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    <title><![CDATA[infoLibre - Julia Montejo]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/autores/julia-montejo/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Julia Montejo]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
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      <title><![CDATA[La paradoja Bloom-Rodoreda]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/ideas-propias/paradoja-bloom-rodoreda_129_2109737.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e16a0b16-c881-400d-aba7-489cf98b4fb3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La paradoja Bloom-Rododera"></p><p><em>(Cómo un guardián del canon patriarcal entendió antes que nosotros la fuerza de Rodoreda)</em></p><p>En estos días en que el<strong> CCCB</strong> se esmera en<strong> desmontar los viejos cliché</strong>s sobre <strong>Mercè Rodoreda</strong> —“sensiblera”, “cursi”, “doméstica”— una no puede evitar recordar un dato incómodo: <strong>Harold Bloom,</strong> sumo sacerdote del canon más testosterónico del siglo XX, ya había colocado a Rodoreda en el <strong>altar de la literatura occidental</strong> hace tres décadas.</p><p>La paradoja es gloriosa: Bloom, el hombre que hizo del <strong>canon</strong> una muralla casi exclusivamente<strong> masculina,</strong> reconoció la grandeza literaria de una mujer que en su propio país seguía siendo tratada como si escribiera novelas de puntilla y costurero.</p><p>Quizá haya algo que <strong>aprender </strong>aquí, aunque moleste (a mí, bastante).</p><p>Porque estamos en un momento —necesario— en que<strong> lo masculino del pasado se mira con lupa</strong> moral, como si la calidad artística fuese un asunto de pureza ideológica. Y claro, <strong>Bloom,</strong> con su alergia al feminismo, su elitismo caricaturesco y su aversión a casi todo lo que no fuera Shakespeare, <strong>debería ser un fósil. </strong>Y no, no es que yo quiera recuperar ahora la mirada de Bloom, pero sí reconocer que este<strong> fósil tenía un olfato prodigioso.</strong></p><p>Lo fascinante es que Bloom no incluyó a Rodoreda para quedar bien, porque él jamás trató de quedar bien; <strong>él solo intentaba tener razón. </strong>Tampoco lo hizo para cumplir cuotas (hubiera ardido la biblioteca). Lo hizo porque su aparato estético, tan discutible como coherente, detectaba <strong>fuerzas profundas:</strong> estilos irreductibles, voces que se imponen, mitos disfrazados de cotidianeidad. Y <em><strong>La plaça del Diamant</strong></em><strong> </strong>es precisamente eso: una tragedia universal narrada desde<strong> el temblor de una mujer anónima.</strong> Una voz tan intensa que a un lector sensible lo atraviesa… y a un lector como Bloom, que tenía la sensibilidad emocional de un caballero victoriano, directamente <strong>lo desarma.</strong></p><p>Aquí entra la parte incómoda. ¿Cómo puede ser que un crítico con prejuicios patriarcales captara antes que nosotros la potencia literaria de Rodoreda? Porque mientras Bloom le abría la puerta del canon, buena parte de la crítica española seguía atrapada en un tic muy doméstico: <strong>confundir la escritura sobre mujeres con literatura menor;</strong> la emoción con blandura; la intimidad con falta de ambición. A menudo, el provincialismo no es territorial, sino mental.</p><p>Esto no significa absolver a Bloom, ni canonizar su canon. Significa algo más complejo: aceptar que en la <strong>cultura</strong> hay<strong> posibilidades contradictorias,</strong> que un misógino puede escribir <em>Ana Karenina</em>, que un moralista puede crear la <em>Regenta</em> más lúcida del XIX, y que un crítico elitista puede detectar la fuerza poética de una autora que su propio país subestimó durante décadas.</p><p><strong>No todo lo que nace de una</strong> <strong>mirada limitada es desechable.</strong> Y no todo lo que nace de una mirada progresista es necesariamente más profundo. A veces —y aquí hablo con la serenidad de quien lleva años leyendo a señores insoportables— <strong>la lucidez estética surge donde menos esperas.</strong></p><p>La paradoja Bloom–Rodoreda funciona así: Bloom la vio, nosotros tardamos. Y ahora que ya la vemos, nos apresuramos a olvidar que durante demasiado tiempo <strong>subestimamos lo que él, </strong>paradójicamente, <strong>supo reconocer.</strong></p><p>El canon está cambiando. Bienvenido sea. Pero quizá la lección es esta: <strong>no </strong>hace falta <strong>dinamitar el pasado </strong>para construir un<strong> futuro más justo. </strong>Basta con leerlo con ironía, con cuidado, con la sonrisa preparada en los labios, entendiendo que el arte —por suerte— siempre excede a quienes lo producen y a quienes lo juzgan.</p><p>____________________________________________</p><p><em><strong>Julia Montejo </strong></em><em>es escritora, profesora y cineasta.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 08 Dec 2025 05:01:01 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Julia Montejo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La paradoja Bloom-Rodoreda]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Literatura,Cultura,Industria cultural,Machismo,Feminismo,Libros,Cataluña,Escritores]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Puente sobre aguas turbulentas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/ideas-propias/puente-aguas-turbulentas_129_2027851.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e16a0b16-c881-400d-aba7-489cf98b4fb3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Puente sobre aguas turbulentas"></p><p><strong>Pedro  Sánchez ha convertido la política española en un drama serializado:</strong> cada crisis trae su propio <em>acontecimiento inesperado que da un giro a la trama</em> y, contra todo pronóstico, el protagonista sobrevive. Pero <strong>ningún personaje es eterno</strong> —aunque a este es posible que le queden todavía unos cuantos episodios más como presidente—. La pregunta que ronda a la izquierda hoy no es si Sánchez resistirá hasta  2027, sino <strong>quién será capaz de disputar la próxima temporada</strong> de un guion que se calibra a golpe de algoritmo y augurios de catástrofe.</p><p>La derecha ha encontrado su tono: una mezcla de <strong>épica nacional-católica, revisionismo imperialista y testosterona digital.</strong> A ese imaginario se le suman <strong>soflamas contra el feminismo, la inmigración y el ecologismo</strong>, envueltas en un relato emocional que explota el miedo al presente y alimenta la nostalgia de un pasado idealizado que solo perteneció a unos pocos.</p><p>En contraste, <strong>la izquierda institucional parece atrapada entre una burocracia bienintencionada</strong> y un activismo que, aunque justo, se percibe como una lista interminable de obligaciones. A nadie le gusta sentirse reprendido, y para muchos votantes la izquierda suena más a corrección que a comunidad. Mientras la derecha grita <strong>«orgullo» y «libertad»</strong>, y levanta estatuas de soldados en los parques —a mí <strong>Almeida</strong> me colocó una en el parque infantil junto a casa: un soldado de la guerra filipina empuñando un arma—, la izquierda ofrece <strong>«respeto» y «cuidados»</strong>, procurando que el salario mínimo saque de la miseria a quienes menos voz tienen.</p><p>Es la historia de siempre: <strong>la madre</strong> <strong>que se queda en casa</strong>, pendiente de que todos tengan las necesidades cubiertas, pero a la que nadie ve. Y luego llega<strong> el tío divertido</strong>, que propone planes atrevidos —incluso peligrosos— y todos los niños le siguen. Atención, navegantes: <strong>nosotros somos los niños.</strong></p><p>Esa madre cuidadora, noble y sacrificada, no gana elecciones. No en un mundo polarizado donde los mensajes fáciles, provocadores y sin matices se propagan como fogonazos emocionales en redes sociales. La izquierda no puede resignarse a ser la figura invisible que sostiene mientras otros incendian el relato. El buenismo no moviliza pasiones.</p><p><strong>La extrema derecha crece entre los jóvenes</strong>, no por su coherencia, sino por su osadía. Ofrece discursos simplones, plagados de falacias, en boca de líderes «rebeldes» que gritan sin complejos. Y la juventud, que siempre ha buscado referentes desafiantes, se engancha. Hubo un tiempo en que ese líder rebelde llevaba chaqueta de pana y se apellidaba González.<strong> Hoy el carisma lo pone Ayuso</strong> con su gusto por la fruta y su discurso de barra de bar. </p><p>Pedro  Sánchez no será eterno. <strong>La cuestión no es si se irá, sino qué viene después.</strong> ¿Una líder feminista, ecologista, comprometida y reflexiva que hable con matices? Ojalá. Pero los deseos nunca han hecho a nadie presidenta: <strong>hay que seducir a una generación que reclama valentía y contundencia.</strong> Hará falta alguien que emocione a hombres y a mujeres, que hable claro sin parecer autoritario y que no tema entrar en el barro del relato sin traicionar los principios.</p><p><strong>Óscar  Puente no es mi primera opción</strong>, ni la que hubiera imaginado hasta hace poco, pero la política no te deja elegir con el corazón. Puente no es un <em>outsider</em>, pero tampoco un producto puro de aparato. <strong>Abogado laboralista</strong>, alcalde durante ocho años de una capital tradicionalmente conservadora, aprendió a patear calle, negociar con vecinas, lidiar con el empresariado y pactar —cuando tocaba— con partidos a su izquierda. Ese recorrido forja un capital político híbrido: <strong>cercanía de barrio y cintura de salón de plenos.</strong></p><p>Lo que lo distingue no es el currículum, sino el registro. Puente salta a cámara con un lenguaje que quiebra la solemnidad típica del PSOE: <strong>frase corta, ironía y una pizca de mala leche. </strong>Viralizable. No teme la palabra gruesa y la dosifica con la habilidad de un guionista de <em>prime time</em>. La extrema derecha conquista parte del voto joven porque sabe destilar —en treinta segundos verticales— un relato de orgullo y pertenencia. En ese ring, <strong>Puente maneja X como quien reparte cartas marcadas</strong>, desplaza el foco del adversario y genera emoción antes de que la audiencia haga <em>scroll</em>.</p><p>Y no es solo la forma: <strong>el fondo que propone</strong> —reivindicación de lo público, combate a la corrupción y defensa de los servicios esenciales— <strong>encaja con la precariedad que vive la generación </strong><em><strong>millennial</strong></em><strong> tardía y la </strong><em><strong>Gen</strong></em><strong> </strong><em><strong>Z</strong></em><strong>.</strong></p><p>La teoría política feminista recuerda que el poder también es performativo. <strong>Teresa  Ribera o Salvador  Illa</strong> encarnan la solvencia, pero difícilmente la seducción. Puente exhibe músculo, pero debe demostrar que su fuerza no es mero pavoneo.</p><p>La batalla cultural exige un <strong>relato emocional</strong> de pertenencia. Si la izquierda no lo ofrece, <strong>lo llenará Vox</strong> con su <em>fast‑food </em>identitario. Puente podría tejer una épica progresista que mezcle <strong>humor, orgullo de clase y una masculinidad menos tóxica</strong>; una narrativa donde la vehemencia no excluya la empatía política.</p><p>El camino está lleno de minas. <strong>La línea entre 'macarrismo' y frescura es fina</strong>. Puente tendrá que demostrar 'estadismo': <strong>rodearse de perfiles técnicos y feminizar su equipo</strong> para evitar la deriva 'testosterónica'. Y <strong>romper con los viejos clichés en la cúpula:</strong> esos varones de mediana edad más cómodos en reservados que con mujeres al mando. Además, deberá ganarse la confianza del aparato: vencer en un congreso federal o unas primarias exige alianzas dentro y fuera del partido. <strong>Su estilo </strong><em><strong>punk</strong></em><strong> puede incomodar a los barones.</strong> Y aunque la derecha roce el poder sin programa, él necesitará articular uno: <strong>economía verde, digitalización justa y cohesión territorial.</strong></p><p>¿Por qué me mojo? ¿Por qué Óscar Puente? <strong>No es un deseo, sino una salida.</strong> No aparece nadie más en el horizonte y, aunque el futuro es un interrogante, los liderazgos no se improvisan de un día para otro. Lo único claro es que, a estas alturas del siglo XXI, <strong>la política ya no se decide en el terreno racional.</strong> Si el PSOE quiere seguir escribiendo la serie tras la era Sánchez, <strong>necesita un protagonista capaz de moverse en el arena de la polarización</strong> sin renunciar a la ética pública. Óscar Puente parece, hoy, el único con la voz, el pulso y la narrativa para intentarlo… cuando toque.</p><p><strong>Pero el reto no es solo suyo.</strong> Es de un socialismo que debe reinventar su gramática para hablar a una ciudadanía fatigada, precarizada y huérfana de épica progresista, en <em>shock </em>por los casos de corrupción y machismo en sus propias filas. <strong>Puente puede ser el altavoz</strong>; el contenido, urdido entre todos, todavía está por escribir.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 08 Jul 2025 18:22:23 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Julia Montejo]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Óscar Puente,Política,PSOE,Vox,Pedro Sánchez]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Por qué seguimos a líderes que nos mienten (y lo sabemos)]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/ideas-propias/seguimos-lideres-mienten_129_2013951.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e16a0b16-c881-400d-aba7-489cf98b4fb3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Por qué seguimos a líderes que nos mienten (y lo sabemos)"></p><p><strong>Donald Trump</strong> dijo que los inmigrantes se comen a los perros. Literalmente: en un mitin, afirmó que “en Springfield están comiéndose a los perros y gatos”, refiriéndose a comunidades migrantes. También <strong>ha compartido teorías conspirativas</strong> según las cuales <strong>Joe Biden</strong> habría sido ejecutado en 2020 y reemplazado por un clon robótico. <strong>Javier Milei</strong> ha proferido más de 1.000 insultos, a razón de 2,4 por día, dirigidos a periodistas y a los que él llama <strong>“zurdos de mierda”</strong>. Además cita a su perro muerto como mentor espiritual y ha impulsado un <em>memecoin</em> que resultó ser una estafa. <strong>Isabel Díaz Ayuso</strong> proclamó que las cañas eran un derecho civil durante la pandemia y que no se podía vivir en <strong>“estado de alarma permanente”</strong>, defendiendo una idea de libertad más parecida a una marca que a una política pública. </p><p><strong>La gente no es tonta</strong>. No es que no sepa que mienten o exageran; es que su forma de hacerlo los convierte en protagonistas de una ficción poderosa. Al igual que en una película de acción o una serie distópica, <strong>los votantes no buscan al político más veraz</strong>, sino al que encarne mejor una ilusión de control. <strong>Judith Butler</strong> lo explica con claridad: sabemos que exageran, pero nos gusta cómo lo hacen.</p><p>Desde hace décadas, la teoría del guion cinematográfico estudia <strong>cómo se construye un personaje capaz de seducir a la audiencia</strong>. Esa seducción rara vez tiene que ver con la verdad; <strong>tiene que ver con el deseo, con la identificación emocional</strong>. Como profesora de guion, tengo una clase favorita del curso: la que me permite explicar por qué es crucial mostrar al protagonista <strong>“en contacto con su poder”</strong>, y hacerlo cuanto antes. Esa primera escena no solo define al personaje: establece un vínculo. Porque un personaje poderoso —aunque sea discutible, incómodo o directamente peligroso— fascina y brilla.</p><p>En los manuales de guion se identifican tres formas principales de poder narrativo que aseguran esa conexión. La primera es el poder sobre otros, y suele venir de la riqueza. El dinero no solo da seguridad: otorga margen para imponer tu voluntad. <strong>Permite mover los hilos desde las sombras</strong> o desde lo alto de un rascacielos. <strong>Don Corleone</strong> es un ejemplo clásico. <strong>Elon Musk</strong> podría ser el héroe de una pesadilla futurista escrita por un fan de <strong>Ayn Rand</strong> que se ha venido muy arriba. En la película <em>No mires arriba</em>, ya salía su primo. Trump, por cierto, tampoco nació en una chabola.</p><p>El segundo poder es el de <strong>actuar sin dudar</strong>. El héroe que no necesita pensar, porque ya sabe —o finge saber— lo que hay que hacer. <strong>No se cuestiona, no duda, no pierde tiempo en matices</strong>. Rambo no se sienta a hablar de trauma; Terminator no consulta a su terapeuta antes de disparar. Héroes de acción que toman decisiones en segundos y salvan el mundo en dos horas y media. En política, esta fórmula también funciona: <strong>el líder que actúa con firmeza</strong> (aunque sea en dirección al abismo) resulta más convincente que el que duda, matiza o consulta expertos. <strong>La indecisión no da espectáculo. La acción sí</strong>. Trump firma aranceles improvisados como si fueran <em>merchandising</em> de campaña, con esa letra de rotulador grueso que parece parte del decorado. Da igual si aquello provoca una crisis internacional o confusión total: la imagen es la de un presidente que hace cosas. Que se mueve. <strong>Es un buen macho alfa y nunca duda</strong>. Aunque acaben llamándole “Taco” o subastando su chaqueta en eBay, lo importante es que jamás se le ve titubear.</p><p>Y finalmente, está el poder de decir lo que los demás callan. <strong>Ese tipo de personaje que suelta sin filtro</strong> lo primero que se le pasa por la cabeza: rabia, deseos, envidia o pura mala leche. Nada de contención, nada de cálculo. Solo la satisfacción brutal de decir lo que nadie se atreve. <strong>Jack Nicholson</strong> o <strong>Eddie Murphy</strong> construyeron sus carreras interpretando a ese tipo de <strong>figura deslenguada e imprevisible</strong>, capaz de dinamitar cualquier escena con una frase incómoda. Pero en el escenario político, Ayuso, Trump y Milei podrían darles clases magistrales con su motosierra verbal. Los guiones de <strong>Miguel Ángel Rodríguez</strong> rezuman esa incorrección tan atractiva que dan ganas de seguir con un cubo de palomitas.</p><p>Estos líderes <strong>no necesitan ser honestos</strong>. Lo que ofrecen es una fantasía de acción, desinhibición y control. En una época marcada por la incertidumbre y el ruido, ver a alguien gritar con seguridad (aunque diga barbaridades) puede <strong>resultar extrañamente tranquilizador</strong>. Incluso digno de envidia y admiración. Tienes que ser muy poderoso para <strong>decir semejante cosa</strong> y que no se te caiga la cara de vergüenza.</p><p><strong>Judith Butler</strong> apunta esta paradoja cuando explica que <strong>muchas personas saben que sus líderes exageran</strong>, falsean o simplemente inventan, pero esa mentira se convierte en parte del espectáculo. El acto de mentir con convicción es, en sí mismo, una demostración de poder.</p><p>La mentira ya no es un desvío, sino una forma de actuar. Y aquí entra la dimensión performativa que Butler trabaja desde la teoría del género y la política: <strong>el lenguaje no sólo describe el mundo, también lo construye</strong>. El político que miente con carisma no está ofreciendo datos; está ofreciendo una escena, un rol, un universo.</p><p>Parte del pensamiento progresista ha creído que los hechos y la racionalidad bastarían para convencer. Pero la narración política no funciona así. <strong>El votante no es un lector de informes, sino una audiencia en busca de sentido</strong>. Y la emoción vence al argumento, especialmente cuando se articula a la manera de relato heroico.</p><p>Los que nos dedicamos al guion sabemos que una buena trama, un personaje bien construido, <strong>no basta si no emociona</strong>. No es casual que los líderes populistas construyan su discurso como una épica: ellos contra el sistema, el pueblo contra la élite, la libertad contra el Estado. No importa que los hechos no cuadren; lo que importa es que el relato sea emocionante.</p><p>En un mundo que se alimenta de pantallas, de ficciones a demanda, y que ha dejado de informarse a través del periodismo profesional, no es de extrañar que <strong>personajes cada vez más histriónicos y caricaturescos hayan ocupado la arena pública</strong> con sus ficciones. La cuestión ahora es: ¿qué hacemos frente a esta seducción del mentiroso heroico?</p><p>La izquierda —y también buena parte del pensamiento progresista— quiere que levantemos la vista de la pantalla y pensemos. Pero <strong>pensar requiere tiempo, requiere calma y también requiere certezas</strong> mínimas. En ausencia de esas certezas, buscamos seguridad. Y muchos la encuentran en líderes que ofrecen enemigos fáciles: los inmigrantes, las mujeres feministas, los homosexuales, las personas trans… Cualquier diferencia sirve como diana. Un héroe no puede ejercer sin enemigos.</p><p>Tal vez el nuevo guion no consista en oponer un héroe mejor. <strong>Quizás baste con desmontar la necesidad de héroes</strong> y aceptar que el mundo es incierto, pero que el Estado debe garantizar una cosa sencilla y radical: que nadie se quede atrás. No hará falta un enemigo si hay una red. Se puede vivir sin certezas absolutas si al menos hay salud pública, educación para todos y un techo sobre cada historia.</p><p>Las buenas ficciones no solo nos muestran el poder; también nos enseñan que lo humano, lo frágil, lo complejo, puede ser bello y valiente. La jugada de Pedro Sánchez —esa pausa para pensar— no le salió mal. <strong>Demostró que es posible cambiar el paso</strong>. El público está dispuesto a dejarse sorprender. Pero hay que atreverse a escribir otra historia y, sobre todo, hacerlo con cabeza. Porque, si no lo hacemos, <strong>siempre habrá alguien dispuesto a ocupar ese papel</strong> —con su clon robótico, su motosierra o su caña en alto— para contarnos la suya.</p><p>______________________</p><p><a href="https://www.instagram.com/juliamontejo__/" target="_blank" ><em>Julia Montejo</em></a><em> es escritora, profesora y cineasta.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 16 Jun 2025 18:09:59 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Julia Montejo]]></author>
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