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    <title><![CDATA[infoLibre - Maruja Torres]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/autores/maruja-torres/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Maruja Torres]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright infoLibre]]></copyright>
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      <title><![CDATA[50 años sin Franco]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/50-anos-franco_1_2092260.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/c4eb5b6f-fc23-4d2c-b4cc-57786e613345_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="50 años sin Franco"></p><p><strong>Si hubiera llevado </strong>un diario a lo largo de mi tiempo ahora podría consultar las páginas correspondientes a 1975 sin miedo a equivocarme. No lo hice y no pongo la mano en el fuego más que por estas cosas.</p><p>Una, sin lugar a dudas y no solo en el 75. <strong>Ser europea</strong>. No sentirme inferior como ciudadana, ni bajo mi propio tirano ni bajo la mirada de los franceses, una mirada que oscilaba entre la solidaridad, la condescendencia, la compasión y la autocomplacencia. <strong>No sentirme herida, señalada, marcada.</strong></p><p>Hubo más. Mucho más. Deseaba que Franco se muriera pronto y que al hombre de quien me había enamorado erróneamente y por mi cuenta lo aplastara un camión y que así yo, también unilateralmente, <strong>me quedara viuda de las de mucho llorar</strong>, pero con el asunto resuelto para siempre.</p><p>Es difícil referirse a ese año sin que lo político se meta de por medio. En realidad, mi período de deseos (lo cual incluía la parte buena) empezó en octubre de 1974, y ya entonces tuvo un sabor amargo, pese a las alegrías. Mi júbilo partía del hecho de entrar a formar parte del equipo de colaboradores de la revista de humor político <em>Por Favor</em>, codeándome nada más y nada menos que con Manuel Vázquez Montalbán, Jaume Perich, Juan Marsé y el Forges, más una pléyade de colaboradores <strong>de lo más sagaz y divertido que daba el terruño</strong>.</p><p>Una chica de barrio y sin estudios, pensé cuando empezó la fiesta de presentación de la revista, no podía aspirar a tanto sin tragarse una farola o dos. Lo amargo vino cuando, en ese mismo acto, Manolo le arrebató el micro a Luis del Olmo, que oficiaba de presentador, y anunció con voz grave que esa misma madrugada <strong>el régimen franquista iba a ejecutar al antifascista Salvador Puig Antich</strong>, y que <em>Por Favor</em> nacía para luchar decididamente en clave de humor político contra la dictadura.</p><p>Miro atrás y allí empieza mi 1975, en el que otro de mis más firmes deseos (aparte de menudencias carnales ajenas a la redacción) era rozarme con aquel consejo de sabios:<strong> irónicos, desenfadados, escépticos, mordaces e imbatibles en cuanto a inteligencia</strong>. Mi colaboración semanal, que mantuve hasta el cierre en 1978, se titulaba <em>La ventana indiscreta</em> y ocupaba dos páginas de crónica social formada por notas breves escritas a lo bestia. Me pagaban mucho para entonces. Treinta mil pesetas al mes. Las deseaba, claro.</p><p>Recibía mucho más en <strong>frote de cerebros. Y en copas</strong>.</p><p>Creo que me hice un 1975 con el optimismo del día a día (vivir al día, en todos los sentidos, no es un invento actual) y el pesimismo de la realidad aplastante. Por un lado, el estímulo de mis conversaciones con MVM sobre lo que sucedería si la Junta Democrática (coalición de partidos creada para lograr la caída del régimen) empujaba fuerte y se formaba un Gobierno en el que podrían entrar uno o dos ministros comunistas. <strong>Utopía fallida</strong>, entonces.</p><p>Me gustaba –deseaba– pasar las tardes en aquella redacción, siempre cercana a un bar que nos servía las copas o al que acudíamos para conspirar después del trabajo. A Manolo le encantaba verme caminar con un<strong> vaso de whisky </strong>(entonces, de tubo) en la cabeza.</p><p>Vivía sola en un piso séptimo, en un edificio situado enfrente del Círculo de Lectores del carrer València, en Barcelona, y no deseaba una cama, porque me bastaba con el mobiliario pre-Ikea de los que ingresan lo justo. Colchones y cojines en el suelo, cajas de verduras convertidas en estanterías y mesillas de noche, un <em>potus</em>, alguna que otra colcha exótica en las paredes, la reproducción del <em>Gernika</em> y el póster del Che.</p><p>Cuando me sentía muy, muy, muy sola, buscaba la compañía de los gatos del patio interior y, asomada a la ventana de mi séptimo piso, les arrojaba pescado congelado. Tuve un coro de felinos esperándome todos los días a la misma hora. Hasta que los vecinos empezaron a mirarme mal y deseé que no lo hicieran.</p><p>También deseaba, por encima de todo,<strong> no asistir a más funerales por antifascistas asesinados</strong>, no volver una y otra vez a la iglesia de la Concepció para celebrar aniversarios clandestinos de asesinatos, ni cantar por enésima tanda y llorando <em>“... però el record de la vall on vas viure no l’esborra la pols del camí”</em>, versión catalana de aquella <em>Red River Valley</em> que nos había llegado a España a través de las Brigadas Internacionales.</p><p>No pudo ser porque el 27 de septiembre fueron ejecutadas las últimas sentencias de muerte firmadas por el dictador. <strong>Cinco vidas segadas y el hundimiento</strong>. Aquello no se iba a acabar nunca. Ni los funerales de los que salíamos furtivamente antes de que llegaran los grises.</p><p>Por consiguiente, mi más intenso deseo fue entonces largarme de España, <strong>salir de aquella opresión gris acero </strong>que se metía por los poros. ¡Irme a París, cáspita, aunque me miraran mal! Deseé tomar un tren nocturno, y lo hice, en una litera barata. En el andén, los amigos me contaron que parecía que <strong>Franco estaba palmando</strong>, si no lo había hecho ya. Pero yo seguí en mis trece.</p><p>A la mañana siguiente, en la Gare de Lyon, mi amigo (D.E.P.) Pere Ignasi Fages, cuyo piso iba a ocupar en los próximos meses, me abrazó y me confirmó la peor noticia: Franco no había muerto. Pero...</p><p>Nos pasamos, me pasé, semanas deseando que el general muriera. Fages (que había huido a París de forma rocambolesca cuando la pasma social fue a detenerle en su piso: los dejó encerrados en una habitación) actuaba como hombre de prensa de Santiago Carrillo en las conversaciones que por entonces tenían lugar en París para establecer lo que luego se llamó la Platajunta (ver Google).</p><p>Cuando regresé a Barcelona, ya con<strong> el fiambre nada exquisito bajo lápida en Cuelgamuros</strong>, deseé lo que mucha otra gente. “<em>Llibertat, Amnistia i Estatut d’Autonomía</em>”. Muchas veces y a gritos.</p><p>También deseé volver a enamorarme. Cosa que, por suerte o por desgracia, también sucedería.</p><p><em>*Maruja Torres es periodista y escritora. Su último libro es ‘Cuanta más gente se muere, más ganas de vivir tengo’ (Temas de Hoy, 2024)</em>.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 15 Nov 2025 19:37:05 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Maruja Torres]]></author>
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      <media:title><![CDATA[50 años sin Franco]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Viaje a Grecia, romance incluido]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/viaje-grecia-romance-incluido_1_1830432.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/86845a8c-c317-4782-b7e5-e8dc16dd8257_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Viaje a Grecia, romance incluido"></p><p>Verano, a finales de los setenta. <strong>Novio tóxico</strong> dedicado a la misma profesión, <strong>sin talento y lo sabe.</strong> Estadio de la relación: él ya ha conseguido minar mi autoestima, aislándome de mis amistades y de mis posibilidades de trabajo. Además, teníamos un perro que se suponía iba a vincularnos, pero que nos odió desde el primer día y no dejó de ladrar ni un minuto. A nosotros y al mundo. <strong>Puede empeorar.</strong></p><p>Aparecen por lo que entonces era mi piso en el Eixample barcelonés<strong> dos amigas hippies de buena familia.</strong> Me proponen huir. Recorrer mundo. Llegaríamos a Grecia, a Creta, pasando previamente por las Cícladas, y nos haríamos con una casa que un conocido de una de las mozas pondría a nuestro alcance. <strong>Puede empeorar.</strong></p><p>El viaje lo costearía yo porque era la única que, no siendo pija, había trabajado toda su vida y disponía de la tarjeta Visa, que ellas saquearon diligentemente. No compramos sacos de dormir. <strong>Dormiremos bajo la luz de las estrellas </strong>que pueblan el firmamento, dijeron.<strong> Puede empeorar.</strong></p><p><strong>Me moría por ser hippie de verdad, de las de no dar golpe</strong>. Vivir del aire como los pajaritos del campo. Y me moría por huir de quien me hacía luz de gas. Salimos hacia El Pireo en uno de los últimos trayectos que realizaba la oscura línea de un semicarguero turco. Tres jóvenes vestidas de libertarias floreadas, esquivando por los pasillos las manos de los marineros turcos. Por suerte se produjo una tormenta que casi nos tumbó a todos para siempre. <strong>Aquellas manazas tuvieron faena para recoger los platos rotos.</strong></p><p>Cuando el barco atracó en El Pireo enfilamos hacia el centro de Atenas, pero como<strong> éramos libres y no turistas, </strong>no vimos nada importante (Acrópolis, Museo Arqueológico, el Licabeto, qué sé yo) y, como éramos inútiles, acudimos a la policía turística para que nos recomendara una pensión. Puede empeorar. Grecia estaba sufriendo una dictadura militar y todo uniformado, aunque hablara inglés y llevara un mapa, tenía licencia para violar. Salimos por pies del cuartelillo porque<strong> los poli-guías nos quisieron follar contra la pared.</strong></p><p>La más audaz de nosotras (la más pija) consiguió al fin la dirección de un tugurio barato en donde pasar la noche antes de partir hacia Ios y <strong>Santorini</strong>, desde donde, después de chapotear cual ninfas en sus playas, embarcaríamos hacia Creta. El tugurio alquilaba colchones costrosos en el terrado. Así que se cumplió una parte de nuestro sueño. Nos tumbamos bajo las estrellas por un módico precio, e hicimos guardia para prevenir robos, tocamientos y otras bagatelas. <strong>Puede empeorar.</strong></p><p><strong>La Grecia de los 70 no era un paraíso para mujeres que viajaban solas y hacían topless</strong>. Las viejas nos arrojaban los huevos fritos y se quedaban con el plato y los viejos se la cascaban detrás de las rocas. Todo lo que recuerdo de Santorini, tan hermosa y arisca, es a las griegas cargando leña en un burro cuesta arriba y a los griegos descansando, sentados a la puerta de sus casas y moviendo el rosarillo con la mano libre.</p><p>Llegamos de noche a Heraklion, imposible telefonear a aquellas horas al conocido de la más pija. Dormimos bajo las estrellas de nuevo, esta vez en un parterre, delante del puerto. Abrazadas y tiritando de frío. Ni se nos ocurrió añorar los sacos. <strong>Éramos tan libres. </strong>Puede empeorar.</p><p>El ansiado conocido (periodista, no promotor inmobiliario, me enteré) no podía venir a recogernos hasta al cabo de unos días. Eufóricas, le dijimos que nos buscara en la plaza de El Greco.<strong> Viviríamos allí, </strong>usando los parterres como lecho, las estrellas como techo y, para asearnos, el depósito de agua que Dimitri, un hombre compasivo que leía libros y los guardaba bajo su camastro, nos dejaba usar, en los urinarios subterráneos de los que era guardián y que constituían también su morada. No resultaba cómodo, pero sí era una aventura. Cuando por fin apareció el hombre deseado, nos dijo que la casa que nos ofrecía se hallaba en un lugar precioso de la costa (no hay lugar en la costa de Creta o de Grecia en general que no sea hermoso, y que no lo fuera más en aquellos días de escaso turismo), un pueblito llamado Sissi, situado en el norte de la isla, más o menos en el centro.</p><p>Era, en efecto, <strong>una maravilla de rocas que parecían cortadas como un pastel </strong>y que mostraban capas de sedimentos que se remontaban posiblemente al movimiento telúrico que en el pasado terminó con el reino de Creta, y que se llevó por delante al minotauro y a la madre que lo parió.</p><p>En cuanto a la casa. <strong>Eran cuatro muros de cemento con un techo igual</strong> y se encontraba en un descampado que salpicaban construcciones parejas, a todas luces ilegales. <strong>Puede empeorar.</strong></p><p>Cuando salíamos, dicharacheras, a disfrutar de nuestra inmensa suerte, los vecinos salían también de sus casas. No nos llevó mucho tiempo averiguar que aquello era como la película Zorba el griego. No la escena del sirtaki, sino la de la lapidación. Porque la más pija, desoyendo mis prudentes consejos de cinéfila, salía diariamente de caza y<strong> regresaba con cualquier cosa follable que se encontrara por los alrededores</strong>. Los murmullos de las vecinas cumplían con su función de coro griego.</p><p>En una de nuestras incursiones por la isla, esa pobre chica de la que no quiero hablar mal porque murió muchos años después,<strong> heroinómana pero delgada (lo que había querido siempre), </strong>esa buena mujer nos alentó a hacer autoestop y a subirnos en la campera de un rústico agricultor que nos habló de las excelencias de su finca y que, diligentemente, nos invitó a cenar en ella, con unos amigos. De vez en cuando alargaba el brazo y tocaba una de nuestras rodillas.<strong> Lo estiraba mucho y nos alcanzaba a todas.</strong></p><p><strong>Llegamos en plena noche a un lugar desconocido y sin apenas luz.</strong> De aquí solo saldré viva si me defiendo sola, decidí. Me defendí de comer el apestoso cordero que nos ofrecieron el agricultor y sus compadres, pero no así de que los dos individuos que me flanqueaban se secaran la grasa de sus manos en mi pelo, por entonces bastante frondoso<strong>. Puede empeorar.</strong></p><p>O no, según se mire. Al final de la cena compareció un ser con bigote que resultó ser la madre del anfitrión. Para bendición nuestra, no era partidaria de que su paticorto engendro fuera víctima de tres putones extranjeros, y decidió que durmiéramos las tres juntas, encerradas por fuera y con un perro encadenado lo bastante cercano para atacarnos en el caso de que una de nosotras, o las tres, acosáramos a su engendro. Nos largamos al amanecer, cuando nos liberó la vieja. Y la pija seguía tan contenta. Menuda aventura. La menos pija, y mucho mejor persona (lo comprobé con el tiempo) ostentaba un notable temple tipo Poseidón: ahora salgo de las aguas, ahora no salgo. Pero ella fue la causa del siguiente. <strong>Puede empeorar.</strong></p><p><strong>Como ansiaba tirarse a un noviete que tenía en Barcelona,</strong> le telefoneó para que viniera a visitar nuestra mansión rodeada de coros griegos y raptores de Europa. El chico vino.</p><p><strong>No vino solo</strong>. Al volante de su propio y bastante vetusto Seat 1500 iba, ni más ni menos, mi pareja tóxica que yo creí haber abandonado, de la que supuse haber huido. En el asiento de atrás, el pobre perro. <strong>Ladrando</strong>.</p><p>El vehículo supuso una mejora: visitamos Cnosos, en donde me volví loca intentando encontrar el laberinto para perderme de una puñetera vez, cruzamos la isla de norte a sur, y recorrimos puntos costeros cuyos nombres siempre empezaban por Agia (santa) y Agios (santo), y según pasaron los días nos fuimos distanciando y cada cual tomó su camino. Es decir, el tóxico, el perro y yo nos quedamos con el coche. Y con mi Visa, que <strong>iba acumulando deudas.</strong></p><p>Visitamos la antigua Puerta de los Leones de Micenas, un poco de Peloponeso, y una profunda melancolía que hizo mella en los dos. No así en el perro, que ululaba ardorosamente desde el coche, en donde le dejamos para que no se meara en las ruinas.</p><p><strong>Decidimos regresar por Italia y parar en Roma.</strong></p><p>Y aquí, definitivamente, empeoró.</p><p>Nos instalamos en un campamento y no os creáis que visitamos Roma. No. Ni el Coliseo, ni el Foro de Augusto, ni el Pantheon, ni el Vaticano ni la Piazza del Popolo. Solo teníamos ojos para la Posta Centrale, a donde periódicamente acudíamos para ver si algún amigo nos había enviado un giro, ya que estábamos en las últimas.</p><p>Y un mal día,<strong> el tóxico se empeñó en dejar al perro en el campamento, atado a una estaca.</strong> Cuando regresamos<strong>, había desaparecido.</strong></p><p>Ahora puedo acabar este relato confesando que, aunque tardé, poco a poco me fui desprendiendo de cada retazo de lo que para mí fue un viaje inútil y, en muchos sentidos, una tragedia.<strong> Pagué a plazos mi deuda con Visa. Perdí de vista al tóxico.</strong></p><p>Y hoy, para todos ustedes,<strong> he convertido mi viaje en comedia.</strong></p><p>_______________________</p><p><strong>Maruja Torres </strong>es periodista y escritora.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 07 Jul 2024 15:45:54 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Maruja Torres]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Grecia,Italia,Viajes]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Una señora con mucha dignidad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/club-infolibre/librepensadores/senora-dignidad_1_1090635.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><em>Trailarai larai, trailarai.../Traigo la camisa roxa... </em></p><p>Poco después de conocerse la noticia de que Maruja Torres no escribiría más en el diario <em>El País</em>, comentábamos Ovidio Parades y yo que no hemos conocido a una mujer tan generosa y tan buena gente como Maruja. Por la repercusión y el peso que tienen las cosas que escribe, y cómo las escribe, representan en realidad la voz de sus lectores. </p><p>Hombres y mujeres que a lo largo de los años hemos ido creciendo con ella, opinando juntos, y comprendiendo a su lado que no tomar partido dentro de la sociedad, quedarse al margen de los problemas, no involucrándose en las necesidades de los demás, conduce ni más ni menos hacia una tierra hostil, hacia un terreno donde es peligroso adentrarse. </p><p>Soy testigo, y receptora en primera persona, del apoyo que da a nuevos autores. Ayuda y empuje que presta sin dudarlo a quienes comienzan a abrirse camino como escritores, como periodistas, o como ambos a la vez. Y lo hace sin que se le caigan los anillos, cediendo espacio, reseñando libros o recomendando relatos o artículos de otros, bien desde el legendario “Perdonen que no me levante”, bien desde las redes sociales: facebook, twitter, blog. </p><p>Sin embargo, y por encima de todo esto, o además de todo esto, Maruja es la ciudadana que viaja en AVE, que conversa de la vida con el taxista y que compra verduras y arroces para cocinarlos con mimo. Y también la persona que se manifiesta en la calle sin agachar la cabeza y, teniendo el sentido común muy bien puesto en su sitio, la que reclama y reivindica, y la que harta, como lo estamos una gran mayoría, grita: ¡Basta ya! ¡Qué despropósito! ¡Pero qué se habrán creído! </p><p>Aunque la seguía de mucho tiempo atrás por los reportajes en <em>Garbo</em> y <em>Fotogramas</em>, por los artículos y crónicas tanto en <em>El País</em> como en<em> Diario 16</em> –hago un paréntesis para destacar su trabajo cubriendo las guerras tanto en Líbano como en Panamá, donde presenció la muerte de su compañero el fotógrafo Juantxu Rodríguez por los disparos de un soldado estadounidense–, no nos conocimos personalmente hasta una Feria del Libro de Madrid. Recuerdo que estuve largo rato haciendo cola para una firma de Terenci Moix, quien, con aquella simpatía que derrochaba, tan cercano y tan campechano como era –eso sí, sin perder el <em>glamour</em>–, al ver que también llevaba en la mano<em> Amor América: un viaje sentimental por América Latina</em>, dijo: “Ese de Maruja es una buena elección”. </p><p>Así que, contenta y metida en situación como iba, me puse delante de la escritora. Su sonrisa me cautivó. No conversamos mucho, me cuesta vencer la timidez, pero desde ese momento empecé a quererla, a leerla, con mayor intensidad, si cabe. Años después, nuestro trato es más fluido, gracias a las nuevas herramientas de comunicación que proporciona internet. </p><p>Una de las cosas que más admiro en ella es la fortaleza que la caracteriza. Curtida seguramente en el corazón del Barrio del Raval –también conocido como Barrio Chino–, entre La Rambla y el Peral.lel, en el distrito de Ciutat Vella, de donde eran igualmente sus amigos Terenci Moix y Manuel Vázquez Montalbán. Tres hijos de la posguerra creciendo entre dificultades, abriéndose camino entre carencias, saltando los obstáculos de un tiempo tremendo y difícil. Con ellos compartió parte de la vida, de la literatura, así como la pasión y el amor por el cine, además del oficio estede escritores, que tantas satisfacciones y bienestares aporta. </p><p>Me atrevo a escribir sobre Maruja Torres desde el respeto por supuesto. Con la humildad de alguien que la admira, y con profundo agradecimiento hacia su persona. Por abrirme su casa <em>on line</em>, por ponerme en el camino de César Rufino Sánchez, gran amigo y maestro de las letras, por regalarme manojos de su tiempo, ese bien tan preciado que tenemos las personas. Por el conjunto de todo su trabajo, por su manera de compartir, por ella misma, no puedo decir otra cosa que no sea: gracias Maruja. </p><p>Seguramente se me van a hacer extraños los desayunos de los jueves sin su columna, y los de los domingos sin el "Perdonen que no me levante"… Pero al finalizar estas palabras pasaré página tal y como ha sugerido ella. Esto no es más que el final de una etapa acabada, un ciclo concluido, una experiencia vivida con intensidad, como sólo pueden vivirse las grandes emociones que da la vida. Quizá de otras cosas no estaré tan segura, pero de que la voy a seguir leyendo, sí. Allá donde esté. </p><p>Quisiera concluir con un poco de esperanza, invitando a que hagamos un llamamiento a los medios, un toque de atención en clave de reflexión, para que el espíritu de prensa independiente prevalezca por encima de todo. Entre otras cosas, porque, si no recuperamos la ilusión, de poco habrá servido el esfuerzo de aquellos que un 4 de mayo de 1976 –yo tenía 16 años recién cumplidos– echaron a andar, en plena Transición democrática, la rotativa del diario <em>El País</em>. Así lo espero, sobre todo, porque aún queda gente dentro que opina muy bien –por ejemplo, los compañeros de Maruja de la contraportada– y a los que seguiré leyendo. Y, también, para que el imperio que con tanta inteligencia estructurara levantó Jesús de Polanco no haga aguas. </p><p><em>De sangre d'un compañeru…/Trailarai larai trailarai.</em> </p><p>Nota: “En el pozo María Luisa”, también conocida como “Santa Bárbara Bendita”, es una canción popular, emblemática para los mineros asturianos y leoneses. De ella provienen los versos que extraigo. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 17 Jun 2013 11:46:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Maruja Torres]]></author>
      <media:title><![CDATA[Una señora con mucha dignidad]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[El País,Transición democrática]]></media:keywords>
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