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    <title><![CDATA[infoLibre - Ángel Muelas]]></title>
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      <title><![CDATA[Cuando nuestro malestar se hace viral]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/malestar-viral_129_2158347.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e1ff97e2-29a9-43d4-a908-7774b29608d9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cuando nuestro malestar se hace viral"></p><p>El <strong>malestar social </strong>no surge de repente; se acumula gota a gota. Cuando el cercanías llega tarde otra vez, cuando a fin de mes apenas quedan unos euros, cuando para conseguir una cita médica hay que esperar semanas, o cuando trabajar no deja margen para proyectar una vida digna. Pero no es solo algo personal. <strong>Muchas personas</strong> viven experiencias parecidas. Compartimos <strong>frustraciones y obstáculos</strong>, y reconocerlo como algo colectivo ayuda a entender que nuestras dificultades no son fallos individuales, sino consecuencias de estructuras sociales, económicas y culturales.</p><p>Gran parte de ese malestar circula y se amplifica en entornos digitales: <strong>redes sociales, plataformas y aplicaciones</strong> que conectan experiencias, pero también influyen en cómo se perciben y se sienten.</p><p>Imponer agenda siempre ha dependido de tres elementos: <strong>recursos económicos, conocimiento técnico y redes de influencia</strong>. Eso no es nuevo; lo que ha cambiado con las redes sociales es la velocidad y el <strong>alcance con que el malestar se transmite</strong>. Las plataformas digitales multiplican y distribuyen nuestras emociones en cuestión de segundos. Pueden ofrecer explicaciones simplificadas, relatos emocionales o narrativas polarizantes que condicionan cómo vemos y sentimos la realidad.</p><p>La <strong>conversación pública</strong> ya no se construye únicamente en instituciones democráticas ni en medios de comunicación —que nunca fueron completamente públicos—, sino en <strong>plataformas privadas gestionadas por intereses comerciales</strong> que priorizan la atención, la viralidad y el beneficio.</p><p>Hablar de las redes siempre nos lleva a otra cuestión: el poder nunca ha sido neutral ni plenamente democrático, <strong>tampoco en la revolución digital</strong>. Por entonces, se difundió la idea del emprendedor hecho a sí mismo, que desde un garaje transformaba el mundo gracias a su talento, sin necesidad del Estado. <strong>La realidad es muy distinta</strong>. El sector tecnológico ha estado históricamente dominado por hombres blancos,  mayoritariamente heterosexuales y formados en universidades de élite. Las plataformas digitales son un espacio más donde operan las mismas dinámicas de poder que han marcado la historia durante siglos. No es casualidad: desde los orígenes de <strong>Silicon Valley</strong>, algunos ideólogos del sector, como <strong>George Gilder</strong>, alertaban contra lo que llamaban el <strong>“afeminamiento”</strong> del mundo tecnológico, promoviendo un discurso abierto al desprecio hacia la diversidad y a la exclusión de mujeres y minorías. Hoy esa lógica persiste: Meta abandona programas de diversidad, Twitter se rebautiza como X y se impulsa un discurso contra la <strong>“cultura woke”</strong>. </p><p>Algunos lo llaman <strong>tecnofascismo o tecnofeudalismo</strong>, pero quizá el término más adecuado sea tecnocapitalismo: empresarios que buscan enriquecerse a costa de todo, aprovechando la mano de obra gratuita y la atención de millones de usuarios. No hablamos de <strong>señores feudales </strong>medievales, sino de <strong>ricos queriendo ser más ricos</strong>.</p><p>Atribuir todos los males al entorno digital sería simplificar demasiado. No se trata de demonizar las plataformas, sino de reconocer que no las gobernamos colectivamente, y que su influencia depende de quién controla lo que vemos y leemos. Al igual que en el <strong>siglo XIX la fábrica era un campo de disputa política</strong>, nunca neutral, hoy el entorno digital funciona de manera similar. En aquel tiempo, el patrón imponía las reglas y podía despedir a quien quisiera si se alzaba la voz; hoy, <strong>las plataformas concentran poder y beneficio privado</strong>, y seguimos jugando en desventaja: no decidimos las reglas del juego y los algoritmos no los controlamos nosotros, aunque determinen cómo percibimos, compartimos y sentimos la información.</p><p>Por eso, la batalla no se gana ignorando la tecnología, sino democratizándola. Eso implica exigir <strong>transparencia, regulación, protección de derechos digitales</strong> y modelos alternativos que no dependan únicamente del lucro. Gobernar la esfera digital significa convertirla en una herramienta de información, educación y debate democrático, y no en un instrumento de acumulación privada o manipulación emocional. Entre las medidas concretas están la<strong> responsabilidad fiscal de las grandes corporaciones</strong>, normas claras sobre contenido y diversidad, y estrategias de participación ciudadana que permitan disputar la narrativa dominante.</p><p>El malestar existe y <strong>siempre existirá</strong>. Lo decisivo no es su existencia, sino quién lo cuenta y cómo lo interpreta. Construir sentido común es, al final, una cuestión de poder: quien narra la experiencia compartida define el rumbo político de la sociedad. La pregunta no es si las redes son buenas o malas; el problema es que hoy no las gobernamos nosotros. El <strong>futuro digital dependerá de nuestra capacidad colectiva para disputar esa narrativa</strong> y poner la tecnología al servicio del bien común.</p><p>_______________</p><p><em><strong>Ángel Muelas </strong></em><em>es codirector de ‘Ideas en Guerra’.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 10 Mar 2026 05:01:14 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Ángel Muelas]]></author>
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