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    <title><![CDATA[infoLibre - Alberto Fandos Portella]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/autores/alberto-fandos-portella/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Alberto Fandos Portella]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright infoLibre]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Extranjeros en nuestra propia casa]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/extranjeros-propia-casa_129_2221872.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/49284abc-b466-47d5-98f6-976d87892c92_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Extranjeros en nuestra propia casa"></p><p>Hace justo un año escribí en estas mismas páginas un artículo titulado<strong> </strong><a href="https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/welcome-to-spain_129_2027213.html"  ><em>Welcome to Spain.</em></a><em> </em>Decía entonces que, en algunos rincones de nuestro país, <strong>empezábamos a sentirnos extranjeros en nuestra propia casa</strong>. Que entrábamos en un restaurante y el camarero nos recibía en inglés por defecto. Que nuestro idioma parecía convertirse en una opción mientras el del visitante adquiría categoría de norma. Algunos pensaron que exageraba. Puede ser. Las columnas de opinión también sirven para exagerar un poco y poner un espejo delante de la realidad. Un año después, tras terminar unos días de vacaciones en Mallorca, <strong>suscribo cada una de aquellas palabras</strong>. Todas. Y, de hecho, voy un paso más allá.</p><p>Antes, reiteremos lo evidente. <strong>España</strong> vive, en buena medida, del turismo. Lo sabemos, lo repetimos y lo celebramos. Da trabajo a millones de personas, sostiene economías enteras y, especialmente en verano y en la zona costera, <strong>nos convierte en un motor económico imprescindible</strong>. Cuestionar algunos excesos no supone cuestionar el turismo. Todo lo contrario. Precisamente porque el turismo es tan importante merece que hablemos de él sin complejos.</p><p>Hay una escena que se repite constantemente y que dice mucho más que cualquier estadística. <strong>El camarero te recibe con un "Good evening"</strong>. Tú respondes <strong>“Buenas noches”</strong>. De repente, cambia el gesto. Sonríe distinto. Se relaja. Y empieza a hablar contigo <strong>como si estuviéramos en peligro de extinción</strong>. Somos anfitriones, y a mucha honra. Pero no figurantes con acento.</p><p>Durante años, hacer temporada era una mezcla de trabajo, independencia y aventura. En mi caso, en un acogedor restaurante de carretera que conectaba con los Pirineos. Se ganaba un dinero extra, te curtías un poco y <strong>volvías a casa con un puñado de anécdotas y aprendizajes</strong>. Hoy, sobre todo en las islas, aquello empieza a parecer más <strong>un Erasmus que un verano en España</strong>. Exagerando ando. Pero quizá no tanto.</p><p>Y aquí es donde voy un paso más allá. Porque ya no se trata únicamente de que te hablen en inglés por defecto. Eso, dentro de lo discutible, podría interpretarse como una costumbre adquirida por la enorme presencia de turismo internacional. Lo verdaderamente llamativo es comprobar que<strong> hay establecimientos donde algunos trabajadores ni siquiera hablan español</strong>. No es que decidan dirigirse a ti en inglés; es que esa es la única lengua en la que pueden atenderte. Entiendo que porque los propios hoteles o establecimientos no lo consideran indispensable. Pero también porque directamente apenas lo necesitan. Ni deben de tener mucho interés, todo hay que decirlo. Total, están en casa. Exagerando un poco más, por momentos uno tiene la sensación de encontrarse en una especie de protectorado turístico donde <strong>el idioma del país anfitrión empieza a parecer casi anecdótico</strong>. No estamos hablando de cortesía, estamos hablando de<strong> identidad</strong>.</p><p>Y no es solo el idioma. También los horarios. Estos días <strong>he terminado confundiendo la merienda con la cena</strong>. Adaptarse al turista es hospitalidad. Adaptarse más al turista que a uno mismo empieza a ser otra cosa.</p><p>Incido de nuevo en este tema porque hay ideas que necesitan ser repetidas. Vivimos obsesionados con la novedad, como si volver sobre un asunto significara no tener nada nuevo que decir. Yo empiezo a pensar exactamente lo contrario. La pedagogía consiste muchas veces en insistir. En <strong>señalar una realidad hasta que deja de parecernos paisaje</strong>. En recordar que lo normal no siempre es lo deseable. Si hace un año escribí aquello y hoy vuelvo a escribir sobre lo mismo es, precisamente, porque sigue ocurriendo. Porque algunas convicciones merecen ser defendidas más de una vez.</p><p>Exageremos juntos una vez más. España no necesita parecerse más al mundo para seguir siendo un destino extraordinario.<strong> El mundo viene precisamente porque somos España</strong>. Por nuestra lengua, nuestras costumbres, nuestra gastronomía, nuestra forma de entender la vida y hasta nuestros horarios. Si para recibir al visitante tenemos que dejar de parecernos a nosotros mismos, quizá haya llegado el momento de recuperar un poco de amor propio. El turismo puede convivir perfectamente con la defensa de lo nuestro. No son excluyentes. Porque una cosa es abrir las puertas de casa para que cualquiera se sienta bienvenido. Otra muy distinta es terminar siendo extranjeros en nuestra propia casa.</p><p>_____________________</p><p><em><strong>Alberto Fandos Portella</strong></em><em> es periodista y director de comunicación y marketing.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 10 Jul 2026 04:00:50 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Fandos Portella]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[España,Turismo,Vacaciones,Mallorca]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Una talla más]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/talla_129_2210564.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/49284abc-b466-47d5-98f6-976d87892c92_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una talla más"></p><p>El problema nunca son los pantalones. El problema es el instante en que te plantas delante del espejo y <strong>descubres que ya no te sirven</strong>. Porque a partir de ahí solo quedan dos opciones: aceptar que has cambiado o pasarte años fingiendo que sigues siendo la misma persona.</p><p>Antes, cambiar de opinión era una señal de inteligencia. De madurez, incluso. Ahora es lo más parecido a la traición. <strong>Una rendición pública</strong>. Y la coherencia mantenerse firme. Aguantar. Resistir. Ir hasta el final con lo tuyo. Aunque por dentro ya no estés ahí. Y hace tiempo <strong>empezaras a sospechar que quizá exageraste</strong>, que simplificaste demasiado o que, básicamente, metiste la pata. Mejor comértelo todo <strong>antes que reconocer que te has equivocado</strong>. Aun a sabiendas de que tan sano es adelgazar como rectificar. </p><p>Defendemos ideas, por supuesto. Pero también<strong> defendemos identidades</strong>. Pertenencias. Equipos. La opinión se ha convertido en una camiseta y quitársela delante de los demás parece mucho más difícil que seguir sudando dentro de ella.</p><p>Y las deslumbrantes <strong>redes sociales</strong> han magnificado esta lógica. El algoritmo no entiende la duda. No premia el matiz. La reflexión nunca viraliza tanto como la certeza absoluta. Y así hemos construido una sociedad donde <strong>mucha gente interpreta un personaje ideológico</strong> que ya no coincide del todo con lo que realmente piensa.</p><p>Porque internet tiene memoria, pero también tiene hambre. Hambre de contradicciones, de capturas antiguas, de tuits rescatados para demostrar que <strong>hace siete años dijiste exactamente lo contrario</strong>. Como si cambiar de opinión fuese un delito y no una consecuencia natural de vivir.</p><p>Aquí solo cambia de opinión quien todavía es capaz de escuchar algo distinto sin sentirlo como un ataque personal. Solo rectifica <strong>quien acepta que no tiene todas las respuestas</strong>. Y, por consecuencia, solo evoluciona quien entiende que crecer también consiste en abandonar algunas verdades absolutas.</p><p>Por eso asumir un error en política es una utopía. Y en el trabajo o en tu casa cuesta. Porque cuesta. Mientras los tertulianos sobreviven <strong>defendiendo hoy exactamente lo contrario que negaban ayer</strong>, pero con la misma seguridad teatral de siempre.</p><p>Actualmente, la firmeza se mezcla con la rigidez. Y quizá una sociedad madura no es la que nunca se equivoca, sino la que todavía sabe <strong>rectificar sin convertirlo en una humillación pública</strong>. </p><p>Porque hay caminos que no llevaban a ninguna parte y verdades que no eran tan verdad. Si algo tiene más peligro que cambiar de opinión es<strong> continuar defendiendo una mentira solo para no darle la razón al otro</strong>. A veces madurar consiste en reconocer que aquello que pensabas ya no te sirve. Que la realidad ha cambiado. O que has cambiado tú. Y que no pasa nada por admitirlo. Igual que<strong> un día aceptas que esa ropa ya no te queda bien</strong>, también hay ideas que dejan de ajustarse a quien eres. Solo necesitas una talla más.</p><p>_____________________</p><p><em><strong>Alberto Fandos Portella</strong></em><em> es periodista y director de comunicación y marketing.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 25 Jun 2026 04:01:27 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Fandos Portella]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Redes sociales,Ideologías]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Activismo de sofá]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/activismo-sofa_129_2180328.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b3f96900-4e7b-4e61-b1be-544e1ab1becc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Activismo de sofá"></p><p>Todo el mundo tiene una opinión sobre todo. Incluso cuando creemos no tenerla, ya estamos tomando posición. Opinar es, en esencia, una forma de<strong> obligarse a pensar</strong>. A ordenar ideas, a confrontarlas, a entender lo que ocurre. Y es gratis. </p><p>Es el primer paso de cualquier <strong>conciencia crítica</strong>. Y, en un contexto cada vez más complejo, cada vez más necesario. Pero desde el sofá.</p><p>Quizá nunca habíamos opinado tanto. O, mejor dicho, generado tanto ruido. La <strong>conversación pública</strong> es constante, inmediata, inagotable. Todo genera reacción. <strong>Todo exige posicionamiento</strong>. Hemos interiorizado que participar es estar, y que estar es decir. Como si el juicio —rápido, muchas veces superficial— fuese equivalente al compromiso.</p><p>Sin embargo, mientras hablamos más que nunca, la capacidad real de transformar lo que nos indigna parece cada vez más lejana. Opinar se ha convertido en un gesto suficiente en sí mismo. <strong>Se reacciona, se comparte, se comenta</strong>. Y con eso, de alguna forma, se cumple. Una pequeña palmadita en la espalda. <strong>Dopamina fugaz</strong>. La sensación de haber hecho algo, cuando en realidad apenas se ha empezado.</p><p>Opinar no es un problema. Al contrario. Bendito sea. Y que no se pierda. Pero <strong>cuando participar no cuesta nada, tampoco obliga a nada</strong>.</p><p>Hemos construido un espacio público donde la expresión constante reduce la exigencia del <strong>compromiso</strong>. Donde el posicionamiento sustituye a la implicación y donde las cuestiones sociopolíticas, cada vez más, se convierten en algo que se siente, no en algo que se hace. <strong>La indignación encuentra salida</strong> y, con suerte, viralidad, pero rara vez recorrido.</p><p>Y en ese proceso se ha instalado una<strong> forma silenciosa de desafección</strong>. No la del que se desentiende, sino la del que participa sin consecuencias. La del que habla, pero no espera nada. Todo ocurre, pero todo se disuelve rápido. Todo cuenta… pero nada pesa demasiado.</p><p>Es casi automático. Vemos, reaccionamos, opinamos, y pasamos a lo siguiente. <strong>La emoción se consume en el gesto</strong>. El conflicto se diluye en el comentario. Es un cierre emocional sin apertura real.</p><p>En ese contexto, el ruido ocupa el lugar de la política y de todo dilema popular. No porque haya más debate, sino porque <strong>hay menos fricción real</strong>. Menos conflicto que obligue a moverse, a organizarse, a sostener posiciones más allá del instante.</p><p>El sistema no necesita que participes. Solo <strong>necesita que opines</strong>.</p><p>Porque opinar mantiene viva la <strong>sensación de implicación</strong>. Sostiene una democracia que parece activa, dinámica, incluso intensa. Pero lo hace sin alterar nada esencial, sin generar el coste que implica cualquier cambio real. <strong>El ruido sustituye la pugna</strong>. La expresión, a la transformación.</p><p>Nunca habíamos tenido tantas herramientas para participar. Y, a su vez, pocas veces había sido tan fácil quedarse en la superficie. <strong>Opinar se ha vuelto inmediato</strong>. Implicarse, sin embargo, sigue siendo exigente.</p><p>Y en esa diferencia - cómoda, casi invisible - no solo hemos rebajado el umbral de la participación. <strong>Hemos redefinido su significado</strong>. Pero desde el sofá. No vaya a ser…</p><p>_____________________</p><p><em><strong>Alberto Fandos Portella</strong></em><em> es periodista y director de comunicación y marketing.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 21 Apr 2026 04:00:54 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Fandos Portella]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Política,Redes sociales]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Mi pepita de la suerte]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/pepita-suerte_129_2139472.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/aa829add-996e-4e26-9f82-d1878ba41fb9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mi pepita de la suerte"></p><p>El amor no avisa. No manda una notificación ni se deja encontrar cuando uno lo busca con empeño.<strong> Llega, sencillamente</strong>. Y, cuando lo hace, no pide permiso. Irrumpe, descoloca, reordena prioridades y obliga a mirar el mundo desde otro sitio. Desde un<strong> lugar más vulnerable</strong>, pero también más pleno.</p><p>Hay personas que pasan la vida hablando del amor como si fuera un proyecto. Otras tienen la suerte –porque lo es– de vivir dentro de él sin haberlo planificado. Como quien, sin esperarlo, encuentra una <strong>Pepita de la Suerte en mitad del camino y comprende que ya nada vuelve a ser exactamente igual</strong>. No porque todo sea fácil, sino porque todo cobra sentido. </p><p>Habitar en una dimensión difícil de explicar a quien no la ha pisado. <strong>No es euforia constante ni felicidad impostada</strong>. Es algo más silencioso y, por eso mismo, más profundo. Una especie de calma eléctrica. La sensación de que incluso los días normales tienen una textura distinta. Que lo extraordinario existe, sí, pero que, muchas veces, lo verdaderamente valioso ocurre en lo pequeño. Y en la capacidad natural de convertir ese extraordinario en cotidiano. Ese estado difícil de explicar y fácil de reconocer en el que la vida parece una canción continua. Como si vivieras un estribillo hecho de frases de <strong>Leiva, Marlon y Dani Martín</strong>. Imperfecto, luminoso, honesto. Brutal. </p><p>En una mirada que entiende antes de que hables.<strong> En una risa compartida por algo que a nadie más le haría gracia</strong>. En los mensajes que no dicen nada importante y, precisamente por eso, lo dicen todo. En la complicidad que se construye sin esfuerzo, como si siempre hubiera estado ahí, esperando.</p><p>El amor del bueno no necesita grandes discursos. Se reconoce en los gestos mínimos, en la atención, en el cuidado casi involuntario. <strong>En saber cuándo estar y cuándo dejar espacio</strong>. En celebrar sin ruido y acompañar sin condiciones. En entender que compartir no es perder, es ensanchar la vida.</p><p>Quizá por eso se parece tanto a la suerte. <strong>Porque no se controla, no se merece ni se calcula</strong>. Ocurre. Y, cuando ocurre, lo cambia todo. No el mundo, que sigue siendo caótico, pero sí la forma de estar en él. Como si alguien te devolviera una versión de ti mismo más serena, más consciente, más viva.</p><p><strong>Hay quien vive persiguiendo momentos extraordinarios</strong> y quien descubre que lo extraordinario consiste en tener a alguien con quien lo ordinario importa. En compartir lo cotidiano sin aburrimiento y lo excepcional sin miedo. En caminar con esa certeza íntima de que, pase lo que pase, hay algo –o alguien– que convierte el trayecto en hogar. </p><p>Y quizá de eso va todo. De entender que la fortuna existe, que a veces es grande y brilla sin disimulo. Como una <strong>Pepita de la Suerte</strong> que no solo se encuentra, sino que te acompaña y te enseña a vivir con la música un poco más alta. </p><p>_____________________</p><p><em><strong>Alberto Fandos Portella</strong></em><em> es periodista y director de comunicación y marketing.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 07 Feb 2026 05:00:33 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Fandos Portella]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Tu pequeño Trump interior]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/pequeno-trump-interior_129_2130304.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/cf17ee32-dfc9-43b2-972b-4b5ea21078b1_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Tu pequeño Trump interior"></p><p>Todos llevamos un <strong>pequeño Trump dentro</strong>. No hace falta pelo naranja ni cuenta en X. Basta con esa pulsión primitiva de dominar, de imponerse, de confundir poder con razón. Ese impulso que convierte discusiones en combates y diferencias en enemigos a aplastar.</p><p>Vivimos en un imperio invisible, gobernado por gestos, miradas y silencios que hieren más que cualquier arma. La fuerza no se mide en músculos ni votos. Se mide en quién consigue que los demás se muevan primero, que bajen la voz, que se retracten. Todo lo que nos hace sentir arriba, aunque la mayoría del tiempo estemos inseguros,<strong> hambrientos de reconocimiento</strong> y enganchados a esa dosis inmediata de superioridad.</p><p>Te dirán que es decisión, estrategia, racionalidad. Pero la verdad es otra. <strong>Miedo disfrazado de control</strong>. Miedo a quedarse atrás, a no ser suficiente, a descubrir que los gestos de dominio no cambian nada fuera de nuestro pequeño mundo. Y que, por mucho que empujemos, el mundo sigue girando.</p><p>El pequeño Trump no solo habita en los grandes nombres. Está en nosotros cada vez que elegimos aplastar en lugar de dialogar, humillar en lugar de escuchar, ganar aunque no haga falta. Se alimenta de cada victoria efímera, de cada gesto de <strong>dominio simbólico</strong>. Y, cuanto más lo alimentamos, más crece el imperio invisible que nos gobierna.</p><p>Quizá no haya que derribar nada ni a nadie. Quizá la verdadera fuerza sea contenerlo, respirar, resistir la pulsión de imponerse, y aceptar que no siempre hay que ganar para sentirse poderoso. Que el imperio más sólido que podemos construir es <strong>el que no destruye a otros para existir</strong>.</p><p>Y al final, cuando te miras al espejo, reconoces a tu pequeño Trump interior. </p><p>_______________</p><p><em><strong>Alberto Fandos Portella</strong></em><em> es periodista y director de comunicación y marketing.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 23 Jan 2026 05:01:18 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto Fandos Portella]]></author>
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