982-8660-7e1556250c56]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 24 Feb 2025 20:33:55 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Nevado]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="74697" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="74697" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Una oposición exitosa]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Política,Ideologías]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Trump, el sheriff y el comendador]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/trump-sheriff-comendador_129_1945678.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Trump, el sheriff y el comendador"></p><p>El ocaso de un imperio siempre es ruidoso. Mucho aspaviento, mucha amenaza, mucha pataleta. Lo saben los historiadores y lo sabe cualquiera que haya visto a un jefe en caída libre. <strong>Estados Unidos ya no es el sheriff de la peli del oeste</strong>, ya lo puede gritar Vance, ni Europa su damisela en apuros. Ahora el sheriff negocia con los forajidos mientras Europa se queda con cara de póker, viendo cómo se reparten las cartas.</p><p>Lo de la civilización occidental era un espejismo. Se nos vendió como un club exclusivo, el cenit del progreso y la democracia, pero éramos más bien el mercado premium de los Cowboy’s . Mientras ellos iban a tiros por el mundo, <strong>nosotros nos dedicábamos a afinar el Estado del bienestar</strong>, confiados en que si llegaban los bandidos, John Wayne aparecería a lomos de su caballo. Ahora resulta que John Wayne ha vendido el caballo y nos mira con el ceño fruncido cuando le pedimos que haga su trabajo. La pela es la pela y en un mundo globalizado, los clientes no mandan:<strong> se les exprime.</strong></p><p>¿Calidad de vida? ¿Cambio climático? ¿Independencia energética? ¿Igualdad? Pamplinas. Aquí lo que importa es que los beneficios suban cada año en doble dígito. Y Europa, con sus manías de bienestar y regulación, es un mercado caro. <strong>De ahí que el ranchero empiece a dar por amortizada a la dama europea</strong>. Si hay que prenderle fuego al salón de baile, se prende. El caos es rentable. Pregunten en Wall Street.</p><p>Italia y Hungría ya han entendido de qué va ahora el juego y se han buscado otros padrinos. Mientras tanto, Francia y Alemania, los titanes que levantaron esta fiesta, empiezan a notar que las paredes se agrietan. La Unión Europea era la gran esperanza, la alternativa a los matones de siempre, la idea de que podíamos hacer las cosas de otra manera. <strong>Y justo cuando más falta nos hace, nuestro viejo aliado nos aplica la receta romana: </strong><em><strong>divide et impera</strong></em>.</p><p>Nos vendieron que la desestabilización venía de los villanos de siempre: rusos, chinos, norcoreanos, iraníes. Pero la propaganda no tiene patria y las herramientas que se usan para encender la mecha son las del viejo sheriff. No, no es comunismo decirlo. No, tampoco es conspiranoia. Es política. El problema es que seguimos esperando a Gary Cooper y l<strong>o que tenemos son muchos ricos con miedo a mancharse el traje</strong>.</p><p><strong>Ucrania no puede perder, Europa no puede perder</strong>. No porque lo diga la épica, sino porque si nos echamos atrás ahora, todo lo que decimos que somos se desmorona. La credibilidad, el proyecto común, la idea de que este sitio es más que una suma de intereses. Si doblamos la rodilla ante el ranchero, habremos perdido algo más que una guerra: habremos perdido el derecho a mirarnos al espejo.</p><p>Y sí, lo dijo Yoda: “El miedo lleva a la ira, la ira lleva al odio, el odio lleva al sufrimiento”. Lo que no dijo es que <strong>el miedo también lleva a la rendición</strong>. Europa tiene que decidir si quiere ser Fuenteovejuna o el que apaga la luz cuando todo se va a la mierda.</p><p>______________________________</p><p><em><strong>José</strong></em><em> </em><em><strong>Manuel Nevado </strong></em><em>es director de Comunicación Institucional de la Secretaría de Estado de Comunicación.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[6eab8b02-d1ac-42ea-99cd-a798c7a2ed06]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 16 Feb 2025 18:28:43 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Nevado]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="74697" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="74697" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Trump, el sheriff y el comendador]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Donald Trump,Estados Unidos,Unión Europea,Europa,Geopolítica,Rusia,China]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El 'palmero' Figaredo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/palmero-figaredo_129_1943984.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El “palmero” Figaredo"></p><p>Se podría pensar que estoy obsesionado con las reglas. Con el uso de las métricas como medio y no como fin. Con el uso de los recursos para los objetivos previstos y no para <strong>cubrir las necesidades de los jugadores</strong>. Si hace falta algo, se debe crear. Lo del <em>striptease</em> De los Santos es sin duda lógico. No le quites la túnica a Pablo para vestir a Judas.</p><p>Una clara medida de los riesgos y oportunidades que producían las propuestas legislativas de un gobierno eran las sesiones de control parlamentario. Más allá de algún<strong> ejercicio dialéctico ingenioso e inteligente </strong>que pasaba de forma inmediata al diario de sesiones de Luis Carandell, se exponía la letra pequeña de los cambios legislativos que daban la verdadera dimensión de las leyes propuestas.</p><p>Esta mañana de miércoles dejaba de mirar con tristeza la sesión parlamentaria para disfrutarla como una mezcla de<strong> espectáculo de improvisación</strong> humorística, eso sí, muy guionizado y una grabación pagada por todos los contribuyentes de la<strong> propaganda política</strong> de los partidos conservadores para difundir en los medios. Plataformas digitales o televisivas, dependiendo del dueño financiador de las campañas.</p><p>Es triste ver que<strong> los grupos más vilipendiados</strong>, a los que se les exigió cumplir con las reglas del juego, sean los únicos que de una forma prístina las respetan, cumpliendo con la finalidad de la Cámara. El señor Matute, de forma clara, concreta y educada, pregunta lo que la ciudadanía que tuviera el interés de aguantar la tabarra de estos espectáculos necesita saber. El señor Rufián añade la chispa que le da<strong> lo que los modernos llaman “calle”</strong>, haciendo intervenciones didácticas. Podemos disfrutar con la inocencia y esperanza del señor Guitarte. Y del magistral oficio del señor Esteban.</p><p>Sus intercambios dialécticos con el Gobierno aportan <strong>luz, criticismo y debate a las sesiones</strong>. El Gobierno puede aclarar, defender o asumir cuestiones. Es decir, eso para lo que fue creado el parlamento.</p><p>Luego están las tomas, que desgraciadamente no son falsas, de los diputados del PP-VOX, donde lo importante es <strong>la épica, el pareado ingenioso</strong>, la acusación de bar que se graba, procurando encajarla en los 27 segundos máximos que se consumen en las redes sociales o los cortes del telediario para mostrar a España cómo se lucha contra la dictadura de la representación democrática en el poder. Incluso llevan sus figurantes y secundarios. Llega un momento que incluso les resulta tan tedioso a sus señorías diputados conservadores que <strong>se necesitan los efectos especiales</strong>, la figura del regidor animador para completar la toma. Este miércoles ha sido uno de esos días, donde el señor Figaredo, la única señoría que sentía el fervor para aplaudir a su líder, ha sido capaz de cumplir con la gesta de cubrir con sus aplausos a todo su grupo.</p><p>Se critica mucho a los miembros del Gobierno cuando salen rápidamente del Congreso tras sus interpelaciones. Parece que no queda claro que esos gestos denotan la <strong>poca utilidad que dan a la Cámara</strong>, al preferir volver al despacho para seguir haciendo trabajo que afecte de verdad al bienestar de la ciudadanía.</p><p>Menos palmas y más trabajar.</p><p>____________________________</p><p><em><strong>José</strong></em><em> </em><em><strong>Manuel Nevado </strong></em><em>es director de Comunicación Institucional de la Secretaría de Estado de Comunicación.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[5a0468e2-771d-41db-9c73-5bf0a35fceb8]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 12 Feb 2025 12:55:55 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Nevado]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="74697" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="74697" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[El 'palmero' Figaredo]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Congreso de los Diputados,Gabriel Rufián,PP,Vox,Sesiones control Gobierno]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Pues me levanto y me llevo el Scattergories]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/levanto-llevo-scattergories_129_1940218.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Pues me levanto y me llevo el 'Scattergories'"></p><p>Las reglas son esa cosa aburrida que permite que la vida no sea un caos. Sin ellas,<strong> ni la Fórmula 1 tendría sentido</strong>: los coches volarían con alas de dragón y Verstappen acabaría ganando con un jet. Por eso limitan las ayudas aerodinámicas, para que los pilotos no sean simplemente copilotos de una inteligencia artificial con ruedas. Pero claro, vivimos tiempos en los que respetar las reglas se ha convertido en un capricho de ingenuos.</p><p>El último en ilustrarnos con esta filosofía de "ganar a toda costa" ha sido<strong> Elon Musk,</strong> quien resultó no ser tan bueno en los videojuegos como presumía. La trampa, argumentó, es la única manera de competir con los jugadores asiáticos. Así, con dos cojones y una sonrisa. Entonces, ¿qué sigue? ¿Dopar a los atletas olímpicos para aumentar el número de deportistas inspiradores porque la obesidad nos acecha? No sé ustedes, pero yo prefiero quedarme con los michelines a celebrar medallas ganadas con esteroides. Llámenme loco.</p><p>Musk, ese oligarca tecnológico que se mueve entre la brillantez y el meme permanente, encarna la mentalidad del “hago lo que me da la gana porque puedo”. <strong>En su mundo, no importa el juego,</strong> siempre tendrá el dado trucado y, si pierde, se lleva el tablero. No es algo nuevo; es la vieja lucha de siempre: los muy ricos contra los que simplemente tienen que pagar la hipoteca. Lo decía Aristóteles en <em>Política</em>: “La democracia se da cuando los indigentes tienen el poder”. Y a su manera, tenía razón. En comparación con estos nuevos oligarcas dueños del universo, el resto somos unos indigentes de manual.</p><p>El problema es que esta lógica del "hago trampa porque sí" se contagia. En nuestra política nacional, por ejemplo, ya no son solo los iluminados de la ultraderecha los que recurren a desinformación, pseudomedios y propaganda. Ahora también se han apuntado los partidos de siempre, los de traje gris y manual de instrucciones democrático, a cuestionar las reglas cuando no les favorecen. De repente, los decretos ómnibus, esa herramienta usada hasta para decidir la longitud de las corbatas, son la nueva arma maligna del gobierno. Como si ellos no los hubieran usado antes. Y mientras tanto, <strong>minan la confianza en el sistema</strong>, ese mismo que luego necesitarán cuando les toque gobernar. Brillante estrategia.</p><p>Lo peor es que, en respuesta a que la izquierda ha endurecido su posición, ahora estamos<strong> atrapados en una guerra fría política</strong> donde todos protegen su parcela como si fuera el último refugio en una invasión zombie. Acabaremos teniendo tantos partidos como ciudadanos en el país. El bien común ha pasado a mejor vida, sustituido por trincheras ideológicas y lágrimas de cocodrilo.</p><p>Esto no es nuevo. Lo hemos visto en cada partida de Monopoly con ese primo insoportable que, al verse perder, tiraba el tablero al suelo y corría a llorar a mamá. La diferencia es que en política <strong>no estamos jugando por billetes de mentira</strong>, sino por derechos y libertades reales. Pero claro, ¿para qué esperar a que las políticas tengan impacto si puedes gritar fraude y pasar al plan B, que siempre incluye llantos y acusaciones?</p><p>¿El resultado? Una sociedad que pierde la fe en las instituciones. No confiaríamos en un cirujano sin licencia ni en un arquitecto que aprobara copiando, pero, por alguna razón, aceptamos que la política sea el terreno del "todo vale".<strong> Y así nos va. </strong>Mientras nosotros nos peleamos por el último ladrillo del Jenga, los nuevos oligarcas ya tienen búnkeres de lujo con suministro vitalicio de oxígeno y Wi-Fi.</p><p>Preservar las reglas no es una cuestión romántica, sino de pura supervivencia.<strong> Sin ellas, no hay juego, </strong>y sin juego, lo único que queda es caos. Y no sé ustedes, pero yo prefiero un mundo con reglas, aunque no siempre me gusten, a uno donde la mesa esté constantemente patas arriba porque al primo rico no le gusta perder.</p><p>____________________________</p><p><em><strong>José</strong></em><em> </em><em><strong>Manuel Nevado </strong></em><em>es director de Comunicación Institucional de la Secretaría de Estado de Comunicación.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[24e4e942-40ee-4ece-8ecf-de6c226f89ae]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 05 Feb 2025 19:39:18 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Nevado]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="74697" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="74697" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Pues me levanto y me llevo el Scattergories]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Democracia,Estados Unidos,Elon Musk]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La soberbia de las constantes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/soberbia-constantes_129_1935422.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La soberbia de las constantes"></p><p>En tiempos de incertidumbre, lo mínimo que podríamos exigirnos como ciudadanos de una democracia es conocer el sistema que nos gobierna, y a quienes lo administran, protegerlo con el rigor que merece. Pero vivimos días de aislamiento, de egoísmo, de confusión. <strong>Hemos sustituido la exigencia de conocimiento por la comodidad de la opinión</strong>, confundiendo el derecho a ser escuchados con el capricho de ser obedecidos. En este clima, la democracia no solo es el peor sistema de gobierno si exceptuamos todos los demás, como decía Churchill; lo peor es que hemos comenzado a no exceptuar nada.</p><p>El gran error de nuestra época es el simplismo con el que abordamos problemas complejos, creyendo que nuestras percepciones individuales son suficientes para resolverlos. Jugamos a ser genios aislados, como niños que imaginan conquistar mundos sin considerar las dificultades reales. Pero la humanidad ha avanzado porque siempre ha puesto a prueba sus ideas, contrastándolas en el laboratorio de la convivencia, donde amigos, vecinos y compañeros nos enfrentan a la realidad. Esos retos, esas bofetadas de sentido común, <strong>han sido nuestro verdadero motor de progreso</strong>.</p><p>Hoy, en cambio, vivimos en un mundo de gratificación instantánea. Ya no necesitamos someter nuestras teorías a debate, porque un <em>clic</em> nos da acceso a miles, incluso millones, de personas dispuestas a validarlas sin cuestionarlas. Hemos encontrado la droga perfecta: <strong>el placer inmediato de sentirnos inteligentes</strong>, incluso superiores. Este narcisismo intelectual nos lleva a despreciar el conocimiento acumulado durante siglos, reduciéndolo a un simple relato que encaje en nuestras limitadas categorías. Es la era del desprecio a la experticia, donde el criterio individual se equipara al esfuerzo colectivo de generaciones enteras.</p><p> Ya no necesitamos someter nuestras teorías a debate, porque un <em>clic</em> nos da acceso a miles, incluso millones, de personas dispuestas a validarlas sin cuestionarlas.</p><p>La paradoja de este tiempo es que, mientras despreciamos el consenso que emerge del talento y el rigor, <strong>buscamos validación en burbujas cada vez más pequeñas</strong>. Nos refugiamos en líderes que no representan la complejidad de una sociedad, sino nuestras propias inseguridades y simplificaciones. Y así, cualquier crítica fundamentada en argumentos sólidos puede ser desechada con la misma facilidad que uno se sacude el excremento de una paloma de la solapa.</p><p>Pienso en esto cada vez que escucho a alguien reducir una institución como <strong>La Moncloa</strong> a un grupo de conspiradores. Allí trabajan más de dos mil personas, desde juristas y economistas hasta científicos y académicos, quienes, bajo una coordinación constante, dan forma a una visión compleja del país. Nada sale de esas oficinas sin cumplir criterios que garanticen su viabilidad y su legalidad. Pero en el relato simplista de nuestros días, ese esfuerzo titánico queda eclipsado por teorías que atribuyen las decisiones <strong>a la voluntad arbitraria de una sola persona</strong>.</p><p>En el cielo de mi imaginación, un gatito muere cada vez que escucho esas teorías. Y no me consuela pensar que, al menos, <strong>el simplismo es una constante en la historia</strong>.</p><p>___________________</p><p><em><strong>José Manuel Nevado </strong></em><em>es Director de Comunicación Institucional de la Secretaría de Estado de Comunicación.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[306f1bdd-3a21-45ab-a226-9253cdedcb00]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 27 Jan 2025 19:34:24 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Nevado]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="74697" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="74697" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[La soberbia de las constantes]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/fcb35f84-a381-4dcc-a4cc-ca59521c84b4_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Medios comunicación,Opinión]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
