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    <title><![CDATA[infoLibre - Pero el barrio no sale de una]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/pero-el-barrio-no-sale-de-una/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Pero el barrio no sale de una]]></description>
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      <title><![CDATA[Seguid]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/pero-el-barrio-no-sale-de-una/seguid_129_2176168.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0e472385-1ef4-4540-bd74-d1dd64595ebc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Seguid"></p><p>El otro día vi a un adalid de la izquierda blanca en un podcast diciendo que los episodios racistas que se están visibilizando últimamente responden más a una <strong>cuestión de clasismo</strong> que de racismo. </p><p>Debe ser que Lamine Yamal y Vinicius, a quienes insultan cada dos por tres, son pobres. </p><p>O que el 100% de las personas no blancas que vivimos aquí lo somos. </p><p>Lo que no sé es por qué me sorprendió, teniendo en cuenta que cuando <strong>en </strong><em><strong>La Revuelta</strong></em><strong> todavía se preguntaba a los invitados si eran más machistas o más racistas</strong>, la gran mayoría se quedaba con la primera opción y unos cuantos citaban el clasismo como eximente del racismo. </p><p>Parece que lo importante aquí es no nombrar a la bestia no porque no exista sino por si así, sin tomar medidas y por arte de birlibirloque, desaparece. Y eso tiene que ver con que el racismo se considera todavía, en pleno 2026, una <strong>desviación moral</strong> de brutos, ignorantes o malas personas de derechas. De ahí que se niegue, se minimice o que se le pongan mil nombres menos el que tiene.</p><p>Un día fui a presentar un evento en una organización feminista. Me llamaron porque soy periodista y llevo más de dos décadas trabajando como reportera en la tele. No obstante, cuando llegué, vestida de domingo y maquillada de boda, alguien del colectivo me señaló una puerta y me ordenó que fuera para allá a recoger la escoba ya que debía dejar todo limpio antes de que los asistentes llegaran. <strong>Me infirieron el oficio y la clase</strong> y me mandaron a barrer con los tacones puestos por mi color de piel. </p><p>Pero hay más clasismo que racismo. De verdad que <strong>no entiendo la manía de jerarquizar opresiones</strong>, como si no pudieran convivir y llevarse la mar de bien. Como si el racismo no provocara que la mayoría de las personas afectadas por él fueran más pobres.</p><p>Qué lástima que la parte de la izquierda blanca que ya ha entendido lo del patriarcado <strong>no haya continuado explorando otros sistemas de opresión</strong> y comprendido que el racismo también es un constructo histórico que se puede expresar de forma individual, sí, pero que es mucho más lesivo en su forma estructural e institucional. En su descargo se podría apelar a su incapacidad para detectarlo, debido a que a las personas que la integran no les afecta en el día a día. Ahora bien, cabría la posibilidad de que <strong>leyeran sobre el tema o de que vieran documentales</strong> o de que escucharan al movimiento antirracista.</p><p>En 2008 la selección inglesa anunció que no jugaría más en el Santiago Bernabéu por los gritos de “mono” que se proferían cada vez que un jugador negro de su combinado nacional tocaba el balón. Desde entonces al “musulmán el que no bote” de hace algunos días <strong>han pasado 18 años</strong> y un montón de episodios racistas en los campos. ¿Por qué, como sociedad, seguimos sorprendiéndonos? ¡Si hay mil ejemplos también fuera de las canchas!</p><p>Torrepacheco.</p><p>El Ejido.</p><p>El caso de la denuncia que Camila y Petra, su madre, le pusieron al principio al centro educativo al que asistía la joven y luego a la Comunidad de Madrid por <strong>inoperancia tras años de bullying</strong> y que concluyó en multa para la Administración. </p><p>También en el sistema educativo, que los libros de texto sean tan blancos que refulgen o que ni los pogromos del pueblo gitano ni sus aportes o los de otras comunidades se citen y que, encima, la colonización solo llegue hasta 1898. </p><p>Que haya <strong>coles gueto</strong>, debido a que hay gente que pagaría lo que fuera para que su descendencia prístina y con 300 apellidos españoles no asistiera a centros educativos públicos en los que parte del alumnado tiene rasgos, pieles u/y orígenes distintos. </p><p>Que el estudiantado migrante, de ascendencia migrante y racializado llegue en un porcentaje muy inferior al nacional blanco a bachillerato.</p><p>Que aun llegando <strong>lo tenga más difícil</strong> para encontrar trabajo. </p><p>Que en <strong>el 99% de las inmobiliarias acepten cláusulas racistas</strong> y que, por tanto, aun teniendo dinero y pudiendo pagar siete años de fianza, si tienes acento foráneo o de aquí al lado pero te llamas Mohamed, alquilar sea una misión imposible.</p><p>Y estos solo son algunos ejemplos. No obstante, para ese tipo al que entrevistaron, el problema es el clasismo. Que claro que existe; sin embargo se trata de algo distinto. </p><p>Pues nada, ¡<strong>seguid con vuestro soliloquio</strong>!</p><p>Seguid pensando que la pasta va a librarnos de experimentar discriminación.</p><p>Seguid obviando que si hay más gente racializada con bajos recursos, se debe precisamente al racismo. </p><p>Seguid reconociéndoos como <strong>más machistas</strong>, clasistas o cualquier –ismo chungo antes de nombrar el problema que existe y tratar de crear medidas para combatirlo. </p><p>Seguid poniendo por delante vuestra opinión, basada en la nada, a lo que dicen quienes lo padecen a diario.</p><p>Seguid ignorando, incluso desde las instituciones, los datos que generan las propias instituciones y que <strong>evidencian que claro que existe</strong>.</p><p><strong>Seguid pensando que el racismo es algo mitológico</strong>, lo mismo que un elfo o un gnomo.  </p><p>Seguid reaccionando como si fuera la primera vez cuando pasa algo racista. De verdad que es como si os hubieran echado lo que llevaban dentro los espráis de la peli <em>Men in black</em>. </p><p>Sois muy tiernos, en serio. Seguid. Pero luego, cuando pase algo chungo, no digáis que no os lo advertimos y, por favor, <strong>no os hagáis los sorprendidos</strong>. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 13 Apr 2026 04:01:10 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lucía Mbomío]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Racismo]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Eso digo yo, una batalla tras otra]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/pero-el-barrio-no-sale-de-una/digo-batalla_129_2163837.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0e472385-1ef4-4540-bd74-d1dd64595ebc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Eso digo yo, una batalla tras otra"></p><p>Alerta <strong>spoiler</strong>.</p><p>No soy experta en cine ni este artículo es una reseña, supongo que es, más bien, un desahogo. Ojalá <em>Sinners</em> hubiera ganado el Oscar a la mejor película de la Academia de cine estadounidense. La vi hace meses y me encantó, no únicamente porque –tanto delante como detrás de cámara– hubiera gente negra sino debido a que <strong>me resultó rompedora la manera en la que se narró un episodio doloroso de la historia de EEUU</strong>: el de la segregación que sucedió a la esclavitud negra y el auge del imperio invisible que supuso el KKK, grupúsculo supremacista blanco violento que nació solo unos meses después de la abolición de la esclavitud. ¿Casualidad? No, necesidad de mantener privilegios y poder. </p><p>Lo hermoso del film es que hace memoria antirracista y de emancipación sin quedarse solo ahí. Desmonta algunos de los <strong>patrones narrativos y estéticos</strong> de ese Hollywood que sigue siendo blanco y que vive enajenado pero que, de tanto en tanto, abre algún hueco, apoya las causas convenientes en función de la moda que toque y recibe aplausos. </p><p>En <em>Sinners</em> se exhibe y se dota de profundidad a un casting que es pura belleza negra y que no se amolda a los patrones <em>mainstream</em> actuales. Porque sí, <strong>Hailee Steinfeld</strong> tiene ascendencia negra pero tan lejana que en mi barrio a eso le llamamos blanca, sin embargo <strong>Wunmi Mosaku</strong> no. Es hermosa, de tez oscura, no a lo <strong>Zoe Saldaña</strong> quien, debido al colorismo, puede resultar más aceptable para la audiencia blanca, sino a lo Wunmi Mosaku, una mujer británica de casi 40 años cuyos padres son nigerianos. Además, no está delgada y eso la convierte en no normativa bajo los parámetros eurocéntricos de nuestros días. Para los afrocéntricos, es una diosa.</p><p>En el pasado sí que es verdad que <strong>Marilyn Monroe</strong> o <strong>Sofía Loren</strong> lo petaban; hoy, tras unos años de descanso en los que, con permiso de Shalma Hayek o Sofía Vergara, una saga familiar de mujeres blancas, las Kardashian, volvieron a poner las curvas de moda, previo paso por el quirófano, claro, se impone de nuevo la delgadez en la gran pantalla. Y en la pequeña. Y en las redes sociales.</p><p>Pero hay más. La cosmogonía que subyace en algunas partes de la cinta es hermosa, cargada de <strong>simbolismo, profundamente africana y rotundamente negra,</strong> con ciertos toques de reconocimiento a la diáspora irlandesa y china, a las que también les tocó sufrir y que, al igual que la africana, han contribuido a levantar esa tierra que les ha despreciado. No puedo dejar de pensar en el momento del baile. Mi favorito. En esa escena lo que se ve no es a gente poniendo en práctica los pasos que se sabe sino conectándose con sus antepasados y con el sitio de donde les raptaron. Es un modo de sanación comunitaria gracias al reencuentro con sus seres queridos muertos, con aquellos de los que descienden y a los que ni tan siquiera conocieron. </p><p>En muchos pueblos negros, da igual de qué lado del Atlántico hablemos, se cree que los ancestros abandonan sus cuerpos, pero continúan vivos en lo cotidiano. Por eso, a mi modo de ver, esa coreografía no es algo lúdico o un alto en el camino lleno de pesares que implicaba ser negro en ese contexto, sino un grito de victoria. Se trata de una oportunidad de felicitarse por, manteniéndose con vida, haberle ganado la batalla a una <strong>sociedad que puso mucho de su parte para subyugarles y hasta aniquilarles</strong>. Así mismo, me parece una oportunidad de conexión con los que se fueron a otro mundo y que desde allí apoyan y miran este y de abandonarse al gozo no como un disfrute vacuo sino con el fin de tender puentes capaces de conectar planos, tiempos y continentes. </p><p>Ese baile no tiene nada que ver con un interludio que le da vidilla a la peli, es un homenaje a las familias que diezmaron en África, a los que se enfrentaron a los negreros, a cada uno de los elementos que aún quedan en la piel, la forma de reír, el habla, la gastronomía, los peinados, los instrumentos y, cómo no, las danzas del continente del cual les arrancaron. Es un recordatorio breve y precioso de cada una de las batallas libradas para que en pleno 2026, con la que está cayendo, <strong>una peli escrita y protagonizada por negros haya cosechado cuatro estatuillas</strong> (a pesar de que mereciera más) poniendo en valor culturas que son resistencia. Al tiempo, lo veo como un manifiesto de humanidad de un pueblo que continúa respirando pese a que, como diría Audre Lorde, no esperaran que sobreviviera. El gozo es fuerza, unión, esperanza y, por tanto, antídoto contra la resignación. </p><p>Y luego está la que ha ganado, <em>Una batalla tras otra</em>, revolucionaria, quizá, para quienes por nacer arribita de la pirámide no han tenido que pelear tanto. Los migrantes de la Europa no aceptable (católica, mediterránea y/o no tan blanca) y, con más intensidad porque <strong>se les mira peor y se les exige más</strong>, del Sur global y marrones o negros, llevan siglos en EEUU esforzándose. Primero para llegar y luego para instalarse, tirar p’alante y poder quedarse sin tener que agachar la cabeza. Hasta la fecha no les ha hecho falta que encabezara sus luchas ningún <strong>Leonardo Di Caprio</strong>, el protagonista.</p><p>Una vez más, <strong>habemus salvador blanco y reparto racializado</strong> que hace las veces de “negro mágico”, término creado por <strong>Spike Lee</strong> para aludir al típico personaje que se crea con el objetivo de ayudar al actor principal a cumplir su cometido: salvarle en un contexto que conoce por ciencia infusa. Siendo un total advenedizo tiene el superpoder de saber más que los locales, razón por la que el hecho de que tome el 100% de las decisiones tiene sentido. Por supuesto, consigue librar a toda una comunidad infantilizada de un destino que, de no ser por él, hubiera sido aciago.</p><p>También habemus a mujeres negras fuertes a la fuerza, especialmente una, <strong>Teyana Taylor</strong>, demasiado autosuficiente y sin sentimientos como para caer bien. Es una heroína cañón a la que le gusta meterse en líos y armar gresca. Da la impresión de que no necesita a nadie y, por supuesto, <strong>es hipersexual</strong>. Tanto que buena parte de sus intervenciones van de eso. La tipa parece incapaz de controlar sus instintos irrefrenables, incluso, en mitad de una contienda. Vamos, el perfil de la negra caliente de toda la vida con <em>outfit</em> de Lara Croft. Con ese percal, ¿cómo va a ser considerada buena madre o hasta persona, si <strong>antepone la revolución, sus placeres carnales y la farra a la crianza?</strong> Tanto es así que, en la peli, la verdadera madre coraje es Di Caprio que, aun siendo bastante desastre y algo fumeta, es quien se hace cargo de la hija en común, una chica mestiza sobresaliente gracias a ese padre abnegado que ha tenido que suplir la ausencia de una madre que suspendió en amor y en cuidados. </p><p>Mi conclusión es que <strong>Hollywood considera mejores criadores a los hombres blancos</strong>, por mucho machismo que se les infiera, que a cualquier mujer negra, con la excepción de las africanas. Estas últimas son madres coraje si se quedan en su continente a aguantar mutilaciones, desastres naturales, planchado de senos, machismo extremo, dictaduras y todos los topicazos y generalizaciones asociados a un lugar retratado por Occidente de manera atávica, cruel e inhumana. Eso sí, si vienen a esta parte del mundo con su prole para escapar de tanto horror, serán leídas como negligentes. </p><p>Nada nuevo bajo el sol. </p><p>Hay incontables películas en donde la progenitora negra yonkie, alcohólica, eterna dependiente de las ayudas de los servicios sociales, pendenciera, hombreriega, sin sentimientos, abandonadora y a la que se le quita la custodia de su descendencia porque lo merece sale. Eso le viene genial al mismo sistema racista, machista, clasista y xenófobo que <strong>lleva siglos erosionando a las mujeres negras</strong> <strong>hasta dejarlas hechas polvo</strong> y al borde de la profecía autocumplida y que, no contento con eso, las retrata de ese modo, privándoles de la posibilidad de tener otro tipo de referentes en la industria audiovisual. </p><p>Lo que quizá funciona con las mujeres blancas, escribir guiones en donde hacen de tipas fuertes, independientes, cero cariñosas, que no anteponen la maternidad a otro tipo de proyectos y que no cumplen con los criterios morales impuestos de lo que se supone que es una buena mujer-madre-amorosa, debido a que toda la vida se ha esperado que lo fueran, en el caso de las negras no opera igual. <strong>La construcción del género de las mujeres negras cis es indivisible de la deshumanización que crea la raza</strong>, como categoría pensada para sostener un sistema de desigualdad, expolio y explotación. Mientras las mujeres blancas se quejaban de la tutela castrante hacia su sexualidad, a las mujeres negras ni tan siquiera se nos infería (ni se nos infiere) moral. No hay un mandato que exija que guardemos nuestra flor porque lo que nosotras tenemos ahí abajo son plantas carnívoras. </p><p>Angela Davis explicó a la perfección en <em>Mujeres, raza y clase</em> cómo cuando se abolió la esclavitud en EEUU y las personas negras pudieron incorporarse al mercado laboral remunerado se produjo una división sexual del trabajo: los varones negros fueron a deslomarse a las fábricas propiedad de hombres blancos, mientras que <strong>las mujeres acabaron cuidando, limpiando y cocinando en casas de familias blancas</strong> por salarios irrisorios. En demasiadas ocasiones, los “perfectos” cabezas de familia abusaron sexualmente de ellas, sin embargo nunca las creyeron y las acusaron de provocar que las violaran, así que acababan despedidas. Encima, se entendía que era su culpa, por libidinosas, por perdidas, por manipuladoras y por provocar a ese pobre tipo inocente. </p><p>Para mí, <em>Una batalla tras otra</em> no es una historia nueva sino la <strong>adaptación de los roles de siempre al contexto de este segundo cuarto de siglo</strong> que estamos estrenando. <em>Sinners</em>, en cambio, recuerda, con un lenguaje que proviene de la periferia profunda, fragmentos de la historia que, pese a que se hayan narrado varias veces, jamás deberíamos obviar si queremos cambiar el rumbo de este presente con tanto tufo a años 20 del pasado siglo o hasta más atrás. Y no se olvida de festejar ese gran triunfo que es seguir con vida y preservando un montón de expresiones culturales cuando perteneces a una minoría vejada por siglos.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 20 Mar 2026 05:00:55 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lucía Mbomío]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Cine,Estados Unidos,Racismo,Directores cine,Industria cine,Taquilla cine]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Tarajal]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/pero-el-barrio-no-sale-de-una/tarajal_129_2144551.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0e472385-1ef4-4540-bd74-d1dd64595ebc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Tarajal"></p><p>El otro día estuve en <strong>el escenario de una matanza</strong>. Pese a que hayan pasado 12 años y en la tele no hagan especiales de esos que duran un día entero, con un montón de expertos desplazados al terreno opinando y poniéndole cara, personalidad, nombre y vida a los muertos y heridos, hay gente que se empeña en recordar tanto a los catorce jóvenes a los que les arrebataron la vida como a los responsables de que así fuera.</p><p>Nunca había estado en <strong>Tarajal </strong>y, a primera vista, como afromadrileña a la que todas las playas le parecen bellas, diría que se trata de una enclave bonito desde el cual se divisa la Ciudad Autónoma de Ceuta si no fuera porque en uno de sus lados está flanqueada por una valla que separa dos continentes. Bueno, no, eso es lo que nos han hecho creer. La realidad es que geográficamente, tanto a un lado como a otro, <strong>aquello es África, solo que una parte es territorio de la Unión Europea.</strong></p><p>La valla es gigante y mide, dura y duele kilómetros. Forma parte del monstruo frontera que, en su dimensión tangible, es de alambre e hinca sus patas frías a lo largo de extensiones cubiertas de bosques, caminos y, justo aquí, rocas y arena. Como criatura viviente que es, cada año crece unos metros a lo ancho y a lo largo alimentada por las nuevas directivas excluyentes de la Europa fortaleza, y su objetivo es que nadie pueda pasar por encima de ella. <strong>Su sola presencia sobrecoge por la constancia de que es peligrosa</strong>, hasta letal, puesto que con su cabeza dentada sesga vidas o, como poco, arranca pedazos de carne, de piel y de esperanza. </p><p>Seguramente, si lo que se vive a diario ahí tuviera lugar en otra parte del planeta, nos resultaría inaceptable. Y ya no me refiero únicamente a lo de aquel día aciago, cuando mataron a catorce personas sin consecuencias penales y varias decenas fueron devueltas de forma irregular a Marruecos, sino a <strong>contemplar como algo normal que alguien tenga que tirarse al mar o escalar una valla,</strong> que no deja de crecer a lo alto, ancho y largo, por la falta de vías seguras para migrar. Por la no emisión de visados. Por el pillaje neocolonial de recursos. Por la jerarquización de conflictos que provoca que quienes vienen de ciertos lugares tengan las puertas abiertas y que si el origen es otro lo que encuentren sean búnkeres y hostilidad. </p><p>En esta Europa hipócrita de los Derechos Humanos para algunos y a medias, <strong>si los muertos son migrantes, africanos y/o tienen la piel marrón o negra, la memoria social y mediática es breve y la indignación ligera</strong>. Estamos tan acostumbrados a ver sufrir a ciertos cuerpos en prime time, a contemplar, sin siquiera ocultar sus rostros, a personas padeciendo, que nos parece normal. </p><p>Y como normal no fue ni es, puesto que sigue sucediendo, desde Elín, una organización que lleva décadas asistiendo, compartiendo, relacionándose, cuidando y un montón de gerundios horizontales no “a” sino “con” personas migrantes, recuerdan cada año a los muertos. A aquellos a los que disparó proyectiles de goma la Guardia civil en ese momento, a los que llegan a otras playas y a los que se quedan en el camino<strong> tratando de alcanzar un Norte global que se dice garante de derechos pero que depreda el Sur</strong> sin asumir su responsabilidad ni las terribles consecuencias.</p><p>Cada 6 de febrero, <strong>varios colectivos hacen memoria</strong> junto a personas que están ahí a diario o que van para allá en estas fechas y que huyen del protagonismo ya que los protas, por desgracia, son los que murieron: <strong>Samba, Ousmane, Blaise, Youssouf, Jeannot, Roger Chimie, Dauda, Luc, Yves, Larios, Oumarou, Keita, Armand</strong> y otra persona cuya identidad se desconoce.</p><p>Este año, el temporal ha provocado que no se haya podido hacer una marcha. Ha sido, más bien, una concentración a cubierto. En ella se ha recordado a los caídos, se ha puesto nombre a los culpables, se ha dicho en voz alta que<strong> hacen faltas vías seguras y emisión de visados</strong>, se ha exigido justicia con los fallecidos y también con quienes les sobrevivieron, porque estos últimos continúan llorándoles a distancia debido a que no les han hecho entrega de sus cuerpos. Y, por supuesto, se ha<strong> reivindicado el derecho a moverse </strong>por donde quiera que sea, puesto que a nadie pertenece el planeta. </p><p>Ojalá ese monstruo dentado se muera.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 14 Feb 2026 18:08:51 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lucía Mbomío]]></author>
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    <item>
      <title><![CDATA[Achicando penas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/pero-el-barrio-no-sale-de-una/achicando-penas_129_2128397.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0e472385-1ef4-4540-bd74-d1dd64595ebc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Achicando penas"></p><p>Mi padre se está muriendo cada día un poquito. Como cualquiera, en principio, pero él tiene demencia con cuerpos de Lewy. La parte parkinsoniana de la enfermedad provoca que le tiemblen los brazos, las manos, la mandíbula y a veces hasta los músculos que hay debajo de los ojos cuyo nombre desconozco. La de la demencia, que se le olviden las cosas y que viva más que en un presente continuo, en un inmediato fugaz. Por suerte, si es que se puede utilizar esa palabra con este panorama, nos recuerda a quienes estamos más cerca y a mí me está sirviendo para mostrar cariño, algo nada fácil teniendo en cuenta mis recias ascendencias castellana y fang de Guinea Ecuatorial. En mi día a día no suelo tocar ni con un puntero láser a nadie y los dos besos al saludar los doy más al aire que en las mejillas. Sin embargo, a mi padre, de un tiempo a esta parte, le estoy plantando los de toda una vida. Es más, diría que, como le veo vulnerable, le quiero el triple. Mi momento favorito es cuando le despierto de la siesta y <strong>él se alegra tanto como si llevara años sin pasar por su casa, pese a que hemos comido juntos</strong> y yo misma le he metido en la cama. Lo que hago justo cuando, después de un rato llamándole, abre a medias los ojos –la forma en la que los abre ahora– es contarle las últimas noticias. Desde lo que está sucediendo en Venezuela hasta lo que me ha ido llegando de la Copa África de fútbol que está teniendo lugar en Marruecos. Con eso consigo espabilarle e incluso acompaña mi relato con un montón de “vaaaaayaaaas” cuya duración depende de cuánto le haya impresionado mi relato. Yo procuro currármelo como comentarista, sin rigor, seguro, sin objetividad, claro, pero con épica, para que viva ese momento con emoción.</p><p>A veces, ante tamaño aluvión de información, me aprieta la mano, como si quisiera protegerme. A mí, que con mis 50 y pocos kg peso más que él. Otros días, cuando le explicó lo mal que nos ha ido en el fútbol y la reacción de sus/nuestros paisanos, abre mucho la boca y emite carcajadas que solo oye él. Yo, en cambio, tengo que<strong> bucear en mi memoria para recordarlas puesto que ya no suenan</strong>.</p><p>Lo cierto es que una dolencia así<strong> no tiene casi nada bonito</strong>, un poco como el momento actual que entre la <em>Doctrina Donroe</em>, las amenazas, las invasiones, las persecuciones y desalojos de personas migrantes y los bombardeos, no hay por dónde cogerlo pero, a veces, eliges quedarte con el lince recién nacido en Doñana que han puesto como <em>happy end</em> del informativo para no hundirte y con esos "vaaaayaaaaas" eternos al despertar.</p><p>Sí, el mundo fuera explotando por los aires y no dejando títere con cabeza y mientras<strong> él y yo haciendo real la peli </strong><em><strong>La vida es bella</strong></em>, conmigo en el rol de Roberto Begnini, sin llevarle la contraria cuando piensa que en lugar de en Alcorcón, nos encontramos en Niefang, Guinea.</p><p>La postsiesta, sin duda, es nuestro momento. También el de mi madre, que aprovecha mi visita para subir a ver a la vecina de arriba. Antes no se conocían tanto, porque ella y su marido se mudaron hace relativamente poco a un edificio que se construyó hace décadas; sin embargo, últimamente creo que se cuentan la vida y hasta las costuras de un alma llenita de remiendos. <strong>Ellas toman su café y se informan punto por punto de las nuevas pérdidas cognitivas en sus compañeros</strong>. El suyo empezó más tarde pero ha pegado sprint en los últimos tiempos. Y despotrican, lógico, porque quienes más se comen con patatas esta dolencia cruel son sobre todo ellas y porque sus parejas, tal y como las conocieron, se han ido y no van a regresar. Con todo, también tiran de humor autodestructivo que, en ese momento, les funciona, del “sujétame el cubata”, del “yo tengo una anécdota más fuerte, peor, más jodida” y se ríen dado que lo prefieren a llorar o porque puede que esa tarde ya hayan llorado. Le ponen al mal tiempo buena cara y en esos ratitos –puesto que son ratitos– achican las penas que las inundan por dentro aunque, por fuera, parezca como si nada. Puede que hablen también de Trump y a ellas, fíjate tú por dónde, les sirva para despejarse y salir un poco de las cuatro paredes de la enfermedad que no tienen pero arrastran. </p><p>Más allá de lo que viven entre ellas, de esa amistad sueltapenas reciente, está el resto del portal o portales, en plural, de mi calle. Cada vez que me cruzo con alguna de las personas que me conoce desde peque me preguntan cómo anda él y, como a mí se me dibuja un puchero, por mucho que trate de disimularlo, cambian de tema o se sacan de la chistera algún recuerdo de cuando él era él. <strong>Tremendo truco que no sana pero es útil para que el dolor se tome un descanso</strong>. Sé que lo sienten y que se acuerdan de él tal y como era: despistado, correctísimo y con un acento ecuatoguineano que jamás perdió. Se nota en cada anécdota que me comparten y que me sirve para sumar a mis recuerdos los suyos, para conocerle un poco más, no solo como padre sino como vecino. Por lo que me trasladan, creo que en ese rol también fue guay. </p><p>Lo hermoso, en cualquier caso, es que no se quedan en él. Siempre preguntan por mi madre e insisten en que avisemos cuando necesitemos algo. Por desgracia, lo hemos necesitado y en cada ocasión nos han demostrado que<strong> su ofrecimiento nunca fue solo una frase hecha</strong>. Ahí se han plantado, en el salón de casa, apoyando a mi madre y haciendo barrio a través de los cuidados.</p><p>Cuando fuera todo se desmorona, que diría el gran Achebe, <strong>fortín de cuidados comunitarios.</strong> Como en los momentos humanos de la pandemia, que los hubo, pese a que después… en fin, ya lo están viendo.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 18 Jan 2026 05:00:36 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lucía Mbomío]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Achicando penas]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿En qué momento?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/pero-el-barrio-no-sale-de-una/momento_129_2104335.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0e472385-1ef4-4540-bd74-d1dd64595ebc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿En qué momento?"></p><p>Parte de la ciudadanía se pregunta, <strong>con dolor,</strong> qué ha pasado en esta sociedad que parece estar viviendo una <strong>lucha fratricida entre posturas enfrentadas. </strong>¡Como si fueran equiparables! Que a estas alturas pongamos en el mismo lugar al fascismo y al antifascismo, a mi modo de ver, no habla de ignorancia sino de intención y de un<strong> trabajo fino</strong>-<strong>fino de desinformación</strong>, de sobreinformación y de<strong> desinversión en educación.</strong> Con todo, dado que yo soy <strong>periodista</strong>, me toca lanzar cuestiones y centrarme en mi oficio que, de alguna manera, <strong>ha allanado el terreno</strong> para que, como sociedad, <strong>ideas que antes nos parecían terribles</strong> y de otra era, a día de hoy, <strong>estén de moda y quepan.</strong> Porque no le podemos echar la culpa de todo a las redes sociales. Algo habremos hecho mal para que todo lo que se vierte ahí, se crea. </p><p>Y aquí van mis preguntas: </p><p>¿En qué momento a<strong> los medios</strong> supuestamente serios<strong> les valió cualquier discurso?</strong></p><p><strong>¿En qué momento nos conformamos </strong>quienes trabajamos en ellos?</p><p>¿En qué momento preferimos<strong> el espectáculo a la verdad, </strong>el <em>brilli brilli</em> o la hipérbole a la realidad, por muy cruda que esta fuera? </p><p>¿En qué momento dejamos de dedicar un buen rato a buscar fuentes válidas, como se ha hecho toda la vida, llamando a personas expertas, a asociaciones gremiales, culturales o vecinales y<strong> solo nos fijamos en la cantidad de </strong><em><strong>followers</strong></em><strong>?</strong></p><p>¿En qué momento creímos que alguien que cuenta con tiempo para producir vídeos en redes donde explican lo que otras personas que carecen de ese tiempo, debido a lo mucho que hacen e investigan, debe ser la única opción de consulta o de interlocución? Da igual el tema, ¿eh? Y con esto no estoy diciendo que no haya influencers que sepan mucho, compartan de manera generosa sus conocimientos, citen sus fuentes y se lo curren, que claro que los hay, sino que <strong>dedicarse a la creación de contenidos no convierte a nadie </strong>per se <strong>en especialista</strong> en absolutamente ninguna materia.</p><p>Sin embargo, los que me dan miedo son los que suben un peldaño más, los del párrafo siguiente. </p><p>Los de la<strong> violencia explícita. </strong></p><p>En qué momento pensamos que es preferible contar con <strong>contertulios </strong>que se ponen a dar<strong> gritos, </strong>con el fin de conferirle dramatismo a sus palabras vacías, que con perfiles que quizá la lían menos pero saben más y hablan a un volumen normal.</p><p>En qué momento convertimos a<strong> matones con necesidad de foco</strong> en expertos en nada que no fuera dar hostias sobre la mesa, como si eso sirviera para apuntalar y dotar de veracidad a sus palabras huecas.</p><p>En qué momento contribuimos a que, poniéndoles donde están, devinieran <strong>líderes o ejemplos a seguir</strong> en términos de opinión, ¿pensamiento? o acción. </p><p>En qué momento nos valió más el resumen, el corta y pega del “rincón del vago” o del chatGPT, las<strong> narrativas chatarra</strong> o el <em>fast talk</em> que caben en no sé cuántos (pocos) caracteres que la vida, la edad, la militancia, los títulos o la experiencia profesional. </p><p>En qué momento decidimos seguir las lógicas de <em>TikTok</em> o <em>Instagram</em> en lugar de alejarnos, combatirlas o entender que medios y redes son cosas distintas, aunque se puedan complementar. Que en los primeros no vale con el yo digo, yo pienso o el yo opino, que<strong> los datos cuentan</strong> y que <strong>el rigor jamás debería ser algo opcional.</strong></p><p>En qué momento han comenzado a marcar la<strong> agenda mediática</strong> los <strong>exabruptos </strong>que se convierten en titular y que convierten a los periodistas en altavoces de los elementos más controvertidos de la élite política, incluso si les rebatimos. Y, al final, bailándoles el agua, agrandamos sus palabras malsonantes, coadyuvamos a que <strong>sus malabares léxicos alimenten polémicas estériles</strong> e infantiles y le quitamos espacio y tiempo a la exigencia de medidas para resolver las verdaderas urgencias de un Estado que, a muchos niveles, se tambalea. </p><p><strong>¿En qué momento, eh?</strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 28 Nov 2025 05:00:28 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lucía Mbomío]]></author>
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      <media:title><![CDATA[¿En qué momento?]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Opinión,ultraderecha,Extrema derecha,Periodismo,Periodistas,Ética periodística,Medios comunicación,Televisión,Redes sociales]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Richard, más que nunca, vive]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/pero-el-barrio-no-sale-de-una/richard-vive_129_2086176.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0e472385-1ef4-4540-bd74-d1dd64595ebc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Richard, más que nunca, vive"></p><p>Según una encuesta del<strong> CIS</strong> que nos ha tenido hablando en infinidad de círculos con preocupación, más del 21% de la población española piensa que el franquismo fue bueno o muy bueno y cerca del <strong>20% de la juventud</strong> –que ni siquiera lo padeció en sus carnes– considera positivo ese régimen. ¿Es la mayoría de la población? No. ¿Demasiada? Por supuesto, porque en 2025 debería haber unos<strong> mínimos democráticos interiorizados</strong> por todo el mundo.   </p><p>En laSexta, un vídeo que no ha parado de circular por redes le puso rostro y voz a las cifras. En él aparecían estudiantes universitarios manifestando su admiración por la<strong> España preconstitucional</strong> y expresaban sin pudor su nostalgia por un tiempo que ni vivieron. No aportaron <strong>ni un solo dato</strong> ni un porqué a derechas (bueno, a ultraderechas, sí) y, en algunos casos, no pudieron ir más allá de la anécdota o frase corta que le había contado el abuelo o la abuela. </p><p>Creo que muchas personas seguimos con la boca abierta tanto por el <strong>retroceso ideológico innegable </strong>de una parte de la juventud como porque, en la era de internet y la IA, con las fuentes de conocimiento a todo manar en el móvil, ese <strong>segmento reaccionario</strong> no se haya molestado en hacer ni la más mínima pesquisa. Así las cosas, defiende un sistema infame de manera irreflexiva, como algo que se siente y no se piensa y con una<strong> rebeldía incompatible</strong> con cualquier dictadura.</p><p>Sea como fuere, quizá como sociedad nos ha faltado afinar, a lo mejor pensamos que ya estaba todo hecho y dicho y no le dimos el espacio suficiente <strong>ni al nazismo ni al franquismo </strong>en el sistema educativo, en los medios de comunicación o en las conversaciones cotidianas. No tengo ni idea. Me consta que en mis tiempos de instituto, el nazismo se explicaba, al franquismo, en cambio, si llegábamos, era corriendo y casi sin aliento, muy<strong> al final del curso</strong>. Puede que hoy sea igual o parecido y que eso haya impedido ahondar en los qués, los cómos y los porqués de la dictadura. No lo sé. Lo que sí tengo claro es que ya llevamos un tiempo con <strong>este problemón encima </strong>y desde luego que los nostálgicos, por decirlo suave, no son la mayoría pero cualquier porcentaje, por pequeño que sea, ya es demasiado. Además, aunque no sean tantos, <strong>están por todos lados</strong>, a veces, hasta en disputa con sus propias familias, y basta con echarle un vistazo a las redes para verles en acción. Son <strong>personitas rancísimas </strong>con discursos aprendidos y flipan con Don Pelayo. Se saben la biografía del Cid con pelos y señales, sientan cátedra acerca de las <strong>supuestas bondades de la conquista </strong>en Latinoamérica, a la que por sus santas narices ahora hay que llamar Hispanoamérica, sacan a pasear la bandera con la cruz de Borgoña y hablan de los Tercios españoles, que se crearon en el s.XVI, como si desde entonces hubieran transcurrido tres minutos. Su “sólida” formación la han adquirido en ese “centro educativo” abierto 24 horas que es <strong>TikTok</strong> , que cuenta con “profesorado” no experto, cuya legitimidad radica en lo que grita, los zascas que da, la cantidad de seguidores que tiene y la capacidad de contar asuntos grandes en un minuto, <strong>simplificando hasta el extremo</strong> y, por tiempo y por opción, <strong>omitiendo detallitos cruciales</strong>.  </p><p>Con todo, lo peor no son únicamente los mensajes que lanzan los <em><strong>fachinfluencers</strong></em><strong>,</strong> sino que sus devotos los comparten incluso sin leerlos. Tal es su confianza ciega. Y no son los únicos. Una investigación de la<strong> Universidad Estatal de Pensilvania</strong> que se llevó a cabo en el marco de las elecciones estadounidenses arrojaba que esto que debería llamarnos la atención, en realidad, lo hace <strong>el 75% de la gente que se informa en redes</strong>. Es una tendencia mayor en usuarios conservadores y su comportamiento, parece ser, es producto de la sobreinformación y de creer que ya saben lo que pone en el texto que están compartiendo. Que son <strong>unos </strong><em><strong>tolosa</strong></em><strong>, vaya que “to” lo saben</strong>.</p><p>Cabe preguntarse los porqués de la situación actual. Es verdad que <strong>la vida está cara</strong>, que es fácil sentir que estudiar y esforzarse no sirve para nada, que plantearse compartir piso hasta la muerte por cómo están los precios de la vivienda no debe ayudar y que, en demasiadas ocasiones, los humanos tendemos a culpar de nuestros males a quienes están más abajo en lugar de<strong> exigir responsabilidades a los de arriba</strong>. No soy socióloga y, por tanto, no puedo aventurarme a hacer diagnósticos. Lo que sí sé es que, cuando yo era joven, ser facha o ser nazi no le parecía bien a casi nadie. No todo el mundo los combatía, ahora bien, el grueso de la sociedad entendía que serlo estaba mal y, en general, o <strong>se les odiaba o se les temía</strong>. A día de hoy, sin embargo, hay quien dice que “a ver, no molan pero es que blablá, cada vez más inseguridad,  blablá, inmigración y blablablá y es que siempre son los mismos”. Vamos, que <strong>los justifican y así nos va</strong>. </p><p>Creo que por todo lo anterior, cada ejercicio de memoria antifascista es importante. Por verdad, por justicia, por reparación y como <strong>contraofensiva urgente y necesaria</strong> desde lo digital, vale, por no desentonar y seguir la moda, pero sobre todo desde lo analógico. Desde lo que se puede tocar y pisar. Como el homenaje que le han hecho a <strong>Ricardo Rodríguez García</strong> en Alcorcón. Se trata de una exposición que lleva por título <strong>“</strong><em><strong>El odio en las calles. Violencia fascista en los años 90. Richard Vive</strong></em><strong>”</strong> y combina fotografías de archivos personales, recortes de periódicos, carteles, pancartas de manifestaciones y graffitis, una manifestación artística con mucho arraigo en el municipio. Pese a que se centra en el caso de Ricardo Rodríguez García, un chaval que no tenía ni 20 años <strong>cuando un nazi le mató</strong> en una tristemente conocida zona de ocio, también hay espacio para otras víctimas de la barbarie fascista a quienes asesinaron en la localidad y fuera de ella. La muestra, además, pone en valor las luchas,<strong> las respuestas en la calle </strong>necesarias en un momento duro que las requería, aborda la manera en la que se hizo (in)justicia en los tribunales y el<strong> erróneo tratamiento mediático y social </strong>que reducía un problema gravísimo a encontronazos entre bandas urbanas opuestas, privándole del componente ideológico clave. “Genial” eso de equiparar a un nazi con un antifascista. </p><p>Se podrá visitar hasta el día 29 de este mes y<strong> merece mucho la pena</strong>.</p><p>Es fundamental no olvidar porque, si no, lamentablemente, la historia puede repetirse. Perdón, mejor sin el puede.<strong> Está visto que la historia se repite</strong>. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 26 Oct 2025 05:01:20 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lucía Mbomío]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Richard, más que nunca, vive]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Franquismo,Nazismo,ultraderecha,TikTok,Redes sociales]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Hablemos de islamofobia (repite conmigo: “IS-LA-MO-FO-BIA”)]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/pero-el-barrio-no-sale-de-una/hablemos-islamofobia-repite-is-mo-fo-bia_129_2069338.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0e472385-1ef4-4540-bd74-d1dd64595ebc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Hablemos de islamofobia (repite conmigo: “IS-LA-MO-FO-BIA”)"></p><p>No soy musulmana ni árabe ni amazigh. A mí, más bien, me confunden con cubana o dominicana, lo cual no significa que no pudiera ser musulmana, ojo, pero aquí el Islam tiende a asociarse a población magrebí o de África Occidental. Y no tiene nada que ver cómo se trata, contempla o juzga a una comunidad o a otra. Aunque esto dependa mucho del barrio y de la época, en el <strong>racistómetro</strong>, las personas a las que leen como “moras” y/o musulmanas suelen estar bien arriba. Probablemente, seguidas de las gitanas.</p><p>Tanto hombres como mujeres viven bajo sospecha y, además, desde edades muy tempranas. Si son chicos y van en pandilla a partir de las siete de la tarde, serán leídos como<strong> peligrosos </strong><em><strong>menas </strong></em><strong>“pelobrócoli”.</strong> Si son chicas y llevan hijab, parte de la sociedad pensará que son unas <strong>pobrecitas sumisas</strong> y si no lo llevan, que se han quedado sin familia por romper con “Musulmania”.</p><p>En cuanto cumplan algo más de edad, hay quien <strong>les acusará de querer “musulmanizar”</strong> y radicalizar a las nuevas generaciones con el fin de acabar con la supuesta Europa católica y blanca, ya sea a través de atentados o pariendo.</p><p>Para apoyar esta última tesis, suelen <strong>citarse “la teoría del gran reemplazo” o el “plan Kalergi”.</strong> Aún no los distingo mucho debido a que tremendos <em>invents</em> son muy parecidos. Se supone que algo tan poco concreto como “las élites”, que a mí me gusta imaginarme como un grupo de señores que acarician gatos sentados en algún despacho, <strong>están promoviendo la entrada de inmigrantes</strong> porque se les da genial procrear. Entre tanto, las europeas de pura cepa, que no sé que es eso, están absteniéndose, cada vez más, de ser madres por la falta de políticas natalistas. No porque no quieran, ojo, sino por la ausencia de dichas políticas y por culpa del feminismo, encarnado por señoras con pelo rojo y de mediana edad a las que llaman “Charos”, que también tienen querencia por los gatos y que, de manera perversa, les animan a hacer con su cuerpo lo que quieran. Qué barbaridad. </p><p>Aparte, esas mismas élites promueven la mezcla entre personas de distintos colorines con el <strong>objetivo de acabar con la raza blanca</strong> y, por tanto, y más allá de lo fenotípico, debilitar una civilización puntera y ejemplar como es la occidental. </p><p>Supongo que <strong>debieron de hablar con mi madre hace 50 años</strong> para que se liara con mi padre y nos trajeran al mundo a mi hermano y a mí. Algún día le preguntaré si le pagaron algo, por saber qué hay de lo mío. </p><p>Total, que <strong>mucho texto y demasiada fantasía para justificar la xenofobia, la islamofobia, el racismo</strong> y, de paso, meterse con los jugadores de la selección francesa de fútbol masculino que, como cuenta con varios jugadores negros y/o musulmanes, a sus ojos, es el ejemplo que mejor ilustra el mejunje de “información” sacada de vídeos de redes que duran un minuto.</p><p>Explicar, a estas alturas, que <strong>no existen las razas, me parece muy de volver a párvulos</strong>. De existir, la europea estaría muy cogida con pinzas. Le pese a quien le pese, la apariencia de un nórdico o de un mediterráneo promedio distan muchos tonos, tanto de piel como de pelo. </p><p>Pero erre que erre. Y para ilustrar que nos acercamos al final de los buenos tiempos de un occidente glorioso y prístino debido a la degeneración racial, los conspiranoicos van soltando sus bulos retrotópicos. <strong>Hablan de los años 60 o 70 y hasta de los 80 o 90 como épocas de pleno empleo, bonanza</strong>, derechos garantizados, pisos a 10 pesetas y familias numerosas en las que solo trabajaba fuera de casa el marido y, aún así, vivían bien y estaban a gustísimo con una división de roles que otorgaba un papel subalterno a las mujeres. </p><p>Jóvenes que no habían nacido comparan, sin usar ni datos ni fuentes, los viejos tiempos, en los que afirman que no había criminalidad en las calles, con la realidad actual y, en el caso de España, <strong>describen Madrid o Barcelona como si fueran idénticas a Sin City</strong>. Lo de la falta de derechos y libertades, las jeringuillas en los parques, los descampados llenos de alambres oxidados, los atracos, las violaciones en los portales o las cacerías de nazis, eso a mí me pilló en plena juventud, lo debo de haber soñado. </p><p>El problema es pensar que tanto el racismo como la islamofobia son solo un sentimiento individual que se traduce en exabruptos en las redes sociales o, en el peor de los casos, en <strong>violencia física infligida por turbas enajenadas</strong> en las calles.</p><p>¿Pero qué hay de lo que está por encima de los individuos? El otro día, el periodista Youssef M. Ouled citaba tres ejemplos cercanos en el tiempo que evidenciaban que la islamofobia trasciende las fronteras de lo opinativo y que tiene un componente claramente institucional. </p><p>El primero era el caso del chaval de 17 años marroquí al que metieron en prisión en Las Palmas acusado de haber quemado a una chica. Le soltaron recientemente tras comprobar que no solo <strong>no había tratado de atentar contra la vida de la joven sino que intentó ayudarla</strong>. Lo <em>heavy</em> es que además de la sombra de la sospecha perenne, que en demasiadas ocasiones puede devenir en condena, también está la acusación infinita a sabiendas de que la persona es inocente. Eso es lo que ha hecho Abascal cuando, tras la liberación del chico, que implica el reconocimiento de su error de la justicia, el líder del partido de las tres letras publicó en sus redes un titular de 'La Gaceta' en el que el medio afirmaba que habían dejado en libertad al inmigrante ilegal que había quemado viva a una joven. <strong>No contento con amplificar una mentira, la enmarcó con un comentario</strong> en el que, además de quejarse de que dejaran en la calle “a esos monstruos”, en un plural envenenado, aseguraba que “algún día a los españoles se les acabará la paciencia y pedirán responsabilidades directas a los que hacen posible esta aberración”. Un diez en odio, en sembrar la duda acerca de la labor de la judicatura de este país, en amenaza indirecta y, de paso, en estigmatizar a un colectivo vulnerable como es el de los menores migrantes. </p><p><strong>Todo mal, todo xenófobo, todo racista y todo islamófobo,</strong> que es importante llamar a las cosas por su nombre porque puede que suene fuerte pero más fuerte es el impacto sobre quienes son objeto de esas fobias. </p><p>A continuación, Youssef recordaba el caso de Ahmed Tommouhi, el <strong>albañil marroquí al que condenaron a prisión por diez violaciones que no cometió</strong>. Un hombre inocente que pasó quince largos años en prisión y al que se han negado a indemnizar por arrebatarle tres lustros de vida. </p><p>El último ejemplo que citó fue el de <strong>Nordine, un chaval de Leganés al que han acusado de “adoctrinar físicamente y en redes sociales de salafismo yihadista</strong>”. Esas supuestas redes son el canal de YouTube que creó en 2012 y para el que se ha grabado durante más de una década haciendo calistenia y dando recomendaciones. A principios de este año le metieron en la cárcel en régimen de prisión provisional y hasta mayo no ha salido. En julio se archivó la causa por falta de pruebas. </p><p>Yo le conocí cuando tenía unos catorce años ya que grabé un reportaje sobre <em>streetworkout</em>. <strong>Era un chico delgadito, tímido pero muy dispuesto</strong> y el menor de un grupo de jóvenes de extrarradio que practicaba esa modalidad deportiva. Consistía en hacer un uso respetuoso del mobiliario urbano para mover el cuerpo. Agarrándose a las barras de los parques, apoyándose y cuidándose entre ellas y ellos, fortalecieron también la cabeza y la autoestima. Se convirtieron en el <strong>modelo a seguir de un montón de hijas e hijos de inmigrantes</strong> <strong>y de personas del extrarradio madrileño</strong>, en general, que o eran estudiantes y no tenían dinero para pagarse un gimnasio o, de tenerlo, por estar trabajando también, les faltaba tiempo para asistir. En los parques las puertas siempre estaban abiertas a todo el mundo y ya fueran las 6 de la mañana o las once de la noche. </p><p>A través del deporte <strong>adquirieron el sentimiento de pertenencia</strong>, el compromiso, la disciplina y la autoconfianza que les había ido quitando la vida. Se encontraron y forjaron un paradigma de convivencia y unión férrea entre personas con orígenes en muchos sitios, incluyendo España, y pudieron <strong>cumplir algunos de los sueños pequeñitos</strong> que se plantean quienes pertenecen a los colectivos que nacen teniendo ya trabas grandes por color, credo o por ser de la periferia. Participaron en un montón de festivales y asistieron a varios centros educativos para explicarle a un alumnado al que se parecían los beneficios del deporte individual con el que habían crecido en equipo. Lo bonito es que <strong>hicieron piña también con el vecindario</strong>. Es cierto que, al principio, a algunas personas les dio cosa ver a un grupo nutrido de negros, moros, latinos y rubios, con pinta de ser del este de Europa, poniéndose como toros en los parques del municipio, con todo, tan pronto como se acostumbraron, les bajaban botellas de agua y hasta bocadillos.</p><p>Los tiempos han cambiado desde que les grabé. Diría que en relación al tema sobre el que trata el artículo, la islamofobia, <strong>ahora existen más canales para difundir odio</strong>. De ahí que sea importante nombrarla, con todas sus letras, y admitir que, este país, es algo fundacional. A pesar de los topónimos chivatos y de todo lo que heredamos, para una parte de la población queda un poso de desconfianza, cuando no animadversión, que, en función de la época, se ha expresado de un modo u otro. A día de hoy, <strong>hay partidos políticos que sacan a pasear su inquina sin pudor</strong>, pseudomedios que no pierden la oportunidad de machacar a las personas musulmanas, aunque eso implique soltar bulos, e <em>influencers</em> ultras que agitan avisperos imaginarios y llaman a la acción directa. Para ellos no hay castigo, ni siquiera las más mínimas consecuencias. </p><p>Nordine, en cambio, debe de haber padecido un infierno. <strong>¿Quién le va a devolver los 111 días que pasó encerrado?</strong> ¿Cómo extirparle de la cabeza los días internado y el miedo a no salir de ahí? ¿De qué forma se repara su imagen o su confianza en el país en el que nació, España, y que sin embargo le ha fallado?</p><p>En el <strong>falso documental </strong><em><strong>Camino a Guantánamo </strong></em>contaban la historia real de unos chavales ingleses, de ascendencia bangladeshí y pakistaní, que fueron a una boda a Pakistán, decidieron visitar Afganistán y acabaron en la cárcel estadounidense de Guantánamo. Sin posibilidad de representación legal, estuvieron ahí dos años sin cargos legales. </p><p>Yo no soy socióloga pero que te destrocen la vida sin haber hecho nada ilegal, que a pesar de los millones de intentos de encajar y de ser lo suficientemente perfecto como para que no te odien, <strong>que siempre te lean como alguien ajeno, intruso, sospechoso o peligroso</strong> desde antes de nacer, puede ser una vía directa de desafección hacia el país al que ¿llama(ba)s? casa. Puede que de acceso directo desconozco si a la radicalización pero, desde luego, sí al dolor y a la rabia.</p><p>Eduardo Mendieta señala en el formidable prólogo que escribió para el <strong>libro</strong><em><strong> Democracia y abolición</strong></em><strong>, de Angela Davis</strong>, que existe una tecnología política de los cuerpos por la cual “la raza, el género y la clase entran en una sinergia para atomizar y singularizar el cuerpo que debe ser regimentado y disciplinado". </p><p>Lo anterior debería llevarnos a plantearnos varias cuestiones: ¿Cómo se leen los cuerpos masculinos no blancos ?<strong>¿En qué barrios se hacen más redadas policiales?</strong> ¿Quiénes padecen más las identificaciones por perfil racial? ¿Qué trato reciben? ¿A qué <em>youtubers </em>se investiga? En plena ola reaccionaria en Europa, con <em>influencers</em> vomitando violencia, mentiras y medias verdades a diario, ¿a qué llamamos radicalización y por qué algunas son admisibles y otras no? ¿De qué medios económicos disponen para defenderse las personas migrantes, racializadas y de ascendencia migrante? ¿Qué apoyo, mediático o social, reciben? <strong>¿A qué grupos humanos se les concede el beneficio de la duda?</strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 27 Sep 2025 18:18:09 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lucía Mbomío]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Hablemos de islamofobia (repite conmigo: “IS-LA-MO-FO-BIA”)]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Xenofobia,Islam,Vox,Racismo]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Orden de prioridades]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/pero-el-barrio-no-sale-de-una/orden-prioridades_129_2049180.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0e472385-1ef4-4540-bd74-d1dd64595ebc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Orden de prioridades"></p><p>Que sí, que entiendo que hay que <strong>hacer obras</strong> y que tiene sentido que sean en verano porque parte de quienes residen en la ciudad se van y, por tanto, afectan a menos gente. Pero…<strong> ¿todas a la vez?</strong> ¿Con alternativas limitadísimas? ¿Y apostando más por los vehículos privados que llevan a una persona o a dos que por autobuses en donde cabemos decenas? Pues sí, eso es lo que ha sucedido en Madrid. </p><p><em>En Castilla y León el pasado fin de semana se enfrentaban a 27 incendios a la vez. El país se quema. El fuego no da tregua. Las llamas avanzan. Peligran los bosques de castaños y arden Las Médulas. Descontrol en un Patrimonio de la Humanidad. El principal recurso económico de la zona. Luego que si la España vaciada. Tragedia medioambiental. El calor aprieta. Los bomberos luchan. La ciudadanía aguanta. ¡No quiero abandonar mi casa!. ¡No quiero dejar mi pueblo! El humo llega. La extinción de los incendios comienza en invierno. Interviene el ejército. “¡Llevo tres noches sin dormir!”. Hay municipios confinados y mucha vegetación seca. Puro combustible para que todo prenda.</em></p><p><strong>¿Y qué hay de la gente que se queda en las grandes ciudades en verano? </strong>¿De la que tiene que seguir trabajando en estas fechas o de aquella que, pese a estar de vacaciones, no tiene dinero para irse a ningún sitio? Quienes estamos y nos desplazamos en transporte público hemos tenido que sumarle al calor y al cansancio, a estas alturas del año, el tener que hacer un esfuerzo extra si queremos llegar al trabajo o a cualquier otro sitio. En el caso de Madrid, las <strong>obras de soterramiento de la A5 </strong>han provocado que los autobuses que parten de Móstoles, Villaviciosa de Odón, Navalcarnero o Alcorcón –municipios que suman una población de alrededor de medio millón de personas y que antes llegaban al intercambiador de Príncipe Pío, céntrico, a cubierto, con sus dársenas y su información en letreros–, ahora tengan su meta en Cuatro Vientos. Un barrio madrileño que está pegado a Alcorcón y en donde te sueltan en la marquesina que hay en mitad de la carretera para que cojas el atestadísimo metro a falta de planes B.</p><p><em>Quince incendios en Asturias. Eviten actividades recreativas al aire libre. Se prohíben las rutas de transporte. Los mapas están en rojo. Nueve espacios forestales cerrados en Cataluña. Trenes cancelados. Cortes entre Madrid y Galicia. “¿Y ahora dónde me quedo?”. Buscar alojamiento en agosto. No hay coches de alquiler. Aviones de extinción. Ley De Montes: las Comunidades Autónomas gestionan los incendios forestales. Calor abrasador. Riesgo extremo de altas temperaturas. En Cataluña hoy ha sido el día con temperaturas más altas de lo que va de 2025. Aviso rojo y riesgo extremo. Calor abrasador. El valor más elevado en agosto desde hace más de 110 años. Noches tórridas. Mínimas de 30ºC.</em></p><p>La alternativa podría haber sido Cercanías, de no ser porque nos cortaron varios tramos durante semanas. También por obras, claro. Para llegar hasta Atocha, la única estación por la que pasan y se conectan entre sí todas las líneas de tren y punto de partida del AVE<strong> </strong>y derivados, a los usuarios del transporte público nos ha tocado bajarnos en la parada anterior y hacer colas eternas con el fin de subirnos a autobuses alternativos llenos desde el segundo uno. Yo soy de las que, llegadas a ese punto, preferí desplazarme a pie antes que apretar <strong>mi mejilla sudada contra la también sudada espalda de alguien.</strong> Así que trayectos de 20 minutos han durado más del doble y, por si eso no fuera suficiente, el metro también ha estado y continúa en obras. La <strong>línea 6</strong>, la circular, sí, la que recorre media ciudad, esa está cerrada. </p><p>Y en caso de que llegues tarde –porque como para ser puntual con todo en contra– y hayas decidido coger un taxi, ¡cuidado!, puesto que puede sucederte que en tu trayecto se encuentre la parte del<strong> túnel de la M30 </strong>que está clausurada por obras y que el camino sea más largo de la cuenta. Ya lo que nos faltaba, <strong>pagar un dineral para poder ir a trabajar. </strong></p><p><em>En julio más de mil personas muertas por golpes de calor. Mucho cansancio. En cinco minutos el fuego estará aquí. “Notas que te falta el aire”. “Está todo descontrolado”. El 085. No cogen las llamadas. Personas del pueblo apagando el fuego con palos o con ramas. Golpe de calor. Fracasan los mecanismos de termorregulación. Hace falta hidratación. Pequeños sorbos de agua. Pañuelos húmedos en los pliegues del cuerpo: la nuca, ingles o axilas. Tres personas muertas, otras tantas heridas. Un detenido. Presunta imprudencia. Panorama desolador. Con 101 años lo ha perdido todo. “Yo no entiendo de brigada ni de bomberos, pero nos abandonaron”. Bomberos sin agua.</em></p><p>“Si vives en la muy poblada periferia sur, no tienes vacaciones y no vas a tu oficina en coche, debes saberlo: <strong>no importas</strong>”. Ese iba a ser el título de mi columna este mes. De verdad que yo lo que quería era quejarme de la manera en la que se han planificado las obras en la <strong>Comunidad de Madrid</strong>, sin embargo, se me ha alterado el orden de prioridades. </p><p><strong>La dolorosa actualidad se impone. </strong>No puedo pensar ni escribir sabiendo que el campo arde por muchos sitios o que el riesgo para la salud de la población debido a las altas temperaturas es extremo. Especialmente, para la infancia y la vejez. Tengo la tele puesta y en los informativos le dedican casi el <strong>100% del tiempo de emisión al fuego que está asolando el Estado</strong>, así que he salpicado este texto con las frases que voy escuchando. </p><p>En la ciudad dormitorio en la que resido, el humo de los incendios llegó en diferentes momentos. Desde el norte, el de <strong>Tres Cantos y por el sur, el de Méntrida.</strong> De noche el cielo se puso gris, en lugar de negro y de día, pese al calor, tuvimos que cerrar las ventanas para no intoxicarnos. Aquí, la gente mayor está confinada en su vivienda, no tanto por el riesgo a quemarse por el fuego como porque las altas temperaturas les enferman y les dejan sin fuerzas. </p><p><em>Tres personas muertas. Algunas por tratar de salvar a los animales. A esa cifra hay que sumarle los heridos y la destrucción. Agricultores que van con tractores a abrir cortafuegos. Resignación. Brigadistas. En Ourense más de 40.000 hectáreas han ardido. Evacuación. Eviten desplazamientos innecesarios. Sin cobertura y sin suministro eléctrico. El fuego ha quemado una extensión equivalente al tamaño de la isla de Gran Canaria. Viento, sequedad. Impotencia. Sin medios. Un detenido que hizo labores de desbroce. Ovejas y cosechas calcinadas. Abandono. </em></p><p>Buena parte de quienes residimos en los extrarradios y tenemos familia española, en mi caso, la mitad, tenemos pueblo. Nuestras madres y/o padres migraron desde ahí para encontrar trabajo en la gran ciudad. Somos conscientes (porque lo hemos visto, vivido y disfrutado) de que <strong>en el ámbito rural es donde brota la vida</strong>, donde pare la tierra, donde los seres humanos viven en casas en lugar de en colmenas. Es ahí donde el teleclub es lugar de encuentro y quitapenas, donde el acervo cultural comunitario, ya sean las recetas antiguas, las distintas formas de riego o de siembra, las canciones, los instrumentos o las danzas con solera, se mantienen como una forma bella de resistencia. En cada plaza, en cada calle, en cada vivienda hay historias, recuerdos, pasado y también un presente por el que merece la pena apostar. Es bonito hablar y resaltar cada una de sus cualidades, volver en verano y lanzarle flores, dormir a gustito, sin tanto ruido y echarse unos bailes en las fiestas… Ahora bien, la realidad es que el que el campo se ha abandonado y se quema mientras las ciudades están llenas. </p><p><em>Agentes forestales. Sindicatos que advierten de fallos en la coordinación. Viejo problema. El coste de extinción es de 30.000 € por hectárea, el de prevención entre 300 y 3.000 €. “Qué bonito venir al pueblo solo en verano, heredar la casa del abuelo y quedarse con las tierras pero, luego, la mayor parte del año se quedan abandonadas”. Tormenta seca en Extremadura. Vecinos que se niegan a dejar sus hogares. Infierno. Rescoldos. Lecciones. Cenizas. “Nosotros nos tenemos que salvar a nosotros mismos”. “Ayudadnos”. “Vergüenza que esto pase en 2025”. </em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 20 Aug 2025 17:57:25 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lucía Mbomío]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Orden de prioridades]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Incendios forestales,Madrid,Comunidades autónomas,Comunidad de Madrid,verano]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Nos mentisteis]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/pero-el-barrio-no-sale-de-una/mentisteis_129_2034139.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0e472385-1ef4-4540-bd74-d1dd64595ebc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Nos mentisteis"></p><p>Escribí lo que viene a continuación antes de lo acaecido en <strong>Torre Pacheco</strong> y luego, claro, me tocó añadir más texto de lo que me hubiera gustado.</p><p>“Qué fuerte que por culpa de una rata, <strong>una persona que solo había salido de fiesta ahora pueda ir a la cárcel</strong>.”</p><p>La frase anterior está relacionada con la muerte de Abderrahim, que <strong>falleció asfixiado, presuntamente a manos de un policía</strong> en el municipio de Torrejón de Ardoz, Madrid, porque, según el testimonio del agente, le había intentado robar el móvil. Quince minutos le estuvo agarrando del cuello. Presuntamente. Quince.<strong> Por un teléfono</strong>. Y no aflojó, presuntamente, pese a que la gente que pasaba por ahí le gritara que parara, porque ojo por ojo, móvil por vida. </p><p>Lo peor es que esa frase la pronunció una de mis grandes amigas y me partió el alma. “¿Tú eres consciente de lo que estás diciendo?”, le pregunté varias veces, incrédula, por si eso servía para que se desdijera. Pero no lo hizo,<strong> apeló a la libertad de expresión, a disentir, a tener una opinión diferente a la mía.</strong> ¿Desde cuándo cargarse a alguien es objeto de debate? No me podía creer que la muerte le pareciera una cuestión de perspectiva, que no entendiera que los delitos, en este Estado, se pagan con cárcel y no con la misma vida. Estuve días sin hablarla, sin poder decir ni mu en el chat común ya que lo que tenía en la punta de la lengua no eran palabras sino una tonelada de frustración y otra de rabia. Si ni en mi entorno más cercano, tras años de conversaciones, pedagogía y anécdotas racistas de las que han sido testigos no se ha entendido nada, <strong>¿cómo puedo pensar que algo de lo que hacemos como comunidad sirve para transformar? </strong>Como cuando mi madre, una señora blanca de Castilla, dijo que ella ya pasaba del racismo. Quizá, mi hermano y yo, ahorramos demasiados detalles de nuestro día a día. O puede que pensara que bastaba con querernos para pulverizar el racismo. Ojalá, pero no.</p><p>Con todo lo que está pasando en Torre Pacheco, ni tengo miedo ni estoy triste o no solo, al menos, más bien estoy enfadada. Audre Lorde explicaba que nosotras, las mujeres negras, pese a las acusaciones de victimismo y de dividir el movimiento feminista <strong>por afear la falta de interseccionalidad, por explicar y vivir que el género no es la única opresión </strong>y que cuando se suman unas cuantas tienen consecuencias en nuestras existencias, no partimos del sufrimiento sino de la ira y la rabia. Ojalá sentir pena, seguro que dolería menos el nudo del estómago, el párpado izquierdo dejaría de hacer cosas raras y el corazón me latiría a una velocidad normal. Nosotras no enunciamos citas con el objetivo de generar conmiseración, <strong>enumeramos vivencias cotidianas acumuladas que vomitamos</strong>, de tanto en tanto, debido a que ya no nos caben más y necesitamos hacer hueco para las que están pendientes de entrar.<strong> </strong></p><p>No soy el producto de la polarización de las redes, lo soy, lo somos de nuestro día a día, ahora bien, algunas de las cosas que leo en ellas hace que me cabree y que afiance mi postura. Está claro que no son el espacio más adecuado para un debate taimado, en todo caso, lo contrario. El problema es que estas ideas siempre han ido más allá del umbral del móvil, que los prejuicios, las amenazas, la agresividad, las <em>fakenews</em>, la bilis y las medias verdades quizá no se puedan tocar pero habitan entre nosotras y<strong> tienen consecuencias en términos de distancia, de amenazas, de trato y, sobre todo, de maltrato. O de muerte.</strong> Lo que pasa es que ahora, como sociedad, hay más consciencia de todo esto porque hay gente que lo deja por escrito en su perfil de Instagram o que rebuzna burradas a través de TikTok. Lo que antes se murmuraba o se gritaba pero en <em>petit comité</em> ahora se grita gracias a la legitimidad y empoderamiento que confiere que existan siglas, partidos o perfiles que legitiman pensar, decir y hacer odio. </p><p>Y de esto no se libra ni la amistad ni la familia, espacios sagrados de mentirijilla, en donde, como te quieren, te leerán como la excepción a una regla de ciencia ficción. <strong>El “tú no eres como el resto” de toda la vida,</strong> de ese resto que ven robando en el tipo de vídeos que les llegan, gracias al algoritmo que han construido ladrillo a ladrillo, y que evidencia que hay quien cree que hay un patrón de comportamiento único en cada colectivo. <strong>Como si el género, la identidad sexual, el credo, el color o el origen fueran moldes de los que salen patrones idénticos</strong> y para mal, además. Menos yo, claro, el vellocino de oro. Como si me pareciera bien escuchar majaderías y fuera a celebrar que me saquen del saco de mierda en donde habitan todas las personas como yo. Menos yo, insisto. Yo, fetén, claro.</p><p>Y… de repente, o más bien como consecuencia de la negación pertinaz del racismo y la islamofobia, de la ausencia de una ley que los combata y de otros mil factores pero sin olvidar estos dos que he citado, estalla Torre Pacheco y<strong> seguimos sin hablar de racismo o se lo aducimos solo a unos pocos</strong> a quienes se describe como enajenados y no como la expresión extremista, si quieren, de un sistema racista al que no se suele nombrar. </p><p>A la gente mora y musulmana, sobre todo, aunque migrante y racializada también, cada vez que hay un acto violento, les piden que salgan a la calle a condenarlo, como si fueran responsables de lo que hacen cuatro. ¿Y ahora que hay turbas de señoros nazis españoles blancos o que se creen blancos liándola, qué? Ni un mensaje de las mismas personas racistas que me quieren tanto comentando que les resulta gravísimo que <strong>haya hooligans tomándose la justicia por su mano y agrediendo  y/o amedrentando a  inocentes. </strong></p><p>Y <strong>esto no lo cura el paso del tiempo.</strong> Nací en 1981 y, en el Alcorcón de mi infancia, no recuerdo más que a cuatro o cinco familias negras. Cuando nos quejábamos de racismo, ya en los 80 y ni que decir tiene en los 90 –época en la que los grupos neonazis campaban a sus anchas en ciudades como Madrid, Barcelona, Valencia o Zaragoza–, nos decían que es que era desconocimiento, que la sociedad tenía que acostumbrarse, que éramos pocas personas no blancas aún pero que <strong>en cuanto hubiera más gente de ascendencia migrante y racializada la cosa cambiaría.</strong> Según su vaticinio, con el cambio de siglo dejarían de preguntarnos de dónde eres antes que cómo nos llamamos, nuestros acentos nacionales, autonómicos o locales dejarían de sorprender y ya no nos mandarían a nuestros países debido a que se comprendería a la perfección que esta es (también) nuestra casa,  hayamos nacido aquí o no, puesto que aquí residimos y desde aquí hacemos barrio. </p><p>No debí créermelo, primero porque es obvio que no solo no se ha acabado el racismo ni reconocido, a menos que haya agresiones frontales físicas y verbales. Y segundo, debido a que en España, aunque solo sea por la cercanía a África, porque la llegada del pueblo gitano se remonta a hace seis siglos y aquí siguen, pese a los sucesivos intentos de exterminio, por la presencia musulmana durante, mínimo, ocho siglos o por la trata esclavista y la colonización antigua y reciente en tres continentes, <strong>no ha habido solo gente “blanca” jamás y el “asuntillo” del racismo nunca se ha resuelto ya que se niega de manera pertinaz</strong>. </p><p>Si no había racismo ni islamofobia en España, ¿de dónde han salido esas turbas que agreden a inocentes por su origen, credo y/o color de piel? O, peor, ¿de dónde han salido todos los discursos que las alientan? Los exabruptos y estallidos de violencia me horrorizan, pero me preocupa más lo que subyace, aquello que los alimenta. Y esas narrativas se construyen por aquello que se cuenta pero, sobre todo, por omisión, por lo que no se cuenta y se queda en el tintero. Falta una narrativa que hable de las personas que migran y/o que no son blancas como vecinas que forman parte de esta sociedad y no únicamente como excepciones heroicas que salvan a bebés que están a punto de caerse de un balcón o como villanas que cometen crímenes. Pero también <strong>falta un repaso fuertecito a la historia y eso pasa por darle control Z al borrado histórico que ha habido</strong>. </p><p>Es todo tan fuerte que algunas personas me consuelan por lo que está sucediendo diciéndome que dado que yo no soy inmigrante ni mora, no debo preocuparme. Pero… <strong>¿cómo no me va a preocupar lo que está pasando pese a que no me suceda directamente a mí?</strong> Me avergüenza, me duele y me da rabia, repito. </p><p><strong>¿Qué pasó con la ley contra el racismo que nunca se aprobó ni en la pasada ni en esta legislatura?</strong> El problema no son solo los partidos de extrema derecha, es que <strong>el antirracismo no se ha considerado prioritario porque se niega que exista el racismo</strong>, así como la islamofobia o la xenofobia, y eso, repito, a pesar de la historia, de algunos topónimos, fiestas nacionales y apellidos que evidencian horrores pretéritos y que anticipan horrores presentes y… si nada cambia, también futuros. Y por eso, porque no se reconoce, cada vez que pasa algo se minimiza su dimensión aduciéndolo al clasismo o a cuatro desubicados, jamás a algo histórico y estructural con consecuencias severas que, desde luego, van más allá de las anécdotas individuales.</p><p>Eso por no hablar de que la defensa de la gente migrante sea<strong> “¿y qué vamos a hacer con nuestros esclavos si los echan?”</strong> Bueno, no lo expresan así pero eso es lo que están diciendo, pese a que no sea su intención, cada vez que comentan que el país no sería el mismo si se expulsa a las personas que trabajan en el campo o cuidan  ancianos o limpian escaleras y culos que, en su mayoría, son migrantes. <strong>Reducir a un ser humano a su dimensión productiva acotada</strong>, además, a aquellos sectores en donde se gana menos y se vive peor es repugnante. Estoy segura de que no hay mala fe detrás, pero… estoy cansadísima de entender la no mala intención de todo el mundo y que a nosotras, las personas no blancas no nos entienda nadie y nos llamen victimistas.<strong> ¿Qué pasa, que esas personas solo tienen derecho a estar aquí y se les perdona su migración si hacen lo que nadie quiere por cuatro duros</strong>? Tremenda instrumentalización de seres humanos de los que se habla acaloradamente en medios, en redes o hasta en el Congreso pero a los que rara vez se pone el micrófono para que puedan hablar y decir cómo están. </p><p>Y para concluir, voy a poner algunos<strong> datos que evidencian que el racismo</strong> es mucho más que los insultos en redes o que te llamen <em>Conguito</em> en el colegio: </p><p>Un estudio basado en dos encuestas a <a href="https://www.eldiario.es/desalambre/espanol-blanco-78-afrodescendientes-espana-asegura-haber-sufrido-discriminacion_1_7326527.html" target="_blank">más de 1.300 personas afrodescendientes y africanas, documenta el racismo estructural existente en España. A pesar de que el 71% de los entrevistados tienen la nacionalidad</a> española, el 60% no se siente de aquí debido a que 'no se las reconoce como tal', por su color de piel. </p><p>Se trata de un país en el que hay discotecas y locales de ocio en los que <a href="https://esracismo.com/2018/09/05/derecho-de-admision-no-es-la-piel-amigo/" target="_blank">niegan el acceso a  gente no blanca amparándose en el derecho de admisión pese a que detrás haya motivaciones racistas</a> o en el que las <a href="https://rightsinternationalspain.org/wp-content/uploads/2023/05/Encuesta-sobre-identificaciones-policiales-basadas-en-uso-del-perfilamiento-etnico-y-racial-4.pdf" target="_blank">identificaciones por perfil racial por parte de las fuerzas de seguridad del Estado</a>, lamentablemente, continúan teniendo mucho peso. </p><p>En España,  <a href="https://elpais.com/economia/2024-04-18/espana-desperdicia-el-talento-extranjero-uno-de-cada-dos-inmigrantes-trabaja-por-debajo-de-su-cualificacion.html" target="_blank">uno de cada dos migrantes trabaja por debajo de su cualificación</a> debido, entre otras cosas, al laberinto administrativo que implica la convalidación de títulos. </p><p>Pero no solo eso, un<a href="https://www.elperiodico.com/es/sociedad/20210203/alumnos-inmigrantes-expulsados-aulas-11496069" target="_blank"> 69% de los hijos de inmigrantes y un 60% de las hijas no llegan a bachillerato</a>; el 12% de hijos de <a href="https://www.publico.es/sociedad/agresiva-politica-antimigracion-europea-acaba-proteccion-derechos-humanos.html#analytics-tag:listado" target="_blank">migrantes</a> tiene dificultades para entrar en el mercado de trabajo, según una investigación elaborada por el <a href="https://iuiog.com/" target="_blank">Instituto de Investigación Ortega y Gasset</a>. Mientras<strong>, los hijos de españoles cuentan con un 36% más de posibilidades de acceder al proceso de selección de las ofertas laborales</strong>.</p><p>Y, por si eso no fuera suficiente, el racismo y la xenofobia inmobiliaria están normalizados:<a href="https://provivienda.org/informe-racismo-alquiler/" target="_blank"> El 99% de las inmobiliarias contactadas aceptan formas explícitas de discriminación</a>.</p><p>¿Vamos a seguir negándolo y sorprendiéndonos por algún repunte violento de tanto en tanto o<strong>,</strong> desde las instituciones<strong>, se va a hacer algo</strong>? </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 21 Jul 2025 04:00:10 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lucía Mbomío]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Nos mentisteis]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Racismo,Migración,Migrantes,Barrios,Opinión]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La seño]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/pero-el-barrio-no-sale-de-una/seno_129_2002799.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0e472385-1ef4-4540-bd74-d1dd64595ebc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La seño"></p><p>El otro día presenté mi última novela en la localidad en la que resido y una mujer mayor me saludó con mucha efusividad antes de comenzar. Charlé con ella con cercanía porque me sonaba su cara pero no la reconocí a la primera. Supongo que eso se debe a que la última vez que hablamos, no sé si largo y tendido aunque sí un buen rato, ella tenía el pelo negro, era bastante más alta que yo y nuestra relación, luego lo supe, era muy diferente a la actual. Después de unos minutos, caí en la cuenta de que la persona que tenía delante era <strong>Marce, mi profe de 3º a 5º. </strong>No era la primera vez que me la encontraba puesto que sigo viviendo en el mismo municipio en el que cursé la EGB (sí, soy de esa generación); sin embargo, hacía bastantes años que no la veía y me emocionó que decidiera venir a apoyar cuando se enteró del acto leyendo la prensa local.</p><p>Después, ya en el acto en cuestión, me entrevistó Camino, excompañera del instituto que, a día de hoy, es técnica de cultura y muchas más cosas, ya que siempre fue súper estudiosa. A ella sí que la he ido viendo algo más, pero eso no implica que me olvide de la adolescente aplicada e implicada en luchas sociales que fue. </p><p>Este cruce de pasado y presente, cual <em>Regreso al futuro</em>, me encantó porque tras un paréntesis grande y a pesar de habernos perdido muchos episodios de nuestras vidas –es más, incluso si hemos cambiado un montón y nos parecemos poco a quienes fuimos–, <strong>hay un cariño heredado</strong> que habita en un tiempo encapsulado.  </p><p>Total, que empezó el acto y, un sábado a las once, la media de edad era bastante alta. Estaban ahí las vecinas y amistades de mis padres, que me conocen casi desde que empecé a escribir, algunas amigas mías; también Andrés, el señor que contribuyó a crear la Casa de Extremadura en esta periferia a la que la gente de esa comunidad vino y que sumó y se unió con quienes ya eran y estaban aquí para luchar y conseguir derechos. Y, por supuesto, entre todas esas personas se sentó Marce. No se situó en primera fila,<strong> pero sí lo suficientemente cerca</strong> como para que yo me cruzara, de tanto en tanto, con sus ojos e insuflarme fuerza. Igual que cuando iba al cole. </p><p>Lo que vi en su rostro, no obstante, no solo fue ánimo o confianza, sino un orgullo grande. El que provoca, supongo, saber que ella es, en parte, responsable de que un<strong> montón de generaciones de Alcorcón </strong>lean, sumen, dibujen o escriban, aunque al decírselo delante de todo el mundo, ella lo negara.</p><p>Marce, mi profe, a la que por aquel entonces llamábamos “seño”, rompió la cuarta pared y miró más allá del escenario que compartimos, las aulas, y de la época en la que nos cruzamos, finales de los 80 y principios de los 90. Y fue bonito. Se acordaba de mi madre, que también andaba por ahí, cual ídem de la Pantoja, acompañándome en mis andanzas, y charlaron tanto que al día siguiente<strong> fue a casa a visitar a mi padre, otro maestro,</strong> que anda con achaques de los fuertes, y a dejar el ejemplar del libro que se compró para que yo se lo dedicara. </p><p>Esta anécdota me sirve para explicar el vínculo precioso que puede darse entre la escuela pública y el profesorado consciente que trabaja ahí y las personas que habitan los vecindarios en los que esta se sitúa. Antes y ahora. Entre quienes buscan <strong>tender puentes más allá de las aulas</strong>, entender realidades, cerrar brechas, paliar las emergencias que, en ciertos hogares, en lugar de excepción son regla o, “simplemente”, formar, sí; educar, también, y cuidar desde su lugar. Y parece ser que, para eso, da igual que pasen los años.</p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[ecba18d4-88ba-41c4-8094-3f640131a9b4]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Wed, 11 Jun 2025 04:00:26 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lucía Mbomío]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La seño]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Barrios,Asociaciones vecinos,Educación,Literatura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Morir en directo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/pero-el-barrio-no-sale-de-una/morir-directo_129_2004861.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0e472385-1ef4-4540-bd74-d1dd64595ebc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Morir en directo"></p><p>He visto el naufragio de El Hierro en todas las ediciones de todos los informativos de absolutamente todas las cadenas de la tele y cuando decidí apagarla y me metí en redes, también estaba ahí. Me ha resultado imposible zafarme de contemplar tamaña desgracia. Y no es que crea que no deba narrarse cómo tanto el Mediterráneo como partes del Atlántico se han convertido en una tumba. Al contrario. Ahora bien, considero que<strong> jamás deberíamos normalizar</strong> ni los fallecimientos ni los naufragios ni la sobreexposición de imágenes de personas padeciendo una y otra vez. Una y otra vez. Una y otra vez. Y siempre las mismas. </p><p>Por muchas razones, además. Para empezar,<strong> por respeto a quienes sobreviven </strong>y aún tiemblan recordando lo sucedido y también hacia los seres queridos de la gente que perdió la vida o que pudo haberla perdido. </p><p>Por otro lado, los medios generalistas llevan contando este asunto de idéntica manera desde hace décadas. Bueno, si me apuran, diría que<strong> antes se hacía con algo más de pudor.</strong> La primera muerte documentada de un joven africano tratando de llegar a las costas españolas en patera data de 1988. En esa foto, al menos, no se le veía la cara y no hacía falta puesto que, solo con echarle un vistazo, ya nos quedaba claro que pese a que su cuerpo yaciera en la arena, él ya no estaba. </p><p>No creo que, como sociedad, debamos acostumbrarnos, a través de un relato visual reiterativo, a ver a gente muriéndose como si nada. Es que ya ni nos avisan de que las imágenes que vamos a ver a continuación son duras. Puede que se deba a que cuando están protagonizadas por según qué colectivos siempre lo son, de ahí que se les aduzca una fortaleza sobrenatural que, en realidad, no es tal pero que resulta muy útil para<strong> normalizar lo anormal y que su dolor nos duela menos.</strong> Lo que no es tan habitual es ver con todo lujo de detalles sucesos parejos protagonizados por personas blancas o en Occidente. Con todo lujo de detalles, insisto, con los gritos de terror incluidos, los bebés y las mujeres hundiéndose ante nuestra atenta mirada y con los supervivientes gritando o en un silencio aterrador mientras sus rostros se deforman por el pánico. Aprendimos con los atentados aviados de Madrid y Nueva York que ver miembros amputados, vísceras o últimos alientos era demasiado. </p><p>Antes, sí, claro. Antes nos tragábamos todo, en plan película de Tarantino en la que no escatiman en sangre, no obstante  llegó un momento en el que caímos en la cuenta de que es mejor sugerir que mostrar para entender o hasta empatizar con el dolor ajeno. Por eso, en el atropello de Liverpool vimos más planos generales, coches de policía o ambulancias que a personas sangrando o llorando o gritando presas del pánico. En las noticias <strong>no se entretuvieron en las vísceras</strong> porque no consideraron que hiciera falta y quisieron proteger a quienes tuvieron la mala suerte de estar en el lugar no adecuado en el momento no adecuado de una exposición que pudiera abrir heridas.  </p><p>Lo cierto es que hay quien cree que exhibir tan terrible espectáculo puede servir para concienciar a la audiencia acerca de la realidad en frontera o para conmover a la población de aquí. No obstante, basta con fijarse en los comentarios xenófobos proferidos en las redes, en las aulas, en los bares, en el curro, en las calles o en todos lados, vaya. O con echarle un ojo a los resultados de los últimos comicios en varios países de la UE y a los sondeos de intención de voto en este. No cabe duda de que se ha producido<strong> un ascenso más que obvio de las posturas xenófobas, racistas y ultraderechistas </strong>en buena parte del continente. La narrativa del dolor tan obvia, tan descarnada y tan poco cuidadosa que solo vemos en ciertos cuerpos y/o contextos y que no cesa lo único que hace es anestesiarnos. Nos puede resultar algo espectacular pero natural en esos rincones del planeta de los que solo nos muestran lo chungo. Que si guerras, que si ébola, que si desastres naturales.... Precisamente por lo anterior, ni nos preguntamos los porqués de la inmigración. Es como si  la gente lo hiciera porque ha tenido la mala suerte de habitar en un agujero infame y necesita salir de ahí como sea para chupar del bote en esta Europa próspera que tanto ha costado levantar, porque está en sus genes, en su naturaleza suicida o incrustado en alguna parte de su cerebro a la que le gustan las emociones fuertes. Como a los norteños hacer puenting o tirarse en paracaídas. Desde el momento en el que determinados (muchos) medios no explican las causas, más allá de la pobreza de siempre entendida, a estas alturas, como algo inherente al Sur global,<strong> se “desresponsabiliza” a occidente. </strong>A sus políticas migratorias que levantan vallas cada vez más altas y con concertinas más afiladas, a la asimetría en la emisión de visados que permite que quienes tenemos ciertos pasaportes podamos viajar sin problema a casi cualquier lugar y que, sin embargo haya gente que, si quiere salir de su tierra, tenga que hacerlo a través de vías no seguras, que no reconoce el impacto que nuestro consumo tiene en el resto del planeta. Y eso incluye el cambio climático que generamos en el norte a base de emisiones de CO2 con solera y que también padecen quienes no tienen ni la mitad de fábricas o de vehículos que hay aquí. Olvidamos muy cómodamente las lógicas coloniales y neocoloniales, que imponen monedas acuñadas en Europa, que chupan del bote, esquilman los mares y que asfixian o que hay lugares en donde se viven guerras tan guerras como la de Ucrania pero de las que aquí ni se hablan. </p><p><strong>O quizá lo saben </strong>y eso me da más rabia. </p><p>Ninguno de los vídeos o fotos de rescates dramáticos han servido para que el número de fallecidos disminuya o para que las personas que se suben a una embarcación precaria arriesgando su vida no lo hagan. El año pasado<strong> fallecieron 10.457 personas en el mar</strong> tratando de llegar a Europa, según la ONG Walking Borders. Las muertes son en directo y se repiten hasta la saciedad, hasta que pierden significado. Como cuando pronuncias muchas veces seguidas la misma palabra y te suena rara. La asunción de responsabilidades, en cambio, llega en diferido, cuando ya es tarde. O nunca. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 31 May 2025 17:18:01 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lucía Mbomío]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Morir en directo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Migración,Migrantes,Canarias,Pateras]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Si no tiene libros en casa, ¿ahí no es?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/pero-el-barrio-no-sale-de-una/si-no-libros-casa-no_129_1983538.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0e472385-1ef4-4540-bd74-d1dd64595ebc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Si no tiene libros en casa, ¿ahí no es?"></p><p>Recuerdo que en la época previa a los móviles con internet era común que quienes<strong> pasábamos siglos en el transporte público</strong>, por residir en grandes ciudades y lejos del lugar de trabajo o del centro de estudios, lleváramos un libro. Daba igual el género, podía ser cómic, novela, infantil, de cocina o hasta el manual para sacarse el carnet de conducir. La cosa era matar o aprovechar el tiempo y nutrir el cerebro. </p><p>A día de hoy, pese a que podamos llegar a pensar que los <em>reels </em>y los memes, tan presentes en las redes sociales, han sustituido a las letras, la realidad arroja <strong>cifras de lo más halagüeñas</strong>. Los datos del Barómetro de Hábitos de Lectura de 2024 refieren que, por primera vez, el porcentaje de población que lee libros en su tiempo libre<strong> supera el 65 % de la población</strong> (65,5 %). Es más, desde 2017, hay un 5.8% más de personas que leen libros por ocio. </p><p>Se trata de una excelente noticia en estos<strong> días de fervor y celebración literaria</strong>. Sin embargo, a mí me vienen a la cabeza las personas que no leen, sus porqués y cómo las juzgamos.</p><p>Cuántas veces habré oído decir, a la hora de hablar de ligues, “si tiene <strong>faltas de ortografía al escribir</strong>, ahí no es” o el también clásico “si voy a su casa y <strong>no hay estanterías con libros</strong>, paso”. De hecho, no descarto haberlo dicho yo misma alguna vez. Hasta que me callaron la boca y me bajaron los humos. </p><p>Tengo un amigo que me contó que un día su profesor le felicitó por las notas que sacaba y le pidió que le contara al resto del alumnado cuál era su fórmula de éxito. Él prefirió no contestar puesto que hubiera tenido que revelar que, como en el piso en el que convivía <strong>con su madre y sus cinco hermanos</strong> les habían cortado la luz, estudiaba con linterna y a duras penas. </p><p>Y sí, si bien es cierto que hay familias con pocos recursos que, pese a todo, se han dejado lo poco que tienen en comprarlos o en adaptarse a la carestía y hasta han generado <strong>un ambiente en casa proclive </strong>a ello, también las hay que no, que no han podido adquirir ni un libro o que no han tenido en su hogar ningún referente lector. Es más, que no han visto casi ni a sus padres ni a sus madres porque<strong> curraban el día entero fuera</strong> y, al llegar a casa, les tocaba hacerlo también dentro hasta que las pilas mentales se les agotaban y, por supuesto, también las del cuerpo. O cuyos progenitores no sabían leer. O que sabían pero les costaba apañarse en este idioma y con este alfabeto. </p><p>Por otro lado, hay pisos mínimos habitados al máximo en los que las camas son literas que <strong>se entrelazan en un tetris infinito </strong>que llega al techo y en donde las pertenencias no tienen hueco ni mucho menos las enciclopedias. Hay familias que, como mucho, tienen una habitación propia, que no una vivienda entera, y para las que las estrecheces son tan estrechas que comprar un libro puede ser una gesta capaz de <strong>desequilibrar la economía diaria</strong>, semanal o hasta mensual. Y pese a todo se adquiere o se intenta.</p><p>Y sí, menos mal que para resolver este tipo de carencias están las bibliotecas públicas. Ahora bien, ¿con qué documento de identidad puedes hacerte socia si no tienes ni NIE porque <strong>estás en situación irregular</strong>? Habrá sitios en los que valga el pasaporte del país de origen o que retuerzan las normativas para darlas de sí y ensancharlas a fin de que nadie se quede fuera, menos mal. Y aun así, superado este escollo, ¿qué dirección pones si no estás <strong>empadronada en ninguna vivienda</strong>? Y otra pregunta más, si acabas de llegar, ¿cómo tienes la cabeza cuando todo es miedo, explotación, desconocimiento y urgencia? Con ese panorama, ¿resulta prioritario hacerse el carnet de la biblioteca? </p><p>Por eso, aun teniendo claro que la<strong> apuesta por lo público </strong>es la mejor de las opciones, siempre y cuando se adapte a las múltiples realidades, también me parecen hermosas y necesarias las iniciativas vecinales que no dependen ni de edificios ni de burocracia. En mi municipio, por ejemplo, hay una especie de armarios sin llave adosados a contenedores de reciclaje en donde<strong> la gente deja libros para quien quiera </strong>llevárselos. He visto de todo, hasta apuntes de la facultad. Lo ideal es que quienes los recogen, los lean y los devuelvan para que no se rompa la cadena de solidaridad lectora o que dejen otros. Lamentablemente, no siempre pasa y buena parte de los que me he topado están vacíos. Mi primera conclusión es que detrás de esa nada perpetua está la reventa y<strong> la necesidad de muchos bolsillos, </strong>ya no de llenarse, sino de meter algunas monedas. No obstante, y esto es mucho elucubrar, puede que la necesidad sea otra y esté vinculada a querer tener en casa algo que nunca poseyeron, a leer de manera compulsiva todo lo que se les pone delante debido a que en su infancia casi no pudieron, a <strong>aprender la lengua poco a poco</strong>, palabra a palabra y página a página o hasta a deshacer los prejuicios propios y ajenos, en posibles visitas de ligues que crean que “ahí no es” …</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 26 Apr 2025 15:39:31 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lucía Mbomío]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Si no tiene libros en casa, ¿ahí no es?]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Pobreza,Migración,Vivienda]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Si te duele, ponlo en marcha tú]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/pero-el-barrio-no-sale-de-una/si-duele-ponlo-marcha_129_1968487.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0e472385-1ef4-4540-bd74-d1dd64595ebc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Si te duele, ponlo en marcha tú"></p><p><strong>Patricia del Casar es de Alcorcón</strong>, en su jornada laboral se dedica a vender pintura y, pese a que siempre estuvo a favor de la causa palestina, no militaba activamente en ninguna colectiva. Sin embargo, desde hace unos meses, tras uno de esos bombardeos retransmitidos en directo a través de las redes sociales, decidió que resignarse ante un genocidio jamás debería ser una opción. Después de otro día, otro más, viendo muertes, escombros, polvo y sangre tuvo claro que no quería normalizar ni la falta de atención médica ni la pobreza ni el hambre. <strong>Necesitaba generar un cambio </strong>y no sabía por dónde comenzar pero sí que quería darle ejemplo a sus tres hijos y enseñarles que las heridas deben escocernos aunque se hayan abierto a docenas de miles de kilómetros o a pesar de que no seamos nosotras, las de Occidente, las únicas víctimas dignas de ese nombre, parece, quienes perdamos la vida. </p><p>Con todo eso latiéndole dentro, contactó con tres amigas. Primero con <strong>María</strong>, una trabajadora social con quien comparte visión y esperas cuando suena la sirena y sus peques salen de la escuela. Más tarde, le llegó el turno a <strong>Alicia</strong>, una profe que confía en la educación para construir un mundo mejor y que en su grupo siempre defendió mil causas. La siguiente fue <strong>Isabel</strong>, alguien que se apaña bien pidiendo permisos para las manifestaciones y que sabe exigir valiéndose de un megáfono. De sus conversaciones nació<a href="https://www.instagram.com/alcorconconpalestina/" target="_blank"> Alcorcón con Palestina</a> y, ya desde el principio, con varios objetivos clarísimos:  <strong>denunciar, recordar y hacer pedagogía.</strong> También, con la finalidad de explicar que lo que vemos hoy no es algo nuevo sino la continuación de una agresión, intrusión y expulsión que lleva jodiendo a un pueblo demasiadas décadas y que se ha cargado demasiadas vidas. Eso, por supuesto, con la connivencia de medio planeta que o apoya o no dice nada o dice pero no hace. </p><p>La cosa es que ese grupúsculo pequeñito, hace menos de un año, comenzó a dar sus primeros pasos y, poco a poco, fue haciéndose más grande incorporando a gente de su entorno y a otras personas de la localidad. Como <strong>Miguell</strong>, ligado hace más tiempo a movimientos pro Palestina radicados en Madrid capital y cuya pareja, <strong>Nadwa</strong>, hispanopalestina, tiene a parte de su familia en Gaza. </p><p>A partir de ahí, empezaron las actividades a resguardo y a cielo abierto y las ideas abstractas devinieron charlas en primera persona a fin de ponerle voz, rostro, nombre e historia al horror. Lo anterior fue generando adhesiones, la mayoría, vecinas y vecinos de más de cincuenta años que heredaron y continuaron las luchas por conseguir derechos para el barrio de quienes les precedieron. La lástima, comenta Miguel, es que <strong>parece no haber un relevo por debajo de los 40</strong>. “Hay muchas personas que se activan solo en internet y no es que haya que salir de X para ir a Bluesky, por su deriva ideológica y agresividad, más bien, habría que dejar las redes sociales para volver a la calle y ser el ejemplo de las generaciones venideras“, señala apesadumbrado. Y en Alcorcón con Palestina hacen justo lo contrario: sin abandonar la presencia digital, <strong>abogan por lo analógico, </strong>se dan a conocer mediante el boca a boca, pegan carteles y se juntan en asambleas para urdir planes innovadores. Hay ocasiones que con mucho éxito, además. Como cuando en la Navidad pasada organizaron una vigilia a la que asistieron 200 personas y en la todopoderosa Madrid, el grupo <a href="https://www.bdsmovement.net/es" target="_blank">BDS</a> (Boicot, Desinversiones y Sanciones) y la <a href="https://comunidadhispanopalestinamadridblog.wordpress.com/acerca-de-2/" target="_blank">Asociación hispano-Palestina de Jerusalén </a>replicaron esa acción con idéntica afluencia.</p><p>Citados quedan, pues, los hitos con regusto agridulce debido a que el genocidio no cesa y eso genera tal indignación que los dientes de un montón de personas se han astillado de tanto apretarlos y los nudillos se les han vuelto traslúcidos ya que no pueden permitirse abrir los puños. A estas alturas, cabe preguntarse si protestar puede servir para frenar los asesinatos de civiles y a la vista está que no; ahora bien, quizá sí para <strong>dejar patente el desacuerdo ante las injusticias,</strong> lo mucho que duele que haya gente sufriendo y hacerle llegar a esa parte del mundo resiliente que hay otra parte que ya no quiere ser testigo mudo de sus padecimientos. Con la que está cayendo, es tiempo de seguir desgañitándose y gritar “basta ya” en Palestina y, ya que estamos, en República Democrática del Congo o en Sudán. Y aquí, más cerquita, con el hecho de que sigan malviviendo en la Cañada Real. </p><p>Pero, entre tanto,<strong> que a los espacios de lucha y abrazo se pueda ir andando </strong>y no haga falta subirse al coche, al metro o al autobús porque estos suelan estar situados en los centros de las ciudades es una buena noticia. Encima, estando a mano, se puede acudir con toda la familia. </p><p>La cita de Alcorcón con Palestina será <strong>este sábado en el parque de La Paz</strong> y ese día se leerá poesía. Seguro que no muy lejos de tu rinconcito de referencia, hacen algo y, de no ser así, haz como Patricia y ponlo en marcha tú. Toca continuar sumando.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 28 Mar 2025 18:45:54 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lucía Mbomío]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Si te duele, ponlo en marcha tú]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Alcorcón,Palestina,Gaza,Movimientos sociales]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿A cuántas mujeres negras tienes en tu agenda?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/pero-el-barrio-no-sale-de-una/mujeres-negras-tienes-agenda_129_1955072.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0e472385-1ef4-4540-bd74-d1dd64595ebc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿A cuántas mujeres negras tienes en tu agenda?"></p><p>Escribía la periodista Ángeles Caballero en su perfil de LinkedIn que marzo es el momento en el que llegan “150.000 correos con propuestas de entrevistas con mujeres, como si acabaran de florecer y estuvieran en oferta”. Lo que dice es tan real que estomaga. <strong>Y luego estamos las mujeres no blancas</strong>, aquellas de las que solo se acuerdan cuando alguien mira el cartel listo para el Día D y se da cuenta de que es tan blanco que podría tratarse de un anuncio de lejía. </p><p>Entonces, comienza el pánico: ¿qué dirán del acto, de quienes lo organizan y del mensaje de una mesa en la que se supone que se va a abordar la igualdad si falta color? ¿Y qué hacen para tratar de enmendar su error? Me gustaría decir que llamarnos, pero la realidad es que, más que eso, <strong>nos queman el teléfono a horas del evento</strong>, en el <em>Last Minute</em>, como dice la asesora legal y amiga afromadrileña Ana Bibang. Nos necesitan como bomberas con el objetivo de que prevengamos futuros fuegos. Y lo peor es que nos quieren siempre dispuestas, pendientes de sus llamadas y necesitan nuestras pieles pero les dan igual nuestras palabras durante todo el año e incluso en esta semana mágica. Tampoco les importa lo que tengamos que contar, de lo contrario, se molestarían en conocer nuestros discursos antes de invitarnos. Pero hay espacios en los que<strong> nos solicitan en calidad de negra</strong>, como si eso, en lugar de una maravillosa casualidad, fuera un título estudiado en la universidad de “Negriland” que nos confiriera conocimientos. Como si no tuviéramos profesiones, oficios y saberes que parten no solo de lo vivencial, que también, sino de las lecturas, de la investigación y de desenterrar, que es lo que nos ha tocado porque muchas veces están ocultos, los hechos, las vidas y las teorías a las que echaron tierra para ocultar nuestra presencia y nuestras reivindicaciones. Tanto es así que no es raro que, a escasas horas de que comience el acto, es cuando nos preguntan de qué vamos a hablar. Y les entran los nervios por si tenemos un discurso demasiado radical. A saber eso qué será. </p><p>¿Y por qué vamos? Pues porque si no asistimos en estos días, ya no podremos hacerlo el resto de las 53 semanas que tiene el año, básicamente porque no nos van a invitar a según qué foros en los que más que en ningún sitio tendrían sentido nuestras palabras. Cuando, no obstante, no podemos acudir porque ya tenemos otros compromisos, nos piden el contacto de otras mujeres negras. Y no añaden nada más. <strong>El perfil profesional es negra.</strong> Tú currándote el currículum y resulta que en ese día en el que se acuerdan de que existimos, vale más la melanina que los másteres y/o las décadas de militancia y trabajo. Hay compañeras que no pasan contactos porque entienden que las organizaciones tienen que hacer sus deberes de pesquisa, yo sí suelo compartirlos ya que considero que cualquier oportunidad es buena para que se escuchen discursos que suelen estar abocados a nuestros microcosmos, sin embargo, cada día me planteo más si esto tiene sentido. </p><p>¿Por qué? Porque, de repente, pasas de ser la negra ignorada a la negra única. Lo decía también hace bien poco<strong> Perla Obama</strong>, Afropoderossa en redes sociales: te ves exponiendo o, casi siempre, defendiendo posturas en una soledad absoluta, con la falta de comprensión, la estupefacción, la negación o la confrontación directa como respuesta y estando en minoría, sin nadie alrededor que pueda apoyar tus intervenciones o, al menos, no contradecirlas todo el rato. Y, por mucho que nos haya tocado ser guerreras, fuertes a la fuerza,<strong> no es agradable ser la nota discordante,</strong> la incómoda, la que rompe las dinámicas de armonía y coincidencia discursiva sin alguien que asienta a nuestro lado. </p><p>Pero la dinámica de la negra única es algo más profundo. Implica pensar que solo existe una corriente dentro de una comunidad, pese a su enorme diversidad y complejidad. A la negra única, además, se le infiere una todología sobrenatural y, por supuesto, que conozca cada uno de las fechas, acontecimientos históricos y entresijos varios del racismo, aunque ella sea experta en física cuántica o en astrología. Así pues, a pesar de que esté hablando de osos pandas u ornitorrincos, en algún momento, le preguntarán no cómo se expresa el racismo en esos ámbitos si no si existe el racismo porque, a estas alturas seguimos planteándonos esa pregunta como sociedad. Por otro lado, incluso si la negra única va a hablar exclusivamente de racismo, creerán que puede tocar todos los palos y tratar cuestiones vinculadas al ámbito jurídico, a la representación en medios de comunicación, a la IA, la medicina, las canciones protesta de Soweto o la gastronomía, cual todóloga experta. Y, además, da igual el contexto, en principio en el Estado español, pero, en un momento dado, como debes saberlo todo, porque para eso eres negróloga, te pueden preguntar por Zimbabue, Papúa Nueva Guinea o Groenlandia. Y, en muchas ocasiones, tu único currículum necesario para que te infieran tremendo e ingente conocimiento es haber hecho unas historias en instagram o un vídeo en tiktok, algo importante, útil y hasta profesional en esta época pero no como voz omnímoda. Y esto vale también para mi gremio, el periodismo, que <strong>en lugar de hacer sus deberes y racializar la agenda</strong> buscando en asociaciones o en colegios de profesionales, como se ha hecho toda la vida, tirará siempre del mismo contacto debido a que tiene “fologüers”. Quizá sea porque no espera profundidad, palabra o reflexión, es suficiente con la piel y si encima tiene algo que decir la mujer, pues oye, mira, ¡genial!. Pero si no, pues na. </p><p>Imaginen que ese fuera el criterio de búsqueda para cualquier otra persona, dónde quedaría el rigor y cuántas voces válidas y expertas se opacarían. Porque, además, el problema no es que se dé pábulo a cierta gente sino que tanto a medios, como a podcast como a organizadoras de eventos, festivales y demás les valga con una. Con la única. Con la que está de moda en ese momento y luego, una vez haya aparecido, ya se puedan quitar el marrón de las racializadas de encima hasta el próximo año o lustro. La negra única puede no citar las fuentes en las que se inspira, debido a que siente una presión enorme derivada de tener que ser un oráculo y le toca fingir que las ideas recicladas de mil pensadoras, de mil orillas, de mil pueblos negros paridas ya no hace años sino hace siglos, son suyas.<strong> A la negra única la endiosan y exprimen a la vez </strong>y la pasearán no tanto para que se la escuche como para que se la vea. La drenarán hasta dejarla seca para luego ir a por la siguiente y operar de igual forma. Y después… NEXT. </p><p>Este tipo de comportamiento, además de poco riguroso, <strong>implica incurrir en lógicas individualistas y capitalistas, </strong>que borran de un plumazo la primera persona del plural, los discursos que nacieron hace siglos, nuestro acervo histórico comunitario y nuestras luchas, en pasado y en presente que, si en algunos casos se ganaron, es porque fueron muchas las mujeres que se dejaron la piel (negra) y no solo una.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 07 Mar 2025 19:20:11 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lucía Mbomío]]></author>
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      <media:title><![CDATA[¿A cuántas mujeres negras tienes en tu agenda?]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Racismo,Minorías raciales,Medios comunicación,Mujeres]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Paisajes y paisanaje]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/pero-el-barrio-no-sale-de-una/paisajes-paisanaje_129_1946931.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0e472385-1ef4-4540-bd74-d1dd64595ebc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Paisajes y paisanaje"></p><p>El otro día, un compañero de trabajo me dijo que <strong>buscaba piso de alquiler </strong>y que estaba desesperado porque los precios son tan altos que si se quedara en su zona, cada día más llena de viviendas turísticas, se le iría más de medio sueldo en pagarlo. Le sugerí que se viniera a mi localidad y se le torció el gesto. Desde que llegó a Madrid, vive en la capital, no en el centro absoluto, en el que <strong>el metro cuadrado está a trillones de euros</strong>, pero sí en lo que ahora han decidido llamar también centro por la manía que tienen las inmobiliarias de ir sentenciando a quienes habitan ahí al abandono de su residencia habitual por la subida de precios. </p><p>El caso es que yo, que realmente quería echarle una mano en esa misión imposible de vivir sin tener que morir un poco en cada transferencia, pensé en todas las cosas buenas de residir en mis coordenadas y me quedé con la que considero que es la mejor: <strong>los parques. </strong></p><p>Le expliqué que hace no mucho vinieron unos amigos de Colombia y que,  si no fuera porque sé muy bien dónde vivo, me hubiera creído Luis XIV. No por mi afición al lujo, por mis posesiones o debido a que me mole el absolutismo, sino por<strong> los jardines de Versalles</strong>. Dado que en su zona del mundo solo hay dos estaciones, estaban admirados por cómo se expresa el invierno este que nos está saliendo medio otoñal. No paraban de comentar lo precioso que les parecía todo. Alucinaban con los ocres, los ámbar y los granates en el paisaje, con las hojas que crujen al pisarlas y hasta con los árboles que, sin ellas, se quedan desnudos y ateridos a la espera de parir los brotes que anuncian la primavera. </p><p>La cosa es que <strong>no estábamos ni en un parque, caminábamos por una acera de Alcorcón</strong>, puro extrarradio al que amo, al que defiendo y que me parece maravilloso puesto que aquí están buena parte de las personas a las que quiero. Ahora bien, jamás, llámenme rara, había pensado en él en términos de cuadro de Monet, como mucho y, con orgullo, del Zeta. Lo cierto es que a nuestro alrededor había<strong> matorrales delante de los edificios</strong>, árboles plantados hace décadas con un aspecto apañado y terrazas de bares con vistas a zonas ajardinadas que vienen genial para que los perros se echen unas carreras. Sin embargo, a mi modo de ver, nada de eso tenía rango de parque. Al suyo sí. Es más, al suyo, aquello era Central Park en cualquier peli de chico conoce a chica y blablabla. Impresionante.</p><p>Como buena extrarradiera, yo no bromeo con los parques. De hecho, los considero algo muy serio. Qué digo serio, <strong>son toda una institución</strong>, un ecosistema en el que muchos seres vivos interactúan y en el que casi cada individuo de los que residen a su alrededor atesora, al menos, una anécdota… o mil.</p><p>Dado que por estos lares hay muchos<strong>, aunque no tengan nombres bien como “Retiro” o “Capricho”</strong>, pienso en el que me pilla más cerca. Lejos de asociarlo con lagos, barcas o bulevares con estatuas, me viene a la cabeza el recinto perril, en donde<strong> los canes</strong> tienen su tiempo de ocio, disfrute y socialización. Sus compis humanos, entre tanto, hacen migas con otros humanos que empiezan preguntando cómo se llama la mascota y, tras muchos días encontrándose en el mismo sitio y a la misma hora, acaban arreglando el mundo, contándose confidencias o las dos cosas.</p><p>Unos metros más allá están <strong>los columpios </strong>esos de ahora, que son enormes obras de ingeniería y un poco como los libros que había de<strong> “elige tu propia aventura”</strong>: sabes por dónde empiezas pero no cómo ni dónde, minutos después, terminas. Lo bueno es que, de concluir el recorrido, acabas en suelo mullido, no como en mi época, en la que, en el mejor de los casos, clavabas las rodillas en arena con piedrecillas.</p><p>Luego están <strong>los petanquistas.</strong> Los, en masculino, ya que casi todos son hombres, pese a que hace no mucho también vi a una mujer en la <em>crew</em>. No tengo ni idea de dónde se conocieron ni cuántas décadas llevan jugando, desconozco si son eternos o se han ido dando el relevo de padres a hijos, solo sé que ahí están, echando la mañana, haciendo deporte aunque sea un poco, y celebrando con abrazos y vítores cuando ganan, como si aquello fueran los Juegos Olímpicos.</p><p>No muy lejos de ahí, andan <strong>el </strong><em><strong>viegimnasio</strong></em><strong> y el </strong><em><strong>jovegimnasio,</strong></em><strong> </strong>que son más o menos lo mismo pero con distinto formato: unos tienen máquinas en las que puedo atreverme a hacer algo y las otras, en cambio, son como Transformers, más grandes y robustas. Estas últimas no las tocaría ni con un puntero láser puesto que ni sé cómo funcionan ni creo que pudiera levantar un gramo. Eso sí, me encanta ver a la gente usar el mobiliario urbano, <strong>tomar la calle, no solo pisarla, hacer el barrio suyo,</strong> relacionarse, mover el esqueleto, de manera literal y, de paso, ganar salud, que belleza, en las periferias, nos sobra. ¿Acaso no es bello saber que la vecindad es algo más que compartir ascensor o portal?</p><p>El recorrido cierra con un grupo haciendo<strong> gimnasia y/o baile</strong>, en el que, entre varias mujeres, como mucho hay un par de hombres. Tienen la música a tope y ni aún así consiguen tapar del todo el ruido que hacen las cotorras argentinas, a las que ya de argentinas les queda poco debido a que llevan muchos años anidando en nuestra zona. Suenan temas pegadizos, algunos fueron canción del verano en sus años mozos, otros en los míos y también los hay actuales. No voy a mentir, hay momentos en los que me apetecería unirme y lo haría de no ser porque me da vergüenza no estar a su nivelazo. Ellas llevan semanas ensayando la coreografía en ese entorno fantástico, con árboles por todos lados y bien de espacio para estirar el cuerpo y hasta el alma, para<strong> respirar el aire, quizá no puro, de las montañas, pero sí más libre de humos grises</strong> y mucho más lleno de conversaciones y cuidados vecinales. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 22 Feb 2025 18:18:32 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lucía Mbomío]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Paisajes y paisanaje]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Medioambiente,Vivienda]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El lugar en el que he pasado más tiempo de mi vida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/pero-el-barrio-no-sale-de-una/lugar-he-pasado-tiempo-vida_129_1930635.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0e472385-1ef4-4540-bd74-d1dd64595ebc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El lugar en el que he pasado más tiempo de mi vida"></p><p>En algún momento del año pasado leí que en el Estado español <a href="https://carrilbus.com/solo-el-125-de-los-desplazamientos-al-trabajo-o-centro-de-estudios-se-realiza-en-transporte-publico-en-espana" target="_blank">solo el 12,5%  de los desplazamientos al trabajo o al centro de estudios se producen en transporte público. Si bien es cierto que hay un 17,1% afortunado que va andando, el resto, nada menos que un 61.3%, utiliza su propio coche.</a> Lógicamente, esto va por lugares, ya que no todos los sitios cuentan con un servicio de transportes eficiente. O de transportes a secas. <strong>Madrid, Barcelona y Bizkaia</strong> encabezan la lista de ciudades en las que la gente más se mueve en metro, autobús o tren. </p><p><strong>Vivir en la periferia de una gran urbe pero trabajar en su almendra deja pocas opciones. </strong>Ya no solo se trata de ahorrar emisiones de CO2, que ya bastantes tenemos, o dinero en gasolina, que ya bastante poco nos queda, sino también de no poner a prueba nuestra paciencia, la que se pierde en los atascos enormes que te saltas si coges el tren o el suburbano.</p><p>Cuando lo haces de manera habitual, acabas por sumarte, involuntariamente, a una especie de coreografía en la que participan cientos o miles o cientos de miles de personas que habitan en los extrarradios y que repiten sus pasos, con ligeras alteraciones, casi a diario. Por eso, no siempre vemos lo que tenemos delante, ni tampoco lo escuchamos. Nos dejamos llevar por <strong>esa sinfonía rara</strong> en la que suenan los pitos que anuncian el cierre de puertas o los de los tornos al pasar el bono y se entremezclan con un montón de toses, estornudos y conversaciones <em>face to face </em>o telefónicas. </p><p>Pero si te detienes a observar, tiene un punto curioso, como de <strong>espectáculo urbano </strong>en el que caben el sueño, las legañas o maquillarse a pulso en espejos mini y que luego se quede la raya del ojo como si te la hubieras hecho en mitad de un terremoto de 8 grados en la escala Richter. Y en el que huele a los periódicos gratuitos, a gel y a cruce de colonias y desodorantes por las mañanas y a su abandono cruel por las tardes. Especialmente, en verano. En el que esta nueva especie de homínidos a la que pertenecemos levanta los hombros, agacha el cuello y<strong> entierra su rostro en</strong> <strong>una pantalla </strong>para charlar a través de audios<strong> </strong>que luego reproduce a doble velocidad o para ver vídeos de perros o de gatos que dan vía libre a tu ternura cautiva o para, a renglón seguido, reventar las teclas del teléfono respondiendo con ira a mensajes de gente a la que no conoces y que opina diferente en redes sociales. Segundos después, y sin despeinarte, puedes (puedo) escribir emails formales y hacer llamadas de curro con el fin de aprovechar los tiempos muertos, aunque haya tramos en los que la voz suene como la de un robot debido a que la cobertura va y viene. Como el Guadiana.</p><p>Por cierto, río no, en todo caso oasis es encontrar a personas que mantienen la bella costumbre de<strong> leer libros en papel,</strong> de esos en los que todavía se hace el gesto de pasar páginas provocando una especie de crujido tenue que acaba por volverse inaudible puesto que en cada parada suben más pasajeros. Hacerse un hueco es puro Tetris. No obstante, a pesar de la falta de espacio y hasta de aire, hay quien tiene ganas de cháchara. Aun no prestando atención a la conversación, ya sabes, por las ojeras que tú también llevas puestas, que<strong> las exigencias son altas y los sueldos bajos</strong>. Y, al lado, los estudiantes que barren el suelo con sus mochilas y sostienen los apuntes con los dedos agarrotados y los nervios tensionándoles la cara cruzan los dedos con el objetivo de ahuyentar escenarios futuros probables.  </p><p><strong>“Fucking mileuristas”,</strong> pensarán algunos de los que comparten vagón, como si por decirlo fueran a dejar de serlo, pudieran librarse de sus desplazamientos en Renfe o jubilarse a los 30. Ja, ja, ja. </p><p>Y, mientras tanto, en invierno, los abrigos hacen frufru al rozarse. Los roces deliberados con algo que no sea el abrigo granjean hostias en <em>toa</em> la cara o, cuanto menos, sus buenos gritos. Lo más parecido a la paz es poder quedarse mirando por esas ventanas con cristal ahumado y dejar atrás los edificios vacíos, las carreteras abarrotadas y las estaciones llenas porque el tren anterior se ha estropeado. Otra vez. O responder a la sonrisa del bebé que está sentando enfrente.<strong> ¿Acaso eso que dura tan poco es el nirvana? </strong>Pues ni tiempo te da a averiguarlo, ya que enseguida vuelven el trasiego, la mezcla de acentos, colores y dolores de espalda puesto que hay mudanzas, vidas o mercancías que se llevan a cuestas. En esta época, además, son viajeros habituales los repartidores que sujetan la bici con una mano y con la otra el envío de turno. En sus ojos se localizan, sin necesidad de GPS, <strong>las ganas de acabar con todo y volver a casa. </strong></p><p>No sé si casa pero sí hogar le encantaría tener a la persona que pide, bueno, para él y para su familia, porque se quedó sin trabajo, y a ver qué hace ahora a esta edad. Y cuando aún estás buscando <strong>unos euros en el fondo del bolsillo</strong>, llega el “hola, buenos días, un poquito de música para amenizar su viaje”. Qué bonita voz. A la chica se le olvida la letra y pide perdón, como si nos debiera algo y no nosotros a ella, que le ha puesto belleza a este trayecto. </p><p>Pi, pi, pi. Tu estación y quién sabe, quizá también, alguna identificación por perfil racial. </p><p>Al fin sales con la sensación de haber pasado ahí días y es tan temprano y tan invierno que ni el sol ha aparecido.  </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 25 Jan 2025 18:27:42 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lucía Mbomío]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El lugar en el que he pasado más tiempo de mi vida]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Transporte,Metro,Trenes,ciudades]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Las campanillas de papel de aluminio de Merche]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/pero-el-barrio-no-sale-de-una/campanillas-papel-aluminio-merche_129_1920581.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0e472385-1ef4-4540-bd74-d1dd64595ebc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las campanillas de papel de aluminio de Merche"></p><p>–¡Perdón! </p><p>–¡Joder!</p><p>–¡Uy, disculpe!</p><p>Y así todo el rato mientras arrastras los pies, carraspeas y hasta finges un ataque de tos, por si eso sirve para que la persona que te precede acelere el paso y poder dejar de sentirte atrapada en esa procesión de ocio, neones y consumo que discurre por las calles del centro de las ciudades. Pero es que quien va delante de ti tiene la misma sensación porque estáis en un atasco peatonal equiparable al de la operación salida en los agostos en los que no escalonábamos nuestras estampidas rumbo hacia donde fuera y, de ese modo, huir del calor. Solo que, ahora, además de producirse en la carretera, se dan en las aceras. <strong>Desde arriba deben lucir como una especie de cadena de seres humanos que boquean en la nuca de otros seres humanos</strong>. </p><p>Esto que digo también es aplicable a las escaleras mecánicas de las estaciones de metro que están situadas en las inmediaciones de las calles comerciales y cuyo lado izquierdo, el que se supone que es el ágil, <strong>durante el mes de diciembre vive en permanente retención</strong>. </p><p>Por eso, <strong>yo siempre me encuentro mejor en mi periferia</strong>. El otro día<strong> </strong>me puse a caminar un poco sin rumbo por ella para ver qué me encontraba en esta época. En mi periplo me topé con uno de esos ejercicios hermosos de cooperación vecinal: de las copas de los árboles diseminados por la plaza que estaba atravesando pendían un montón de campanillas silentes. Me acerqué y comprobé que eran vasos de plástico forrados con papel de aluminio y que los badajos habían sido confeccionados con tela. Pura I+D, imaginación más desparpajo al servicio del barrio. En el jardín había belenes, papás noeles y bolas de las que se ponen en los abetos sobre arbustos engalanados por la gente que vive en los bloques aledaños. Y todo flanqueado por una valla que ahora tiene más pinta de empalizada multicolor ya que está cubierta por las postales navideñas hechas a mano por las y los peques del vecindario que, con su caligrafía pueril, escriben sus nombres o le lanzan buenos deseos a cualquiera que se pare a leerlas. </p><p>Me puse a grabar y a hacer fotos a esa maravilla y descubrí a su impulsora que andaba por ahí, sentada en un banco. Se llama <strong>Mercedes García</strong> y no quería darse importancia, sin embargo la merece, puesto que lleva años liándola para bien. Gracias, Merche.  </p><p>Tras esa parada, desplacé la mirada de los árboles a las terrazas. En mi localidad hay una de obligada visita, tanto es así que hasta sale en el periódico local: <strong>la de los abuelos de Thiago y Valentina</strong> que cada año dibujan sus nombres con bombillas de colores con el objetivo de recordarles que les quieren a diario y que en fiestas lo gritan. No muy lejos, hay otra parecida, con un muñeco de nieve gigante que saluda brazos en alto a los transeúntes. Situado casi en el centro de su edificio, destaca por su tamaño y debido a que está rodeado de balcones desnudos, ya sea por falta de ganas de ponerse a hacer manualidades, por ausencia de fe católica o/y de infancia cerca o porque al lado de tremendo monumento, cualquier ornamento, aun sin serlo, se vería pequeño. La mayoría, no obstante, lucen discretos, con ledes y algún que otro adorno para celebrar que llegan los días de asueto. O por los viejos tiempos. </p><p>A diferencia del centro atestado, <strong>cada día que pasa, aquí hay menos gente debido a que no vienen turistas</strong> y a que muchas de las personas que viven por estos lares provienen de fuera. Cuando llegan estas fechas, por tanto, si su lugar de origen les pilla medio cerca y su bolsillo se lo permite, se marchan, se juntan con la familia y cambian la anosmia urbana por el olor a pueblo en invierno: una mezcla de madera quemada en las chimeneas con guiso en el fuego bullendo. Eso en nochebuena, en nochevieja vuelven y, entonces sí, esto se llena de gente porque regresan los que acababan de irse y los que se marcharon hace años para juntarse en algún salón. El “deséxodo” es tal que los coches se aparcan en donde sea y, por un día, las autoridades miran hacia otro lado.  </p><p>Volviendo a la comida, la cesta navideña es más una carrera de fondo que un esprint. Si tienes la suerte de coincidir en el ascensor con ese vecino que tiene huerta en el pueblo y que lo mismo te regala calabacines que uvas, tomates o lo que toque, en función de la estación, triunfas. Pero, claro, <strong>para eso no hay que correr los cien metros lisos por el portal, con el fin de evitar coincidir</strong> por miedo a tener que hablar en el breve lapso que hay desde el bajo hasta el cuarto. En un cuarto justo viven mis padres y es en diciembre cuando reaparece en su salón la bandeja plateada, que no de plata, que solo se usa este mes y para poner los roscos de vino, los polvorones, el turrón duro, el blando y, así, como gran modernidad, el de chocolate. </p><p>Y, nada, después de las cenas, con lo que cada cual puede llevar a la mesa, en mi juventud, el 31 creíamos que estábamos en las Fallas de Valencia. Ya podía hacer un frío de mil demonios, que nos asomábamos a la ventana a ver a la gente con sus bengalas, sus petardos y sus fuegos artificiales. <strong>Había una especie de pique interbloques que ha ido desapareciendo</strong> gracias a que hemos entendido que hay gente y mascotas que sufren mucho y que se puede celebrar sin tanto ruido.</p><p>Ya no sé qué pasa después de las doce y cinco. Antes, tocaba botellón, que podía ser sin alcohol, o cotillón o, yo qué sé, cosas que acababan en “on”, supongo. Ahora, ni idea, <strong>a estas alturas del 2024 llevo tal cansancio encima que, si llego a las uvas, será un milagro laico</strong>. Sea como fuere y hagáis lo que hagáis, incluyendo dormir, que es bien sano, feliz año. </p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[80c285ce-d556-4e60-88d5-68a5b3b12281]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Sat, 28 Dec 2024 18:22:43 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lucía Mbomío]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Las campanillas de papel de aluminio de Merche]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Navidad,Barrios]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Comercio de barrio: olvido, traición y guerra fratricida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/pero-el-barrio-no-sale-de-una/comercio-barrio-olvido-traicion-guerra-fratricida_129_1907969.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0e472385-1ef4-4540-bd74-d1dd64595ebc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Comercio de barrio: olvido, traición y guerra fratricida"></p><p>A veces, las redes pueden ser útiles para difundir ciertos mensajes que <strong>no siempre se abordan a las claras aunque pululen a diario</strong> hasta en el aire que respiramos. O puede que sea por eso. Algo así como una bruma perpetua que nos hacer ver borroso lo que tenemos delante pero de cuya presencia ni hablamos, ya que nos hemos acostumbrado a la falta de definición y, en algunos casos, <strong>incluso a vivir, cómodamente, entre tinieblas</strong>. </p><p>Cuando esos mensajes se convierten en vídeos o en memes, <strong>se transforman en conversación</strong> y, entonces, les ponemos cara o sitio o nombre o las tres cosas. Se genera debate o, cuanto menos, chascarrillo. </p><p>Esto lo digo porque el otro día me llegó un vídeo de <strong>Álvaro Casares</strong>, uno de esos tipos que me caen bien en esa tela de araña que es Instagram, y la nostalgia provocó que se me arrugara el pecho y, con él, lo que está dentro. Casares hablaba, con un deje periférico y un mundo noventero y dosmilero con el que me identifico, <strong>de las bondades del comercio de barrio</strong>. Nada nuevo, quizá; sin embargo, con su creatividad y su gracejo, brindaba la oportunidad a todas las personas que le ven de recordar que son muchas. Paso a citar algunas: </p><p>En esos locales <strong>todavía se pide la vez</strong>, algo en desuso en esta época de máquina que expide papelito o de <em>self service</em>, y eso requiere cierta interacción con las personas que están alrededor y una espera. En el entretanto no digo que se estrechen lazos, se creen parejas o se retomen amistades del colegio, que podría ser, ojo, ahora bien, <strong>sí hay tiempo para breves desahogos sobre los asuntos de actualidad</strong>. Y vale todo porque qué cara está la luz esta semana, qué vamos a preparar en la cena de Nochebuena, qué dolor la dana y hay que parar el genocidio de Israel.</p><p>Hasta que te toca el turno, además de charlar, puedes observar muchas cosas. A Álvaro le llamaban la atención las manualidades <em>made in</em> la tendera o el tendero. Cuántas he visto y cómo molan. Desde las más curradas hasta las impresiones en color con tipografía en Arial 22 acompañando, por ejemplo, <strong>a una imagen de las ovejas del pueblo</strong> en el que se hace el queso ese con pintón que tienes delante. O del apicultor que hace el gesto de la victoria con los dedos enguantados responsable de esa miel que sueles comprar porque te sabe a gloria. Es que esa es otra, sabes de dónde vienen las cosas y la calidad es fetén. </p><p>Y, en mitad de esa exploración del entorno, te toca y la atención es de diez: si dudas, te aconsejan, si sabes lo que quieres pero no cómo prepararlo, te comparten la receta (ya no) secreta de la familia y si no tienes ni idea de las cantidades, te ayudan para que ni sobre ni falte. Como, encima, residas en tu barrio de toda la vida y la persona que te está atendiendo te haya visto crecer y/o envejecer y, precisamente por eso, le hayas dicho alguna vez eso de “luego te lo paga mi madre”, <strong>os comunicaréis sin palabras: levantará la barbilla, como queriendo decir “qué va a ser”</strong>, tú asentirás y con eso bastará para que te ponga lo de siempre. Así van las cosas en ciertos sitios. Y qué bonito. </p><p>Eso, refiriéndonos a la comida, pero <strong>es aplicable a la papelería, a la farmacia, al bar de al lado con las mejores tortillas de patata del universo</strong>, al establecimiento en donde has enmarcado todos los cuadros de tu casa, a la droguería o a la ferretería que está a un par de manzanas.</p><p>Lo cierto es que, volviendo a la publicación de Casares, las respuestas me resultaron del todo esperanzadoras. <strong>Un montón de gente señalaba lo importante que era apoyar esos locales de toda la vida</strong>, por lealtad, porque los conoces, para que no caiga en el olvido su saber hacer, porque te gustan y con el fin de que el barrio no muera o se convierta en un cementerio de locales con el cartel de “se traspasa”, o en viviendas sin cambio de uso o, peor, salas de juego. </p><p>No obstante, en mitad de todos esos comentarios hubo unos cuantos que llamaron mi atención: los de aquellas personas que culpaban no a nuestras jornadas laborales eternas que provocan que traicionemos las costumbres saludables y que lleguemos tardísimo a casa, cuando las tiendas ya están cerradas, ni tampoco a las grandes superficies y los supermercados que abren hasta las diez, incluidos los domingos. No. <strong>Responsabilizaban a los bazares regentados por personas chinas</strong> y a las fruterías de marroquíes. Como buena reactiva, o infantil o ingenua que cree que las redes sociales son un espacio para debatir, me dio por buscar datos y resulta que, según la agencia EFE, en 2022, <strong>las ventas minoristas de alimentación disminuyeron el 2,5%</strong> y, por el contrario, la superficie comercial de productos de gran consumo creció el 13% de 2008 a 2022. Por supuesto, los números no sirvieron. Es más, hay quien para rebatirme se sirvió de bulos, como el de que los chinos no suman nada a la economía del país ya que no pagan impuestos. </p><p>Es impresionante cómo los discursos de mierda xenófobos que parten de partidos, <em>youtubers</em> o <em>tiktokers</em> (también de mierda) han calado y logrado que <strong>haya una parte de la sociedad que piense que la culpa de sus males la tienen quienes están igual o peor</strong>, que jamás miran arriba para exigir cuentas, que consideran que pequeño comercio es una cosa y pequeño comercio llevado por no españoles otra. <strong>Qué pena y qué rabia y qué miedo</strong> lo que viene si no redirigimos esa mirada, si continuamos a gusto cuando nos aplastan, siempre y cuando la persona que lo haga sea blanca y de aquí.  </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 01 Dec 2024 18:47:30 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lucía Mbomío]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Comercio de barrio: olvido, traición y guerra fratricida]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Racismo,Comercio,Barrios]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Pero, entonces, el centro qué es]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/pero-el-barrio-no-sale-de-una/centro_129_1890619.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0e472385-1ef4-4540-bd74-d1dd64595ebc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Pero, entonces, el centro qué es"></p><p>Vivo en una ciudad que antes fue una aldea. La A5 se convirtió en la vía de llegada de un montón de gente<strong> que se sumó al gran éxodo rural</strong> producto del cambio de modelo económico y que, poco a poco, <strong>vació áreas extensas de España</strong> y abandonó el campo. </p><p>Esas personas, que necesitaban venir puesto que<strong> en su tierra no había opciones laborales</strong> o, simplemente, porque querían salir de ahí (aplíquese hoy también a quienes llegan de otros países), construyeron los barrios del sacrificio<strong> de las periferias </strong>y de lo que, poco a poco, fueron convirtiéndose en ciudades dormitorio. Después de<strong> hincharse a trabajar</strong> durante la semana, los domingos levantaban con sus propias manos sus hogares, y luego lucharon para que sus incipientes vecindarios <strong>contaran con alumbrado, alcantarillado, colegios u hospitales</strong>. Se dejaron la piel con el objetivo de transformar la enorme nada que rodeaba a los pequeños núcleos situados a kilómetros de las grandes urbes <strong>en un espacio habitable</strong>. Y más tarde, le confirieron alma e identidad a base de vivirlos. Todavía queda su impronta, eso sí, algo difusa, no tanto porque esas personas hayan desaparecido sino debido <strong>a que quienes ya nacieron aquí</strong> o vivieron desde su infancia no pueden narrar su historia ni continuar su legado. Hace demasiado tiempo que las generaciones que les sucedieron <strong>son incapaces de pagar los precios </strong>de los pisos, ni de alquiler ni comprando, y han tenido que marcharse llevándose la memoria de sus rinconcitos a otro sitio. Es como si de todos esos esfuerzos pretéritos por conseguir un bienestar común, en la actualidad solo estuvieran <strong>sacando provecho los especuladores</strong> y las inmobiliarias y no los descendientes de quienes pusieron el cuerpo y la voz para lograr cierto bienestar. </p><p>Más allá de romantizar mi vínculo con el <strong>lugar en el que he crecido </strong>y llevándolo a lo práctico, residir en mi barrio me permite tener a mis padres a un paseo. Ahora que van para arriba y que ni la cabeza ni las rodillas son las mismas, ya no solo me quieren <strong>sino que también me necesitan </strong>y, si puedo responder casi de inmediato a sus requerimientos, <strong>es gracias a que me pillan cerquita</strong>. Cuando les visito, me sigo encontrando a esos vecinos que antes iban corriendo y me preguntaban qué tal las notas y que, últimamente, <strong>arrastran los pies y llevan garrota</strong>. Por desgracia, hace años que fallecieron Mercedes o Ignacia, auténticas “vemigas”, una figura que resultaba del cruce de la amistad y la vecindad. Lo mismo se les podía ir a pedir laurel, porque hacía falta para la receta de turno, <strong>que se quedaban a mi cargo</strong> si mis progenitores se ausentaban. No era nada raro en la era previa al Spanglish y, por tanto, al uso de términos como <em>babysitting</em>.</p><p>Me fastidia pensar que, a día de hoy, <strong>debo considerarme afortunada</strong> por poder residir en un sitio en el que si me cruzo con una persona conocida, intercambiamos sendos “cómo estás” y lo hacemos con un interés real y en donde las conversaciones de ascensor o las de descansillo, que duran un poco más, <strong>hacen casi las veces de bando municipal</strong>. Son las que nos ayudan a adivinar, sin necesidad de ver su rostro, a quién va a llevarse la ambulancia que está parada delante del portal y, por tanto, a qué puerta llamar <strong>para preguntar qué tal</strong>. Y gracias a esas charlas informales, salvo en caso de infarto o de accidente, encajamos con dolor pero sin sorpresa los carteles pegados en la puerta del ascensor en los que anuncian <strong>el fallecimiento de cualquiera de las personas</strong> con las que compartimos edificio. <strong>Ahí toca arropar y acompañar</strong>.</p><p>Ojalá residir en nuestros barrios de infancia no fuera algo imposible. Qué maravilla sería <strong>que no inflaran los precios de los pisos</strong> y las inmobiliarias no tuvieran la jeta de llamar “centro” a <strong>Villaverde</strong>, a <strong>Carabanchel </strong>o a cualquier periferia, antes denostada y ahora gentrificada o en proceso de. La palabra y la acción tristemente de moda provocan la expulsión de demasiadas personas a las que han hecho sentir que sobran en los lugares que han contribuido a construir. Es triste, pero da la impresión de que<strong> poco importa que sus recuerdos estén anclados </strong>a los sonidos de los cierres de los comercios levantándose o cerrando siempre puntuales, a <strong>los graffitis que adornan las paredes</strong>, a los parques, a sus bancos, <strong>a los bordillos de las calles </strong>que usan para sentarse o con los que se han tropezado. A los usos y costumbres cotidianos que se generan en esos ecosistemas urbanos y que constituyen un sólido acervo comunitario. Qué pena que el vencedor en la pugna por el espacio “habitable”, solo con comillas, <strong>sea ese centro imaginario</strong>, ficticio e insaciable que, últimamente, parece no tener límites debido a que se extiende, imparable, hacia los cuatro puntos cardinales. Y lo fagocita todo, hasta la memoria, <strong>las luchas y los logros vecinales</strong>. </p><p>Quedarse en el barrio <strong>no debería considerarse un capricho</strong>. Implica mantener o hasta estrechar lazos, sin coche ni paradas de metro mediante, y, también, cuando las cosas se ponen feas y la salud se resiente, algo tan deseable<strong> como es cuidar y amar de proximidad</strong>.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 02 Nov 2024 19:48:01 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lucía Mbomío]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Pero, entonces, el centro qué es]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Vivienda,Barrios,Viviendas alquiler,Especulación inmobiliaria]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Pandillas y rabia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/pero-el-barrio-no-sale-de-una/pandillas-rabia_129_1875377.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0e472385-1ef4-4540-bd74-d1dd64595ebc_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Pandillas y rabia"></p><p><strong>Yo no entiendo de pandillas, pero sí de rabia</strong>, de caminar con los puños cerrados, de replicar entre dientes o gritando. </p><p>Más allá de los colores, no tengo ni idea de las diferencias entre Latín King, Trinitarios o Ñetas, pero sí soy consciente de lo importante que es para alguien de quien únicamente se espera el fracaso y que ha sido leída siempre como ajena sentir que pertenece a algo. </p><p>No tengo claro para qué sirve eso de poner los dedos de mil formas, pero <strong>sí sé lo que es pasarse una vida haciendo contorsiones con el fin de encajar en los huecos mínimos que nos dejan a quienes tenemos orígenes fuera</strong>, la piel oscura y/o rasgos que aquí nos extranjerizan.</p><p><strong>Desconozco qué sienten quienes agreden, matan o mueren en guerras entre bandos de iguales</strong> que, antes de comenzar a luchar, ya han perdido, pero puedo interpretar a las mil maravillas el papel de tipa dura, hacerme la fuerte, midiendo algo menos de 1.60, pelear sin ganas y lucir fiera cuando preferiría mil veces vivir en calma y que me acogieran.</p><p>Comprendo la desafección nacional de las personas mil leches o mil tierras, extranjeras en todas ellas salvo entre las cuatro paredes de la matria que es el barrio, pese a que o, más bien, gracias a que no tiene ni himno ni bandera. Sin embargo, yo, parafraseando al director de cine Santiago Zannou, utilicé todo eso que me molestaba o me dolía como gasolina de creación y, en lugar de prenderle fuego,<strong> me puse a juntar palabras con el objetivo de contar el mundo que me rodeaba</strong>. </p><p>Con todo, debo admitir que la realidad de mi hermano o la mía, ambos nacidos en los 80, difiere mucho de la actual. De pequeños fuimos los únicos no blancos en nuestros respectivos colegios, en los que había alrededor y, si me apuran, en varios kilómetros a la redonda. Lógicamente y entendiendo que se trata de algo estructural, no nos libramos del racismo pero es cierto que la sociedad todavía no veía a las personitas de la edad que ambos teníamos en esa época como una amenaza. <strong>El primer día de clase resultaba incómodo soportar las burlas cada vez que algún docente se atascaba al pronunciar nuestro apellido </strong>o cuando nos cantaban la canción de la bebida de cacao esa que se toma en el desayuno, no obstante los padres y las madres de nuestros compis de aula no los cambiaban de centro por temor a que bajáramos  el nivel o a que a sus hijos se les pegara algo no sé si de color o de inmigración. Aunque fuéramos de Alcorcón. <strong>Así las cosas, por aquel entonces, no contribuían con sus decisiones a la creación de coles gueto o, más bien, guetificados</strong>. En términos generales, al menos en la EGB, puesto que a partir del instituto la cosa cambió, el profesorado no asumía que nuestro desempeño académico tuviera que ser inversamente proporcional a nuestra cantidad de melanina o a la distancia al país en el que alumbraron a nuestro progenitor. A más kilómetros, peor. <strong>Ahora lo es, </strong><a href="https://www.elperiodico.com/es/sociedad/20210203/alumnos-inmigrantes-expulsados-aulas-11496069https:/www.elperiodico.com/es/sociedad/20210203/alumnos-inmigrantes-expulsados-aulas-11496069" target="_blank"><strong>el 69 % de los hijos de migrantes y el 60% de las hijas no llega a bachillerato </strong></a><strong>y detrás hay muchos motivos</strong>, entre otros la precariedad en sus hogares, no poder pagar clases particulares si alguna asignatura se da regular, no contar con puntos de acceso a internet más que el del móvil de una madre que llega tarde del trabajo tras mil horas de explotación laboral o saber que, aún cumpliendo con los requisitos requeridos, sus padres se las van a ver y desear para alquilar una vivienda porque su tez o su acento, a ojos de los caseros, no son de fiar. <strong>A eso habría que sumarle que el 28% del alumnado migrante culpa a los equipos docentes de no creer en ellos.</strong> Imaginen entrar en un aula y llevar una marca.</p><p>Pero, volviendo al pasado, después de que sonara la campana y ya de camino a casa, las identificaciones por perfil racial no formaban parte de nuestra cotidianidad. Si bien es cierto que mi hermano, puesto que se trata de una  práctica que afecta más a los varones racializados, las padeció en su juventud, con los años han ido a más.<strong> El impacto de estas acciones en la autopercepción y en la percepción de las personas de los vecindarios que habitamos es terrible</strong> y contribuye a que, si siempre se para a los mismos, hayan hecho o no algo, se les perciba como criminales desde su adolescencia temprana. </p><p>Han pasado cuatro décadas desde los 80 y se ha normalizado el hecho de que existamos y estemos aquí (lo de que seamos de aquí no tanto, salvo si metemos muchos goles y, a veces, ni aún así), sin embargo, <strong>el racismo y la xenofobia, denunciados generación tras generación, han aumentado y se ha llenado de matices</strong>. Ya no nos preguntan solo de dónde somos o nos felicitan por lo bien que hablamos en nuestro idioma, ahora quitamos puestos de trabajo, vivimos de paguitas y los chicos llevan machete, violan en manada o pertenecen a bandas.</p><p><strong>La realidad es que la mayoría de la población migrante, de ascendencia migrante y racializada ha tirado para adelante y sin antecedentes penales a pesar de las trabas del sistema</strong>. Pero, hay quien se decantó por la violencia como única  forma de esconder su vulnerabilidad y, de paso, tapar las cicatrices que deja crecer estigmatizado vistiéndose de verde, blanco, azul y rojo o amarillo. <strong>Pertenecer a algo es una suerte de quitapenas que alivia dolores y ausencias</strong>, tras una infancia en contextos yermos de ocio y opciones y carentes de expectativas, y herir a sus pares (o a cualquiera, vaya) es un error, un horror y una explosión de rabia. Al final, se convirtieron en lo que les dijeron que serían. Pura profecía autocumplida.</p><p>Así que sí,<strong> las bandas juveniles existen</strong> y negarlo es de una ceguera solo equiparable a aquella con la que viven los que no reconocen que hay jóvenes periferizados por la sociedad y extranjerizados a diario. Eso ha impedido que llamen casa al rincón en el que han nacido y/o crecido y, ahora, yerran perdidos.</p><p><strong>Cerrar los ojos antes un problema de semejantes dimensiones no sirve para eliminarlo</strong>. La prueba está en que continúa vigente y atrapando en sus redes a los adolescentes de los mismos extrarradios de las grandes ciudades en los que décadas antes se extraviaron los hijos de los migrantes de otras partes del Estado.</p><p>Jamás podría aventurarme a recetar soluciones, pero tengo claro que yo nunca explicaría ciertas conductas valiéndome de una especie de determinismo biológico que conecta la criminalidad con ciertas latitudes. No obstante,<strong> sí considero que deberían ir más allá de las medidas meramente punitivas</strong>. Aumentar los efectivos policiales y continuar o hasta incrementar las paradas por perfil racial insistiendo en recordar a los jóvenes que este no es su lugar, no creo que sirva. Sería importante analizar qué les falta en sus barrios, en sus viviendas y en sus vidas, qué opciones les han dado, si es que les han dejado alguna, y qué les lleva a arriesgar su existencia en luchas sin cuartel por territorios minúsculos reducidos a un par de esquinas. <strong>Debemos reflexionar acerca de</strong>, tal y como señala la doctora en filosofía de la Ciencia, <a href="https://www.youtube.com/watch?v=augtctTs4Gs" target="_blank">Esther (Mayoko) Ortega</a>, <strong>lo que importa la identidad cuando te ha sido negada</strong>, sobre las migajas que dejamos a ciertos sectores poblacionales y sobre la rabia. </p><p>Qué fácil resulta señalar la injusticia si ocurre en la lejana banlieue parisina y <strong>cuánto nos cuesta, en cambio, si la vemos desde nuestra ventana</strong>.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 05 Oct 2024 18:21:30 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Lucía Mbomío]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Pandillas y rabia]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Migrantes,Racismo,Barrios,Minorías raciales]]></media:keywords>
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