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    <title><![CDATA[infoLibre - Miguel Aguado]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/autores/miguel-aguado/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Miguel Aguado]]></description>
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      <title><![CDATA[Cuando el cambio climático deja de ser “cool” para convertirse en una certeza social]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/cambio-climatico-deja-cool-convertirse-certeza-social_129_2192554.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/bec34fea-b837-44c2-9da3-78e7db3513d2_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cuando el cambio climático deja de ser “cool” para convertirse en una certeza social"></p><p>Hace unos días, tomando un café con Javier, un buen amigo acostumbrado a analizar la actualidad con una mezcla de ironía y lucidez, me lanzó una reflexión que se me quedó rondando durante días. “<strong>El cambio climático ha dejado de ser </strong><em><strong>cool</strong></em><strong> para convertirse en </strong><em><strong>cold</strong></em>”, me dijo, jugando con las palabras y haciendo referencia al aparente frenazo —cuando no retroceso— que parecen vivir algunas políticas ambientales en Europa.</p><p>La frase tenía algo de provocación inteligente. Basta observar el contexto político europeo de los últimos meses: revisión de algunos objetivos del Pacto Verde Europeo, <strong>protestas agrarias</strong> convertidas en símbolo contra determinadas regulaciones ambientales o discursos que presentan la transición ecológica como una amenaza económica.</p><p>Por momentos, parece que la sostenibilidad ha dejado de ocupar el espacio central que tuvo hace apenas unos años. Pero aquella conversación me dejó una duda: <strong>¿estamos realmente ante un cambio social profundo</strong> o más bien ante una percepción amplificada por el ruido político y mediático? ¿La ciudadanía ha dejado de preocuparse por el cambio climático?</p><p>Los datos dicen otra cosa.</p><p>El reciente informe <a href="https://www.google.com/url?sa=t&source=web&rct=j&opi=89978449&url=https://tinkle.h-advisors.global/es/article/informe-h-orizontes-retos-y-preocupaciones-que-impulsaran-la-agenda-publica-en-espana/&ved=2ahUKEwi-4enIm7aUAxXKU6QEHRy0PVcQFnoECBgQAQ&usg=AOvVaw0ag36KgpNvh6BLkAHPVIj_"  >Horizontes de H/Advisors</a> ofrece una radiografía muy precisa del estado emocional de la sociedad española. El estudio retrata un país atravesado por la incertidumbre: más de ocho de cada diez españoles consideran que <strong>el mundo es hoy más inestable que hace una década</strong> y casi tres cuartas partes lo perciben más inseguro.</p><p>Y, precisamente en ese contexto de incertidumbre, el cambio climático emerge como una preocupación extraordinariamente consolidada. Según el informe, constituye ya la <strong>tercera gran inquietud global para los españoles</strong>, con un 41,1%, solo por detrás de los conflictos bélicos y las crisis económicas. Además, supera ampliamente a otras cuestiones muy presentes en el debate político y mediático, como los flujos migratorios, que apenas alcanzan un 20,2%.</p><p>Ese dato <strong>desmonta uno de los grandes relatos</strong> que han ido creciendo en Europa durante los últimos años: la idea de que la ciudadanía habría dejado atrás la preocupación climática. No parece ser así. Más bien sucede lo contrario. La cuestión ambiental se integra cada vez más dentro de una percepción general de vulnerabilidad e inseguridad.</p><p>Y hay otro elemento clave: la sociedad ya no percibe el cambio climático como algo abstracto o lejano. Lo vive.</p><p>El Observatorio Ciudadano de ENGIE España sobre percepción del cambio climático confirma precisamente ese cambio cultural. Siete de cada diez españoles aseguran estar <strong>muy o bastante preocupados por el cambio climático</strong> y una mayoría considera que afecta ya directamente a su vida cotidiana.</p><p>España, además, es uno de los países europeos más vulnerables al aumento de temperaturas, la desertificación y el estrés hídrico. Y la ciudadanía lo percibe claramente. El estudio de ENGIE señala que casi nueve de cada diez personas consideran que <strong>han aumentado los incendios forestales</strong> y más del 80% observa una mayor frecuencia de fenómenos meteorológicos extremos.</p><p>Durante años, el debate ambiental estuvo atrapado entre el negacionismo y una cierta abstracción técnica. <strong>Parecía un asunto reservado a científicos o activistas</strong>. Hoy ya no. El cambio climático aparece en las olas de calor, en las restricciones de agua, en la factura energética, en los incendios o en la preocupación creciente por el futuro.</p><p>Y precisamente por eso ocurre algo especialmente relevante: la ciudadanía no solo muestra preocupación, sino que identifica cada vez con más claridad cuáles son las respuestas necesarias.</p><p>El estudio de ENGIE refleja que una mayoría social <strong>apuesta por acelerar o mantener el desarrollo de las energías renovables</strong> y avanzar en la transición energética. Incluso en un contexto de incertidumbre económica, la sociedad no interpreta la sostenibilidad como un obstáculo para el bienestar, sino como una parte esencial de la solución.</p><p>Ese es probablemente uno de los grandes cambios silenciosos de nuestro tiempo.</p><p><strong>La</strong> <strong>transición energética ya no se percibe únicamente como una política ambiental</strong>. Se entiende también como una política de seguridad, estabilidad y modernización. La crisis energética derivada de la guerra de Ucrania dejó una lección evidente: depender de combustibles fósiles importados significa depender de contextos geopolíticos inestables.</p><p>Las energías renovables representan, por el contrario, una oportunidad de <strong>soberanía energética</strong>, resiliencia económica y reducción de vulnerabilidades futuras.</p><p>Pero existe también una dimensión emocional que conviene entender. En un momento donde muchas personas sienten que han perdido capacidad de control sobre aspectos esenciales de su vida —la vivienda, el coste de la vida o la incertidumbre tecnológica—, la transición ecológica aparece como uno de los pocos proyectos colectivos capaces de ofrecer dirección y horizonte.</p><p>Porque <strong>las sociedades necesitan relatos de futuro</strong>.</p><p>El gran riesgo de nuestro tiempo no es únicamente la polarización política; es la resignación. La idea de que ya nada puede cambiarse y de que todo empeorará inevitablemente.</p><p>Sin embargo, los datos muestran algo distinto. <strong>La ciudadanía está preocupada</strong>, sí. Incluso cansada en muchos aspectos. Pero no es indiferente.</p><p>Quizá uno de los errores de estos años haya sido explicar la transición ecológica desde <strong>parámetros demasiado técnicos o burocráticos</strong>. Hemos hablado mucho de emisiones, objetivos y regulaciones, pero menos de seguridad cotidiana, bienestar y calidad de vida.</p><p>Y <strong>las personas no viven en gráficos de CO₂</strong>. Viven en barrios, pagan facturas, sufren olas de calor y se preocupan por el futuro de sus hijos.</p><p>La clave probablemente pase ahora por conectar mejor la transición ecológica con las preocupaciones reales de la ciudadanía. Hablar de energías renovables es hablar también de estabilidad económica y autonomía estratégica. Hablar de adaptación climática es hablar de prevención de riesgos, salud pública y protección frente a fenómenos extremos.</p><p>Tal vez Javier tuviera parte de razón y el cambio climático haya dejado de ser “cool” en <strong>determinados espacios políticos o mediáticos europeos</strong>. Pero los estudios indican algo mucho más profundo: para la ciudadanía, el cambio climático ya no es una moda ni una tendencia cultural. Es una preocupación estructural ligada a la seguridad y al futuro.</p><p>Y quizá ahí esté el verdadero desafío de los próximos años.</p><p>Porque el problema ya no parece ser convencer a la sociedad de que existe un riesgo. El reto pasa ahora por conseguir que políticos, empresarios, instituciones, medios de comunicación, entidades ciudadanas y divulgadores seamos capaces de <strong>enlazar ese sentir social con acciones reales</strong>, compromisos concretos y nuevas formas de dialogar, aprender y comunicarnos.</p><p>Solo así lograremos que <strong>aquello que</strong> <strong>sentimos como amenaza</strong> y aquello que identificamos como camino avancen, por fin, en la misma dirección.</p><p>------------------------------</p><p><em><strong>Miguel Aguado Arnáez</strong></em><em> es divulgador ambiental, director de la consultora B LEAF y docente de la Universidad Europea.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 16 May 2026 04:00:38 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Miguel Aguado]]></author>
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      <title><![CDATA[Las mujeres que pensaron el clima antes de que el clima fuera un problema]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/mujeres-pensaron-clima-clima-fuera-problema_129_2168171.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/414d3234-8568-4068-b2ce-ad672c7f7347_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las mujeres que pensaron el clima antes de que el clima fuera un problema"></p><p>A lo largo del año tenemos <strong>varias celebraciones</strong> que nos recuerdan y permiten visibilizar a la mujer y <strong>todo el trabajo que queda por hacer para una sociedad igualitaria</strong>. Son celebraciones que permiten dar pasos muy importantes. Esos días se repiten mensajes que, siendo importantes, <strong>no son suficientes por sí solos</strong>. Son, en realidad, de las celebraciones que <strong>más me gustan</strong> y considero necesarias. Como hombre quiero y demando una sociedad <strong>justa e igualitaria</strong>. En algunas de las reclamaciones se habla de brechas, de vocaciones, de referentes. Se publican listas apresuradas de nombres femeninos ilustres. <strong>Pero no es suficiente</strong>. Se queda en el entorno de esos días y … quizás, hasta la siguiente. Estoy hablando en general de la sociedad, no de las muchas entidades y mujeres que trabajan todos los días del año, <strong>obviamente</strong>.</p><p>Por este motivo, he pensado que sería bueno hablar del fondo de uno de esos temas y fuera de esa fecha. Hablamos del papel y reconocimiento de la mujer en la ciencia y la innovación. El fondo del problema sigue ahí: <strong>no solo faltan mujeres en la ciencia; faltan mujeres en el relato que hacemos de la ciencia</strong>.</p><p>La historia científica que hemos aprendido —en los libros, en los documentales, en los medios— es una historia incompleta. No porque los datos sean falsos, sino porque están <strong>mal contados y peor repartidos</strong>. Durante siglos, el conocimiento producido por mujeres ha sido ignorado, minimizado, atribuido a otros o directamente borrado. Y ese silencio no es neutro: tiene consecuencias que llegan hasta hoy.</p><p>Uno de los ejemplos más reveladores —y más incómodos— es el de <strong>Eunice Newton Foote</strong>. Su nombre no suele aparecer cuando se habla del origen de la ciencia climática. No está en los manuales escolares. No suele citarse en los debates públicos sobre el cambio climático. Y, sin embargo, fue <strong>la primera persona que demostró experimentalmente la relación entre el aumento del CO₂ y el incremento de la temperatura atmosférica</strong>.</p><p>Corría el año 1856. El carbón impulsaba la revolución industrial, pero nadie hablaba aún de calentamiento global. En ese contexto, <strong>Eunice Foote</strong> realizó un experimento sencillo y brillante: utilizó cilindros de vidrio, termómetros y distintos gases para observar cómo reaccionaban al calor solar. Su conclusión fue clara y <strong>escrita con una lucidez asombrosa</strong>: <em>una atmósfera con mayor concentración de dióxido de carbono sería más cálida</em>. No era una opinión. Era ciencia empírica.</p><p>Ese hallazgo es, ni más ni menos, uno de los pilares sobre los que hoy <strong>se sostiene toda la comprensión del cambio climático</strong>. Y, sin embargo, durante más de un siglo su trabajo fue relegado al olvido, mientras otros nombres —masculinos— ocuparon el lugar de pioneros.</p><p><strong>¿Por qué ocurrió esto? </strong>La respuesta es incómoda, pero necesaria: <strong>porque Eunice Foote era mujer</strong>. En su época, no podía presentar sus propios trabajos en congresos científicos. Su estudio fue leído por un hombre en una reunión de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia. No por casualidad, sino por norma. <strong>Las mujeres no eran consideradas sujetos científicos plenos, aunque hicieran ciencia de primer nivel</strong>.</p><p>Este no es un caso aislado ni una injusticia anecdótica. Es un patrón. <strong>La invisibilización de las mujeres científicas</strong> no es una excepción histórica: es una constante estructural. Y cuando ese patrón se prolonga durante generaciones, <strong>acaba creando una idea profundamente errónea pero muy arraigada</strong>: que la ciencia es cosa de hombres, y que las mujeres llegaron después, como invitadas tardías.</p><p><strong>Ese relato es falso</strong>. Y, además, es peligroso.</p><p>Es falso porque las mujeres <strong>han estado presentes en todos los ámbitos del conocimiento</strong>: astronomía, medicina, química, biología, matemáticas, física… desde siempre. Y es peligroso porque <strong>condiciona el presente</strong>. Si no nombramos a las mujeres del pasado, las niñas del presente no se ven reflejadas en el futuro.</p><p>Cuando una niña aprende ciencia sin mujeres, no solo aprende contenidos: <strong>aprende límites. Interioriza, muchas veces sin darse cuenta, que ese no es su lugar natural</strong>. Que puede estar, sí, pero como excepción. Como rareza. Como alguien que tiene que demostrar el doble para ser considerada la mitad.</p><p>No debemos limitarnos a motivar vocaciones futuras en las niñas, aunque sea importante. Debemos <strong>revisar críticamente nuestra memoria científica</strong> y preguntarnos a quién hemos dejado fuera y por qué. Para entender que la falta de referentes no es un accidente, sino el resultado de decisiones culturales y sociales muy concretas.</p><p>En el caso de la ciencia ambiental y climática, <strong>esta reflexión es especialmente urgente</strong>. Nos enfrentamos a uno de los mayores retos colectivos <strong>de la historia humana</strong>. Y, paradójicamente, seguimos explicándolo desde un relato incompleto, donde las voces femeninas aparecen tarde, poco o nada.</p><p>Reconocer a figuras como Eunice Foote no es un gesto simbólico ni una corrección cosmética. Es <strong>una cuestión de rigor intelectual</strong>. Si hablamos del origen del conocimiento climático y omitimos a quien primero identificó el papel del CO₂, <strong>estamos contando mal la historia</strong>. Y contar mal la historia tiene consecuencias: distorsiona nuestra comprensión del presente y <strong>empobrece nuestra capacidad de imaginar soluciones</strong>.</p><p>Además, <strong>hay una ironía difícil de ignorar</strong>. Durante décadas, la ciencia climática fue <strong>desoída, minimizada o ridiculizada</strong>. Y una de las primeras personas que advirtió de ese problema fue una mujer a la que tampoco se escuchó. <strong>El silencio se superpuso al silencio</strong>.</p><p>Hoy sabemos que <strong>el exceso de CO₂ altera el clima</strong>, intensifica fenómenos extremos, amenaza ecosistemas y compromete el futuro de millones de personas. Lo sabemos gracias a una acumulación de conocimientos científicos. Pero también deberíamos saber <strong>quién empezó a hacer las preguntas correctas</strong> y quién tuvo el valor intelectual de mirar más allá de su tiempo.</p><p>Visibilizar a las mujeres científicas del pasado <strong>no es un ejercicio de nostalgia ni de corrección política</strong>. Es una herramienta poderosa para cambiar el presente. Porque cuando ampliamos el relato, <strong>ampliamos también las posibilidades</strong>. Cuando mostramos que la ciencia siempre fue diversa —aunque no se reconociera como tal—, desmontamos la idea de que la diversidad es una concesión moderna.</p><p>La ciencia no necesita cuotas de talento: necesita <strong>justicia narrativa</strong>. Necesita contar su historia completa, con todas sus voces. Necesita asumir que <strong>ha perdido tiempo, ideas y avances</strong> por haber excluido sistemáticamente a la mitad de la población.</p><p>Y, sobre todo, necesita entender que el futuro de la ciencia —y del planeta—<strong> pasa por no repetir los errores del pasado</strong>. No solo en términos de emisiones o de consumo, sino también en términos de <strong>reconocimiento, igualdad y memoria</strong>.</p><p>Si hoy queremos más mujeres investigando el clima, la biodiversidad o la energía, empecemos por <strong>nombrar a las que ya estuvieron allí</strong> cuando nadie las miraba. Porque cada nombre recuperado no es solo una deuda saldada: es una puerta que se abre.</p><p>Y quizá, cuando una niña escuche que una mujer habló del CO₂ y del calentamiento global en 1856, <strong>deje de pensar que llega tarde a la ciencia</strong>. Y empiece a entender que forma parte de una historia<strong> que siempre fue suya</strong>, aunque durante mucho tiempo no se lo contaran.</p><p>_____________________________________</p><p><em><strong>Miguel Aguado Arnáez </strong></em><em>es Divulgador Ambiental, docente en la Universidad Europea y Socio director de la consultora en comunicación y sostenibilidad </em><em><strong>B LEAF.</strong></em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 27 Mar 2026 05:01:17 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Miguel Aguado]]></author>
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