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    <title><![CDATA[infoLibre - José María de la Riva]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/autores/jose-maria-de-la-riva/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - José María de la Riva]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright infoLibre]]></copyright>
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      <title><![CDATA[Primarias: la falsa revolución que ha reforzado al líder absoluto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/primarias-falsa-revolucion-reforzado-lider-absoluto_129_2225747.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/c7b9c705-f035-4e40-b6a6-4f0e63323cb0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Primarias: la falsa revolución que ha reforzado al líder absoluto"></p><p>Durante años, las <strong>primarias</strong> se presentaron como la <strong>gran promesa de regeneración democrática en España</strong>. Un mecanismo moderno, abierto, capaz de conectar a los partidos con su militancia y de oxigenar estructuras que muchos consideraban envejecidas. Sin embargo, la experiencia acumulada —y especialmente la del PSOE— obliga a revisar críticamente ese entusiasmo inicial. Lo que nació como un instrumento para ampliar la participación ha terminado, en demasiadas ocasiones, <strong>reforzando liderazgos personalistas, debilitando los contrapesos internos y erosionando la pluralidad</strong> que históricamente había caracterizado a los grandes partidos de gobierno.</p><p>La paradoja es evidente, <strong>las primarias, concebidas para democratizar, han contribuido a concentrar el poder</strong>. Y lo han hecho en un contexto donde los partidos no son organizaciones privadas, sino instituciones reconocidas por la Constitución de 1978 como pilares de la participación política. Cuando su equilibrio interno se rompe, no solo se resiente la vida orgánica, se resiente el propio sistema democrático.</p><p>El relato inicial de las primarias es tentador. La militancia decide. Las bases recuperan protagonismo. Se rompe la lógica de las baronías y se abre paso una nueva cultura política. Pero ese relato, tan atractivo como simplificador, ha ocultado una realidad menos luminosa: para que unas primarias funcionen como un mecanismo democrático real necesitan <strong>una maquinaria interna capaz de garantizar igualdad de oportunidades, neutralidad institucional y transparencia</strong>. Y eso, en la práctica, rara vez ocurre. Las primarias entre Almunia y Borrell en 1998, que ganó Borrell con el 55% de los votos, fueron un espejismo, pues <strong>el aparato del partido se encargó de eliminar a Borrell, con la ayuda, nada despreciable, de algún medio de comunicación</strong>.</p><p>En el PSOE, las primarias han servido para legitimar liderazgos fuertes, pero no para fortalecer la deliberación interna. La militancia vota, sí, pero lo hace en un ecosistema donde el control de los recursos, la visibilidad mediática y la capacidad de influencia del aparato inclinan la balanza desde el primer momento.<strong> La competición es desigual por diseño</strong>. Y cuando la desigualdad se normaliza, la participación deja de ser un ejercicio de libertad para convertirse en un ritual de confirmación.</p><p>El PSOE fue durante décadas un partido de equilibrios, territoriales, ideológicos, generacionales. Esa arquitectura interna, con todos sus defectos, garantizaba una cierta pluralidad y obligaba a los liderazgos a negociar, pactar y convivir con sensibilidades diversas. Era, en términos republicanos, un sistema de contrapesos.</p><p>Las primarias han alterado ese ecosistema. El líder elegido directamente por la militancia emerge con una legitimidad incontestable, superior incluso a la de los órganos del partido. Y esa legitimidad, lejos de fomentar la deliberación, tiende a neutralizarla. El debate interno se interpreta como deslealtad. Las corrientes se diluyen. Los órganos intermedios pierden capacidad de influencia. <strong>El partido se reconfigura alrededor de una figura central, no de un proyecto colectivo</strong>.</p><p>Este desplazamiento no es menor. Supone pasar de un modelo republicano, basado en la pluralidad y la negociación, a un modelo cesarista, donde el liderazgo se ejerce de forma vertical y sin contrapesos efectivos. Y ese cesarismo, aunque se vista de participación, termina <strong>empobreciendo el discurso político</strong> y alejando al partido de sectores sociales que antes se sentían representados, jóvenes, trabajadores precarios, personas con dificultades económicas. La identidad se difumina porque ya no se construye desde la diversidad interna, sino desde la centralidad del líder.</p><p>Las primarias generan una ilusión poderosa en que la militancia decide. Pero<strong> esa ilusión se desvanece cuando se observa quién controla los tiempos, los recursos, los mensajes y las estructuras</strong>. La competición se convierte en un plebiscito sobre una figura, no en un debate sobre un proyecto. Y cuando la política se reduce a una disputa personal, el programa se vuelve accesorio.</p><p>Además, la apertura formal del proceso facilita la entrada de actores externos, económicos, mediáticos, territoriales, que ven en las primarias una oportunidad para influir en la orientación del partido. Estos grupos de presión suelen alinearse con el candidato que ofrece mayor estabilidad a sus intereses, no necesariamente con el que mejor representa a la militancia. El resultado es un liderazgo reforzado por apoyos que no siempre responden al interés general del partido ni de las personas.</p><p>La Constitución de 1978 otorgó a los partidos un <strong>papel central en la articulación de la democracia</strong>, como se ha dicho. No son meras plataformas electorales, son instituciones que deben canalizar la participación, elaborar propuestas y representar la pluralidad social. Cuando las primarias debilitan su estructura interna y concentran el poder en una sola figura, se rompe ese equilibrio constitucional.</p><p>El riesgo no es solo orgánico. Es sistémico. Un partido sin contrapesos es un partido más vulnerable a los cambios en sus apoyos, más dependiente del liderazgo del momento y menos capaz de ofrecer estabilidad institucional. Y en un contexto de polarización creciente, esa fragilidad se convierte en un problema para el conjunto del sistema democrático.</p><p>El debate sobre las primarias no puede seguir planteándose en términos a favor o en contra. La cuestión es mucho más compleja. <strong>Las primarias pueden ser un instrumento valioso, pero solo si se integran en un modelo que garantice igualdad de oportunidades, transparencia y contrapesos internos</strong>. Sin esos elementos, se convierten en un mecanismo que debilita a los partidos y refuerza dinámicas cesaristas.</p><p>España necesita un nuevo consenso sobre el funcionamiento interno de los partidos. Un acuerdo que reconozca su papel constitucional y que establezca reglas claras para preservar su pluralidad, su estabilidad y su capacidad de representar a la sociedad. No se trata de volver al pasado, sino de <strong>construir un modelo que combine participación con responsabilidad, apertura con garantías, liderazgo con contrapesos</strong>.</p><p>En última instancia, la política debe responder a una exigencia básica, resolver problemas. Y para resolverlos necesita partidos capaces de debatir, de escuchar, de integrar sensibilidades diversas y de elaborar propuestas sólidas. La pluralidad no es un obstáculo, es una condición de calidad democrática.</p><p><strong>Las primarias, tal como se han aplicado, han generado más ruido que debate, más personalismo que proyecto</strong>. Es hora de repensarlas. No para eliminarlas, sino para devolverles su sentido original: ser un instrumento al servicio de la democracia interna, no una coartada para reforzar liderazgos sin contrapesos.</p><p>_____________________________</p><p><em><strong>José María de la Riva </strong></em><em>es profesor de Geografía y ex concejal del Ayuntamiento de Madrid con el PSOE.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 18 Jul 2026 04:01:11 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José María de la Riva]]></author>
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      <title><![CDATA[¿Estamos ante un nuevo 'sindicato del crimen'?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/nuevo-sindicato-crimen_129_2202088.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/c7b9c705-f035-4e40-b6a6-4f0e63323cb0_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Estamos ante un nuevo “sindicato del crimen”?"></p><p>Por momentos, la historia política española parece avanzar a bandazos, pero no pocas veces lo hace también en círculos. Hay fenómenos que, bajo distinta apariencia, regresan con una inquietante cercanía. Uno de ellos es el<strong> debate sobre la existencia de un entramado mediático, judicial y político que</strong>, de forma más o menos coordinada, <strong>actuaría para desgastar a determinados gobiernos</strong>. </p><p>La pregunta que aparece hoy, con mayor o menor intensidad, es inevitable: ¿estamos ante una reedición, adaptada al siglo XXI, de aquel denominado '<strong>sindicato del crimen'</strong> y de la '<strong>caverna mediática' </strong>(que ya Platón reflexionó en su famosa alegoría) de mediados de los 90 del siglo XX? </p><p>Conviene recordar el origen del término. A mediados de los años 90, en la última etapa de gobierno de Felipe González, varios periodistas y medios de comunicación de orientación conservadora fueron señalados por su papel protagonista en una sucesión de informaciones que contribuían a erosionar la imagen del gobierno socialista. Con el tiempo, algunos de aquellos protagonistas, como <strong>Luis María Anson</strong>, llegaron a admitir públicamente la existencia de una estrategia para “acabar con el Gobierno” en una época en la que, según sus propias palabras, se trataba de una prioridad política. Aquellas declaraciones, realizadas años después, cuando cualquier posible implicación penal carecía ya de recorrido, confirmaron lo que en su momento muchos sospechaban, pero pocos podían demostrar.</p><p>El llamado 'sindicato del crimen' no era, en realidad, una organización formal, ni tenía actas, portavoces ni sede. Era una <strong>confluencia de intereses</strong>, una <strong>sintonía ideológica</strong> <strong>y</strong> <strong>estratégica</strong> entre determinados actores mediáticos y, probablemente, otras instancias menos visibles del poder. El fenómeno fue complejo; a la labor informativa, legítima en sí misma, se sumaron filtraciones interesadas, amplificaciones selectivas de escándalos y una narrativa constante de desgaste. Paralelamente, diferentes investigaciones judiciales adquirían notoriedad pública en un flujo continuo que contribuía a generar una sensación de crisis permanente.</p><p>Nadie, en aquel momento, reconocía formar parte de una operación coordinada. Y, sin embargo, <strong>el efecto progresivo de informaciones, titulares y procesos judiciales creaba un clima político irrespirable</strong>. La percepción terminó siendo tan relevante como los hechos en sí mismos.</p><p>Hoy, décadas después, la situación presenta paralelismos que invitan, al menos, a la reflexión. Sin poner en duda, como no puede ser de otra forma, la independencia de la justicia ni la legitimidad de las investigaciones en curso, resulta llamativo que en determinados momentos <strong>se concentren en pocos días múltiples casos que afectan a un mismo espacio político</strong>. No se trata de negar los hechos ni de defender a los implicados, sino de observar los tiempos, el tratamiento informativo y la <strong>intensidad del foco mediático</strong>.</p><p>Frente a esa rapidez y visibilidad, contrasta la <strong>lentitud con la que avanzan otros procesos judiciales</strong> de enorme relevancia relacionados con el Partido Popular. Casos como el del señor González Amador (más conocido como el novio de Doña Isabel Díaz Ayuso) el denominado<em> Kitchen</em>, el <em>caso Montoro</em> o la macrocausa <em>Púnica</em> han avanzado durante años a un ritmo que difícilmente capta la atención diaria de la opinión pública. Las resoluciones se dilatan, los titulares escasean y el impacto político se difumina. No es que estos casos no se investiguen, es que rara vez protagonizan la agenda informativa con la misma intensidad que otros.</p><p>Esta asimetría en la cobertura mediática es, quizás, uno de los elementos más reveladores. Los grandes medios de orientación conservadora, con honrosas excepciones, tienden a abrir con amplios titulares cuando las investigaciones afectan al PSOE, mientras relegan a espacios secundarios o diluyen en el tiempo aquellas que perjudican al PP. Se oscurece deliberadamente la influencia de sectores radicales de EEUU, con los que se reúnen en la embajada de dicho país los señores Feijóo y Abascal.<strong> </strong>No se trata de una conspiración explícita, sino de una directriz editorial que, repetida sistemáticamente, <strong>acaba configurando una determinada percepción de la realidad</strong>. </p><p>El resultado es un marco en el que <strong>una parte de la ciudadanía percibe una acumulación constante de escándalos en torno a un solo espacio político</strong>, mientras que <strong>otros aparecen relativamente a salvo o, al menos, menos expuestos</strong>. En política, esa percepción es determinante, influye en la confianza, en la credibilidad y, en última instancia, en el voto.</p><p>¿Significa todo esto que existe hoy un nuevo 'sindicato del crimen' en el sentido clásico del término? Probablemente no en la forma que tuvo en los años 90. <strong>Las dinámicas actuales son más complejas, más fragmentadas y, en muchos casos, menos visibles</strong>. Las redes sociales, la multiplicación de canales informativos y la velocidad de la información han transformado profundamente el ecosistema mediático. Sin embargo, la posibilidad de que exista una convergencia de intereses entre determinados poderes económicos, mediáticos y políticos no puede descartarse sin más.</p><p>España sigue siendo un país en el que los grandes grupos económicos mantienen una notable influencia, directa o indirecta, sobre el panorama mediático. Y esos poderes, por tradición y afinidad ideológica, han estado más próximos a posiciones conservadoras que progresistas. La hipótesis de que una parte de estas élites vea con incomodidad, o incluso con hostilidad, a gobiernos del PSOE no resulta descabellada desde un punto de vista histórico.</p><p>A ello se suma un elemento clave que es la<strong> utilización política de los tiempos</strong>. No es lo mismo que una investigación judicial avance de forma discreta durante años que su irrupción en la agenda pública se concentre en momentos de alta tensión política o electoral. Sin necesidad de cuestionar la actuación de jueces y fiscales, cabe preguntarse por los mecanismos mediante los cuales determinadas informaciones llegan a los medios en momentos especialmente sensibles.</p><p>La famosa frase atribuida a José María Aznar, <strong>“el que pueda hacer, que haga”</strong>, resuena en este contexto con una vigencia inquietante. Más allá de su interpretación concreta, encierra una idea de movilización de recursos y capacidades al servicio de un objetivo político. Cuando distintos actores, cada uno desde su ámbito, actúan en la misma dirección, el efecto puede ser indistinguible de una estrategia coordinada, incluso aunque no exista una coordinación explícita.</p><p>La cuestión no es tanto si existe o no un nuevo 'sindicato del crimen' con estructuras reconocibles, sino <strong>si el sistema democrático español dispone de los suficientes contrapesos para garantizar una competencia política en condiciones de equidad</strong>. La pluralidad mediática, la independencia judicial y la transparencia institucional son pilares esenciales de esa garantía. Cuando uno de ellos parece inclinarse, aunque sea levemente, el equilibrio se resiente.</p><p>La historia reciente nos recuerda que la combinación de presión mediática, judicialización de la política y desgaste continuado puede tener efectos decisivos. Negar esa posibilidad sería ingenuo. Aunque afirmarla sin matices parece irresponsable. Entre ambas posiciones, se encuentra el terreno de <strong>una reflexión necesaria</strong>, la de una democracia que debe vigilar no solo sus instituciones formales, sino también las dinámicas informales que, a veces, acaban siendo igual o más influyentes.</p><p>Porque si algo nos enseña el pasado es que, <strong>en política, los nombres cambian, pero las lógicas de poder tienden a repetirse</strong>. Y, en ese modelo, España haría bien en mirarse con atención.</p><p>_____________________________</p><p><em><strong>José María de la Riva </strong></em><em>es profesor de Geografía y ex concejal del Ayuntamiento de Madrid con el PSOE.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 03 Jun 2026 04:00:44 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José María de la Riva]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Periodismo,Justicia,Política,Opinión]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Las noticias falsas, ¿son libertad de expresión?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/noticias-falsas-son-libertad-expresion_129_2181022.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/5b788a64-dc59-4462-80cc-e85ce903a765_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las noticias falsas, ¿son libertad de expresión?"></p><p>La <strong>libertad de expresión</strong> es uno de los pilares fundamentales de las sociedades democráticas. A lo largo de la historia, este derecho ha sido menospreciado, restringido y hasta reprimido en numerosas ocasiones. Sin embargo, <strong>la evolución de la conciencia social,</strong> junto con el avance de tecnologías como la imprenta y, más recientemente, las plataformas digitales, ha permitido que este derecho se consolide como un elemento <strong>incuestionable en la vida cotidiana</strong> de las personas. En el contexto actual, donde la información circula a un ritmo vertiginoso gracias a la digitalización, es imprescindible <strong>mantener y proteger la libertad de expresión</strong>, al tiempo que se reflexiona sobre <strong>cómo regular los nuevos medios</strong> sin comprometer este derecho fundamental. </p><p>El desarrollo de la imprenta en el siglo XV marcó un antes y un después en la comunicación humana. Este invento democratizó el acceso al conocimiento y permitió que <strong>las ideas circularan con mayor libertad</strong>. La difusión de pensamientos, críticas y enfoques sobre la realidad política, social y cultural fomentó un ambiente de debate que propició cambios significativos. Movimientos como la <strong>Ilustración </strong>no hubieran sido posibles sin la capacidad de compartir ideas de forma masiva.</p><p>No obstante, la <strong>imprenta </strong>también <strong>trajo consigo nuevos desafíos.</strong> Los gobiernos comenzaron a regular la publicación de materiales considerados subversivos o peligrosos. A pesar de estas restricciones, la imprenta sentó las bases para que la libertad de expresión se convirtiera en un valor primordial a luchar y preservar. </p><p>Con la llegada de la tecnología digital, <strong>la forma en la que consumimos información</strong> <strong>ha cambiado</strong> radicalmente. Plataformas como redes sociales, blogs y sitios informativos permiten a cualquier individuo convertirse en emisor de contenido. Esto ha <strong>democratizado aún más el acceso a la información,</strong> pero también ha generado problemas serios, como la propagación de noticias falsas y la desinformación a gran escala.</p><p>La preocupación por las <em>fake news</em> no es nueva; siempre ha existido la tendencia a <strong>manipular la información para diversos fines</strong>. Sin embargo, en la era digital, la velocidad a la que se difunden estas informaciones falsas y la facilidad con que se puede acceder a ellas han amplificado su impacto. Este panorama plantea la necesidad de encontrar un equilibrio entre la <strong>libertad de expresión</strong> y la <strong>regulación de los contenidos</strong> <strong>en línea. </strong></p><p>A menudo se plantea la necesidad de regular el contenido digital para <strong>evitar la propagación de información falsa y dañina.</strong> Sin embargo, esta regulación no debe interpretarse como un intento de censura. La identificación de los emisores de contenidos puede ser una herramienta valiosa para asegurar la responsabilidad en la difusión de información. Al exigir que los <strong>autores de contenido digital se identifiquen,</strong> la sociedad puede reclamar mayor responsabilidad a quienes difunden información, facilitando así un entorno de comunicación más transparente y seguro. Esto está perfectamente regulado en los medios denominados tradicionales, impresos o audiovisuales, donde la publicación de contenidos tiene siempre como último responsable al director de la publicación o al propietario de esta. En dichas cabeceras se realizan <strong>publicaciones firmadas</strong>, pero también con <strong>seudónimos</strong>, y en estos últimos es el director el responsable de lo publicado. ¿Por qué no se puede hacer una regulación similar con los medios digitales y redes sociales? ¿quién tiene interés en seguir publicando de forma anónima? </p><p>De la responsabilidad de una noticia o de un conocimiento, tiene que hacerse cargo <strong>quien la produce o quien autoriza su publicación,</strong> lo que no impide que sea fundamental que esta identificación no comprometa la libertad de expresión, por eso los periodistas y sus empresas tienen garantizado el anonimato de sus fuentes de información. Es necesario <strong>regular que se pueda responsabilizar a los propietarios</strong> de las plataformas que autorizan información falsa, como pasa con los medios tradicionales.</p><p>No obstante, cualquier forma de regulación debe ser <strong>cuidadosamente diseñada </strong>para no inhibir el intercambio libre de ideas. </p><p>Además de la regulación, es esencial fomentar la educación mediática dentro de la sociedad. Los ciudadanos deben ser capaces de <strong>discernir entre información veraz y falsa,</strong> y para ello, es necesario enseñarles a <strong>evaluar las fuentes y el contenido que consumen</strong>. La alfabetización mediática puede empoderar a las personas para que se conviertan en consumidores críticos de información, lo que a su vez puede ayudar a mitigar el impacto negativo de las noticias falsas y preservar la calidad del discurso público.</p><p>La lucha por la libertad de expresión no está exenta de retos. En muchas partes del mundo, incluyendo democracias consolidadas, se observa un creciente autoritarismo que busca silenciar voces disidentes. La <strong>autocensura se convierte en un mecanismo de defensa</strong> ante posibles represalias, lo que limita aún más el debate público. En este contexto, es más importante que nunca defender este derecho, no solo como un principio abstracto, sino como una herramienta vital para la progresión social.</p><p>La conclusión es que necesitamos preservar la libertad de expresión en la era digital, y se trata de una tarea que requiere un planteamiento de <strong>múltiples dimensiones.</strong> La historia nos muestra que este derecho no debe darse por sentado, ya que ha sido y sigue siendo amenazado. La revolución digital ha transformado la comunicación y ha planteado <strong>desafíos significativos, </strong>pero también oportunidades únicas para el intercambio de ideas y la promoción del conocimiento.</p><p>Al buscar un equilibrio entre la libertad de expresión y la necesidad de regular el contenido en línea, es esencial <strong>mantener el respeto hacia la autonomía individual y la diversidad de pensamiento. </strong>La educación mediática jugará un papel crucial en este proceso, capacitando a los ciudadanos para navegar de manera crítica en un mar de información. Así, debemos construir una sociedad donde la libertad de expresión siga siendo un pilar fundamental, promoviendo un discurso plural y enriquecedor que beneficie a todos, pero responsabilizándonos de lo que informamos o damos a conocer.</p><p>_____________________________</p><p><em><strong>José María de la Riva Ámez </strong></em><em>es profesor de Geografía y ex concejal del Ayuntamiento de Madrid con el PSOE.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 23 Apr 2026 04:01:52 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José María de la Riva]]></author>
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