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    <title><![CDATA[infoLibre - Josefine Table]]></title>
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    <description><![CDATA[infoLibre - Josefine Table]]></description>
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      <title><![CDATA[El verano que se cerraron las ventanas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/verano-cerraron-ventanas_1_2234996.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/f73e6d16-69a3-477b-86b3-d78178fd31ce_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El verano que se cerraron las ventanas"></p><p><strong>Antonia Molina Pérez</strong> tenía 13 años. Puede que fuera a la escuela o puede que la hubiera abandonado para trabajar. Puede que le gustara jugar y saltar, o tal vez prefiriera leer. Puede que quisiera ser maestra, o tal vez enfermera. Probablemente el <strong>verano de 1936</strong> hubiera hecho un plan que le despertara una gran <strong>ilusión</strong>; no tenía por qué ser muy especial, tal vez corretear por el entramado de calles del <strong>Albayzín </strong>con sus amigos, o refrescarse con su hermana en el río <strong>Genil</strong>. Pero no lo sabemos con certeza. Porque lo único que sabemos es que <strong>su vida fue arrebatada por los sublevados en el cementerio de Granada</strong> el <strong>23 de julio de 1936</strong>, el mismo día que se hicieron con el control total de la ciudad. </p><p>Las mismas calles que hacía tan solo cinco años se habían llenado de esperanza, de euforia y de <strong>expectativas </strong>por los cambios; el <strong>verano del 36 se tiñeron de rojo</strong>. Un verano inusual, en el que las <strong>ventanas no se abrían</strong> para dejar pasar la brisa de la mañana, sino que se <strong>cerraban </strong>para dejar atrapado el temor en las casas. Un verano en el que las ancianas no sacaban las <strong>sillas de anea al fresco por la noche</strong>,<strong> </strong>porque la noche ya no sonaba a cháchara, sino a <strong>disparos secos</strong>. Un verano en el que los niños dejaron de bajar al río porque el río sabía a sal. En definitiva, el <strong>verano del 36 no olía a verbena </strong>y estío, sino a <strong>pólvora</strong>, a <strong>ceniza </strong>y a metal. </p><p>La guerra que estalló tras el <strong>fracaso del golpe de Estado</strong> del 17 de julio de 1936 no fue tímida. Su <strong>violencia descarnada</strong> se dejó ver desde el primer día con una arquitectura del <strong>terror sistemática</strong>, orquestada para <strong>aniquilar </strong>cualquier disidencia, paralizar a la sociedad civil y generar el mayor <strong>miedo </strong>posible contra hombres, mujeres, ancianos y niños. Daba igual. </p><p><strong>¿Con qué terror desgarrador no mirarían los niños a sus padres cuando una mañana calurosa unos cuantos falangistas los arrastraran fuera de casa? </strong></p><p><em>— “¿Eso significa que tendrá que matar a la mitad de España?”</em></p><p><em>— “He dicho a cualquier precio”.</em></p><p>(Francisco Franco, <em>Chicago Tribune</em>, 28 julio 1936). </p><p><strong>¿Con qué pavor no observarían las ancianas a través de los visillos escuchando los fusilamientos en las tapias de los cementerios? </strong></p><p><em>“En resumen: ni rendición, ni abrazos de Vergara, ni pactos del Zanjón, ni nada que no sea victoria aplastante y definitiva”. </em></p><p>(Emilio Mola Vidal, alocución en Radio Castilla, agosto de 1936). </p><p><strong>¿Con qué angustia profunda no esperarían los hombres con el corazón tembloroso escuchar su nombre para salir? </strong></p><p><em>“Tristes armas / si no es amor la empresa. / Tristes, tristes. / Tristes armas / si no son las palabras. / Tristes, tristes. / Tristes hombres / si no mueren de amores. / Tristes, tristes".</em></p><p>(Miguel Hernández, <em>Cancionero y romancero de ausencias</em>, 1938-1941). </p><p><strong>¿Con qué miedo no cerrarían las puertas con cerrojo las mujeres ante la impunidad de la guerra? </strong></p><p><em>“Después de todo, estas comunistas y anarquistas se lo merecen. ¿No han estado jugando al amor libre? Ahora por lo menos sabrán lo que son hombres de verdad y no milicianos maricas. No se van a librar por mucho que forcejeen y pataleen”. </em></p><p>(Gonzalo Queipo de Llano, Radio Sevilla, 1936). </p><p>Fue <strong>miedo</strong>, <strong>resistencia </strong>y <strong>valentía </strong>lo que inundó aquel <strong>verano del 36 </strong>pero, sobre todo, una inmensa <strong>injusticia</strong>. Porque, seguramente, Antonia, que tenía 13 años, que no podría bañarse nunca más en el Genil, que quería ser una niña, y jugar y saltar y leer, <strong>ese verano murió</strong> antes de que le pudieran explicar lo que estaba pasando. Porque no sabemos de Antonia más que la fecha de su <strong>muerte </strong>y el lugar. Pero ya sabemos de Antonia más que de otras tantas víctimas que siguen <strong>sin paradero conocido</strong> en nuestro país. </p><p>El <strong>destino </strong>de Antonia y de millones de niños y de niñas se vio <strong>truncado el verano del 36</strong>. Las plazas se llenaron de <strong>cruces</strong>, los ateneos se cerraron, las escuelas rurales se quedaron <strong>sin maestras</strong>. Ese verano fue el último verano para quienes no ganaron la guerra. Luego vino el <strong>hambre</strong>, la <strong>vergüenza</strong>, los <strong>susurros </strong>y el <strong>luto perpetuo a escondidas</strong>. Hay quienes aún buscan explicación a lo ocurrido, pero no existe argumento que pueda justificar la <strong>barbarie</strong>, el <strong>odio </strong>y la <strong>violencia </strong>desplegada durante los 40 años que siguieron a 1936. </p><p>Hablar de números no suele ser necesario para condensar la <strong>brutalidad de la dictadura franquista</strong>. Además, las cifras no suelen reflejar la totalidad de sus víctimas. Pero la historiografía nos permite acercarnos a ellas: más de <strong>150.000 víctimas mortales</strong> entre 1936 y 1945, más de <strong>3.000 fosas comunes con 20.000 cuerpos sin exhumar</strong>,<strong> </strong>casi 200 campos de concentración por todo el país entre el 36 y el 39, más de 200.000 muertes por inanición entre 1939 y 1942, medio millón de <strong>exiliados </strong>que salieron sin fecha de vuelta y con una maleta desgastada. </p><p><strong>Los números nos dejan sin palabras </strong>y, sin embargo, la estadística se queda corta. Queda el reverso invisible del horror, quedan las violaciones y agresiones sexuales que se consumaron como botín de guerra, quedan las víctimas del <a href="https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/patronato-proteccion-mujer-siniestro-brazo-ejecutor-violencia-genero-dictadura_1_1690220.html"  >Patronato</a>, quedan los niños y las niñas con un miedo permanente, las <strong>personas marcadas de por vida por la dictadura</strong> en su más íntima cotidianidad. </p><p>Compartiendo el doloroso sentimiento de <strong>Luis Cernuda, 64 años después</strong>, solo nos queda decir: </p><p><em>“Es lástima que fuera mi tierra”. </em></p><p>(<em>Desolación de la Quimera</em>, 1962). </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 25 Aug 2026 04:01:26 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Josefine Table]]></author>
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      <title><![CDATA[Una memoria de aristas afiladas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/ideas-propias/memoria-aristas-afiladas_129_2226824.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/8539b79d-09be-40e4-a183-5905b6bc061d_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una memoria de aristas afiladas"></p><p><strong>Las guerras no caen sobre los pueblos como un manto.</strong> Esto no es realismo mágico. <strong>Las guerras son evitables, interesadas e injustas</strong>; una decadencia que se multiplica especialmente cuando hablamos de la Guerra Civil española.</p><p>Desde el 18 de julio de 1936 han transcurrido exactamente 90 años. El paso del tiempo es ineludible. Son ya muy pocas las personas que pueden rememorar aquellos años desde la experiencia vivida —y recordada—. Pero aún así, nosotras seguimos leyendo, haciendo vídeos, comentando, escribiendo artículos y debatiendo sobre el tema. No serán pocas las personas que a la llegada de estas líneas se lamenten: "¿Otra vez?", "¿Pero acaso quedan todavía cosas que decir sobre la Guerra Civil?". Otras, atrapadas en la falacia del falso dilema, insistirán en que debemos dejar de mirar atrás y centrarnos en el futuro (<strong>como si proyectar lo venidero no implicara necesariamente revisitar el pasado</strong>).</p><p>El caso es que sí. <strong>90 años después seguimos hablando de la Guerra Civil.</strong> Como apuntaba Nicolás Sesma en<em> </em><a href="https://elpais.com/opinion/2026-07-15/el-debate-hasta-cuando-seguiremos-hablando-de-la-guerra-civil.html" target="_blank" ><em>¿Hasta cuándo seguiremos hablando de la Guerra Civil?</em></a><a href="https://elpais.com/opinion/2026-07-15/el-debate-hasta-cuando-seguiremos-hablando-de-la-guerra-civil.html" target="_blank" >,</a> lo excepcional sería que no lo hiciéramos. ¿Por qué deberíamos renunciar a su relectura? ¿Cómo vamos a dejar de mirar una de las experiencias más cruentas y trágicas del pasado reciente de nuestro país? ¿Cómo someter al ostracismo un episodio que fue alterado, enaltecido y convenientemente silenciado durante décadas?</p><p><strong>Lo justo es, para nuestra memoria común e incluso, nuestra calidad democrática, que lo recordemos.</strong> No con rabia, no con nostalgia, sino con pedagogía, para plantearnos "qué no queremos ser". Pero no creáis que su venida al presente como lectores y espectadores debe ser sencilla, unívoca y poco problemática. A la vista está que todo lo contrario. Si bien la Historia ya es poliédrica, compleja y ambivalente; cuando se trata de recientes episodios traumáticos las opiniones se disparan y sus aristas se vuelven mucho más puntiagudas; la memoria acucia. No en vano a inicios de este año saltaba a la palestra nuevamente el debate sobre responsabilidades, narrativas y omisiones en el marco del polémico foro <em>1936: La guerra que todos perdimos,</em> coordinado por Arturo Pérez-Reverte y Jesús Vigorra.</p><p>A pesar de que la memoria colectiva tiene mucho de individual, a pesar de que el relato histórico nunca cae de un solo pie, cuando hablamos de la Guerra Civil sería importante llegar a ciertos consensos que nos brinda la propia historiografía. Porque <strong>lo que ocurrió en este, nuestro país, no fue una tragedia inevitable, fue un capricho de golpistas.</strong></p><p>El 17 de julio de 1936 un grupo de oficiales se sublevó en Melilla. Pero su intentona fracasó, el golpe no triunfó en todo el país, el pueblo se defendió y desencadenó una cruenta guerra que se extendería durante casi tres años. Pero este sector del Ejército no representaba a la mayoría, <strong>se levantaron contra un régimen democráticamente elegido en las urnas, atentaron contra la soberanía popular.</strong> Así, frente a la violencia, la ciudadanía defendió los derechos y libertades que tanto esfuerzo y sacrificio colectivo habían costado. Por eso, lo que estalló a partir del 18 de julio de 1936 —pero que venía granjeándose desde antes— no fue un destino trágico del pueblo español sino un capricho injusto de unos pocos. Tal vez esta sea la primera premisa de la que debamos partir: que lo que llegó con esperanza y celebración en las calles, se marchó con sangre, armas y la ayuda internacional del fascismo europeo. <strong>Una de las dos Españas ha de helarte el corazón.</strong></p><p>"Pero luego llegó la paz", o lo que es lo mismo, la institucionalización de la represión y la violencia. El 1 de abril de 1939 España anocheció con vencedores y vencidos. <strong>Y los vencedores llenaron las calles y las plazas. Y los vencidos llenaron las cárceles y las cunetas.</strong> Por eso, la guerra no la perdieron todos; porque algunos la ganaron; y obtuvieron honores y recompensas. Pero quienes la perdieron, perdieron sus vidas, su país, sus libertades, sus derechos, sus conquistas durante cuatro décadas. Después vino la omisión, la "reconciliación", el "consenso". Librarnos de la herencia de la "memoria de Franco" está siendo uno de los mayores retos para la memoria democrática.</p><p>Así que sí, a grandes rasgos, <strong>la memoria es plural, diversa, incluso se puede encontrar dividida.</strong> En la experiencia cotidiana —e histórica— conviven multitud de narraciones y vivencias. Por eso, no es un ejercicio sencillo el de memorar la Guerra Civil. Probablemente no traerá consigo el consenso unánime; pero sí traerá la praxis democrática siempre que sea <strong>el rigor, el respeto y la justicia lo que motive nuestro debate.</strong> <strong>El pasado no deja de apelarnos; nosotras elegimos cómo escucharlo.</strong></p><p>_________________________</p><p><em><strong>Josefa Mesa </strong></em><em>es</em><em><strong> </strong></em><em>graduada en Historia y divulgadora en redes sociales (@josefinetable).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 18 Jul 2026 04:01:10 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Josefine Table]]></author>
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