<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[infoLibre - Anna Garcia Hom]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/autores/anna-garcia-hom/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Anna Garcia Hom]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright infoLibre]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <item>
      <title><![CDATA[Las ayudas no son descuentos: la indecencia “legal” del bono social]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/ayudas-no-son-descuentos-indecencia-legal-bono-social_129_2147585.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ayudas no son descuentos: la indecencia “legal” del bono social"></p><p>Hay una indecencia especialmente cómoda: la que no necesita esconderse. No falsifica, no fuerza cerraduras; solo se ampara en el “es legal” y convierte una <strong>ayuda social en un cupón.</strong> Esa frase —legal— funciona como detergente moral: blanquea el gesto de quien, pudiendo pagar, decide cargar parte de su factura a un instrumento creado para que otros no vivan a oscuras.</p><p>Se ha sabido que el Gobierno prevé introducir un<strong> criterio de renta para limitar el acceso al bono social eléctrico</strong> de familias numerosas con rentas altas, dentro de la Estrategia Nacional contra la Pobreza Energética que se aprobará en los próximos días. </p><p>La cifra explica el bochorno. Según la información publicada, hasta <strong>337.000 familias numerosas podrían verse afectadas </strong>porque hasta ahora accedían al descuento por el mero hecho de acreditar esa condición, sin filtro económico; de un total de <strong>454.382 familias numerosas</strong> que a finales de 2025 tuvieron acceso al bono social, esas 337.000 lo hacían sin que mediara criterio de renta. Y el descuento no es simbólico: hoy se habla de<strong> 42,5%</strong> para <strong>consumidores vulnerables</strong> y <strong>57,5%</strong> para <strong>vulnerables severos. </strong></p><p>Aquí hay dos <strong>vergüenzas</strong>. La primera es <strong>institucional</strong>. La puerta no la abrió un ciudadano “listo”; la dejó entornada el propio diseño normativo. El Real Decreto 897/2017 define al <strong>consumidor vulnerable</strong> y, entre las vías de acceso, incluye explícitamente “estar en posesión del título de familia numerosa” como requisito suficiente (letra b) del artículo 3.2). Si el sistema permite entrar sin mirar renta, no nos sorprendamos de que entre quien no debería. </p><p>La segunda <strong>vergüenza </strong>es <strong>humana</strong>. Porque una cosa es poder solicitar algo y otra muy distinta es<strong> tener derecho moral a hacerlo.</strong> Hay personas que confunden lo público con un bufé de restaurante: “si está ahí, me lo llevo”. Esa mentalidad —la del “si cuela, cuela”— no es picardía simpática, es<strong> corrosión. </strong>Sobre todo, cuando se aplica a una ayuda concebida para la vulnerabilidad.</p><p>Y mientras discutimos el oportunismo, ocurre lo verdaderamente obsceno: <strong>quienes sí lo necesitan se quedan fuera. </strong>Un análisis de EsadeEcPol señala que en 2022 la<strong> tasa de cobertura del bono social</strong> fue del <strong>24,5%: </strong>casi 8 de cada 10<strong> </strong>hogares que podrían recibirlo no lo recibían. Y el patrón es aún más revelador: la <strong>cobertura </strong>subía al<strong> 45,5% en familias numerosas, </strong>pero era solo del 20% en la categoría de renta baja y de apenas 9,2% entre jubilados con pensión mínima. Esto no describe una ayuda bien dirigida; describe una ayuda capturable por quien tiene más capacidad de tramitar, insistir y entender el circuito. </p><p>La propia noticia lo formula sin rodeos: <strong>el 60% de las familias numerosas</strong> con ingresos medios-altos se<strong> beneficiaban,</strong> y uno de cada tres hogares que disfruta de la ayuda tiene ingresos medios-altos; el <strong>principal freno </strong>para los más necesitados era la <strong>burocracia</strong>, mientras que a hogares con más ingresos y formación les resultaba más fácil pedirla. Si una política social llega mejor al que mejor navega la Administración, esa política se ha dado la vuelta: <strong>deja de ser red y se convierte en atajo. </strong></p><p>Por eso <strong>no necesitamos cacerías </strong>ni “listas” de nombres. Necesitamos <strong>cirugía y madurez cívica: </strong>cerrar el agujero, sí, pero también cambiar la lógica para que la ayuda no dependa del músculo administrativo del solicitante. <strong>Criterio de renta</strong> claro;<strong> acceso </strong>lo más <strong>automático </strong>posible cuando el Estado ya dispone de datos; y <strong>menos fricción para quien llega tarde, </strong>cansado y sin tiempo. </p><p>Quizá quien se aprovecha no lea estas líneas. Da igual: este tipo de artículos no se escriben para convertir al oportunista; se escriben para que el resto dejemos de llamarlo “espabilado” y empecemos a llamarlo por su nombre. Porque una <strong>sociedad decente</strong> no pregunta primero<strong> “¿puedo?”, </strong>sino<strong> “¿lo necesito?”. </strong></p><p>_____________________</p><p><em><strong>Anna Garcia Hom </strong></em><em>es doctora en Prevención y Seguridad Integral.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[33d0fb71-f4ed-43ad-af2e-8ab4799836f5]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 19 Feb 2026 05:01:14 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Anna Garcia Hom]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52336" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52336" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Las ayudas no son descuentos: la indecencia “legal” del bono social]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Ayudas oficiales,Ayudas familiares,Gasto familiar,Política,Políticos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El peligro que no asusta: la trampa del riesgo "medio"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/peligro-no-asusta-trampa-riesgo-medio_129_2130296.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El peligro que no asusta: la trampa del riesgo "medio""></p><p>La forma más habitual de <strong>comunicar peligro</strong> en actividades y entornos con incertidumbre –mar, montaña, deportes de naturaleza, meteorología cambiante– es recurrir a <strong>escalas graduadas.</strong> Una combinación de colores y categorías que promete matices útiles: riesgo bajo, moderado, medio, alto. El mensaje pretende ser proporcional y fácil de entender. Sin embargo, parte de una suposición frágil: que <strong>las personas interpretan el riesgo como un dato técnico</strong> y actuarán en consecuencia.</p><p>En la práctica, <strong>el riesgo no se procesa solo como información. </strong>Se interpreta como permiso, como advertencia o como reto, según la experiencia, las expectativas y el contexto. Y por eso el punto intermedio de cualquier escala es el más delicado. No porque sea el más seguro ni el más extremo, sino porque es el más<strong> interpretable.</strong></p><p>"Medio" rara vez se lee como "hay una probabilidad relevante de daño grave". La lectura más extendida es más simple: "se puede". El problema es que cuando <strong>una señal se convierte en una autorización implícita, </strong>el comportamiento se desplaza hacia el límite.</p><p>Esta tensión se ve con especial claridad en las<strong> avalanchas.</strong> Existe una escala estandarizada de 1 a 5, y el<strong> nivel 3 </strong>("considerable") se repite como un <strong>patrón incómodo.</strong> Se da con frecuencia, mantiene la actividad alta y, según datos de accidentalidad alpina, concentra entre el <strong>40% y el 50% de los accidentes mortales. </strong>Es un dato clave porque el nivel 3 no describe un escenario benigno: habla de <strong>condiciones peligrosas</strong> en las que el desencadenamiento puede ser probable.</p><p>A partir de ahí, la explicación es tan humana como contundente. En<strong> niveles muy altos, </strong>mucha gente se <strong>retira:</strong> por prudencia, por cierres, por disuasión social. En <strong>niveles muy bajos, </strong>el margen de <strong>seguridad suele ser mayor.</strong> El<strong> nivel intermedio,</strong> en cambio, mantiene el movimiento: hay suficientes personas practicando y hay suficiente peligro como para que el fallo tenga consecuencias irreversibles. Es el nivel donde más<strong> se cruzan riesgo real y decisión de seguir.</strong></p><p>A esto se suma el papel del propio <strong>lenguaje.</strong> "Precaución" parece una instrucción clara, pero no lo es. Cada uno <strong>traduce esa palabra a su manera.</strong> Para alguien con experiencia técnica puede significar renunciar a ciertas zonas. Para muchos usuarios, en cambio, equivale a continuar con un<strong> extra de atención.</strong> Y en entornos complejos, la <strong>atención </strong>no anula un riesgo estructural: lo<strong> maquilla.</strong></p><p>Los colores también empujan. El verde tranquiliza. El rojo frena. El <strong>amarillo invita a avanzar con cuidado.</strong> Pero el cuidado es un concepto elástico: se adapta a la motivación, al cansancio, a la presión del grupo ("solo falta una hora"), al tiempo invertido, al coste del viaje. En ese marco, el nivel intermedio se convierte en el lugar perfecto para el <strong>autoengaño:</strong> "no está perfecto, pero no es para tanto".</p><p>Y hay un sesgo todavía más profundo:<strong> la percepción de control.</strong> Muchas personas no interpretan la escala como una descripción del entorno, sino como una evaluación indirecta de su propia habilidad. Si el riesgo es medio para la media, para mí será algo menos porque me considero prudente o preparado. Es una lógica comprensible, pero peligrosa. Porque en determinados escenarios el accidente no llega de forma gradual: basta un <strong>detalle invisible </strong>para que la situación deje de ser manejable.</p><p>Aquí aparece la pregunta incómoda: <strong>¿está informando o está habilitando? </strong>Las escalas graduadas aportan matices, pero el matiz también abre un espacio de negociación interna. Y esa negociación suele resolverse<strong> a favor de la acción </strong>cuando el mensaje <strong>no es un "no" rotundo.</strong></p><p>Por eso, en determinadas circunstancias, tiene sentido plantear una alternativa: <strong>el criterio binario. </strong>Permitido o prohibido. No en todos los contextos, pero sí cuando concurren tres elementos: consecuencias potencialmente fatales, rescate difícil o lento y un público con capacidades muy diferentes. Ya ocurre con las banderas rojas en playas o con cierres de rutas por temporal, aunque genere resistencia: <strong>muchos lo perciben como autoritario o excesivo.</strong></p><p>La idea es simple: <strong>reducir el margen de interpretación allí donde la interpretación mata. </strong>Evitar que el "nivel medio" funcione como coartada. Cuando el objetivo es proteger vidas, el reto no es solo describir el peligro. Es anticipar cómo las personas traducen esa descripción en conducta. Y volver a esa pregunta: ¿estamos informando o habilitando?</p><p>A veces, <strong>la comunicación más responsable</strong> no es la que ofrece más matices, sino la que<strong> deja menos espacio al optimismo</strong> individual. Porque hay riesgos que, en la práctica, no se parecen a un semáforo. Se parecen a una puerta. O está abierta o está cerrada.</p><p>___________________________________</p><p><em><strong>Anna Garcia Hom </strong></em><em>es doctora en Prevención y Seguridad Integral.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[328bf2f1-9b65-49e5-bab8-2fa1c77b0969]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 02 Feb 2026 05:00:53 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Anna Garcia Hom]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52336" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52336" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[El peligro que no asusta: la trampa del riesgo "medio"]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Accidentes,Desastres]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Del accidente a la catástrofe ferroviaria]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/accidente-catastrofe-ferroviaria_129_2131801.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Del accidente a la catástrofe ferroviaria"></p><p>En muy poco tiempo, dos accidentes ferroviarios han recordado con crudeza que la seguridad no es un “estado” que se alcanza: <strong>es un equilibrio que se construye y se sostiene cada día</strong>. Ante un descarrilamiento que termina en colisión y un tren que se encuentra un obstáculo sobre la vía tras un episodio meteorológico intenso, reaparece el debate de siempre: “infraestructuras deficientes” frente a “error humano”. Pero esa dicotomía puede ser engañosa. El ferrocarril es una coreografía socio-técnica: tecnología, personas e infraestructura operando dentro de un ecosistema físico y organizativo que condiciona lo que puede hacerse, lo que no puede hacerse y lo que, en el momento crítico, resulta razonable intentar.</p><p>Un accidente no suele tener una única causa con un único responsable. En <strong>sistemas socio-técnicos complejos</strong> el evento inicial puede ser variado: obsolescencia, meteorología, desgaste de materiales, episodios extremos, fallos intermitentes. La clave no es solo que ocurra el fallo, sino <strong>si el sistema es capaz de absorberlo</strong> o si, por el contrario, permite que escale. Y en el ferrocarril, la escalada es especialmente implacable: la energía es enorme, el margen de maniobra es pequeño y <strong>el tiempo disponible puede ser de segundos</strong>. Un tren no puede “esquivar” y no se detiene en seco. Por eso el resultado final depende tanto de lo que ocurre después del primer fallo como del fallo mismo.</p><p>De ahí que la pregunta útil no sea “qué salió mal”, sino <strong>“qué barreras faltaron o estaban degradadas”</strong>. En seguridad, lo decisivo es cuántas defensas existen y cómo se combinan: mantenimiento preventivo, drenajes y estabilidad del terreno, inspecciones dirigidas, umbrales de operación ante fenómenos meteorológicos, limitaciones de velocidad cuando el riesgo sube, sistemas de detección y bloqueo, coordinación operativa, formación para operar en condiciones degradadas. Una red segura no es la que nunca falla: es la que <strong>tiene varias barreras</strong> para que, cuando una cede, otra sostenga el sistema y evite la catástrofe.</p><p>Esto también cambia la lectura acerca del <strong>factor humano</strong>. Culpar a una persona es fácil, pero suele ser superficial. El factor humano incluye fatiga, presión de puntualidad, exceso de incidencias, procedimientos ambiguos, información incompleta y coordinación imperfecta. En lugar de exigir heroicidad, el sistema debe diseñarse para que una decisión razonable en un contexto difícil <strong>no se convierta en tragedia</strong>. Las personas son parte de la seguridad, pero también son vulnerables cuando la organización les pide operar sin margen.</p><p>Con la <strong>infraestructura pasa algo similar</strong>. Pedir “más inversión” puede ser necesario, pero es incompleto: lo importante es invertir donde se reduce el riesgo real. No basta con modernizar en abstracto. Hay que priorizar puntos con potencial de daño alto: taludes, muros de contención, drenajes, tramos con incidencias repetidas, zonas expuestas a episodios meteorológicos extremos o donde un incidente puede afectar a otra vía. La seguridad mejora cuando se actúa sobre los lugares donde <strong>un fallo pequeño puede convertirse en un daño enorme</strong>.</p><p>Además, la seguridad rara vez se fractura de golpe: <strong>se degrada lentamente</strong>. Aplazar mantenimientos, acumular limitaciones temporales, operar “en modo degradado” como si fuera normal, gestionar a base de urgencias… son formas de adaptación para mantener el servicio. Pero <strong>esa adaptación puede normalizar lo anómalo</strong> y reducir el margen hasta que un día coinciden varias degradaciones y el sistema se queda sin defensas.</p><p>Salir del debate manido exige una conversación pública distinta: menos búsqueda del culpable único y más disciplina sobre barreras concretas. No se trata de prometer “cero accidentes”, <strong>sino de evitar que el siguiente fallo escale</strong>. Un descarrilamiento no tiene un buen final y un obstáculo sobre la vía nunca es una buena noticia. Pero hay finales muy distintos. La diferencia entre incidente grave y catástrofe suele estar en algo poco visible: que el sistema tenga margen para <strong>absorber el fallo sin romperse</strong>.</p><p>_______________________________</p><p><em><strong>Anna García Hom </strong></em><em>es analista y socióloga. Dra. en Seguridad y Prevención.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[5d0b6e7e-69d1-4eb5-9948-d10fa1dd4d74]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Thu, 22 Jan 2026 05:01:10 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Anna Garcia Hom]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52336" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52336" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Del accidente a la catástrofe ferroviaria]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Trenes,Accidentes,Accidentes de ferrocarril,Tren alta velocidad]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La indignación no es justicia: es el principio de una pregunta]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/indignacion-no-justicia-principio-pregunta_129_2117852.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La indignación no es justicia: es el principio de una pregunta"></p><p>Hay un momento reconocible en la vida pública: <strong>aparece un caso que conmueve —acoso, coerción, abuso de poder— y el país entero cambia de temperatura</strong>. Se activan protocolos, se publican comunicados, se multiplican declaraciones de apoyo y repudio, se arman bandos, se exige rapidez. Todo ocurre a la vez y en voz alta. En las redes, la historia llega antes que las pruebas; y en la conversación cotidiana, la emoción llega antes que la duda.</p><p>Ese reflejo social tiene algo valioso: durante mucho tiempo, demasiadas víctimas no encontraron lenguaje, escucha ni resguardo. La indignación colectiva puede ser el primer gesto de reparación simbólica: <strong>“te creo”, “no estás sol@”, “esto importa”.</strong> Pero hay un riesgo cuando la indignación se convierte en tribunal y la moral se confunde con el procedimiento: la justicia social termina juzgando lo que lee de un hecho, no necesariamente el hecho en sí. Juzga un relato que circula —con sus omisiones, sus énfasis, sus intereses— y lo sanciona en el espacio de la reputación, que es un espacio rápido, contagioso y a menudo irreversible. La pregunta incómoda no es si debemos indignarnos. Es<strong> qué hacemos después de indignarnos.</strong></p><p>Porque incluso cuando los hechos son ciertos (y muchas veces lo son), la tentación de reducirlo todo a un individuo —un “delincuente”, un “monstruo”— suele ser una manera de tranquilizarnos. Si el problema cabe en una persona, entonces el problema se resuelve expulsándola. El sistema se lava las manos: “no era la institución, era él”; “no era la cultura, era ella”; <strong>“no era una dinámica de poder, era un caso aislado”.</strong> Se redacta un comunicado, se cambia un nombre en una placa, se promete “tolerancia cero” y se sigue como si nada. Pero un caso que arrastra años de indecencia rara vez es solo un problema individual. Es un problema institucional: un ecosistema de silencios, incentivos, miedos, complicidades y premios. <strong>Un abuso prolongado en el tiempo requiere algo más que voluntad de abuso; requiere condiciones de posibilidad.</strong> ¿Quién miró hacia otro lado? ¿Quién “escuchó algo” pero no quiso saber? ¿Quién recomendó “no te metas”? ¿Quién evaluó, contrató, ascendió, premió? ¿Quién confundió carisma con impunidad, talento con permiso, poder con derecho?</p><p>La justicia —la que pretende ser justa— necesita tiempos, pruebas, garantías, contradicción. La justicia social, en cambio, opera con urgencia moral: no está diseñada para dirimir hechos, sino para expresar un límite colectivo. Y esa expresión puede ser legítima, incluso necesaria. El problema llega cuando los atajos se vuelven norma: cuando se equipara sospecha con sentencia, relato con evidencia, castigo reputacional con reparación. Tomarse en serio el daño no es renunciar a las garantías, sino comprender que, sin método, la indignación puede volverse otra forma de arbitrariedad, y que una sociedad menos abusiva no se construye por un camino abusivo.</p><p>Hay, además, una conversación que casi nunca se habilita porque <strong>estropea el guion simple de víctimas y victimarios: los efectos colaterales. </strong>El daño directo existe y es innegociable, pero no es lo único. Hay vidas que se detienen —personas que se van, abandonan una carrera, renuncian a un proyecto— y hay otras que avanzan gracias a ese desvío. Cuando alguien es silenciado, otro ocupa el lugar. Cuando una persona cae en desgracia por resistirse, otra es <strong>recompensada por adaptarse.</strong> En los ecosistemas abusivos hay a menudo “ganadores” laterales: quienes se beneficiaron de una expulsión tácita, de una beca que quedó libre, de una plaza que cambió de manos, de un ascenso que ocurrió porque alguien fue marginado. No siempre hubo un pacto explícito; a veces fue oportunismo y silencio. La pregunta, entonces, <strong>no es solo quién dañó, sino quién aprovechó</strong>. Quién acumuló privilegios mientras otros pagaban el precio.</p><p>Si de verdad queremos ecuanimidad con la realidad, no alcanza con señalar al perpetrador. Hace falta mapear la estructura que permitió que eso ocurriera durante años. Hablar de responsabilidades por omisión. Interrogar el reparto posterior: ¿qué se hizo con los beneficios derivados de ese daño? ¿Se revisan trayectorias infladas por el miedo ajeno? ¿Se repara a quienes quedaron al margen? <strong>¿Se restituyen oportunidades, aunque sea parcialmente?</strong> Estas preguntas incomodan porque amplían el campo de responsabilidad y, sobre todo, porque desplazan el foco desde “ellos” hacia “nosotros”: hacia lo que una institución tolera, hacia lo que un entorno normaliza, hacia lo que muchos prefieren no ver mientras el sistema, entretanto, reparte ventajas.</p><p>La indignación abre la puerta, pero después hay que entrar. Y dentro no hay consignas: hay<strong> procedimientos, incentivos, jerarquías, dependencias y silencios. </strong>Castigar puede ser necesario, pero no es suficiente. Si cada escándalo termina con la expulsión de una figura y el alivio de una institución, habremos aprendido poco. Si, en cambio, cada caso nos obliga a mirar el ecosistema —y también a los beneficiarios silenciosos— quizá empecemos a hacer la única justicia que vale: <strong>la que no solo reacciona ante el daño, sino que reduce la probabilidad de que vuelva a ocurrir.</strong></p><p>________________________________</p><p><em><strong>Anna Garcia Hom </strong></em><em>es analista y socióloga. Doctora en Seguridad y Prevención.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[87213d2a-9442-4378-9918-d9c3fd5e6067]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 24 Dec 2025 05:01:11 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Anna Garcia Hom]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52336" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52336" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[La indignación no es justicia: es el principio de una pregunta]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Abuso sexual,Acoso sexual,Democracia,Política,Mujeres,Seguridad ciudadana]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Re-formar la seguridad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/re-formar-seguridad_129_2114117.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Re-formar la seguridad"></p><p>El reciente robo en el museo de Bristol y el que se registró hace escasas fechas en <strong>el Louvre de París</strong> han vuelto a colocar la palabra “seguridad” en titulares. La reacción casi automática es prometer más cámaras, más controles, más horas de curso. Pero quizá la pregunta no es cuánta seguridad, sino <strong>qué tipo de seguridad y para quién.</strong></p><p>Un museo no es un banco ni un aparcamiento. Su misión no es custodiar dinero ni disuadir al público, sino <strong>proteger el patrimonio y acoger al visitante.</strong> Su seguridad, por tanto, debe ser distinta. Lo que sirve en un recinto industrial no necesariamente funciona en una sala llena de turistas, obras irreemplazables y ventanas históricas. Sin embargo, parte de la oferta formativa tiende a ser demasiado estandarizada y no siempre se adapta al museo. <strong>Cuando la formación no se ajusta al lugar, el riesgo no se reduce: </strong>simplemente se disfraza.</p><p>El foco de esta crítica no son los vigilantes,<strong> sino cómo los formamos. </strong>Una parte relevante llega por razones laborales, <strong>no necesariamente vocacionales</strong>; de ahí que la formación deba crear propósito, dar contexto y enseñar a leer el espacio, no solo a superar un temario. Si el punto de partida no siempre es la vocación patrimonial, el currículo ha de compensarlo con sentido de misión y herramientas prácticas.</p><p>El caso del Louvre deja una lección clara: suele no bastar con tecnología o protocolos si el entorno físico y humano no están pensados de forma coherente. Una ventana accesible, un perímetro mal gestionado o una ronda excesivamente rutinaria pueden anular en segundos todo un sistema de vigilancia. <strong>La seguridad, en realidad, es colectiva: </strong>arquitectura, procedimientos, personas y cultura del lugar. Si una de esas piezas no funciona, las demás pierden eficacia.</p><p>Tampoco se trata de convertir a los vigilantes en historiadores del arte. Pero sí en<strong> expertos en el lugar que habitan. </strong>Saber qué piezas son especialmente valiosas o frágiles, dónde se densifica el público, qué comportamientos anticipan un riesgo. Un vigilante que entiende su entorno —que sabe por qué ese espacio es único— trabaja de otra manera. La seguridad no depende solo de los ojos, sino de la <strong>mirada</strong>.</p><p>Ser exigentes con la formación <strong>no implica desautorizar a los profesionales</strong>, sino reconocer que a menudo<strong> les pedimos mucho con herramientas limitadas</strong>. Con demasiada frecuencia se prioriza la memoria sobre el criterio<strong>: </strong>manuales que listan procedimientos, exámenes que miden lo que se recuerda más que lo que se decide, simulacros que verifican asistencia y no tiempos reales de respuesta. Y, mientras tanto, seguimos hablando de “mejorar la seguridad” sin detenernos a precisar qué significa eso en un museo<strong>.</strong></p><p>Conviene también aclarar de qué seguridad hablamos<strong>. </strong>En un banco, el visitante acepta controles intrusivos y la fortificación visible no daña la experiencia. En un aparcamiento, la disuasión es ambiental: iluminación, visibilidad, recorridos sin rincones. <strong>En un museo, en cambio, la hospitalidad es parte del valor público.</strong> Mostrar armas, elevar el volumen o saturar de carteles intimidatorios puede “proteger” un objeto, pero <strong>arruinar el sentido de abrir un museo. </strong>La formación debe enseñar esa tensión y cómo resolverla con disuasión cordial, control de flujos y microintervenciones que ganan tiempo sin violentar al visitante.</p><p>¿Sustituyen los sistemas a las personas? La tecnología ayuda —cámaras bien situadas, sensores de vitrinas, retardos de apertura, incluso niebla antiintrusión en salas concretas—, pero no reemplaza el juicio humano. Un museo es un ecosistema social. Lo que marca la diferencia no es el último <em>gadget</em>, sino la <strong>orquesta socio-técnica: personas bien entrenadas, procedimientos claros, espacios bien pensados y coordinación real con policía, mantenimiento y conservadores. </strong>Cuando falla una pata —por ejemplo, permitir que un vehículo se sitúe junto a una ventana vulnerable—, el resto no compensa.</p><p>También importa la definición del papel<strong>. </strong>El vigilante no está para “cazar” ladrones, sino para <strong>evitar que un incidente prospere y limitar daños.</strong> Eso se consigue con presencia que disuade sin intimidar, con radios que se usan con códigos claros, con decisiones pequeñas que bloquean rutas, con respeto al visitante y con cuidado de la escena para no destruir pruebas. Es un rol profesional, no auxiliar. Y cuanto más claro esté, mejor funcionará la formación.</p><p>Sería injusto no reconocer los avances. Con diferencias según país, normativa y proveedor<strong>, </strong>hay equipos y centros que ya trabajan con entrenamiento por escenarios, análisis de tiempos y enfoque situacional. Existen buenas prácticas: <em><strong>briefings </strong></em><strong>de apertura centrados en riesgos del día, mapas vivos de puntos ciegos, simulacros breves y medidos, coordinación con el entorno urbano.</strong> Es ahí donde conviene poner el listón para que lo excepcional se vuelva normal.</p><p>Tal vez haya llegado el momento de cambiar la pregunta. En lugar de “¿cómo formar mejores vigilantes?”, preguntarnos “<strong>¿cómo formar profesionales que entiendan el lugar que protegen?”</strong>. Porque no se trata solo de prevenir un robo, sino de cuidar una parte de nuestra memoria común. La seguridad, en un museo, no es una cuestión de fuerza ni de tecnología, sino de inteligencia y sensibilidad.<strong> </strong>Y eso también se enseña. O debería enseñarse.</p><p>______________________</p><p><em><strong>Anna García Hom </strong></em><em>es analista y socióloga. Dra. en Seguridad y Prevención.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[fcb1f8a7-b795-49a4-8d01-8b8eb00c1fab]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 15 Dec 2025 05:01:11 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Anna Garcia Hom]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52336" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52336" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Re-formar la seguridad]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Seguridad ciudadana,Museos,Francia,Inglaterra]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Vallas, tasas y conductas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/vallas-tasas-conductas_129_2109973.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Vallas, tasas y conductas"></p><p>Muchas de las tensiones que atraviesan hoy nuestras ciudades y entornos naturales comparten un mismo patrón: la tendencia a <strong>considerar determinados problemas colectivos como algo ajeno</strong>. Esa distancia subjetiva entre el problema y la conducta individual es, a menudo, el eslabón que falta en el diseño y aplicación de las políticas públicas.</p><p>El reciente brote de peste porcina que ha afectado a zonas como Collserola es un buen ejemplo. Ante el riesgo de propagación entre jabalíes y cerdos domésticos, las autoridades han restringido accesos y usos recreativos del parque. La medida busca proteger un sector económico estratégico y evitar consecuencias ambientales y sanitarias de gran alcance. Sin embargo, no han faltado incumplimientos: personas que s<strong>ortean vallas o acceden por caminos secundarios al considerar exageradas las limitaciones. </strong>Al no existir riesgo directo para la salud humana, una parte de la ciudadanía concluye que la cuestión no le concierne, aunque sí pueda afectarle a medio plazo en forma de<strong> impacto económico, territorial o alimentario.</strong></p><p>Algo similar ocurre con la gestión de los residuos urbanos. Muchos municipios afrontan contenedores desbordados, bolsas abandonadas en la vía pública y puntos de recogida selectiva mal utilizados. Paralelamente, crecen las quejas por el incremento de tasas de residuos o por la opacidad del sistema de reciclaje. Aunque existan <strong>dudas razonables</strong> sobre la eficacia o transparencia de determinados modelos, esa desconfianza se traduce, en algunos casos, en <strong>comportamientos abiertamente incívico</strong>s: depositar los residuos fuera del contenedor, eludir la separación selectiva o delegar la responsabilidad en un sistema del que se desconfía, pero que se continúa saturando.</p><p>La lista podría ampliarse: vehículos abandonados que ocupan durante meses el espacio público,<strong> vertederos incontrolados en las periferias urbanas</strong>, mobiliario urbano deteriorado o equipamientos colectivos dañados. En todos estos casos se combinan decisiones técnicas, administrativas, políticas y económicas —a menudo poco explicadas— con conductas individuales que se justifican en esas mismas dudas y que <strong>sitúan el problema fuera del propio ámbito de responsabilidad.</strong></p><p>Es legítimo cuestionar cómo se calculan determinadas tasas,<strong> si la gestión de una crisis sanitaria es proporcionad</strong>a o si la administración actúa con la diligencia debida en la retirada de un vehículo o en la clausura de un vertedero ilegal. Lo que resulta difícil de justificar es que esa crítica se traduzca en una retirada de la propia responsabilidad: tirar residuos donde no corresponde, abandonar un coche, descargar escombros en un descampado o ignorar una restricción temporal de acceso a un espacio natural.</p><p>Cuando esto sucede, se produce una <strong>paradoja</strong>: se señalan los efectos —más impuestos, más restricciones, más costes de limpieza, pérdida de calidad del espacio público— <strong>sin reconocer el papel que tienen las prácticas cotidianas</strong> en la generación de esos mismos efectos.</p><p>Una parte del problema reside en que el factor humano sigue siendo el gran ausente en la formulación de muchas políticas públicas. Se habla de<strong> normativas, sanciones, competencias y presupuestos</strong>, pero menos de percepciones de riesgo, de confianza en las instituciones, de fatiga normativa o de la tendencia a diluir la responsabilidad individual cuando el daño se reparte entre muchos.</p><p>Incorporar seriamente ese factor humano implica asumir que la información no basta si no se vincula de forma clara la conducta individual con sus consecuencias colectivas; que l<strong>a transparencia no es un adorno, sino una condición para sostener el cumplimiento voluntario</strong>; y que las medidas deben ir acompañadas de una pedagogía cívica continuada, no solo de campañas puntuales o de la amenaza de sanción.</p><p>También exige reconocer que <strong>el cuidado de lo común </strong>—de un parque natural, de una calle limpia, de una red de contenedores, de unas infraestructuras compartidas— no puede delegarse exclusivamente en la administración. <strong>El espacio público es, por definición, responsabilidad compartida.</strong></p><p>Quizá la pregunta de fondo no sea si un problema “nos afecta directamente” o no, sino de qué manera lo hace y hasta qué punto nos sentimos concernidos por él. Porque, aunque el impacto pueda parecer lejano o difuso, <strong>nuestras decisiones diarias</strong> —cumplir o no una restricción, utilizar correctamente un contenedor, denunciar o tolerar un vertedero o un vehículo abandonado— forman parte de la ecuación. Ignorar ese vínculo es, en sí mismo, una <strong>forma de agravar el problema que luego reclamamos</strong> que alguien resuelva por nosotros.</p><p>_____________________</p><p><em><strong>Anna Garcia Hom </strong></em><em>es analista y socióloga. Dra. en Seguridad y Prevención.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[b8490c88-eb90-43da-b3fc-f0ba3080252d]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 09 Dec 2025 05:01:03 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Anna Garcia Hom]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52336" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52336" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Vallas, tasas y conductas]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Medioambiente,Política,Administración pública,Ecologismo,Contaminación,Ciudadanos,Participación ciudadana]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La tiranía de la prevención: ciudadanos sanos, vigilados y endeudados]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/tirania-prevencion-ciudadanos-sanos-vigilados-endeudados_129_2106902.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e1ff97e2-29a9-43d4-a908-7774b29608d9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La tiranía de la prevención: ciudadanos sanos, vigilados y endeudados"></p><p><strong>“Más vale prevenir que curar”</strong>. Pocas frases han gozado de tanto consenso como esta. Durante décadas, la prevención se ha presentado como la forma más inteligente de ir por delante del daño: <strong>evitar sufrimiento, ganar salud, ahorrar recursos</strong>. Y es verdad que, gracias a la prevención, hoy vivimos mejor y más tiempo. Pero tras años de expansión de la cultura preventiva empieza a verse algo menos evidente: <strong>la prevención no elimina los costes, sino que los adelanta y los reparte de otra manera.</strong></p><p>En sanidad, el cambio ha sido profundo. Antes muchas enfermedades se detectaban cuando ya daban la cara: tumores avanzados, infartos, patologías crónicas descubiertas tarde. El resultado era dramático en vidas y también en gasto: <strong>tratamientos muy caros con poca capacidad de revertir el daño. </strong>La prevención apareció como una corrección necesaria: cribados, revisiones periódicas, detección precoz de ciertos cánceres o factores de riesgo. En buena medida ha cumplido lo prometido:<strong> algunos tumores se diagnostican en fases tratables</strong>, se evitan eventos graves, se gana calidad de vida.</p><p>Pero al mismo tiempo, <strong>la prevención ha cambiado la cronología de la enfermedad y del coste</strong>. Hoy nos hacemos más pruebas, más completas y tempranas. Nos sometemos a cribados que detectan alteraciones años antes de que den la cara. Vivimos, en cierto modo, <strong>“delante”</strong> de la enfermedad: <strong>sabemos antes lo que podría ocurrir después</strong>. Eso tiene ventajas, pero también un efecto menos comentado: el coste –económico, emocional, organizativo– se desplaza hacia el presente. Para detectar antes unos pocos casos, se invita a millones de personas sanas a un circuito de controles. Algunas descubrirán lesiones que nunca habrían llegado a causar síntomas; <strong>muchas otras convivirán con la etiqueta de “riesgo”</strong> y con la preocupación anticipada que generan los resultados dudosos.</p><p>La paradoja económica es evidente. <strong>Durante años se repitió que la prevención abarataría costes: “invertimos ahora para no gastar más después”. </strong>Es posible que el sistema ahorre ingresos graves o complicaciones, pero también invierte cada vez más en programas que abarcan a toda la población diana durante décadas. Y el ciudadano, convencido de que <strong>“prevenir es cuidar”</strong>, paga antes y paga más: tiempo de trabajo perdido, desplazamientos, seguros privados para evitar demoras, pruebas complementarias que se añaden al paquete preventivo. El coste que antes se concentraba al final de la enfermedad ahora se distribuye a lo largo de toda la vida adulta.</p><p>Esta lógica de adelantar costes para contener riesgos futuros no se limita a la salud. En seguridad, ya no basta con reaccionar ante los delitos: queremos anticiparlos. <strong>Se multiplican cámaras, controles, protocolos, bases de datos</strong>. Viajamos aceptando colas y registros como parte del precio preventivo de movernos. En economía, tras cada crisis llegan nuevas exigencias <strong>“para que no vuelva a ocurrir”</strong>: más normas, más informes, más departamentos de cumplimiento. En <strong>educación, protocolos, formularios y registros intentan neutralizar de antemano el fracaso, el acoso o el conflicto.</strong> En todos estos casos la prevención cumple una función, pero también viene acompañada de más vigilancia, más burocracia y más recursos adelantados para riesgos que tal vez nunca se materialicen.</p><p><strong>Nada de esto significa que debamos renegar de la prevención</strong>. Sería impensable volver a una cultura de indiferencia ante el riesgo. La prevención ha salvado vidas, ha evitado tragedias, ha mejorado sistemas. El punto, quizá, es otro: <strong>hemos cargado a la prevención de promesas que no puede cumplir por sí sola</strong>. Le pedimos que nos mantenga sanos, seguros y a salvo de sobresaltos… casi sin coste. Y eso no es real. Vivir en una sociedad que quiere adelantarse al daño supone aceptar que pagaremos antes: con dinero, con tiempo, con información personal, con etiquetas médicas, con reglas.</p><p>La alternativa, por tanto, no es abandonar la prevención, sino cambiar de registro. <strong>Pasar de una prevención entendida como carrera obsesiva por adelantarse a cualquier daño, a una prevención más selectiva, más humilde y honesta con sus límites</strong>. Priorizar los cribados y controles que han demostrado claramente su utilidad, y aceptar que no todo lo que puede detectarse antes merece ser buscado. Desplazar parte del esfuerzo desde la prueba individual hacia el cuidado de las condiciones de vida que realmente protegen la salud y reducen riesgos en otros ámbitos: trabajo digno, vivienda razonable, entornos menos tóxicos, instituciones que acompañen. Y, sobre todo, <strong>complementar la prevención con sistemas capaces de responder cuando, inevitablemente, el daño se presenta</strong>: servicios sanitarios fuertes, redes de apoyo, mecanismos de reparación. Más que renunciar a prevenir, se trata de aprender a ponerle límites: decidir qué queremos anticipar, qué estamos dispuestos a pagar por adelantado y qué parte de incertidumbre aceptamos como parte inevitable de una vida que no puede, ni debe, estar completamente blindada.</p><p>--------------------------------------</p><p><em><strong>Anna Garcia Hom </strong></em><em>es analista y socióloga. Dra. en Seguridad y Prevención.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[0209437a-1394-40af-95a4-1513aced8cbe]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 03 Dec 2025 19:48:53 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Anna Garcia Hom]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/e1ff97e2-29a9-43d4-a908-7774b29608d9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="121084" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/e1ff97e2-29a9-43d4-a908-7774b29608d9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="121084" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[La tiranía de la prevención: ciudadanos sanos, vigilados y endeudados]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/e1ff97e2-29a9-43d4-a908-7774b29608d9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Sanidad,Sanidad pública,Política]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[De la prórroga nuclear al contrato social]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/prorroga-nuclear-contrato-social_129_2100505.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De la prórroga nuclear al contrato social"></p><p>En España solemos reducir el <strong>debate nuclear</strong> a una consigna binaria: prórroga sí o prórroga no. Ese marco es insuficiente. Lo que se dirime no es solo un mix eléctrico, sino la continuidad económica y social de comarcas donde la central estructura empleo, comercio y servicios públicos, al tiempo que el sistema eléctrico encara una <strong>década de transición</strong> con interconexiones limitadas y con el almacenamiento eléctrico todavía insuficiente y en expansión. En este contexto, la opción más razonable no es un sí incondicional ni un no abrupto, sino un sí con fecha de caducidad y condiciones exigibles.</p><p>Ese <strong>“sí condicionado</strong>” no pretende detener la transición, sino darle seguridad<strong> </strong>mientras madura. Su legitimidad descansa en unos pocos compromisos claros. Primero, que parte de los ingresos dependa de estabilizar la red<strong> </strong>—inercia, control de tensión, reservas— y no solo de producir energía. No se trata de pagar por existir, sino por prestar un servicio medible que <strong>reduzca vulnerabilidades</strong> en momentos críticos (¿les suena?). Segundo, que la prórroga sea corta y revisable: tres a cinco años como máximo, con hitos anuales que permitan recortarla si los sustitutos —almacenamiento, refuerzos de red, proyectos industriales— llegan a tiempo.<strong> El tiempo extra es un puente</strong>, no un derecho adquirido.</p><p>El territorio exige además <strong>resultados visibles.</strong> No bastan las declaraciones; se necesitan entregables con calendario: un canon anual<strong> </strong>pactado y actualizado, obras concretas cada año que refuercen servicios (salud, movilidad, vivienda), empleo local protegido en la transición y un programa de formación con inserción para jóvenes. Podría resumirse en un acuerdo breve, sin letra pequeña, que incorporase <strong>penalizaciones automáticas </strong>si no se cumplen los compromisos. <strong>El éxito no será retórico</strong>: se medirá cada trimestre en un tablero público con pocos indicadores, pero comprensibles.</p><p>Hay, asimismo, una condición que no admite eufemismos:<strong> prorrogar añade residuos</strong>. Un acuerdo serio lo reconoce con una cuenta separada destinada específicamente a cubrir el coste adicional de gestión y con un plan de mejora de los almacenes temporales allí donde sea necesario. Conviene explicitar, de manera sencilla, el<strong> “residuo marginal”</strong> asociado a cada año adicional: cuánto es, cuánto cuesta y dónde se guarda. Poner ese número sobre la mesa aportaría<strong> transparencia y credibilidad</strong>.</p><p>La transición solo merece ese nombre si deja una actividad nueva. Por eso el acuerdo debería incluir, en un plazo breve, un <strong>proyecto ancla no nuclear</strong> apoyado en el valor del<strong> nudo eléctrico </strong>de la central: almacenamiento, formación, mantenimiento industrial o un pequeño parque empresarial. Uno solo, bien definido —parcela, promotor, financiación, cronograma— bastaría para que el “día después” no empiece con un vacío.</p><p>El procedimiento de decisión también importa. Los referendos binarios tienden a simplificar en exceso. Es preferible una <strong>deliberación ciudadana informada</strong> que se pronuncie sobre paquetes condicionados: apoyo si se cumplen las cláusulas; retirada si no. La seguridad técnica no es materia de voto; sí lo es la <strong>licencia social </strong>vinculada a los beneficios pactados. Y, en la negociación, la coordinación comarcal y el apoyo de las asociaciones de municipios del entorno nuclear permiten ordenar peticiones y evitar asimetrías: una sola lista, un formato de acuerdo homogéneo, <strong>menos ruido y más control</strong>.</p><p>Este enfoque evitaría dos riesgos simétricos: el populismo del <strong>“todo o nada”</strong> y la opacidad tecnocrática<strong> </strong>que pide confianza sin ofrecer verificaciones. No promete milagros ni abre cheques en blanco. Propone un contrato con <strong>fecha, métricas y salidas</strong>. Si, al cabo de un año, no hay obras iniciadas, becas con inserción, canon pagado en tiempo, un proyecto ancla en marcha y la cuenta de residuos dotada, el propio diseño permite concluir —sin dramatismos— que ese sí ha caducado.</p><p>La<strong> decisión nuclear </strong>no resolverá por sí sola los desafíos del sistema ni los de los territorios; pero puede contribuir a que la transición sea ordenada. Para eso, el país necesita<strong> menos consignas y más reglas</strong>. Un sí que caduca, condicionado y verificable, podría ser una de ellas.</p><p>________________</p><p><em><strong>Anna Garcia Hom</strong></em><em> es analista y socióloga.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[ec4de925-d473-434b-abe5-e63c2a780e83]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 22 Nov 2025 05:01:43 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Anna Garcia Hom]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52336" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52336" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[De la prórroga nuclear al contrato social]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Energía nuclear,Centrales nucleares,Residuos nucleares,Energía]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Coelhismo' sociológico]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/coelhismo-sociologico_129_2055196.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Coelhismo' sociológico"></p><p>Vivimos rodeados de frases que no dicen nada y, sin embargo, nos hablan todo el tiempo:<strong> “sé tú mismo”</strong>, <strong>“tú decides”</strong>, <strong>“sé una mejor versión de ti”</strong>, <strong>“escoger un camino significa abandonar otros”</strong>. Son fórmulas que flotan como espejismos en gimnasios y pantallas.</p><p>Llamo <em><strong>Coelhismo </strong></em><strong>sociológico</strong> —en alusión al universo de frases hechas que popularizó <strong>Paulo Coelho</strong>— a esta colonización de la vida por la palabra motivacional vacía. No ofrece respuestas, sino espejismos. Bajo la promesa de liberarnos, nos mantiene sujetos a un relato de insuficiencia perpetua: <strong>nunca somos bastante, nunca llegamos del todo, siempre hay un “yo” mejor que debemos perseguir</strong>. En su aparente dulzura, estas frases nos condenan a un combate íntimo sin tregua, a un diálogo interminable con un yo ideal que nunca se deja alcanzar.</p><p>El poder de lo vacío reside precisamente en su <strong>docilidad</strong>. Un significante hueco puede acomodarse en cualquier lugar, adornar cualquier muro o chat, circular en cualquier boca. Puede incluso unir a desconocidos en miradas de ensoñación, mientras se interrogan —sin saberlo— sobre el sentido del sin sentido. Lo que parece <strong>inofensivo</strong> resulta, sin embargo, el instrumento más eficaz de<strong> un poder que no manda ni prohíbe</strong>, sino que persuade y seduce. Y esto no es nuevo. Michel Foucault lo señaló con lucidez: el poder moderno no vigila desde fuera, sino que habita la subjetividad, se aloja en la conciencia de cada uno. <strong>El </strong><em><strong>Coelhismo</strong></em><strong> no nos oprime; nos invita</strong>. No amenaza; sonríe. Pero es una sonrisa falsa, que busca debilitar la capacidad de acción y la asunción de responsabilidad, tanto individual como colectiva.</p><p><strong>“Decide”</strong>, nos dice, pero calla que no todos podemos decidir desde el mismo horizonte. <strong>“Sé tú mismo”</strong>, insiste, como si ser uno mismo fuera un acto transparente; como si el yo no estuviera siempre atravesado por la historia, por la <strong>desigualdad</strong>, por la herida de lo colectivo, por una infinidad de razones que desbordan incluso a la propia palabra.</p><p>Lo que aquí se celebra como <strong>libertad</strong> es, quizá, la forma más perfecta de <strong>domesticación</strong>. Pues nada esclaviza tanto como aquello que se presenta bajo el signo de lo propio, de lo íntimo, de lo elegido. Y así nos descubrimos obedeciendo no a un otro, sino a la voz dulzona que repite dentro de nosotros: <strong>“puedes más, aún no es suficiente”</strong>, “mañana saldrá otro sol”. <strong>El </strong><em><strong>Coelhismo</strong></em><strong> no es literatura, ni filosofía, ni siquiera pensamiento: es decoración</strong>. Una decoración banal, que recubre las grietas del presente con frases que brillan como espejos empañados. Y en ese brillo, lo que se pierde es lo esencial: la posibilidad de un pensamiento que no nos adiestre, sino que nos abra.</p><p>Porque emanciparse quizá no consista en repetir consignas, sino en aprender a desconfiar de ellas. Y a escuchar, detrás del ruido motivacional, el silencio fecundo donde germina lo verdaderamente humano. <strong>Tal vez allí, en ese silencio, se oculte la promesa que tanto buscamos.</strong></p><p>________________</p><p><em><strong>Anna Garcia Hom</strong></em><em> es analista y socióloga.</em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[5acf62cc-617f-4cae-9324-7c7c04d5c243]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 02 Sep 2025 04:00:12 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Anna Garcia Hom]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="52336" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="52336" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA['Coelhismo' sociológico]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/874dcec7-0ecf-4032-bdad-e17542bbcffe_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Capitalismo,Desigualdad social,Filosofía]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
