<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[infoLibre - Muy Fan de]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/muy-fan-de/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Muy Fan de]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright infoLibre]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <item>
      <title><![CDATA[Diez años después]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/muy-fan-de/diez-anos-despues_129_1411048.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Diez años después"></p><p>“Cambiar los muebles de sitio trae suerte”. Recuerdo este mantra del pensamiento mágico que escuchaba decir a mi madre cuando yo era niña y que, tal vez, <strong>ella había oído decir a mi abuela</strong>…</p><p>No sé medir en newtons la fuerza que ejerce en nuestro pensamiento infantil lo que escuchamos en boca de nuestros adultos de confianza, pero lo cierto es que, de vez en cuando, sentía la necesidad de cambiar algo de sitio en el dormitorio que compartía con mi hermana. Y aunque contábamos con poco margen para <strong>redecorar en aquel territorio ocupado por dos camas</strong> y dos escritorios abatibles, cada cierto tiempo intentábamos alguna <strong>ligera transformación</strong>.</p><p>La verdad es que nunca creí que alterar el orden de los elementos de nuestro dormitorio fuera a <strong>propiciar un golpe de suerte</strong>, era más bien un inocente modo de intentar que las cosas fueran distintas o que, al menos, lo parecieran.</p><p>El Feng Shui, esa técnica tradicional china que hemos trasladado a nuestro <strong>presente occidental como una brújula</strong>, con la ilusión de que nos ayude a encontrar el norte, propone el cambio de muebles de lugar para lograr que fluya el “Chi”, la <strong>energía vital</strong>. </p><p>Pero no hace falta viajar tan lejos, en el ámbito de la psicología europea hay infinidad de literatura acerca de nuestra relación con los espacios que habitamos. La personalización de la que dotamos a “nuestros lugares” <strong>trasciende su uso práctico</strong> y dice mucho de cómo somos. Y la decoración, más allá de su sentido estético, adquiere una carga profunda en nuestro recorrido vital. Los objetos con los que convivimos acaban convirtiéndose en <strong>símbolos de nuestra experiencia y de nuestras emociones</strong>. Es por todo ello, por lo vivido dentro un espacio, que cuesta o libera tanto abandonarlo…</p><p>Hoy vengo a contarles que voy a <strong>mover un mueble de sitio</strong> en esta habitación que comparto con ustedes. A punto de que este escritorio de nombre <a href="https://www.infolibre.es/opinion/columnas/muy-fan-de/" target="_blank"><em>Muy fan</em></a> cumpla diez años, he decidido llevarlo al trastero y poner otro en su lugar que se llamará <em>Gente corriente</em>. </p><p>Siento cierto desgarro, no crean, yo que me encariño hasta con un frasco de perfume y me da pena tirarlo cuando está seco… Y claro, han sido diez años, nada menos. Diez años en los que me he hecho fan de tantos y tantas que estaban ahí fuera, <strong>dos lustros en los que me han sucedido tantas cosas por dentro</strong>… </p><p>Pero es que <strong>siento la necesidad de cambiar algunos objetos entrañables de lugar</strong>, como hacía de niña en aquella habitación pequeña. ¿Saben? Un día, en ese afán innovador, se me ocurrió envolver el tubo del radiador en un papel escocés que me había sobrado después de forrar los libros y, cuando se lo enseñé a mis padres toda orgullosa y sonriente, pusieron tales caras de jurado agrio de Masterchef que tardé 30 segundos en despegar aquel papel de cuadros y tirarlo a la basura haciendo pucheros. </p><p>Espero que con ustedes no fracase así... <strong>Ojalá sigan queriendo compartir habitación conmigo</strong>, al fin y al cabo ustedes y yo somos lo mismo, <em>Gente corriente</em>. </p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[b98f51e4-65ef-4fb3-b964-8069e7fb7c7b]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Jan 2023 20:39:46 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Raquel Martos]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="79524" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="79524" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Diez años después]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El entusiasmo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/muy-fan-de/entusiasmo_129_1344413.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="… El entusiasmo"></p><p>Durante la espera para la presentación del libro de dos personas antes admiradas y ahora, además, queridas, <strong>me puse a charlar con unas amigas sobre el entusiasmo</strong>. El tema lo sacó una de ellas para definirme en tono de guasa: “Raquel, eres el entusiasmo, muestras entusiasmo con los grandes proyectos y muestras entusiasmo con un bocadillo de chorizo” y le di la razón, porque la tiene.</p><p>Sí, confieso,<strong> me ilusiono vivamente con las aventuras trascendentes </strong>y también con algunas cuestiones aparentemente pequeñas que, sin embargo, tienen su grandeza. </p><p>Un día después, retomé el asunto “entusiasmo” con una mujer a la que acababa de conocer y resultó que estábamos de acuerdo, ese sentimiento de exaltación del ánimo por algunas cuestiones funciona para muchos de nosotros como motor.<strong> Un motor que nos impulsa para disfrutar de la vida </strong>pero que, sobre todo, nos ayuda a soportarla… algo parecido a lo que hace el humor con el dolor. </p><p>Nuestro encuentro era fruto de una entrevista profesional sobre un asunto muy concreto pero, al terminar, nos pusimos a charlar animadamente de otras cuestiones de la vida, algunas luminosas como el entusiasmo y<strong> otras oscuras: la ansiedad, la autoexigencia, el desproporcionado sentido de la responsabilidad, </strong>la presión propia, esa que suele ser aún más dañina que la ajena… </p><p>Y culminamos nuestra charla improvisada hablando de las<strong> señales que te da tu cuerpo para decir “no” a alguna oportunidad.</strong> Esas que, desde fuera, casi todo el mundo considera buenísimas, pero tú sabes que no son para ti.</p><p>Esa misma tarde, me reencontré con alguien a quien un día conocí durante un breve encuentro televisivo. Aquella vez no hablamos de nada que no fuera el asunto profesional que nos ocupaba pero, en esta segunda ocasión, sí hubo <strong>conversación personal entre bambalinas. </strong></p><p>Y él también me habló de las señales que a veces te da tu cuerpo para parar, incluso para decir que no a alguna oportunidad, y conversamos sobre la ansiedad, la autoexigencia, el sentido de la responsabilidad… Culminamos nuestra charla hablando del<strong> peligro de la falta de equilibrio entre el entusiasmo y el agotamiento.</strong></p><p>Todas las personas a las que no nombro en este texto, no creo que deba hacerlo, son personas brillantes: mi amiga, la que se choteaba de mi entusiasmo choricero, la pareja admirada y ahora querida, la mujer que conocí una mañana en un encuentro de trabajo y el hombre con el que volví a coincidir en otra aventura profesional. </p><p>Todas ellas son <strong>personas entusiastas, luchadoras, que disfrutan y también sufren</strong>, claro, el ser humano es lo que tiene…  Y todas ellas son piezas del motor que me ayuda a disfrutar de la vida pero, sobre todo<strong>, a poder soportarla. </strong>Porque, quitando a mi perra, el chocolate negro y casi todo lo que cabe en el saco de la cultura, no hay nada que me entusiasme más de la vida que las personas interesantes que voy encontrando por el camino.</p><p>Ustedes, mis lectores habituales, ya lo saben porque se lo he dicho muchas veces, <strong>son piezas imprescindibles de ese motor que me ayuda a vivir, la escritura</strong>. Y hoy les cuento que voy a dejarles descansar de mí unas semanas porque me toca reemprender un viaje profesional en el tiempo… que también me entusiasma. <strong>¡Ojalá estén por aquí a mi regreso!</strong></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[6ca5b29f-c150-4f61-800e-4dfc79da4b0f]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 21 Oct 2022 19:17:17 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Raquel Martos]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="79524" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="79524" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[El entusiasmo]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Vivir como si hubiera un mañana]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/muy-fan-de/vivir-si-hubiera-manana_129_1340101.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Vivir como si hubiera un mañana"></p><p>Uno de los lugares comunes del momento es aquel que<strong> nos anima a hacer algo “como si no hubiera un mañana”.</strong> Lo habrán escuchado, leído y quizás empleado alguna vez. Cuando nos da por utilizar expresiones, nos lanzamos en tromba a ello hasta que las desgastamos y las vaciamos de valor, si es que alguna vez tuvieron alguno…</p><p>Decimos “como si no hubiera un mañana” para expresar aquello que <strong>acometemos sin pensar en las consecuencias.</strong> Es una simple oda al disfrute sin pensar en el futuro, sin cortarnos un pelo, una mezcla de hedonismo, epicureísmo e inconsciencia. Pasando con pértiga de la contención, eliminando miedos y difuminando límites, que quizás el mañana no llegue a nacer.</p><p>Pero el otro día, mientras hacía la cama, sonaba en la radio la sicofonía del fantasma nuclear que se aparece a diario en nuestra rutina y la amenaza terrorífica de un invierno frío víspera de otro congelado. Y, mientras cuadraba el embozo a conciencia, me dio por pensar que, en realidad, hacemos exactamente lo contrario de lo que indica el lugar común: <strong>“vivimos como si hubiera un mañana”,</strong> como si confiáramos en que lo habrá, como si no fuera posible desaparecer del mapa en un <em>chimpún</em>.</p><p>Esa misma tarde tomé un taxi porque iban a retirarme los puntos. No los del carnet, no, los de una intervención odontológica que me dejó la cara de Rocky Balboa durante unos días. Y el taxista me contó que, a pesar de que los precios estén trepando hacia las nubes y los ánimos económicos descendiendo hacia el subsuelo,<strong> la gente sale muchísimo. </strong></p><p>En el barómetro de quien circula por las calles de una gran ciudad de noche y de día, el deseo de disfrutar y de gastar —a veces, hacemos que el primer verbo dependa a tope del otro y nos olvidamos de otras acciones que dan gustazo corporal y emocional sin dejarnos un solo euro en el intento— estaba en todo lo alto. Y de pronto, a<strong>quel hombre usó el lugar común: “la gente sale como si no hubiera un mañana”.</strong></p><p>Al escuchar la expresión sobre la que había reflexionado aquella mañana, sentí mariposas en el estómago y me vine tan arriba por la coincidencia que, en modo filósofa de barra de bar, le dije “más bien como si lo hubiera…” Y a continuación,  sin que el señor encantador me pidiera que le aclarara a qué me refería, decidí hacerlo: </p><p>“Esta mañana —le dije— mientras escuchaba el apocalipsis por la radio, he pensado que, en realidad,  últimamente vivimos como si hubiera un mañana. A pesar de los malos augurios que nos llegan por tierra, mar y aire, <strong>hacemos planes, firmamos contratos, ideamos proyectos, tenemos hijos, </strong>adoptamos perros, escribimos libros… Y todo lo hacemos como si hubiera un mañana. Como si pudiéramos contar con el futuro ¿no le parece?” </p><p>Afortunadamente para el conductor, que me miraba por el retrovisor con cara de “vaya chapa me ha dado esta señora”, llegamos a mi destino y se libró del resto de mi turra existencialista. Le pagué, nos despedimos con una sonrisa, entré en la clínica y me quitaron los puntos, ¡qué liberación!.</p><p>Hoy he vuelto a cuadrar el embozo con exquisita precisión, con la ilusión de que esta noche, cuando me meta en la cama, me encantará encontrarla bien hecha, que me da mucho <em>gustirrinín</em>. Es que… <strong>de las ilusiones pequeñas que proyectamos en el futuro también se vive.</strong></p><p>Con amenaza nuclear o sin ella, sabemos que en cualquier momento se nos puede cerrar la sesión, como en el Windows pero sin que suene el “ti-ri-ro-rí”. Entretanto, <strong>mola vivir “como si hubiera un mañana”.  </strong></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[68e8bd8a-f1a4-4ca1-9ef5-66f4a0878d01]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 14 Oct 2022 19:15:34 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Raquel Martos]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="79524" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="79524" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Vivir como si hubiera un mañana]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Las verdaderas grandes fortunas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/muy-fan-de/verdaderas-grandes-fortunas_129_1329359.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las verdaderas grandes fortunas"></p><p>Tengo una amiga del barrio con la que suelo repasar los asuntos de la vida. Si tuviera que recordarla por una frase, la primera que me vendría a la cabeza sería:<strong> “Bah, no tiene importancia, son problemas del primer mundo”</strong>. </p><p>Esta frase, dicha por alguien que toma el sol en la cubierta de un yate con más metros de eslora que un pasillo de hipermercado, tendría el tono superficial de quien resta</p><p>gravedad a las dificultades colectivas porque no tiene ninguna. Pero mi amiga curra en un trabajo precario, vive con lo justo y usa ese mantra tranquilizador en su debido</p><p>contexto: lo de <strong>restar importancia a los problemas que consideramos graves</strong> porque siempre hay otros que están mucho peor, esos que ganan por goleada en dificultades para sobrellevar la vida. </p><p>Vivimos tiempos oscuros, encender la luz cuesta un huevo y, en medio de las tinieblas, ha aparecido una Estrella. Se llama así y esta es su historia: tiene cuarenta años, está en paro y su pareja también. Es madre de un niño de 4 años, discapacitado. El otro día, paseaba por un parque con el peque en el carrito, <strong>se encontró un sobre con 500 euros y se lo entregó a la policía</strong>. Parece un cuento de Navidad pero no, es una noticia de esta semana, como lo de Tamara…  </p><p>La historia de Estrella se ha hecho viral gracias a <strong>la cara bonita de las redes sociales</strong>. A partir de un mensaje de Emergencias Sevilla, supimos quién había perdido aquel sobre y gracias a quién lo había recuperado. </p><p>En una novela negra, un sobre con billetes en un parque tendría un tufillo de delito bien chulo para la trama. En la realidad, <strong>esos 500 euros son la pensión mensual de una anciana de 84 años</strong>, los había perdido nada más retirarlos del banco… </p><p>Si Estrella se hubiera quedado con ese dinero, lo más seguro es que ninguno de nosotros supiera ahora nada de este asunto. Probablemente, entre las cuatro paredes de la casa de una anciana ahora habitaría <strong>un disgusto </strong>y entre las cuatro de una familia necesitada de pasta, <strong>un alegrón</strong>. </p><p>Pero en la cabeza de Estrella nunca existió esa posibilidad, quedarse con algo que no era suyo no entraba en sus planes. Así que <strong>lo entregó sin saber a quién pertenecía</strong> y lo hizo sin imaginar que su gesto iba a ser noticia la misma semana en la que tanto se ha hablado de grandes fortunas…</p><p>Cuentan que andan los grandes millonarios agobiados por<em> el temporal</em>, ese impuesto que ha anunciado el Gobierno para un par de años. Y lo entiendo, oye, a mí me angustia muchísimo cuando tengo un evento a la vista y me planto delante de mi armario atestado de ropa y exclamo con amargura: <strong>¡No tengo nada que ponerme!</strong></p><p>Es que pensar en la posibilidad de que otros estén peor que tú no es fácil. No es esa una virtud que nos adorne a todos. En realidad, ese rasgo de humanidad está solo al alcance de las personas cuyo patrimonio es un corazón que no cabe en un yate. <strong>Las verdaderas grandes fortunas las poseen personas como Estrella. </strong></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[e1948d15-20d0-4c0e-a3d4-753c41b93f27]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 30 Sep 2022 19:27:26 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Raquel Martos]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="79524" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="79524" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Las verdaderas grandes fortunas]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Mirar a las estrellas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/muy-fan-de/mirar-estrellas_129_1323847.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Mirar a las estrellas"></p><p>A veces,<strong> la vida no te brinda la oportunidad de dar las gracias a alguien o no la buscas tú.</strong> Otras, podrías pero no te atreves, te da vergüenza, crees que ese agradecimiento solo es importante para ti, que carece de valor para quien lo recibe. Para qué molestar si, total, cada día le darán las gracias tantas personas, qué necesidad de añadir las tuyas, no quieres resultar pesada.</p><p>Hace la tira de años me tocó <strong>sustituir un mes de agosto a Juan Antonio Cebrián al frente de</strong><em><strong> La</strong></em><strong> </strong><em><strong>Rosa de los Vientos</strong></em>. El programa era un referente de radio de noche y yo una pipiola enamorada del medio, con cierta experiencia de tripulante pero insignificante rodaje como capitana.</p><p>Hacer lo que hacía Cebrián era imposible, era un programa de autor y su autor inimitable. Así que decidí <strong>construir mi propia versión veraniega</strong>, con el equipo modesto y entusiasta que me asignaron, mucho trabajo, pocas horas de sueño y toda la ilusión del mundo. Mi objetivo era <strong>cuidar con esmero del jardín hasta que su dueño volviera</strong> y, de paso, disfrutar a tope de la experiencia porque me apasionaba la misión que me habían encomendado.</p><p>Preparamos en equipo un listado de mentes brillantes que dominaran alguna materia y que, además, supieran contarlo bien. Y, claro, en esa lista estaba<strong> Javier Armentia</strong>, astrofísico, divulgador científico y director del Planetario de Pamplona desde 1990. Lo invitamos, él aceptó, lo entrevisté y lo contó tan bien que la noche se llenó de estrellas.</p><p>El pasado jueves, viajé con Julia Otero para hacer radio cara al público. Son esos programas en los que, por fin, podemos ponerle cara a los oyentes y comprobar que sí, que existen, que hay alguien al otro lado cuando nos asomamos al micrófono a contar historias. Esta vez <strong>el encuentro era en Pamplona, en el Planetario</strong>.</p><p>Y sí, dos décadas después, <strong>pude decirle a su director: GRACIAS, Javier Armentia</strong>. Por aquella entrevista, en aquel agosto, en el que una aprendiza de comunicadora flipó en colores con la oportunidad de charlar de astrofísica con un científico al que tanto admiraba.</p><p>La vida pasa y nos pasa de todo, lo bueno, lo maravilloso, lo malo, lo terrible. Pero <strong>el tiempo tiene sus propias reglas</strong> para poner en orden de importancia lo vivido. Y así, experiencias que en su momento te parecieron intensísimas, aquellas que mientras sucedían te hacían pensar que te marcarían a fuego y para siempre, un día se disipan y no dejan ni olor a humo. En cambio, otras que a simple vista podrían parecer pequeñas, algunas micropartículas en tu universo de vivencias, permanecen en algún lugar de tu memoria. </p><p>El<em> star system</em> fue una estrategia ideada por Hollywood para conseguir películas de éxito. En la realidad, <strong>las estrellas son esas personas que iluminan con lo que hacen, las vidas de otros</strong>. Conviene aislarse del ruido y mirar a las estrellas… </p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[7c74ff87-643f-4a94-a3c7-26ca78faed76]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 23 Sep 2022 19:08:02 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Raquel Martos]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="79524" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="79524" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Mirar a las estrellas]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Cuando cae nuestro Puente de Londres]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/muy-fan-de/cae-puente-londres_129_1313869.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cuando cae nuestro Puente de Londres"></p><p>La muerte de Elizabeth II me ha activado<strong> el sensor de la nostalgia.</strong> Sucede con los acontecimientos más íntimos, los que dibujan nuestra historia personal, es lógico. Pero, a veces, también nos pellizcan la zona emocional estos episodios que van<strong> construyendo el guión de la historia colectiva</strong>, la de todos. De tanto escuchar el mantra del “fin de una era”, aterrizas, forzosamente, en la realidad de que un día también llegará el tuyo.</p><p>Claro, no es lo mismo nacer para reina –aunque, en el caso de Elizabeth no fuera ese el plan– que nacer plebeya. En nuestra vida común y corriente, solo puedes estar coronada durante el parto, cuando la parte más ancha de tu cabeza de bebé se asoma, a través de la abertura vaginal, preparada para salir al mundo. Pero hay algo en común “Arriba y abajo”: al llegar y al marcharnos de aquí, todos<strong> abrimos y cerramos episodios de las vidas de otros.</strong></p><p>Cuando un personaje con gran peso para la Historia muere, también <strong>se cierra una etapa para otras muchas personas</strong>. Ninguno de nosotros puede relatarse como individuo y nada más, todos <strong>somos piezas de un engranaje </strong>que formamos con los que tenemos cerca, pero también con el resto de coetáneos, aunque estén lejos en el espacio o en la clase social. Incluso los que estuvieron antes de que llegáramos, cuentan quiénes somos. Por eso, filias o fobias aparte, muchos de nosotros nos sentimos concernidos con estos hechos históricos. </p><p>De todo lo comentado en estos días, la<strong> </strong><em><strong>operación London Bridge</strong></em> es, quizás, uno de los<strong> elementos más atractivos para una reflexión </strong>mundana. Es ese plan preciso y detallado al milímetro que indica qué toca hacer desde el momento del fallecimiento de la reina. <strong>Ese plan hecho en vida para la muerte.</strong> </p><p>Es fascinante leer una hoja de ruta que lo marca todo, desde  lo puramente institucional y político, como el discurso del nuevo rey o la comunicación a los países de la <em>Commonwealth</em>, hasta lo más simbólico, el vestuario de luto de los periodistas de la BBC o el momento en que han de sonar las campanas del <em>Big Ben</em>. </p><p>Y en medio de la lectura, de pronto, te preguntas: <strong>¿Qué plan tendríamos nosotros?</strong> No me refiero a un acontecimiento relacionado con la monarquía española, no, hablo de nosotros, de los que solo posamos coronados entre las piernas de nuestra madre. ¿Tenemos algún <em>London Bridge</em>? ¿Hemos pensado, al milímetro, qué queremos que ocurra en el día en que finalice nuestra “era personal”? </p><p>Quizás todos hemos jugado alguna vez a responder a esta pregunta: “¿Si te dijeran que te quedan horas de vida, qué harías?”. Nos hace gracia imaginar que nos embarcaríamos en un viaje que nunca hicimos, le diríamos cuatro verdades a un jefe que se portó como el culo, confesaríamos un amor platónico o nos entregaríamos a una muerte dulce con chocolate negro, sin topar nuestro deseo…</p><p>Es esa hipótesis, entre lo romántico y lo infantil, que<strong> solo podemos responder imaginando que tendríamos ganas </strong>y, sobre todo, que tendríamos fuerza. Que tendríamos salud para hacer de los sueños una realidad o las facultades mentales en perfecto estado para cumplir propósitos. Es, en realidad, un deseo de vida, porque situarlo junto a la muerte nos da cierta valentía para fantasear con lo que aquí no encaramos. </p><p>Pero ¿tenemos un plan exacto de lo que quisiéramos que hicieran otros desde el minuto justo en el que dejáramos de respirar? Como mucho, en un contexto casi de juego como el anterior, pedimos una canción –como cuando nos acercábamos a la cabina de la disco pero en modo póstumo–. Yo quiero unas Alegrías de Cádiz. </p><p>O expresamos la<strong> voluntad de que los nuestros hagan una fiesta,</strong> que brinden por nosotros con un vinazo, que hablen de cómo éramos, que lleven nuestras cenizas al Corte Inglés –esto lo pidió una señora conocida mía que había pasado allí sus mejores días de rebajas y meriendas–. Que decreten luto de tres días en nuestra ciudad, como si fuéramos reinas de otro país… No, esto es broma. </p><p>Es cierto que hay <strong>padres que proyectan un plan para sus hijos</strong>. Incluso dueños de perros que dejan instrucciones para el cuidado de sus mascotas. Hay <strong>donantes que prometen sus órganos</strong> como legado de vida para otros. Artistas que ceden sus obras para que pervivan en el disfrute común. Pero me atrevería a decir que <strong>la mayoría de nosotros no tiene un plan. </strong>Y<strong> </strong>no sé si confiamos del todo en que, en caso de habernos currado en vida un Excel con todos los pasos, alguien vaya a tener tiempo y voluntad para cumplir la nuestra.</p><p>Al final, los plebeyos <strong>nos conformamos con pensar que alguien habrá que nos eche de menos</strong>. Alguien que, cuando llegue nuestro final, sienta por un momento que se ha caído el puente que le unía a nosotros. </p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[c11f269a-c7ad-48c6-83e9-cda9c6f80df8]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 09 Sep 2022 19:00:28 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Raquel Martos]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="79524" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="79524" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Cuando cae nuestro Puente de Londres]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Reino Unido]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Para Izan]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/muy-fan-de/izan_129_1309772.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Para Izan"></p><p>En la nevera <strong>vivían dos cubiteras</strong> de metal dorado. Durante el invierno estaban aburridas, su única distracción llegaba cuando abríamos la puerta para sacar un <em>tupper</em> de guiso congelado y echaban un vistazo a lo que se cocía en la cocina. Un vistazo muy breve porque mi padre, a los diez segundos exactos, gritaba: “¡No tengáis tanto rato abierta la nevera!"</p><p>El<strong> invierno era largo </strong>y, de tanto esperar, se quedaban pegadas al suelo nevado del congelador y claro, cuando llegaba el buen tiempo e íbamos a buscarlas, costaba un triunfo arrancarlas de su sitio. Los dos rectángulos que quedaban en su lugar, la <strong>huella de la hibernación</strong>, eran la señal de que había empezado el verano y las cubiteras iban a estar, a todas horas, entrando y saliendo de parranda.</p><p>Un día, la vieja nevera murió y las gemelas doradas se jubilaron. Otras bandejas más modernas, de silicona de color verde, ocuparon su lugar. </p><p>Muchos años después, buscando una <strong>cacerola en un mueble de la cocina</strong>, las vi escondidas en un rincón. Lucían muy tristes, secas y vacías, pero para mí seguían siendo las cubiteras más bonitas del mundo. </p><p>Ahora viven en mi nevera de adulta y, aunque <strong>ya no brillan como entonces</strong>, me ayudan a refrescar la memoria para revivir lo dorado de aquellos tiempos.</p><p>Si alguien me hubiera pedido que hiciera algo parecido a un cuento con un objeto icónico de la casa familiar, jamás hubiera elegido las cubiteras doradas. Antes habrían sido <strong>protagonistas los vasos de rayas</strong> de siete colores, el mueble de bar lacado en negro –de acceso prohibido– con luz por dentro y cerradura por fuera o el palomitero… </p><p>Será que el runrún de la falta de hielo me ha llevado a <strong>acordarme de esas dos guardianas</strong> de oro de mi infancia <em>vintage.</em></p><p>Lo que vivimos de niños nunca se olvida. Ni lo luminoso, como el metal dorado de mis cubiteras, ni lo intensamente frío, como el hielo que contienen. La infancia nos marca por dentro y <strong>lo hace para siempre</strong>. </p><p>A veces, en<strong> ciertas etapas de la vida</strong>, ocultamos sus señales, pero en algún momento vuelve, la infancia siempre sale a la superficie, tarde o temprano, como cuando escribes con zumo de limón en un papel y un tiempo después, al darle calor, emerge el mensaje que siempre estuvo ahí.</p><p>En estos días, se ha <a href="https://www.infolibre.es/politica/rostros-famosos-participan-campana-redes-apoyo-nino-11-anos-sufrio-acoso-lloseta-mallorca_1_1309662.html" target="_blank">hecho viral el vídeo de un niño acosado</a> por otros niños en Mallorca. La <strong>escena es propia de una película de terror</strong>: el pequeño Izan lleva una tarta a un colegio de verano para invitar a sus compañeros y estos, en vez de cantar el cumpleaños feliz, le corresponden llamándolo “gordo”, “foca”, <strong>haciéndole llorar desesperadamente</strong>. Te machaca por dentro presenciar el acoso y preguntarte cómo es que nadie lo evitó.</p><p>Es un episodio de realidad tan cruel que resulta insoportable verlo entero. Y <strong>rompe el corazón</strong> por dos lados, ver el sufrimiento de él, oír el disfrute de ellos… </p><p>Ojalá Izan, que, según su hermano, dijo al llegar a casa “no quiero vivir”, viva intensamente y acumule experiencias bonitas y enriquecedoras, de esas que hacen que estar aquí valga la pena. Aunque la marca siempre esté ahí, como <strong>la huella de una cubitera en el congelador</strong>. </p><p>Izan no olvidará este día, pero los que cantaban tampoco, aunque se empeñen en hacerlo. En la vida, con el paso del tiempo, como un mensaje de zumo de limón recalentado, suele <strong>aflorar el sentimiento que más duele</strong>, el de la <strong>culpa</strong>. Ojalá, con el paso del tiempo, ellos recuerden ese día desde la vergüenza, desde la distancia de quien no se parece en nada a quien en un momento fue. Ojalá crezcan como buenas personas.  </p><p><strong>NOTA DE LA AUTORA</strong>: Izan, te deseo que vivas infinidad de<strong> </strong>cumpleaños felices, y recuerda: los que molestan –porque no saben hacer otra cosa– <strong>parecen muchos pero son minoría</strong>. Los que te quieren son muchos más, solo que el respeto y el cariño no hacen ruido. <strong>Felicidades</strong>.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[cb6aecdb-99e5-4de0-a967-228186250df2]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 02 Sep 2022 18:28:46 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Raquel Martos]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="79524" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="79524" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Para Izan]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El algodón de azúcar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/muy-fan-de/algodon-azucar_129_1305819.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El algodón de azúcar"></p><p>Queridos lectores:</p><p>A punto de abandonar mis vacaciones para volver a la obligación, les envío mi último <em>agostezo</em>.  Y para <strong>quitarle amargura a la despedida</strong>, la estampa de esta postal es dulce y rosa. </p><p>En 1897, un dentista llamado<strong> William J. Morrison</strong> y su amigo<strong> John C. Wharton</strong> inventaron la máquina que convirtió un dulce italiano del siglo XV en esa <strong>golosina icónica </strong>a la que ellos bautizaron con un nombre sugerente, “seda de hadas” y que ustedes y yo conocemos como <strong>“algodón de azúcar”</strong>.</p><p>Ese dulce <strong>me lleva inmediatamente a un paisaje emocional inolvidable</strong>, es la enseña de las fiestas del pueblo. Me lo compran mis padres en la feria después de haberles dado bien la tabarra y cuando, por fin, me salgo con la mía, lo paseo entre norias, tómbolas y coches de choque, más altanera y orgullosa que <em>La Bikina</em> de Rubén Fuentes.  </p><p>Alguna vez renuncio a ese suave manjar para morder una manzana tentadora y resplandeciente bañada en caramelo. Pero siempre resulta decepcionante, porque muerdo con la ilusión de encontrarme con algo que jamás he probado y eso nunca sucede. <strong>Debajo de la cobertura extraordinaria está la fruta que forma parte de mi rutina diaria</strong>, qué bajón.</p><p>En cambio el algodón, con su <strong>aspecto de nube de dibujos animados</strong>, es otra historia. Él sí es un compañero perfecto para endulzar una jornada llena de risas nerviosas, vértigo y velocidad. Con esa personalidad inconfundible, cuando él aparece en escena, es fiesta. </p><p>Y tiene además el encanto de lo eventual, eres tan consciente de que <strong>cuando terminen las fiestas no volverás a verlo</strong>, de que cuando tires el último palito de madera manchado de rosa a alguna papelera municipal te despedirás de tu compañero dulce hasta el año siguiente… Es lo mismo que ocurre con algunos de tus <strong>amigos veraniegos</strong> y eso aumenta el valor del momento en el que están junto a ti.</p><p>Puede que tengas algún <strong>encuentro furtivo con tu algodón favorito</strong> en invierno, si es que cae alguna visita a algún parque de atracciones, pero lo más probable es que no vuelvas a toparte con esa nube de azúcar hasta que el estío vuelva a quitarle el sitio al hastío. </p><p>El algodón de feria representa, nítidamente, lo efímero de las vacaciones, del verano, de la vida, es un sueño dulce al que nos aferramos. Y agarramos con fuerza el palito de madera como si ese gesto pudiera <strong>anclarnos a un territorio</strong> feliz que nunca abandonaremos… aunque en el fondo sabemos que eso no pasará.</p><p><strong>Menuda lección aprendemos de niños</strong>, sin darnos cuenta. Esos bocados de algodón rosa que apenas nos da tiempo a saborear, porque el azúcar se desintegra rápidamente en nuestra boca, son como los buenos ratos, por eso conviene poner empeño en ser conscientes mientras los vivimos…</p><p>Acaba aquí mi viaje a aquellos otros agostos, <strong>mis </strong><em><strong>agostezos</strong></em><strong>, bostezos de agosto </strong>en forma de postal desde esos paisajes emocionales que, como muchos de ustedes me han hecho saber, también eran los suyos. </p><p>Muchas gracias por sus comentarios pero muchas gracias, sobre todo, por recoger mis postales del buzón y echarles un vistazo. </p><p>Con cariño:</p><p>Raquel</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[4e7f565f-97a0-476b-9670-eec9a0d20c35]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 26 Aug 2022 19:02:31 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Raquel Martos]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="79524" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="79524" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[El algodón de azúcar]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[verano]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una sandía dentro del río]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/muy-fan-de/sandia-rio_129_1302794.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una sandía dentro del río"></p><p>Queridos lectores: </p><p>Hoy les escribo en esta postal cuya estampa es la de <strong>una fruta de temporada dentro de un frigorífico natural</strong>, una sandía dentro de un río.</p><p>Sería impensable que en estos bostezos de agosto, mis<em> agostezos</em>, con un ojo puesto en el retrovisor, no hubiera un lugar para la fruta que mejor representaba aquellos veranos en los que, algunas cosas,<strong> solo podían encontrarse ‘a su debido tiempo’</strong>. </p><p>Porque ahora, ya saben, <strong>tenemos sandía y melón en invierno</strong>, llegan desde Senegal, Brasil o Sudáfrica y podemos comer fruta de verano con la bufanda puesta. Pero antes no, antes la sandía venía a nuestra vida en la segunda estación, como la <em>bola loca </em>o el balón de Nivea y ella era otra esfera tremendamente seductora ante los ojos de una niña. </p><p>Su forma de pelota le daba un toque lúdico a<strong> la obligación diaria de comer fruta</strong> y sus colores la convertían en un objeto mágico. Aquel verde oscuro escondía un tesoro rojo intenso y brillante. Al abrirla en dos mitades se revelaba una sorpresa deslumbrante…</p><p>Y si <strong>la sandía significaba verano</strong>, verla reposar sobre las piedras del río, sumergida en el agua, quería decir, inequívocamente, excursión o vacaciones. Dos sinónimos de felicidad en mi diccionario de valores infantiles.</p><p>Pero es que tenía, además, el encanto de la anticipación, la sandía era de las primeras cosas que se colocaban al llegar al campo, la plantaban los adultos como una bandera de colonos que ocupan un nuevo territorio. <strong>La sandía en el río era el anuncio de que teníamos por delante un día grande</strong>. </p><p>Ella <strong>se refrescaba mientras los niños jugábamos</strong> y los adultos preparaban la comida. Y allí seguía un rato después, presidiendo los fastos en los que iban cayendo tortillas, pimientos, filetes empanados y pan de pueblo.</p><p>Hasta que llegaba su momento: la frase <strong>“¿voy cortando la sandía?” </strong>parecía el broche final del discurso previo a la botadura de un barco. Después vendrían los cafés del termo, sestear, jugar al pañuelo, merienda de bocata o pan con chocolate y vuelta a casa… el apocalipsis.  </p><p>Pero eran tiempos de soñar con otros días que vendrían e incluso en el momento más bajo para el ánimo, al tirar las cáscaras a la basura, nos consolaba saber que habría más excursiones, más días de campo, más sandías en el río. <strong>De niño, siempre crees que lo mejor está por llegar…</strong></p><p>La anticipación es un recurso narrativo muy potente, incrementa la tensión del lector o del espectador, nos invita a seguir avanzando, nos atrapa, aviva nuestras ganas de saber qué pasará,<strong> nos abre el apetito por vivir lo que vendrá</strong>. Pero también nos atemoriza, nos bloquea, nos impide movernos, conocen bien la fuerza del miedo anticipatorio los autores del género de terror.</p><p>De niños, a pesar de nuestras inseguridades, tenemos una enorme capacidad para usar la anticipación en su plano más luminoso y esperamos nuestro cumpleaños con la misma convicción con la que aguardamos al Ratoncito Pérez. <strong>Incluso en las peores infancias hay un hueco</strong>, por pequeño que sea, para que pueda colarse algún roedor ilusionante…</p><p>Pero con la mirada adulta, <strong>mantener la fe en el futuro cuesta más</strong>, quizás por eso nos aferramos como plantas trepadoras al mindfulness, al <em>carpe diem</em> y a repetirnos el mantra <strong>“que el fin del mundo nos pille bailando”</strong>, para no caer.</p><p>A veces, cuando todo está a oscuras y el miedo anticipatorio trata de entrar por debajo de la puerta, pienso en<strong> lo importante que es tener gente querida contigo y una sandía en el río</strong>. Y se enciende la luz.</p><p>Cuídense. Les escribo el próximo sábado. </p><p>Con cariño:</p><p>Raquel</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[3b8fe9d8-70b0-48b6-a47a-8210be113a26]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Aug 2022 18:23:48 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Raquel Martos]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="79524" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="79524" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Una sandía dentro del río]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[verano]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Agostezos (I): El gorrito del pepino]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/muy-fan-de/agostezos-i-gorrito-pepino_129_1296434.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Agostezos (I): El gorrito del pepino"></p><p>Hubo un tiempo en el que teníamos la costumbre veraniega de <strong>enviar postales</strong> desde el lugar al que habíamos huido por vacaciones. Cabían pocas palabras en el reverso de aquellas estampas pero, a veces, <strong>encerraban un mundo</strong>. Porque en algunas de esas postales viajaba lo más importante de ti, a veces, enviabas unas letras desde lejos para decir el "te quiero" al que no te atrevías de cerca.</p><p>En este mes de agosto<strong> he decidido enviarles postales</strong>, queridos lectores, una por semana, cuatro en total. Sin pretensiones, son solo unas letras que nacen del bostezo de agosto, las llamaré “<strong>agostezos</strong>”. Cada una desde un paisaje emocional al que volver siempre, a aquellos otros veranos, cuando todo era posible…</p><p>La postal de hoy lleva la foto de un pepino, viene de la tierra, aunque mi madre acaba de sacarlo de la nevera para hacer un <strong>gazpacho</strong>. Gazpacho es eso que en mi casa anuncia que es verano y lo hace apelando a <strong>los cinco sentidos</strong>:</p><p>La vista, los ojos se iluminan al contemplar el bodegón de rojos, verdes y blancos en la encimera. El <strong>tacto</strong>, tan frío en la piel de las verduras y tan cálido en la mano del mortero. El <strong>oído</strong>, que se deja llevar por la melodía de la batidora,“la túrmix” dice mi madre, y la percusión del majado, ella me pide, me ordena, que machaque el ajo con el comino antes de sumarlos con el aceite y el vinagre a la concentración de hortalizas. El <strong>olfato</strong>, ese aroma inconfundible que inunda la cocina, que se escapa por la ventana para que todos los vecinos sepan que hoy, en esta casa, se toma gazpacho.</p><p>Y en medio de la <strong>ceremonia de preparación</strong> hay un gesto curioso que mi madre repite cada verano: una vez ha cortado los extremos del pepino se acerca a ti y te coloca lo que ella llama “<strong>el gorrito del pepino</strong>” en la frente. Después la recorre como, si en vez de un trozo de hortaliza, fuera una gasa empapada en agua para aplacar la fiebre: “¿A que ya no tienes calor?”, dice satisfecha.</p><p>Crecí con ese <strong>ritual estival</strong>, año tras año, en la cocina de la casa de mis padres. Si te acercabas por el mostrador durante la elaboración del gazpacho, sabías que recibirías esa “friega” de la cucurbitácea, era una especie de conjuro contra el calor que mi madre había heredado, seguramente, de la suya y que yo he trasmitido a mis sobrinos, ignoro si son conscientes… </p><p>Ignoro también si esta <strong>costumbre </strong>se sigue en alguna otra casa y me haría muchísima ilusión encontrar a alguien que la <strong>reconociera como algo familiar</strong>, la verdad, hasta hoy solo he encontrado desconcierto en la cara de mi pareja o de mis amigos cuando me ven acercarme hacia su frente con el gorrito de un pepino recién cortado…</p><p>En mi casa también se besó siempre el pan, te recuerdo, Almudena, y son esos gestos los que te conectan con el <strong>mundo simbólico</strong> de “los tuyos”. Algo que va mucho más allá de lo racional, que trasciende lo evidentemente sentimental. Son pequeños tics que nos conectan profundamente con la tribu y nos recuerdan que venimos de ella, incluso cuando nos sentimos muy alejados…</p><p>Un día me dio por pensar que aquel gesto de mi madre se parecía al de poner un tampón, un sello de tinta imborrable, como si pretendiera marcarnos con aquel detalle. Y, en cierto modo fue así, me resulta imposible cortar un pepino y no hacer ese gesto en mi frente si estoy sola, en la de otros, si estoy acompañada. </p><p>Es el sello que marcó en mi vida el gusto del verano- me faltaba por nombrar este sentido-, un sabor perdido en el pasado que recupero con cada gazpacho.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[a35cd69b-4b81-4d8e-98b0-447ac5d544dd]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 05 Aug 2022 18:44:51 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Raquel Martos]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="79524" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="79524" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Agostezos (I): El gorrito del pepino]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El mejor día de nuestras vidas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/muy-fan-de/mejor-dia-vidas_129_1292262.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d6192b8f-88a0-4777-bbbf-adb7748cb696_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El mejor día de nuestras vidas"></p><p><strong>¿Cuál fue el mejor día de tu vida? </strong>¿Lo has localizado en tu calendario de vivencias a la primera o todavía no has dado con él? ¿Y, si no eres capaz de señalarlo, es porque consideras que ninguno ha sido el mejor, que son muchos los días de tu existencia candidatos a empatar en la categoría de “los mejores”?</p><p>Me ha dado por pensar en ello a partir de la reflexión que hace un personaje de <em><strong>Split</strong></em>, una serie británica sobre una saga de abogadas matrimonialistas de éxito, las Defoe. La trama de los personajes principales se completa con los casos episódicos de los clientes que acuden al despacho, es una historia que gira en torno a las rupturas de pareja y está plagada de reflexiones existenciales sobre el amor en todas sus formas. </p><p>El personaje que me hizo reflexionar sobre lo que hoy escribo sufre una gran pérdida, <strong>la muerte sobrevenida de su pareja, </strong>y se encuentra inmerso en esa sensación de asfixia e incredulidad que marca el inicio del duelo. En una conversación con alguien, recuerda su boda con la persona que acaba de morir y hace esta reflexión: “Fue el mejor día de nuestra vida. Por algún motivo los tendremos, los mejores días, como los clavos que sujetan una tienda cuando todo sale volando”. Al escuchar aquello, di al stop en el mando a distancia y <strong>apunté la fras</strong>e que desde entonces merodea por mi cabeza…  </p><p>Me entusiasman esas metáforas tan precisas y certeras que te sitúan inmediatamente en el sentimiento exacto: “Los clavos que sujetan la tienda cuando todo sale volando”, tal cual, l<strong>o que nos amarra a la vida</strong> a pesar de la fuerza con la que esta nos azota en tantos momentos.</p><p>Y sí, nos pasamos la existencia intentando que las piquetas que sujetan nuestra tienda de campaña no se muevan y lo hacemos de forma consciente o inconsciente. Lo hacemos mediante el esfuerzo, cuando trabajamos, por ejemplo, cuando buscamos la estabilidad, la nuestra y la de los nuestros. Y lo hacemos también mediante el disfrute, cuando leemos, comemos cosas ricas, reímos, bailamos, admiramos una obra de arte, clavamos la mirada en un paisaje o escuchamos a una persona fascinante… <strong>Esos placeres, aparentemente frágiles, son clavos muy fuertes</strong> para mantener nuestra estructura vital. </p><p>Y así vamos llenando la vida de “<strong>mejores momentos</strong>” con la ilusión de atesorar algunos “mejores días”. En realidad, los primeros dan entidad a los segundos, recordamos los mejores días por ciertos instantes, muy pocas veces un día feliz ejerce de ello las veinticuatro horas y, sin embargo, esos ratos lo tiñen todo y en el recuerdo nos parece que hubo felicidad de un amanecer a otro.</p><p><strong>Muchos de mis mejores días están ubicados en las vacaciones de la infancia</strong>. Cuando eran los mayores los que se ocupaban de asegurar las piquetas y yo podía dedicarme a jugar con las piñas que caían junto a la tienda, mirar de noche las estrellas y pasar todo el tiempo posible dentro del agua. </p><p>Y no solo vuelvo a aquellos días cuando todo sale volando –que lo hago–, también me gusta hacerlo cuando el mes de agosto asoma la cabeza y nos sentimos tan agostados del curso que termina. Desde allí, desde esos mejores días, les escribiré los próximos sábados. Ojalá me acompañen en ese viaje…  </p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[3752783d-bb4b-4c99-ab8f-e7af708b63cb]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 29 Jul 2022 16:45:51 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Raquel Martos]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/d6192b8f-88a0-4777-bbbf-adb7748cb696_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="53141" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/d6192b8f-88a0-4777-bbbf-adb7748cb696_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="53141" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[El mejor día de nuestras vidas]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/d6192b8f-88a0-4777-bbbf-adb7748cb696_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Pararse a pensar]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/muy-fan-de/pararse-pensar_129_1287562.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Pararse a pensar"></p><p>¿Te acuerdas del momento en que <strong>aprendiste a montar en bicicleta</strong>? La mía era una Giordani naranja que me regalaron mis tíos. Yo quería una BH roja, pero entre mis deseos y la realidad siempre ha habido discordancia… Era una mañana muy fría de invierno pero me sentía acalorada. Otra discordancia, de sensación térmica esta vez. </p><p>Claro, se avecinaba un reto importante. Habiendo superado el primer paso, la eliminación de uno de los “ruedines” de apoyo, mi padre y yo, de mutuo acuerdo, decidimos que había llegado el momento, tenía que <strong>atreverme a avanzar sin ayuda</strong>.</p><p>La mano de mi padre sujetaba la parte trasera de la bicicleta mientras me daba instrucciones: “<strong>Tú mira al frente y no dejes de pedalear</strong>”. Y de pronto, me soltó, aunque yo tuve conciencia unos metros después. Esa <strong>mezcla de euforia y temor</strong> al saber que era yo quien se movía, que él solo me observaba en la distancia, te marca para siempre. Mientras escribo siento los mismos nervios en el estómago.</p><p>En aquel debut hubo, sin embargo, una segunda sensación de vértigo ante lo desconocido, más intensa, si cabe, que la de arrancar: ¿Sabré frenar?. Y esa también te marca. De hecho, pesa mucho ese temor en mi <em>amaxofobia de autovía</em>, conduzco perfectamente en ciudad y en cambio, me tiemblan las piernas al incorporarme a una de las carreteras grandes. Y no me presiona tanto el <strong>miedo a acelerar como la sensación</strong> de que quizás no sabré frenar cuando llegue el momento de hacerlo.</p><p>Esto nos sucede, a veces en la vida, en la profesional y en la otra. Una vez hemos iniciado la marcha, estamos tan ocupados y concentrados en no caernos, en seguir hacia delante como sea, que no queremos plantearnos que en algún momento habrá que frenar porque, si lo pensamos bien, nos entra sudor frío. Para atreverse a parar, hay que <strong>armarse de tanta valentía</strong> como cuando decidiste ponerte en marcha.</p><p>Mi perra no lo sabe, pero uno de los regalos que me ha hecho al entrar en mi vida es obligarme a parar un rato cada día. Si no fuera por ella, yo caminaría, caminaría, caminaría y no pararía, como <em>Forrest Gump</em>. Entonces me perdería la vivencia necesaria de observar, de ser consciente de todo lo que me rodea, de fijarme en los detalles, para poder reflexionar y sacar conclusiones, para mirar más allá de lo evidente. De vez en cuando, hay que parar, <strong>hay que pararse a pensar</strong>. </p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[0b1569d0-2990-4df8-ac30-08452abc8e6b]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 22 Jul 2022 17:30:55 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Raquel Martos]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="79524" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="79524" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Pararse a pensar]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La bondad me la pone dura]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/muy-fan-de/bondad-pone-dura_129_1282240.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La bondad me la pone dura"></p><p>Tengo un amigo bueno. Bueno de verdad.<strong> Su bondad es la fetén</strong>: plena, justa y valiente. Es una bondad a prueba de malos y es esa la más consistente, porque, cuando te han herido, cuando has creído en quien no lo merecía, sería comprensible que tiraras tu bondad al contenedor de desechos orgánicos y empezaras a ser otro, otra.</p><p>Pero él no. Mi amigo sigue siendo bueno. Tan bueno como cuando lo conocí, cuando nos encontramos de niños por las aulas de la EGB y a él <strong>le salía la bondad por los ojos </strong>con la misma fuerza que sus carcajadas, nadie ríe como él. </p><p>El otro día hablábamos del amor, del dolor, de la vida, de la muerte –sí, de vez en cuando, hacemos un debate sobre el estado del corazón y nos faltan sesiones–. En nuestra conversación surgió un concepto, “la bondad”. Y él me comentó lo mucho que la valoraba en los demás y lo poco o, mejor dicho, nada, que “le ponían” los malotes. Yo le comenté cuánto aborrezco esa expresión que habla despectivamente de tal cualidad,<strong> emparejándola con la estulticia: </strong>“De bueno es tonto”. Y sí, a él ese dicho también le parece una falsedad. </p><p>Seguramente, es una <strong>trampa que hemos asumido sin maldad</strong>, una expresión coloquial –yo la he utilizado mil veces– pero qué bien le viene al abusador ¿eh? Sí, esa sentencia les viene de perlas a los aprovechados, a los egoístas, a los interesados, a los caraduras que van pisando cabezas como si fueran uvas de las que pretenden sacar todo el jugo. </p><p>Afirmar que alguien “de bueno es tonto” es una manera de cambiar la responsabilidad de sitio. Es casi tan obsceno como admitir aquello de “abusaron de ella porque llevaba minifalda”. No, <strong>el que abusa es el culpable, siempre,</strong> caso cerrado.  </p><p>Y no, nadie es tonto por exceso de bondad. Uno puede ser ingenuo, inseguro y hasta cobarde, pero no por exceso de bondad. Ser bueno es de inteligentes, de justos, de valientes. <strong>Ser bueno no suele ser fácil.</strong> En muchas ocasiones, el camino del malote o la malota es mucho más corto y más vistoso. Pero no denota inteligencia la maldad, no son inteligentes los que se aprovechan de la bondad ajena, es solo que se creen más listos. </p><p>A esa defensa de la alegría como una trinchera que agitaba Benedetti yo añadiría defender tu bondad como tu casa. No hay que abandonarla, solo cerrar la puerta a los que no merecen entrar en ella. La escoba del revés detrás de la puerta y te abres un botellín.</p><p>Mi amigo es una de las personas más buenas que conozco y una de las personas con las que más me río y con las que más siento ganas de llorar. Es único por la crudeza con la que explica la vida, por la limpieza de corazón con la que la afronta, por su generosidad. Y dice algunas cosas como para tallar en piedra. La otra noche, cuando hablábamos de amor, cuando me hablaba de cuánto admira la bondad de la persona a la que ama, me dijo una frase que define su estar en el mundo:<strong> “La bondad me la pone dura”. Esa frase pide camiseta. </strong></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[26ec02ca-9019-49e8-8c4e-65d6400353cd]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 15 Jul 2022 18:58:19 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Raquel Martos]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="79524" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="79524" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[La bondad me la pone dura]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Política]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA['Stranger Things', allí nos encontramos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/muy-fan-de/stranger-things-encontramos_129_1277435.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Stranger Things', allí nos encontramos"></p><p>La serie de ciencia ficción <em><strong>Stranger Things</strong></em><strong> me ha robado el corazón</strong>. Bueno, a mí y a millones de espectadores, entre los que se encuentran mis sobrinas y mis sobrinos. Y esta es una gran noticia para mí como tía, “tía” en el sentido familiar del término, no en ese otro que empecé a usar a los quince años, para dirigirme a mis amigas y que tanto molestaba a mi padre. "¿Por qué decís tía cada dos palabras?" <strong>No</strong> <strong>podía entenderlo.  </strong></p><p>Sí, es una feliz noticia que a mis “peques”, que, objetivamente,  ya no lo son, les guste tanto algo que a mí también me enloquece, porque en esa ficción, en ese pueblo llamado <em>Hawkins</em>, plagado de referentes ochenteros, siempre nos acabamos encontrando. Y, a veces, <strong>resulta tan complicado coincidir en el mundo real</strong>…</p><p><strong>Una de las cuestiones que más me gusta</strong> de la serie, y son muchas, <strong>es la relación entre niños y adultos</strong>. Aunque el protagonismo recae sobre los primeros, están todos juntos en la misma aventura y se toman en serio los unos a los otros. Y eso, en la vida, no siempre es así.</p><p>En la <strong>relación intergeneracional</strong>, suele suceder que los que ya estaban piensan que los que vienen no saben nada y los que llegan creen que ya se lo saben todo. Estos prejuicios de ida y vuelta provocan una absurda resistencia a aprender los unos de los otros. O sea, un derroche. Porque <strong>el enriquecimiento mutuo es una de las grandes ventajas de coincidir</strong>, en un tramo de la vida, con quienes nacieron antes o después que nosotros. </p><p>Pero ese choque se produce hoy como ayer y me temo que siempre será igual. Cuando <strong>éramos adolescentes creíamos que los mayores no nos entendían, </strong>en parte teníamos razón, y ahora son ellos quienes piensan eso mismo de nosotros y, del todo, no se equivocan.  Se repite el mismo <strong>reproche bidireccional que entonces: “Tú qué vas a saber”,</strong> y la misma sensación, que el otro no te escucha, aunque te oiga. </p><p>En la serie <em><strong>Stranger Things</strong></em><strong> hay dos mundos y en el mundo en que vivimos también</strong>. Y, a veces, es muy complicado cruzar de uno a otro. Así que buscar espacios comunes para entendernos y encontrarnos es imprescindible, a veces es una serie, o una canción o una afición lo que se transforma en un cable lleno de luces que nos conecta con los demás porque, aunque creamos que vivimos en mundos diferentes, realmente estamos pisando el mismo…</p><p><strong>Quienes conozcan la serie habrán entendido la metáfora y quienes no la hayan visto, también</strong>. Los seres humanos,  siempre nos comunicamos mejor a través de lo luminoso. </p><p>Mis sobrinas y mis sobrinos no suelen leer lo que escribo, pero la columna de hoy se la voy a enviar, <strong>seguro que abren el enlace cuando vean en el título:</strong><em><strong> Stranger Things</strong></em><strong>.</strong> Ojalá lean hasta el final para que sepan que, además de quererlos, siempre aprendo de ellos y me da vida que compartamos afición e ilusión. Pero, si no lo hacen, si cierran el artículo antes de llegar hasta aquí, porque les ha entrado una notificación en el móvil “en plan, súper importante, tío”. No pasa nada, nos encontraremos en Hawkins.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[b322cadf-e166-41ba-854e-f476c4e001b3]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 08 Jul 2022 18:38:13 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Raquel Martos]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="79524" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="79524" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA['Stranger Things', allí nos encontramos]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Piensa mal y quizás... no acertarás]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/muy-fan-de/piensa-mal-no-acertaras_129_1272517.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d6192b8f-88a0-4777-bbbf-adb7748cb696_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Piensa mal y quizás... no acertarás"></p><p>Acabo de pintar mi casa. Bueno, en realidad <strong>lo ha hecho un profesional</strong>, yo no pintaba nada, solo despejé el terreno. </p><p>Vaciando unas estanterías llenas de libros, encontré la tarjeta de un programa en el que trabajé una vez, con<strong> una dedicatoria</strong> en el reverso:</p><p>Y como no lograba recordar el momento en que alguien escribió aquellas palabras para mí, <strong>ni conseguía descifrar el nombre que se escondía en aquel autógrafo</strong>, probé a jugar con esa gente maja y molona que entra en Twitter con intención de socializar y hasta de ayudar…¡Sí, sí, hay usuarios que utilizan las redes para eso! Parece extraordinario porque siempre hablamos de esos otros que entran a esparcir la amargura que les sobra.  </p><p>No tenía mucha fe, lo reconozco, no creía que alguien pudiera desvelar un misterio al que en casa llevábamos un ratillo dándole vueltas, pero <strong>me lancé</strong>. Total, por intentarlo, no perdía nada. Así que tiré de uno de los lugares comunes de esa red social para pedir ayuda: “Twitter haz tu magia”, y esperé. </p><p>Lo que sucedió a continuación te sorprenderá… o no. Después de propuestas variadas de posibles propietarios de la firma: desde Juan Carlos I a Jean Reno, pasando por Julio Verne, la cantante Melody o Juan Perro (este último fue el nombre más repetido)<strong> un usuario dio con la respuesta</strong>, el firmante era el mismísimo ¡José Luis Perales!</p><p>La explicación no era mágica sino tecnológica, el usuario lo había encontrado con<strong> la aplicación </strong><a href="https://play.google.com/store/apps/details?id=com.google.ar.lens&hl=gl&gl=US" target="_blank"><strong>Google lens</strong></a><strong> que usa el análisis visual para obtener información</strong>, pero yo me ilusioné con un punto infantil, me sentía cual personaje de Enid Blyton que hubiera encontrado el tesoro de la isla junto a sus amigos. </p><p>Aunque lo que de verdad me emocionó fue constatar, una vez más, que<strong> siempre hay gente dispuesta a jugar con otros</strong>, a echar una mano, a hacer unas risas, a compartir un rato, sin más. </p><p>Entre tanto buen rollo, como un cardo entre amapolas, saltó un usuario que decidió entrar a <strong>esparcir un poco de mala baba</strong>. Me “acusó” de saber, desde el inicio, que era Perales -ojo, atención a la teoría-, y de mantener la búsqueda, una vez me lo habían desvelado, porque yo quería seguir ahí -ojo a la teoría-.</p><p>Leí aquel mensaje entre la sorpresa y la hilaridad y pensé: “¡Pero vamos a ver! ¿Cómo alguien puede<strong> perder el tiempo en elaborar una teoría tan maliciosa</strong> a partir de un juego de complicidades entre desconocidos, un juego sin importancia ni trascendencia alguna? ¿Y qué objetivo oscuro pensaba que podía perseguir yo con esa pregunta? (Léase esto último con la voz de Gloria Serra en <em>Equipo de investigación</em>)”.  </p><p>Podía haber hecho eso que llaman <em>zasca</em> y mostrarle el tuit en el que, un buen rato antes de su reproche, yo había informado entre risas a todos mis seguidores del feliz hallazgo y había <strong>felicitado al descubridor de la fantasía</strong>, pero no lo hice. Es que, en realidad, me dio un poco de pena ese desconocido. </p><p>Sí, sentí tristeza, porque su reacción se parecía a la de esas personas que, en un momento de alegría colectiva, <strong>se sienten desplazados</strong> y, en vez de unirse a participar del buen rato, tratan de reventarlo con un mal gesto.  </p><p>Pero también podía responder a la de ese otro tipo de personas que practican la cultura del “piensa mal y acertarás”, porque en su cabeza no cabe que<strong> alguien haga algo sin perseguir nada concreto</strong>, que alguien se comunique con otros por el gusto de comunicarse, que alguien sea capaz de “jugar por jugar”, como dice Sabina. Y eso también me dio pena.  </p><p>Pensé que si alguien puede actuar de ese modo con algo tan intrascendente como aquello, cómo no va a suceder lo que sucede con otras cuestiones más graves de la vida. Y eso me dio pena… pero también miedo, porque <strong>define con claridad este tiempo de bulos</strong>, linchamientos y juicios paralelos que vivimos peligrosamente.  </p><p>Tengo mi tarjeta guardada en un libro, aunque a mí lo que me emociona de Perales son sus letras: “Con una sonrisa puedo comprar todas esas cosas que no se venden”. </p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[d60c2ee7-eac8-4bbb-8745-8f858bac8225]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 01 Jul 2022 19:18:42 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Raquel Martos]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/d6192b8f-88a0-4777-bbbf-adb7748cb696_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="53141" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/d6192b8f-88a0-4777-bbbf-adb7748cb696_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="53141" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Piensa mal y quizás... no acertarás]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/d6192b8f-88a0-4777-bbbf-adb7748cb696_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Salvar vidas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/muy-fan-de/salvar-vidas_129_1260341.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d6192b8f-88a0-4777-bbbf-adb7748cb696_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Salvar vidas"></p><p>¿Cuántos de los hábitos que tenías <strong>en la época A.C. </strong>(antes del coronavirus) has perdido? ¿Y cuántos de ellos has vuelto a recuperar? Yo, confieso, perdí uno de los más importantes, dejé de salvar vidas de un día para otro. Con la pandemia dejé de donar sangre.</p><p>Entre todas las acciones que me hacían pensar en mi padre como un superhéroe, había una con la que me quedaba boquiabierta; cada cierto tiempo, él iba a “<strong>donar</strong>”. Honestamente, no recuerdo si algún día pregunté qué era eso de “donar” y tampoco sé si papá me lo explicó en términos inteligibles para una niña: “pues se trata de regalar <strong>un poco de tu sangre para ayudar a otros </strong>–desconocidos– que la necesitan para vivir”. Pero, en esencia, eso es lo que él hacía y yo lo admiraba.</p><p>Me parecía<strong> </strong><em><strong>flipante</strong></em> que él hiciera, voluntariamente, eso que a mí me aterraba. Cada vez que mamá decía: “mañana desayunamos churros con chocolate”, me temblaban las piernas, significaba que me tocaba pasar el mal trago de los análisis. Y solo tenía de bueno eso, que mi madre me llevaba a desayunar churros a un lado del ambulatorio y que, alguna vez, me compraba un pollito de cuerda o unas bolas que chocaban, en la juguetería que estaba al otro lado. Pero, ni mi desayuno favorito ni la posibilidad de tener algún juguete nuevo <strong>lograban evitar mis lágrimas</strong>. </p><p>Sin embargo, cuando abría –sin permiso– el cajón de la mesilla de mi padre y veía su carnet de donante o aquella<strong> insignia de metal con una cruz azul</strong> y una gota roja, sentía cierta envidia. Cuando yo fuera mayor, tendría una mesilla que nadie podría abrir sin mi autorización y, a pesar de mi terror, tendría mi propio carnet y mi propia insignia con gotita roja. Porque, algún día, yo vencería el miedo y sería superheroína, como él, la <em><strong>wonderwoman</strong></em> de los glóbulos rojos, los glóbulos blancos y las plaquetas. </p><p>Con veinte años, una enfermedad autoinmune tiroidea me obligó a convertir el <strong>trance ocasional de la análítica</strong>, en hábito. Ahora acudo a que me hagan la extracción rutinaria con la misma frecuencia y naturalidad con la que voy a la pelu a darme las mechas. Y ni churros, ni bolas, ni… pollos. <strong>Voy y punto</strong>.</p><p>No sé en qué momento sumé a mi control tirodeo la <strong>rutina de donar sangre</strong>, ni recuerdo esos trámites sanitarios como algo especial. Bueno sí, hubo uno, en el hospital de la Paz, acababa de nacer mi sobrina Valentina con su cara preciosa y su cardiopatía congénita y en alguno de esos tiempos, vacíos de sentido y llenos de impotencia, aproveché para hacer algo que sirviera para alguien…  </p><p>El segundo momento especial lo viví el pasado lunes, me topé en el barrio con uno de esos puntos móviles de donación de sangre que recorren la ciudad y entré. Al rellenar el informe de salud y responder a la médica, tomé conciencia de la<strong> cantidad de tiempo que llevaba sin ayudar de una manera tan fácil</strong>. Había perdido un hábito que antes de la pandemia estaba inmerso en mi vida cotidiana. Me enfadé… conmigo, pero me perdoné un poco al volver a extender el brazo.</p><p><strong>No me sentí superheroína</strong>, la verdad, hace tiempo asumí que no soy miembro activo del universo Marvel, pero me sentí bien como persona común y corriente. Regalar un poco de mi sangre a desconocidos que la necesitan para vivir, me activó la alegría en un lunes tirando a feo… </p><p>Ah, no desayuné churros con chocolate, pero me regalaron algo parecido a un juguete, un bolígrafo de enfermera con un mensaje: “<strong>Salva tres vidas</strong>”. Lo tengo guardado en mi mesilla de noche.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[bf0e20c3-ebe2-4da8-8717-f346415dc6f6]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 17 Jun 2022 19:11:59 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Raquel Martos]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/d6192b8f-88a0-4777-bbbf-adb7748cb696_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="53141" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/d6192b8f-88a0-4777-bbbf-adb7748cb696_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="53141" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Salvar vidas]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/d6192b8f-88a0-4777-bbbf-adb7748cb696_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Donaciones sangre]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[De un neandertal a una sapiens de 9 años]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/muy-fan-de/neandertal-sapiens-9-anos_129_1255595.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d6192b8f-88a0-4777-bbbf-adb7748cb696_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De un neandertal a una sapiens de 9 años"></p><p>Si vas conduciendo, se te olvida poner el intermitente y desde otro vehículo alguien te grita:<strong> “¡Dónde vas, neandertal!”</strong>, lo más probable es que te pilles un cabreo del quince. Porque, aunque tú sepas que el término está alejadísimo de un insulto, el tono de tu interlocutor te hará pensar que <strong>él todavía cree que te está lanzando un improperio.</strong> </p><p>Claro, los humanos modernos crecimos con la idea de que el <strong>neandertal era un homínido violento, bruto, salvaje y tosco</strong>, un individuo que nada tenía que ver con nosotros, tan sapiens, tan sensibles, tan listos, tan guais… </p><p>Pero en la última década, diversos descubrimientos y estudios científicos han ido <strong>desmontando la “leyenda negra” de aquel habitante del planeta</strong> cuyos primeros restos descubrieron unos albañiles en una cueva del valle de Neander (Alemania) en 1856. Ahora sabemos que <strong>los neandertales están mucho más cerca de nosotros de lo que pensábamos.</strong></p><p><strong>Ignacio Martín Lerma</strong>, arqueólogo especialista en Paleolítico, divulgador científico y profesor de Prehistoria en la Universidad de Murcia, acaba de publicar un libro delicioso que cuenta, como si se tratara de una novela de aventuras narrada en primera persona, <strong>el viaje de un joven neandertal, Sépik</strong>, por catorce cuevas de la península ibérica.  </p><p>Con <a href="https://www.penguinlibros.com/es/historia/290259-ebook-la-prehistoria-en-la-mochila?gclid=CjwKCAjw14uVBhBEEiwAaufYx7YndlG1JHYaOhOo2hKRXWoiDzw_8u-VerReIasuMxS2LONXSZ-SDxoCG6QQAvD_BwE" target="_blank"><em>La prehistoria en la mochila</em></a> y el rigor científico que es motor de su carrera profesional y académica, Martín Lerma nos guía por un camino apasionante. Nos invita a uno de esos viajes inolvidables en los que aprendes sin darte cuenta, porque disfrutar es la manera más dulce y placentera de adquirir conocimiento. </p><p>Nos unimos a <strong>la aventura de un joven neandertal</strong> y compartimos sus hábitos cotidianos, conocemos las condiciones climáticas y geográficas de los lugares que visita, asistimos a distintas estructuras de organización social, observamos cómo él y sus coetáneos fabrican sus herramientas, <strong>cómo cazan, casi saboreamos lo que comen. </strong>Y nos emocionamos porque, por el camino, nos hacemos una idea de su capacidad cognitiva,<strong> de sus vínculos afectivos</strong>, del mundo simbólico en el que se mueve, de su relación con el arte… </p><p>En esta mochila de Martín Lerma conviven de un modo natural <strong>su talento narrativo y las discusiones científicas más vivas del momento</strong>. Hace dos semanas, acompañé al autor en su presentación en Madrid. Disfruté muchísimo de aquella conversación porque Ignacio es un<strong> “</strong><em><strong>supercontagiador</strong></em><strong>” de su pasión por la Prehistoria</strong> y por la arqueología experimental, un divulgador comprometido, de verdad, con la ciencia accesible. Y es, además, un científico de alma sensible, tan capaz de mirar a través del microscopio como hacia el interior de cada uno de nosotros, sapiens, tan simples y tan complejos… </p><p>Una de las cosas que más me conmovieron fue oírle contar cómo, <strong>desde muy pequeño, sintió atracción por “sus piedras”. </strong>Tan silenciosas y, sin embargo, capaces de contarnos quiénes éramos para ayudarnos a entender quiénes somos. Pero lo más bonito estaba por llegar, una niña se acercó a regalarle un dibujo hecho por ella misma y otro a Laia San José, historiadora y divulgadora, que estaba entre el público. </p><p>Aquella sapiens de 9 años <strong>resumió en un solo gesto lo que somos</strong>: eslabones que vamos engarzándonos al que estuvo antes y al que vendrá después. Aprendiendo de los que pasaron antes por las distintas cuevas y<strong> tratando de enseñar a los que llegan a poblarlas</strong>. </p><p>Ojalá a ella, en el futuro, alguien que empieza a vivir le regale un dibujo, la señal más clara de la evolución de esta especie que, a veces, parece empeñada en desandar el camino.   </p><p><strong>Nota de la autora</strong>: Este texto está dedicado a Alma, ella todavía no lo sabe, pero su padre habla con las piedras… </p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[f7ad1c22-e140-4009-aa39-a9b262f5e5ff]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 10 Jun 2022 19:03:15 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Raquel Martos]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/d6192b8f-88a0-4777-bbbf-adb7748cb696_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="53141" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/d6192b8f-88a0-4777-bbbf-adb7748cb696_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="53141" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[De un neandertal a una sapiens de 9 años]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/d6192b8f-88a0-4777-bbbf-adb7748cb696_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Historia]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Esas personas que, sin saberlo, te ayudan]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/muy-fan-de/personas-saberlo-ayudan_129_1250066.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Esas personas que, sin saberlo, te ayudan"></p><p><strong>¿Si pudieras convertir en fotografías tus recuerdos, cuáles elegirías?</strong> Apuesto a que casi todos escogeríamos escenas felices de nuestra vida: instantáneas de las personas a las que queremos o quisimos, de aquellos lugares en los que disfrutamos, de esos momentos que empezábamos a añorar mientras sucedían porque no deseábamos que acabaran nunca… </p><p>¿Y los demás? <strong>¿Qué fotos elegirían ellos y ellas de nosotros</strong> si pudieran convertirnos en imagen impresa? ¿Habría coincidencia en los escenarios y las escenas elegidas o nos sorprenderíamos, quizás, por un criterio distinto a la hora de escoger instantes compartidos?</p><p>¿Y solo nos fotografiarían personas estrechamente unidas a nuestra vida o también decidirían <em>revelar </em>algún recuerdo nuestro esos <em><strong>figurantes </strong></em><strong>que pasaron fugazmente</strong> por ella o aquellos que intervienen a diario pero con pequeños papeles, esos <em>actores y actrices de pequeñas partes</em>? </p><p>Esta semana ha muerto <strong>Gala</strong>. Vivía en mi barrio. La conocí con una pelota en la boca que devolvía una y otra vez a dos mujeres que, sentadas frente a ella y con paciencia infinita, limpiaban con un trapito de color y volvían a lanzar a lo lejos, una y otra vez.</p><p>La primera vez que la vi me llamó tanto la atención el ritual que me acerqué y ellas me explicaron: si la pelota no estaba seca, limpia de sus propias babas, Gala no quería jugar con ella. Habían establecido un curioso código de pasatiempo entre las tres y lo practicaban a diario. Llegar a la plaza cada tarde y ver esa secuencia pasó a formar parte de mi día y de mi ánimo, se convirtió en una escena diaria que inyectaba ternura a mi rutina. </p><p>Con el tiempo, fuimos coincidiendo más –<strong>los perros provocan la socialización entre algunos seres humanos que, tal vez sin ellos, nunca se hubieran encontrado–</strong>. Y, superada la curiosidad del trapito y la pelota, hablamos de arte, de poner lavadoras, de series, de la alergia a las gramíneas, de restaurantes, de recetas de cocina o del problema de encontrar trabajo a cierta edad… Pasábamos breves ratos hablando de la vida y compartíamos una porción de las nuestras. </p><p><strong>Gala se fue hace unos días y todavía no he vuelto a ver a mis amigas de la plaza</strong>. Tan solo tuvimos un cruce de mensajes en el móvil, ese medio que, a pesar de su frialdad tecnológica, es capaz de transmitir el dolor de unos y la compasión de los otros. </p><p>Seguro que pronto nos encontraremos por el barrio y hablaremos de Gala y puede que de arte, de poner lavadoras, de series, de la alergia a las gramíneas y del mundo laboral, pero hay algo que no sé si les contaré de viva voz.<strong> Lo hago aquí.</strong></p><p>Ellas no lo sabían, pero en aquellos primeros días, cuando solo nos saludábamos cordial pero fugazmente, yo paseaba con el corazón roto y pendiente del hilo de vida que le quedaba a una persona clave en la mía. Ellas no sabían que verlas conversando tranquilas, con aquel trapito de color en la mano, esperando a Gala que iba y venia con su pelota, me ayudaba, <strong>me hacía sentir que la vida continuaba a pesar de todo</strong>, que la vida seguía presente en muchas escenas, aunque yo sintiera que a mí se me iba de todas las mías. </p><p>Hay personas que, sin saberlo, nos ayudan con solo estar y hacer lo que hacen. Son actrices o actores de pequeñas partes que completan nuestro álbum emocional a diario. <strong>Gracias. </strong></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[9e421674-d09d-4c77-9559-5b20036ae7b1]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 03 Jun 2022 19:09:32 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Raquel Martos]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="79524" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="79524" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Esas personas que, sin saberlo, te ayudan]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Animales]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[No pasa nada si no te gusta el libro de 'El Barroquista']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/muy-fan-de/no-pasa-si-no-gusta-libro-barroquista_129_1242639.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="No pasa nada si no te gusta el libro de El Barroquista"></p><p>En la tarde de ayer, tuve el honor de departir con don <strong>Miguel Ángel Cajigal</strong>, historiador del arte y divulgador cultural, en el museo Nacional Thyssen-Bornemisza. El grato motivo que congregó a un considerable número de asistentes en el auditorio de la pinacoteca madrileña no era otro que la presentación de su primer libro divulgativo, titulado: <strong>“Otra historia del arte”.</strong> </p><p>Si sueles leerme, de vez en cuando, habrás pensado, seguramente, que el primer párrafo de este artículo no lo he escrito yo. Y tienes razón, con matices… <strong>la que ha escrito soy yo, pero no es mi voz narrativa la que suena, </strong>se trata de una impostación más grande que la catedral de Burgos. </p><p>Así que, si has desconfiado de la autoría, tienes razón, he tecleado yo, pero yo no estoy en esas líneas. Sin embargo, todo lo que te he contado en esa introducción es cierto, es solo que <strong>yo lo contaría de otra manera</strong>, así, por ejemplo: </p><p>Ayer acompañé a una persona admirada y querida, en un momento especial. La persona a la que me refiero es Miguel Ángel Cajigal, <em>El Barroquista</em>, historiador del arte y divulgador cultural, y el momento especial, la presentación de su primer libro en su museo favorito, el Thyssen. El título no es muy llamativo: “Otra historia del arte”, pero atención al subtítulo: <strong>“No pasa nada si no te gustan </strong><em><strong>Las Meninas</strong></em><strong>”</strong>. Provocador ¿eh?</p><p>Este ejercicio de complicidad contigo —que aguantas mi turra semanal— me sirve para subrayar lo más valioso que he encontrado en el libro con el que ha debutado en el mundo editorial una de las personas más interesantes que he conocido en el último año: <strong>en las páginas que ha escrito </strong><em><strong>El Barroquista</strong></em><strong>, está él.</strong></p><p>Está Miguel Ángel, con su conocimiento profundo de la historia del arte y su rigor; está con su amplia experiencia pedagógica; está con su alta capacidad para comunicar, la que ejerce en los medios y en una cena con amigos; con su sentido del humor, ese que destila retranca gallega; está con la inteligencia de los que saben mucho pero no son clasistas intelectuales con los que no; está en una revolución tranquila que cuestiona la norma que aprendimos para aprender, <strong>sin denostar ni sentar cátedra.</strong></p><p>El subtítulo del libro de Cajigal, “No pasa nada si no te gustan <em>Las Meninas</em>”, provoca las ganas de asomarse a un ensayo interesantísimo con el que es más que posible que disfrutes, te asombres, aprendas, reflexiones, sonrías. <strong>Un texto del que probablemente te acordarás cada vez que te acerques a una obra de arte,</strong> ya sea un Vermeer o un plátano pegado con celofán en una pared…  </p><p>Pero este título, además, trasciende nuestra relación con el arte y con la cultura, va más allá, es casi una definición de una mirada ante la vida. Cuánto se agradece saber quién es el que escribe. Sí, en esta obra está Miguel Ángel y el compromiso que le lleva a divulgar para que otros ejerzan ese derecho que no se cansa de reivindicar: <strong>"Disfrutar del arte es un derecho, los derechos humanos incluyen el conocimiento de la cultura”.</strong></p><p>No pasa nada <strong>si no te gusta el libro de </strong><em><strong>El Barroquista</strong></em><strong>, pero no te lo pierdas.      </strong></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[ed7c711c-a814-47b0-85d9-0cc2d0043efd]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 27 May 2022 19:17:58 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Raquel Martos]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="79524" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="79524" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[No pasa nada si no te gusta el libro de 'El Barroquista']]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/08058b2c-e4c0-4551-a89f-1c4947dd6113_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Cultura,Pintura,Museo del Prado,Arte,Literatura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Que me cuenten el final]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/muy-fan-de/cuenten-final_129_1237490.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d6192b8f-88a0-4777-bbbf-adb7748cb696_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Que me cuenten el final"></p><p>Durante varios días, estuve viendo <strong>por mi barrio un cartel escrito por un gato</strong>. Vale, los gatos no escriben, el cartel al que me refiero era uno de esos llamamientos que hace un humano desesperado cuando su animal de compañía –ese “<strong>uno más de la familia</strong>” que muchos sentimos como tal– se pierde. </p><p>Seguramente, tratando de llegar con más <strong>intensidad a los ojos</strong> y al corazón de los viandantes, el autor del cartel decidió usar <em><strong>la voz literaria</strong></em> del gato que nos apelaba en primera persona:</p><p>“ME HE PERDIDO</p><p>MI NOMBRE ES ‘GOCHO’</p><p>¿ME LLEVAS DE VUELTA CON MI FAMILIA?"</p><p>Cuando convives o has convivido con una mascota y la quieres o la has querido –y si no, no la tengas– cada vez que ves alguno de esos carteles de mascotas extraviadas, sientes un pellizco. Te haces una idea cristalina de la inmensa angustia que habrá recorrido el cuerpo de quien pedía ayuda armado con un rotulador, un folio y alguna foto del<strong> animalico</strong>. </p><p>También imaginas que ese desconocido o desconocida habrá sentido un poquito de esperanza al pegar cada uno de esos mensajes en una farola. Es eso tan balsámico de “hacer algo” que nos alivia del trago insoportable de la impotencia, ese que baja del esófago al estómago y vuelve a subir, en un interminable viaje de ida y vuelta. Un bucle que no se deshace hasta que llega el final, cuando la incertidumbre<strong> pasa a negro o se transforma en luz</strong>.</p><p>El pasado lunes, junto a los ecos del <em><strong>chanelazo</strong></em>, el anuncio del desembarco del rey y la llegada del emir gasificado, se coló en mi día una noticia, aparentemente pequeña, pero grande en el fondo. Era la actualización de un comunicado y el sello oficial, un corazón: </p><p>Si alguna vez has sentido temor por la pérdida de un ser humano o animal por el que sientes un inmenso afecto y al final <em>todo ha quedado en un susto</em> –me encanta esta expresión–, seguro que al leer la nota inferior has sentido lo mismo que yo: un pellizco… de alegría. Es ese cosquilleo que baja del esófago hasta el estómago y vuelve a subir. Un bucle que no quieres dejar de sentir nunca, <strong>cuando el final es feliz</strong>, cuando el miedo se transforma en luz. </p><p>No conozco a la persona que colgó el cartel, pero cuánto agradezco esa actualización con letra artesanal y un corazón. Agradezco que quien lanza al aire un grito pidiendo ayuda, como un mensaje<strong> dentro de una botella</strong>, nos cuente el final: si alguien acudió en su ayuda, si pudo volver de la isla de la incertidumbre. A veces nos olvidamos de decir que deshicimos un nudo, pensando quizás que solo <strong>nos importa a nosotros y nos equivocamos</strong>, siempre puede haber alguien, al otro lado, pendiente de lo que nos sucede. </p><p>Los seres humanos somos capaces de<strong> odiarnos sin conocernos </strong>–lo cual es una enorme tara en una especie inteligente– pero también somos capaces de lamentar y sentir el dolor ajeno y de celebrar su alivio y su alegría,<strong> esto es tan cierto como que los gatos no escriben</strong>.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[5d1013ee-35ba-4f7c-98d8-2566e2ca0b45]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 May 2022 19:27:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Raquel Martos]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/d6192b8f-88a0-4777-bbbf-adb7748cb696_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="53141" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/d6192b8f-88a0-4777-bbbf-adb7748cb696_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="53141" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Que me cuenten el final]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/d6192b8f-88a0-4777-bbbf-adb7748cb696_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
    </item>
  </channel>
</rss>
