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    <title><![CDATA[infoLibre - María Granizo]]></title>
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    <description><![CDATA[infoLibre - María Granizo]]></description>
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      <title><![CDATA[Sesenta años del Muro: la memoria de sus víctimas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/sesenta-anos-muro-memoria-victimas_1_1208263.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/6dccf758-f567-4c42-89e0-8bc8a6d85caf_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Sesenta años del Muro: la memoria de sus víctimas"></p><p><strong>Era víspera de domingo</strong>: "Nos vemos mañana. Te quiero". Para Sigrid y Erich el futuro tardó mucho en llamarse oportunidad.</p><p>El <strong>13 de agosto de 1961</strong>, el matrimonio Krause debía haber estrenado su nuevo apartamento. Llevaban casados menos de cuatro años. Querían tener hijos, una casa más espaciosa y un empleo con más porvenir. Habían decidido trasladarse desde Magdeburgo, la ciudad de la Alemania Oriental en la que había nacido Sigrid y en la que residían, a la próspera Osnabrück, la tercera ciudad más grande del estado federado de la Baja Sajonia. Sus planes para reunirse aquel día e ir a comprar los muebles de su dormitorio se vieron tan frustrados como su propósito de continuar la vida juntos. Erich se había ido una semana antes a la nueva casa para ir acondicionándola. Ella había adquirido un billete para recorrer, aquella mañana de domingo, los doscientos ochenta y cinco kilómetros que separaban ambas ciudades. Pero Sigrid no pudo subirse al tren. <strong>El Muro de la vergüenza no solo separó a la pareja durante más de veintiocho años</strong><em> </em> sino que se convirtió en una barda en la que su libertad quedó estrellada diez mil trescientos treinta y cinco días. Uno tras otro, sin verse ni volver a tener comunicación.</p><p>Entre 1949 y 1961, más de dos millones y medio de personas habían abandonado la RDA desde Berlín Oriental. También checos y polacos veían en el lado occidental de la ciudad la puerta hacia Occidente. <strong>La mayoría de esa corriente migratoria estaba compuesta por jóvenes muy formados. </strong>Su huida se convirtió en una amenaza para la economía de la RDA. Además, unos cincuenta mil obreros de Berlín Oriental, los <em>Grenzgänger, </em>trabajadores fronterizos<em>,</em> vivían en Berlín Oeste porque allí tenían sus empleos. Como ellos, solo en 1960, se trasladaron casi doscientas mil personas. La República Democrática Alemana se encontraba al borde del colapso social y económico.</p><p>Sin previo aviso, en la noche del 12 al 13 de agosto de 1961, <strong>la RDA comenzó la construcción de lo que llamaron "Muro de protección antifascista" </strong>cuyo objetivo era "protegerse contra la inmigración, la infiltración, el sabotaje, el espionaje, el contrabando y la agresión de los occidentales". El muro debía servir a los dirigentes del Bloque del Este para detener la evasión de los trabajadores socialistas mediante el aislamiento. Algo más de cuarenta y tres kilómetros que separaron, de la noche a la mañana, este y oeste de la ciudad. <strong>Familias enteras quedaron partidas en dos. </strong>La del matrimonio Krause fue solo una de ellas: Sigrid no pudo salir de la Alemania Oriental y a Erich no se le permitió cruzar desde la Alemania Occidental. Sus intentos de comunicación fueron baldíos. Las cartas que trataron de intercambiarse nunca llegaron a su destino: la Stasi, el órgano de inteligencia de la Alemania Oriental, las interceptaba. Y como tantos ciudadanos de la RDA, Sigrid no tenía teléfono. El contacto entre ambos se rompió. Continuaron respirando, pero no viviendo. Su futuro se paró aquel domingo de verano y se convirtió en algo inalcanzable.</p><p>La inicial construcción del muro no solo separó amores. De un día para otro, barrios, casas, calles y plazas quedaron fragmentadas.<strong> La cortina de hierro segmentó un país y dividió al mundo. </strong>Y, dividiéndolo, se cobró la vida de decenas y decenas de personas.</p><p><strong>Despertar tapiados</strong></p><p>No fue casual que la dirección del SED, la principal formación política de la República Democrática Alemana, <strong>eligiera un día festivo de las vacaciones de verano para levantar el muro. </strong>En la frontera del sector soviético hacia Berlín Oeste la barrera era tan provisional como el apilamiento de los adoquines arrancados de las calles con las que lo habían hecho durante la noche, al mismo tiempo que las unidades de la policía prohibían el tráfico en las fronteras y quedaba suspendido el transporte urbano.</p><p>Durante los siguientes días, se fueron sustituyendo los rollos de alambre de espino, que separaban Berlín Este de Berlín Oeste, por un muro construido con grandes placas de hormigón. <strong>El Gobierno de la RDA desalojó por la fuerza muchas viviendas y tapió las entradas frontales y las ventanas de las situadas en calles como la Bernauer Straße</strong>, donde las aceras quedaban en el lado de Berlín Occidental y las casas en el Oriental. A medida que pasaron las semanas, el sistema de control se fue ampliando tanto en los cuarenta y tres kilómetros de frontera que atravesaba el centro de la ciudad, como en los ciento doce kilómetros fronterizos de la periferia.</p><p>Aquella tapia se fue convirtiendo en una franja de muerte, de más de tres metros y medio de altura, vigilada por trescientas torres de control, otras tantas de vigilancia canina, una veintena de bunkers, más de un centenar de kilómetros con fosas antivehículos y otro de caminos de patrullaje. <strong>En algunos tramos, fuera de la ciudad, se instalaron también sistemas de disparo automático y de minas. </strong>Sin embargo, su ampliación y sofisticación paulatina no evitó que desde que se erigió, en 1961, hasta que fue derribado, en 1989, dejara de mancharse de sangre: se calcula que más de cien mil ciudadanos de la RDA intentaron huir a través de la frontera interalemana y más de seiscientos perdieron la vida. <strong>Al menos ciento cuarenta personas murieron en el propio muro</strong>: "Contar muertos es difícil. La cifra de ciento cuarenta víctimas oficiales del Muro de Berlín no deja de ser simbólica porque atañe solamente a la frontera berlinesa y no a la <em>Innengrenz,</em> esto es, la frontera entre los dos países donde también murió gente asesinada". Sergio Campos Cacho, autor de <em>En el Muro de Berlín</em> (editorial Espasa) recoge la geografía funeraria de aquella pared que acabó con la vida de "treinta y una personas que murieron sin tener intención de cruzar al otro lado: accidentalmente, disparados por error o ayudando a otros a escapar. Ocho guardias fallecieron también en enfrentamientos contra fugitivos. Las ciento una víctimas restantes se ahogaron en los ríos o lagos que cruzan y circundan Berlín o por disparos hechos por los <em>Grenzer, </em>los guardias fronterizos".</p><p><strong>Víctimas, con nombre y apellido, por tierra, agua y aire</strong></p><p><strong>Ida Siekmann</strong>, soltera de cincuenta y ocho años, fue una de las primeras ciento cuarenta personas a las que la desesperación, que padecieron tantos berlineses aquellos días, condujo a la muerte. El bibliotecario y articulista, residente en Alemania, Campos Cacho ha documentado el fallecimiento de aquella mujer que llevaba treinta años viviendo en el tercer piso del número cuarenta y ocho de la Bernauer Strasse: "Desde el 13 de agosto solo podía acceder a su casa por la zona occidental y se vio realmente encerrada cuando la policía tapió la puerta. Su hermana vivía al otro lado, a muy pocas manzanas, pero no podían comunicarse". <strong>Solo nueve días después de la división, el 22 de agosto, a las siete de la mañana, saltó y murió.</strong> "Todavía no habían llegado los bomberos con la lona. Solo pudieron llevarse su cuerpo y tapar con arena el charco de sangre que quedó después de que se tirara por la ventana".</p><p>En la misma zona de la ciudad se iniciaron más de<strong> una docena de túneles</strong> con el mismo objetivo, huir de una ciudad convertida en una prisión: "Desde el sótano de una panadería desocupada, Wolfgang Fuchs (nacido en 1939) y varios amigos cavaron dos túneles, cada uno de unos ciento cuarenta y cinco metros de largo y diez metros de profundidad, hasta Berlín Oriental, que tardaron seis meses en completarse. Querían permitir que la gente de la RDA escapara bajo el muro hacia la libertad". Una noche de enero de 1964, tres mujeres lograron cruzar al otro lado por el primer túnel: "Al día siguiente, el Servicio de Seguridad del Estado de la RDA lo descubrió y lo hizo intransitable lanzando una granada". A través del segundo túnel, "que fue excavado unos cinco metros paralelos al primero, cincuenta y siete hombres, mujeres y niños escaparon al Oeste durante las noches del tres al cinco de octubre de 1964". Se convirtió así en el corredor subterráneo más exitoso de Berlín: "La RDA construyó entonces otro transversal, equipado con tecnología de escucha para poder localizar más excavaciones en una etapa temprana".</p><p>Erna Kelm, una enfermera de cincuenta y tres años, fue otra baja mortal, esta vez del <strong>"Muro de agua"</strong>: "Se ahogó el once de junio de 1962 cuando trataba de cruzar la frontera. En una media encontraron su carné de identidad y otros documentos envueltos en plástico, lo único que llevaban consigo la mayoría de los fugitivos: papeles para empezar una nueva vida".</p><p>También se consideraron víctimas de aquella siniestra división "cinco niños de Berlín Oeste que se ahogaron en el Spree tras caer accidentalmente a sus aguas. El motivo que los convierte en cinco gotas más en el océano de los crímenes del muro tiene que ver con la amenazadora sombra de la frontera, que <strong>impidió a ciudadanos y policías del Oeste lanzarse al río para salvarlos. </strong>De haberlo hecho, habrían sido considerados infractores y violadores fronterizos, y habrían podido morir por los disparos de los <em>Grenzer</em>". Las autoridades de ambos países "tardaron diez años en crear un reglamento que permitiera el rescate de las personas caídas accidentalmente en el río". <strong>Entre 1972 y 1975 murieron, en el mismo lugar, otros cuatro niños.</strong></p><p>Una gélida noche de enero de 1973 fue testigo de otra terrible muerte que demostró que el tiempo es irreversible: "A las dos y media de la madrugada, los guardias pasaron un camión de cinco toneladas cuyos papeles fueron revisados a conciencia. El control llevó algún tiempo más de lo habitual.<strong> Una joven pareja, Klaus e Ingrid,</strong> viajaba escondida en unas cajas junto a Holger, su bebé de quince meses". Él era montador y ella era profesora. Se habían conocido durante un viaje a Moscú, llevaban casados dos años y vivían en Turingia: "Habían llegado con su coche a las inmediaciones de la frontera, donde les esperaba un amigo con el camión. Durante el control, el niño que padecía una bronquitis se puso a llorar y la madre le tapó la boca con la mano. Terminó la revisión de los papeles y el camión pasó el control. El amigo golpeó la cabina con fuerza: la fuga había sido un éxito. Ya en Berlín Oeste, el conductor se dirigió a la policía para reportar la fuga y para que la pareja recibiera la ayuda necesaria. Cuando abrieron el portón, la madre les comunicó que el bebé había muerto. Se le había taponado la nariz a causa de la infección en los bronquios y en el oído. No pudo respirar porque su madre le había tapado la boca y se asfixió. <strong>La pareja fue internada en el campo de refugiados de Marienfelde</strong>. Como la mayoría de los que lograron llegar a allí, no tenían ni papeles, ni trabajo, ni vivienda, ni dinero". Habían pasado con lo puesto y con un hijo que habían perdido.</p><p><strong>A finales de 1980, cuando el Muro estaba más vigilado que nunca, una joven de 18 años también murió tratando de escapar</strong>, con su novio y un amigo de este, tras haber solicitado sin suerte salir de la RDA: "Una noche, tras sortear la primera barrera con una escalera plegable, llegaron los tres al muro. Sonaron las alarmas cuando los dos hombres ya estaban en el otro lado y Marienetta Jirkowsky se encontraba a punto de saltar ayudada por su novio. Ella era demasiado bajita para alcanzar la parte alta por sí sola. Los soldados abrieron fuego" y la chica, que había decidido seguir a su novio por la oposición de sus padres a aquella relación, murió con una bala en el estómago.</p><p>Nueve meses antes de que se abriera aquel siniestro bastión, <strong>Winfried Freudenberg, un joven ingeniero de 32 años, perdió la vida </strong>cuando "el globo aerostático con el que sobrevoló la frontera se estrelló en Berlín Oeste. Quería abandonar el país junto a su mujer, Sabine, que le había ayudado con paciencia a construir el globo comprando los materiales necesarios y cortando el contacto con su familia para impedir las represalias de la Stasi".</p><p><strong>El fin de la pesadilla</strong></p><p>El <strong>9 de noviembre de 1989, después de veintiocho años, tres meses y veintiséis días, las excavadoras comenzaron la demolición del Muro de la vergüenza</strong>: "Las puertas abiertas debían ensancharse hasta no dejar en pie más que unos fragmentos testimoniales". Mazas y martillos marcaban el epílogo del siglo XX. Los berlineses lo cruzaron, lo vieron caer y disfrutaron cuando estaba hecho pedazos.</p><p>La RDA regaló un fragmento al Papa Juan Pablo II y otro a la Biblioteca Kennedy. Pero <strong>no renunció al negocio: vendió trozos del muro y tres de aquellos paneles llegaron a Madrid </strong>por encargo del alcalde Rodríguez Sahagún. Cada bloque costó tres millones de pesetas, dieciocho mil euros, pero antes de ser instalados en la capital, la frontera de hormigón volvió a mancharse de sangre. "El dos de septiembre de 1990, el <em>New York Times </em>informaba de la muerte de un muchacho: 'Una losa de hormigón del Muro de Berlín se desplomó y aplastó a un niño de catorce años mientras trataba de arrancar fragmentos como recuerdo<em>". </em></p><p>Cuando ya había resucitado lo cotidiano, "cuando cruzar de acera ya no era un delito castigado con la muerte", Sigrid trató de establecer de nuevo contacto con Erich Krause, el hombre con el que se había casado 30 años antes. Después de varios intentos infructuosos, el destino por fin se puso de su lado: Erich se presentó en su casa con un gran ramo de flores que, sin embargo, no abarcaba la emoción de la pareja. Después del reencuentro, ninguno de los dos quiso que un largo capítulo de su vida se convirtiera en toda su historia: en el mismo lugar y en la misma fecha en la que habían contraído matrimonio, pero 35 años después, en 1992, volvieron a darse el "sí quiero".<strong> El Muro les había robado para siempre tres décadas, casi toda una vida</strong>. Por eso, ellos no quisieron guardar ni una mínima piedra de tanto dolor. Ocho años después de su segunda boda, en el año 2000, la enfermedad volvió a separarlos: Erich murió.</p><p>Sigrid hoy <strong>pone flores frescas a su marido y a otras víctimas </strong>porque "los que no tienen presente el pasado están condenados a repetirlo". Y mientras mira fotos del hombre al que amó, incluso en la bruma del dolor y de la ausencia, pone voz a Benedetti diciendo: "Si la vida fuera otra y la muerte llegase entonces, te amaría hoy, mañana… Por siempre… Todavía".</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 13 Aug 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[María Granizo]]></author>
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      <title><![CDATA[Antonio Dechent: “A nuestra actualidad la titularía 'La jaula de las locas', 'Grupo salvaje' o 'La jauría humana'"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/videolibre/playlist-de/antonio-dechent-actualidad-titularia-jaula-locas-grupo-salvaje-jauria-humana_1_1207908.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/374b174a-975e-48ee-b40a-97a21b36af2c_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="Antonio Dechent: “A nuestra actualidad la titularía 'La jaula de las locas', 'Grupo salvaje' o 'La jauría humana'""></p><p>Comenzó a jugar mucho antes de que le robara, a escondidas, el chupete a su hermana pequeña: apenas tenía tres años, pero ya quería recortar un trocito de mundo y manipularlo para entenderlo. Recorriendo el hispalense Paseo de la O llegó al colegio y allí jugó, con sus compañeros, a hacerse el gracioso “<strong>para evitar sus malos tratos</strong>”. El juego se llamaba teatro y, gracias a él, se inventó la vida y acabó siendo verdad: “Cuando dicen acción, te pones a jugar, y cuando dicen corten, se acaba el recreo”.</p><p>Antonio nació en el corazón de Sevilla, pero en su vida nunca ha sido un señorito andaluz. No lo fue cuando trataba de salir adelante recolectando fresas o echando las redes al mar en la costa portuguesa. Tampoco cuando, con dieciséis años, vendía seguros para perros y hacía encuestas. No lo fue cuando se ganó el pan trabajando como acomodador y bibliotecario. Mucho menos cuando se vio llorando, con dieciocho años, en una pensión de Zafra porque había tocado muchas puertas que solo se abrieron para confirmarle que no había nacido para ser comercial y para recordarle la fina pluma de Valle-Inclán<em>: </em>“<strong>El comercio honrado no chupa la sangre de nadie</strong>”. Tampoco fue ningún señorito cuando estudió Psicología ni cuando quiso ser escritor y su autoexigencia y honradez lo desestimaron. No lo fue cuando le puso la voz a Popeye. Ni siquiera cuando ensombreció a Nick Nolte coincidiendo en el reparto de la misma película o cuando fue candidato a un Goya, ganador de dos Biznagas de Plata y de una ristra de reconocimientos. No lo ha sido cuando los grandes directores de nuestro país le han escrito papeles a medida o cuando, pasando desapercibido en un guion, se convierte en el centro indiscutible de la escena.</p><p>Un cura de su colegio tuvo la culpa: le descubrió el placer de “decir la verdad en la que es todo mentira y estás disfrazado”. Entonces, se olvidó de querer ser de mayor “misionero o explorador” y arrancó su vocación “para decir las palabras de los grandes”: “Me subí al escenario siendo un niño. Llegó un momento en el que dirigía diez o doce obras al año con el padre Isaac. <strong>Llevaba a todos los alumnos de la escuela, desde los de preescolar a los de COU</strong>. Nunca pensé hacerme profesional, a pesar de que vivía en el teatro, y le dedicaba casi todas las horas del día”. Las de verano las reservó para disfrutar, a la fresca, del cine de verano en el que vio <em>Grupo salvaje, </em>el western de Sam Peckinpah que se convirtió en una de las cintas que le hicieron soñar con ser él quien estuviera un día en la pantalla en vez de en el patio de butacas.</p><p>Cambiaron las hojas del calendario y cuando ya leía a Cervantes y asentía a Albert Camus sentenciando que “tras la primera guerra púnica, Cartago seguía teniendo poder, tras la segunda seguía siendo habitable, y tras la tercera desapareció del mapa”, se hizo objetor de conciencia. Sin embargo, sin pisar un cuartel y manifestándose en contra de la OTAN, continuó jugando y<strong> haciéndolo se ha puesto todos los uniformes del mundo</strong>:” He hecho todo el escalafón de la Policía, desde el ministro del Interior hasta el último agente. Guardias civiles, generales del alzamiento nacional, Queipo de Llano, Millán, Mola, y otros muchos, menos Franco porque era muy bajito. No está mal para un niño asustadizo que se dedicó a esto por terror y que nunca elegiría la profesión de militar. Aunque, quizá, me daría más apuro emular al banquero del Vaticano”. Solo su corpulencia, su metro noventa, su talento y su voz grave han sido los responsables de que su largo historial de personajes autoritarios le hayan colgado la etiqueta de <em>el villano por excelencia </em>del cine español: “Me han dado decenas de papeles donde asusto a los demás. Más falso que eso…”</p><p><strong>Un hombre de altura</strong></p><p>Como auténtico caballero de Triana creció, rodeado de cinco hermanos, correteando por antiguas calles de marineros, de navieros y alfareros. Las mismas por las que hoy transita. Esas en las aún se habla de “barrio” y de “patios”, en las que se saluda a cuantos se cruzan con uno y a las que nunca ha querido dejar atrás: “En épocas de vacas flacas, en el terruño es donde más calentito se está”. Calles repletas de rincones en los que huele a jazmín y a la dama de noche, los aromas de su infancia. Plazuelas donde una copa de manzanilla o un sorbo de rebujito se convierte <strong>“en gloria bendita” con una tapa de puntillitas o un cartucho de “albur en adobo</strong>”. Donde solo las fachadas de las casas hablan de historia. Donde la canción hace honor al color especial de la ciudad. Donde la vista se emborracha de luz y donde él se contagió del germen del arte y de la lógica contradicción que acuna el río al que los romanos llamaron Betis: “Yo creo que el andaluz es el pueblo más sumiso, tal vez porque ha sido el más invadido, pero también es el pueblo con más ansia de libertad. Es el más alegre y, a la vez, el más desesperado. Si tuviera que resumirlo, lo diría con una letra de flamenco: <em>Cada vez que considero que me tengo que morir, yo tiro la mantita al suelo y yo me pongo a dormir</em>. Toda una filosofía de vida”.</p><p>A sus sesenta y un años, Dechent es un hombre de altura. Lo es cuando su grandeza le permite reconocer su propia pequeñez, cuando se define como un obrero de la interpretación y nos sorprende en cada una de sus cien películas como un centenar de personas distintas. Cuando, pese a protagonizar muchos títulos y encabezar ahora el cartel de <em>Hombre muerto no sabe vivir,</em> lucha por alimentar su vocación y no por quitarse también el sambenito de actor de reparto o por subir peldaños donde “los ojos se convierten en ilusionados embusteros” porque en la cima realmente “no hay nada”: “<strong>Yo soy un actor vocacional y todo lo que implica lo doy por bueno</strong>. Lo duro sería trabajar en una mina o trabajar durante doce horas para cobrar seiscientos euros”.</p><p>Es también un hombre de altura cuando sus palabras y sus actuaciones son ejercicio de coherencia. Cuando reafirma que un compromiso sin actuación tiene el mismo valor que una bicicleta sin ruedas. Cuando él, sin embargo, llega a muchas partes, colgándose un dorsal para correr contra el cáncer infantil o cuando levanta la voz para decir ¨no a la cosificación de las mujeres¨. Cuando lee un manifiesto por la Memoria Histórica, cuando sonríe al Día Mundial Sin Tabaco o cuando saca mandíbula y pone su cara más rotunda para mostrar su rechazo a “las hipotecas trampa”. Dechent también marca altura cuando muestra su apoyo a trabajadores en huelga para defender sus empleos: “El que aún tiene trabajo se ha convertido en casi un esclavo y <strong>se han agrandado las diferencias de sueldos y abierto un abismo entre ricos y pobres</strong>. El hombre se está convirtiendo en un lobo para el hombre. Vamos a acabar esperando al señorito en la plaza que diga: ‘A ver, usted que protesta poco y cobra menos, véngase conmigo. Los demás, quédense aquí que no quiero a nadie que reivindique sus derechos”.</p><p><strong>El malo de la película</strong></p><p>Treinta y cinco años de trayectoria profesional le han convertido en “un actor de carretera”, con tantos largos y cortometrajes, obras teatrales y series de televisión que hacen de él uno de los intérpretes más prolíficos de nuestra filmografía: “Como decía Pilar Bardem cuando le ofrecían un trabajo: ‘¡Por Dios que sea bueno! Porque lo tengo que hacer de todas maneras’. Aun teniendo el privilegio de que no me falte, <strong>no creo que podamos elegir demasiado</strong>”. Tal vez, por eso, su mayor éxito no es su arsenal de premios, ni siquiera el aplauso del público y de la crítica, sino que se le acumulen guiones: “El papel más raro que he hecho fue el del indígena <em>Nube de agua</em> en la cinta de Antonio Cuadri <em>Eres mi héroe. </em>Mi madre me dijo entonces que mi profesión era hacer el indio. Y yo estuve de acuerdo”.</p><p>El lugar en el que nació el malo de la película, y su mejor escuela de aprendizaje, tuvo nombre de bar, La Revuelta: “Le llamaron ‘el último reducto hippie de Sevilla’ y era el local que tuve en la década de los ochenta”. A la fuerza, allí tuvo que impostar voz, fachada y carácter:” Aquel antro era un poquito salvaje y la clientela más todavía. Cuando cerrábamos aún había mucha gente dentro y no quedaba más remedio que ponerse en la puerta para decir que no podía entrar nadie más. En esa situación me asustaba mi propia clientela y la única manera de imponer era decir con rotundidad que ya no se podía entrar y parecer ser más peligroso de lo que realmente soy. <strong>Creo que se me quedó la voz así de grave por eso, por miedo a mis clientes</strong>”.</p><p>Después de intentar engañar a su vocación montando bares y haciendo todo tipo de trabajos, acabó matriculándose en el Instituto del Teatro de Sevilla: “<strong>Allí conocí a gente tan loca como yo y entendí que mi afición no era una enfermedad</strong>, sino que podía ser hasta una carrera”. De las tablas, su refugio preferido, pasó a debutar ante las cámaras en <em>Las dos orillas</em>. Vicente Aranda se fijó en él y Dechent se paseó por los fotogramas de <em>El Lute </em>para acabar convirtiéndose en canalla reincidente en cintas de Agustín Díaz Yanes, Mario Camus, José Luis Garci o Chus Gutiérrez. <em> </em>Con su tono y corpulencia comenzaron a llegarle papeles para ser, casi siempre, el tirano de la película en más títulos de los que podemos recordar: <em>Solas, Intacto, Smoking Room, Carmen, 7 vírgenes, La voz dormida, Los Borgia, El día de la bestia, La marrana, El mundo es nuestro, Retorno a Hansala, Salvador, Los aires difíciles, Poniente, Besos de gato </em>o<em> Alatriste. </em>También en la película que siente más suya, <em>A puerta fría</em>, de Xavi Puebla, y en medio centenar de series de televisión como <em>Lleno, por favor, Brigada central, Este es mi barrio, La casa de los líos, Todos los hombres sois iguales, </em>o <em>La familia Mata.</em></p><p>Aparcando su fachada de tipo duro al grito de ‘corten’, sonríe porque no cree que “ningún tiempo pasado fuera mejor”, pero sí reclama la libertad de expresión “sin los matices ni cortapisas que se han impuesto” en los últimos tiempos: “Antes podías hablar con la gente de un montón de cosas. Todo el mundo es libre de pensar y opinar lo que quiera y no por ello debe implicar un castigo. <strong>En lo único que sí me parece bien es en el tema de la violencia de género y en lo relativo al género</strong>. ¡Qué se corten ya el desprecio, chistes y bromas hacia otro sexo, pero en todo lo demás, no! Habría que quitar las injurias al Estado, a la bandera, las blasfemias, son solo palabras. Este nuevo resurgir de la ultraderecha, que siempre ha estado ahí, pero ahora tiene un nombre, me recuerda a épocas pasadas y no quiero volver a entonces, cuando te decían ‘usted no sabe con quién está hablando’. A mí, con quince o dieciséis años, como llevaba los pelos largos, me cogían de ellos los cuerpos y fuerzas de seguridad y me decían: ‘¿A dónde vas niña, nenita?, a ver si te pelas’. Todas estas cosas me dan un poquito de pánico. En este momento creo que lo mejor de nuestro país es la diversidad, pero también creo que lo peor es esa gente que no acepta esa diversidad. A la actualidad de España le encajaría bien títulos como ‘La jaula de las locas’, ‘Grupo salvaje’ o ‘La jauría humana”.</p><p>Dispuesto a seguir escuchando uno de sus discos favoritos, <em>Zappa en Nueva York</em>, el álbum con el que el pionero en romper las barreras entre rock, jazz y música clásica, Frank Zappa, le ganó la partida a Warner y recuperó los derechos de divulgación de su trabajo, el hombre tranquilo y más alejado a los malos que, sin embargo, lleva treinta y cinco años interpretándolos, despide su Playlist. En un patio que rezuma la vida de sus tiestos, con una hamaca y el poema<strong> Donde habite el olvido de su paisano Luis Cernuda, Antonio Pérez Dechent </strong><em>Donde habite el olvido</em>disfruta de su pequeño paraíso trianero antes de que se asome a la no belleza del mundo que trae la portada del periódico que le acecha y los WhatsApp que no le dejan de entrar: “En España siempre hemos dicho que ‘no vivimos para trabajar sino que trabajamos para vivir’, pero eso hoy es mentira. Sin embargo, tengo dos hijos y, por tanto, no puedo permitirme el lujo de creer que las cosas no tienen arreglo”.</p><p><strong>LA PLAYLIST DE ANTONIO DECHENT:</strong><em>:</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 31 Jul 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[María Granizo]]></author>
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      <title><![CDATA[Alejandra Jacinto: “La vivienda es el derecho que te permite acceder al resto de derechos: su acceso es ya una emergencia”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/videolibre/playlist-de/alejandra-jacinto-vivienda-derecho-permite-acceder-resto-derechos-acceso-emergencia_1_1207703.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/1293658e-bf8b-41dd-8862-0dec5fe32c31_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="Alejandra Jacinto: “La vivienda es el derecho que te permite acceder al resto de derechos: su acceso es ya una emergencia”"></p><p>¿Quién tendría el valor de explicarle a Ari, una niña de dos años, o a cualquier otra como ella que, a veces, demasiadas, <strong>la vida no es bella</strong>?</p><p>¿Quién sería capaz de romper su bendita ingenuidad para contarle que <strong>los antidisturbios que derribaron su puerta</strong> no vinieron a darle una sorpresa por su cumpleaños, como su madre trató de hacerle creer, para envolver en papel bonito un sufrimiento evitable?</p><p>¿Quién encontraría las palabras justas para que entendiera que la pancarta que estaba enfrente de su casa no decía “felicidades” sino “hay quienes tienen la conciencia limpia porque no la usan nunca”?</p><p>¿Quién sabría cómo explicarle que su regalo por cumplir un año más sería vivir un desahucio y quedarse en la calle a <em>merced de la caridad de vecinos y familiares</em>?</p><p>¿Quién podría asegurarnos que este no será un recuerdo que esa niña no borre nunca?</p><p>¿Quién le haría entender cómo es posible que nos hayamos acostumbrado a este tipo de situaciones?</p><p>Como Manuela, vecina del madrileño barrio de Vallecas, madre de Ari y de otros tres niños más, víctimas de un lanzamiento, <strong>casi once mil familias </strong>han tenido que enfrentarse, en primera persona, a preguntas semejantes solo en el primer trimestre del año. Más del doble de los desahuciados son menores de edad. <strong>Noventa mil al año</strong>. Niños con luz propia, aunque retratarlos arrojados a la calle, incomode a quienes están en la oscuridad.</p><p>Los desahucios no son cosa del pasado. Continúan y se han incrementado un 13,5%, durante los tres primeros meses del año, respecto al mismo periodo de 2020, según datos del CGPJ. Del total, un 72% corresponden a lanzamientos practicados por impago de la renta de alquiler y el resto por hipotecas. Mil treinta y tres de esas órdenes se dictaron en la Comunidad de Madrid, un seis por ciento más que entre enero y marzo del año anterior.</p><p>Ari y su familia lo vivieron hace diez días. Nueve menos de los que tardó la entidad financiera propietaria del inmueble, con la que la familia intentó negociar sin éxito, en poner en venta, a través de un portal inmobiliario, el único hogar que conoció la pequeña Ari.<strong> El llamado ‘escudo social’ del Gobierno no le sirvió a esta familia</strong>. El decreto antidesahucios que supuestamente los frena, mientras duren los efectos de la pandemia, deja la decisión en manos del juzgado porque no es una paralización de oficio. Sorteando esa misma resolución, este miércoles Cruz y sus cuatro nietos, de entre nueve y dieciséis años, han sido desalojados de un piso del mismo barrio, en este caso propiedad de Cerberus, “<strong>uno de los fondos buitre que más vivienda ha comprado a los bancos</strong>, en los últimos tiempos, por precios muy bajos”. La pandemia dejó sin trabajo a la familia y la abuela, después de siete años pagando el alquiler, no pudo continuar haciéndolo. “Ni la Comunidad ni el Ayuntamiento les han provisto de una vivienda a pesar de llevar años en las listas de espera. ¡Vergüenza!”.</p><p>Alejandra Jacinto, la diputada sin pelos en la lengua y portavoz adjunta de UP en la Asamblea de Madrid, es experta en vivienda. Tiene treinta y un años, muchos menos que el número de “escenas traumáticas” a las que ha asistido “por este tipo de ejecuciones” que se han quedado grabadas no solo en su retina: “Se puede intentar cerrar los ojos a la realidad, <strong>pero no a los recuerdos</strong>. No puedo olvidar todos los desahucios en los que, a través de la mirilla de una puerta, se veía un séquito de antidisturbios para desalojar a una familia. Han sido muchos, y todos tremendos, y lo que se siente cuando se vive de cerca es indescriptible, sobre todo para las personas que lo sufren. Imposible olvidar, por ejemplo, el desahucio de Andrés, en el barrio de San Cristóbal, uno de los más azotados por la crisis en Madrid. Recuerdo a los agentes de la policía apostados en la puerta de este hombre, que era <strong>una persona enferma a la que la Empresa Municipal de la Vivienda, con Ana Botella, le había adjudicado una casa social</strong> que después vendió al fondo buitre Blackstone. A Andrés le desahuciaron de la peor manera, de la forma más cruel. También hay otra ejecución que me marcó bastante: el de la madrileña calle Argumosa, en el número 11, un desahucio múltiple que se llevó a cabo de forma coordinada por los juzgados y que supuso un atropello brutal de los derechos humanos de las inquilinas que dejaron de ser rentables, en el centro de Madrid, a unos grandes propietarios que querían poner las viviendas en alquiler turístico para poder especular y sacar más rentabilidad económica. Fue un desahucio especialmente terrible por cómo se produjo, por el<strong> dispositivo desproporcionado </strong>que se empleó y porque contábamos con diferentes<strong> resoluciones de Naciones Unidas </strong>que habían instado a paralizarlo y a que la Comunidad de Madrid otorgara alternativa habitacional a las familias. Esto no sucedió y se efectuó un desahucio sangrante”. Aquel febrero de 2019, una maraña de matices jurídicos “dejó a familias enteras, menores de edad, un bebé y una adolescente discapacitada en la calle”.</p><p>Pese a los momentos difíciles, “no he pensado en ningún momento en tirar la toalla porque el objetivo no permite hacerlo”. Releyendo <strong>La España de las piscinas de Jorge Dioni</strong><em>La España de las piscinas </em> sobre el boom<em> </em>inmobiliario y la transformación de la vivienda, Alejandra reafirma su negativa a aceptar lo habitual como algo natural porque, como apuntaba Bertolt Brecht, “en tiempos de desorden sangriento, de confusión generalizada, de arbitrariedad consciente, de humanidad deshumanizada, nada debe parecer imposible de cambiar”.</p><p><strong>Activista nata</strong></p><p>Quienes la conocen de cerca coinciden en que nunca ha sido una persona que pidiera una carga ligera <strong>sino una espalda fuerte</strong>. Desde niña, la diputada morada y activista por el derecho a la vivienda, tuvo la fortuna de pertenecer a una familia de clase media, residente en el acomodado barrio de Retiro, donde los procedimientos de desalojo nunca han sido frecuentes. Hija de un periodista, “que me llevó todos los domingos de mi infancia a ver títeres”, y de una funcionaria del Estado, no necesitó pasar calamidades para entender que<strong> “quien no vive de algún modo para los demás, tampoco vive para sí mismo”</strong>.</p><p>Nacida en 1989, pertenece a la generación de los ‘Milenial’<em>,</em> siete millones de jóvenes españoles que crecieron con los inicios de la digitalización, impulsaron la vida sana y el ecologismo. Pero también son la generación cuyo acceso a la vida laboral está muy marcado por <strong>la crisis económica</strong> y, como consecuencia, por un bajo porcentaje de independización. Alejandra no fue una excepción: “En cuanto pude, en cuanto tuve trabajo, me emancipé. Viví en varios sitios, cerca del barrio de Retiro, en Arganzuela y, finalmente, en Lavapiés. Pero tuve que volver a casa de mis padres una temporada por la precariedad laboral que nos azota a todos los jóvenes en este país, máxime si te dedicas a lo que yo elegí”.</p><p>En plena adolescencia vio la película de Adolfo Aristarain, <em>Martín (Hache)</em> y, aunque se convirtió en una de sus cintas favoritas, tuvo claro que ella no sería una ‘nini’ como el personaje interpretado por Juan Diego Botto: desde muy pequeña fue consciente del esfuerzo que hacían sus padres para que su hermano y ella tuviesen una vida confortable. Tal vez, por eso, <strong>no tuvo jamás los brazos caídos</strong>. "Tan buena estudiante y tan empollona que el contenido de todos los exámenes, uno a uno, tema tras tema, se los contaba a mi madre el día de antes de la prueba. Siempre digo a la pobre que ella también se sacó las carreras, tanto de Derecho como de Ciencias Políticas, porque le conté todo lo que entraba en los exámenes. Eso sí, funcionó, tuve buenas notas”.</p><p>Antes de obtener la doble licenciatura en la Universidad Autónoma, la hija mayor de los Jacinto Uranga pasó veranos dorados, suavizados por la brisa cantábrica y la magia de los atardeceres reflejada en los edificios modernistas de Comillas, el pueblo de sus abuelos, con los que paseó una y otra vez la playa de Oyambre. Allí descubrió que un mar tranquilo nunca hizo un buen marinero. Si desde muy pequeña había soñado con ser abogada, sus inquietudes sociales y políticas fueron creciendo con ella como la marea: “Un año antes de finalizar la carrera, “con el estallido del 15-M, acudí con una amiga a la manifestación y, a partir de ahí, encontré <strong>un lugar donde poder desarrollar mi compromiso político,</strong> siempre con los derechos humanos y con las personas que más lo necesitan. Me dediqué al activismo social y a la abogacía casi a la vez, de la mano”. Una mañana de 2011 fue al barrio de Usera, donde se había enterado que se debatía a diario sobre los problemas de la vivienda. Cuando se presentó como estudiante de Derecho, los vecinos la abordaron a preguntas porque “nadie enseña la burocracia de la vivienda”. Entonces supo que <strong>“no hay denuncia verdadera sin compromiso de transformación</strong>, ni compromiso sin acción”. Mientras participaba en la asamblea Stop Desahucios, acabó la carrera y se puso manos a la obra: se implicó en hacer frente a los desalojos de inquilinos de las viviendas públicas<strong> que el PP vendió a los fondos buitre </strong>durante los mandatos de Ana Botella en el Ayuntamiento e Ignacio González en la Comunidad.</p><p><strong>De la abogacía y el activismo a la política</strong></p><p>En el verano de 2012, “participando en una manifestación contra los desmanes de Bankia por el tema de las preferentes”, conoció a Javier Rubio, un letrado experto en temas vinculados a la vivienda y que llevaba años defendiendo<strong> los derechos de los habitantes de la Cañada Real</strong>. Con él comenzó a trabajar en el Centro de Asesoría y Estudios Sociales, una cooperativa de abogados comprometida con la transformación social y la defensa de los derechos humanos desde dentro de los movimientos sociales. “Tenía esfuerzo y coraje desde muy cría”, pero acercarse a la Plataforma de Afectados por la Hipoteca le dio un propósito: “Trabajar para que se cumpla el derecho a la vivienda como base que te permite tener acceso al resto de derechos. Cambiar el paradigma, descartar la vivienda como mercado, como negocio y sustituirlo por el concepto de derecho humano, que es lo que es y lo que dicen los tratados internacionales, y evitar las viviendas vacías que acaparan grandes tenedores de casas y que son los que provocan las subidas de precio. Y, fundamental, <strong>parecernos más a Europa</strong>, a ciudades como Viena, que tienen un parque público del veinte por ciento al alcance de las mayorías sociales”. También al país en el que se desarrolla la laureada serie de televisión favorita de la activista, <em>Borgen</em>: en Dinamarca, menos del 50% de la población tiene vivienda en propiedad y más del 41% reside en régimen de alquiler, la mitad de ellos de vivienda pública, junto con un 7% de ciudadanos que viven en cooperativas. Además, el arrendamiento de los pisos antiguos está regulado por las autoridades municipales, que fijan una renta basada en los costes de mantenimiento.</p><p>Ejerciendo en un despacho comprometido con los Derechos Humanos y la justicia social, durante casi diez años Alejandra se ha dedicado, junto con la PAH, “<strong>a defender los intereses de las personas frente a los abusos bancarios y a la especulación inmobiliaria</strong>. Actualmente la gente destina más del 50% de sus ingresos para el pago de sus alquileres y, como indica la OCDE, es dinero que se retrae del consumo y del mercado. Además, los precios abusivos hacen que tan solo el veinte por ciento de los jóvenes pueda emanciparse. Es necesario revertir la nefasta política de vivienda que tenemos, en particular en la Comunidad de Madrid, desde hace cuarenta años. Es necesario apostar por un cambio de modelo que ponga el derecho a la vivienda en el centro”.</p><p>Mirando más allá de la indignación, en 2017, Jacinto recibió <strong>la condecoración de Amnistía Internacional en su campaña Valiente</strong><em>Valiente</em> como defensora de derechos humanos. Había propuesto a todos los colectivos de la vivienda madrileña una gran recogida de firmas para presentar una iniciativa legislativa popular en la Asamblea de Madrid. El objetivo era lograr una ley urgente en la región “porque esta es la única Comunidad junto con Asturias, que no tiene esa ley por el ejercicio mezquino de dejación de funciones para permitir que esto sea el salvaje Oeste en materia de derechos sociales y de vivienda”. Para pasar por la puerta de la Asamblea era necesario que el texto contara con cincuenta mil firmas. <strong>Logró setenta y siete mil</strong>. Sin embargo, al entrar al Parlamento madrileño se dio de bruces con el PP y Ciudadanos que tumbaron la iniciativa con sus votos. La ley ni se tramitó: “De la forma más cruel tiraron nuestra propuesta a la basura, no permitieron ni siquiera debatirla en la cámara. Me recuerdo absolutamente indignada, sin poder creer que se pisoteara un ejercicio de democracia”. Sin embargo, cuatro años después, la justicia le dio la razón: <strong>la presidenta Díaz Ayuso tiene que recuperar los 2.930 pisos públicos</strong> que, en 2013, el PP vendió a un fondo por 250 millones. Alejandra Jacinto, alentada por su firme convicción de que “siempre es demasiado temprano para abandonar”, formó parte del equipo jurídico que ha logrado esta histórica sentencia.</p><p>Celebrando “lo mejor que está sucediendo en nuestro país, <strong>el avance imparable y la conquista de derechos feministas</strong>” y lamentando “lo peor, la imagen de la España en blanco y negro a la que nos quieren hacer retroceder algunos”, en marzo pasado, Jacinto tardó veinticuatro horas en decir “sí” a la propuesta del ex vicepresidente del Gobierno, Pablo Iglesias para dar un paso al frente como candidata independiente a la lista de UP a la Comunidad de Madrid. Seis meses después de nacer su primera hija, se convirtió en diputada y portavoz adjunta del partido morado en la Asamblea de Madrid: “Llevo pocos meses, pero no dejan de sorprenderme las formas del PP y de Vox <strong>insultando a la inteligencia de los que estamos en la oposición</strong> y también a la de los madrileños y madrileñas. La prioridad de Ayuso es afianzarse en su carrera política a La Moncloa y hacer oposición al señor Casado. Lejos de combatir la desigualdad en la Comunidad, la mayor de todo el Estado, se dedica a aumentar su chiringuito de propaganda, a tomar el control de Telemadrid y a seguir regalando dinero público a las cloacas. Lo que hay que aprobar ya, porque es una emergencia, es una ley de vivienda que regule los precios de alquiler, frene los desahucios sin alternativa habitacional y consolide un parque de vivienda social. La política no puede llegar tarde a este tipo de materias: “Confío en que la nueva ley de vivienda sea aprobada por el Gobierno antes de que acabe este año porque hay vidas en juego. La entrada en el Ministerio de Transportes y Movilidad de Raquel Sánchez, quien siendo alcaldesa de Gavá permitió que se regularan los alquileres en su municipio, puede ser una oportunidad para desbloquear las diferencias en la redacción del texto entre los socios de Gobierno. Es lógico pensar que, si quieres lo mejor para tu pueblo, también lo quieras para el Estado</p><p>Con una carpeta bajo el brazo repleta de expedientes sobre próximos lanzamientos, que pone la piel de gallina, Alejandra Jacinto Uranga, la joven que pronto entendió que<strong> la contemplación a veces es un lujo y la acción una necesidad</strong>, despide su Playlis<em>t</em><em> </em>mientras se va escuchando a Extremoduro por camino de su despacho<em>. </em>La activista que no quiere más desahucio que el de la Presidenta Ayuso de la Puerta del Sol porque “su libertad cabe en una caja de zapatos”, se aleja tarareando <em>Ama, ama, ama y ensancha el alma: “Quisiera que mi voz fuera tan fuerte que a veces retumbaran las montañas y escucharais las mentes social adormecidas, las palabras de amor de mi garganta. Abrid los brazos, la mente y repartíos, que solo os enseñaron el odio y la avaricia, y yo quiero que todos como hermanos repartamos amores, lágrimas y sonrisas…”</em></p><p><strong>La Playlist de Alejandra Jacinto:</strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 24 Jul 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[María Granizo]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Stop Desahucios]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Pilar Bardem, la actriz que solo quiso ser madre]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/pilar-bardem-actriz-quiso-madre_1_1207522.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/5b84e6df-2e8c-4b0f-a241-a46f6361e751_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Pilar Bardem, la actriz que solo quiso ser madre"></p><p>Nunca confundió conocimiento con sabiduría. El primero le vino dado por unos apellidos que la enorgullecían y le hicieron mamar las tablas del teatro desde que estaba en el vientre de su madre. Gracias a él sacó, contra viento, necesidad y muchas mareas, a sus hijos adelante.<strong> Desfiló por pasarelas, fue maniquí y cantante existencialista, sirvió en casas, se subió a escenarios y se puso delante de las cámaras. </strong>Todo para llevar el pan a tres niños que respiraron el esfuerzo y la honradez, rúbrica de una ilustre saga de actores.</p><p>La sabiduría se la dio su inteligencia. Ella le ayudó a vivir, a reponerse de golpes y a no caer en el desaliento. En una España en la que las mujeres eran ciudadanos de segunda, sometidas al padre y luego a quien las desposaba, tener que llevar el sustento y las riendas de la casa, le obligaron a camuflar ternura, sensibilidad y hasta su llanto para no mostrarse débil: para no perder a sus hijos; para desafiar a la enfermedad que se llevó a su tercer pequeño y estuvo a punto de arrebatarle al cuarto, para no despegarse de la incubadora de su último bebé ni después de ser víctima de un intento de violación, para descolgar el teléfono pidiendo trabajo a Mariano Ozores cuando no tenía qué dar de comer a sus críos, para ponerse la hipocresía social por montera no renunciando a un amor prohibido, y para no amargar la recogida de un Oscar a su hijo Javier, cuando acababa de enterarse de que tenía cáncer. <strong>Razones y más razones para no parar, para no rendirse.</strong></p><p>De tanto ocultar su ser a quienes no han estado a su alrededor, algunos la equivocaron con una mujer fría de rompe y rasga, pero su paso firme, sin vacilaciones, sólo fue un ejemplo de supervivencia: <strong>"Siempre he cargado con la etiqueta de mujer fuerte, valiente, y a fuerza de hacer ese papel, te lo crees"</strong>. Sin embargo, en la distancia corta, Pilar Bardem rezumaba dulzura, afecto, cercanía, humor, coherencia ideológica, fidelidad a su profesión y a sus compañeros. Más allá de premios Goya, medallas al trabajo, reconocimientos a su hacer en casi noventa películas, medio centenar de obras y otras tantas series de televisión, su largo caminar demuestra un compromiso social sin descanso. A sus infatigables 82 años, su estado de WhatsApp reclamaba "libertad para el Sáhara". Sin embargo, la férrea piña que formó con sus hijos evidenciaba que su mayor triunfo, el indiscutible, <strong>radicó en su "verdadera vocación", la más auténtica y la más complicada: "la de madre".</strong></p><p><strong>De maniquí a madre leona desafiando a la muerte</strong></p><p>Pilar siempre habló alto y claro: <strong>"La vida me ha enseñado a ser directa, no sé ser de otra forma".</strong> Heredó el nombre de una hermana fallecida y una ristra de apellidos que siendo sólo una cría ya le abocaron a la escena. Sus padres, Matilde Muñoz Sampedro y Rafael Bardem, no sólo eran actores sino también descendientes de los más viejos linajes de cómicos de nuestro país.</p><p>La madre del primer intérprete español en traernos la dorada estatuilla de Hollywood nació mientras la familia estaba de gira teatral. Aquella niña larga y menuda abrió los ojos al mundo, en marzo de 1939, entre la fantasía de la farándula y la miseria impuesta por la guerra fratricida que aún tardaría diecisiete días en proclamarse como acabada. En la capital andaluza, que un día la homenajeó <strong>poniendo su nombre a una calle hasta que la alcaldía del popular Juan Ignacio Zoido se encargó de retirarlo hace ocho años</strong>, Pilar pasó sus primeros meses de vida. Después de varios traslados, la familia se instaló en Madrid. No quiso subirse a ningún escenario al acabar el bachillerato sino estudiar Medicina para irse a la India con la madre Teresa de Calcuta: "Es lo más común para la época en que fui educada. Hay gente que hemos hecho la travesía del padre Llanos, el jesuita que cofundó CCOO".</p><p>Sus sueños de misionera y sus estudios universitarios se quedaron para siempre aplazados por trabajo y más trabajo. También por valores de justicia social fieles a una manifiesta posición ideológica cuyo activismo llevó a sus detractores a tratar de emborronar su brillante carrera y la de sus hijos: "<strong>La Bardem ya es una marca. Todo lo malo que ocurre en el país es culpa de los Bardem.</strong> Lo llevamos en el apellido, un apellido que yo llevo con orgullo. Y mis tres hijos también".</p><p>La dignidad de la Bardem se mantuvo firme aun a contracorriente. Su belleza y altura juveniles <strong>le abrieron las puertas de casas de moda, de Loewe, de Balenciaga y de Vargas-Ochagavía</strong>: "En la de estos últimos modistos aprendí a desfilar. Me explicaron el asunto muy claramente: esto es lo más sencillo del mundo. Se trata de que tú, tan flaca y divina, caminas por la pasarela con mucha cara de asco, mirando a las gordas que se sientan abajo, que nunca entrarían en tu traje y repitiendo mentalmente me cago en tu padre, me cago en tu madre. Con muy mala leche porque tú eres joven y agraciada pero no tienes un duro, y ellas son gordas y viejas pero pueden comprarse los modelos".</p><p>Paseando alta costura alivió la necesidad en casa. Se atragantó y se dobló un tobillo escuchando decir a Adolfo Marsillach el precio del visón blanco que la arropaba mientras desfilaba en el Hilton, "era una indecencia absoluta". En aquel 1961, en el que Conchita Bautista nos metía por primera vez en Eurovisión tarareando <em>Estando contigo</em>, Pilar también tuvo que oír, como tantas españolas, la generalizada canción que, por mandato, impuso su marido el mismo día de la boda: "Bueno, se te acabó el trabajar". Valiente, <strong>adelantada a un tiempo perverso que normalizaba el insulto a la inteligencia femenina</strong>, a los tres meses de pasar por el altar, la Bardem había regresado a las pasarelas. Desfiló también cuando ya había nacido su primer hijo, Carlos, y durante su segundo embarazo, el de Mónica. Después llegaría Javier, un bebé que la enfermedad se llevó consigo, "terrible la dureza que eso supone para una madre", y un cuarto niño, otro Javier que, tras nacer, un severo sarampión hizo que los médicos le desahuciaran. De padecer la frase que Pilar siempre había oído en su casa, "¡que Dios no nos mande todo lo que podemos aguantar!", sacó una lección: "<strong>A los problemas se les vence con soluciones.</strong> La vida siempre sigue y no se detiene por nada ni por nadie, así es que mejor seguir con ella".</p><p><strong>Alimentar a sus hijos la llevaron a la escena </strong></p><p>Aún de luto por su madre, sin despegarse de la incubadora de su hijo "acariciándole las manitas con los índices", Pilar perdió "quince kilos en sólo unos días". Su tenacidad y el cuidado de un médico interino, "al que me gustaría encontrar para transmitirle mi más profunda gratitud", lograron el milagro de que Javier correteara por el canario barrio de San Nicolás en el que vivieron unos años de penurias económicas. También de tensiones en el hogar. Con la década de los setenta, la matriarca de los Bardem y el padre de sus hijos, José Carlos Encinas, se separaron: "Es la vida la que nos lleva muchas veces. Hasta entonces hacía cosas pero sin ser una vocación pero<strong> cuando decidí separarme de mi marido retomé la profesión de la familia y todo el mundo me recibió como si llevara 20 años. </strong>Se me presuponía el valor como a los toreros".</p><p>En años donde prevalecía el imperio de lo masculino, tiempos donde ellos hacían y ellas sólo podían asentir,<strong> la matriarca de los Bardem logró mantener a sus hijos a su lado.</strong> Veinte años después, Carlos, el mayor, lloró desconsolado, "como nunca le había visto", la muerte de su padre por una leucemia: "Yo le di un beso en la frente helada y le dije que marchara tranquilo, y me fui a trabajar al teatro. El rencor es un lastre. Hay que tirar para adelante. Acabé el año 1995 como viuda".</p><p>Con 56 años, treinta ya a sus espaldas desde que debutara en el mundo de la interpretación de la mano de Fernando Fernán Gómez con <em>El mundo sigue</em>,<strong> Agustín Díaz Llanes le ofreció un papel en la película </strong><strong>Nadie hablará de nosotras cuando hayamos muerto.</strong> Una vez más, desafiando al título de la cinta, la madre de uno de los únicos once actores en la historia que han ganado un Oscar, un Bafta, un Critics Choice Award, un Globo de Oro y un SAG por el mismo papel, recogía el Goya a la Mejor actriz de reparto. Una noche en la que las estrellas se alinearon con los Bardem para que su sobrino Miguel lograra el premio al Mejor Cortometraje de Ficción y su hijo Javier, el de Mejor Actor Protagonista.</p><p>La recompensa, como las tragedias pasadas, no se detuvo ahí: <strong>acercándose a los 60 años, a Pilar se le acumularon ofertas, películas y trabajos en televisión.</strong> Era el salvoconducto para dejar atrás la herida mortal a la creatividad de dos sesiones teatrales diarias y muchas penalidades. Además de su activismo sindical, los éxitos no despistaron su compromiso social. <strong>En 2003, Pilar se enfundó una camiseta con el eslogan No a la guerra y acudió, </strong><em>No a la guerra</em>con otros seis actores, al hemiciclo en el que el presidente Aznar apoyaba la Guerra de Irak. Veinticuatro horas después de ser expulsados del Congreso de los diputados, Pilar pasó a presidir la asociación <em>Cultura contra la guerra. </em>Sometida a todo tipo de etiquetas por su posición ideológica, juzgada por no morderse la lengua y alzar la voz por las víctimas que no oímos, ella, y aquellos por quienes respiraba, padecieron la crítica feroz de los fans de la intolerancia: "Nos robarán la sanidad, la educación y hasta la cartera, pero nunca podrán quitarnos la capacidad de emocionarnos".</p><p>Con una fe inquebrantable en sus principios y la solidaridad por bandera, la mujer que se enamoró de "la pasión con mayúsculas" junto al actor Agustín González, que en cuarenta días supo que dos cánceres la acechaban y, como imponía su esencia, nunca se rindió<em>, </em>cumplió a rajatabla con el amor vocacional por sus nietos e hijos parafraseando al mayor: <strong>"El camino de la vida. Soltar las cadenas, hacerte libre con los años. La sonrisa, la ternura en los que amas, es el único baremo de tu paso por la vida".</strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 18 Jul 2021 10:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[María Granizo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Pilar Bardem, la actriz que solo quiso ser madre]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Pilar Bardem,Obituario]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Antonio de la Torre: “Una sola vida es infinitamente más valiosa que cualquier frontera, nación o bandera”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/videolibre/playlist-de/antonio-torre-sola-vida-infinitamente-valiosa-frontera-nacion-bandera_1_1207490.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/516b63a3-b434-41ef-b53f-62c98b9ab088_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Antonio de la Torre: “Una sola vida es infinitamente más valiosa que cualquier frontera, nación o bandera”"></p><p><em>Imagina que no hay países. No es difícil hacerlo. Nada por lo que matar o morir. Tampoco ninguna religión. Imagina a toda la gente viviendo la vida en paz. Quizás digas que soy un soñador, pero no soy el único. Espero que algún día te unas a nosotros. Y el mundo será uno solo</em>.</p><p>Tal vez porque se acostumbró a mirar tanto al Mediterráneo que el esperanzador azul del mar se proyecta en sus ojos:” Tengo un sueño: unos Estados Unidos <strong>de la humanidad sin fronteras</strong>”.</p><p>Quizás porque piensa que la igualdad pasa por “la revolución educativa, formativa e informativa: me considero una persona de <strong>izquierda internacionalista</strong>, en mi ideario no cabe que ningún ser humano tenga menos derechos que otro”.</p><p>Acaso porque cree que “el gran desarrollo intelectual, moral y emocional es superar la confrontación y el odio”.</p><p>Probablemente porque pertenece a la estirpe de quienes sueñan un mundo mejor, lo proclaman y en su vida cotidiana trabajan para convertirlo en realidad: “Las únicas revoluciones que han perdurado son las que comenzaron <strong>de un modo pacífico</strong>”.</p><p>Sin haber interpretado nunca a John Lennon ni haber tenido la oportunidad de estrechar su mano, si se hubieran visto sin conocerse,<strong> se hubieran reconocido</strong>. Como el de Liverpool, el malagueño, para imaginar y ver claro, sabe cambiar la dirección de la mirada:” Todo tiene un porqué, una causalidad y creo que ahondar en las raíces de eso nos permitiría tener un mundo con más paz, aunque sea una utopía, pero la humanidad ha avanzado gracias a esos locos que creían en esa utopía”.</p><p>Desde crío, Antonio de la Torre trabajó tanto la suya que, de auténtico realista, pasó a ser visionario. Huérfano, con poco más que lo puesto y “el síndrome del pobre” proclive a aceptar cualquier trabajo, se vino a Madrid, estudió, se duchó en la Pensión García por setenta y cinco céntimos diarios y bombardeó a sus amigos para que fueran al cine y lograr así que aguantaran más en cartelera las películas en las que salía. Mientras, se convirtió en periodista deportivo. Y con sobrada inteligencia emocional, aprendió <strong>“mucho más del fracaso que del éxito”</strong>. Un día se hizo la magia trabajada con esfuerzo y alcanzó “la oportunidad genial para ser otro”. El éxito no le confundió. Escalando la cima se sacudió los prejuicios y comenzó “a juzgar menos <strong>y a entender más a las personas</strong>”.</p><p>Sin disfrazarse nunca delante ni detrás de las cámaras, como el hombre leal a sus principios que nunca baja la mirada y siempre la mantiene con humildad,<strong> ha vivido tantas vidas como personajes ha interpretado</strong>. Con la sabiduría del malacitano que sabe que el viento puede cambiar de rumbo y que hay muchos fracasos que llegan por no darse cuenta de lo cerca que está el éxito, celebrando su carrera se ha comido la pantalla y todo lo que se pusiera por delante como <em>Caníbal</em>. Ha cogido treinta y tres kilos para convertirse en uno de los <em>Gordos</em> y ha adelgazado diecisiete para meterse en la piel del ex Presidente de Uruguay. Ha transformado su natural campechanía en una venganza aterradora cuando era<em> Tarde para la ira</em>. Ha entonado la <em>Balada triste de trompeta</em>, ha desvelado que él y Raúl Arévalo eran unos particulares <em>Primos</em> que podían convertirse en <em>Amantes pasajeros</em>, en <em>La gran familia española</em> y hasta llevarnos a una <em>Isla Mínima</em>, para que <em>Dios nos perdone</em> diciendo <em>Abracadabra</em> y nos descubra <em>El autor, El invasor</em> y al <em>Grupo 7</em>.</p><p>Con su nombre metido ya de lleno en el firmamento del <em>AzulOscuroCasiNegro</em> y en <em>El Reino</em> de los Goyas, el hombre de las mil caras, y de la cabeza siempre bien situada, solo acapara el histórico récord de haber sido nominado<strong> catorce veces a los Goya </strong>y llevarse a casa <strong>dos cabezones</strong>. También el máximo reconocimiento del Sindicato de Actores en cinco ocasiones, seis premios de los Escritores Cinematográficos, la Medalla de Andalucía y otra ristra infinita de honores. Sin embargo, la vanidad ni le roza: “La clave es aprender a vivir con poco porque, como apunta <strong>Pepe Mujica</strong>, ‘cuando tú pagas algo, no lo pagas con dinero sino con el tiempo que invertiste en ganar ese dinero'''. Y eso es irrecuperable.</p><p><strong>La vida en manos del trabajo, nunca del destino</strong></p><p>La curiosidad, el riesgo y la sinceridad son las señas de identidad de quien encuentra lo importante en la mirada, no en lo que mira. En veintiocho años de oficio Antonio ha visto mucho. En cincuenta y tres, asomándose a la vida, más.</p><p>En un tercer piso del barrio obrero de Ciudad Jardín conoció los primeros planos nada impostados de los afectos, de aquellos que aprendió que “se educa viviendo”, aunque ellos solo tuvieran tiempo para matarse a trabajar. De un padre, administrativo de profesión, que se dejó la vida, demasiado corta, ganándose un jornal <strong>desde los doce años hasta los cincuenta y seis</strong>; entonces, la muerte, disfrazada de enfermedad, tocó a su puerta y con ella se fue sin haber alcanzado más lujo que su sentida pasión por el Málaga CF. También de una madre, “ama de casa casi analfabeta”, que sabía tan poco de los libros como de vivir sin los miedos de una infancia que <strong>le secuestró la posguerra</strong>; seis años después de fallecer su marido, la misma dolencia le obligó a seguirle los pasos y al menor de sus hijos ya nadie volvió a llamarle “Antonio Jesús” desde la ventana de la cocina para que subiera a comer. De dos hermanos mayores, a los que dio sus primeros pases con el balón, y de otras dos abuelas viudas, también narradoras de calamidades. “Historias de hambre” que le hacen ser “antifranquista porque vi en ellos una generación perdida: mi padre se quedó huérfano con tres años y siendo un niño tuvo que empezar a trabajar. ¿Quieres cargarte la ideología de la gente? <strong>Oblígala a sobrevivir y se acabó la ideología</strong>”.</p><p>De su familia, en aquella pequeña vivienda de protección oficial malagueña, también aprendió <strong>a creer más en el trabajo duro que en el destino</strong>: “La vida se anda, no es ningún camino que te pongan ahí”. Con paso fuerte, porque ir de puntillas no garantizaba la supervivencia, antes de soñar con ser actor ya había comenzado a actuar. Primero vaticinó su obsesión “por contar historias” retando a su propia credibilidad con quien le meció la cuna: “En el cole me hice muy amigo de un niño de un curso superior y yo, que estaba en primero, le conté una trola a mi madre diciéndole que podía pasar a segundo. Ella fue a hablar con la profesora y esta le dijo que sí, que yo era muy listo y que estaba preparado. Entonces, fui toda mi infancia un año adelantado, aunque no sé muy bien para qué sirvió”. Después, con doce años, volvió a dar muestra de sus dotes para la interpretación, esta vez pisando un escenario: “En el colegio apareció la compañía Arlequín que hacía actividades con niños. Recuerdo ensayar la obra <em>La historia de Pituchín y Pituchina</em>. No lo podré olvidar. <strong>Tuve muy claro qué era lo que me gustaba</strong>”. Sin embargo, el peso casi ineludible de las opiniones de los amigos, en plena pubertad, pudieron más que la vocación y se apartó del teatro.</p><p>Camufló su vacío con las películas que alquilaba, sin descanso, en el vídeo club de la Sra. Bárbara, enfrente de su casa. Con algunas,<strong> Alfredo Landa se convirtió en su ídolo</strong>, “el actor que siempre quise ser”. Con otras, también adquirió cultura cinematográfica, y descubrió cintas que vería una y otra vez: “<em><strong>El exorcista</strong></em>, que me aterró cuando era un adolescente y que no ha envejecido en absoluto, y <em><strong>El padrino</strong></em> por las interpretaciones, por el tiempo,<strong> por el cine en estado puro</strong>”. Al llegar el estío, año tras año, sustituía esos maratones por campeonatos de fútbol, en La Cala del Moral, en los que se dejaba el aliento y la voluntad sin pasar desapercibido: “Tengo recuerdos muy bonitos con todo lo que supone ese deporte. Es difícil explicarlo, pero la pasión que sentimos, la solidaridad, la diversión, el sentimiento de pertenencia a un grupo que gana, que pierde, es muy flipante”. Por encima de la distorsión que genera el tiempo y la memoria que idealiza los recuerdos, guarda en el corazón “tardes gloriosas en La Rosaleda”. También “el olor de las moragas que hacíamos en verano en La Cala, en ese lugar y en ese tiempo <strong>en el que fui feliz</strong>”.</p><p><strong>El fútbol, el viaje al Periodismo y el poder de la vocación</strong></p><p>Cuando echa una ojeada al niño que fue, recuerda varios trenes hasta que pudo subirse al suyo. El primero tuvo como destino Madrid, como fecha 1986, y como asunto <strong>estudiar Periodismo</strong>.</p><p>En la literatura privada de los recuerdos de Antonio hay muchos ligados al deporte que han sobrevivido precisos al tiempo <strong>porque en ellos está su padre</strong>: su primer partido juntos en el primer estadio de la ciudad, “un Málaga-Burgos en el que ganamos por un gol que no vi porque en ese momento miraba a la grada”, las caras<em><strong> </strong></em>de emoción y los abrazos sentidos celebrando victorias como “cuando el Málaga le ganó al Sporting y se clasificó para Champions”. Nunca ha podido abstraerse de aquellos momentos que envolvieron en papel de regalo su infancia. Mucho menos cuando, poco antes de acabar el instituto, un cáncer en el estómago paterno acabó con la posibilidad de volver a repetirlos.</p><p>Del mismo modo que su padre le había acercado al fútbol, el balón lo hizo a los programas de deportes. Escuchando en la radio, noche tras noche, <em>Supergarcía</em>, había soñado<strong> “ser de mayor periodista deportivo como Butanito”</strong>. Con entrevistar y narrar “historias bonitas” como la de su admirado coterráneo Juanito, “el chaval de barrio que triunfa luego en un gran equipo. Me encantaría hacer una película, un ‘biopic’, sobre él”.</p><p>Con una beca de veinte mil pesetas, la mitad de lo que le costaba dormir cada mes en un piso compartido del madrileño barrio de Argüelles, y “un curro en negro por el que cobraba treinta mil”, <strong>sobrevivió en la capital los cinco años de carrera universitaria</strong> “trabajando por la mañana y estudiando por la tarde”. También leyendo con una avidez que no había tenido nunca. La pluma de Gabo escribiendo los <em>Cien años de Soledad</em> de los Buendía fue la culpable: “Recuerdo que lo leí en la Facultad y estaba deseando llegar a casa, <strong>como un novio enamorado</strong>, para reencontrarme con el libro y devorarlo”.<em><strong> </strong></em></p><p>Su primer empleo profesional llegó, en 1990, en Canal Sur, como <strong>productor de un programa de radio</strong>. Dos años más tarde, enfermó su madre, mientras él “tiraba de cualquier conocido para que ella estuviera mejor”, pero nada la salvó. Era 1992. Alberto San Juan, uno de los mejores amigos de Antonio en la facultad, se fue a Madrid a estudiar interpretación en la Escuela de Cristina Rota. Sin nadie ya que le esperara en casa”, y sin saber por dónde tirar”, De la Torre se preguntó: “¿Cuando tenga cuarenta años le voy a perdonar al de veinticuatro no haberlo intentado?” <strong>Un billete de ida a Madrid fue su respuesta inmediata</strong>.</p><p><strong>El Reino de los Goyas</strong><em><strong>El Reino</strong></em><strong> de los Goyas</strong></p><p>“Si alguien me hubiera dicho que años después <strong>ganaría algún Goya y me llamaría Almodóvar</strong>, me hubiera ahorrado una depresión, pero es verdad que aquello que no hagas, nunca más lo vas a hacer”.</p><p>Él se arriesgó y lo hizo. Durante cinco años, hasta casi cumplir los treinta, interpretó papeles “en los que casi no se me veía. Aspiraba a algo más y no tenía cuajo para aguantar eso”. La necesidad le llevó a una prueba de presentadores, de nuevo en Canal Sur, y la casualidad y su desparpajo hicieron que comenzara a trabajar como <strong>periodista deportivo en Sevilla</strong>. Con las lentejas ya cubiertas, retomó su carrera: “Mis compañeros me ayudaron mucho para poder cambiar turnos e ir a castings”.</p><p>Sin rendirse y extrayendo todo lo bueno, incluso aquello que a otros ojos pasaría desapercibido, hizo <strong>su primera aparición en una película, en 1994</strong>. Interpretando el papel de “periodista 3”, <em>Los peores años de nuestra vida</em> marcó el inicio de los mejores tiempos en su carrera: “Siempre quedará en mi recuerdo como el primer beso, por esa sensación virginal de verte en un rodaje, es inolvidable”. Ocho años después se sintió plenamente actor trabajando en <em>Poniente</em> de Chus Gutiérrez. Pero la cinta que cambió su devenir, “la que hace que deje el periodismo definitivamente”, llegó en 2006 con título en colores presagiando el triunfo,<strong> AzulOscuroCasiNegro</strong><em>AzulOscuroCasiNegro</em>. También con la promesa cumplida de su director, Daniel Sánchez Arévalo, con el que ya había trabajado en varios cortos: “<strong>Nadie te ha escrito un papel a la altura de tu talento</strong> y lo voy a hacer”. En su primer largometraje, el cineasta puso el guion en manos de Antonio. El actor, que nunca repite una escena porque su autoexigencia hace que cada toma sea diferente, acabó levantando <strong>su primer Goya en 2007</strong>. Tenía cerca de cuarenta años. <em><strong> </strong></em></p><p>Sumergiéndose de nuevo en la complejidad del ser humano, el reconocimiento como mejor actor protagonista lo celebró en 2019 entrando en <em>El Reino</em> de nuestro cine. En esta ocasión se guio por la dirección de Rodrigo Sorogoyen, pero también por sus conversaciones con<strong> Rubalcaba, con Eduardo Madina</strong> y con varios políticos en activo,<strong> con imputados, con El Bigotes, con Francisco Correa y con Cristina Cifuentes</strong><em> El Bigotes</em>, con jueces e incluso <strong>asistiendo al juicio de la Gürtel</strong><em>Gürtel</em>. Escuchándolos abrió oídos y mente. Sin dejar que nada humano le fuera ajeno, se metió en el impecable traje de un político de provincias envuelto en una trama de corrupción casi tan real como el triunfo que dedicó “a los que se levantan cada mañana queriendo cambiar el mundo” y al orgullo de sus raíces: “Este Goya se queda en esta tierra de pasión y talento que se llama Andalucía, pueblo multicultural que abraza siempre al que viene de fuera. Si ha sido así, seguirá siendo así”.</p><p>El hombre que cuando hace un papel aspira “a ser otro” y siempre lo consigue, que no reconocemos de una a otra de sus películas, obras de teatro y series de televisión, arropado solo por la curiosidad y el talento, <strong>honra la memoria de sus padres y de sus semejantes</strong>: “El miedo mata la vida. La verdadera revolución es cuando no necesitas el poder para relacionarte con los demás. La manera en que Europa ha tratado <strong>la crisis de los refugiados</strong> ha reflejado nuestro fracaso como modelo de civilización. Una sola vida es infinitamente más valiosa que cualquier frontera, nación o bandera. Y una vida con todos los recursos básicos que una vida decente requiere y precisa”.</p><p>Como el niño curioso que lleva dentro y la tenacidad de quien siempre encuentra una forma y evita excusas si quiere algo, Antonio Jesús de la Torre Martín, a ritmo de <em>El trato</em> que tiene con Mala Rodríguez, despide su Playlist poniendo música a su convencimiento de que, “cuanto más crezcamos como seres humanos, <strong>de una manera más universal y generosa</strong>, más nos acercaremos a un tiempo nuevo”. Persuadido por un sueño “que es posible”, vuelve a imaginar y sonríe esperanzado como el <em>beatle</em> más rebelde.</p><p><em>Imagina que no hay posesiones. Deseo que puedas hacerlo. Que no hay necesidad de codicia ni hambre. Una hermandad humana. Imagina a toda la gente compartiendo todo el mundo. Quizás digas que soy un soñador, pero no soy el único. Espero que algún día te unas a nosotros y el mundo será uno solo</em>.</p><p><strong>LA PLAYLIST DE ANTONIO DE LA TORRE:</strong><em>:</em></p><p>  </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 17 Jul 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[María Granizo]]></author>
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      <title><![CDATA[Antonio de la Torre: “Una sola vida es infinitamente más valiosa que cualquier frontera, nación o bandera]]></title>
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      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/516b63a3-b434-41ef-b53f-62c98b9ab088_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Antonio de la Torre: “Una sola vida es infinitamente más valiosa que cualquier frontera, nación o bandera"></p><p>Catorce nominaciones a los Goya y dos cabezones en su haber, pero antes de alcanzar el firmamento del cine cogió varios trenes y subió muchos peldaños.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 16 Jul 2021 19:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[María Granizo]]></author>
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      <title><![CDATA[Matthew McConaughey: "El éxito se resume en tener fama y dinero por la errónea forma en que manejamos el capitalismo"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/videolibre/playlist-de/matthew-mcconaughey-exito-resume-fama-dinero-erronea-forma-manejamos-capitalismo_1_1207245.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/06aff7cc-6822-438f-abe3-3bf8216de43b_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="Matthew McConaughey: "El éxito se resume en tener fama y dinero por la errónea forma en que manejamos el capitalismo""></p><p>Antes de que su nombre irlandés tuviera cinco puntas en el Paseo de la Fama, <strong>ya andaba por las nubes "con un ego descontrolado"</strong>. Escribiendo y perdiéndose por otros mundos, se curó "de la arrogancia" y ya no ha vuelto a olvidarse del suelo.</p><p>Entre ayer y mañana se queda con hoy: "Hay que vivir porque nadie sale vivo de la vida". Nació con el don natural de ser todo, pero creció entre demasiadas tinieblas para llegar a nada. <strong>Fue el más guapo del parvulario, el adolescente más ocurrente, el deportista más laureado del instituto, el chico más seductor, el compañero más ligón, el universitario más brillante.</strong> Pero también "el accidente inesperado" de una pareja que no sabía estar "ni contigo ni sin ti", que se casó tres veces y se divorció otras dos, que se maldecía en la misma proporción "que hacía el amor en el suelo de la cocina a la vista" de sus tres niños y que les enseñaba a empuñar con una mano la Biblia y con la otra un rifle <em>Daisy BB</em> para que aprendiesen a disparar y a centrar sus objetivos. Unos padres que les inculcaban la consigna de que "siempre había que ganar" sin importar cómo, que se dejaban el aliento salvando a sus mascotas después de "desgastar el cinturón de cuero en el trasero" de sus hijos, que blasfemaban en cada discusión diaria antes o después de abandonar a alguno de los críos "a veinte kilómetros de casa para que regresara andando por nombrar a Dios en vano". Un matrimonio que retaba a sus vástagos a responder a sus golpes hasta que se meaban encima para demostrarles que eran "unos cobardes", que les dejó huérfanos de padre "practicando sexo" y que vendió la intimidad del benjamín por la espuma efímera de la fama.</p><p>Acostumbrado a normalizar la oscuridad, Matthew se guio por la luz de las estrellas. Bajo su amparo vivió "el mejor verano" de su vida "robando materiales de noche en un aserradero y construyendo, de día, una casa en un árbol". Ocupados casi siempre en divorciarse para volverse a casar, sus padres nunca se enteraron de que ese mes de julio había cambiado su admiración por el verde de <em>Hulk, </em>su héroe de ficción favorito, hacia el verde de un pino majestuoso desde el que alcanzó a ver más allá del pequeño condado de Texas que le vio nacer. Entonces, entendió que el mundo fue creado redondo para que no podamos ver el final del camino. Su curiosidad quiso asomarse más y le llevó a sellar su pasaporte a través de un programa de intercambio de estudiantes. Mientras hacía la maleta se imaginó con alas, pero sin pies, en las playas de arena blanca de Sídney, con chicas bronceándose en bikini y disfrutando mágicas puestas de sol. <strong>El espejismo dio la talla, pero la realidad tuvo defectos. </strong>Se tuvo que conformar con sobrevivir un año en una casa australiana con poca luz, con la brisa envuelta en el polvo de una carretera de interior y con la única imagen de un bañador sexy en una manoseada portada del <em>Playboy</em>. Por si fuera poco, durante trescientas noches, soñó con el deleite de cenar hamburguesas con queso. Sin embargo, la resignación a dejar pasar el tiempo le condenó a masticar lechuga <em>iceberg</em> con kétchup y a buscar el placer masturbándose mientras leía a Lord Byron y escuchaba <em>Rattle and Hum </em>de U2.</p><p>Haciendo de su sacrificio un acto de honor, <strong>con diecinueve años regresó a Austin y quiso ser abogado como Nelson Mandela</strong>, pero su afición por narrar historias le hizo cerrar la puerta de la Facultad de Derecho y, con notas brillantes, entrar en el Programa de Honores de la Escuela de Cine: "Estaba en un nuevo camino en el que, a diferencia de la otra carrera que empecé, la nota media no importaba. Sabía que a Hollywood le daría igual que sacara excelentes o muy deficientes; necesitaban ver algo que mereciera su atención. Tenía que hacer una película, una actuación, un corto, algo. Necesitaba un trabajo". Sintiéndose "un marginado en clase por ser el único que, en vez de estar pálido y vestir de negro, iba bronceado y llevaba botas camperas", acabó sacándose la camisa por fuera del pantalón para parecerse a los demás. Pero comentando su pasión "por las películas que ponían en el Metroplex como <em>La jungla de cristal, </em>frente a la machacona letanía de las reposiciones de Eisenstein", acabó dudando de sí mismo: "'Eso es mierda de gran estudio, éxitos de taquilla de la América corporativa', me dijeron.<em> </em>Entonces les pregunté: ‘¿Por qué es mierda?, ¿qué fue lo que no os gustó de ella?’ y respondieron: 'Bueno, en realidad no la hemos visto. Simplemente sabemos que es mierda'". Desde ese día, Matthew no volvió a clase sin meterse, de nuevo, la camisa por dentro.</p><p><strong>Una agencia de talentos le ofreció su primer trabajo publicitario como modelo de manos:</strong> "Me pagaron tan bien que nunca más me mordí las uñas. La buena apariencia no lo es todo, pero te abre puertas, y yo estaba decidido a aprovechar todas las que me dejaran pasar". Dirigió cortometrajes, editó, fue ayudante de dirección en las películas de otros compañeros, director de fotografía, escribió, actuó y comenzó a conocer gente de los estudios de la Paramount y del Teatro Dolby. "Escuchando veintidós veces <em>L. A. Woman </em>de los Doors mientras conducía, llegó a Hollywood. No tardó en entender que Marilyn tenía razón: "En la meca del cine te dan mil dólares por un beso y cincuenta centavos por tu alma". Bombeando adrenalina, después de veinte horas pisando el acelerador para llegar puntual a la cita acordada, llamó al timbre de la mansión del productor Don Phillips: en vez de un contrato para su próxima película, encontró "a un hombre en pelotas, con una erección, que había olvidado la entrevista" y que le dio un portazo en las narices para seguir con lo que estaba. <strong>El de Texas no se desesperó</strong>: como el que nunca se duerme en las clases de geografía, supo rápido que encontrar el cielo en la tierra no es tarea fácil. Se acomodó y supo esperar.</p><p><strong>"Alright, alright, alright": su pistoletazo de salida</strong><em>Alright, alright, alright</em></p><p>Los sueños imposibles empezaron a ser improbables y aún pasaría tiempo hasta que acabaran siendo inevitables. Pero lo fueron. Unas semanas después de su particular encuentro, recibió un guion de la oficina de Phillips para<strong> interpretar a un personaje secundario en una nueva película: Movida del 76. </strong><em>Movida del 76.</em>McConaughey se vio, por primera vez, en un set de rodaje con un micrófono y forzado a hacer una prueba improvisando la primera frase de su personaje. Hoy, casi treinta años después, se ríe a carcajada limpia recordándola, mientras una legión de fans la inmortalizan en tatuajes y camisetas: <strong>"Alright, alright, alright"</strong><em>Alright, alright, alright</em>. Unos vocablos que no debió decir nada mal "porque las tres únicas escenas en las que tenía que aparecer se acabaron convirtiendo en unas cuantas más" y, de un día, pasó a estar tres semanas de rodaje.</p><p>Antes de finalizarlo recibió una llamada de su madre: "Tu padre ha muerto. Tuvo un infarto mientras hacíamos el amor". Perder "al abominable hombre de las nieves, a la fiera con el sistema inmune de un vikingo y la fuerza de un toro", al ex jugador de fútbol americano reconvertido en empleado de una petrolera al que siempre llamó "señor", al que "pese a todo", idealizó y quiso, fue su rito "de paso a la edad adulta más trascendental, la hora de que madurase, la hora de decir adiós al chico que construía casas en los árboles en plena noche". <strong>Aparcó las aspiraciones y la gran pantalla y, para no olvidarse de vivir, arrancó una moto prestada y recorrió Centroeuropa.</strong> Hizo amigos para siempre y, respirando libertad, dejó de luchar contra sus demonios para comenzar a bailar con ellos. Le fue bien. Encontró "una gran herramienta para la supervivencia e incluso para la felicidad: el humor en la sabiduría y la sabiduría en el humor". Con la perspectiva de la distancia aprendió a valorar "el optimismo norteamericano, la oportunidad, la resiliencia, nuestro coraje". También a detectar que "somos demasiado arrogantes, que a veces nos supera el miedo. Tratar de proteger nuestra individualidad en detrimento de nuestro colectivo, no es seguramente lo mejor de nosotros".</p><p>Rendido a las dotes actorales de Paul Newman, <strong>regresó a EEUU y quiso ser también El más salvaje entre mil, su película favorita.</strong><em>El más salvaje entre mil</em><em> </em>Durante unos años tuvo que conformarse con aceptar todos los papeles que llegaban a sus manos y con llamar a una perra malherida, que adoptó, como al legendario <em>Hud </em>con los ojos más azules del celuloide. También se dio el capricho de tener una caravana para, de vez en cuando, dejar atrás las colinas de la costa oeste y<strong> Perderse en diez días, olvidarse por un rato de Planes de boda, de su Novia por contrato y hasta de Los fantasmas de mis exnovias.</strong><em>Perderse en diez días, </em><em>Planes de boda, </em><em>Novia por contrato </em><em>Los fantasmas de mis exnovias</em></p><p>Entre rodajes, idas y venidas, fumó peyote, tocó los bongos, entonó las canciones de los Black Pumas, que no se cansa de escuchar, y vivió con una tribu que recolocó el orden de sus prioridades. Tratando de recuperar eslabones perdidos rechazando la nostalgia, <strong>volvió a su pueblo, pero acabó maldiciendo los abusos policiales y periodísticos </strong>que, "con mucho ánimo de lucro y la falsa acusación de alterar el orden público", le sacaron una noche de su casa, como su madre le trajo al mundo, y de un barrio en el que había encontrado el anonimato y la paz.</p><p><em><strong>Greenlights</strong></em></p><p>Con las dos caras de la moneda que paga la mercancía de la vida, <strong>convertirse en True detective le acercó a uno de sus mejores amigos, Woody Harrelson</strong><em>True detective </em>. También le libró de "la cansina etiqueta de galán" como heredero de las comedias románticas de Hugh Grant en las que siempre se tenía que quitar la camiseta en la playa, pero con las que se pagó "el alquiler de las casas de la playa donde era yo quien decidía quitarme la camiseta". Años empañados por el espejismo de la borrachera creciente de la fama a la que no le encontraba la vuelta: "Disfrutaba de poder poner, al fin, gasolina súper sin plomo en mi <em>pickup</em>, pagar la cuenta cuando salía con mis amigos, conseguir pases entre bastidores y trabajar con gente con tanto talento. Intentaba seguir siendo un caballero y aceptar el caviar, los buenos vinos y los ‘te quiero’ con elegancia, pero sentía que todo aquello no era yo"<strong>. El mundo se convirtió en un espejo</strong>: "Gente desconocida se acercaba a tocarme y me hablaba como si me conocieran muy bien. Todo el mundo tenía una biografía preconcebida sobre mí en aquel momento".</p><p>Las primeras impresiones honestas eran cosa del pasado. <strong>Ese cheque ya había sido cobrado incluso en su propia familia</strong>: "Me aseguraba de llamar a mi madre todos los domingos. Solo que la persona a quien llamaba ya no era mi madre. No era mi madre quien me escuchaba. No era mi madre quien hablaba con su hijo. Era una mujer que estaba más enamorada de mi fama que yo. Eso se hizo especialmente evidente cuando una noche recibí una llamada de un amigo y me dijo que pusiera el Canal 7. Ahí estaba ella, en la televisión estatal, hablando a la cámara que la seguía por toda nuestra casa en una visita guiada hasta llegar a mi cama donde contaba que era allí donde perdí la virginidad con quince años, con qué chica había sido y todos los detalles que recordó y otros que se le pasaron por la cabeza... Tristemente, la relación con mamá fue extenuante los ocho años siguientes".<strong> Con una carrera consolidada y "los pies más firmes en el suelo, finalmente dije ‘a la mierda’ y aflojé las cuerdas con ella.</strong> Mi madre había entrado en una edad en la que pensé que tal vez debería dejar que se divirtiera todo lo que quisiera. Y sigo haciéndolo hasta hoy. Tiene ochenta y ocho años, le encanta la alfombra roja, dar entrevistas y decirle al mundo que ella ‘sabe de dónde me viene’. De ella. No le falta razón".</p><p>Menos preocupaciones, pero también mucho esfuerzo, supuso para <strong>el actor de El chico del periódico, Magic Mike e Interestelar meterse en la piel del seropositivo Ron Woodroof en </strong><em> El chico del periódico, Magic Mike </em><em>Interestelar</em><strong>Dallas Buyers Club</strong>: comiendo solo verduras y pescado perdió veintidós kilos en seis semanas. Con menos fuerza, pero sintiéndose más fuerte, le quedaron los suficientes huesos para levantar un Oscar y un Globo de Oro después de veinte años de profesión. También para crear una fundación que forma a chicos en riesgo de exclusión "y sin posibilidad de escalar para divisar otros mundos".</p><p><strong>El reconocimiento de la Academia, la factura de sus interpretaciones y tener su estrella en el Paseo de la Fama le han permitido apostar "por películas independientes y más exigentes"</strong>.<em> </em>También poder rechazar un proyecto de catorce millones y medio de dólares, defender un guion que escribió sobre la vida del Presidente Jimmy Carter que no se resigna a dejar dormido en un cajón, "aunque a Hollywood estos temas no le interesen mucho", <strong>irse al desierto para reencontrarse con sus diarios de infancia y juventud y escribir su libro Greenlights (Libros Cúpula) para oírse pensar</strong><em>Greenlights </em>: "Llevo en esta vida cincuenta y un años, cuarenta y dos intentando resolver su misterio y he escrito diarios con pistas para solucionar este enigma los últimos treinta y dos. Nunca he escrito cosas para recordar, siempre lo he hecho para poder olvidarlas. También para divertirme, para hacer menos daño a las personas, para hacerme menos daño, para ser un buen hombre, para conseguir lo que quiero, mi equilibrio, ser más yo".</p><p>Como cuando era un crío, pero con alguna cana, <strong>encuentra la mejor versión de sí mismo subido a su casa del árbol cada vez que se escapa de la mansión de Malibú</strong> que comparte, desde hace quince años, con Camila Alves. También con sus tres hijos que llevan primero el apellido materno porque "me parecía justo que continuaran esa antigua tradición brasileña que reconoce el valor incomparable de las madres". Recuperando la libertad del niño que solo se fijaba en la luz desechando las sombras, se pierde con frecuencia en su caravana, desde la que despide su Playlist, recomendándonos <em>La Balada</em> <em>de Curtis Lowe</em> de Lynyrd Skynyrd "para envolver de magia las noches de verano con los coros de los grillos".</p><p>Apostado en una colina desde la que nos muestra la inmensidad de un valle cuyo nombre prefiere reservarse, hoy, como cada vez que se reencuentra consigo mismo, dormirá al raso, arropado por la fidelidad de su perra, para continuar guiándose por luces en la oscuridad: "Como pueblo, hemos perdido la verdadera frecuencia del mundo. Creo que la definición de éxito que le vendemos a la gente está fuera de lugar, especialmente en EEUU. Aquí el triunfo se resume en ser famoso y tener dinero. No creo que esos dos factores deban estar en los primeros puestos de la lista. Creo que inherentemente han acabado ahí porque es la errónea forma en la que hemos manejado el capitalismo. <strong>Todos queremos ser relevantes, pero deberíamos preguntarnos: ¿relevantes para qué?</strong>"</p><p><strong>LA PLAYLIST DE MATTHEW McCONAUGHEY:</strong><em>PLAYLIST</em></p><p>- <strong>Un libro: </strong><em>Greenlights </em>(M. McConaughey, Libros Cúpula).</p><p><strong>- Una canción: </strong><em>The Ballad of Curtis Loew </em>(Lynyrd Skynyrd).</p><p>- <strong>Una película</strong>: <em>Adaptation </em>(Spike Jones)<em>, Raising Arizona </em>(hermanos Coen), <em>The Master </em>(Paul T. Anderson)<em>, Hud (</em>Martin Ritt).</p><p>- <strong>Una serie:</strong> <em> El Señor de los Anillos </em>y <em>Gambito de Dama.</em></p><p><strong>- ¿Cuál es su sitio?: </strong>"La paz la encuentro en casas en árboles y en mi caravana <em>Airstream</em>".</p><p>- <strong>Lo mejor y lo peor de EEUU es…</strong></p><p> -<strong> Un deseo: </strong>"Me gustaría que todos nos diésemos cuenta de que esta vida que vivimos es la única que tendremos, y es una historia de amor. ¡Disfrutad y seguid viviendo!".</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 10 Jul 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[María Granizo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Matthew McConaughey: "El éxito se resume en tener fama y dinero por la errónea forma en que manejamos el capitalismo"]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Actores,Cine]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Serigne Mbaye, la clase de historia que se saltó Rocío Monasterio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/videolibre/playlist-de/serigne-mbaye-clase-historia-salto-rocio-monasterio_1_1207007.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/8371de9e-989d-4b3a-acf5-e6675f0e5c1b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Serigne Mbaye, la clase de historia que se saltó Rocío Monasterio"></p><p><em>"El fascismo se cura leyendo. El racismo, viajando".</em></p><p>España es uno de los países que menos gasta en libros. Algunos, ocupados siempre en desplegar banderas, los abren poco e incapaces de refrescar la memoria y de pasar página no ven personas más allá de las fronteras. Lo advirtió Unamuno hace más de ochenta años. Hoy lo palpamos todos. Más si eres negro y entras en una Asamblea de blancos, como <strong>el diputado de Unidas Podemos Serigne Mbaye</strong>.</p><p>Ni las amenazas públicas de deportarlo, aun teniendo nacionalidad española, ni las provocaciones de Vox intimidan a un hombre que, después de enfrentarse al océano, <strong>"ya no tiene miedo a nada, aunque padecer esas actitudes oscurezcan a veces tanto la esperanza en el futuro como la noche cerrada en medio del mar"</strong>. Su voluntad de "acabar con el racismo institucionalizado" hace que, pese a muchos pesares, siempre confíe en un nuevo amanecer.</p><p>Nació en un paraíso transformado en pesadilla. En un país rico que se esquilma hasta el agotamiento.<strong> En la tierra fértil de Senega</strong>l donde más de la mitad de la población, por más que se esfuerce y doble el lomo, está condenada a la miseria. En un lugar en el que el sistema sanitario es tan precario que cumplir sesenta años es casi una rareza. En una costa en la que los cayucos han dejado de ser herramienta imprescindible para la pesca atlántica como medio de vida para convertirse, con demasiada frecuencia, en ataúd que engulle el mar y apenas ensucia nuestras hipócritas conciencias.</p><p><em>Djeredieuf</em>, "gracias"en <em>wólof</em>, lengua nativa de Senegal, es una de las primeras palabras que los niños del país africano leen al unísono y escriben cuando comienzan la escuela a los siete años. Hace cuarenta que Serigne la aprendió, pero con la gratitud del que solo con estar vivo se siente feliz, no se cansa de usarla: <strong>da gracias a la vida por haber abierto los ojos al mundo en un lugar donde, sin casi nada, tuvo casi todo. </strong>Donde la piel es negra por generosidad hacia la explosión de color de la madre naturaleza. Entona también <em>djeredieuf </em>a la vida<em> </em>por una niñez repleta de afectos. Porque la fortuna le evitara ser el migrante de cada veinte senegaleses que, tratando de alcanzar las Islas Canarias, es devorado a diario y sin piedad por el mar. Agradece haber logrado avistar el Teide, como un faro de salvación en la bruma, después de mil cuatrocientos kilómetros de precaria navegación. <em>Dieredieu</em>f por la voluntad y confianza en el mañana que le inculcaron sus padres. Porque esos principios le libraran de la rendición y el desaliento, y hoy le continúen llevando a creer, con firmeza, que "la educación es el arma más poderosa" frente a la ultraderecha, a la intolerancia y a la sinrazón: <strong>"La única que puedes usar para cambiar el mundo".</strong></p><p>Mientras ejerce de activista social y político, <strong>lidera el Sindicato de Manteros de la capital y ocupa su escaño en la Asamblea de Madrid</strong>, Serigne, transparente como el agua de mar que le vio nacer, se muestra como si nadie le mirase y se expresa como si todo el mundo escuchase, incluso los que le amenazan. Fiel a Martin Luther King proclama sus enseñanzas al pie de la letra: "Sigue moviéndote, que nada te detenga, avanza con dignidad, honor y respetabilidad" porque "el propósito de la libertad es crearla para otros".</p><p><strong>El paraíso esquilmado</strong></p><p>"La mayor gloria no es nunca caer, sino levantarse siempre". En el paraíso de la infancia de Serigne no hubo ni siquiera tropezones: "Yo era un niño súper feliz. Cuando echo la vista atrás, extraño a aquel crío juguetón que fui, que disfrutaba de días dorados en la playa saltando de barco en barco, nadando con mis colegas, también en el campo con mis padres, rodeado de árboles frutales jugando al fútbol, vistiéndome impecable para tomar la mano de mis compañeros y entrar en fila en la escuela, felices por tener el privilegio de poder estudiar, de aprender, de soñar ser tantas y tantas cosas, de estar rodeados de animales en libertad, de juegos corriendo detrás de los monos que había por todas partes. Para un niño era muy divertido. <strong>Es algo que echo de menos no solo porque sea mayor sino porque aquel mundo ya no existe tal cual lo viví</strong>".</p><p>De aquel recuerdo imprescindible solo queda un lugar en el mismo sitio y con el mismo nombre, pero tan transformado "que parece otro: aquellas manadas de animales fueron desapareciendo, también las plantaciones exuberantes de frutales sin explotación ni vallados, y el pescado, el recurso principal del que vivían las familias de mi pueblo, Kayar, <strong>fue tan expoliado por los grandes barcos internacionales que se fue agotando</strong>".</p><p>Se terminó también <strong>su oportunidad de estudiar</strong>, su sueño casi imposible de llegar a la universidad porque andar por las nubes no le hizo olvidarse del suelo. Cuando acabó el bachillerato, la promesa de aquel Senegal próspero comenzaba a diluirse. El <em>ceebu jën, </em>el arroz con pescado al que sabe su niñez, ya no llegaba a diario para llenar el plato: "Yo soy el quinto de ocho hermanos. Decidí dejar de estudiar para ayudar a mis padres, eso era lo primero por más que me hubiera gustado continuar.<strong> Me convertí en pescador y llegué a tener mi propia embarcación </strong>que, al principio, se llenaba de meros, de merluzas y doradas. Mi padre era agricultor y durante la estación de las lluvias y tras la recogida de la cosecha, también se dedicaba a la venta y ahumado del pescado, al igual que mi madre. El mar nos estuvo dando la vida. La pesca era abundante hasta que, en los años 2000, los buques industriales extranjeros nos hicieron la vida imposible y destrozaron el entorno: arrastraban sus redes hasta la costa, vaciaban el mar de peces y dejaban un rastro tremendo de polución. Por más que trabajábamos, cada vez fue llegando menos alimento a la mesa. Aquellos barcos fueron los causantes de la inmigración porque la mayoría de quienes se echan al mar antes vivían de la pesca". <strong>El cambio climático también aniquiló la oportunidad de sobrevivir de la tierra</strong>: "Las estaciones y las lluvias se volvieron impredecibles, la tierra se secó".</p><p>Ávido lector, Serigne había prestado atención a las páginas del <em>Discurso sobre el Colonialismo</em>, pero a medida que su mundo se acercaba más a las pesadillas que a los sueños, las palabras del libro de Aimé Césaire, que no ha dejado de releer, "tenían más y más sentido". Pese a su estabilidad política, el país natal del activista fue escalando las primeras posiciones de corrupción. En 1994, se adoptó un profundo programa de reforma económica que comenzó con una devaluación de casi el cincuenta por ciento de la moneda.<strong> El control gubernamental de precios desapareció y también los subsidios. </strong>La presencia masiva de buques faenando en el Atlántico, al amparo de las concesiones firmadas por el tercer presidente del país, fulminaba uno de los principales medios de vida de la población. Sin su utilidad vital, los cayucos se convirtieron en un siniestro transporte hacia las Islas Canarias. Con la pesca aniquilada y una crisis agraria agravada por el atraso en los pagos de la producción adquirida por el gobierno a los agricultores, sobrevivir se convirtió en una heroicidad diaria en la que apenas había espacio para el mañana.<strong> En 2006 "ya no teníamos elección": comenzó el éxodo de las pateras.</strong></p><p><strong>El viaje, demasiado frecuente, a ninguna parte</strong></p><p>Con tantas incertidumbres como lágrimas ahogadas, sin oportunidad para despedirse de padres, hermanos, una ex mujer y tres hijos, Serigne se subió a un cayuco y en ese instante el paraíso de su infancia quedó condenado para siempre al recuerdo y su vida a merced de la fortuna:<strong> "Te lanzas al agua porque la necesidad es más fuerte que el miedo a la muerte".</strong></p><p>Acababa de cumplir treinta y un años. Después de una década de desesperación, lo había pensado muchas veces. Aquella tarde no dudó: "<strong>Embarqué en Saint Louis, al atardecer. </strong>Vi como estaba saliendo una embarcación y ofrecí mi experiencia en el mar para que me dejaran subir. No pagué nada. Como pescador había visto el peligro muchas veces cerca de mí y morir a compañeros, pero aquella travesía, tan penosa y larga como una eternidad, sin pasar por la costa fue durísima. <strong>Éramos noventa y cinco personas hacinadas</strong>". El pánico, los vómitos, los restos de otras pateras y las discusiones los acompañaron todo el trayecto, más cuando el oleaje en alta mar amenazó con volcar la rudimentaria embarcación: "Un hombre se cayó al agua. Por más que lo intentamos, no pudimos hacer nada. Eso jamás se olvida y la sensación de culpa no se supera… Hubo otro momento muy crítico, cuando no nos quedó otro remedio que tirar los imprescindibles bidones de agua para beber porque teníamos que quitar peso. Era urgente achicar el agua de mar que nos entraba para no hundirnos".</p><p><strong>Después de una semana en alta mar y mil trescientos cincuenta kilómetros recorridos, la patera llegó a suelo tinerfeño</strong>: "Siempre se habla de números, de cifras, pero nunca de las razones. En mi país, el capitalismo explota y agota todos los recursos. Las multinacionales se llevan cuanto tenemos, el oro, el fosfato y el circonio. Exterminan nuestra pesca, nuestro medio de vida. Se lo llevan absolutamente todo. No hay futuro. Y mientras los europeos pueden viajar sin visado, a los africanos se nos exigen muchos papeles y se nos deniega el visado continuamente". Una batalla legal que comienza tan pronto pisan suelo español: "Según llegué a Tenerife, me internaron cuatro días en CIE, tuve suerte porque otros estuvieron cuarenta". Enseguida constató "lo que no se cuenta allá: la dificultad de demostrar ser refugiado climático, de convertirte en un sin papeles y en no poder trabajar". <strong>La Cruz Roja le envió unos días a un centro de acogida en A Coruña y después a Madrid</strong>: "No sabía qué hacer y los compañeros senegaleses me explicaron que sin documentos no podía trabajar. Así es que empecé en el ‘top manta’. Me coloqué en Atocha y mi inexperiencia era tal que al tercer día ya me habían detenido. Fue la primera de muchas detenciones. Tantas que "he dormido en casi todas las comisarías de la ciudad". La Asociación Sin Papeles le defendió en una sucesión de juicios, pero las causas abiertas retrasaron aún más su documentación: "Es un círculo vicioso porque si no tienes papeles no puedes salir de la calle".</p><p><strong>Cuando el infierno son los otros</strong></p><p>Superó pesadillas porque tenía sueños. Pero alcanzar una vida digna, sin temores, escondites, ni la sombra de la deportación, le llevó mucho más tiempo que alcanzar la costa del archipiélago canario: "Vengo aquí y<strong> tengo la barrera de la ley de extranjería que no permite tener los papeles hasta los tres años.</strong> Y si no tengo los papeles, no puedo trabajar. Estás condenado. Me dediqué a vender DVD en Atocha hasta que conseguí otros trabajos como cuidador de personas mayores y peón de albañil. Aún no tenía papeles y trataba de hacerlo compatible con formarme en informática y aprender mejor el idioma en centros sociales. Después, creé una asociación de sin papeles, en 2008, para luchar contra las redadas policiales e intentar cambiar el Código Penal. Queríamos denunciar muchas actuaciones policiales".</p><p>En enero de 2011, <strong>un mes después de enterarse por casualidad de que ya se había aceptado su regularización, le contrataron como administrativo:</strong> "La ilusión inicial enseguida cambió porque mis compañeros no dejaron de recordarme que era negro y que por eso no podían confiar en que hiciera correctamente mi trabajo. Sin duda, hay mucha gente que lucha por la igualdad y eso es lo mejor de España. Pero también está la otra cara, lo peor, el fascismo creciente que no es bueno para el país".</p><p><strong>En 2015 Serigne encabezó la creación del Sindicato de Manteros</strong> "no solo para denunciar todo lo que les pasa a los vendedores, sino para que salgan de la calle y puedan tener otros trabajos". Antes de conseguir la nacionalidad española y renunciar a la senegalesa, se casó con una chica española, capitalizó su paro y aceptó la propuesta de su cuñado para unirse a una cooperativa con la que abrieron el restaurante El Fogón Verde.</p><p>Pese a ser votante de Podemos, <strong>dudó cuando la dirección del partido le propuso aparecer en las listas de las últimas elecciones a la Comunidad de Madrid</strong>: "Me decidí porque llevar el activismo a las instituciones es lo que se requiere. Defender la igualdad, los servicios públicos y una vida digna para todos sin distinción. No creo en las categorías de personas. Clasificarlas es una trampa. Lucho y soy feliz haciéndolo porque me educaron para ayudar y apoyar a las personas sobre las que se ejercen injusticias. Para que se entienda que nadie quiere ni tiene que verse obligado a viajar en patera. Morir ahogado es atroz. Europa tiene que entender la desesperación que sienten los refugiados para llegar a arriesgar sus vidas de esta manera en el mar".</p><p>Con el ritmo en las venas de quien nació y creció en un lugar y en un tiempo donde se apreciaba sin esfuerzo el susurro del viento y los coros de los pájaros, después de haber proclamado que "el racismo no tiene cabida en nuestro país", tararea <strong>Plus rien ne m'étonne (Nada me sorprende) del marfileño Tiken Jah Fakoly</strong><em>Plus rien ne m'étonne </em><em>Nada me sorprende)</em>, cuando le mencionamos las últimas palabras de la portavoz de Vox en la Asamblea de Madrid. Recomendando <strong>la oscarizada cinta de Steve McQueen, </strong><strong>Doce años de esclavitud</strong>, Serigne Mbaye Diouf, el ciudadano del mundo al que la vida le enseñó a ser de todas partes despide su <em>Playlist </em>apostillando a Unamuno: "El cambio pasa por la educación".</p><p><strong>LA PLAYLIST DE SERIGNE MBAYE:</strong><em>PLAYLIST</em></p><p>- <strong>Un libro: </strong><em>Discurso sobre el colonialismo </em>(Aimé Césaire).</p><p><strong>- Una canción: </strong><em>Plus Rien Ne M'Étonne </em>(Tiken Jah Fakoly).</p><p>- <strong>Una película</strong>: <em>Doce años de esclavitud (</em>Steve McQueen).</p><p>- <strong>Un aroma:</strong> <em>"</em>El del ceebu jën<em>".</em></p><p><strong>- ¿Qué quería ser de mayor? </strong>"Muchísimas cosas, aunque no llegué a determinar claramente lo que quería ser".</p><p><strong>- Un tuit que le gustaría recibir: </strong>"Alguno que me comunique el éxito de algún amigo. Eso siempre me alegra".</p><p><strong>- ¿Cuál es su sitio?: </strong>"No tengo sitio, no tengo lugar. Yo soy de todas partes".</p><p>- <strong>Lo mejor y lo peor de nuestro país es…</strong>.</p><p>- "Lo mejor: lo que estamos haciendo, luchar por la igualdad".</p><p>- "Lo peor: el fascismo creciente".</p><p>-<strong> Una cita: </strong>"Sigue moviéndote, que nada te detenga, avanza con dignidad, honor y respetabilidad<em>" </em>(Martin Luther King).</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 03 Jul 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[María Granizo]]></author>
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      <title><![CDATA[Serigne Mbaye: la clase de historia que se saltó Rocío Monasterio]]></title>
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      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/8371de9e-989d-4b3a-acf5-e6675f0e5c1b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Serigne Mbaye: la clase de historia que se saltó Rocío Monasterio"></p><p>Nació en un paraíso que la pesca indiscriminada, el cambio climático y la globalización se ocuparon de destruir.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 02 Jul 2021 18:30:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[María Granizo]]></author>
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      <title><![CDATA[Ismael Serrano: “Lo de salir peores de la pandemia es un mensaje que busca desmovilizarnos políticamente”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/videolibre/playlist-de/ismael-serrano-salir-peores-pandemia-mensaje-busca-desmovilizarnos-politicamente_1_1206745.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/61623bd3-0907-49d3-acc4-f8c74b639499_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ismael Serrano: “Lo de salir peores de la pandemia es un mensaje que busca desmovilizarnos políticamente”"></p><p>“Porque fuimos, seremos”. Quiso ser de mayor astronauta, pero con el tiempo descubrió que le daban miedo las alturas. Quiso ahondar en los límites de la realidad, pero dejó la carrera de Astrofísica para iniciar el camino de trovador porque en las ecuaciones variables no encontraba las respuestas. Quiso que su papá le contase esa historia tan bonita de aquel guerrillero loco que mataron en Bolivia, cuyo fusil ya nadie se atrevió a tomar de nuevo, y desde aquel día todo parece más feo. Quiso que le contara otra vez que<strong> tras tanta barricada, tanto puño en alto y tanta sangre derramada, al final de la partida no pudieron hacer nada</strong>, y bajo los adoquines no había arena de playa.</p><p>Ya ha cumplido la edad que tenía su padre cuando, con la arrogancia de la juventud, le abroncó en alto por la herencia del mundo que él y su generación recibían, pero sigue sin ponerse de perfil “ante los embates del tiempo”. Veinticinco años después, en el mapa de su cuerpo “la vida ha trazado sus rutas” y asegura que cada viaje mereció la pena: “Crecemos. Y qué suerte hacerlo”. Sin quitarse ni un instante el traje de la conciencia de clase que <strong>se vistió para siempre en su barrio de Vallecas</strong>, ha visto mucho mundo y no ha sucumbido a la fama que emborracha al éxito. Tampoco se ha rendido a la distancia que algunos aumentan con unas oscuras gafas de sol.</p><p>Con la cara descubierta, el altavoz de su guitarra y la carretera por patria, le ha cantado a las madres de la Plaza de Mayo que sueñan abrazos, buscan recuerdos a los que aferrarse para no conciliar el sueño. También al México insurgente, a los hijos de mil derrotas y su sangre derramada, que van a reescribir la historia y han empezado por Chiapas. <strong>Ha reclamado memoria histórica para el bando vencido</strong>: Ni un momento, ni un recuerdo, para los que perdieron, los que construyeron la tumba, el mausoleo de la miseria, del carnicero.</p><p>Aferrado al valor de las palabras ha denunciado "la impunidad”, los bombardeos de Israel contra la Franja de Gaza, y ha pedido la intervención urgente de la comunidad internacional. <strong>Su férrea fe en el ser humano nos ha alentado para sobrevivir a la pandemia</strong>: “Hubo noches que duraron días. También esto pasará. Hoy es siempre todavía. Toca defender el futuro y la alegría”. Ha rescatado “belleza entre el escombro” y reivindicado a Pessoa para recordarnos que “la poesía consiste en otorgar a lo cotidiano el misterio de lo desconocido”.</p><p>Nos ha confesado que su hogar está donde se encuentre su hija: Vendrá el presente a verte con hambre de futuro, ese mañana incierto que algún día intuimos que tú harás cercano, más humano y abierto. Le ha susurrado a la luna radiante, a la que aúllan los lobos, la que mecen las mareas, la que veneran los locos. Ha cantado para que<strong> cesara el </strong><strong>ruido de patriotas que se envuelven en banderas</strong>, confunden la patria con la sordidez de sus cavernas, ruido de conversos que, caídos del caballo siembran su rencor perseguidos por sus pecados.</p><p>A los confusos les <strong>ha recordado que “la libertad es una responsabilidad colectiva” </strong>y apelando a Goethe ha reafirmado que “nadie es más esclavo que el que se tiene por libre sin serlo”. En un mundo de inversiones y de ruinas ha observado cómo el invierno sitiaba Madrid y cerraba otro cine, un maldito desahucio, un festín para elegantes buitres. Ha visto cómo en las casas de apuestas un niño blasfemaba. Ha alertado de que “el virus siempre es una amenaza mayor para el pobre”. Ha gritado <strong>“¡inaceptable! al chantaje de Marruecos jugando con la vida de miles de personas desesperadas</strong>”. Y ha advertido de que “los mensajes racistas por parte de políticos irresponsables se ven forzados por la sobreactuación de un gobierno que despliega al ejército y que hace devoluciones ‘en caliente’ contrarias a los derechos humanos”.</p><p>Ha llorado a Battiato y ha guardado su alma en la eterna estación de los amores. Ha rendido homenaje a la belleza de Aute y se ha emocionado cuando los otros héroes de su juventud, Sabina, Serrat y Silvio Rodríguez le han aplaudido a rabiar. Ha regresado con ilusión a su barrio y, arropado por las voces de sus antiguos vecinos, ha apoyado a Unidas Podemos con un himno para tratar de construir Un nuevo futuro en la Comunidad de Madrid: Aunque la vida a menudo nos duela, mereces saber que estamos juntos, y juntos, sin duda, podemos vencer. “Jugando a lo perdido”, ha abierto ventanas a la esperanza más allá del resultado electoral: Yo quiero ser la zurda más que diestro. Yo quiero hacer un congreso del unido. Yo quiero rezar a fondo un ‘hijonuestro’. Y<strong> ha agradecido a Pablo Iglesias que, “con todo en contra, cambiase la historia política de este país”</strong>.</p><p>En el éxito y en el fracaso ha militado la vida siempre con los otros: “La única lucha que se pierde es la que se abandona”. Y amigándose con el tiempo, “para no tenerle siempre a la contra”, ha descubierto que<strong> “madurar consiste en entender que toda elección conlleva una renuncia”.</strong> Mientras comenzamos a ganarle la batalla al covid-19 y “el deshielo nos trae la vida”, generoso e incansable nos entrega libros de poemas, relatos, musicales infantiles y un nuevo disco alentando lo que Seremos: “Hoy es la ocasión de celebrar que aún no hemos perdido la partida. Hoy será nuestra felicidad un último acto de rebeldía”</p><p><strong>El barrio que escribe un pedazo de historia</strong></p><p>No logró todos sus propósitos juveniles, pero <strong>nunca renunció a “la búsqueda de la voz propia”</strong>. Con los ojos limpios de niño que conservan los poetas, a los cuarenta y siete años, Ismael Serrano ha conseguido lo que pocos alcanzan después de toda una vida: ponerse frente al espejo y reconocerse.</p><p>Mimando la guitarra, como la que de crío le regaló su madre cuando ya estudiaba solfeo y piano, el cristal le devuelve la imagen adulta del menor de tres hermanos que soñaba con domingos en los que un simple puchero alegraba el estómago casi tanto como el corazón: “El olor a cocido madrileño que hace mi madre me recuerda al de mi abuela cuando nos reuníamos todos los fines de semana en su casa, tíos y primos. Y me recuerda también lo mucho que la echo de menos”. De ella, <strong>Julia, heredó el canto” y, ojalá, también su humor y sentido común”</strong>.</p><p>De su barrio madrileño, Vallecas, que su espíritu de rebeldía adolescente sigue escribiendo con k, hizo su patria: “De allí tengo recuerdos de infancia feliz. De vivir con las puertas abiertas, de sentir que mis vecinos eran mi familia, de disfrutar la libertad de ser niño jugando despreocupado en la calle, de un tiempo en el que aún existían solares sin urbanizar en la periferia de la ciudad, de despertar con el canto del gallo del corral que había enfrente de mi casa, del silbato del afilador convocando a los vecinos para que sacasen la cubertería”. Tampoco olvida los colores de la ropa tendida “entre la que se colaban las melodías de Los Chichos y de Los Chunguitos, del sonido de la vida vecinal”. Un tiempo y un lugar que solo se tornaba en blanco y negro dentro de los muros del colegio de los franciscanos en el que estudió “porque los profesores entendían el rigor y la disciplina desde un lugar un poquito chungo y antiguo”. Pero al acabar la jornada, mientras se oía el timbre y los niños como hormigas invadían el patio, regresaba el arcoíris para defender <strong>“la alegría como una herramienta de lucha”</strong>. Sin permitir que el rigor de la realidad se impusiera a lo que era privativo para la mayor parte de la gente trabajadora, se suplía con fantasía lo que no se tenía: “Nos inventamos la fiesta del mar, una batalla de agua en la que los vecinos se armaban con cualquier recipiente y nos empapábamos los unos a los otros”.</p><p>Impregnado del sentido de comunidad a fuego lento, pero candente, <strong>se gestó su conciencia de clase “que te acompaña ya siempre, para toda la vida”</strong>: Somos el barrio que escribe un pedazo de historia mientras ocupa la plaza por su dignidad. Después de dieciséis años sintiendo las calles de Vallecas tan propias como su casa, el sonido latente del espacio común se apagó. Sus padres adquirieron una nueva vivienda, a través de una cooperativa, en un pueblo residencial de Madrid y la algarabía vecinal, las casas abiertas de par en par y las sesiones matinales con sus hermanos en el cine Excelsior revisitando a los fantasmas de Amarcord, quedaron veinte kilómetros de lágrimas atrás: “No tengo un recuerdo muy bueno de aquella mudanza porque me tocó en una edad jodida donde ya empiezas a estrechar los vínculos con los amigos de una forma muy especial y, de alguna manera, me tocaba empezar de nuevo. Aquella transición no está entre mis mejores recuerdos”.</p><p><strong>De mirar a las estrellas a convertirse en astro</strong></p><p>“Hubo adioses como sal en las heridas”, pero siempre ha tratado de <strong>no quedarse instalado en la nostalgia y la tristeza de la canción de autor</strong>. Llegar a la facultad fue una buena medicina: “Ahora, al servicio del mercado, las universidades han perdido un poco el foro, se desatiende esa función esencial en la que el individuo se forma no solo académicamente sino también socialmente, sentimentalmente, incluso políticamente. Yo sí tuve la oportunidad de formarme en todos esos aspectos, incluso pertenecía a una asociación que se llamaba Física y Cultura donde organizábamos actos culturales, pero también de carácter político. Por si fuera poco, la Complutense fue el lugar en el que yo hice gran parte de mis mejores amigos. Tengo muy buen recuerdo de lo que era el Parque de Ciencias, de las sangrías y de las excusas más delirantes que encontrábamos para organizar fiestas.</p><p>En aquel tiempo ya iba a clase con ella y a cualquier sitio donde le llevara su guitarra. Los acordes de las canciones de Silvio Rodríguez y de Serrat, que siempre salieron del tocadiscos de su padre para envolver de magia su casa, le llevaron a abrazar para siempre su cuerpo y a acariciar una y otra vez su mástil. Vagando por los bares de Madrid puso música a poemas de Luis García Montero, de Neruda, de Mario Benedetti. Después llegaron composiciones más personales sustentadas por “el andamio de la memoria restaurando la identidad en tiempos que se resquebraja”,<strong> el amor, la rebeldía y el compromiso político que mamó en su familia</strong>, en las crónicas periodísticas de su padre y en los poemas de su hermano Daniel. También en el espíritu de crecimiento y superación de una madre, funcionaria de justicia que, jubilada, salió de su trabajo y entró en la universidad para licenciarse en Historia.</p><p>En 1996, después de dos años tocando en asociaciones y fiestas solidarias, con un marcado carácter reivindicativo “con la poesía como arma cargada de futuro”, emprendió el circuito de los bares y salas de conciertos madrileños. Y volvió a hacerse la magia: un productor discográfico tocó a la puerta de su camerino y le propuso grabar su primer disco. Cambió la universidad por los escenarios de medio mundo y <strong>demostró que la canción de autor no está en desuso</strong>: Atrapados en azul se convirtió de inmediato en disco de Platino en España y de Oro en Argentina. Aplaudido por compañeros, crítica y público, en veinticinco años de profesión ha publicado diecisiete álbumes con el mismo número de temas escritos por su padre, ha celebrado “nuestra capacidad para solidarizarnos en los momentos difíciles” y ha rechazado “el sectarismo que lleva a señalar al contrincante político en unos términos de confrontación frontal que no molan”.</p><p>Esperando un tuit “que anuncie el fin definitivo del covid”, entona Seremos “para establecer un punto de encuentro entre lo que fuimos, somos y entre lo que tendremos que ser: no sé si mejores o peores porque <strong>estamos todos atravesados por un trauma del que no somos conscientes</strong> y que va a cambiar nuestra percepción de la realidad y nuestra forma de relacionarnos. Pero sí creo que, en el mensaje pesimista de que vamos a ser peores tras la pandemia, hay una intención política y es el hecho de que abandonemos la esperanza a la hora de cuidar ciertas cosas que se han puesto en valor en este tiempo, como es el bien común y el sentido de comunidad, la sanidad pública, el Estado para que nos ampare. La intención es desmotivarnos políticamente,<strong> desmovilizarnos entorno a esas cosas porque estamos cuestionando y repensando el paradigma político</strong>. Esto ha puesto en evidencia las carencias y desigualdades del modelo de sociedad y económico en el que vivimos”.</p><p>Antes de despedir su Playlist, Ismael Serrano Morón, el niño que siempre jugó a compartir en un barrio, que aquí o allí, siempre está en él, recomienda el Pulitzer de Harper Lee, Matar a un ruiseñor: “Un libro que me encantó y releo con gusto”. Como el propio Atticus Finch, el protagonista al que Gregory Peck puso voz y rostro en la versión cinematográfica celebra que “aún no hemos perdido la partida,<strong> hoy será nuestra felicidad un último acto de rebeldía</strong>. ¿Quién nos lo iba a decir? Seremos y de las cenizas aún nacerá una flor”.</p><p><strong>La playlist de Ismael Serrano:</strong><em> playlist</em></p><p>Lo mejor y lo peor de nuestro país es….  </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 26 Jun 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[María Granizo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Ismael Serrano: “Lo de salir peores de la pandemia es un mensaje que busca desmovilizarnos políticamente”]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Gorka Landaburu: “Este país está condenado a entenderse”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/videolibre/playlist-de/gorka-landaburu-pais-condenado-entenderse_1_1206497.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/ec72c6bf-83e2-4334-8ed3-35462beaa3b7_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Gorka Landaburu: “Este país está condenado a entenderse”"></p><p>Cualquier tiempo pasado <strong>fue antes, pero no mejor</strong>. Cuando Gorka Landaburu tenía la edad de Aihen, su único nieto, no le acunaba el rumor de las olas. No tenía arena de la playa de Zarautz bajo los dedos ni a su edad había dado sus primeros pasos por los prados generosos del Parque Natural de Pagoeta. Tampoco podía aprender a leer la vida cerca de sus tíos y abuelos. De esa tierra honesta y longeva, como las raíces del Tejo de Behorbarruti, solo le llegaba, "con la ikurriña en el biberón", el sentido recuerdo de la nostalgia de sus padres.  </p><p>Hijo del vicepresidente del Gobierno vasco en París durante los años sesenta, <strong>vio morir a su aita en el exilio después de haber estado un año enterrado en vida en su Vitoria natal para evitar la represalia franquista</strong><em>aita </em>. Con la alegría que da la buena conciencia, se felicitó cuando la magia del mar Cantábrico le provocó una otitis pasajera que le libró de hacer la mili, quizás como a uno de sus hermanos, en la guerra de Argelia. Asistió al retrato feliz de su<em> ama</em> fundiéndose en un eterno abrazo con la<em> amona </em>después toda una vida separada por el destierro. Con su madre también saboreó con júbilo los pasteles que no pudo comer de niño para celebrar la muerte del dictador.</p><p>Estrenando los años setenta respondió al amor y a la llamada de la tierra. Dejó atrás la luz francesa de mayo del 68, "la libertad y la democracia". Cruzó la frontera y, con pasaporte francés, libros prohibidos escondidos en la maleta y el Zarautz de sus ancestros en el alma, se estableció en una España en blanco y negro repleta de controles, sospechas, tricornios y capas verdes. De traductor pasó a ejercer el periodismo, asistió al nacimiento de Cambio 16 y, a través de sus páginas y del compromiso político heredado de su padre,<strong> en 1977 se convirtió en impecable cronista de nuestra Historia</strong>: "La Transición, la Amnistía, los Estatutos, las primeras elecciones, la Constitución, el Golpe de Estado, y ETA y ETA todos los días. Todo eso lo hemos vivido aquí en primera fila, con la violencia de la banda terrorista, la extrema derecha y el GAL". Junto a su hermano Ander al frente de la publicación que nació hace cincuenta años, recibió amenazas de los etarras y también de la extrema derecha: "En 1983, un dirigente de la cúpula de ETA nos exigía que cambiáramos las noticias que dábamos de la organización si no queríamos atenernos a las consecuencias. Diez días después era la Triple A quien firmaba otra carta en la que nos acusaba de meternos con Tejero, nos llamaban comunistas, rojos" y sentenciándolos a muerte apostillaban "Hitler tenía razón". <strong>Acosados por los dos extremos, pero lejos de amilanarse</strong>, los Landaburu se convencieron de que estaban "en el buen camino e íbamos a seguir". Informar sin eufemismos, "con los valores de resistencia del padre, llamando crimen al crimen y asesinato al asesinato", convirtió a Gorka en objetivo de la banda terrorista. Con el alma en vilo por el temor a lo que pudiera pasarle a su familia, la tranquilidad de su vida quedó sometida "a la semilibertad que supone, para ti y para cuantos te rodean, estar siempre bajo la atenta mirada de dos guardaespaldas". Fueron doce años en los que escuchó demasiadas explosiones, asistió a demasiados funerales y padeció demasiados desafíos de vecinos, de conocidos y hasta de un cuñado que cumplió nueve años de condena por estar vinculado a un atentado de ETA político militar.</p><p>Testigo directo de la barbarie, no olvida<strong> los ríos de sangre que encontró tratando de auxiliar a inocentes tiroteados a escasos metros del club deportivo que también dirigió</strong>. Todavía se pregunta por qué, años después, abrió un enmascarado paquete bomba que le estalló en las manos según salía de la ducha. Una explosión que pudo cobrarse por completo su vida "y peor, la de mi hija", y que le recordó la fragilidad y el dolor por los que se mueve como equilibrista la muerte. Aquel día de primavera como hoy, la banda terrorista le robó varios dedos, la visión de un ojo y le dejó cicatrices por todo el cuerpo. Pero en el juicio a sus agresores les espetó: "Os habéis equivocado, no me habéis cortado la lengua. Voy a seguir peleando por la paz y la libertad en Euskadi".</p><p>Han pasado veinte años y, sin sacudirse del todo la precaución de sentarse aún de espaldas a una puerta o junto a la ventanilla de un avión, alza la voz y continúa cumpliendo su promesa. Con un ordenador adaptado escribe<strong> a favor del acercamiento de los presos "porque es una forma de avanzar" </strong>y reclama "justicia y reparación para las víctimas". Exige "autocrítica a Bildu y a los ex de ETA", rechaza "la venganza y el rencor porque te daña a ti y eso es otra doble victoria del que te ha metido la bomba". Recuerda cómo conversó, "en la cárcel de Nanclares con siete etarras arrepentidos, dos de ellos miembros del comando" que le habían enviado el explosivo camuflado a casa y no olvida cómo le pidieron perdón: "Hablamos durante dos horas y media de la violencia, de su inutilidad, del <strong>sufrimiento de ambas partes</strong>, porque hay mucho sufrimiento también en la familia de los terroristas". Se emociona al recordar cómo les felicitó "por el paso humano, moral, ético, importantísimo que habían dado" y por "la gran satisfacción personal" que sintió: "Después me enteré de que ellos también sintieron esa satisfacción. Y con eso me vale".</p><p>Con la sonrisa como idioma universal de los hombres inteligentes, no se cansa de hablar de<strong> futuro en clave de" tolerancia y progreso</strong>, pero siempre con el retrovisor imprescindible de la memoria". Enérgico, dice "basta ya de utilizarnos a las víctimas como ha hecho el señor Casado más de un miércoles desde la tribuna del Parlamento. Aunque algunos se empeñen en ponerlo en duda, hoy estamos en una situación absolutamente diferente a la que lamentablemente padecimos. Eso no significa que olvide: cada mañana, cuando tardo cinco minutos en abrocharme la camisa, recuerdo aquel día". Un ejemplo más de la cruel sinrazón que estuvo a punto de privarle de tener el pelo cano, "de disfrutar de un nieto que es pura vitamina en estos tiempos de pandemia". Hoy, los ojos limpios de Aihen no se cruzan "con las miradas de odio que ya han terminado. <strong>Queremos que las heridas vayan cicatrizando y estamos avanzando</strong>".</p><p><strong>"Nacido en el exilio y sufridor de dos dictaduras"</strong></p><p>En el París del exilio familiar de los años 50, en el que abrió los ojos al mundo, no se crecía con el chupete acaramelado en la <em>mamia</em> de leche de oveja porque lo más próximo del paladar a un dulce llegaba solo por la vista y el olfato: "Mis hermanos y yo éramos muy pequeños, pero se me ha quedado ese olor de cuando íbamos a la escuela pública francesa y pasábamos todos los días a las ocho de la mañana por delante de una pastelería muy elegante que estaba a escasos quinientos metros de nuestra casa. Siempre nos parábamos y mirábamos a los cocineros porque abajo se veía cómo preparaban los pasteles. No los podíamos comprar, pero solo viéndolos percibíamos sus olores y sabores". Veinte años después, en noviembre de 1975, Koxtan Illarramendi, su madre, sí pondría una gran bandeja de confituras sobre la mesa del comedor para saborear "lo que<strong> nunca se debería celebrar, una muerte, pero sí hicimos aquel día: felicitamos por el fallecimiento de Franco.</strong> Recuerdo que era temprano y mi <em>ama </em>puso la música a tope, abrió las ventanas y le pregunté qué estaba haciendo. Y ella contestó: ‘¡Ha muerto, ha muerto!’. Acto seguido, se fue a la pastelería, cogió unos dulces y, con ellos en mano, pasó delante del cuartel de la Guardia Civil dos veces. Ese día sí comimos muchos pasteles".</p><p>Cada uno de los mordiscos que dieron a aquellas exquisiteces era un intento de suavizar la hiel de una dictadura que había sembrado tanto miedo como ausencia y dolor: "Mi <em>ama</em>, una mujer muy valiente que no se callaba, era de Zarautz.  Con dieciocho años se fue a Bilbao y, desde allí, tuvo que huir en barco porque llegaban los nacionales. Entonces conoció a mi padre, diputado del PNV en la II República. Él, ya exiliado, había pasado trece meses escondido en un desván tapiado en la casa familiar de Vitoria. Solo pudo salir, ayudado por la <em>Red Álava</em>, para escapar en el maletero de un coche hasta llegar a Bayona. Fue uno de los primeros que lo consiguió. Más tarde, fue vicelehendakari del Gobierno Vasco durante el franquismo". En aquella ciudad del sudoeste de Francia <strong>llegó a la libertad, pero comenzó la espiral de su definitivo exilio</strong>. En un tiempo convulso, donde hasta el amor era engullido por los vientos de guerra, conoció a Koxtan, se dieron el sí quiero y se establecieron en la capital. Comenzaba la epopeya francesa de los Landaburu Illarramendi mientras los síntomas de la derrota invadían el cielo: "A París llegaron los alemanes. Cuando se produjo la ocupación mis padres ya tenían tres hijos y el cuarto en camino. Después nacería un quinto hermano y luego yo, el sexto. Y por último, la benjamina, nuestra única hermana".</p><p><strong>La infancia narrada en francés</strong></p><p>Con la imaginación como lápiz para pintar días sombríos, Gorka, un niño noble y tranquilo, hizo de su inteligencia emocional la varita mágica con la que evitaba que las penurias del exilio y las miserias de la guerra se impusieran al paraíso imprescindible de la infancia: "Vivíamos en el distrito dieciséis de París, un barrio privilegiado a cinco minutos de la plaza del Trocadero y la Torre Eiffel. Recuerdo un ambiente feliz, con juegos en la parroquia a donde íbamos con frecuencia y en la que yo fui monaguillo durante bastante tiempo hasta que el mayo del 68 me abrió los ojos". Siempre observador, en la postal de su niñez también está su madre guardando turno en <em>las colas del hambre</em> para recibir, como familia numerosa, dos litros de leche para sus hijos y, al mismo tiempo, <strong>miradas acusadoras por acceder al alimento no siendo francesa</strong>. Pero, sobre todo, el periodista recuerda una piña de afectos que le hacían sentir un niño poderoso: "Éramos una familia muy unida, con los hermanos mayores ayudando a los pequeños gracias a las enseñanzas de la madre. Los siete hermanos y los padres vivíamos en sesenta metros cuadrados con tres únicas ventanas que daban a un patio interior".</p><p>Hasta que llegaron veranos radiantes de visita a la tierra de los abuelos, al sexto de los Landaburu le faltó la vista del mar, el espejo del cielo en la tierra de Zarautz. Pero<strong> la oscuridad nunca se impuso en su casa</strong>. La luz la irradiaban el cariño, una radio y los libros que cayeron en sus manos para guiar su porvenir: "Miguel Strogoff: el correo del zar, lo leí siendo un niño y me llevó para siempre a la lectura. Una pequeña radio, que gané en un concurso, me convenció de querer ser locutor cuando fuera mayor". Aquel aparato alimentó su existencia abriéndole una ventana al mundo, pero también puso melodía a la banda sonora de su vida: "Mi canción, sin duda, es la de Jacques Brel, Ne me quitte pas".</p><p>En francés con sus hermanos, en euskera con su madre y en castellano con el padre, su casa era "un popurrí de idiomas". También de visitas: "Venía mucha gente para hablar con el<em> aita</em> y con José Antonio Aguirre, el lehendakari, porque ambos siguieron mucho tiempo trabajando en la construcción de Europa en la que mi padre tuvo un papel importante. Escribió La Causa del Pueblo Vasco, un libro ideológico publicado en 1957. Era un nacionalista moderado, demócrata cristiano total y muy europeísta". En 1963, París, el puerto de su refugio y cuna de sus hijos, se convirtió para siempre en su destierro: <strong>"Mi aita falleció sin poder regresar a su tierra, esa es nuestra gran pena"</strong><em>aita</em>.</p><p>"<strong>El cainismo político y la deslealtad es lo peor que tenemos"</strong></p><p>En 1972, con 21 años, Gorka cruzó la frontera y se estableció en Zarautz. Ya había padecido la dictadura franquista sacudiendo con dolor el rumbo de su familia. Aún le quedaba "sufrir una segunda": la de la tiranía "de ETA". Si la primera enterró a su padre lejos de casa, la siguiente <strong>casi se cobra su vida y condena a su familia a su ausencia desgarradora</strong>.</p><p>Décadas de bombas, de amenazas, de funerales inesperados, de escoltas pisándoles los talones. Años grises "de confesiones de amigos desesperados subiendo al monte Gorbea, obligados por la coacción, para dejar mochilas con quince millones de pesetas y bajar arruinados por el miedo a perder a sus seres queridos". Noches inquietas y despertares con olor a pólvora. Estruendos de coches bomba saltando por los aires, sirenas de ambulancias, el silencio y el último llanto de la muerte. También "las provocaciones sufridas por vecinos, e incluso por algunos familiares", cuando se manifestaba en silencio con Gesto por la Paz. Adolescencias de hijos "marcadas por dianas con su apellido pintado en paredes del pueblo, por corbatas negras dentro del buzón, por las acciones de los <em>borrokas</em>". Por días que estremecen como aquel en el que <strong>el director del instituto sacó a su hijo de clase para comunicarle que el padre había sufrido un atentado</strong>. Por tanta desesperación y ojos doloridos de llanto. Por la pasta de supervivientes de los Landaburu que, pese a todo, no permitió que les convencieran de que el futuro no sería mejor que el presente:" Era una etapa muy triste en todos los sentidos, pero lo que nos motivaba era el convencimiento de que la batalla la íbamos a ganar. Y así ha sido".</p><p>Intuir la disolución de la banda armada no restó emoción a la que sigue entrecortando su voz cuando recuerda, con precisión absoluta, el día que regresó de Madrid y, al llegar a casa, su hija se lanzó a sus brazos y le dijo: "¡Se ha acabado! Y empezamos a llorar los dos. Eso sí se me ha quedado grabado. <strong>Quiero para mis hijos, para mi nieto, un país próspero, más justo, más tolerante, donde impere el respeto y la solidaridad.</strong> Un país que no olvide su pasado y que se construya sobre la base de la pluralidad. Siempre digo que guiarse en la vida es como conducir un automóvil: para hacerlo debidamente tienes que poner las dos manos en el volante y mirar de frente. Pero si no tienes el retrovisor, que es la memoria, no conducirás bien. Y eso es lo que quiero, no que se olvide como pretenden muchos. No hemos resuelto temas de la guerra civil todavía, tenemos a cien mil personas en las cunetas y ni siquiera les hemos puesto, como han hecho en Francia, una medalla y una lápida con su nombre. <strong>Yo no quiero venganza, pero sí que hagamos justicia y una reparación mínima</strong>: ¿cuándo vamos a hacer un memorial sobre la guerra civil y un memorial sobre la dictadura en este país? Aunque no coincidiera en nada con Arzalluz sí refrendo su frase de que ‘todavía somos una democracia en pantalón corto’. Que se recojan firmas contra indultos, como el caso de los presos del procés, me parece de un país bananero, de pantalón corto. Yo me considero progresista de izquierdas y no entiendo que cada vez que la derecha pierde en las urnas, acuda a los tribunales, a la recogida de firmas y a las manifestaciones. Ahí está el matrimonio LGTB, el proceso de paz, el estatuto catalán, … Además consideran ilegítimo al Gobierno y se proclaman demócratas.<strong> Estamos divididos porque no hemos puesto las heridas encima de la mesa.</strong> No se puede dejar que los problemas se pudran. El cainismo político y la deslealtad es lo peor que tenemos, pero este país está condenado a entenderse. Vamos a empezar por el respeto y a convivir porque tenemos la obligación de hacerlo".</p><p>En el lugar tranquilo que considera su sitio, "en un banco a mitad del Paseo de Zarautz a Getaria donde disfruto el paisaje y escucho música", Gorka Landaburu Illarramendi, el demócrata de setenta y dos años que acaba de celebrar su veinte aniversario vivo, despide su Playlist. <strong>Respirando el mar que siempre ha alentado su vida</strong>, reconoce el cielo cada vez más próximo a la tierra de Euskadi. Sonríe y lo celebra para que su nieto crezca con la paz de no correr detrás del viento porque cualquier tiempo pasado definitivamente "no fue mejor".</p><p><strong>LA PLAYLIST DE GORKA LANDABURU:</strong></p><p>Lo mejor y lo peor de nuestro país es….  </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 19 Jun 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[María Granizo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Gorka Landaburu: “Este país está condenado a entenderse”]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Gorka Landaburu: “Este país está condenado a entenderse”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/videolibre/playlist-de/gorka-landaburu-pais-condenado-entenderse_7_1206264.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/ec72c6bf-83e2-4334-8ed3-35462beaa3b7_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Gorka Landaburu: “Este país está condenado a entenderse”"></p><p>Nació en el exilio y padeció dos dictaduras: “La de Franco y la de ETA”.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 18 Jun 2021 18:30:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[María Granizo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Gorka Landaburu: “Este país está condenado a entenderse”]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[País Vasco]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Ariel Rot: “Vine huyendo de una dictadura atroz que confío no se repita, pero la ultraderecha asusta”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/videolibre/playlist-de/ariel-rot-vine-huyendo-dictadura-atroz-confio-no-repita-ultraderecha-asusta_1_1198856.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/58d6a597-7790-481b-a6fa-c67f46350df5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ariel Rot: “Vine huyendo de una dictadura atroz que confío no se repita, pero la ultraderecha asusta”"></p><p>Salvar obstáculos le ha conducido a muchos sitios. A todos ha llegado, sin cambiar de talla, con el traje honesto e impecable de rockero que sintió por dentro y se vistió por fuera siendo solo un niño: “El rock no quiere crecer”. Cumplidos más de sesenta años que evidencian la maestría de sus dedos sobre los trastes, pero no su físico, ha huido de no correr riesgos para no fracasar. Ha escapado de una dictadura “atroz y sanguinaria” que le llevó a cruzar el charco siendo un crío y a<strong> abrazar a Madrid como a su otra casa</strong>. Ha demostrado que se puede hacer rock en castellano. Ha eludido la ilusión óptica de las drogas que le robó compadres y el acecho del sida que hizo estragos entre muchos de sus compañeros. Ha renunciado a lo bueno en el momento preciso para ir a lo grandioso: “Fui pionero con 17 años, número uno con la misma edad y aquí estoy, ni loco, ni internado, ni bajo tierra”. Ha sido <strong>capaz de desarrollar triunfos incluso desde fracasos</strong>: “Fue muy curioso porque yo vine aquí de espectador y de repente, en muy poco tiempo, me convertí en una especie de protagonista de lo que estaba pasando”.</p><p>Con la toma continua a tierra y la ilusión intacta que le enchufó al <em>ampli</em>, ha sabido asumir los vaivenes de la fama y mecerse con la inteligencia del que disfruta de las olas: “En pocos años vi cómo era el éxito repentino, pero también la caída, el olvido y hasta la indiferencia”. Solo ha nadado a contracorriente del avance de la ultraderecha: “Esa es <strong>una palabra que ya de por sí suena a peligro, a temor.</strong> Vine huyendo de una dictadura atroz como todas las que hubo en Latinoamérica. Y confío en que eso nunca se repita. Pero los avances de la ultraderecha preocupan y asustan”. Vacunado del estrellato y en espera del mensaje que más le gustaría recibir, la cita para su segunda dosis de AstraZeneca, también le infunde miedo la pandemia. Le sobran razones. Sin embargo, el bonaerense no ha permitido que ni la mascarilla apague su sincera y acogedora sonrisa, calco de la que el covid-19 borró, hace unos meses, del rostro de su bella madre. Aún puede verla con nitidez en sus mejores recuerdos cuando él aún no iba al colegio, pero ya se embelesaba observando las manos del guitarrista que la acompañaba mientras ella cantaba.</p><p>El aroma del tabaco de pipa hace que también eche una ojeada al niño que fue, a aquel <em>pibe</em> menudo e inquieto que <strong>quería ser electricista y jugando provocaba cortes de luz en casa</strong>. Cortocircuitos que anticipaban los que provocó en nuestro país, con Franco recién fallecido y él casi recién llegado, gritando ¡salta! con Tequila y bailando Rock and roll en la plaza del pueblo. Después de unos años de euforia, de tocar en colegios mayores, en pueblos a los que llegaban en una furgoneta sin asientos, de compartir escenario con Burning, la irrupción de la Movida sentenció a la banda: “Nuestra caída fue tan abrupta como la ascensión. A los 21 años nos consideraron unos carrozas”. Se cortó la corriente del grupo, pero no el voltaje del artista. Emprendió su primer tramo del camino en solitario y promocionando Debajo del puente, <strong>después de diez años se reconcilió con Argentina</strong>: celebró la primavera de la nueva democracia, produjo discos y vivió de hacer jingles publicitarios. La hiperinflación acabó con aquello y, en un garbeíto a España para visitar a sus padres y no perder la nacionalidad, volvió “a conectar con Madrid” y se quedó.</p><p>Junto a Andrés Calamaro, a quien conoció en una emisora de radio, Julián Infante y Germán Vilella, celebró la década de los noventa con Buena suerte hasta que Palabras más, palabras menos, hicieron “gente grande” a Los Rodríguez. Sin documentos les abrió las puertas de todos los escenarios hasta <strong>hacer una gira triunfal con Joaquín Sabina</strong>. Se convirtieron en superventas y tocando juntos, pero desunidos, descubrieron que en la cima no había nada. Después de seis años, entonaron Hasta luego y murieron de éxito.</p><p>Justo antes de tocar con la banda de Elvis Costello, “The Attractions, un regalazo que me dio la vida”, y descubrir “la libertad de ser solista”, dijo adiós definitivo al grupo con el segundo apellido más común en nuestro país, cantando que<strong> en esta vida no quería pasar ni un día entero sin nosotros</strong>. Lo ha cumplido. Con su guitarra ha puesto banda sonora a nuestra vida, nos ha hecho cómplices de sus composiciones, confinados nos ha redescubierto Emociones escondidas, se ha comprometido con causas sociales y se ha movilizado para ayudar al mundo de la cultura.</p><p>Por si fuera poco, durante tres temporadas ha recorrido nuestra geografía de norte a sur, de este a oeste, para tratar de bajar lo que no le gusta de España, “el ruido”, y subir la música: “El rock ha sabido sintonizar siempre con todo lo que estaba ocurriendo en el mundo y también lo ha alimentado para que cambie. O lo ha intentado al menos”. Con su prolongación en forma de guitarra, la magia del trabajo mimado en equipo y bien hecho, y confraternizando con los acordes de otros artistas, ha logrado también que volvamos a enamorarnos de la televisión. Pegándonos a la pantalla casi tanto como a sus melodías, con cara de niño travieso y un elegante talento propio de los auténticos maestros, ha roto audiencias y nos ha convencido de que el nuestro es Un país para escucharlo porque <strong>España “definitivamente suena a diversidad”</strong>.</p><p><strong>Música en casa y terror en la calle</strong></p><p>Ni de muy chico tuvo que buscar en el diccionario la palabra exilio. En su casa se sabía mucho de eso. Abrir por primera vez sus grandes ojos verdes al mundo, en abril de 1960, no fue suficiente signo de esperanza para los Rotenberg, una familia afincada en una Argentina en la que, desde hacía treinta años, todas las experiencias de gobierno elegidas democráticamente eran interrumpidas mediante golpes de Estado. Pero las raíces de aquel niño despierto venían desde más lejos y desde más conflictos. Huyendo del nazismo primero y del estalinismo después, su abuelo paterno se había subido a un barco en un puerto de Ucrania y, sin saberlo, el carguero le llevó a Argentina. El hombre se estableció en Buenos Aires como comerciante, pero tardó más de ocho años en poder traer a su lado a su mujer y a su hijo, Abrasha Rotenberg, el padre de Ariel.<strong> Eso haría crecer al músico con pasta de superviviente.</strong> La de artista también le vino dada de casa. Su madre, Dina Rot, procedía de Mendoza, y era una prestigiosa cantante del nuevo tango: “Llegar del colegio y saber que había ensayo esa tarde en nuestro salón era la mejor noticia que podía tener. Había un piano, una guitarra, varios instrumentos, y enseguida sentí que no existía otra opción en mi vida. Lo tuve claro. No exactamente la forma, pero sí el fondo”.</p><p>Desde muy pequeño, Ariel estudió piano clásico, pero la influencia de un rock argentino “muy fuerte e imaginativo” caló en su alma, moldeó su existencia y ya no pudo ni quiso liberarse de él. Tampoco de su amigo Alejo Stivel a quien conoció en un concierto de Paco Ibáñez cuando ambos, aún muy niños, acompañaban a sus madres al recital. Escuchando blues, a los Rolling Stones y a Chuck Berry, asaltando el armario de su hermana para adoptar la estética glam y leyendo la vida, <strong>enseguida comenzaron a componer sus primeras canciones</strong>.</p><p>Entre una casa en la que transitaban músicos que ensayaban con su madre y la redacción del periódico La Opinión del que fue fundador y director financiero el padre, crecieron Ariel y su hermana Cecilia. Mientras ambos agotaban esa etapa en la que<strong> solo hay presente cargado de ilusión y de inocencia y en la que la patria es la infancia</strong>, a su alrededor eran cada vez más frecuentes las bombas, los asesinatos y secuestros. También los robos y asaltos domiciliarios de los que ellos tampoco se libraron. El ambiente de desgobierno, de caos y de violencia apuntaba a un nuevo golpe militar. Su padre aguantó hasta que supo que estaba en una lista de “personas no gratas” para los militares antisemitas. Un mes antes de que Ariel cumpliera dieciséis años, una nueva sublevación militar derrocaba a la presidenta, María Estela Martínez Perón, y se instalaba una dictadura: el Proceso de Reorganización Nacional basado en una política sistemática de terrorismo de Estado y de violación masiva de los derechos humanos que causaría la desaparición de decenas de miles de personas.</p><p>No bastaba ya lamerse las heridas, se había acabado el tiempo de las dudas. La única salida era el exilio: “El cataclismo nos hace a todos más humanos. Los Rotenberg nos convertimos en una piña”. Con Cecilia, la hija mayor que se convertiría en actriz de culto, hundida en un mar de lágrimas porque dejaba atrás todo lo que había conocido en sus casi veinte años de vida, unas maletas, <strong>un pedazo del alma herida de Argentina y el corazón de supervivientes dispuesto a aprovechar las oportunidades</strong> a su alcance, la familia puso rumbo a España.</p><p><strong>El vals de los recuerdos</strong></p><p>Agosto de 1976. Una fecha que Ariel no olvida. Tampoco pasa inadvertida en la historia de nuestro país. Un decreto publicado por el Gobierno de Adolfo Suárez evidenciaba el <strong>desmantelamiento de la dictadura y la construcción de la democracia</strong>: se hacía efectiva la primera amnistía política. Con ese indulto desaparecía la condición de preso o de perseguido político y de ella se beneficiaban todos los encarcelados por el régimen franquista, excepto los condenados por actos terroristas. </p><p>En medio del “primer gran paso de la Transición”, los Rotenberg pisaron el suelo de una inhabitual Gran Vía madrileña, muy vacía esos días por el éxodo vacacional de quienes huían de una ola de calor: “Apenas había nadie, me parecía rarísimo. Yo venía de una ciudad caótica y peligrosa, donde hablar alto o reír te convertía en sospechoso y donde te interrogaban por cualquier cosa. Vivía aterrado en aquella época. Por eso, la sensación de disfrutar de la calle era increíble, más viniendo de una dictadura. <strong>Pasar ante la policía y no temblar. </strong>Era impresionante. Además, tenía el presentimiento de que me iba a ir bien, de que aquí iba a poder cumplir mi sueño, poder ensayar con una banda en un local y con instrumentos, que en vez de levantarme y de tener que ir a estudiar, lo que haría sería ir a ensayar”.</p><p>Después de la primera noche de exilio en la habitación de un hotel, con 16 años, los ojos abiertos como platos y mucha hambre de libertad, Ariel salió a explorar el centro de la capital. <strong>No tuvo que andar mucho para saber que aquel era su sitio:</strong> “Bajé a recorrer la zona y dio la casualidad de que por un lado había una tienda de guitarras eléctricas y por el otro un cine donde estaban dando Ladies and Gentlemen: The Rolling Stones. Me emocioné y llegué de vuelta al hotel desencajado. Nunca había visto ni tantas guitarras juntas ni un cartel de los Rolling Stones en la calle. Era fabuloso”.</p><p>Desde ese momento, abrió aún más los brazos a la vida y, con intensos latidos adolescentes a ritmo de rock, <strong>se preparó para dejar entrar al futuro</strong>, para bailar lo que hoy es su Vals de los recuerdos: Me acostumbraba a los nuevos ritos, las nuevas palabras. Y me perdía por las calles que hoy ya son mías. Yo solo quería rock & roll todo el tiempo. Pero el colegio era un lugar muy vulgar. Y tuve que salir corriendo. Poco se puede decir que siga igual. Pasaron coches, altavoces, mujeres, amigos, desencuentros. Nadie se puede escapar. Nadie se puede borrar. Todo el mundo listo para bailar. El vals de los recuerdos.</p><p>Después de cuarenta y cuatro años de vueltas y más vueltas honradas, sin marearse ni marearnos, de<strong> toda una vida bebiendo música y aún teniendo sed</strong>, apunta Volver a los diecisiete de Violeta Parra como una de las canciones que le hubiera gustado firmar. Custodiado por libros de Patricia Highsmith y de Roberto Bolaño, y dispuesto a volver a disfrutar la cinta de Luca Guadagnino, Call me by your name, Ariel Rotenberg Gutkin, el niño que se enamoró de la palabra rock como “la más evocadora del mundo” e hizo con sus raíces alas, despide su Playlist. Con la cercana sabiduría y paciencia de los genios que no se dejan avasallar por el tiempo, acaricia una púa mientras cita a Oscar Wilde para decirnos “no dejes para mañana lo que puedas hacer pasado mañana”. Nunca es tarde para el rock and roll.</p><p>LA PLAYLIST DE ARIEL ROT:</p><p>Lo mejor y lo peor de nuestro país es….  </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 12 Jun 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[María Granizo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Ariel Rot: “Vine huyendo de una dictadura atroz que confío no se repita, pero la ultraderecha asusta”]]></media:title>
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    </item>
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      <title><![CDATA[Ariel Rot: “Vine huyendo de una dictadura atroz que confío no se repita, pero la ultraderecha asusta”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/videolibre/playlist-de/ariel-rot-vine-huyendo-dictadura-atroz-confio-no-repita-ultraderecha-asusta_7_1202623.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/58d6a597-7790-481b-a6fa-c67f46350df5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ariel Rot: “Vine huyendo de una dictadura atroz que confío no se repita, pero la ultraderecha asusta”"></p><p>Nieto e hijo de exiliados, supo también lo que era huir “de una dictadura sanguinaria”</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 11 Jun 2021 18:30:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[María Granizo]]></author>
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      <title><![CDATA[Roberto Sotomayor: “Lo que ha pasado con Pablo Iglesias es la mayor vergüenza de la democracia”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/videolibre/playlist-de/roberto-sotomayor-pasado-pablo-iglesias-mayor-verguenza-democracia_1_1198575.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/8e0b740b-0f32-4f87-ae15-f429e408f7e9_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="Roberto Sotomayor: “Lo que ha pasado con Pablo Iglesias es la mayor vergüenza de la democracia”"></p><p>El atletismo es su “pasión”. “La izquierda”, su ideología. <strong>La combinación de “lucha y compromiso”, su guía.</strong> Los kilómetros que lleva en sus piernas avalan sus triunfos: cinco medallas como campeón de España, tres oros europeos, dos récords del mundo aún imbatidos<strong> </strong>y un subcampeonato en atletismo máster. La mano tendida que ofrece siempre a sus competidores y los halagos a sus entrenadores reafirman su deportividad. Sus manifestaciones públicas, “en las que no cabe el insulto ni la provocación”, prolongan su empeño de “ganar o perder”, pero haciéndolo “siempre con Democracia”.</p><p>Su ojo crítico le lleva a analizar antes de masticar: “Alcaldes que retiran versos de Miguel Hernández y colocan estatuas de legionarios rebeldes. Presidentas que cierran centros de atención primaria y despiden a más de dos mil sanitarios. La guerra de la derecha tiene un mismo fin: derrocar a la izquierda y convertir a España en lo que siempre fue, su particular territorio donde prima<strong> el saqueo de las arcas públicas y la imposición de un sistema privatizador</strong> que destruye el sistema de servicios públicos que tantos años nos ha costado defender”.</p><p>Con la fortaleza del que suda la camiseta hasta la extenuación, ni siquiera la rotura del tendón de Aquiles le ha impedido acercarse a Unidas Podemos para gritar a los cuatro vientos que “el deporte, como la cultura, es un medio de transformación social”. Después de treinta y cinco años corriendo como el coyote,<strong> no le para ni el contundente resultado electoral de Isabel Díaz Ayuso</strong> en las últimas elecciones de la Comunidad de Madrid: “Dejemos de llorar ya. Quedan dos años y mucho por hacer. Si un día lo soñamos, es que se puede. Sacad pecho, que nuestros votos no fallaron”.</p><p>El ahora candidato al Consejo Ciudadano estatal de Podemos en la lista de Ione Belarra no se cansa de reclamar “menos ruido, más política”, defiende “la sanidad pública no como opción sino como obligación”, pide “toda la inversión posible para educación, menos fotos de reyes y más colegios”, alerta sobre “la normalización de la corrupción”, reclama “un proyecto feminista” que llegue también a la foto del Consejo General del Poder Judicial, critica a Calviño porque “no meta mano a las eléctricas, pero sí a los ciudadanos”, denuncia “la politización de los medios”, y celebra la nueva Ley de Salud Mental insistiendo en que “<strong>unos trabajan por el bien de sus ciudadanos, otros por dividir un país con himnos”</strong>.</p><p>Atleta de bandera, se ha envuelto en la rojigualda celebrando sus triunfos frente a la “apropiación indebida que de ella hace la derecha”: “También es mía. Parece ser que si no eres de derechas no la puedes sacar, pero nos representa a la gran mayoría y yo me siento identificado con ella. <strong>Llevar la bandera no significa ser facha.</strong> Confundimos términos. Hay que sacarla como un orgullo de nuestra cultura, servicios públicos, de nuestro estado plurinacional. No como alarde de españolidad, de toros y de ser de derechas. No como manto del odio. Rechazo esa connotación con la que no me siento identificado. Esa España con la que no comulgo, para nada”.</p><p>Definiéndose como “atleta, donante de médula y feminista”, sus redes sociales, siempre echando humo, amplifican su voz con una legión de seguidores. Juzga la actualidad: “La imagen de los militantes del PP abucheando a los periodistas que preguntan a Pablo Casado por la imputación de Cospedal es la imagen perfecta de la derecha de este país”. Pero también aplaude: “Rafa Nadal es mi referente en lo que a logros deportivos se refiere”. Se conmueve con lo que sucede en las pistas más allá de los tiempos y las marcas: “Siempre me ha emocionado la amistad que surgió entre Jesse Owens, el atleta afroamericano, y Lutz Long, deportista alemán favorito de Hitler, con la que desafiaron al régimen nazi en las Olimpiadas de Berlín de 1936. Todo parecía que les enfrentaba, pero su abrazo conmovió al mundo. Protagonizaron uno de los mayores gestos que<strong> definen perfectamente lo que es el deporte como herramienta de transformación e integración social</strong>”.</p><p>Con la resiliencia del que se sobrepone al agotamiento para cruzar siempre la meta, ve “oportunidad en toda calamidad”: “El trece de junio, en la manifestación contra los indultos, verás muchas banderas y mucho discurso Maquiavelo ensalzando el patriotismo baratero, mientras esconden nuestras miserias debajo de la alfombra. Pero al otro lado, ese mismo día, también podrás ver otra forma de entender nuestra patria desde el consenso, la tranquilidad y la ilusión. Solo por el pasado sangriento que ha soportado este país, merece la pena apostar por lo segundo. No hay más camino. Por mucho que sientas tu decepción, otro país es posible. <strong>Una vez lo soñamos y yo, sinceramente, lo sigo soñando. Merece la pena seguir intentándolo.</strong> Siempre. Nos va mucho en ello”.</p><p><strong>Corriendo a ritmo de Thriller</strong><em>Thriller</em></p><p>Con cuarenta y tres años, el aroma de jazmín continúa oliéndole a la infancia. A la fragancia que desprendían los ramilletes de las frágiles flores blancas que su madre regaba con esmero en la terraza de su casa. Aquellas cuyo recuerdo le lleva a echar una ojeada al niño que fue: hijo único de una ama de casa manchega y de un empleado de banca jerezano que creció en la capital al amparo del deporte y del compromiso sindical y político. Desgastó zapatillas en los pinares de la Casa de Campo acompañando a su padre a correr las mañanas de domingo. Cuando cumplió siete años, el pequeño Roberto se agarró de su mano para ir también al polideportivo del madrileño Barrio de la Concepción. Desde ese momento, el atletismo fue su sitio:<strong> “Lo llevo en la sangre, está en mi ADN, es mi filosofía y mi estilo de vida”.</strong></p><p>Sin levantar aún dos palmos del suelo, el futuro atleta <strong>soñaba viendo las competiciones en el canal UHF de una televisión setentera en blanco y negro</strong>. El color lo puso su mirada de niño entusiasmado aplaudiendo a su padre en el Maratón de Madrid y en las carreras en las que solía participar como aficionado. Mientras, en la radio no dejaba de sonar su disco favorito: <em>Thriller</em> de Michael Jackson. La primera cadena de TVE estrenó el videoclip del <em>Rey del Pop</em> que revolucionó la industria musical tanto como impidió conciliar el sueño, sin imágenes de zombis, a aquel crío en mucho tiempo. Como medio mundo, Sotomayor tarareó la canción más vista del planeta, pero cuando se dejaba la garganta era animando a José Manuel Abascal, el especialista en medio fondo que nos trajo la medalla de bronce de los 1500 metros, de los Juegos Olímpicos de 1984, en Los Ángeles.</p><p>Con los años, las piernas de aquel crío despierto y menudo se fueron alargando. Mucho más creció su ilusión por ser él quien también luciera un dorsal y a quien aclamaran: “Quería ser de mayor campeón olímpico. <strong>Me quedé en el camino, pero fui atleta.</strong> Estoy contento con mi vida, cumplí parte de mi sueño”.</p><p><strong>La libertad no anida en la precariedad</strong></p><p>Roberto Sotomayor sabe correr y ganar. También se ha lesionado y ha perdido. Pero no se rinde ni en la pista ni en la política, aunque no entienda “cómo Ayuso ha llegado a ser presidenta”. Frente al desaliento, “siempre lucha y compromiso”. Lo mamó en un barrio obrero donde el día a día engulle los sueños “ mientras solo puedes preocuparte de salir adelante”. Donde no se vive de rentas. Donde las amas de casa saben más de economía familiar que cualquier ministro. Donde cualquier extra es un capricho pocas veces alcanzable. Donde desde muy joven palpó que <strong>la libertad no anida en la precariedad</strong>. Entonces reafirmó el ejemplo de su padre, afiliado sindical a CC.OO y militante del Partido Comunista.</p><p>Su fervor por la política fue creciendo, mirando “con optimismo” al frente sin dejar de echar la vista atrás: “Desde pequeño mis padres me llevaban a las manifestaciones del 1º de Mayo y fui aprendiendo a construir una<strong> fuerte conciencia de clase</strong>. Coqueteé con las Juventudes Comunistas y comencé a ir a manifestaciones por cualquier causa que me pareciera justa”. Sin saberlo entonces, su entusiasmo por el deporte fue también una tabla de salvación. Mientras la droga engullía a muchos chavales de barrio a comienzos de los noventa, Roberto no vivió el miedo <em>al caballo</em> porque <strong>su vida ya era “estudiar y entrenar, entrenar y estudiar”</strong>: “No había tiempo para mucho más”. Entre los quince y los dieciocho años practicó la marcha:” Se me daba muy bien, pero me aburría porque entrenaba solo”. Disfrutaba tanto correr que escoger ese camino no significó para él abandonar otros: “Dejé la marcha y en la carrera volví a reencontrar mi pasión por el atletismo”. Sin embargo, iniciar unos estudios que no le interesaban le convirtió en “un abogado frustrado” al que le quedaron pendientes solo unas últimas asignaturas para licenciarse.</p><p>En aquel barrio en el que las lentejas llegaban solo a base de madrugar y de doblar el lomo, Roberto trabajaba mientras iba también a la universidad: primero como reponedor de supermercados, después como dependiente en grandes superficies. “Solo con ajustes de turnos”, que siempre le ha autorizado la empresa en la que lleva más de veinte años, y haciendo malabarismos con sus horarios conseguía “trabajar, estudiar y entrenar. Y a veces competir. Esa era toda mi vida. Las lesiones se prolongaban más en el tiempo que las de mis compañeros porque no es lo mismo recuperarse en casa con el pie en alto, que ir a trabajar y sacarte el sueldo.<strong> El sueño olímpico probablemente se truncaba desde muy jovencito.</strong> ¿Qué habría pasado si me hubiera dedicado solo a entrenar? No lo sabré nunca, pero no me arrepiento de cómo ha discurrido mi vida porque lo hablé con mis padres y tuve claro que lo que tenía que hacer era eso”. Lo primero es antes.</p><p><strong>“Hemos llevado la política al barrizal absoluto”</strong></p><p>El esfuerzo y la tenacidad disfrazados de casualidad le condujeron, con dieciocho años, al Club Larios, el más laureado del atletismo masculino español. Mientras Roberto entrenaba en la madrileña sede de Moratalaz junto a los deportistas nacionales más importantes, sin saberlo, a pocos metros el hombre que se convertiría “sin duda, en el mejor político que hemos tenido en democracia, Pablo Iglesias”, estudiaba bachillerato en el Instituto Juana de Castilla. Sus caminos comenzaban a acercarse: “Desde las primeras elecciones yo votaba a IU. Pero, tras el 11M, por un sentido de responsabilidad ciudadana, voté a Rodríguez Zapatero para evitar que continuara el PP. Ganó el PSOE y en la primera legislatura hizo cosas interesantes como la ley de matrimonio homosexual, pero al llegar las siguientes elecciones me sentí traicionado. Mi padre aún no me ha perdonado que votara a los socialistas. Luego vino el Gobierno de Rajoy y el 15M y ahí es cuando sufro un despertar. Surge Pablo Iglesias a quien yo seguía desde la Universidad porque me parecía una figura muy interesante. Ha sido <strong>un político de altura que ha puesto un programa social encima de la mesa. </strong>Los medios lo han denostado, lo han machacado, lo han vilipendiado. Yo creo que se ha ido de la política porque estaba cansado: cuando ya entramos en amenazas a la familia, a los niños, hasta el más fuerte termina por ceder. No tengo dudas de que lo que ha pasado con él es la mayor vergüenza de la democracia. Hemos llevado la política al barrizal absoluto. Creo que los libros de Historia le acabarán reconociendo como algunos empiezan a hacerlo ahora con Julio Anguita”.</p><p>Después de dos décadas dando zancadas a nivel nacional, corriendo ligas de división de honor, campeonatos de España, “trabajando, entrenando y compitiendo”, encontró la clave de su futuro escondida en su vida diaria. Con casi 34 años preparó los Campeonatos de Europa que se celebraban en San Sebastián y se ganó a pulso la sonrisa de la fortuna. En el atletismo máster supo lo que era colgarse todas las medallas: tres títulos de campeón de Europa en 1500 y 3000 metros lisos en un podio de nuestro país, pero también en Polonia y en Italia, y doble subcampeón del mundo en el Mundial de Corea. Hace cuatro años se retiró como atleta sénior en los Campeonatos de España Absolutos. No olvida ni un detalle de su última carrera oficial donde más que las piernas pesó la emoción. Ahora, <strong>más despacio, pero sin desandar todo lo recorrido,</strong> continúa corriendo fuera de los grandes circuitos “porque el atletismo es mi vida”.</p><p>Sin dejar de sonreír “y de crecer” para no perder ni un día, celebra lo mejor de nuestro país: “Nuestra diversidad cultural. No me gusta el centralismo rancio propio del pasado.<strong> España es un país plural y diverso. </strong>Lo peor es esa ausencia de memoria, ese pasado sangriento que nos persigue y que no hemos sido capaces de revisar y de hacer justicia. Ese cortoplacismo que prefiere cañas y cervezas al interés general de la sociedad”.</p><p>Agradecido a los pies que le han hecho volar por medio mundo, a quienes le ayudaron a subir a los podios que le acercaron al cielo y a<strong> la conciencia que no le permite cerrar los ojos a la miseria y a la injusticia</strong>, Roberto Sotomayor Menéndez, el niño que comenzó a correr para alcanzar un mundo mejor y no ha parado, despide su <em>Playlist</em>. Mientras relee los <em>108 metros </em>de Alberto Prunetti, denuncia “la precariedad laboral y la fuga de cerebros” porque “cualquier momento es bueno para crecer y siempre es demasiado pronto para rendirse''.</p><p><strong>La playlist de Sotomayor: </strong></p><p><strong>Lo mejor y lo peor de nuestro país es…</strong>.  </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 05 Jun 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[María Granizo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Roberto Sotomayor: “Lo que ha pasado con Pablo Iglesias es la mayor vergüenza de la democracia”]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Espido Freire: “Olvidamos lo importante y solo nos preocupa lo esencial”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/videolibre/playlist-de/espido-freire-olvidamos-importante-preocupa-esencial_1_1198287.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/6c1fda49-abd0-4695-bb97-4f0e8da50ad7_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="Espido Freire: “Olvidamos lo importante y solo nos preocupa lo esencial”"></p><p>Aprendió a mirar siendo una cría y hoy solo sonríe porque “la alegría es un esfuerzo”. Al libro de nuestra actualidad le titularía como la obra de Choderlos de Laclos, <em>Las amistades peligrosas</em>: “No solo a nivel político, incluso entre los ciudadanos resulta complicado discernir en quién confiar y en quién no, qué alianzas se mantendrán, si podemos entregar la confianza a una ideología, una creencia o un partido sin ser traicionados a corto plazo. Creo que existe una enorme erosión y desconfianza hacia todo tipo de autoridad, incluida la científica, que hasta hace poco se mantenía casi intocable. <strong>Nos estamos volviendo más desconfiados y vulnerables</strong>”.</p><p>Ser niña prodigio también abonó su propia fragilidad. Con un lápiz y un papel, a los dieciséis años, echó una ojeada a la niña que fue y ya no quiso perder de vista quién era, de dónde venía y el camino a seguir: “¿Qué nos distingue a unos de otros? <strong>He visto a hijos de familias nobles comportarse como cobardes y dejar atrás a sus compañeros cuando silbaban las flechas</strong>, y a algunos esclavos arriesgarse a morir para arrastrar a su amo herido. He visto que la sangre de todos nosotros es del mismo color, roja, y que las únicas diferencias entre nosotros se encuentran en nuestro comportamiento, no en nuestro rango”.</p><p>Antes de presentarse al mundo, Espido mamó la cultura del esfuerzo y la obligación del deber. La de quienes vienen de un sitio donde se echa a andar con lo justo. La de unos padres pertenecientes a la clase trabajadora que se levanta con el sol y se acuesta con el lomo doblado. La de una familia gallega que, con el terruño en el alma y los enseres en cuatro maletas, se convirtió en emigrante en el País Vasco. La de quienes sin rentas procuraron que sus hijas alcanzaran todo lo que el sudor y horas de puntadas tras puntadas les privaron a ellos. La de quienes descubrieron que tenían en casa a una estudiante brillante y promesa operística, y accedieron a que recorriera Europa cantando con la compañía de José Carreras. La de quienes soñando con que la niña se labrara un porvenir, no repararon en que a la pequeña le pudiera pesar mucho la vida y más “<strong>la necesidad de la continua superación</strong>”. La de quienes, cuidando la toma a tierra, abrazaron a su hija cuando abandonó más de una década de carrera musical y regresó a casa. La de quienes vivieron, con el corazón en un puño, sus trastornos alimenticios y una grave depresión.</p><p>La cultura también de quien, agarrada a la tabla de la literatura vertebró su existencia, se dejó mecer por las olas y no sucumbió al naufragio ni al suicidio. La de quien continúa adelante” porque la herida se hace costra, y la costra, cicatriz”. La de quien, con solo veintitrés años, debutó como narradora con <em>Irlanda</em> y, entre el Atlántico y el Mediterráneo, los libreros franceses le aplaudieron con el <em>Premio Millepages</em>. La de quien, con veinticinco años recién cumplidos, se convirtió en la ganadora más joven del Premio Planeta con <em>Melocotones helados</em>. La de quien no descuida su condición de hija de obreros escribiendo sobre “lo que horada nuestra sociedad”, sobre la enquistada condena de <em>Los mileuristas</em>, sobre el desengaño ante la crisis económica, sobre la condición de la mujer, sobre <em>Los malos del cuento, </em>sobre <em>Cuando comer es un infierno </em>y también<em> De la melancolía</em>, sobre su rotunda posición animalista, sobre su “esperanza en la rectificación” aunque la vea “frustrada porque olvidamos lo importante y solo nos preocupa lo esencial. <strong>Nos toman por tontos, apagamos fuegos a corto plazo</strong>”. La de quien, rescatando un pasado no tan lejano y buscando referentes literarios femeninos, camina<em> tras los pasos de Jane Austen</em> y ahora nos invita a recorrer “de la <em>a</em> a la <em>z</em>” su “<em>Diccionario de amores y pesares” </em>porque “para contemplar el amor de manera diferente, hay que comenzar por las palabras y sus definiciones”.</p><p>La obra de quien fue amiga y lectora de Ana María Matute. De quien después de dos décadas firmando novelas, ensayos, relatos, traducciones y poesía tiene como prueba contundente de su éxito la continuidad de su trabajo: “Si se gana al inicio de una carrera, los sueños están al final”. La de quien pidió a la RAE que cambiara la definición de ‘madre’. La autora de narraciones que presentó Iñaki Gabilondo, amadrinó Rosa Montero y halagó Cela. La de la escritora actual que, a su edad, acumula más galardones literarios y se la disputan las marcas como <em>influencer</em>. La de quien no olvida que siendo “<strong>una veinteañera que vivía aún en País Vasco, dentro de una existencia que incluía ya la violencia como algo cotidiano</strong>”, sintió “rabia, pena y una impotencia paralizadora” cuando ETA asesinó a Miguel Ángel Blanco: “Cuando apareció agonizante, me quedó claro lo que contábamos como sociedad y como pueblo; el poder que creíamos tener, la invulnerabilidad de la juventud se hizo pedazos”.</p><p><strong>El Diabulus de la música fracturó su orden y apareció el caos</strong><em><strong>El Diabulus </strong></em><strong>de la música fracturó su orden y apareció el caos</strong></p><p>Antes de que llegara un tiempo en el que la felicidad la frecuentaba poco, Espido Freire era una niña enfermiza, temprana y ávida lectora, que fantaseaba relatos y pedía a sus padres que parasen el coche “para coger racimos de milicroques”, aquellas florecillas púrpuras erguidas a orillas de la carretera que les conducía al pueblo gallego de sus abuelos. En aquel <em>fin del mundo</em> pasaba sus vacaciones estivales, junto a su hermana mayor, la que le hizo con cinco años su primer carné de biblioteca: devoraba cuentos, inventaba relatos y jugaba con Nancys que su madre, costurera, vestía con réplicas de la ropa que también confeccionaba para suhija.</p><p>En ese tiempo de color y veranos eternos que anticipaban las camelias del jardín, la autora de <em>Soria Moria</em> soñaba con “<strong>ser de mayor astronauta: lo deseaba con toda mi alma, las niñas se reían de mí</strong>, pero yo estudiaba los efectos de la ley de la gravedad, sabía de memoria las distancias entre planetas, y dibujaba extraterrestres”. Después, quiso ser “poeta y, más tarde, escritora”. Sin embargo, revelarse como genio musical supuso un largo desvío hasta poder retomar el camino de sueños: “Comencé a cantar porque mis profesores me dijeron que tenía cualidades extraordinarias y a mi familia y a mí nos pareció una buena oportunidad. Superé muy pronto las pruebas de acceso a canto. Me parecía importante aprovechar esa experiencia, obtener una titulación y demostrarme que podía con todo”.</p><p>Entre los once y los diecinueve años <em>el Diabulus </em>de la música fracturó su orden y apareció el caos. Viajó por el mundo con la compañía del tenor José Carreras, aprendió idiomas y se enamoró de Noruega. Aunque se refugió en Shakespeare y en los libros de las hermanas Brönte, que ahora relee, la ansiedad, camuflada por un trastorno de alimentación, y su desinterés creciente por la profesionalización de la música, la rompieron: “Fue una etapa oscura y contradictoria, en la que las posibilidades, los viajes, la visibilidad, la dedicación artística y la independencia se mezclaban con un constante maltrato por parte de personas del entorno y una absoluta falta de vocación. Por suerte combinaba mis estudios en el instituto y el Conservatorio sin demasiados problemas. Los profesores lo toleraban, aunque no sentí un gran apoyo por su parte. Eran otros tiempos”. Comenzaban los años ochenta y la sobreprotección hacia los niños era menor: “<strong>Yo viajaba sola, y me parecía una muestra de debilidad el quejarse o incluso reaccionar</strong>. Por otro lado, existía menos información o conciencia sobre los riesgos que a largo plazo podía suponer soportar una tensión psicológica como la que sobrellevaba. De haberlo sabido, tanto mi actitud como la del entorno hubiera sido diferente”.</p><p>Después de ocho años ahogando el llanto y solo subiendo el tono en los teatros de media Europa dio carpetazo a las partituras: “Finalmente lo dejé porque, expectativas y sacrificios aparte, había llegado a un punto en el que preferí ir a la universidad. No deseaba ser cantante, ni era una carrera que me atrajera en absoluto”. Han pasado más de dos décadas y no ha vuelto a cantar.<strong> Se deleita escuchando a The Cure y pincha, una y otra vez, el octavo álbum de la banda británica: Disintegration.</strong><em>The Cure</em><em>Disintegration</em> Se publicó en 1989, cuando ella tenía quince años y disfrutaba poco de la cándida adolescencia: “Es una época en la que todos quieren ser iguales. Y yo era radicalmente diferente. Siempre de gira, siempre en otra parte”.</p><p><strong>Subir al podio como finalista y bajar como ganadora</strong></p><p>El aroma del café le recuerda a su sitio, “cualquiera en el que esté”, pero próximo al corazón de sus padres: “Un ejemplo vital de responsabilidad y superación personal”. Con diecinueve años regresó a la casa familiar de la alavesa tierra de Llodio. “Después de tanto tiempo sin pensar, solo haciendo”, volvió a alimentarse de afecto y de literatura. Hizo frente a su ansiedad y se liberó de “un montón de fantasmas que arrastraba de lejos” en las páginas de <em>Irlanda, </em>que había escrito con dieciséis años, en cuentos que creaba “casi sin pausa”<em> </em>y en <em>Donde siempre es octubre, </em>su segunda novela. Comenzó sus estudios en Deusto para estudiar leyes, pero acabó cursando Filología inglesa. Convencida de que “frente a las circunstancias externas hay que imponer una voluntad acorazada”, <strong>demostró su apuesta de ser escritora “trabajando como una mona, horas y horas”</strong>. A través de un profesor de la universidad de los jesuitas, que pidió a los alumnos sus escritos y los puso en las manos de una agente literaria, los <em>Melocotones helados </em>de Espido entraron en el camino del Planeta. “Agnóstica, pero con una fe inmensa en el ser humano, la razón y el aprendizaje”, nunca creyó que una veinteañera, desconocida, cuentista, “voluntaria” de la literatura en talleres estudiantiles se pudiera hacer con el Premio. Sin embargo, con “una determinación y una ingenuidad a toda prueba”, le parecía “factible” dedicarse en exclusiva a escribir.</p><p>La noche del 15 de octubre de 1999 volvió a llegar antes que nadie a los lugares que se proponía. <strong>En la deliberación final de la 48ª edición de Premio Planeta, su novela quedó en segundo puesto</strong>, mientras que <em>El egoísta </em>de Nativel Preciado se hacía con el galardón: “Un segundo lugar era perfecto. Me otorgaba visibilidad, un buen premio y poca responsabilidad. Sin embargo, mientras avanzaba hacia la tribuna, donde el anciano señor Lara, fundador de Planeta, su hijo, y Mariano Rajoy, ministro de Cultura, me esperaban, el jurado rectificó. Se había leído mal el acta y <em>Melocotones helados </em>era la novela ganadora”.</p><p>Aquella noche no comenzó su carrera literaria, “ni mi aguda conciencia del peligro de convertirme en un personaje, algo que tenía presente ya entonces. En realidad, no cambiaron demasiadas cosas: continué trabajando y escribiendo como antes, a una velocidad y a una dimensión aceleradas. Pero las que cambiaron, cambiaron para siempre. La ingenuidad. <strong>El anonimato. La pretensión de crecer sin prisas</strong>”. A una primera edición de 210.000 ejemplares, le siguieron otras dieciséis reediciones, una docena de traducciones y varios premios más: “El Planeta me ofreció una fantástica oportunidad que tomé ávidamente. Me dio otra vida, insospechada, pero no por eso menos real, ni menos auténtica”.</p><p>Pasados veintidós años desde que subió al podio como finalista y lo bajó como ganadora, con una prolífica y aplaudida carrera literaria, la crítica la considera una de las voces más interesantes y activas de la narrativa española: “Una mente como la mía en estado ocioso resultaría muy nociva para mí misma”. Después de ser fiel a su espíritu nómada y haber vivido en varios países, insiste en que lo mejor y lo peor del nuestro “es su gente”, aunque “<strong>cada vez resulte más complicado hablar en general, analizar una situación, porque hemos divinizado la excepción</strong>, y el debate que supone explicar aquello de lo que hablamos oscurece lo que deseamos decir”.</p><p>Cuando la pandemia deja paso a la esperanza y Freire vuelve a disfrutar junto a su madre de la película favorita de ambas, <em>Solo ante el peligro,</em> advierte que, como en plena crisis económica, “pisamos hielo frágil que aumentará la temperatura y deshará el hielo. El empobrecimiento progresivo, <strong>la fragilidad de las clases medias, el aumento de una conciencia individualista</strong> entendida no como una reivindicación de la mirada propia, sino como la imposición de un deber, los cambios constantes de los sistemas educativos y las expectativas generadas por un modelo generalizado y falso de éxito no ayudan”.</p><p>Con un ejemplar en mano de su última criatura, <em>Diccionario de amores y pesares, </em>Espido Freire, la niña prodigio no malgastada, la joven que renunció a cantar “porque no quería ser el personaje, sino la autora”, la escritora de éxito que apela a la esperanza porque “hay una búsqueda constante de amor”, despide su <em>Playlis</em>t. Antes, advierte de que “la baja resistencia a la frustración como sociedad nos hace más vulnerables y manipulables” y citando a Teresa de Jesús y a Truman Capote, añade: “<strong>Se derraman más lágrimas por las plegarias atendidas que por aquellas que no han sido escuchadas</strong>”.</p><p><strong>La playlist de Espido Freire:</strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 29 May 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[María Granizo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Espido Freire: “Olvidamos lo importante y solo nos preocupa lo esencial”]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Grupo Planeta,Libros,Literatura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Sara Baras: “Tener libertad para expresarte como quieres no tiene precio”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/videolibre/playlist-de/sara-baras-libertad-expresarte-quieres-no-precio_1_1198011.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/78e37d26-9079-454a-a8cc-8d3bb42e99a7_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="Sara Baras: “Tener libertad para expresarte como quieres no tiene precio”"></p><p>Rafa Nadal, Pau Gasol, Edurne Pasaban, José Andrés, Fernando Alonso, Ferrán Adrià, Joan Roca… <strong>Ella también es marca España</strong>. Como ellos, nunca ha sido una más. Tampoco lo es su nombre, Sara Baras, un palíndromo (que se lee igual de izquierda a derecha que de derecha a izquierda). Nació en Cádiz, en la luminosa tierra de los lunes al sol, y se crio en San Fernando, Isla de León, donde el Atlántico se asoma para suavizar el clima y los estragos del paro. Donde más que aire, se respira buen humor. Donde la antigua Casa de Comedias acunó las primeras líneas de La Pepa antes de que se hiciera grande y se promulgara en la Tacita de plata. Allí donde se pueden dar bocados a las olas comiendo ortiguillas, donde la caballa con piriñaca y las tortillitas de camarones recuerdan a los canaíllas que son hijos de la Costa de la Luz. Ese lugar mágico en el que si algo sobra es arte. Lista desde pequeña como los linces de Doñana, Sarita no desaprovechó ni una migaja, todo lo supo recoger: “No conozco mi vida sin baile”.</p><p>Mecida por el Levante y contagiada por la gitanería gaditana,<strong> el flamenco le llegó directo al corazón</strong>. Era solo una cría. Con apenas siete años ya hacía dibujos con su cuerpo menudo y música con sus zapatos. Desde entonces ha cabalgado con sus tacones por los mejores escenarios del mundo, incluso cuando a su padre le hizo un guiño la muerte: “Estuvo a punto de morir y coincidió con el estreno de Carmen en el Liceo de Barcelona. Era la primera vez que una compañía de flamenco abría la temporada de danza en ese Teatro. Ese fue un momento para mí durísimo, pero gracias a Dios salió todo bien”.</p><p>Con veinticinco años, la gaditana ya había bailado por medio mundo y con los más grandes. Entonces, clavó tacón simbolizando el peso de la vida y creó su propia compañía. <strong>Había llegado para quedarse e iluminar el mundo con su arte.</strong> Bebiendo de la tradición, de Carmen Amaya, de Camarón y de su gran maestro y amigo Paco de Lucía, pero buscando el riesgo, desafió a los puristas flamencos: aparcó el traje de cola y se puso pantalones para interpretar la farruca, hasta entonces baile masculino por antonomasia. “O arriesgas o no creces”. La preparación se encontró con la oportunidad y el reto le salió mejor que bien.</p><p>Después de veintidós años dirigiendo sus espectáculos, sigue poniendo en pie a un público entregado a su talento desde el Teatro Real de Madrid al City Center de Nueva York. En Asia y en Latinoamérica se rinden a su embrujo y en el parisino Teatro de los Campos Elíseos, ovacionada, es<strong> la artista que más veces ha actuado en el último siglo</strong>. La más mediática de las bailaoras también ha sido burbuja Freixenet, la única a la que Correos ha dedicado un sello, la que bailó con Paco de Lucía en la madrileña Plaza de Cibeles cuando pasó la antorcha olímpica de los Juegos de Atenas camino a Barcelona, la que tiene una escultura en el Museo de Cera de Madrid. También la que, sin ser esclava de la moda ni de fetichismos, aceptó ser <strong>la primera española en tener una </strong><strong>Barbie</strong><strong> a su imagen y semejanza</strong> para que los beneficios recaudados, con las réplicas de la muñeca, se destinaran a Aldeas Infantiles SOS. Y la que arrebujándose el vestido hasta las rodillas y dando alas a sus piernas dejó boquiabierto al mismísimo Rostropóvich. La bailaora no olvida el Festival de Evian que él dirigía y al que la invitó, en sus inicios, como telonera de su concierto: “Había órdenes estrictas de no hacer ruido durante los ensayos del genio”. Mientras la gaditana preparaba un martinete, oyó al genial violonchelista ruso tocar las puertas de los camerinos preguntando por ella. Pensó que la buscaba para quejarse por el sonido de su zapateo: “Casi me da algo cuando le vi llegar. Sin embargo, me insistió en que repitiera el taconeo y dijo: ‘Es increíble que a estas alturas de mi vida hoy haya descubierto un nuevo instrumento musical’”.</p><p>Creando coreografías, bailando y haciendo música con los pies, repasando los palos del flamenco acompañada del saxofonista de los Rolling Stones, Tim Ries, o del violín mágico de Ara Malikian, Sara también asoma su cabeza al mundo y le “dan vergüenza las injusticias”. Por eso, se ha metido en la piel “de mujeres heroicas” como Carmen de Bizet, Juana la Loca o Mariana Pineda. Ellas le han devuelto el reconocimiento en forma de Premio Nacional de Danza y<strong> </strong>le han dejado “huellas en el alma”,<strong> aunque reconoce que no se considera “tan valiente como para renunciar a mi vida por unos ideales</strong>. Yo no sería capaz de despedirme de mi hijo como Mariana Pineda”.  </p><p>Haciendo frente a la pandemia con cultura, dobla mantones y prepara maletas para estrenar Momentos, su nuevo espectáculo, en el Festival de Pedralbes el primer día de junio, pero<strong> nunca se despide de su casa, del olor del mar y de la brisa de Cádiz </strong>porque “siento, como me dijo una vez Chavela Vargas, que uno vuelve siempre a aquellos lugares donde amó la vida”.</p><p><strong>Entre la disciplina militar y la creatividad artística</strong></p><p>Mecida por los vientos de poniente y levante, por la disciplina militar de su padre, coronel de infantería de Marina, y la chispa gaditana de su madre, profesora de baile, Sara creció en San Fernando tan alegre como la luz de la tierra que la vio nacer hace cincuenta años. No era gitana, pero <strong>el embrujo flamenco se prendó de su desparpajo, de sus ojos verdes y de su expresividad</strong>. Tercera de cuatro hermanos, comenzó a asistir a la escuela de su madre, con su otra hermana, siendo muy cría. No tardó en apuntar maneras: “Empecé a bailar con seis años y todavía me veo saliendo del Colegio Juan Díaz de Solís, donde me subí al escenario por primera vez, e ir corriendo para llegar a la clase de danza y ver a mis compañeros. Mi madre organizaba visitas a los Hogares del Pensionista de muchos pueblos de Cádiz, e íbamos con la ilusión de tener público”.  </p><p>Cualquier escenario siempre ha sido su sitio. Con solo diez años ya amenizaba las cenas de gala que daban los superiores de su padre: “Como hija de militar, viví siempre al lado de los cuarteles, en contraste total con la familia de mi madre, más volcada en el arte”. También comenzó a recorrer festivales como miembro del grupo Los Niños de la Tertulia Flamenca y no olvida que con su primer sueldo le compró “una bicicleta blanca” a su hermana: “Desde niña ya soñaba que bailaría, pero no me imaginé nunca que llegaría tan lejos”. Influenciada por la pasión artística de su abuelo materno que era pianista clásico, recuerda las lecciones que les daba a sus alumnos, entre ellos a Felipe Campuzano, diciéndoles que “el piano nunca se aporrea, se acaricia”. <strong>Empapándose del arte que la vida le ponía en su camino</strong>, aquella niña despierta, que jugaba siempre a bailar, tomó nota: “Antes de hacer ruido, hay que intentar hacer música”. Comenzó a acariciar la madera con los zapatos “como el abuelo decía que había que hacer con las teclas”. Aprendió a hacer que sus taconeos fueran mucho más que una percusión, a crear melodía.</p><p>Con el pellizco y el compás del flamenco se desató el duende, y con diecisiete años “es cuando ya me lo planteo más en serio”. Después de foguearse en la compañía de Manuel Morao, ganó el concurso Gente joven, un buque insignia de TVE que llegó a superar los datos de audiencia de Un, dos, tres y de Informe semanal. Aquel escaparate de jóvenes talentos hizo que la actuación de la bailaora fuera seguida por ocho millones de espectadores y su popularidad comenzó a subir como la espuma. Tenía dieciocho años: “Mi padre quería que estudiara una carrera y que luego bailara. Mi madre fue la más lanzada y estudié hasta COU, decidiendo no hacer ninguna carrera y me dediqué al baile. Desde el principio las cosas me fueron saliendo bien y eso hizo que mi padre se uniera también”. Hoy, Cayetano Pereyra, “lleno de orgullo”, <strong>tiene guardado, desde la primera vez que salió su hija en un periódico, “todo lo que se ha publicado”. </strong>Su madre, su primera y gran maestra, le continúa diciendo que hay que conducirse poco a poco porque “las cosas que se hacen a toda prisa no tienen vida”.</p><p><strong>Bailando con los más grandes y pisoteando el síndrome de Rett</strong></p><p>Con el arte en la sangre y el baile en el corazón, de la intimidad de su tierra ligada por el mar, Sarita, la hija de Concha Baras, llegó a Madrid con poco que desaprender: “Empecé tan joven que hasta los vicios que traía eran buenos. Al llegar a la capital me pusieron en la barra de danza clásica para colocarme el cuerpo y adquirir un lenguaje más amplio. Pensaba que eso quitaría pureza al flamenco, pero <strong>todo lo que uno aprende suma</strong>. La danza clásica, de hecho, aporta al flamenco”.</p><p>Entonces y ahora, antes de pisar el escenario, se desabrocha la hebilla del zapato “y vuelvo a ajustarla de nuevo porque supongo que eso me da seguridad”. No tiene más tics ni supersticiones porque “el baile requiere de estudio, aprendizaje de los maestros y, ante todo, ensayo incansable para acabar dominando la técnica hasta poder olvidarla y expresar lo que el corazón te pide”. La guitarra de su amigo y mentor Paco de Lucía, cuyos discos no se cansa de escuchar, le recuerda “su dulzura, su gran sentido del humor y su genialidad”, pero también uno de los consejos del maestro que siempre ha sido su guía: <strong>“Con talento se nace, pero sin trabajar no hay nada”</strong>. Exigiéndose el máximo a sí misma y a los que la rodean, “no soporto a la gente que quiere ahorrarse dos gotas de sudor”, con veinte años ya derrochaba poderío por las tarimas de los teatros españoles. También en las de París, en el Town Hall de Nueva York y en el Teatro Verdi de Génova. Sin desaprovechar los aplausos y las lecciones de Enrique Morente, Camarón, Paco Peña, Antonio Gades y del menor de la dinastía de los Lucía, y con su experiencia en las compañías de Paco Cepero, de Rancapino y de Antonio Canales, en 1998, “siendo una chavalilla de veinticinco años”, dio un paso al frente: cerrando el Festival Nacional de Cante de las Minas presentó su nueva compañía. Demostrando que “si la vida evoluciona, el flamenco también”, como Carmen Amaya, “la Capitana”, cuyo relato de vida no se cansa de releer a través de Terenci Moix, debutó hace veintidós años en el Auditorio de Murcia rodeada de bailarinas: “Antes las mujeres solo usábamos los brazos y las caderas, y los hombres los pies; <strong>ahora usamos todo el cuerpo”.</strong></p><p>Desde entonces, ha derrochado arte en más de cuatro mil representaciones con quince espectáculos que han puesto en pie a los teatros más importantes del mundo. Acumula honores como una de las más grandes bailaoras y coreógrafas de la historia: Medalla de Oro de la fundación John F. Kennedy, Medalla al Mérito en las Bellas Artes, Hija predilecta de Cádiz, Premio Nacional de Danza, cinco Premios Max de las Artes Escénicas, ... Pero <strong>el aplauso que más le reconforta lo recibe de su compromiso social</strong>, casi tan grande como su dimensión artística: “Ayudar no es una obligación, es un privilegio”. Convencida de que desde que es madre “bailo mejor”, la maternidad le ha enseñado que nada le compensa “si no puedo estar con mi hijo”. También a ver a su pequeño en los ojos de cualquier niño. Por eso, se estremece y recomienda la cinta de Jonathan Jakubowicz, Resistencia, basada en la historia real de Marcel Marceau: el mimo francés que, cambiando su apellido para ocultar sus orígenes judíos, se alistó a la Resistencia francesa en Limoges y salvó a más de trescientos menores de los campos de concentración antes de unirse a las fuerzas de la Francia Libre de Charles de Gaulle. Sin poder imaginar cómo sería una vida sin bailar, “tener libertad para expresarte como quieres no tiene precio”, y evitando guerras, alza la voz para decir que “lo mejor de nuestro país es el flamenco” y que, para combatir el ruido y la crispación, “en esta época tan dura, tan difícil, habría que poner un palo de flamenco alegre, algo con ritmo, con energía bonita. Así es que me voy a mi tierra otra vez, lo siento, me tengo que ir a Cádiz, yo pondría ‘alegrías’ de Cádiz”. Imprescindible, para disfrutarlas, defender <strong>“los tres pilares del estado del bienestar que es a lo que doy más valor: la sanidad, la cultura y la educación”</strong>.</p><p>Colaborando con la Fundación Vicente Ferrer, con la Asociación Española Contra el Cáncer (AECC), llenando el Teatro Calderón para recaudar fondos para la formación de niños con síndrome de Down, se enorgullece también de ser madrina de las Princesas Rett, la asociación de familias con niñas afectadas por una patología neurológica que provoca retraso mental y pérdida de capacidades motoras: “Espero que la investigación de la enfermedad del síndrome de Rett encuentre cura. Eso sería <strong>un sueño que yo creo que será una realidad</strong>, pero sobre todo un deseo de que sea ya”.</p><p>Metiendo en su equipaje la camiseta, que reivindica la atención hacia esta enfermedad, con la que ensaya y en la que se enfunda antes de recibir el aplauso final del público, Sara Pereyra Baras, la bailaora que se viste por la cabeza, pero también por los pies, despide su Playlist. Con <strong>el don de quien sabe dejar en el escenario la grandeza y bajarse con humildad, </strong>de quien se enfrentó a una quimera y, removiendo con respeto los cimientos del flamenco, conquistó a propios y a ajenos, no olvida a Camarón cuando siendo muy niña le decía: “No dejes de aprender, pero recuerda siempre de dónde vienes”.</p><p><strong>La Playlist de Sara Baras:</strong><em>Playlist</em></p><p>Lo mejor y lo peor de nuestro país es …”  </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 22 May 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[María Granizo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Sara Baras: “Tener libertad para expresarte como quieres no tiene precio”]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Arte,Cultura,Flamenco]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Amaya Uranga: “Estamos pasando por un estado aberrante, necesitamos más sentido común”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/videolibre/playlist-de/amaya-uranga-pasando-aberrante-necesitamos-sentido-comun_1_1197716.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/745bf06b-3d76-4a18-b914-e993756c532a_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="Amaya Uranga: “Estamos pasando por un estado aberrante, necesitamos más sentido común”"></p><p><em>Eres tú </em>siempre será ella. Una dulce cenicienta bilbaína que no tuvo más hada madrina que Valentina, “<strong>una vieja guitarra regalada llena de parches y esparadrapos</strong>”. Acariciando su mástil, comenzó a cantar en el baño, el único sitio a veces vacío de una casa con nueve hermanos.</p><p><em>Como una promesa </em>fue ella, la pequeña que jugando a tocar acordes aprendió sola a versionar los discos que atesoraba su padre mientras quería ser de mayor enfermera.</p><p><em>Como una mañana de verano </em>aquella niña, que llegó a amar tanto la música que<strong> nunca pensó profesionalizar su pasión</strong>, se convirtió en una adolescente que se divertía cantando folk americano con amigos y hermanos en fiestas universitarias.</p><p><em>Como una sonrisa</em> luminosa fue para <strong>Juan Carlos Calderón </strong>escuchar por casualidad una cinta grabada por ella y el resto de los componentes de su grupo <em>Voces y guitarras, </em>buscarlos, firmar de inmediato un contrato con ellos, componer sus nuevas canciones y presentarles al mundo como Mocedades.</p><p><em>Como lluvia fresca en las manos </em>fue aquella veinteañera de dócil y dulce aspecto que, arropada por su banda, entonaba inteligentes melodías de libertad, a menudo disfrazadas por historias de amor, e incluso una versión de un texto litúrgico, <em>Pange Lingua</em>, que enfureció tanto al obispo de Madrid que <strong>prohibió la difusión radiofónica del tema.</strong></p><p><em>Como fuerte brisa </em>fue uno de los solistas que enviaron por sorpresa a Eurovisión con una mochila de responsabilidad tan cargada que solo fue capaz de abrir la boca, para regalar magia a nuestros oídos, cuando escuchó al mánager Emilio Santamaría gritar “¡Aupa!: “<strong>Oye, eso fue como respirar</strong>”.</p><p><em>Como agua de nuestra fuente </em>fue aquella joven vasca que, escoltada por los coros privilegiados de sus cinco compañeros, alzó a nuestro país a una segunda posición en el festival y, sin ganar, acabaron siendo los rotundos triunfadores: vendieron un millón de copias solo en EE. UU. y su canción se convirtió en un himno mundial.</p><p><em>Como el fuego de nuestro hogar </em>al que extrañamos cuando se apaga,<em> </em>tras dieciséis años de giras, conciertos, anuncios de televisión, doblaje de películas, y el desgaste de los intereses comunes del grupo, la artista se bajó de los escenarios “para respirar y parar”. Después de cantarle a Gardel <em>con la frente marchita, </em>de susurrar a Serrat <em>historias de amor </em>y<em> sueños de poetas, de </em>corear al <em>arrullo de Dios </em>con <strong>María Dolores Pradera </strong><em> </em>y proclamar con Sabina que <em>cualquier tiempo pasado fue peor, </em>volvió a buscar compañía.</p><p><em>Como una guitarra en la noche </em>se rodeó de El Consorcio para mimar lo mejor del ayer y, <em>con </em>más <em>palabras de amor, sencillas y tiernas,</em> volver a iluminar <em>todo nuestro horizonte.</em></p><p><em>Eres tú </em>es Icíar Amaya Uranga, “<strong>la voz femenina más portentosa de la década de los 60, 70 y 80</strong>”, la joven que derrochaba dulzura, pero nunca quiso ser princesa sumisa ni vivir del cuento. La mujer que un día se preguntó <em>¿Dónde estás, corazón?</em> y respondiendo <em>No oígo tu palpitar</em>, rechazó ser una famosa de éxito para ser una artista de valor: “La música ni se toma ni se deja, está contigo. Puede cambiar el mundo porque puede cambiar a las personas”.</p><p><strong>Acunada por el folk americano</strong></p><p>Quizás porque creció alumbrada por la calle Esperanza de Bilbao. Tal vez porque siempre le atrajo, como un imán, la colección de discos de música folk que el <em>aita</em> había traído como un tesoro de EEUU, donde vivió su infancia y juventud como hijo de emigrantes. También porque sus ocho hermanos menores cantaban siguiendo la batuta de su padre, delineante de Aceros Echeverría, y de su madre, ama de casa. Y muy probablemente porque la música era<strong> la única nota de color </strong>de un mundo en el que, mientras ella abría los ojos, se iniciaba la Guerra Fría y nuestro país continuaba teñido de oscuro sumido en el aislamiento internacional: “La memoria histórica de los vascos lleva música. En el País Vasco, cantar es algo con lo que uno nace. <strong>La música siempre ha estado presente en mi vida</strong>. Desde aquellas subidas por las colinas de Zurbarán cantando en familia hasta cuando mi padre me llevaba al kiosco del Arenal para escuchar a la Banda Municipal o cuando íbamos a ver concursos de <em>otxotes</em>, las agrupaciones corales vascas”.</p><p>En aquel tiempo con menos relojes porque lo urgente no se confundía con la prisa, a ella siempre le gustó cantar: “Sin embargo, jamás pensé en dedicarme profesionalmente a la música. Quería ser enfermera, pero no me gustaban los estudios. Aprendí algo de fisioterapia y lo dejé. Entonces, en mi casa me dijeron: “¡A estudiar Secretariado!”. No me interesaba nada, no soportaba la taquigrafía y comencé a refugiarme en la música”. Sin saber tocar ningún instrumento, Amaya cogió en sus brazos a “Valentina” y aquel abrazo cambió su vida: “Mi tía Makutxa me regaló una vieja guitarra llena de parches y sola fui aprendiendo acordes. Otra tía me traía discos de Norteamérica e iba formándome. A veces tocaba con dos amigos y también hacía grupo con mis hermanas, Estíbaliz e Izaskun, éramos las <em>Hermanas Sisters. </em>Cantábamos canciones de Dylan, de Atahualpa, de Joan Báez, de Peter Paul and Mary, de Pete Seeger, de The Beatles…” En la senda de la formación, la oportunidad llamó a su puerta: “Un día nos ofrecieron cantar en la inauguración de la tuna de la Escuela de Ingenieros de Bilbao, en el Coliseo. A nuestro pequeño grupo se sumaron hermanos, <strong>éramos cinco Urangas</strong>, y varios amigos. Y allí empezó el grupo <em>Voces y Guitarras”,</em> el germen de lo que una discográfica rebautizaría como <em>Mocedades.</em></p><p><strong>Rotando para comer</strong></p><p>Ni treinta y cinco años fumando “<strong>hasta tres paquetes diarios</strong>” han podido con unas cuerdas vocales tocadas por los dioses que continúa tensando, aunque lejos ya de humos. Es el aroma fresco de la colonia que su madre le ponía cuando era niña y que hoy sigue usando, el que le lleva a momentos dorados cantando en familia, a ratos placenteros de lectura de las novelas policíacas de Agatha Christie y de <em>El corazón de piedra verde </em>de Salvador de Madariaga y a tardes de jueves en Radio Popular presentando sus primeras versiones. También a la caprichosa casualidad que cambió el rumbo de su vida: “Un amigo se llevó a Madrid una de las cintas que Voces y guitarras grababan cantando en la emisora. La maqueta llegó al compositor <strong>Juan Carlos Calderón </strong>y este, de la noche a la mañana, les convirtió en un grupo que dejaba los escenarios de clubes parroquiales y de fiestas juveniles para cantar en televisión <em>Happy Christmas </em>amadrinados por la gran estrella de aquel 1969, Marisol.</p><p>Mientras los años setenta nacían con el impacto de la muerte de Jimi Hendrix y el escándalo del Watergate, en España, todavía amordazada por una dictadura que sin saberlo caminaba hacia su final, comenzaba el <em>milagro económico, </em>los 600 y R-8 ya no eran una rareza en la escasa red vial, y la nueva Ley de Educación estrenaba el COU, el curso previo a la entrada en la Universidad. Buñuel regresaba al país para rodar <em>Tristana </em>aunque la taquilla se decantaba por el cine patrio de Paco Martínez Soria. Un valenciano, Nino Bravo, conquistaba las emisoras entonando <em>Te quiero, te quiero </em>y, entre tanta sentida declaración, sonaba Camilo Sexto, Víctor Manuel y un exfutbolista, Julio Iglesias, que cantando <em>Gwendolyne</em> había conseguido un meritorio cuarto puesto en el Festival de Eurovisión.</p><p>Para la nueva banda de Bilbao se sucedían las actuaciones, “teníamos muy buenas críticas, pero aquello no daba para comer y éramos nada menos que ocho”. El estómago y las facturas se impusieron a las promesas, por eso se redujeron y fueron rotando varios de los cantantes. Una de las hermanas de Amaya, Estíbaliz, y su pareja, Sergio Blanco, abandonaron el grupo en 1972, tres años después de que Mocedades sacara su primer disco. Bajo la dirección de Calderón, quien además de componer, producía y arreglaba los temas, fueron sumando más y más aplausos. Con armonías vocales excelsas, las canciones, a menudo envueltas en textos de amor,<strong> enmascaraban las ansias de libertad</strong> de un país en el que aún la censura se aplicaba a conciencia: “Yo nunca he escrito lo que canto, pero comparto muchas de esas realidades. Para mí las letras son esenciales en la canción e incluso me he negado a cantar algunas cuando no estaba de acuerdo con las letras”. <em>El casamiento de Negros, </em>la composición de Violeta Parra con cuyos derechos de autor la chilena pudo comprarse un terreno y construir a su familia una casa, “y nuestra balada <em>Tómame o déjame </em>son las canciones con las que me he sentido más yo y más cómoda cantando”.</p><p><strong>“Eurovisión lo cambió todo”</strong></p><p>“Nunca me han gustado los concursos musicales”. Sin embargo, apenas cinco años después del nacimiento de Mocedades, “de repente nos dijeron: ‘Os vais a Eurovisión’. Aquello lo cambió todo”. Sobre el escenario del Gran Teatro de Luxemburgo, el 7 de abril de 1973, el sexteto formado por los hermanos Amaya, Izaskun y Roberto Uranga, y Javier Garay, José Piña y Carlos Zubiaga, con trajes ellos y abotonadas ellas desde el cuello hasta los pies, interpretaron una nueva composición de Calderón, “<em>Eres tú”. </em>Una larga ovación, récord de puntos jamás obtenidos por nuestro país en el festival, y una segunda posición en la tabla final solo superada por cuatro puntos de la luxemburguesa Anne-Marie David, fue el resultado de aquella noche en la que, por primera vez, se pudo ver, en España, el concurso en color. Aquel día también cambió la historia para el sexteto bilbaíno: “Yo lo pasé muy mal porque me habían mentalizado mucho de la responsabilidad, pero, al final, salimos a cantar y estuvo muy bien. Cuando acabó, lo pasamos genial con los irlandeses, nos tomamos todo el whisky que había allí y nos vinimos a Bilbao. Y sin quererlo, aquello empezó a crecer de una manera que jamás hubiéramos imaginado”. <strong>Un millón de copias del Eres tú en castellano y en inglés </strong><em>Eres tú </em>se vendieron solo en EEUU. La canción se editó incluso en Vietnam y se versionó en varias lenguas: “Los americanos la cantaban en las iglesias, pero también en las universidades para aprender nuestro idioma”.</p><p>Aquí se convirtieron en el grupo de moda. Aclamados y reclamados por todos “en una época en la que las canciones perduraban mucho más”, las voces del grupo se podían escuchar en los anuncios de televisión, se colaban en las primeras cintas del <em>cine de destape, </em>como en <em>Las adolescentes </em>de Pedro Masó, en las emisoras de radio, en el Festival de San Remo e, incluso,<em> </em>en series de dibujos animados dando <em>La vuelta al mundo </em>en 80 días<em> </em>con <em>Willy Fog. </em>La inconfundible voz de Amaya se hizo reconocible internacionalmente con otros éxitos como <em>Tómame o déjame, El vendedor, La otra España, Secretaria, Desde que tú te has ido </em>o<em> Solos en la Alhambra. </em>Las giras y los conciertos se sucedían sin descanso y, mientras algunos componentes de la banda reclamaban al productor cantar y no hacer solo coros para la solista, ella se desgastó <em>y la luz del alba se oscureció. </em>En 1984, cuando España tarareaba <em>Amor de Hombre, </em><strong>los dieciséis discos de Mocedades se vendían como churros</strong> y en el rostro de la artista aún había cicatrices del grave accidente de tráfico que la banda había sufrido, cantó “<em>quién te ha dicho que yo no sé cerrar nuestra última página” </em>y<em> </em>la mayor de los Uranga dijo adiós: “Muchos me recuerdan por mi etapa en Mocedades, pero a mí nunca me gustó ese nombre. Me dirán, ‘a buenas horas lo dice esta’, pero es así. El nombre lo puso la discográfica. Hoy me veo en el papel de ‘más edades’ que en el de moza”.</p><p><strong>De solista a El Consorcio</strong></p><p>“Cuando me bajé del tren de Mocedades estaba muy cansada. No dejé la música sino el mundo del espectáculo, que es demoledor, durísimo”. Regresó a su sitio, “a mi casa y a la de mis hermanos”, dejó de arrastrar maletas, se alejó del fenómeno fan, “que no me gusta”, volvió a disfrutar de la música sin obligaciones, del <em>Mediterráneo </em>de su amigo Serrat, “el disco que no me canso de escuchar”, de su colección de cerámicas y de su afición por cocinar: “Al que le gusta comer, acaba cocinando normalmente”. Pero en aquellos dos años de sosiego le faltó “<strong>el escenario y el público</strong>”.</p><p>En 1986 decidió <em>Volver </em>con su primer disco como solista versionando a sus cantautores favoritos como Aute, Joaquín Sabina, Billy Joel, Jim Croce, Caetano Veloso, y también con un repertorio de boleros. Después se sumó a Miguel Ríos, a Víctor Manuel, a Ana Belén y al propio Sabina para entonar que <em>Cualquier tiempo pasado fue peor. </em>Recreó en euskera temas procedentes de la cultura popular del País Vasco y <em>después de hablar </em>con Armando Manzanero, respondió a la propuesta de su amiga Rosa León para conmemorar el cuarenta aniversario de la radio en España. La celebración le llevó a volver a cantar con sus hermanos Iñaki y Estíbaliz, y con dos de los históricos de Mocedades: Sergio Blanco y Carlos Zubiaga. Y como el que tuvo, retuvo, de aquella puntual colaboración en 1994 nació <em>El Consorcio</em>, “u<strong>na unión de intereses entre hermanos</strong>” que después de veintisiete años de melodías y del fallecimiento de uno de sus integrantes, Sergio, exhibe el premio Excelencia Musical de los Grammys Latinos: “A pesar de la edad que tengo y de mi pelo cano, del cual me siento muy orgullosa, creo que no he llegado al máximo esplendor. No he llegado a mi meta en la vida ni me gustaría. ¿<strong>Qué queda después de la meta</strong>? Solo te queda bajar.</p><p>Desafiando a la ley de la gravedad, con una voz que nos lleva a las alturas y una pierna cargada de titanio, Amaya Uranga Amézaga despide su <em>Playlist</em>. Antes de repasar repertorio para el próximo concierto el 25 de julio en Las Palmas de Gran Canaria, regresa al cine de John Steinbeck y a su película favorita, <em>Las uvas de la ira, </em>para tratar de entender por qué <strong>“formamos lo mejor y lo peor</strong> de este estado absolutamente aberrante por el que estamos pasando ahora y para el que necesitamos tener mucho más sentido común”. Preocupada por el tiempo que nos toca vivir, pero con la huella de la sonrisa y el sosiego que solo deja la música, recuerda que “el éxito solo consiste en obtener lo que se desea, pero la felicidad es disfrutar lo que se obtiene”.</p><p><strong>LA PLAYLIST DE AMAYA URANGA:</strong><em>PLAYLIST</em></p><p><strong>Un libro: </strong><em>Corazón de piedra verde </em>(Salvador de Madariaga).</p><p><strong>Un disco: </strong><em>Mediterráneo </em>(Joan Manuel Serrat).</p><p><strong>Una película</strong>: <em>Las uvas de la ira </em>(John Steinbeck).</p><p><strong>Una serie: </strong><em>Downton Abbey.</em></p><p><strong>Un aroma:</strong> <em>“</em>El de la sopa de cocido de mi madre y el de la colonia familiar que uso desde niña<em>”.</em></p><p><strong>¿Qué quería ser de mayor? </strong> “Enfermera”.</p><p>¿<strong>Cuál es su sitio? “</strong>Mis hermanos y mi familia”.</p><p><strong>Lo mejor y lo peor de nuestro país es …</strong> “Somos nosotros, los habitantes, los que formamos lo mejor y lo peor de este estado absolutamente aberrante por el que estamos pasando ahora”.</p><p><strong>Un deseo</strong>: “Que la gente tenga más sentido común”.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 15 May 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[María Granizo]]></author>
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      <title><![CDATA[Sacristán, Errejón, Wyoming, Anabel Alonso, Rozalén, Baltasar Garzón, Yolanda Díaz y José Andrés: ¿qué soñaban ser de mayores?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/videolibre/playlist-de/sacristan-errejon-wyoming-anabel-alonso-rozalen-baltasar-garzon-yolanda-diaz-jose-andres-sonaban-mayores_1_1191684.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/650ac7d0-991e-44ff-be63-ff86ea789402_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="Sacristán, Errejón, Wyoming, Anabel Alonso, Rozalén, Baltasar Garzón, Yolanda Díaz y José Andrés: ¿qué soñaban ser de mayores?"></p><p>También son héroes, pero sin aplausos. Luna, Nicolás, Marina, Álvaro, Carmen, Germán, Jose, Juan, Claudia, Martín, Isaac, Camila, Gilberto y cinco millones trescientos mil niños más de nuestro país que nos han dibujado arcoíris, han <em>teleestudiado</em>, han vivido confinados y a su corta edad se han convertido en maestros manejando con soltura una palabra que nosotros descubrimos siendo adultos: coronavirus. Críos a los que la pandemia ha robado ese tiempo incomparable que brindan los abuelos. También la libertad de salir a la calle sin restricciones ni nuevas precauciones. <strong>Pequeños héroes</strong> con el gran poder de despertar ternura y alegría contra el que no hay virus que valga. Como ellos, también los trescientos sesenta mil bebés que han abierto los ojos, este extraño 2020, a un mundo de mascarillas que les privan de recibir nuestras sonrisas.</p><p>Ese once por ciento de la población española, de traviesos y prometedores enigmas que iluminan nuestro camino, <strong>es la esperanza de un futuro que impone soñar mejor</strong>, no abandonar el niño que fuimos y no dejar nunca de jugar.</p><p>Sin perder de vista a quienes fueron cuando solo levantaban dos palmos del suelo, Pepe Sacristán, Íñigo Errejón, Wyoming, Anabel Alonso, Rozalén, Baltasar Garzón, Yolanda Díaz y José Andrés, <strong>han llegado por fin a lo que querían ser de mayores: niños</strong>. Lo son por inteligencia y voluntad. Pero los que aún lo son por edad, con su ejemplo nos recuerdan este año turbio de covid que “del paraíso aún nos quedan las estrellas, las flores y la imprescindible infancia”.</p><p><strong>José Sacristán: el niño que proyectaba figuras con una linterna</strong></p><p>A sus ochenta y dos años, con pelo cano y mirada dulce, <strong>Pepe Sacristán no envejece porque no deja de jugar</strong>. Sabe que el antídoto a la vejez es “llevar siempre la infancia contigo”, la capacidad para la sorpresa y para el asombro: “Yo no pienso perder de vista el crío que fui. ¡Pobre de aquel que lo hizo! Me levanto y me acuesto cada día, siempre, echando una ojeada para ver dónde anda el niño que fui. Le tengo un gran cariño y respeto”.</p><p>Pasados más de sesenta años reinventándose delante de las cámaras y subido a los escenarios, <strong>el actor de Chinchón sigue cuidando la toma a tierra.</strong> En los días extraños que nos toca vivir, se deja llevar por la magia de las películas de Stanley Donen: por Gene Kelly en <em>Cantando bajo la lluvia, </em>por Frank Sinatra en <em>Un día en Nueva York, </em>y por los danzarines leñadores Pontipee y sus futuras esposas en <em>Siete Novias para Siete Hermanos. </em>Con ellos se recuerda de pequeño durmiendo en el cajón que por el día albergaba las astillas de la lumbre. Desde aquella mísera cama, jugaba a proyectar con una linterna figuras de mosqueteros, de indios y de vaqueros, de todo hasta donde llegaba la imaginación. Un niño que, en la delantera del gallinero del <em>Lope de Vega</em>, cayó para siempre en brazos de la fascinación del cine viendo su primera película. Y aunque fueran unos tiempos en blanco y negro donde se podía soñar “pero lo jodido era realizar los sueños”, él jugando los cumplió.</p><p><strong>Íñigo Errejón: jugando al fútbol chapas y ganando minutos a la libertad</strong></p><p>Para el líder de <em>Más País</em> <strong>jugar tampoco fue un lujo sino una necesidad</strong>. Volviendo la vista atrás es cuando Íñigo Errejón, a sus 37 años, aparca al político que es hoy y recupera a Eneko, al niño que añora, con entusiasmo y brillo en la mirada, tardes infinitas de infancia, “de partidos de fútbol chapas con mi hermano, ¡idílicas si ganaba el Real Madrid!, de juegos con los G.I. Joes y de una euforia compartida”, con sus compañeros del Colegio Público Infanta Elena, “cuando se ausentaba un momento el maestro de clase y sentíamos que ganábamos unos minutos a la libertad”.</p><p><strong>José Miguel Monzón: convirtiéndose en Wyoming a ritmo de Beatles y de fútbol</strong><em>Wyoming</em><em>Beatles</em></p><p>Tampoco olvida que fue niño un hombre que coqueteando con su vocación de músico <strong>se ganó el sobrenombre de Wyoming,</strong><em>Wyoming</em> pero al que una farmacéutica, su madre, y un funcionario franquista, su padre, bautizaron hace sesenta y cinco años como José Miguel Monzón.</p><p>Teniendo presente su infancia vive sin desaprovechar momentos. Antepuso a su sobrenombre el adjetivo <em>Gran.</em> <strong>Y como grande no está pendiente de metas sino valorando el mientras tanto</strong>. Por eso, cuando se le tienta a mirar atrás echa de menos un tiempo de crío en el que se vivía el presente con mucha intensidad: “Un tiempo en el que no existía pasado ni futuro, no existía más que lo que había, se vivía en primer plano”. El escenario de ese tiempo se sitúa en el madrileño barrio de Prosperidad y en el mostrador de la botica familiar. La música de los <em>Beatles </em>y tardes doradas jugando al fútbol pusieron magia al principio y al fin del mundo de un niño marcado por la ausencia de una madre cuya enfermedad obligaba con frecuencia a verla ingresada en un sanatorio. Entonces ya aprendió a valorar la esencia de las cosas, a “hablar en nosotros y no en yo, en plural y no en singular”.</p><p><strong>Anabel Alonso: entre monjas e imitaciones descubrió la llamada del teatro</strong></p><p>No tiene ni ocho ni ningún apellido vasco pero la niñez de Anabel Alonso tiene olor, color y sabor <strong>a la desembocadura de la ría de Bilbao</strong>. A sus 56 noviembres, el recuerdo de su infancia se envuelve en la misma bruma por la que se abrían camino las embarcaciones del puerto al caer la noche para iluminar las aguas del Abra del Nervión y atraer a las sardinas a las redes que los arrantzales echaban hasta el alba.</p><p>Pese a huir de la infiel distorsión de la nostalgia, Anabel Alonso aún recuerda el sabor del pan de puño, amasado y boleado, tapado con manta y paño y arropado varias veces por harina, “que merendaba con chocolate mientras jugaba en la calle a la goma, ¡me encantaba!, a la comba y a las canicas”. <strong>Una “infancia egebera”</strong><em>egebera</em> que se cobró más de un capón monjil cuando desesperaba a Sor Luisa “porque me costaba aprender a dividir por dos cifras”. La zapatilla voladora de su <em>ama</em> también frenó más de una trastada. Con apenas 15 años, estrenó adolescencia descubriendo que “la vocación existe”. Como en las novelas de aquel 1970, delante de la mesa camilla, Anabel soltó aquello de “mamá, quiero ser actriz”. Pese al disgusto familiar, ni siquiera amortiguado porque la niña siempre hubiera apuntado maneras “imitando cuanto veía en la tele”, tuvo claro que no iba a renunciar a “la llamada del teatro”.</p><p><strong>Rozalén: la cría que cantaba de espaldas para vencer su timidez</strong></p><p>Abonando sus raíces, pero lejos ya de la ingenua algarabía infantil y del abrazo cálido de la abuela que hace un mes la dejó para siempre, María Ángeles Rozalén<strong> </strong>continúa dibujando estrofas en el aire para “incluir y no excluir”. Pero antes de componer para Raphael y para Amaia, antes de que Alejandro Sanz aliviase su <em>Corazón Partío </em>haciendo un dúo con ella, bastante antes de que Ana Belén, Estopa, Pablo Alborán y Sabina quisieran entonar a su lado que la querían, y también mucho antes de alcanzar con su primer videoclip más de un millón de visitas en Youtube en unas horas, la cría albaceteña de Letur <strong>cantaba de espaldas a la gente</strong> atenazada por una gran timidez. Eran tiempos de primera infancia educando el oído con las coplas y jotas manchegas que le cantaba Angelita, su madre, “la verdadera artista de la familia”. Tiempos de arranque del timbre agudo de la bandurria de una niña que jugaba con los gatos callejeros en su patio albaceteño mientras la flecha que inauguraba las primeras y únicas Olimpiadas en España nos creaba la prevista ilusión óptica de que caía encendiendo el pebetero. Años de gafas redondas de empollona y de fiestas escolares cantando folk, mientras soñaba con ser cantautora.</p><p><strong>Baltasar Garzón: el magistrado que soñó con ser portero de fútbol</strong></p><p>Que “hoy es siempre todavía” guía su vida. Por eso, pese a las encrucijadas del camino, Baltasar Garzón sigue impregnado “del olor a tierra mojada de las encinas de Sierra Mágina” que le llevan a una infancia “disfrutando de la libertad, de la ausencia de horarios y fronteras” y viendo partidos de fútbol en la jienense plaza de Torres, su pueblo. Aferrándose a aquel tiempo, intuyendo que aquello se iba a acabar, el juez más mediático pudo haber sido portero de fútbol, pero su padre y su rector desviaron su propósito para que cursara una carrera. Pudo ser psicólogo, pero acabó estudiando Derecho. Pudo ser superministro de Justicia, pero le nombraron secretario de estado para el Plan Nacional sobre Drogas. Pudo haber sido asesinado por tantos terroristas, corruptos y narcotraficantes, y en tantas ocasiones, que todavía evita sentarse de espaldas a una puerta y mira debajo de su coche antes de arrancar. También pudo haber muerto hace unos meses por culpa de una neumonía bilateral pero, pese a haber visto “la punta de la guadaña”, hoy celebra con sus nietos la vida porque <strong>el covid-19 tampoco ha podido con él.</strong></p><p><strong>Yolanda Díaz: la rapaza que siempre quiso defender a los desfavorecidos</strong><em>rapaza</em></p><p>Alejada del gran horizonte que siempre es el mar, “el lugar al que estoy deseando regresar”, la ministra de Trabajo Yolanda Díaz<strong> </strong>amplía su sonrisa, de oreja a oreja, <strong>hablando de su tierra y de los años que estrenaron su vida.</strong> Echando la vista atrás, viaja hasta el barrio de San Valentín, en Fene (A Coruña), a dos pasos del astillero de Navantia. Allí está el sitio de su corazón, el que le recuerda las canciones que le cantaba su madre, Carmela, que son “la banda sonora de mi vida”.</p><p>En aquel ambiente obrero abrió los ojos al mundo, al comunismo y al de la reivindicación sindical encabezada por su padre, secretario general de CCOO en Galicia, y de su tío, diputado del BNG en el Parlamento gallego. Por aquellas calles húmedas, de musgo en las piedras y olor a tierra mojada, con apenas cuatro años, recibió con extrañeza y cariño un beso en su mano izquierda del líder del partido en el que siempre ha militado, Santiago Carrillo. Desde entonces, soñó con estudiar leyes y convertirse en <em>muller </em>para defender los derechos laborales de pescadores y mariscadores, de maltratadas y desfavorecidos. Mientras, en aquella ría de Ferrol consumió su infancia jugando a la rayuela con sus dos hermanos mayores y sus amigas del colegio, con las que aún mantiene un estrecho contacto para <strong>mirar hacia adelante sin perder nunca de vista lo que dejó atrás.</strong></p><p><strong>José Andrés: la precoz seducción por los fogones y por el baloncesto</strong></p><p>Antes de que su nombre estuviera entre las cien personas más influyentes del planeta. Mucho antes de celebrar la derrota de Donald Trump en las urnas y de desarrollar una intensa actividad solidaria que le ha llevado a repartir veinte millones de comidas frente a la pandemia, <strong>José Andrés ya era un niño seducido por el calor de los fogones. </strong>Adicto al sabor “del buen queso de cabrales, el favorito de Marisa, mi madre”, con apenas seis años, el asturiano ya tenía “conciencia de la cocina” y soñaba con el regalo de festivos en la campiña “preparando paellas”.</p><p>Pese al tiempo transcurrido y a todo lo que su paladar ha saboreado, no olvida “el gusto de las cerezas que cogía de los árboles a principios de verano camino del colegio”. Tampoco tardes de <em>driblings</em>, de rebotes y canastas, de pachangas con los amigos “jugando al baloncesto”. De calles amables en las que la rebeldía de la brisa cantábrica se transformó en una más templada cuando la familia se trasladó a Barcelona. Entonces, aquel José Andrés crío se sintió atraído por la vista en el puerto catalán de un barco robusto, majestuoso, como los de las películas de piratas, “contemplando por primera vez el buque Juan Sebastián Elcano”. Fascinado por las aventuras que prometía el bergantín, se enroló como marinero de la Armada española. Surcando los mares descubrió “una gran desigualdad, hoteles lujosos junto a mucha pobreza”. Desde entonces no vacila ni ante las mayores catástrofes <strong>ni frente a quienes insisten en perpetuar el hambre y la desigualdad en el mundo.</strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 26 Dec 2020 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[María Granizo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Sacristán, Errejón, Wyoming, Anabel Alonso, Rozalén, Baltasar Garzón, Yolanda Díaz y José Andrés: ¿qué soñaban ser de mayores?]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Oscar Camps: “Cada persona que rescatamos en el 'Open Arms' es un zarandeo al alma”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/videolibre/playlist-de/oscar-camps-persona-rescatamos-open-arms-zarandeo-alma_1_1188891.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/44e03354-6b2c-46b3-b08f-6ecf1ac105b7_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="Oscar Camps: “Cada persona que rescatamos en el 'Open Arms' es un zarandeo al alma”"></p><p>“Confío en la humanidad,<strong> a pesar de todo”.</strong></p><p>A pesar de… que un día, ya cumplidos los cincuenta, siendo socorrista y empresario, no supo cómo explicar a su hija de doce años por qué teníamos que llegar a ver en las noticias la imagen del cuerpecito de un niño engullido por el mar y escupido por las olas en una playa <strong>para gritar a nuestra conciencia. </strong></p><p>A pesar de… tener que llevar cinco años respirando hondo, renunciando a su vida de confort en Badalona para lanzarse a aguas desconocidas perdiéndose días, semanas, meses, de la vida de aquella niña convertida ya en mujer que no llegó a entender por qué tenía que estudiar en el colegio la Declaración de Derechos Humanos y la Convención de Ginebra <strong>“si no sirven para impedir que se olvide y abandone a 70.000 personas en Europa”.</strong></p><p>A pesar de… que su proyecto quijotesco le ha puesto en el pedestal de las organizaciones humanitarias rescatando a 61.000 personas, pero también en el punto de mira de coacciones, descrédito y amenazas de políticos ultraderechistas por fundar su ONG. También por mantener a flote un barco que da visibilidad a una realidad difícil de digerir: “La Comisión Europea decide que no debe haber una misión de salvamento en el Mediterráneo <strong>porque los naufragios disuaden a los migrantes de venir a Europa”. </strong></p><p>A pesar de… tener que nadar entre la desesperación para ser condecorado Europeo del Año, llegar al Vaticano y reclamar la atención del Papa y del mundo con el chaleco salvavidas de otra pequeña de la que nunca sabremos su nombre porque el mar y la inacción cortaron brutalmente su risa y su llanto, <strong>y la entregaron a la muerte. </strong></p><p>A pesar de… tener que alzar la voz en Bruselas para sonrojar a los miembros del Parlamento Europeo diciéndoles que “ninguna madre pondría a sus hijos en una embarcación que apenas flota <strong>si no fuera más segura que la tierra de la que huye”.</strong></p><p>A pesar de… ver como los dos metros once de Marc Gasol se empequeñecían junto a él, a bordo del <em>Open Arms</em>, cuando encontraron a <strong>una mujer desesperada flotando a la deriva</strong> con su pequeño fallecido u observar cómo Richard Gere se olvidaba de Hollywood para llevar víveres a los refugiados despreciados por Matteo Salvini.</p><p>A pesar de… dejarse la energía y el aliento en cada brazada y tener que bajar la mirada cuando comprueba que los migrantes tienen más fe en Europa que los propios europeos: “Para ellos es un sueño, <strong>para nosotros una vergüenza</strong>. Hemos visto tanto drama que hemos aborrecido a Europa y a lo que Europa representa”.</p><p>A pesar de tantos pesares, hoy el fundador y director de la ONG Proactiva Open Arms nos hace cómplices de centenares de <em>Cartas Mojadas</em>. Mientras, prepara el petate para zarpar de nuevo con un barco humanitario tan viejo como imprescindible para mantener una pizca de humanidad y de esperanza en el Mediterráneo. Un buque insignia que salva a los inmigrantes y nos salva a todos porque <strong>“cada persona que rescatamos es un zarandeo al alma”.</strong></p><p><strong>Soñó con ser astronauta, pero le llamó el mar</strong></p><p>Cinco años lleva nadando a contracorriente solo alineado con la sociedad civil. Es el tiempo y la manera en que Oscar Camps Gausachs dejó de ser un empresario catalán más <strong>para convertirse en icono humanitario mundial. </strong></p><p>Desde crío sintió que su sitio estaba “<strong>donde la tierra se pierde de vista</strong>”. Tenía sólo seis años cuando sentado junto a su padre vio, en una televisión cuadrada a la que no había llegado el color, dar a Neil Armstrong los primeros pasos del ser humano en suelo lunar. Aquella imagen le fascinó tanto que <strong>soñó con “ser astronauta”.</strong> Pero para un niño que creció acunado por los susurros de las <em>Nanas de la cebolla </em>de Serrat y la brisa del Mediterráneo era impensable pasar un solo día sin ver y sentir el mar. Por eso creció con la risa infantil de quien es libre como la marea, acariciando entre juegos las olas que se entregaban dóciles a la orilla de la playa de Badalona y corriendo tras las gaviotas del puerto de la Marina. El mar fue siempre alegría, “visión y sentimiento de libertad”.</p><p>El olor y el sabor a salitre, parte de su identidad, y su necesidad instintiva de compromiso social le llevaron a formarse como <strong>socorrista y nadador profesional. </strong>Mientras, hábil con el lápiz, dibujaba cómics y ponía música a su juventud “con el rock de Radio Futura, de La Unión, de Rosendo, de los grupos musicales de los 80 que destilando rebeldía y libertad nos ayudaban a buscar nuestro sitio”. Tarareando estrofas de <em>Rompeolas, Navegando, Agradecido </em>o de <em>La Escuela de Calor, </em>no imaginaba que nada pasa por casualidad.</p><p><strong>Del grito ahogado de un niño nació Proactiva Open Arms</strong></p><p>En 1999 la Generalitat sacó el primer decreto de piscinas que regulaba la presencia de socorristas. Camps llevaba varios años siendo voluntario de Cruz Roja en las playas catalanas. Con la nueva legislación, fundó una empresa de servicio de socorrismo.</p><p>La imagen furtiva, casi inimaginable en el holocausto más cruel, de un niño sirio de tres añitos entregado a la muerte en una playa turca, <strong>cambió en 2015 su vida para siempre.</strong> Trató de evitarla para que no la vieran sus hijos, “el menor de la misma edad que aquel pequeño, Aylan Kurdi”, pero el nudo en la garganta fue tan grande que se hizo el petate, cogió 15.000 euros ahorrados, una excedencia laboral, el traje de neopreno y, con su compañero Gerard Canals y sus veinticinco años de experiencia en salvamento, puso rumbo al norte de Lesbos para actuar. Así nació <em>Proactiva Open Arms: </em>“Fuimos a hacer logística para ver cómo podíamos ayudar. Sin embargo, a la media hora de llegar<strong> ya estábamos en el agua rescatando gente </strong>que buscaba asilo en Europa huyendo de la guerra en Siria. Era una locura. Un drama mayor de lo que habíamos imaginado. Al llegar a la costa vimos volcar una embarcación con 54 personas y en aquel momento se estaban ahogando 12. Había mujeres con sus hijos cogidos en el pecho. Una mujer sacaba la cabeza del agua, pero el niño la tenía dentro y oías a la mujer gritando desesperadamente. <strong>Ningún guionista sería capaz de imaginarse lo que llegamos a ver allí</strong>”.</p><p>Con Camps y Proactiva fue la primera vez que hubo socorristas profesionales en una misión de tipo humanitario: “La BBC nos entrevistó y se presentó allí el coordinador de Emergencias de Human Rights Watch y <strong>nos recomendó que creásemos una ONG</strong> y una página de <em>crowdfunding</em>. Empezamos a recibir donaciones: nos mandaron dos motos de agua y luego compramos un barco de segunda mano y nos cedieron un velero, el <em>Astral</em>, que convertimos en un barco de salvamento y vigilancia, y también nuestro buque insignia, el <em>Open Arms</em>”.</p><p><strong>Recogiendo 'Cartas Mojadas' frente a viento y marea</strong></p><p>El viejo barco humanitario que, desde hace cinco años, pone nombre de esperanza para miles de migrantes, el <em>Open Arms</em>, lleva ya medio siglo en el agua. El tiempo ha hecho mella en él. El antiguo remolcador de Salvamento Marítimo que llegó a arrastrar al <em>Prestige</em>, y que en 2017 donó la naviera Grupo Ibaizabal, ha navegado en solo dos años 59.000 millas, <strong>el equivalente a dos vueltas al mundo.</strong> En ese tiempo ha evitado que el mar corte el aliento a más de 6.000 personas, pero surcando las aguas el motor ha sufrido averías solventadas con el dinero que la ONG recibe de particulares. Sin embargo, el azote de la crisis económica generada por los efectos de la pandemia ha hecho que las donaciones también hayan caído en picado.</p><p>Parafraseando a Pepe Mujica, cuyos libros Oscar Camps relee y atesora, “sí es posible un mundo con una humanidad mucho mejor, pero creo que ahora la tarea es salvar la vida”, ensalza “las lecciones de solidaridad de la ciudadanía”. Pero también apunta a la ignorancia como <strong>“el peor racismo que hay</strong>: mientras sea la extrema derecha quien nos difame, estamos haciendo lo correcto”. Por eso, a quienes dicen que Open Arms solo pone una tirita a un problema mucho más profundo responde: “Que se lo expliquen a esas 61.000 personas que han pasado por nuestras manos. Las tiritas no evitan la caída, pero ayudan cuando la herida está sangrando”. Y apunta que lo peor que tenemos es “esa forma de elegir a los políticos como si fueran nuestro equipo de fútbol favorito y pasar por alto su capacidad, su integridad y la preparación que puedan llegar a tener para ser los líderes de este país”.</p><p>Recordando momentos que han convertido su vida “en un milagro” visualiza otro que se quedó para siempre en su cabeza y en su corazón: “El nacimiento de aquella bebé que después de un rescate durísimo, con mal tiempo, <strong>nació y tuvo parada cardiorrespiratoria.</strong> Después de muchos minutos de angustia, fue reanimada por nuestro personal y revivió. Su madre decidió ponerle el nombre de Miracle”. Por ella, por los 61.000 corazones que siguen latiendo gracias al <em>Open Arms</em> y por los 18.000 a los que no llegó a tiempo para que siguieran haciéndolo, el socorrista de Badalona vuelve al mar. Antes de despedir su <a href="https://www.infolibre.es/tags/secciones/la_playlist.html" target="_blank">PlayList</a>, nos recomienda <em>Colapso: </em>“Una serie sencilla, francesa, de tres directores jovencísimos que con muy pocos recursos está teniendo muchísimo éxito”. Suscribiéndose a la denuncia que la ficción hace sobre la indecisión de los estados, eleva la voz contra<em> </em>“la inacción deliberada de la UE y esa mala política de externalización de fronteras y de convertir el Mediterráneo en la más mortífera del planeta. No sólo no han hecho nada, sino que, además, han evitado y evitan que se haga”.</p><p>A pesar de ello, de riesgos, trabas y sanciones, Oscar Camps Gausachs, el hombre que aprendió de su abuelo a amar el mar y que ha convertido en su vocación “que nadie muera en él”, se queda preparando su mochila para embarcar en unas horas. Su madre le recordó una vez que “de la cárcel se sale, del fondo del mar no”. Él no lo olvida: “El mar se lo ha comido todo y ha pasado por encima de la gente que amo, de la empresa, de todo. Pero si no estoy, morirán aquellos que yo pueda rescatar. <strong>No dejaré de hacerlo hasta que alguien lo haga por mí”.</strong></p><p><strong>La Playlist</strong> de Oscar Camps:</p><p><strong>Lo mejor y lo peor de nuestro país es… </strong></p><p>   </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 17 Oct 2020 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[María Granizo]]></author>
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