<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[infoLibre - María Gálvez del Castillo Luna]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/autores/maria-galvez-del-castillo-luna/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - María Gálvez del Castillo Luna]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright infoLibre]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <item>
      <title><![CDATA[Una América europea y no una Europa americana]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/america-europea-no-europa-americana_129_2089919.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e1ff97e2-29a9-43d4-a908-7774b29608d9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una América europea y no una Europa americana"></p><p>En 1953, <strong>Thomas Mann</strong>, desde el escenario aún humeante de la posguerra, pronunció una frase que sigue resonando como advertencia y esperanza: <em>“una Alemania europea y no una Europa alemana.”</em></p><p>Aquella sentencia no era solo una estrategia de Estado, sino ética política: la idea de que la nueva Alemania debía renacer no como potencia dominante, sino como <strong>parte de una comunidad compartida</strong>, regida por lo que Jürgen Habermas denominaría después <em>patriotismo constitucional</em>: la lealtad a la democracia, al derecho y a las instituciones, por encima de los lazos étnicos o nacionalistas.</p><p>Hoy el mundo se ha invertido, pero la lección persiste. Lo que Occidente necesita no es un manifiesto de hegemonía, sino <strong>un renacimiento democrático y ecológico</strong>. Tal vez nos iría mejor con una América más europea, anclada en valores ilustrados, sostenibilidad social y responsabilidad global, y con una Europa fiel a sí misma, capaz de ejercer el papel de faro normativo, industrial y medioambiental que Alemania adoptó tras la guerra:<strong> liderazgo sin dominación</strong>, poder con conciencia.</p><p>Nos encontramos en una bifurcación histórica. El desafío no es solo salvar el clima —el planeta y, a fin de cuentas, a nosotros mismos— ni ganar la carrera tecnológica, sino <strong>reconstruir una arquitectura de sentido común</strong>, donde la transición ecológica, la innovación, los derechos humanos y la democracia confluyan en un mismo proyecto civilizatorio.</p><p>Durante siglos, Europa y América fueron las dos columnas de Occidente. Pero en este convulso 2025, <strong>las columnas parecen haberse invertido</strong>: mientras Europa intenta preservar la razón ilustrada, el Estado de derecho y la sostenibilidad como fundamentos de su poder, Estados Unidos se desliza hacia un populismo proteccionista que evoca a los excesos de entreguerras. Si ese rumbo se consolida, las tensiones internas podrían<strong> desdibujar su papel en la transición ecológica global</strong>.</p><p>El 18 de octubre de 2025, cientos de miles de personas salieron a las calles para protestar contra <strong>la deriva autoritaria del presidente Trump</strong>. Meses antes, había impuesto aranceles “recíprocos” a casi todos los socios comerciales, un gesto que sus seguidores celebraron como soberanía y sus críticos calificaron de guerra económica. A ese proteccionismo se suma <strong>un discurso negacionista</strong> que, en foros internacionales, califica el cambio climático como “la mayor estafa de la historia”.</p><p>Washington parece haber renunciado a liderar la transición ecológica, reemplazando la cooperación por el repliegue. Y, sin embargo, la paradoja es reveladora: mientras el poder político se fragmenta, <strong>la economía verde estadounidense sigue avanzando</strong>, impulsada por la inercia de la <em>Inflation Reduction Act</em> —herencia del presidente Biden— y por la fuerza del mercado y la innovación privada.</p><p>La verdadera crisis de Estados Unidos no es económica, sino <strong>ética y moral</strong>. Lo que alguna vez fue el modelo del constitucionalismo liberal hoy se ve asediado por su propio populismo. Europa creo que lo aprendió tras dos guerras devastadoras: el patriotismo no se mide por banderas, sino por <strong>la lealtad a los principios</strong>. Ahora, los Estados Unidos de América debe recordarlo.</p><p>La Unión Europea, mientras tanto, atraviesa su propia encrucijada. Las tensiones internas —el auge de los nacionalismos, la fatiga regulatoria del <em>Green Deal</em>, las presiones energéticas e industriales— no logran ocultar una verdad esencial: la UE es hoy <strong>el mayor laboratorio político del mundo</strong>.</p><p>Ha logrado convertir la sostenibilidad, la equidad, los derechos humanos y la democracia en los nuevos pilares de su poder. Su fuerza ya no reside en ejércitos, sino en <strong>normas</strong>: la directiva CSRD, la Directiva de Diligencia Debida o el Mecanismo de Ajuste de Carbono en Frontera expresan lo que se conoce como el <em>efecto Bruselas</em>: la capacidad de Europa para <strong>exportar estándares éticos y medioambientales</strong> al resto del planeta.</p><p>Empresas de Silicon Valley o Shenzhen adaptan sus modelos a las reglas europeas para operar en su mercado. En términos habermasianos, Europa ejerce una <em>razón práctica universal</em>: regula no para dominar, sino para<strong> proteger el bien común</strong>.</p><p>Lo comprobé en el Encuentro de Desarrollo Sostenible organizado por Procolombia en Bogotá. Allí, compañías colombianas —como la multinacional Juan Valdez Café— reconocían que <strong>alinear sus reportes de sostenibilidad con los estándares europeos</strong> había fortalecido su gestión interna, su trazabilidad y, sobre todo, su competitividad internacional.</p><p>Europa se ha convertido, casi sin proponérselo, en el <strong>árbitro moral del mundo</strong>. Las empresas de todos los continentes se preparan y adaptan a las exigencias de sostenibilidad dictadas por la Unión Europea, que hoy actúan como un nuevo lenguaje universal de transparencia y responsabilidad. Sin embargo, la llegada de la Directiva Ómnibus y las sucesivas —y aún inconclusas— simplificaciones regulatorias han comenzado a <strong>erosionar parte de ese impulso normativo</strong> que hizo de Europa un faro y una brújula moral en materia de sostenibilidad.</p><p>Su mayor desafío, no obstante, es interno: mantener <strong>la cohesión y el liderazgo</strong> en una era marcada por la crisis climática, la disrupción tecnológica y la fragmentación política. Como recordaba Ursula von der Leyen, “el mundo aún puede contar con el liderazgo de Europa”, siempre que el continente sepa reindustrializarse sin traicionar su alma social y ecológica, sin olvidar que su verdadera fortaleza no reside en la fuerza, sino en los valores que la sostienen. En palabras de Robert Schuman: <em>Europa necesita un alma, un ideal y la voluntad política para servir a este ideal.</em></p><p>Frente al vaivén americano y la introspección europea, China despliega una estrategia silenciosa pero firme. Ha comprendido que el dominio del siglo XXI <strong>se juega en los laboratorios</strong>, no en los campos de batalla. Inteligencia artificial, biotecnología, semiconductores y energías limpias son los nuevos instrumentos de poder nacional.</p><p>El plan <em>Made in China 2025</em>, junto a inversiones masivas en renovables y almacenamiento, ha convertido a Pekín en el principal productor mundial de paneles solares, baterías y vehículos eléctricos. Paradójicamente, mientras lidera la revolución verde, sigue siendo <strong>el mayor emisor de CO₂</strong>. Su principio es claro: <em>primero construir, después romper</em> (<em>xian li hou po</em> 先立后破).</p><p>China prioriza <strong>crear capacidad limpia </strong>antes de desmantelar su base fósil. Así, mientras levanta récords de parques solares y eólicos, sigue recurriendo al carbón para asegurar su crecimiento y estabilidad.</p><p>Su transición verde no es solo un imperativo ambiental, sino <strong>una estrategia de seguridad nacional y poder económico</strong>. Reducir la dependencia del petróleo extranjero refuerza su autonomía energética; dominar las industrias verdes garantiza su influencia global. A diferencia de Occidente, China no apela a la moral, sino a <strong>la eficacia</strong>, y su modelo tecnocrático plantea la gran pregunta del siglo: ¿puede existir sostenibilidad sin libertad ni democracia?</p><p>Cuando el profesor Antonio García Tabuenca y yo escribíamos <em>Industria y política industrial en la transición verde</em>, observábamos cómo las potencias competían por liderar esta nueva revolución tecnológica. Entonces parecía que Europa llegaba tarde. Hoy, paradójicamente, Estados Unidos ha perdido el rumbo, mientras la Unión Europea —pese a su lentitud— emerge como <strong>referente en la fusión de economía</strong>, sostenibilidad y derechos. La transición ecológica ya no es solo un asunto ambiental: es un proyecto civilizatorio. En un mundo saturado de algoritmos, polarización y extractivismo tecnológico sin reglas del juego bien definidas, Europa encarna la posibilidad de <strong>un capitalismo democrático</strong> que reconcilie progreso con justicia y garantías, innovación con ética. </p><p>Su modelo de economía social de mercado, reforzado por <strong>la digitalización y la transición verde</strong>, puede ser la base de una nueva Ilustración: un renacimiento que no busca imponerse, sino inspirar.</p><p><em>Una América europea y no una Europa americana</em>, no es un lema antiestadounidense, sino una invitación a <strong>la madurez de Occidente</strong>. Europa no necesita imitar el ruido ni la prisa que dominan la política norteamericana; su fuerza reside en la mesura, la estabilidad y la coherencia moral. Debe afirmarse como fuente de garantía, cultura, valores y sostenibilidad, no como contrapeso, sino como <strong>ejemplo</strong>.</p><p>América, por su parte, podría reaprender de Europa la virtud de la medida, ese equilibrio entre libertad y responsabilidad que define a las democracias verdaderamente maduras. Porque el liderazgo del futuro no se medirá por la velocidad ni por la fuerza, sino por <strong>la capacidad de armonizar progreso y propósito</strong>.</p><p>Necesitamos pragmatismo, sí, pero del tipo que encarnó <strong>Angela Merkel</strong>: científica de formación, símbolo de la sobriedad europea y de una política que entendía el poder no como espectáculo, sino como <strong>servicio</strong>. Me gusta recordar una de sus respuestas más memorables. En una entrevista concedida a <em>Die Zeit</em>, le preguntaron qué era lo que más le gustaba de Alemania. Su respuesta, desconcertante y precisa, fue: “Que las ventanas cierran bien.”</p><p>En una sola frase, Merkel condensó <strong>la ética civil europea</strong>: la convicción de que lo pequeño sostiene lo grande, que el orden y la responsabilidad son los cimientos invisibles de la libertad. Que las ventanas cierren bien significa que las instituciones funcionan, que la ley protege a todos por igual, que la sociedad se mantiene cohesionada no por gestos épicos, sino por <strong>la fiabilidad cotidiana</strong>, por esa serena confianza en que el mundo puede mantenerse en pie si cada cosa cumple su función.</p><p>Esa respuesta —aparentemente banal— encierra quizá la más refinada expresión del patriotismo constitucional de <em>Habermas</em>: la fidelidad a los principios y a las normas que <strong>hacen posible la convivencia</strong>. Merkel, hija de la Alemania dividida, sabía que el poder más duradero no nace de los discursos altisonantes, sino de <strong>las cosas bien hechas y sin ruido</strong>.</p><p>Lo mismo que reivindicaba <strong>Felipe González</strong>, otro arquitecto de lo posible, cuando le tocó gobernar un país en el que todo estaba por hacer y logró construir el Estado del bienestar español. Él mismo lo expresó con una lucidez que resiste el tiempo: “Porque gobernar no significa solamente estar atento a las curvas del camino; gobernar es guiarse al mismo tiempo por el perfil del horizonte, tener bien claro un rumbo a largo plazo, una perspectiva que otorgue pleno sentido a los afanes cotidianos.”</p><p>En una época dominada por la grandilocuencia, el cortoplacismo y la crispación, aquella <strong>imagen doméstica</strong> —las ventanas que cierran bien— adquiere una dimensión civilizatoria. Europa, en su mejor versión, no necesita imponerse para demostrar su fortaleza: su poder reside en <strong>la precisión, la estabilidad y la razón pública</strong>, en la sobria elegancia de lo que funciona, simplemente, porque está bien hecho.</p><p>Quizá el futuro de Occidente dependa de esa serenidad: de volver a cerrar bien las ventanas antes de que, entre el ruido de proteger el aire común de la democracia y de recordar, con Habermas, que la democracia sigue siendo un proyecto inacabado, pero <strong>aún el mejor que tenemos</strong>.</p><p>El siglo XXI no se decidirá solo por el PIB ni por la fuerza militar, sino por quién logre articular <strong>una narrativa convincente sobre el futuro común</strong>. Europa tiene la oportunidad de hacerlo desde su triple vocación: ecológica, democrática y social. Si el siglo XX fue el de una América que salvó a Europa, el XXI puede ser el de una Europa que recuerde a América —y al resto del mundo— los ideales que una vez compartieron: <strong>dignidad humana, cooperación, justicia y razón ilustrada</strong>.</p><p>El mundo necesita menos ruido y más razón, menos muros y <strong>más proyectos compartidos</strong>.</p><p>Si la Unión Europea logra convertir la sostenibilidad en el nuevo lenguaje del progreso, y si América vuelve a creer en su Constitución como brújula moral, <strong>Occidente aún puede reinventarse</strong>.</p><p>En ese horizonte, Europa no es el viejo continente: es <strong>la semilla</strong> —aún germinante— de una nueva modernidad que puede reconciliar libertad, razón, sostenibilidad y progreso con garantías.</p><p>____________________________________________</p><p><em><strong>María Gálvez del Castillo Luna</strong></em><em> es CEO de Smart Blue Lab, </em>embajadora del Pacto Climático Europeo<em> y colaboradora de la Fundación Alternativas.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[06a8c220-3105-4d97-8d4d-da318feac146]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 03 Nov 2025 05:01:33 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[María Gálvez del Castillo Luna]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/e1ff97e2-29a9-43d4-a908-7774b29608d9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="121084" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/e1ff97e2-29a9-43d4-a908-7774b29608d9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="121084" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Una América europea y no una Europa americana]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/e1ff97e2-29a9-43d4-a908-7774b29608d9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Europa,Estados Unidos,América,China,Democracia,Angela Merkel,Felipe González,Unión Europea]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Economía azul: clave estratégica de competividad, sostenibilidad y cohesión territorial]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/economia-azul-clave-estrategica-competividad-sostenibilidad-cohesion-territorial_129_2030217.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e1ff97e2-29a9-43d4-a908-7774b29608d9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Economía azul: clave estratégica de competividad, sostenibilidad y cohesión territorial"></p><p>El mar no es una frontera. Es un puente hacia un futuro común. <strong>En un escenario global marcado por la crisis climática, las tensiones geopolíticas y la aceleración tecnológica</strong>, la economía azul se perfila como un eje vertebrador para un modelo de desarrollo que armonice competitividad, sostenibilidad y cohesión territorial. La necesidad de redefinir nuestro sistema productivo sitúa al océano como epicentro de la transformación económica global. En este marco, la economía azul no es una tendencia emergente, sino una estrategia-país para España.</p><p>Con más de 8.000 km de litoral y una posición estratégica en el sistema marino-marítimo europeo, España cuenta con una ventaja estructural para liderar esta transición. Su economía azul abarca sectores consolidados como la pesca, la acuicultura, el turismo costero, el transporte marítimo, la construcción naval y los servicios portuarios, así como sectores emergentes como la biotecnología marina y las energías renovables oceánicas. <strong>En 2021, estas actividades generaron más de 21.000 millones de euros en valor añadido</strong> y empleaban a más de 625.000 personas. España es el primer país europeo en pesca y acuicultura, cuenta con una potente industria turística costera —que representa el 68 % del empleo azul— y destaca por su red portuaria y su industria naval de referencia internacional, especialmente en el ámbito de la defensa, liderada por Navantia.</p><p>A escala global, <strong>resulta recurrente mencionar para que veamos la magnitud e importancia que los océanos cubren más del 70 % del planeta</strong>, absorben aproximadamente el 30 % del CO₂ atmosférico y producen más del 50 % del oxígeno que respiramos. El océano es agua y el agua es vida. Pero más allá de su relevancia ecológica, desempeñan un papel económico y social crucial: el 61 % del PIB mundial se genera a menos de 100 km del mar, y más del 65 % de la población vive en zonas costeras. Si fueran una economía nacional, los océanos ocuparían el séptimo lugar a nivel global, con un valor estimado superior a los 24 billones de dólares.</p><p>En este contexto, la economía azul se configura como una palanca estratégica de transformación. Bajo un enfoque sostenible, integra actividades basadas en los mares, océanos y zonas costeras —pesca, acuicultura, biotecnología marina, turismo, transporte marítimo, energías renovables, puertos y construcción naval— que contribuyen al crecimiento económico, la generación de empleo y el bienestar social, al tiempo que pretende preservar los ecosistemas marinos y costeros a largo plazo. Este modelo no solo genera valor económico y empleo cualificado, sino que permite <strong>desarrollar nuevas cadenas de valor basadas en el conocimiento, I+D+i y tecnología Made in Spain</strong>, con la sostenibilidad como base e impulsora de la competitividad.</p><p>El informe sobre economía azul de la Unión Europea de 2025 confirma el avance hacia un modelo azul más sostenible y resiliente. Entre los logros recientes destacan los avances en sostenibilidad del transporte marítimo: <strong>entre 2013 y 2022, las emisiones por tonelada transportada por vía marítima se redujeron un 10 %</strong>, mientras que la flota pesquera comunitaria redujo sus emisiones de CO₂ en un 31 % y su consumo de combustible en un 17 % respecto a 2009.</p><p>De manera paralela, los últimos datos económicos europeos confirman una mejora y proyección ascendente. En 2022, la economía azul de la UE empleó a 4,82 millones de personas (un 16 % más que en 2021) y generó una facturación cercana a los 890.000 millones de euros, lo que representa un crecimiento del 29 %. <strong>El valor añadido bruto alcanzó los 250.700 millones de euros</strong>, con un incremento del 33 % respecto al año anterior. Estos datos reflejan cómo la adopción de tecnologías limpias y prácticas más eficientes y sostenibles refuerzan la competitividad económica, rentabilidad empresarial y adaptación frente a riesgos emergentes.</p><p>Sin embargo, este potencial convive con importantes vulnerabilidades del medio marino y costero: pérdida progresiva de la biodiversidad, degradación de hábitats costeros, dependencia estacional del turismo, escasa diversificación productiva y fuertes desigualdades territoriales. A todo ello se suman los efectos del cambio climático, como el aumento del nivel del mar y la mayor frecuencia de fenómenos extremos. Actualmente, unas 72.000 personas en la UE se ven afectadas cada año por inundaciones costeras. De no reforzar las medidas de protección, <strong>se estima que los daños anuales podrían alcanzar entre 137.000 y 814.000 millones de euros en 2100</strong>, dependiendo del nivel de emisiones y las políticas de mitigación adoptadas. En este contexto, las soluciones basadas en la naturaleza (NBS), como la restauración de humedales y ecosistemas costeros, ofrecen una triple rentabilidad: ambiental, económica y social. Según informes técnicos de la Comisión Europea, sus beneficios superan sus costes en una proporción superior a 3,5. Ante este escenario, una economía azul sostenible representa una vía estratégica para fortalecer la competitividad, la resiliencia climática y la cohesión territorial.</p><p>Este mes de junio de 2025, la Cumbre de los Océanos de Niza y la presentación del Pacto Azul Europeo marcaron un punto de inflexión. <strong>Esta nueva agenda oceánica europea establece seis prioridades</strong> clave: restaurar la salud del océano, descarbonizar la economía azul, apoyar a las comunidades costeras, reforzar la seguridad marítima, dinamizar la diplomacia oceánica y mejorar la gobernanza. Entre los compromisos más destacados figuran la restauración del 20 % de los ecosistemas marinos europeos para 2030, la reducción a la mitad de la contaminación marina en cinco años y la movilización de 1.000 millones de euros para proyectos transformadores vinculados al océano.</p><p>España parte de una posición privilegiada para liderar esta transformación. <strong>El informe, publicado por la Fundación Alternativas, Economía azul</strong> ante el reto demográfico y de género (ESCALRED) subraya que los sectores azules no solo generan empleo cualificado, sino que permiten fijar población en zonas vulnerables, reducir desigualdades territoriales y avanzar en igualdad de género. Apostar por la economía azul es apostar por la cohesión social, la justicia intergeneracional y la resiliencia de los territorios.</p><p>La economía azul sostenible, permite repensar nuestros procesos productivos y generar riqueza inspirándonos en los principios que rigen el funcionamiento de la naturaleza. <strong>Esto implica diseñar sistemas en los que los recursos se utilicen de forma óptima</strong>. En esencia, se trata de trasladar la lógica de los ecosistemas al ámbito empresarial: un modelo en el que eficiencia, cohesión, competitividad y sostenibilidad dejen de ser aspiraciones para convertirse en la base misma del desarrollo económico. Es también una hoja de ruta para garantizar soberanía energética, seguridad alimentaria y bienestar social.</p><p>España tiene ante sí una oportunidad histórica. <strong>La economía azul es mucho más que un vector de crecimiento</strong>: es una estrategia de país para revitalizar la economía, consolidar sectores estratégicos y garantizar un desarrollo equitativo y sostenible. Para que cumpla este papel transformador, se requiere liderazgo político, cooperación público-privada e inteligencia territorial al servicio del bienestar de las generaciones actuales y futuras. Las claves están escritas en el informe ESCALRED. “El mar no es una frontera. Es un puente hacia un futuro común.” Y España, como potencia marítima, está llamada a cruzarlo con liderazgo y audacia. Porque sin mares sanos, no hay futuro próspero. Y ese futuro, económico, social y ecológico, se juega ya… a pie de ola.</p><p>__________________________________</p><p><em><strong>María Gálvez del Castillo Luna</strong></em><em> es CEO de Smart Blue Lab y colaboradora de la Fundación Alternativas.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[d4e60b2e-851a-4301-a79b-97dc36e34221]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sun, 13 Jul 2025 04:00:49 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[María Gálvez del Castillo Luna]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/e1ff97e2-29a9-43d4-a908-7774b29608d9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="121084" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/e1ff97e2-29a9-43d4-a908-7774b29608d9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="121084" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Economía azul: clave estratégica de competividad, sostenibilidad y cohesión territorial]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/e1ff97e2-29a9-43d4-a908-7774b29608d9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Medioambiente,Energías renovables,Economía,Desarrollo sostenible,Cambio climático]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
