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    <title><![CDATA[infoLibre - TintaLibre]]></title>
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      <title><![CDATA[Una mirada daltónica al mundo del fútbol: pensar en verde]]></title>
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      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/ffa4ceab-9134-48a1-afca-b2c4f2bf6e39_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una mirada daltónica al mundo del fútbol: pensar en verde"></p><p><em>Balones dentro. </em>Con una autoestima futbolística sin precedentes, Dylan Thomas dijo: “La pelota que lancé cuando era niño, todavía no ha tocado tierra”. Pues ya os digo que la mía ni siquiera fue lanzada. Y es que, cuando era niño,<strong> mi padre decretó que el fútbol era el opio del pueblo, y también un placer pequeñoburgués</strong> (nunca me quedó claro cuál de las dos cosas era). Y, aunque yo siempre fui de tocar las pelotas, en aquel momento desaproveché la ocasión de hacerme futbolero. Craso error. Porque muchos años después de que mi padre no me llevase a conocer… el fútbol, cada fin de semana, él, mi suegro, mi cuñado, un sobrino y mi hijo mayor (<em>tu quoque!</em>) ven el partido juntos como un pelotón de fusilamiento. Tanto es así que, durante mis primeros cien años de soledad futbolística, no vi ni un solo partido entero y, durante el milenio que duró mi <em>cursus horrorum </em>en el precariato universitario, lo único que me interesaba de los partidos era quién era titular y quién no. Pero nunca es tarde. Porque la vida es un partido infinito, cuya prórroga está en todas partes, y el final en ninguna. De ahí estas páginas con sabor a partido de vuelta. </p><p>Valga como saque inicial la creencia de que un poco de distancia siempre es buena para pensar acerca de cualquier tema. Eso es lo que significa, después de todo,<em> theoria</em>. No puede ser casualidad que la mayoría de los filósofos y escritores que han hablado sobre fútbol jugasen como porteros. Pienso en Camus, en Derrida, en Barnes y en Nabokov, quien, en un arranque, quizás desesperado, de automitificación, llegó a decir que <strong>el portero “es el águila solitaria, el hombre del misterio, la muralla última”</strong>… Recogiendo mi autopase, diré que la mirada distanciada del lateral, del defensa, del portero, e incluso del desterrado, o desterrenado, como yo, se parece mucho más de lo que puede parecer a primera vista (claro, están tan lejos), a la mirada filosófica. Ya en la <em>Ilíada</em> Homero presentó a los dioses observando las vicisitudes humanas de un modo no muy diferente a como los humanos siguen un partido de fútbol. Digamos que <em>sine ira et stadio (sic)</em>. Y Epicteto presentó al filósofo como un espectador de espectadores, que no contempla la arena del circo, sino las gradas en las que él mismo se halla sentado. </p><p>Pero, como la filosofía nunca fue una actividad fundamentalmente teórica, sino práctica, una filosofía del fútbol no puede limitarse a ser una teoría del fútbol, esto es, un modo de verlas venir (una <em>futbalística</em>), sino que debe ser, tal y como le dice el maestro de filosofía al señor Jourdain, en <em>El burgués gentilhombre</em>, de Molière: “Un modo de recibir las cosas”. Esto es, un modo de controlar el balón de las circunstancias. Idea que Albert Camus recibe y controla en el citadérrimo artículo “Lo que le debo al fútbol”, publicado en <em>France Football</em>, en 1957, donde dispara: “<strong>Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga</strong>”.</p><p>Los Monthy Python captaron bien el extríngulis práctico de la filosofía futbolística cuando, en el cuadro de los Juegos Olímpicos de la XXª olimpiada en Múnich, <strong>organizaron un partido entre un equipo de filósofos alemanes y otro de filósofos griegos</strong>. Tras los primeros 88 minutos, que todos los filósofos habían dilapidado absortos en sus reflexiones, sin hacerle ningún caso a la pelota, Karl Marx saltará al terreno de juego, marcando, de este modo, el paso de la comprensión del mundo a su transformación, tal y como él mismo postuló en la undécima tesis sobre Feuerbach. Si bien, en el minuto 89, Arquímedes despertará al equipo griego gritando “¡<em>Eureka</em>!”, después de haber comprendido que, en vez de vagar por el campo, perdidos en solitarias especulaciones metafísicas, los jugadores pueden hacer algo con el balón. El partido se anima entonces, de golpe, nunca mejor dicho, y el equipo griego acaba marcando el gol definitivo del único modo en que este podía ser marcado, esto es, de cabeza. <strong>Titular: “El fútbol sin filosofía es ciego, y la filosofía sin fútbol, coja”</strong>.</p><p><em>El toque de Sísifo.</em> Volvamos a Albert Camus. Pero no ya al artículo “Lo que le debo al fútbol”, que no da para mucho más, sino a uno de sus libros fundamentales, como es <em>El mito de Sísifo</em>. ¿Acaso soy el único que ve en la roca esférica, una pelota; en la cumbre, una portería; en la subida, el ataque; en la bajada, el contraataque; y en la sucesión de subidas y bajadas, el ir y venir de un partido de fútbol? Más allá del parecido formal, existe un parecido existencial, pues <strong>tanto el fútbol como Sísifo se enfrentan, en el fondo, o en la cumbre, pues nunca se sabe en su caso, al mismo rival: el absurdo</strong>. </p><p>De hecho, parece que sea el mismo Pascal quien le haya dado la idea a Camus, al afirmar, en sus <em>Pensamientos</em>, que “corremos sin pensar hacia el precipicio después de haber puesto alguna cosa ante nosotros que nos impida verlo”. Pues, ¿qué hace la pelota de fútbol si no protegernos del absurdo que nos ronda los domingos por la tarde, cuando se paran máquinas, e intuimos el carácter fútil de la vida? <strong>Es justamente en esos melancólicos momentos, cuando el deporte rey instaura su propio reino de sentido</strong>, y la futilidad se transforma en <em>footilidad</em>. </p><p>Pero ¿cuál es el origen de esta transubstanciación milagrosa? Aunque creo, con John Keats, que no es posible destejer el arcoíris, arriesgaré tres explicaciones. Primero, en tanto que juego, <strong>el fútbol tiene la habilidad de crear un espacio, un tiempo y un sentido propios</strong>, capaces de imponerse al sentido cotidiano, que, en tantas ocasiones, experimentamos como absurdo. Basta colocar estratégicamente un par de chaquetas en el suelo, y hacer una bola de papel de plata, para que un descampado polvoriento (por ejemplo, en Argelia), en el que unos niños se aburren a muerte (entre los que se halla, por ejemplo, un joven Albert Camus), se convierta, como por arte de magia, en un espacio pleno de sentido. Creo que esa confianza en la capacidad del ser humano para electrizar y significar un mundo absurdo, sin apelar a ningún tipo de instancia trascendente (ya sean dioses o ideas platónicas), sino por un mero acto de voluntad, individual y colectiva, es lo que Camus –ahora sí– le debe realmente al fútbol. Como diría Nietzsche: “O fútbol o nihilismo”. </p><p>La segunda explicación del milagro reside, cómo no, en la palabra. Esto es, en el <em>logos</em> o el verbo del fútbol. Porque, aunque, en tanto que juego, este sea capaz de generar sentido por sí mismo, <strong>necesita de la palabra para ser algo más que un simple juego </strong>(y lo digo con todo el respeto del mundo por los juegos). Y es que la palabra lo dota de sentido (hasta el punto de que algunos exégetas futbolísticos, hipnotizados por sus propias elucubraciones, pueden llegar a olvidarse del partido); de permanencia (pues la rememoración de los goles, las temporadas, las anécdotas o las estadísticas, en eso que llaman “el tercer tiempo”, permite que el partido se extienda más allá de sus límites); y de trascendencia (porque, gracias a la palabra, podemos dotarlo de un significado más profundo, existencial o filosófico, que es lo que, más o menos, estamos intentando hacer aquí).</p><p>Tercero, en virtud del paso del paradigma religioso-dinástico (en el que cada unidad política se definía por su fidelidad a una religión y a un rey) al paradigma nacional (en el que la cohesión social ya no podía ser garantizada por la unidad religiosa, que había desaparecido tras el cisma religioso, sino por el culto a un pueblo supuestamente homogéneo, para el que, digamos: “París bien vale una misa”), se produjo un trasvase simbólico desde el ámbito religioso al político. En un proceso que muchos se precipitaron a tildar de “secularizador”, cuando se trataba, esta vez sí, de una verdadera resurrección: los himnos religiosos se transformaron en himnos nacionales; los mártires, en próceres; las insignias, en banderas; los sacerdotes, en filólogos; y los rituales, en esas tradiciones inventadas en serie, ya en el siglo XIX, tal y como nos enseñó Hobsbawm. Pues, entre las muchas expresiones pseudo o más bien neorreligiosas que surgieron en esta época, se halla, claro está, el deporte. Sin duda (o con fe), <strong>no es casual que un partido de fútbol sea una especie de eucaristía laica</strong>, en la que una comunidad se reúne a comer y a beber ante un objeto a veces blanco y redondo, que es transubstanciado por el ritual del juego en el cuerpo místico del gol que quita el pecado del mundo, que es el absurdo. </p><p><em>Punto pelota.</em> <strong>Pero el fútbol no sólo nos protege frente al absurdo, sino también frente a la incertidumbre, o la incerteza, que nunca he sabido cómo debe decirse</strong>. Pues, ¿quién no llega al sábado agotado por el hecho de haberse pasado la semana teniendo que tomar mil decisiones inciertas basándose en cantidades inasumibles de información contradictoria? Entonces llega el partido del <em>sabbat</em>, que supone una deliciosa simplificación, en virtud de la cual la madeja multifactorial de lo real queda reducida a un rectángulo unánimemente verde y deliciosamente compartimentado sobre el que progresan en perfecta armonía una veintena de puntitos que giran alrededor de una esfera, que hace las veces de sol.</p><p>Pero en el fútbol las cosas no son sólo sencillas, sino también evidentes. Pues, durante el partido, el ciudadano de ese ágora simplificada y electrizada que es el estadio, el bar o el comedor, puede ejercer un dogmatismo compensatorio, que le permite descansar de las desgastantes inseguridades que lo trabajan durante el resto de la semana. De ahí que, para muchos, <strong>el partido sea el paraíso de su cuñado interior</strong>, gracias al cual pueden disfrutar de la agradable <em>ersatz</em> de seguridad que le ofrecen las afirmaciones rotundas, las frases repetidas <em>in crescendo</em>, los golpes en la mesa, los chasqueos despreciativos, las ráfagas de órdenes dirigidas a los jugadores, los silbidos y los gritos. Además, el fútbol genera a su alrededor una atmósfera de erudición, en la que las fechas, estadísticas, nombres, anécdotas, declaraciones y tecnicismos producen una agradable sensación de conocimiento y de control, que trasciende el ámbito meramente deportivo. No, no puede ser casual que una de las muletillas típicas del dogmatismo sea: “Y punto pelota”. Y punto pelota. </p><p>Por si esto no fuese suficiente, el fútbol nos anima a suspender nuestras propias capacidades críticas. No importa que el árbitro lo haya visto, no importa que todo el mundo lo haya visto, no importa siquiera que uno mismo lo haya visto. <strong>Los sentidos y la razón nada pueden contra el sentimiento futbolístico</strong>. Somos libres de construir una realidad a nuestra medida, y de clamar al cielo si la realidad la contradice. Se trata de una pequeña psicosis pasajera, tan gratificante como, quizás, necesaria. Un poco como el hombre que fue al psiquiatra porque cada noche soñaba con hormigas que jugaban al fútbol y, cuando el psiquiatra le recetó unas pastillas que debían acabar con esos sueños, exclamó: “¡Sí, hombre, ahora que se acerca la final!”. Al fin y al cabo, los 9.990 minutos restantes de la semana, es la realidad la que siempre lleva la razón.</p><p><em>1 X 2.</em> Pero a veces lo que necesitamos no es sentirnos totalmente seguros frente el mundo, sino relativamente liberados de la obligación de comprenderlo y controlarlo. Lo que necesitamos, en fin, es un cierto abandono cognoscitivo, o qué sé yo. Pues, cuando decimos que “el fútbol es así” (de claras resonancias bíblicas, <em>yah vé usté</em>), estamos reconociendo su carácter incognoscible, ante el cual no podemos hacer más que acatar la realidad, como el santo Job, o suspender el juicio, como el sabio Pirrón. <em>¿E po’ khé?</em> Porque, cuando renunciamos a saber, y aceptamos las cosas tal y como vienen, que es como viene la pelota, tal y como notó Camus, <strong>toda aquella energía que solemos gastar en tratar de predecir y controlar el mundo queda liberada para que podamos dedicarla a asentir y a disfrutar el momento presente</strong>. </p><p>Que es lo que sucede, precisamente, durante los 90 minutos que dura un partido, en los que la concentración en el instante, el aislamiento lúdico y la sumisión al azar nos permiten suspender todas aquellas desaforadas preguntas con las que solemos amargarnos la vida: “¿Quién soy?” “¿Cuánto valgo?” “¿Realmente me quieren?” “¿Tiene sentido lo que hago?”. Como dijo Oliverio Girondo: “La variedad de cicuta con la que se envenenó Sócrates se llamaba <em>Conócete a ti mismo</em>”. En el fútbol, en cambio, la concentración extrema de los jugadores o la entrega pasiva de los espectadores propicia una ligereza cognoscitiva enormemente placentera. ¿Por qué? Ya veis lo difícil que es resistirse a la tentación de comprender…</p><p>Según Roger Caillois, todos los juegos participan en mayor o menor medida de cuatro factores: el azar o <em>alea</em>, la competición o <em>agon</em>, el vértigo o <em>ilinx</em> y la imitación o <em>mimesis</em>. Cada juego respondería a una combinatoria particular y cambiante de estos cuatro elementos. Pues, en lo que respecta al fútbol, el azar cumple un papel fundamental. Apostaría que todos los partidos se inician con el ritual de lanzar una moneda al aire para recordarnos que, a pesar de la habilidad, la fuerza y la resistencia, que van a entrar en juego,<strong> todo va a estar condicionado por el azar</strong>. Al fin y al cabo, cuando se está absolutamente seguro de que uno de los dos contrincantes va a ganar, cuando no existe ni la más mínima posibilidad de que David le gane a Goliat, entonces no hay juego, sino ejecución, lo cual ya es otro género de espectáculo. Por eso gustan tanto los partidos de Copa del Rey, donde los equipos pequeños tienen la oportunidad de enfrentarse y de ganar a los equipos grandes. Algo semejante sucede con la imprevisible dialéctica que existe entre la primera y la segunda parte de los partidos. <strong>Pues una buena primera parte no asegura una buena segunda parte</strong>. Ni una mala primera parte impide que el equipo pueda reaccionar. Todo es desconexión, incongruencia e impredictibilidad. Parece que no haya relación de causa y efecto. (<em>Humm</em>, oigo que dice Hume con escepticismo.) Por no hablar del balón, que entra un poco cuando quiere, pudiendo llegar a ser un símbolo del azar trágico en una película como <em>Match Point</em>, de Woody Allen, aunque sea en forma de pelota de tenis. ¿A alguien le extraña que una pelota de caucho simbolizase el cosmos en el juego ritual maya del <em>pot-a-tok</em>? Pero, como decimos en Cataluña, <em>poc a poc</em>. </p><p><em>Drink team.</em> Pero el fútbol no sólo pone en juego nuestras formas de conocimiento, sino también nuestras formas de relacionarnos con la realidad. Para empezar, <strong>todo partido es una especie de derby entre las dos grandes fuerzas que estructuran la realidad</strong>. De un lado están las fuerzas cósmicas, apolíneas u olímpicas, que definen y contienen, como las líneas que delimitan el campo, las reglas que ordenan el juego y el árbitro, que, vestido de negro, como un juez o un cura, vela por su cumplimiento; por no hablar del esfuerzo deportivo, dietético o psicológico que los jugadores deben realizar. </p><p>Del otro lado, están las fuerzas caóticas, dionisíacas o tartáricas, que disuelven y liberan, como son las pulsiones y compulsiones físicas o psicológicas que cada jugador debe aprender a controlar; <strong>la liberación de las pasiones reprimidas durante toda la semana, que se desborda en insultos</strong>, exclamaciones, llantos, aplausos, risas o golpes; el regreso al estadio preverbal del grito y el cántico desarticulado; o la embriagadora promiscuidad de los cuerpos, los olores, las formas y los ruidos, que transforman cada mónada individual en una de las múltiples gotas que constituyen la (nunca mejor dicho) ola humana que los arrastra. Y aunque el espectador televisivo no es poseído por la omnipresencia sublime de la masa, sí que dispone en el bar o en la casa de un ambiente relajado en el que la compañía festiva, las cervezas, los gritos, los saltos, los abrazos, y el hipnótico ir y venir de los ataques y contraataques, también le permiten liberarse, por un momento feliz, de todas las restricciones que normalmente lo atenazan. </p><p>A la vez, casi ningún encuentro acaba en pelea o en orgía, como habría deseado Dioniso. <strong>Porque, en el fondo, todo está bajo control</strong>. Como en las tragedias griegas, lo apolíneo y lo dionisíaco se complementan estupendamente como una silla de montar sobre una vaca suiza. Lo que importa es que, tras la catarsis futbolística (¿nos estará permitido soñar una tercera parte de la <em>Poética</em> de Aristóteles, dedicada al deporte, y una última novela inédita de Umberto Eco, titulada <em>El nombre del césped</em>?), <strong>todos pueden abandonar el campo, y regresar, reconciliados, al banquillo de la normalidad</strong>, donde pronto echarán de menos poder volver a tirar al campo. </p><p>Todos estamos atravesados por dicha escisión. Pero no en la misma medida. Por eso podemos distinguir, tal y como hace Fernando Iwasaki, en <em>Del sentimiento trágico de la liga </em>(2019), entre jugadores apolíneos y jugadores dionisíacos. Los primeros juegan siempre para ganar, como Oliver y Benji. Por eso no les gusta arriesgar la jugada genial y peligrosa. Los segundos, en cambio, lo hacen para divertirse, y el espíritu creativo, riesgoso y gratuito del juego predomina sobre el de la producción. No tienen miedo a experimentar y a fallar, porque la esperanza de una jugada admirable vale más que la seguridad de un resultado mediocre, o medio gris. Son artistas, no oficinistas. Recordemos, por ejemplo, a Ronaldinho, quien, en una ocasión en la que el Barça tuvo que jugar a las 24:00, exclamó: “Genial, esta es mi hora”. Lo suyo era el regate, no el regateo. Para Spinoza siempre debe primar el amor por la vida sobre el miedo a la muerte. <strong>Pues en el jugador dionisíaco siempre prima el amor por el juego sobre el miedo a la derrota</strong>. Y, pase lo que pase, esa será siempre su victoria. </p><p><em>Ontología del pie.</em> Más. Si sospechamos que lo apolíneo representa nuestra parte humana, y lo dionisíaco nuestra parte animal, y aceptamos, con Anaxágoras, primero, y los etólogos, después, que la mano hizo al hombre, concluiremos que la prohibición del uso de las manos en el fútbol (el saque de banda no deja de ser una especie de gesto de despedida) supone un regreso voluntario a lo dionisíaco o lo animal. Casi unas vacaciones de humanidad. Y es que, quizás en mayor medida que otros juegos y deportes, puede que incluso más que la caza (sobre la que Ortega y Gasset escribió páginas muy interesantes), <strong>el fútbol nos permite regresar a ese estadio prehumano, casi puramente animal</strong>, en el que nuestros ancestros aún no sabían utilizar las manos. Este hecho es gratificante, porque sucede que nos cansamos de ser hombres, como diría un <em>nerudito</em>… </p><p>Por su parte (o por sus partes), Hegel realizó una ontología de la mano, que concebía como un órgano racional, productivo y humanizador, y a la que opuso una <em>ontología del pie</em>, que vio como algo sucio, oculto e inútil. De hecho, quién sabe si el nacimiento y el éxito del fútbol en la Inglaterra industrial no responde al hartazgo de los proletarios, en tanto que trabajadores de la mano. Desde esta perspectiva, <strong>el fútbol puede ser visto como el anti-trabajo</strong>. (Consúltese en el diccionario etimológico de guardia el origen del término <em>alirón</em>).</p><p><em>Rosebud.</em> Sócrates solía decirle a sus interlocutores: “Habla para que te vea”. Pues los juegos, en general, y el fútbol, en particular, dicen: “Juega para que te vea”. En su novela autobiográfica <em>Infancia</em>, Coetzee evoca cómo “la bola, mientras silba y desciende en el aire hacia él”, le dice: “Déjanos ver de lo que estás hecho”. Y es que <strong>cada jugada es una “situación límite”</strong>, que es como Karl Jaspers llama, en su <em>Filosofía de la existencia</em>, a aquellas situaciones excepcionales, en las que nuestro ser se pone al rojo vivo, y, golpeándose, con mayor o menor constancia y coraje, contra el límite frío de lo real, adopta su forma más auténtica (sea lo que sea que eso signifique ahora). Son situaciones extraordinarias y extremas, como la aventura, la enfermedad, la creación, el accidente, la revolución, la creación o el juego… Situaciones en las que nos conocemos realmente, o quizás sería mejor decir, para no sonar demasiado esencialistas, que nos producimos realmente. Porque no se trata de una cuestión cognoscitiva, sino también ontológica. De ahí que Jaspers diga: “si quieres ser, ponte en disposición de ser”. Que, en nuestro caso, significa: “Ponte a jugar”. </p><p>Sin duda (y no tengan problemas en reírse de este servidor, que lleva 20 años estudiando el escepticismo, para que se le acabe pegando la coletilla “sin duda”). Sin duda, digo, <strong>el fútbol comparte con la aventura, el juego y las experiencias religiosas, estéticas o eróticas, la capacidad de crear una isla o burbuja de sentido separada del océano de la cotidianidad</strong>. Dentro de esa isla, a la que se accede y de la que se sale mediante un salto, simbolizado por el silbato del árbitro, predomina un estilo específico, tanto en el ámbito cognoscitivo (sabemos quiénes somos realmente), como en el ontológico (somos más plenamente) y el ético (sentimos una mayor felicidad). </p><p>De un lado, los jugadores seguramente la sienten con mayor intensidad, porque todo su ser está, nunca mejor dicho, en juego, y todas sus potencias físicas y psicológicas se despliegan al máximo. En un partido no hay aplazamientos, esperas, nostalgias, arrepentimientos o tiempos muertos. Incluso “dormir la pelota” es una acción tan exigente como chutarla. <strong>Todo es ahora. Y todo es acción</strong>. Porque, aunque cada jugador no tenga la pelota más de tres minutos de media, lo más importante, tal y como decía Cruyff, es lo que hace durante los 87 minutos restantes, cuando se esfuerza por desmarcarse y propiciar el pase perfecto, la ocasión oportuna, el hueco inesperado. La plenitud ontológica del jugador se demuestra también por la vía negativa. Pues, cuando un jugador retorna al banquillo o abandona su carrera, le invade una triste lasitud existencial, de la que difícilmente se repondrá. Pues es difícil ser sólo a medias cuando se ha conocido la plenitud. Algunos logran hallar otras formas de volver a ser, como es el caso de aquellos que, finalizada su carrera como jugadores, se convierten en entrenadores. <strong>Pero la mayoría viven en un estado permanente de nostalgia y melancolía.</strong></p><p><strong>También los espectadores tienen sus momentos épicos, que les gusta recordar de forma recurrente</strong>, en tanto que hechos fundamentales de su propia identidad. Aquella remontada histórica, la temporada de las cuatro o cinco copas, las hazañas de un equipo de ensueño, o el haber sido testigo de los inicios de un jugador que luego hizo historia. Súmenseles también los viajes para acompañar a su equipo al extranjero, las aventuras de estadio, los triunfos futbolísticos de un hijo o un nieto, aquella vez que casi hicimos pleno al 15, o los partidos históricos vistos con familiares y amigos. Todas estas experiencias y relatos, cuya rememoración nos dota de fundamento y sentido, son importantes seguramente porque están relacionados con la idea que nos hicimos de nosotros mismos en la niñez, que es una idea a la que nos sentimos especialmente vinculados, ya sea por una especie de impronta ontológica, ya sea porque los niños poseen una profunda intuición existencial. </p><p>Según dice Marina Garcés en <em>El tiempo de la promesa</em>, hay un momento en la infancia o la adolescencia en el que todo el mundo se hace, de forma explícita o implícita, una promesa acerca de lo que quiere ser. A partir de ese momento, el resto de nuestra vida es un vaivén entre cumplirla y traicionarla. Por eso, para Alain, “existir es olvidar, más de una vez al día y más de una vez por hora, lo que nos hemos jurado ser”. Pero si la olvidamos tantas veces es porque hemos vuelto a recordarla otras tantas. Esa es, en fin, la historia de Odiseo, que, a pesar de las tentaciones del olvido, se mantiene leal a la promesa de regresar. Así que <strong>un partido no es sólo una isla, como decíamos, sino que es la isla por excelencia: Ítaca. De ahí, quizás, lo del </strong><em><strong>tiqui-Itaca</strong></em>. </p><p>La cuestión es que el fútbol, que es una pasión directamente conectada con nuestra infancia, <strong>nos reconecta cada vez que jugamos o vemos un partido con aquella promesa infantil que debemos tratar de realizar</strong> (cosa que evoca tan bien Eduardo Sacheri en sus cuentos y novelas de tema futbolístico). Una promesa que está ligada con los valores de la resistencia, el coraje, el compañerismo, la elegancia o la justicia, así como con la conexión, no siempre fácil, con los familiares, como el padre o el abuelo, y los lazos no siempre eternos de la amistad. De ahí que la parte más interesante del artículo “Lo que le debo al fútbol”, de Albert Camus, no resida tanto en esa vaga enseñanza “acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres”, sino en la manifestación de su deseo por preservar la imagen que se hizo de sí mismo cuando era niño: “Preservemos esta gran y digna imagen de nuestra juventud. También estará vigilándolos a ustedes”. Quizás Camus pensase, al escribir estas palabras, en el proverbio árabe que nos exhorta a que el niño que fuimos no se avergüence del adulto que somos. Sin duda, para muchos (para mí no), ese niño sigue vestido de equipación en el patio del colegio, o está viendo un partido con su padre sentado en el comedor de su infancia. </p><p>Porque no es que seamos leales a un equipo, ni siquiera a un deporte, <strong>somos leales a la idea que nos hicimos de nosotros mismos en ese contexto específico</strong>. En cierta ocasión, Baudelaire dijo, y Savater desarrolló magistralmente, que la literatura es la infancia al fin recuperada. Pues el fútbol también lo es. Todos los balones deberían llamarse “Rosebud”. </p><p><em>Prórroga.</em> Y ya que tenemos las agujetas de mañana aseguradas, acabemos con una última serie de reflexiones. Más aún. Si es cierto que la filosofía es quitarle la silla a lo que damos por sentado, caigamos en la cuenta de que una de las principales causas (no la única) de nuestra infelicidad es nuestra incapacidad para darnos cuenta de que ya somos, de hecho, felices. Me explico. Dejando a un lado las situaciones dramáticas, normalmente escasas y puntuales,<strong> en la mayor parte de las ocasiones se dan las circunstancias mínimas para que seamos más o menos felices, o </strong><em><strong>felicinchis</strong></em><strong>.</strong> Y, si no lo somos, es porque vamos demasiado deprisa, porque dirigimos mal nuestra atención y también porque nuestras expectativas desaforadas, inspiradas normalmente por nuestro propio “idealismo”, nos llevan a fijarnos y a enredarnos en las pequeñas incomodidades, insatisfacciones y frustraciones. De este modo, lo que no deberíamos considerar más que manchas al sol, se transforma, por nuestra propia culpa, en un eclipse total. Canguilhem definió bellamente la salud como el silencio del cuerpo. Pero, ¿y si una de las fuentes de nuestra infelicidad fuese nuestra incapacidad para oír la música de la salud? Porque esa bendición nos resulta, por lo general, inaudible, y sólo reparamos en ella cuando toca repararla. Y eso mismo nos sucede con la felicidad, en general, que la ignoramos cuando está, y sólo la reconocemos, como dice Jacques Prévert, por el ruido que hace al marcharse.</p><p>Se trata, sin duda (<em>argh</em>), de un problema de la desatención, conectado en parte con la revolución digital, y su extractivismo atencional. Pero, ¿qué decía? Sí, que el problema de la desatención es mucho más antiguo de lo que pensamos. De hecho, coincide con la historia misma de la metafísica. Porque <strong>aquello que desatendemos, en verdad, no son los estudios, el trabajo o los amigos, sino la vida mism</strong>a. Una vida que está siempre ahí dispuesta, como los zapatitos rojos de Dorothy, en <em>El mago de Oz</em>, que los tuvo siempre a mano, mejor dicho, al pie. Que es, precisamente, donde está también el balón. Y es que no hay mejor metáfora que el balón (también exagero un poco) para entender que atender o no atender es la cuestión… </p><p>Un joven poeta llamado Homero pensó sobre este asunto en un poema titulado <strong>la </strong><em><strong>Ilíada</strong></em><strong>, que narra una especie de partido de fútbol entre dos grupos de personas con las piernas al aire</strong>, que se empujan entre dos porterías, representadas, de un lado, por las murallas de Troya y, del otro, por los barcos de los griegos. Pero, para mí, el verdadero balón de la <em>Ilíada</em> no son las cabezas cortadas, ni el frente de batalla, que avanza y retrocede, tratando de llegar a la portería contraria, sino el escudo de Aquiles, que es un objeto esférico, que se desplaza rápidamente por el centro del campo, después de que Hefesto se lo entregue a Tetis, y Tetis se lo pase a Aquiles, quien, a su vez, se lo deja a Patroclo, al que se lo arrebata Héctor, si bien Aquiles lo recupera, y avanza con él hacia la muralla defensiva del equipo rival… <em>Zzz</em>…</p><p>Más allá del parecido dinámico, lo más interesante es que ese escudo, igual que el balón de fútbol, encierra un secreto. Y el secreto que cifró en él Hefesto, a modo de “magnífica ironía”, como diría Borges, es que ese escudo, que es el centro móvil de la guerra de Troya, que es, a su vez, símbolo de todas las demás guerras (entre las que debemos incluir también las laborales, las sentimentales, las políticas y las familiares); digo que ese escudo muestra, y a la vez oculta, a la vista de todo el mundo, el secreto de la vida feliz. ¿Por qué? Porque en él están grabadas varias escenas de la vida sencilla, libre, frugal y pacífica, que, según Homero, está al alcance de cualquiera, porque es poco lo que se necesita para darle alcance, que es, precisamente, soltar ese escudo, que no nos protege y libera del ataque de los enemigos, como promete, sino que nos encierra y enreda en una guerra absurda, hasta que la mete, digo la muerte. La ironía reside en que ese gesto radical, que parece tan sencillo, es, a la vez, el gesto más difícil de realizar, porque estamos como hipnotizados por la inercia de la lucha, el miedo a la muerte y la adicción a los falsos valores. <strong>Por eso la vida es, a la vez, lo más accesible, y lo más inalcanzable. </strong></p><p>Pues, en el fútbol, la pelota también encierra un secreto semejante. ¿Cómo no ver en ese centro móvil del partido, que no puedes quedarte, sino que debes alejarlo a base de patadas y de pases, y a la vez seguirlo corriendo para no perderlo de vista, <strong>el símbolo de una vida</strong>, que debemos impulsar y luego perseguir en una dirección determinada? La pelota es como el <em>conatus</em> de Spinoza. Esto es, la fuerza que nos empuja a permanecer en nuestro ser, y a aumentarlo. A conservar la pelota y a hacerla avanzar. A perderla y a recuperarla. Hasta que suene el final del partido, y podamos soñar eternamente con la final de las hormigas futbolistas. </p><p><em>*El último libro de Bernat Castany es ‘Una filosofía de la risa’ (Anagrama, 2026).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 10 May 2026 04:00:53 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Bernat Castany Prado]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Una mirada daltónica al mundo del fútbol: pensar en verde]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Fútbol]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Las enseñanzas del fútbol]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/ensenanzas-futbol_1_2186145.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/177ba7e9-7732-499f-99cd-045f5e1ab2da_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las enseñanzas del fútbol"></p><p>Soy del Real Madrid porque mi padre era del Real Madrid. Bueno, del Real Madrid y del Granada Club de Fútbol. <strong>Los niños de provincias estamos acostumbrados a la doble militancia futbolera</strong>. Somos del equipo de nuestra ciudad, pero nos identificamos también con uno de los grandes equipos acostumbrados a ganar. Nos vinculamos al mismo tiempo con las alturas y con la tierra firme, la posibilidad de ganar títulos o el miedo al descenso. Los dos extremos producen un inevitable sentido de pertenencia, igual que el deseo y el miedo.</p><p>Mi padre nació en Burgos, se hizo militar, se especializó en la alta montaña, aprendió el oficio en Jaca y después fue destinado a Granada para poner en marcha la compañía de escaladores y esquiadores de Sierra Nevada. En la nueva ciudad se enamoró, se casó, tuvo hijos, yo el primogénito, y acabó por sentirse unido al futuro de su descendencia y a un equipo de fútbol que luchaba por mantenerse en Primera División. Mi padre me hizo socio del Granada, empezó a llevarme los domingos después de comer al viejo Estadio de Los Cármenes. También me aficioné a su otro equipo, el Real Madrid, y <strong>con mi padre he disfrutado muchas horas delante del televisor</strong>, con una Fanta de limón primero, y después con una cerveza, y más tarde con un whisky. La celebración de las ligas y las copas de Europa creció de la sidra al champán en una alegría llena de burbujas.</p><p>Me gusta el fútbol. <strong>Reconozco que le agradezco una manera de vivir el sentido de pertenencia</strong>. Por ejemplo, me ha enseñado algunas dinámicas éticas para habitar mis realidades (que suelen ser conflictivas). Empiezo por explicar que mi padre era un hombre conservador y que sus ideas tuvieron mucho que ver a lo largo de los años con su oficio, teniente, capitán, comandante, teniente coronel, coronel y general de infantería, en un ejército de origen franquista. No fue para él una alegría que su hijo se identificara con los curas obreros en el bachillerato y empezara a militar como estudiante universitario en el Partido Comunista y en el compromiso de que su patria encontrara, frente a los equipos de la vieja historia, el contraataque de una democracia con marcadas dimensiones sociales. Nos conocíamos, nos reconocíamos y nos sentábamos juntos para celebrar un gol o compartir una derrota. El fútbol me ayudó a comprender que, más allá de las identidades personales, <strong>hay una identidad compartida que merece la pena conservar al margen de las diferencias ideológicas</strong>. Me gusta el trato familiar con las personas que quiero y con los libros que me han hecho como soy. <strong>Me parezco a mi padre y a los libros que he leído</strong>.</p><p>A esta confesión debo añadir la idea de la doble militancia. El verbo ser invita frecuentemente a una pertenencia rotunda, sin matices, sin posibilidad de entendimiento o diálogo. Pero <strong>ser de dos equipos a la vez ayuda a comprender y negociar con los matices</strong>, salvándonos del fanatismo, los dogmas y la verdad totalitaria. Los partidos entre el Madrid y el Granada se han sometido en mi estado de ánimo a muchos contextos diferentes. La necesidad de los puntos para ganar el título o para no descender definía los latidos del corazón y las razones del entendimiento a la hora de esperar un resultado convincente. Primero, que el Granada no descienda; después, que el Madrid gane la Liga, y luego el resto de los mortales con sus equipos, sus defensas y sus delanteras. Saber que la vida requiere acuerdos con uno mismo ayuda mucho a entender las relaciones con los demás y la valoración de las diversas realidades históricas.</p><p>Suele hablarse del fútbol, y a veces son buenos los argumentos, como un generador de pasiones incontenibles. Y es verdad. Pero mi experiencia me ha llevado a ser futbolero y pacificador, una camiseta risueña y unas botas irónicas, pero con sentimientos. Suele hablarse también de que el fútbol es un enemigo de la cultura. Y puede ser. Pero yo he tenido la suerte de ir al campo con uno de mis maestros en la Universidad, el profesor Juan Carlos Rodríguez, y con muchos compañeros en la poesía, en especial con Antonio Jiménez Millán y Benjamín Prado, aliados de mi doble militancia. <strong>He hablado de fútbol y literatura con Manolo Vázquez Montalbán y Juan Villoro</strong>. Y me he reído mucho, cuando nos llamaban fachas por ser del Madrid, con Marcos Ana, el poeta comunista que pasó más años en las cárceles de Franco. Muchas veces expliqué en clase la <em>Oda a Platko</em> de Rafael Alberti, poema que celebró una victoria del Barça en 1928, y la <em>Contraoda </em>con la que respondió Gabriel Celaya en nombre de la Real Sociedad.</p><p>Antonio Jiménez Millán fue desde joven profesor de Filología Románica en la Universidad de Málaga. El sabor de los boquerones malagueños, tan grato en los chiringuitos de Pedregalejo, no le hizo renunciar a su afición por el Granada Club de Fútbol. Durante muchos años tomaba el coche los domingos para animar, con mi padre y conmigo, a nuestro equipo en Los Cármenes. Ha sido el aficionado más sensato y comedido que pueda uno imaginarse en medio de las tensiones provocadas por un terreno de juego a rayas, cargado de sorpresas, jugadores y árbitros imprevisibles. Tenía que suceder algo muy grave para que llegase a murmurar un insulto. Y nuestra complicidad era una muestra más del respeto a las diversidades, porque su doble militancia lo hizo del Barcelona de manera rotunda, igual que nuestro amigo pintor Juan Vida. Como yo era madridista de manera rotunda,<strong> me hice también socio del Real Madrid cuando en 1994 empecé a compartir la vida con una atlética rotunda, Almudena Grandes</strong>. El fútbol es lo más importante de las cosas que no tienen importancia, y por eso es posible la complicidad, la amistad y el amor, entre seguidores de distintos equipos. Al fin y al cabo, se trata de una lección ética a la hora de discutir y acordar las cosas que sí tienen importancia. También es verdad que ayuda el hecho de que tu equipo sea el que tenga mejores resultados.</p><p>Ahora utiliza mi carné del Granada un sobrino. <strong>Los domingos por la tarde, con Benjamín Prado, voy al Santiago Bernabéu</strong>, cuando la vida me lo permite, y comparto comentarios con él, casi tan comedido y discreto como Antonio Jiménez Millán. Cada cual tenemos nuestro carácter. Pero los dos somos muy prudentes con los delirios antimadridistas de Chus Visor, que es muy objetivo al hablar de poesía, aunque muy surrealista al opinar sobre un penalti, un fuera de juego o una actuación arbitral. Atlético puro, se defiende de sus manías recordando que Juan García Hortelano era peor que él.</p><p>Están apareciendo en este artículo muchos nombres relacionados con la literatura. Y es que <strong>el fútbol, con su doble militancia, me ha permitido a veces meditar sobre algunas dimensiones éticas de la literatura</strong>. Pudiera parecer lógico que mi defensa de una poesía cercana a los hechos se adapte bien a mis costumbres futboleras y que por eso no me afecten los desprecios elitistas a un deporte de masas. La verdad es que he aprendido a desconfiar tanto del culturalismo elitista como del populismo barato de los que escriben sin rigor, como suelen pitar los árbitros comprados o como disparan a puerta los malos fichajes. Ni me identifico con los que desprecian al fútbol, ni desprecio a los que viven sin interesarse por un deporte que me ha dado a mí muy buenos momentos y me ha hecho naufragar en muchas ocasiones. <strong>Soy un madridista de la experiencia.</strong></p><p>Hay quien piensa que ser de izquierdas es incompatible con ser del Madrid, un equipo poderoso, millonario e identificado con el pensamiento conservador. Más que <strong>recordar los orígenes republicanos del Madrid</strong>, por ejemplo, frente a un Atlético de Aviación, quiero sostener que mi afición y mi doble militancia no me empujan a desconocer las dinámicas que buscaban en el deporte un opio para el pueblo o las estrategias que ahora animan unas influencias populistas muy reaccionarias. El poder del fútbol facilita que los negocios oscuros y las manipulaciones afecten a sus seguidores, a los resultados, la calidad de cada equipo y la utilización demagógica del deporte rey. <strong>Todo lo malo de la sociedad en la que vivimos anida en el fútbol</strong>, como anida en cualquier espacio significativo. Ya lo sé.</p><p>Y también sé que las dinámicas colectivas pueden seguirse con fanatismos individualistas o grupales, incluso con un individualismo grupal o un colectivismo individualista. Pero pueden sostenerse también en una conciencia ética de la realidad. Y yo debo confesar que no soy crédulo con la decencia de los dirigentes y responsables del mundo futbolístico, pero que <strong>me gusta el fútbol porque me ha permitido convivir en mis alegrías y mis tragedias</strong> con una ética del acuerdo, la doble militancia, la convivencia y el no dogmatismo. Como el <em>Ángel de la Historia</em> de Walter Benjamin, camino por los campos de juego vuelto de espaldas, miro al niño que fui, siento la mano de mi padre.</p><p>Los balones envenenados son peligrosos. Pero a mí me han quitado muchas veces la sed. </p><p><em>*Luis García Montero es director del Instituto Cervantes y su último libro es la novela ‘La mejor edad’ (Tusquets, 2026).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 08 May 2026 17:24:19 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Luis García Montero]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Las enseñanzas del fútbol]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Fútbol]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[El fútbol no es el opio del pueblo: TintaLibre presenta su número de mayo en Madrid]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/futbol-no-opio-pueblo-tintalibre-presenta-numero-mayo-madrid_1_2188583.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/1b84a8a1-aa6c-45ba-b405-455dbfef1954_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El fútbol no es el opio del pueblo: TintaLibre presenta su número de mayo en Madrid"></p><p>Ser parte de <strong>una identidad compartida </strong>es un anhelo profundamente humano. Hay ciertos elementos que consiguen colocarnos en ese lugar gracias a su ancestralidad, su reclamo emocional o la forma que tiene de mover masas, y —nos guste o no—, <strong>el fútbol es uno de ellos</strong>. Por todo ello, el número de TintaLibre este mes de mayo se titula <a href="https://www.infolibre.es/tintalibre/rueda-balon-tintalibre-mayo_1_2185413.html" target="_blank">‘La furia del fútbol’</a>, una edición que ha sido presentada y debatida este martes 5 de mayo en el Espacio Ronda de Madrid.</p><p>Con el objetivo de desgranar el fenómeno cultural y social de este deporte y analizar cómo crea política y opinión pública, la mesa redonda se ha servido de voces diversas: <strong>Marta Gesto</strong>, directora general de infoLibre; <strong>Lucía Taboada</strong>, periodista y escritora; <strong>Ramón Reboiras</strong>, jefe de redacción de TintaLibre; <strong>Leyre Ollero</strong>, jugadora cadete del Sporting de Hortaleza; y <strong>Mónica Grandes</strong>, socia y colaboradora de infoLibre.</p><p>Gesto ha dado la bienvenida al evento, primero, agradeciendo a la comunidad por sostener el proyecto, y ha presentado el tema asegurando: “Frente al fútbol que <strong>representa menos los valores de la sociedad </strong>y más los del dinero, nosotros vamos a mirar hacia otro fútbol”. Y es que las raíces de este deporte van más allá de los intereses comerciales de unos pocos.</p><p>“El mundo del fútbol es una pasión que se origina en la infancia”, ha asegurado Reboiras. Taboada, con una bufanda del Celta de Vigo sobre las piernas, ha contado cómo su padre le hizo socia a los cinco años junto con su hermana: “Mi padre era una persona muy ausente, que trabajaba muchas horas. Fue su modo de conectar con nosotras”. “Para mí el Celta es parte intrínseca de mi identidad y de mi identidad familiar, creo que es algo que conecta con muchas historias de muchas personas diferentes”, ha asegurado.</p><p>Grandes también ha contado historias familiares donde el fútbol es el nexo de unión: “Hay algunos que somos muy de izquierdas, y otros que son de Ayuso, pero todos somos del Atleti… es un tema que<strong> trasciende a todo lo demás</strong>”.</p><p>La composición del conversatorio, eminentemente femenina, se ha sacado a relucir tras el reclamo de Reboiras: “<strong>El fútbol también está compuesto por mujeres</strong>”. Y es que la atribución de este deporte solo a un género es un reflejo del machismo, pero no representa la realidad. Como ha asegurado Gesto, las mujeres van al campo de fútbol, como ella misma ha hecho desde siempre, pero aún así es mucho más difícil verlas “en los grupos ultra y en las directivas”.</p><p>Ollero, jugadora cadete y contando 14 años, ha contado su experiencia al comenzar en este mundo: “Al principio solo entrenaba con chicos y, claro, no tocaba mucho el balón. Me iba a mi casa enfadada, pero luego se empezaron a unir más chicas y formamos un equipo”. </p><p>El conversatorio, con chanzas entre quienes pertenecen a un equipo o a otro, la historia de los clubes, o qué afición es más fanática, contenía un mensaje de unión que sobrevolaba todo lo demás. Con todo esto, también se ha hablado de la violencia que a veces resulta de estos fanatismos, y su, a veces, irracionalidad. “El fútbol es un espejo que devuelve todos los males que hay en la sociedad pero amplificadísimos”, ha asegurado Taboada.</p><p>Aún así, la periodista reflexionaba: “Creo que el fútbol es una figura muy literaria”. “Hay gente que sigue pensando que es el opio del pueblo”. El componente cultural y reivindicativo que radica en los clubes, pese a la poca atención de algunas directivas, es universal. “El Celta hace algo que creo que deberían hacer más equipos. Está recuperando la identidad gallega, ya no solamente a nivel futbolístico, sino musical y cultural”. “<strong>El fútbol puede trascender a lo cultural</strong>”, ha reivindicado.</p><p>Jesús Maraña, director editorial de infoLibre y codirector de TintaLibre, ha concluido el acto recordando la variedad de escritores que forman parte del número de mayo,<strong> como Bernat Castany, Marta San Miguel, Luis García Montero o Paco Cerdà</strong>, entre otros. Además, ha animado a los allí presentes a asistir a la siguiente presentación, el próximo martes 2 de junio, cuya inscripción será publicada para los socios en breve. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 05 May 2026 20:01:51 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alba Meseguer Alacid]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El fútbol no es el opio del pueblo: TintaLibre presenta su número de mayo en Madrid]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Fútbol,Cultura,Deportes]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ya rueda el balón, en TintaLibre de mayo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/rueda-balon-tintalibre-mayo_1_2185413.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/99640439-5df4-4bd9-8b33-59d7b6d902f7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ya rueda el balón, en TintaLibre de mayo"></p><p>Con el Mundial de fútbol que comienza el próximo mes de junio muchos lectores de TintaLibre pensarán que hemos cometido penalti. Que nos ha dado un ataque de importancia, pero no es así. El fútbol que contamos y vivimos en las páginas de mayo poco o nada tienen que ver con la idolatría y las corruptelas de sus dirigentes, con el relato de la prensa deportiva, sino más bien con el juego y la educación sentimental, con la crítica política y el respeto, sí, el respeto a los rituales tribales de este deporte tan unido tanto a la infancia como al culto.</p><p><strong>Bernat Castany</strong>, que no ha visto un partido en su vida, lo resume a su manera siempre filosófica y humorística: “La madeja multifactorial de lo real queda reducida a un rectángulo unánimemente verde y deliciosamente compartimentado sobre el que progresan en perfecta armonía una veintena de puntitos que giran alrededor de una esfera que hace las veces de sol”.</p><p>Entramos al césped de esa manera. Desde Santander, donde se escuchan los cánticos en las gradas de El Sardinero, la escritora <strong>Marta San Miguel</strong>, añade otra reflexión certera sobre el tema: “Aunque el gol se cante igual en todos los idiomas y se celebre con ala misma voracidad de los abrazos, cada equipo de fútbol es un ecosistema genuino”.</p><p>Hablamos de un rito, de una tribu, de una pasión irracional. <strong>Luis García Montero</strong>, que se autodefine como madridista de la experiencia, mamó esas cosas desde su infancia tanto en Los Cármenes, estadio del Granada CF, como en el Bernabéu de su Real Madrid: “El fútbol”, sostiene el director del Instituto Cervantes, “me ayudó a comprender que, más allá de las identidades personales, hay una identidad compartida que merece la pena conservar al margen de las diferencias ideológicas”.</p><p>Pero si ahora ponemos ya el foco en el Mundial, el Mundial de Trump y de la FIFA más que de Lamine Yamal o Mbappé, el escritor colombiano <strong>Juan Gabriel</strong> <strong>Vásquez</strong> lanza un inquietante aviso para navegantes: “A mí no me queda inocencia suficiente para creer que el ICE no buscará a los inmigrantes en los estadios para arrestarlos: y así veremos los partidos de la Copa del Mundo convertidos en trampas, sí, en ratoneras para los hombres y mujeres que Trump llamó plaga”.</p><p>La infancia (y el barcelonismo) vive en las crónicas tanto de <strong>Paco Cerdà</strong> como de <strong>Ramón Reboiras</strong>. Desde Brasil, <strong>Luiza Romão</strong> rescata un cuento de Bolaño, Buba, que va de fútbol y de racismo en el fútbol y desde Colombia <strong>David García Cames</strong> nos refresca la memoria de las corruptelas que gobiernan este deporte llamado rey.</p><p>En TL de mayo hay más cosas aparte de esos puntitos persiguiendo una esfera y como siempre nos permitimos algún lujo cultural: la escritora argentina <strong>Pola Oloixarac</strong> recuerda (y celebra) la importancia de los 25 años de la publicación de <em>Soldados de Salamina</em>, de Javier Cercas, el libro que cambió y trastocó desde entonces el relato de la narrativa en español. También damos un jugoso aperitivo de la esperada nueva entrega de <strong>Valeria Luiselli</strong>, Principio, medio, fin, y podemos confirmar que la escritora mexicana (autora del inolvidable <em>Desierto sonoro</em>) sigue en plenitud de forma. </p><p>Más balones de oxígeno: <strong>Gaston Gilabert</strong>, nos acerca la dramaturgia de Angélica Liddell, la autora de una obra exigente para el espectador que es también (en eso se parece al fútbol) rito, dolor y sacrificio. Y <strong>Boris Izaguirre</strong> nos invita a revisitar desde fuera del armario, <em>Más Lejos</em>, la película de Gerard Oms con un imponente Mario Casas que muchos se han perdido.</p><p>¿Falta algo? Ah sí, Marilyn cumple cien años y nos la dibuja en toda su imperfección la escritora <strong>Sara Barquinero</strong>.</p><p>Disfruten y, como suele decirse, que gane el mejor. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 03 May 2026 04:01:42 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infoLibre]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Ya rueda el balón, en TintaLibre de mayo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Fútbol]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ya rueda el balón]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/rueda-balon_1_2185422.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/99640439-5df4-4bd9-8b33-59d7b6d902f7_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ya rueda el balón"></p><p>Puedes leer los números anteriores <a href="https://www.infolibre.es/suplementos/historico-tintalibre/" target="_blank"><strong>aquí</strong></a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 03 May 2026 04:00:40 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infoLibre]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Ya rueda el balón]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Fútbol]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[‘La furia del fútbol’, un fenómeno cultural y político que TintaLibre presenta en Madrid este martes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/eventos/furia-futbol-fenomeno-politico-emocional-espectaculo-tintalibre-presenta-madrid_1_2186189.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/99640439-5df4-4bd9-8b33-59d7b6d902f7_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘La furia del fútbol’, un fenómeno cultural y político que TintaLibre presenta en Madrid este martes"></p><p>Pocas cosas despiertan tantas opiniones, sentimientos y discusiones como el fútbol. Ni la política, ni la economía, ni la monarquía. Si hay algo que genera debate en las cenas de Navidad es el deporte más popular del mundo.  </p><p>Por eso, el <a href="https://www.infolibre.es/tintalibre/rueda-balon-tintalibre-mayo_1_2185413.html"  >número de mayo</a> de <em><strong>TintaLibre</strong></em>, la revista en papel de <strong>infoLibre</strong>, habla de fútbol y su importancia en la sociedad. Es un hecho. Como fenómeno de masas, este deporte ha conseguido<strong> abrirse paso en la cultura</strong> hasta determinar buena parte de lo que se considera aceptable, reprochable o debatible entre los ciudadanos. Quizá un joven de catorce años no lea el periódico, pero oirá hablar de racismo<a href="https://www.infolibre.es/politica/musulman-no-bote-fascismo-cuela-gradas-seleccion-espanola-mundial_1_2171486.html" target="_blank"> si Lamine Yamal lo denuncia. </a></p><p>Bajo el eje <em><strong>La furia del fútbol</strong></em>, crónicas, ensayos y relatos desgranan este deporte como fenómeno cultural, político y emocional. La presentación del nuevo número tendrá lugar en la <strong>Sala Azul del Espacio Ronda,</strong> en el corazón de Madrid, a las 19:00 h del <strong>5 de mayo</strong>. El espacio tiene una capacidad máxima de cincuenta personas que podrán asistir al acto si son socias o socios, inscribiéndose <a href="https://buytickets.at/infolibre/2190798" target="_blank" >en este enlace</a>. ¡Y si no eres socio, <a href="https://usuarios.infolibre.es/hazte_socio/" target="_blank">pinchando aquí </a>puedes remediarlo! </p><p><strong>Marta Gesto</strong>, directora general de <strong>infoLibre</strong>, será la capitana del acto en el que hará un recorrido por este deporte desde la pasión y la memoria personal hasta el poder de la FIFA, los mundiales o su uso político, pasando por su mercantilización, su dimensión identitaria y sus contradicciones. </p><p>Posteriormente, la periodista dará pasó a <strong>Ramón Reboiras,</strong> jefe de redacción de <em>TintaLibre</em>, quien moderará una mesa redonda con la participación de <strong>Mónica Grandes</strong>, socia y colaboradora de infoLibre; <strong>Lucía Taboada</strong>, periodista y escritora; y <strong>Leyre Ollero</strong>, jugadora cadete del Sporting de Hortaleza. En ella hablarán de cómo el fútbol se convierte en fenómeno cultural y social, de qué formas lo hace y en qué ámbitos.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 30 Apr 2026 12:28:03 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Eva Rodríguez]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘La furia del fútbol’, un fenómeno cultural y político que TintaLibre presenta en Madrid este martes]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Fútbol]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Lo que no tapa el táper]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/no-tapa-taper_1_2171155.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/187d332d-1c34-4fce-bdfb-a81686508c18_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lo que no tapa el táper"></p><p><strong>Mi primera relación con un táper fue lúdica</strong>, pero con un resultado tan repugnante que ahora le doy un valor metafórico y anticipatorio. Yo tenía cuatro años y me empeñé en cocinar una paella. Había visto a mi madre hacerlo y para mí todo se resumía en sumergir el arroz en agua, así que le pedí un recipiente y un poquito de arroz. Ella me dio un táper pequeño de plástico y me alcanzó el paquete de SOS para que cogiera unos puñaditos. Los metí en el tupperware y, sin que ella me viese, <strong>los cubrí de agua y los escondí debajo de mi cama</strong>. En ese momento mi pensamiento mágico funcionaba como nunca: estaba convencida de que bastaba con imitar defectuosamente la causalidad real para que el resultado aconteciera siempre de la misma manera. Dicho de otro modo: creía que el grano, al contacto con el agua, <strong>se convertiría en un suculento plato de paella</strong>. Daba igual que debajo de mi cama no hubiera fogones y que tampoco hubiese caído en la cuenta de que lo que cocinaba mi madre era de color amarillo y llevaba pollo. En mi cabeza bastaba con dejarlo ahí hasta que la paella brotara por sí sola. </p><p>Sin embargo, <strong>no brotaba nada de aquel arroz</strong>. Pasaron un día, dos, tres. Yo estaba ansiosa por enseñarle a mi madre mi hazaña, pero con el transcurso de las jornadas solo veía aquel caldo convirtiéndose en una masa blancuzca, hasta que me olvidé. Mi madre pegó un grito cuando tocó limpiar mi cuarto y sacó de debajo de la cama el táper florecido de moho: una telaraña gris con puntitos negros, <strong>como el vómito de un insecto repulsivo</strong>, que fue tirada inmediatamente a la basura tras dos bofetadas que me dejaron las mejillas ardiendo y una impresión de no ser comprendida, pues yo traté de explicar que <strong>mi intención era buena</strong>.</p><p>Digo que este episodio fue metafórico y premonitorio porque, a partir de este momento, <strong>el táper pasó a significar en mi cabeza un fracaso</strong>, y eso mismo observaría años después en el trajín de táperes en el que andaban mis compañeros de piso o en el que anduve yo misma en mi breve paso por una oficina, una brevedad que procuré con ahínco: enseguida me hice correctora editorial externa y no tuve necesidad de llevarme la comida al trabajo para zampármela en uno de esas habitáculos con microondas y nevera donde, en vez comer, <strong>los empleados parecen castigados</strong>, como niños excluidos del salón de los adultos, que en el tajo siempre son los jefes. Ese salón de personas mayores también es metafórico, o lo era: en el escaso tiempo en el que estuve en una oficina, mi jefe y mi jefa (nunca supe si entre ellos había jerarquías) se iban a comer a un restaurante, y <strong>con eso marcaban la diferencia y el privilegio</strong>. Los curritos nos juntábamos en el cuarto de las reuniones, que también era el de la comida, aunque yo mayormente me marchaba fuera, donde había un aparcamiento y un pequeño parterre con césped y algunas plantas, y me sentaba en el bordillo con mi ensalada de pasta o mi trozo de tortilla mientras olía a neumático. Lo prefería a la mezcla nauseabunda de olores que se generaba en el cuartucho cuando todo el mundo abría su táper.</p><p>En aquel tiempo todavía teníamos una conciencia clara de lo que era y no era un privilegio, entre otras cosas porque no nos poseía el credo calvinista de ahora (o no tanto, al menos: estoy hablando de principios de los 2000). <strong>No había esa obsesión por la productividad</strong> ni por ser el mejor empleado del mes, una mentalidad que hace que, en la actualidad, y según me cuentan, los nuevos jefes y jefecillos, procedentes de algún MBA carísimo donde les han enseñado el negocio y la ética neoliberal, también se comporten como esclavos y coman en táperes para no perder ni un minuto (¡porque además luego tienen que mazarse en el gimnasio!). Aquel mundo de principios del siglo XXI, que todavía funcionaba según las reglas del último cuarto del XX, era otro. La gente de las oficinas (la clase media) salía mayoritariamente a desayunar porque <strong>no se había perdido poder adquisitivo</strong>. Había más relajo, los subalternos no solían tener la misma ideología que los mandamases, y menos aún la clase obrera. Así que comer de táper se veía como algo triste, y se hacía porque no se tenía más remedio. Es curioso cómo ha cambiado esto: basta con ver las respuestas a un artículo publicado por Enrique Rey en El País titulado “¿A qué huele la clase obrera?: comer de táper en el trabajo, el símbolo de una generación desencantada”. En no pocas de ellas se argumenta que <strong>comer de táper es mejor porque es más sano</strong> y te hace perder menos tiempo, y siendo ambas cosas ciertas, evidencian no obstante la pérdida de perspectiva, de lo que significa en términos generales: el dinero que no tenemos para desayunar o comer de menú, por no hablar de la idea capitalista del tiempo, en el que este no se puede perder. </p><p>Yo recuerdo a mis compañeros de piso cocinándose los táperes y la satisfacción que me producía el no tener que estar haciendo lo mismo que ellos. Mi trabajo de correctora editorial en casa no era ninguna panacea, <strong>pero me salvaba del táper</strong>, de dedicar los domingos por la tarde a hacer dos guisos distintos para saltearlos en días alternos, o de preparar un poco más de cena para comer las sobras al día siguiente. Muchos de mis compañeros regresaban muertos de hambre porque lo que se llevaban era una ensaladita que llegaba pocha al mediodía, así que a las siete de la tarde se cenaban una fuente de macarrones con tomate. Tuve compañeras que llenaban el congelador de táperes y que acarreaban esa comida congelada al trabajo, y otras que odiaban cocinar y que metían en su mochila una lata de atún pequeña, dos rebanadas de pan de molde y una manzana insípida. También había quienes se desayunaban una barra de pan entera con queso, chorizo o fuagrás para no tener que prepararse ningún táper y aguantar sin comer (luego volvían a cenarse otra barra de pan). <strong>No recuerdo a nadie preparándose sus táperes con alegría</strong>, o que al llegar del trabajo comprara buenos alimentos y dedicara una hora a un guiso rico y elaborado: tener hambre significaba lo de siempre, que te comes cualquier cosa. Y lo que sobra, al táper.</p><p><em>*Elvira Navarro es escritora. Su último libro publicado es ‘La sangre está cayendo al patio’ (Random House, 2025).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 20 Apr 2026 04:00:58 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Elvira Navarro]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Lo que no tapa el táper]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[En chanclas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/chanclas_1_2171146.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b14f738b-6f9f-4c79-a3f5-dbbdecb0f007_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="En chanclas"></p><p>Su madre no le dejaba depilarse el bigote, ni quitarse los pelos de las piernas, ni arrancar ese vello espantoso que le crecía entre las dos cejas y que le daba un aire primitivo, como de cromagnona adolescente. Decía: “Cuanto más tarde seas esclava de la cera y de todos los adminículos que el capitalismo ha inventado para que las mujeres nos metamos en el ciclo infinito del cuidado personal, <strong>más tiempo serás libre</strong>”. Entendía la idea de forma abstracta, porque en su casa desde muy pequeñas a ella y a sus hermanas, una especie de hermanas Lisbon mesetarias, las habían aleccionado contra los peligros del consumo desaforado y la vanidad como motor de dicho consumo; pero lo cierto es que aquella cerrilidad naturista, la misma por la que le estaba vetado comer gominolas o ponerse desodorante de supermercado, <strong>a ella lejos de liberarla la hacía esclava de las miradas ajenas</strong>. En los vestuarios, antes de las clases de gimnasia, se escondía en los cubículos individuales para que nadie viese que tenía bajo los dos sobacos sendos frondosos felpudos. Ese inconveniente podía sortearlo cambiándose la camiseta a solas, pero <strong>no había manera de ocultar la selva de las extremidades inferiores</strong>, que generaba unos cuchicheos que a ella le sonaban como abucheos cada vez que salían a correr por el patio. Tampoco podía sortear las chanzas satíricas de Angélica, una niña con maneras de comandante en jefe que hacía correr bajo todos los pupitres de una clase notitas en las que <strong>aparecía retratada como un pastelero bigotón</strong>. Cuando se le ofuscaba la mirada porque sabía bien que el centro de aquella diana de risitas era su rostro, la cosa solo iba a peor porque su enfado acentuaba aún más su unicejo. La peor parte de aquel calvario púber no tenía lugar en el colegio sino después en casa, cuando entre lágrimas intentaba convencer a su progenitora de lo insostenible de la situación. Ella le contestaba inflexible, cargada de razones a las que la crueldad infantil nunca atendería. Pero finalmente su madre, que solo de vez en cuando era capaz de salir de sí misma, se fue apiadando de ella por parroquias: primero <strong>le permitió decolorarse el bigote</strong>. Fue peor el remedio que la enfermedad, porque su mostacho era tan abundante que ni diez litros de agua oxigenada pudieron impedir que la cabrona de Angélica le pusiese un mote con el que todavía la recuerda toda su promoción: <strong>Schuster</strong>. “Es un futbolista alemán”, le explicó su padre cuando ella llegó a casa llorando. Al ver una foto del teutón lo entendió. Pasados los meses por fin su madre accedió a hacerle la cera ella misma en las piernas. <strong>Nunca volvería a experimentar un dolor tan gratificante</strong>, ni siquiera cuando parió a su propia descendencia, tres niñas más bien peluditas a las que dio autonomía total sobre sus vellos corporales en cuanto la pidieron. Aún quedaba una última circunscripción, la axilar, a cuenta de la que <strong>tuvieron la peor discusión de sus vidas</strong>.  </p><p>Fue la tarde en la que sus padres le comunicaron que iban a apuntarla a clase de natación. La noticia calló sobre su cuerpecito de criatura hormonada como un fardo de pelos de acero. <strong>“¡Mamá! ¡Me van a ver los sobacos!”</strong>. “Pues que te los vean”, zanjó. Y después, aquella mujer jovencísima y fiera que la había parido solo trece años atrás le dijo que<strong> su padre la llevaría a comprar unas chanclas</strong> “porque ya lo que nos faltaba es que cogieras hongos”. Se pararon en un pasillo de la tienda de deportes que despedía un embriagador perfume a goma nueva: gafas Speedo, gorros Arena, bañadores Turbo. Ni que decir tiene que en aquella casa purista <strong>las marcas, en líneas generales, estaban prohibidas</strong>, pero su padre sin pensarlo cogió unas chanclas de suela azul. “Estas”. En el empeine unas rayas inconfundibles recorrían una banda en cuyo interior había un mullido forro de secado. “Las Adilette fueron creadas por Adi Dassler para que los jugadores de fútbol pudieran ducharse calzados y sin riesgo de resbalar, ¿ves?”, le explicó con tono de erudito mientras le enseñaba una especie de ventosas que recorrían la suela. Ella, mientras, miraba de reojo las que le hubiesen gustado: unas de esas que se sujetan únicamente con el dedo gordo y te dejan flotar sobre una cama de gomaespuma mientras vas haciendo un característico ruido: <em>flip, flop, flip, flop</em>. No se atrevió a discutirlo: bastante avance era que un mayor de su casa hubiese sucumbido a los cantos de sirena del marquismo. La racha de buena suerte se terminó el mismo día que empezaron las clases de natación. La noche anterior le había costado conciliar el sueño y al llegar a la piscina climatizada comprobó con horror que la posibilidad que había barajado era ya un hecho. Entre las alumnas estaba la diabólica criatura que se había encargado de que todo el mundo se mofase de su hirsutismo. Con la cabeza gacha y los brazos muy juntitos se aproximó al grupo, <strong>suplicando hacia sus adentros que nadie le obligase a levantar los brazos</strong>. El problema, sin embargo, fue otro: en cuanto Angélica reparó en su presencia la miró de abajo a arriba. Lo primero que advirtió fueron sus chanclas de Adidas. Soltó un grito que rebotó sonoramente contra las paredes de azulejo: “¡Por supuesto que Schuster iba a venir con unas chanclas de futbolista alemán!”. Contuvo la ira hasta que estallaron las carcajadas. Entonces se abalanzó sobre la niña maliciosa que echó a correr por las baldosas mojadas. Iba con unas de esas chanclas que hacen <em>flip, flop, flip, flop</em>. Rosas, ligeras, preciosas. Al girar hacia la cabecera de la pileta, <strong>Angélica resbaló</strong>. Su cabeza rebotó contra uno de los tacos de cemento. La niña peluda llegó justo a tiempo para ver cómo el cabello tendido en el suelo de la otra adolescente se llenaba de sangre. Se agachó y mirándola fijamente a unos ojos abiertos como platos le dijo: <strong>“Esto con mis chanclas no te habría pasado”</strong>.  </p><p><em>*Raquel Peláez es periodista y escritora. Su último libro es ‘Quiero y no puedo. Una historia de los pijos en España’ (Blackie Books, 2024).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 19 Apr 2026 04:00:50 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Raquel Peláez]]></author>
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      <media:title><![CDATA[En chanclas]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La momia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/momia_1_2171138.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/650cac3b-85bc-456f-93a1-ca4898dd0e74_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La momia"></p><p><strong>1. Antecedentes </strong></p><p>Cuando era una niña, el olor del plástico –colorista, brillante, eléctrico– anunciaba: colchonetas, flotadores, muñecas vestidas de flamenca, patito de goma-amarillo, amarillo-, calcomanías, gominolas fabricadas con derivados de aromáticos del petróleo. Joder, los Hogarines, aquella familia maniquí que tenía hasta una chacha inequívocamente española. Masticábamos las capuchas de los bolis y sacábamos de las máquinas huevos de plástico que encerraban plásticas sortijas de primera calidad. A veces <strong>inspiro profundamente en mitad del pasillo de uno de esos bazares</strong> que se abren en un inesperado sótano de mil metros cuadrados, y sufro el <strong>síndrome de Stendhal</strong> y la retrotracción a la infancia. Más tarde, llegaron los preservativos. Aún no se habían hecho famosos sus sabores a chicle.</p><p><strong>2. </strong><em><strong>My Card </strong></em></p><p>Hoy mi relación con el plástico es netamente –elijo con mimo el adverbio– crematística. Mi tarjeta no huele a nada ni brilla. Mate, gris oscuro. Discreta, elegante. Como el uniforme de una fuerza represiva que no quiere llamar la atención. Las informaciones visibles sobre la piel de mi tarjeta se vuelven crípticas a causa de la presbicia. Sin embargo, lo más preocupante no son los signos que recorren la piel de mi tarjeta, sino sus mensajes arcanos. No sé a dónde remiten sus áreas tornasoladas y códigos. <strong>No siento </strong><em><strong>My Card</strong></em><strong> como una parte de mi anatomía</strong>. <em>My tongue, my liver, my heart</em>. El adjetivo posesivo en inglés me amenaza.</p><p><strong>3. Champiñón en la cueva</strong></p><p>Mi abuelo materno era cajero en el Banco de España –cajero de ventanilla, no gobernador del Banco– y, cuando compraba algo valioso, sacaba sus billetes, nuevecitos y ordenados, para pagar con categoría. El dinero, que huele a dinero con un olor a moho y papel, a champiñón en la cueva, debe tratarse respetuosamente sobre todo cuando no se tiene en abundancia. <strong>Con el dinero no te limpias el culo</strong>. Conoces su rareza y su fragilidad: los billetes se estrujan y las monedas se oxidan. El dinero no se puede meter en la lavadora. Llevamos maletas grandes para guardar el botín del atraco. El dinero tiene que pesar para que, de pronto, no se nos vaya de las manos, se evapore, se convierta en deuda externa. Lo ves, ya no lo ves.</p><p><strong>4. Mi hucha del cerdito</strong></p><p>El dinero fluctúa fantasmagóricamente. Ya no imaginamos el dinero en montones. El tesoro en la cueva de Ali Baba. El concepto del ahorro familiar se desdibuja ante la ectoplásmica acumulación de capitales. Iker Jiménez lo sabe. El dinero es impensable. <strong>El dinero, como Dios, existe, pero no existe</strong> –y viceversa–, y el plástico es su representación en la Tierra. Me asustan las cosas sin tacto ni olor ni gusto. Lo que no cruje ni tintinea. Las cosas que no puedo ver y, sin embargo, gobiernan mi vida. Quiero mi hucha del cerdito. Desconfío de la estampita de mi tarjeta de crédito, del altar del cajero automático y de los economistas de la Escuela de Chicago. Amén. </p><p><strong>5. Apagón, limosna y propina</strong></p><p><strong>Transporto de acá para allá un billete de diez euros y algunas monedas</strong> por si hubiese una catástrofe. El gran apagón no me pillará desprevenida. Podré tomar un café <em>latte </em>y una micromagdalena. Siempre llevo algo, aunque sea para fomentar gustosamente la mendicidad. Al salir del supermercado, le doy a Washington, migrante senegalés, un euro brillante. Washington no dispone de terminal para aceptar limosnas con tarjeta y yo me siento avergonzada si no puedo hacer una aportación. También me parece raro dejar la propina incluida en el importe que se paga con tarjeta. Me encantan esos camareros que te miran mal cuando no les dejas dinero contante y sonante en el platillo. A veces, ese dinero de buena voluntad se lo queda el jefe: “¿Pero no tiene suelto?” Soy rancia como la grasilla rancia de la paletilla reseca de serrano. Confío en el género humano al constatar que aún son posibles las pequeñas sisas, las propinas que no pasan por la fiscalización del jefe, el boooooote. También reivindico el derecho a ser condescendiente, piadosa y limosnera. Subespecies útiles de la superioridad. Mi abuela no fue una dama de beneficencia ni organizó rastrillos con garritas de astracán. Fue obrera en una fábrica de perfumes y ama de casa. Luchó contra los explotadores, y nunca le negó unas monedas a quien pedía en la calle ni le reprochó que no hubiera hecho la revolución. Hoy, con el plástico de las tarjetas, Washington no sale adelante y nosotras, virgencita, virgencita, que me quede como estoy.</p><p><strong>6. Efectivamente</strong></p><p>Lo que asusta es el higiénico latrocinio de la comisión bancaria. El obligatorio importe por tener una tarjeta –crédito o débito– que también es obligatoria. Lo que asusta es cómo, con la excusa de la transparencia, se filtran el control y el robo a gran escala que es un robo gota a gota y también el desplazamiento, vertiginoso y mágico, de masas ingentes de capital. Cada vez que<strong> meto el número de mi tarjeta para realizar una compra</strong> de esas que ya solo puedo hacer por internet, cada vez que tecleo el dato de mi CVC, me da un repeluco: acabo de poner a disposición de un ser desconocido, de un <em>bot</em> desconocido –no sé qué es un bot, pero seguro que no tiene piedad– los ahorros de mi vida, la confianza en una vejez aseada y con calefacción. Pongo mucho cuidado al marcar los números. Me preocupa pulsar dos teclas a la vez y que todo se vaya a la mierda. Otras veces, creo que sería mejor marcar dos números y que todo se vaya a la mierda. Efectivamente.</p><p><strong>7. Caducidad</strong></p><p>Mi tarjeta no huele a nada ni brilla, no dispara evocaciones ni nostalgias, pero me abre la puerta al consumo y la diversión. También a los peligros. A veces, olvido mi número secreto. “Mamá, ¿qué quieres por tu cumpleaños? Vamos a la perfumería Rubor y te compro lo que necesites, mamá”. Mi madre mete en el carrito agua de colonia, crema hidratante, carmín, toallitas. Guardo mi ligera tarjeta en el bolsillo. Es la tarjeta que uso para no cambiar dinero cuando salgo de la Unión Europea, viajar en el metro de Londres, comprar una botella de agua por cuatro euros en el aeropuerto, pagar a escote con las amigas en un restaurante, comprar limones, cortarme el pelo. La cajera pasa los productos por el escáner. El precio aparece en el terminal. Deslizo mi tarjeta –a veces, solo la aproximo, a veces la restriego, a veces la meto/inserto: me siento todo un hombre con mi tarjeta–. La máquina me pide mi clave. 3765. No. 6537. No. 5673. No. <strong>Me bloqueo, me resisto, me apabullo</strong>. “Póngase a un lado, señora. Está bloqueando la cola”. Mi madre saca su tarjeta, la desliza, teclea su número con soltura. Tengo miedo. De esa levedad, ese dominio rutinario del plástico. A mi madre le ha poseído la tarjeta. La nueva textura plástica le sube de las puntas de los dedos hacia el codo. La tarjeta funciona dentro del metabolismo de mi madre resiliente, ágil, juvenil. Mi madre ya no es mi madre, o quizá yo soy la momia. La grasilla rancia de una paletilla de serrano. Una tarjeta deprimida ante la idea de su caducidad.</p><p><em>*Marta Sanz es escritora. Sus libros más recientes son ‘Los íntimos’ (Anagrama, 2024) y el libro de poemas ‘Amarilla’ (La Bella Varsovia, 2025).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 17 Apr 2026 17:37:57 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Marta Sanz]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Aquellos chutes y estos lodos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/chutes-lodos_1_2169495.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/39b8d3c1-9624-4faf-8dc7-b6efa6141cef_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Aquellos chutes y estos lodos"></p><p><em>España, 1986</em>. Las <strong>drogas</strong> (así, en plural y en genérico) son el <strong>mayor problema del país para un tercio de los españoles</strong>. El cuarto en gravedad por detrás del paro, el terrorismo de ETA (que mató a 41 personas) y la inseguridad ciudadana.</p><p>Aquel año se crea la Fundación de Ayuda contra la Drogadicción (FAD), impulsada por el exvicepresidente del Gobierno <strong>Manuel Gutiérrez Mellado</strong>. El general que aguantó firme las sacudidas de Tejero en el Congreso el 23-F se enfrentaba ahora a otro enemigo que llevaba ya una década embistiendo al país.</p><p>En 1988 la FAD realiza su primera campaña: la imagen de una jeringuilla tachada y el eslogan <strong>“Engánchate a la vida”</strong>. Una jeringuilla de heroína, por supuesto.</p><p>La heroína había comenzado a arrasar España en la Transición. Durante aquellos últimos años setenta y los ochenta, cuando se alcanzaron los picos de consumo, pero también en los noventa, cuando más visible fue todo su impacto, más de veinte mil personas (jóvenes, principalmente) murieron de sobredosis, trescientas mil fueron tratadas por adicción, y miles y miles se contagiaron enfermedades desde el sida a la hepatitis por compartir jeringuillas. <strong>La heroína, el caballo, galopó por España dejando un reguero de muertes</strong>, de familias destrozadas y de delincuencia desbordada. Era una crisis de salud pública. Fue una epidemia. Las drogas, así en plural y genérico, como se nombraban en las encuestas, eran un monstruo.</p><p><em>Enero de 1992</em>. Nueva campaña de la FAD. <strong>“Ten cerebro, pasa de la coca”</strong>. La droga es ahora un gusano que repta tabique nasal arriba hacia el cerebro. Como una secuencia de ciencia ficción. Solo el sonido del anuncio que se hizo para televisión y radio, todavía hoy, resulta estremecedor.</p><p>A mediados de los noventa las <strong>drogas</strong>, todavía en plural y genérico, son el <strong>segundo problema para los españoles </strong>por detrás del desempleo. Preocupan a la mitad de la población. Son esos años en los que la crisis de la heroína se muestra en todas sus consecuencias.Pero no, no son las drogas, así en plural y genérico, sino la heroína. </p><p>La FAD acaba de <strong>apuntar a la cocaína</strong>, el gusano que devora cerebros. Pero diez años antes, en 1982, cuando se disparan los adictos al caballo y los delitos se han duplicado, la coca era “un signo externo de riqueza”, como se la definía en una llamativa crónica de <em>El País</em> fácilmente accesible en la web para quien quiera leerla. Merece la pena hacerlo. Parece un publirreportaje de los productores y traficantes de cocaína.</p><p><strong>Mientras la heroína causaba estragos, la cocaína avanzaba sigilosa</strong>. La cocaína no era la heroína. El <em>perico</em> nada tenía que ver con el <em>caballo</em>. Ni siquiera en el imaginario popular. Ni en el lenguaje, porque las cosas son según las nombramos. La heroína era la de los yonquis, la de los muertos vivientes que se descomponían en directo hasta desaparecer. La coca era de los yupis, el signo externo de riqueza de las élites. Como el caviar y el champán, como decía la crónica del periódico. La heroína era un chute, la coca una raya o un tiro. Uno iba drogado o <em>colgado</em> y el otro <em>puesto</em>.</p><p><strong>El consumidor de caballo era el marginal </strong>que atracaba para meterse un pico, eran las kundas atravesando las ciudades hacia sus arrabales, los zombis en los metros y las plazas, las jeringuillas en los parques que los padres apartaban a patadas lejos de donde jugaban los niños. <strong>La coca no se veía públicamente</strong>. Su consumidor no necesitaba atracar para consumir. Al contrario. Era el producto de una elite financiera o cultural que tenía dinero de sobra para pagar las diez mil pesetas el gramo (lo mismo que sigue costando). Los de la heroína eran marginales. Los de la coca, aspiracionales. El caballo era degradación y muerte. La coca, éxito y <em>glamour</em>.</p><p>Ambas sustancias habían irrumpido en el país prácticamente en paralelo, a finales de esos años setenta de apertura en España. La coca no solo llegó a España en esa época. Lo hizo al mundo. A principios de los ochenta se vivió lo que después se bautizaría como el boom de la cocaína. Los carteles colombianos, que habían traficado ya con marihuana hacia Estados Unidos, emplearon las mismas redes para mover la sustancia que entonces se producía en Perú y Bolivia. El salto a Europa llegó inmediatamente después.</p><p>En 1992 la FAD apuntaba a ella por primera vez. Como había hecho con la heroína y la jeringuilla tachada y aquel “Engánchate a la vida”.</p><p>Aquel mismo año, en verano, se lanzó <strong>otra campaña</strong>, la que más se repetiría recurrente a lo largo de la década.<strong> Simplemente, un NO</strong>. Un gran NO a las drogas. A todas. Era la adaptación española del <em>Just Say No</em>, que se convirtió en la gran campaña contra las drogas en Estados Unidos en los ochenta, impulsada por Nancy Reagan.</p><p>Pero la heroína y la cocaína ya no eran lo mismo. Solo lo fueron, en realidad, como objetivos de esas campañas. <strong>La cocaína no se asociaba a los problemas de la heroína</strong>, ni a las sobredosis, ni a las enfermedades ni a la delincuencia. Al contrario, era diversión, estatus, prestigio incluso. La comparación con la heroína disparó a la coca. Si alguna vez pudieron ser equivalentes, como aquello que se llamaba las drogas duras, en comparación con el cannabis, la blanda, enseguida se distanciaron.</p><p>Y los consumidores de cocaína no decían no, sino sí.</p><p><em>Año 2007. </em>La imagen muestra a un hombre trajeado tirado en una calle sobre unos cartones. Se parece al yupi psicópata Patrick Bateman que Christian Bale ha interpretado siete años antes en <em>American Psycho</em>. <strong>“Cambia tu percepción. Piensa”</strong> es el sugerente eslogan que la acompaña. La FAD aspira a mostrar los nuevos rostros de las drogas, a los consumidores que aparentemente no parecen serlo.</p><p>El paro, la vivienda y la economía son las mayores <strong>preocupaciones</strong> de los españoles. <strong>Solo dos de cada cien personas mencionan las drogas</strong>, así, todavía en plural y genérico.</p><p>En 2007, 8 de cada 100 personas en España confirmaba haber probado la cocaína al menos una vez en su vida. Al comienzo de esa década lo hacían cinco.</p><p>Aquellos años se alcanzaba en España el <strong>récord de consumo</strong>. Más del tres por ciento de la población confirmaba haberla tomado durante el último año, casi el doble que una década antes. España se encaramaba entonces a los <em>rankings</em> como uno de los países con mayor consumo en el mundo.</p><p>Las drogas, la coca, eran para la FAD ese yupi de película tirado en la calle. Pero la coca hacía tiempo que había dejado de ser de yupis, o de artistas, o de élites. <strong>Su consumo había avanzado ya por toda la pirámide social</strong>. Seguía costando lo mismo que cuando era un producto de lujo, como el caviar, el champán o los coches deportivos, como la comparaba aquel artículo de <em>El País</em>, pero el nivel adquisitivo había subido, España vivía el apogeo previo al estallido de la burbuja y la cocaína había entrado ya en otra dimensión.</p><p><em>Años 2024 y 2025</em>. Un montador de cine encadenaría las noticias, con ritmo de <em>thriller</em>, para crear la secuencia perfecta. Trece toneladas de cocaína, récord histórico, incautadas en el puerto de Algeciras. Siete toneladas descubiertas en una finca en Coria del Río, Sevilla, que habían subido en narcolanchas por el Guadalquivir. Dos toneladas decomisadas en el puerto de Valencia. Siete toneladas intervenidas en un barco en alta mar a quinientos kilómetros de Canarias. Cada pocas semanas, una noticia parecida. Cambian las cantidades, todas de récord, y la localización. <strong>La coca entra por Canarias, por Galicia, por Valencia, por el Guadalquivir, por toda la geografía... </strong></p><p>Jamás se había incautado tanta. Pero <strong>nunca, tampoco, se había producido tanta</strong>. La ONU estima que la producción mundial ronda ya las 4.000 toneladas anuales. En quince años se ha multiplicado por cuatro. Colombia es hoy el principal productor, seguido por Bolivia y Perú, a pesar de que la planta de la coca nunca había crecido de forma autóctona en este país. Naciones Unidas apunta que hay 25 millones de consumidores de cocaína en el mundo, ocho más que hace una década. Y subiendo…</p><p><strong>Las drogas, en plural y genérico, no aparecen hoy en las encuestas</strong> sobre los temas que más preocupan a los españoles. Tampoco ninguna en concreto.</p><p>Si en 2007 ocho de cada cien personas habían probado la cocaína, hoy son ya casi 14 los adultos entre 15 y 64 años, y sube cada año. Eso significa que más de cuatro millones y medio de personas lo han hecho. Y la cifra es seguro aún más alta porque en esta estadística del Plan Nacional sobre Drogas se quedan fuera los mayores de 65 años que la hayan probado. </p><p>Para los expertos en salud pública y drogas, este no es el dato relevante, sino los que apuntan a los consumos continuados, como las personas que han consumido una sustancia durante el último año. Sin embargo, ese 14% es el <strong>dato más alto de todos los países del entorno español</strong>. En ningún otro país un porcentaje tan elevado de la población sabe lo que es meterse una raya. Y aunque no sea representativo de un consumo continuado, resulta, cuanto menos, revelador.</p><p>Hoy<strong> la heroína es marginal en España</strong>. Pero no marginal como la marginalidad con la que se asociaba en los años de la epidemia, sino por consumo: un 0,7 por ciento de la población la ha probado alguna vez en la vida y un 0,1 la ha consumido el último año.</p><p>La cocaína, en cambio, la ha consumido el 2,5% el último año, cerca de 800.000 personas, con el triple de consumidores entre hombres que mujeres y con los adultos entre 35 y 45 como los mayores consumidores.</p><p>Estas mismas estadísticas señalan que hay en España <strong>130.000 personas con un consumo problemático de cocaína</strong>. Y la cifra es muy llamativa en dos sentidos. En el primero, por lo obvio: el número de personas con un trastorno. De hecho, España es el país de la Unión Europea donde más personas buscan tratamiento por adicción a la cocaína. En total, cerca de 10.000 pacientes nuevos al año, el doble si se cuenta a los que han recaído y vuelven a intentarlo. Muy lejos todavía de aquellos que sufren problemas por el alcohol, la sustancia que, con diferencia, más estragos provoca.</p><p>El segundo motivo es que se considera <em>problemático</em> el consumo que supera los treinta días durante el año. Es el baremo con el que trabajan los expertos y de ahí la estadística da como resultado esas 130.000 personas con problemas por la cocaína en España. Pero ese baremo muestra que existe también un consumo que, aun siendo nocivo y de una <strong>sustancia altamente adictiva</strong>, no tiene por qué ser problemático, y donde se encuadra todavía una mayoría de consumidores en España. Pero estos consumidores no aparecen en las campañas ni en los debates sobre drogas y salud pública. Miles de personas que, pese a todo, dicen sí.</p><p>En 2026 las drogas, así, todavía en plural y general, siguen siendo las drogas del gran NO copiado a Estados Unidos. Pero los niveles de consumo, como el de la cocaína, <strong>suben cada año y ya se acercan a los niveles previos a la crisis</strong>, cuando cayó su consumo como se desplomó todo el consumo en general.</p><p>La realidad es que nunca había tanta en el mundo ni había llegado tanta a España. De hecho, el kilo comprado al por mayor, para la venta después al menudo, está en mínimos históricos.</p><p>Pero no es solo la cocaína. </p><p><em>Año 2026</em>. Si se abre el foco, la imagen ya no es de una jeringuilla, ni de un gusano devorador de cerebros o de un yupi tirado en la calle o la de ese NO rotundo tan ineficaz como irreal. Ahora también es la del <strong>consumo desorbitado de ansiolíticos e hipnosedantes</strong>, donde España lidera Europa; <strong>la del juego </strong><em><strong>online</strong></em><strong>; la del alcohol</strong>, por supuesto; <strong>la del </strong><em><strong>chemsex</strong></em>, la de las redes sociales; la de tantos consumos desorbitados y adicciones más... </p><p>¿Cuáles son hoy las drogas que no preocupan a los españoles?</p><p>Y a falta de un eslogan, una pregunta que sobrevuela todas esas imágenes, que probablemente no sean imágenes independientes sino cromos de un mismo álbum: <strong>¿por qué?</strong></p><p><em>*David López Canales es autor del libro ‘¿Una rayita? Por qué en España se consume tanta cocaína y no se habla de ello’ (Anagrama, 2025).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 05 Apr 2026 04:01:16 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[David López Canales]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Aquellos chutes y estos lodos]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Democracia en vena: la literatura drogada y la juventud de la Transición]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/democracia-vena-literatura-drogada-juventud-transicion_1_2169484.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/ba197a2f-6fea-4495-b082-bcc8120379a5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Democracia en vena: la literatura drogada y la juventud de la Transición"></p><p>1981. Febrero. Lunes. Antonio Tejero entra y sale a toda velocidad del Congreso. Y, al día siguiente, en Berlín, ganaba el Oso de Oro <em>Deprisa, deprisa,</em> la última cinta de un Carlos Saura en estado de gracia que narraba, con ritmo de <em>thriller</em>, las vibraciones de la juventud del <em>baby boom</em> en las periferias metropolitanas, sus deseos, amores y fantasmas. La densidad de aquel momento histórico llenaba las películas, más allá de los guiones. Bastaba con poner una cámara para que la realidad se pegase, como el vaho en un espejo. Esto sucede en <em>Después de...</em>, el documental de los hermanos Cecilia y José Juan Bartolomé que mostraba la polarización social y las movilizaciones y que la Dirección General de Cinematografía secuestró en aquella primavera de 1981, como si la cinta hubiese profetizado el mismo golpe de Estado. Y es que, por más que sus protagonistas, tomados a puñados, resulten impotentes, la imagen de <strong>una sociedad a punto de ebullición</strong> parecía terrible, vista en pantalla grande. Con el documental también secuestran las únicas imágenes en movimiento conservadas de “Los Hijos del Agobio”, un colectivo libertario de Vallecas, autonombrado a partir de un disco de 1977 del grupo Triana. Sus miembros piden el final de la represión, la libertad de los presos sociales y la legalización de las drogas: la suya era una democracia sentida desde abajo.</p><p>Como en el documental de los Bartolomé, también Saura cumple con la obligación de dar testimonio de un tiempo dando voz a sus jóvenes. Y también lo hace activando una memoria propia: la de <em>Los Golfos </em>de 1962 que, en 1980, se han modernizado, conducen y disparan mejor. Siguen teniendo por dentro el alma tierna, y luchan por su derecho a la belleza, pero ya no quieren ser toreros, si acaso ver el mar o comprarse un piso de clase media con refrigerador. Pero, además, entre 1962 y 1980, estos jóvenes arrabaleros se han hecho más químicos y <strong>todo lo empujan con magias</strong>. Y si la velocidad parece ser el protagonista evidente de una cinta <em>con prisa</em> –el tráfico incesante de una recién construida M-30, los servicios de emergencia, la inmediatez de las noticias, la aceleración del capital y de la policía–, es porque <strong>el ritmo que la época imprime a cada cuerpo encuentra su antítesis en el fármaco: la heroína</strong> –con esos últimos caballos perdidos entre los fantasmas de unos lagos con patos– permite a la juventud transicional sustraerse de los ritmos del Estado, el trabajo y el consumo, al precio de sus vidas. Mientras, <strong>consumirán para mantener la calma, para concentrarse o celebrar</strong>. Entre morfinas y endorfinas, los fármacos acompañan, unas veces rápido y otras veces lento, los dilemas que cantan Los Chichos en su rumba de arrebato: el amor o la riqueza, tú o mis ideas, el cielo o la vida que nos toca en <em>Deprisa, deprisa</em>.</p><p>Pero por mucho cine, música y poesía que se le ponga, <strong>la heroína o la acción directa estaban lejos de ser simples temas literarios</strong>: por ello, parte del mito de <em>Deprisa, deprisa</em> se debe a que dos de sus protagonistas fueron detenidos en aquella misma primavera de 1981 en el curso de sendos atracos a sucursales de banco, como en una suerte de <strong>quijotes quinquis </strong>de la propia fábula de Saura, antes incluso de que esta se hubiese estrenado en España. Este es uno de los elementos más fascinantes de buena parte del cine transicional, la continuidad entre los relatos de ficción y las vidas de sus protagonistas, todos atravesados por la ebullición de la época. En el caso del llamado<strong> </strong><em><strong>cine quinqui</strong></em>, sus jóvenes protagonistas son a la vez sujetos y objetos de sí mismos. En sus fábulas bioliterarias, las drogas ocupan muchas veces el lugar de la ficción caballeresca, un elemento real que hace contable y legible de manera ficticia procesos sociales muchos más violentos, complejos, oscuros, enigmáticos. En este sentido, no hay ninguna alegoría más rotunda que <em>El Pico</em> (1983), de Eloy de la Iglesia, donde la heroína hermana trágicamente a dos hijos de las dos Españas, o las dos Euskadis, cuyos padres son respectivamente un comandante de la Guardia Civil y un líder <em>abertzale</em>. Ante la violencia que estructura la futura Zona Especial Norte, la muerte de los más jóvenes a comienzos de los años ochenta obligaba, al menos en el cine, a un cierto ritual de conciliación y empatía. </p><p>En las <strong>cintas de De la Iglesia, de Saura, de Montxo Armendáriz</strong>, entre otros, la distancia entre los lenguajes de la ficción y los de la cultura juvenil se vuelve muy porosa. Hay una voz generacional, reconocible más allá de los brillantes guiones, por más que sigan funcionando como alegorías sociopolíticas. Son cintas dirigidas a una audiencia progresista a propósito de cuestiones difíciles de conversar a viva voz: la disidencia en la democracia, el deseo como transgresión, y la libertad de los hijos de la Transición para definirse en sus propios términos. Una película central a este respecto resulta <em>El Diputado</em> (1978), donde se cuenta cómo, mientras la Transición avanza, un nuevo sujeto político colectivo, con el que nadie contaba, llena las calles. Son los jóvenes del <em>baby-boom</em>. Provienen de los límites e intersticios sociales, y nadie sabe muy bien qué hacer con ellos, además de reprimirlos por fumar <em>hash</em>. Para De la Iglesia, la sociedad democrática se juega su sentido moral en su capacidad de incorporar a esta juventud extensa y marginalizada. Y si esta fuese la brújula, el balance, tres años después, resultaría desolador, pues, el 17 de enero de 1981, <em>El País</em> publicaba que “cada 56 minutos se comete un atraco a un banco”. Habría entonces un problema de orden público, entre cuyas causas se encontraba, supuestamente, el consumo de fármacos: “La carga de los drogadictos es casi una escena onírica. Siguen pautas de libro psiquiátrico”. </p><p>En el contexto del <strong>golpe de Estado de 1981</strong> cualquier cosa resultaba fácil de instrumentalizar y la delincuencia más, pues movilizaba poderosos deseos de represión, disciplina y orden público, con evidentes resonancias actuales. Sin embargo, aunque la imagen de la juventud quinqui se haya contorsionado gracias a medios de información y de ficción, ello no impide que existiese un sujeto colectivo por debajo. Incapaz de caber en los marcos de lectura de la época, habría ido adquiriendo nombres diversos desde 1978: <strong>pasotas, ácratas, macarras, colgados, degenerados, drogotas, quinquis, yonquis...</strong> Desde la perspectiva del Estado se trataba de “peligrosos sociales”, objeto de una legislación específica en 1970, todavía vigente en muchos aspectos después de 1978, y que, junto con la Ley de escándalo público y otras normas, permitía canalizar los comportamientos juveniles no normativos mediante una red de cárceles, patronatos de la mujer o psiquiátricos, contestados por movimientos sociales y colectivos de derechos ya entonces. Este régimen de excepcionalidad, de matriz tardofranquista, que duró en algunos aspectos hasta casi los noventa, supo encontrar en las pautas de consumo farmacológico juveniles el origen y el sentido de sus acciones represivas en plena democracia. Y <em><strong>la droga </strong></em><strong>(así, en singular) era el objeto que hacía necesario el control y represión de sus usuarios</strong>, como han señalado los investigadores. Pero aquellos mismos jóvenes también lo supieron contar en vivo y en directo, en un magma pastoso y dolorido.</p><p>Alrededor de 1979 una tormenta perfecta –crisis económica y política, <em>impasse</em> institucional, ola nostálgica, masivo paro juvenil– para una generación socializada en la transición que persigue la ruptura en los ámbitos de la vida cotidiana y, por supuesto, usuaria de una amplia botica: <strong>hachís, marihuana, LSD, </strong><em><strong>speed</strong></em><strong>, anfetaminas (Bustaid, Optalidón...), cocaína, ansiolíticos, barbitúricos y sedantes (Orfidal, Veronal) y, a partir de 1979, de forma decisiva la heroína</strong>. Pero, aunque las pautas de consumo de las juventudes democráticas, dentro y fuera de las fronteras españolas, no sean quizá tan divergentes de las de aquella juventud transicional, la percepción colectiva sobre el tema parece haber cambiado. Quizá se ha normalizado, y diluido, en favor de una cultura química como la actual, de consumo hedonista y clínica analgésica. Pero también se ha secularizado. Porque lo que caracterizaba la expansión farmacológica en los años setenta era particularmente la capacidad de aquellas drogas de vehicular una parte relevante de las identidades de sus usuarios, de las expectativas culturales y políticas de su generación. Y ello, en dos momentos muy concretos: primero, la apertura contracultural del ácido lisérgico a finales de los años sesenta y, segundo, el aumento en el consumo de heroína en los años ochenta, un cambio de época relacionado con una importante experiencia de marginalidad y mortalidad juvenil. </p><p>Desde 1968, la <strong>expansión del LSD</strong>, a rebufo del movimiento psicodélico, representó una destacada ola de creatividad global, con filósofos, músicos, diseñadores, artistas y cineastas. La importancia de esta vanguardia está bien establecida cincuenta años después, con tesis doctorales y exposiciones, incluyendo los vínculos que unen cibernética, contracultura y capitalismo avanzado. Con sus contradicciones y resistencias, esta <strong>oleada vanguardista</strong>, en el contexto ibérico, resulta fundamental para entender la música progresiva, el enlace del flamenco y el rock, la identidad turística de Ibiza o Formentera, la música de Pau Riba o de Vainica Doble, la pintura de Reimundo Patiño o de los Esquizos de Madrid, el cómic <em>underground</em>, el cine del primer Zulueta, las bases de la futura Ruta Destroy o el desarrollo de la ecología y los movimientos pacifistas. En este contexto, <strong>el ácido representaba la apertura de “puertas de la percepción”</strong> que permitían una comprensión pacífica y liberada del lugar colectivo propio en el mundo, la interrelación con los demás y con la naturaleza, o el diálogo simbólico con los traumas de la “mala educación” de la postguerra. Para poetas visionarios como Ignacio Ciordia o Julio Antonio Gómez, la farmacia expansiva permitía remontarse a la represión franquista de la Guerra Civil con el propósito de hacer posible el diálogo con la memoria que la dictadura habría impedido. Pero, entre todos estos casos, destaca el de Ramón Sender Barayón quien, hijo del exilio de su padre (Ramón J. Sender) y de la contracultura californiana sería uno de los promotores de la primera de las comunas hippies, Morning Star. Y allí, fruto del ayuno, del yoga solar y del ácido recibiría la <em>visita</em> de su madre desaparecida, Amparo Barayón, quien reclamaría a su hijo que fuese en su busca. De ese doble viaje nacerá uno de grandes libros sobre la memoria de la represión franquista: <em>Death in Zamora</em> (1989). </p><p>El carácter luminoso, utópico, expansivo de esa oleada química y generacional contrasta más cuando lo ponemos en relación con su revelado oscuro al otro lado de la Transición española, en el contexto internacional del tatcherismo, el reaganismo y el punk, ante la limitación de las expectativas de un cambio político emancipador y el progresivo cierre político-militar de los ochenta. También el 23-F tuvo mucho de “vuelta al orden” (o de re-traumatización) para amplios sectores de la sociedad. Y, así, para sus capas juveniles, contraculturales y suburbanas, los ochenta serán <em>Los años de la aguja</em> (2002) por tomar prestado el título del libro compuesto por Gonzalo García Prado, una obra de no-ficción, escrita a partir de los diarios, los documentos y las historias de vida de <strong>dos heroinómanos zaragozanos</strong>, que cuentan su paso “del compromiso político a la heroína”, en un fino intervalo alrededor de 1980. El vacío del entusiasmo y la militancia se vuelve tan grande que resulta necesario llenarlo con otro <em>cuelgue</em> por lo menos semejante, como el que proporcionan los derivados de opio. A cambio, sus protagonistas acaban por convertirse en una suerte de antropólogos de sí mismos, en los autores de unas “notas para una historia de la Zaragoza yonki”. Contemplan con asombro la aparición, a principios de los ochenta, de miles de jóvenes, que no han tenido tiempo siquiera de decepcionarse, pero que ya se consideran adictos y adictas. <strong>Sus pautas de consumo son diferentes</strong>. Y paradójicas: antes de poder haber desarrollado una dependencia física se comportan como <em>yonquis culturales</em>. Confunden la ebriedad con el síndrome de abstinencia. Son adictos por medio de relatos, expectativas y fábulas. Son, a su manera, yonquis quijotistas, por más que prisiones, enfermedades y una dura marginalidad social acabe por transformarlos. </p><p>Los datos demográficos disponibles –como los de Rafael Puyol– confirman el relato de García Prado: desde finales de los años ochenta hasta mediados los años noventa, hay un pico desmedido de mortalidad juvenil sobrevenida, concentrado en los nacidos entre 1955 y 1970, explicable solo desde un conjunto de factores culturales combinados. Entre ellos, destacan el <strong>impacto de VIH-SIDA, accidentes, suicidios, enfermedades sobrevenidas y pauta de consumo endovenoso de heroína</strong>. Y si las curvas de las gráficas resultan difíciles de surfear, estas se vuelven mucho más concretas en la memoria infantil de aquellos años en los que muchos niños de <em>La Bola de Cristal </em>no nos atrevíamos a ir solos por los centros históricos de las ciudades de provincia.</p><p>Un día aquellos jóvenes prematuramente envejecidos, sin manos o sin tabiques, presentes en el billar o la sala de máquinas –hermanos, tíos, primas, propios o de los compañeros del colegio, hijos de la frutera o de la vecina– desaparecieron para siempre. Y era como si un capítulo de la historia colectiva se hubiese cerrado. Habrá que esperar décadas hasta que su recuerdo y sus memorias trasciendan el extraño borrado que los habría absorbido. Sobre los pasos de investigadores como Juan Carlos Usó o Juan Gamella y testimonios generacionales como los de Pepe Ribas, Xulia Alonso o Lulú Martorell, irán apareciendo textos y documentos como <em>Morir de día</em> (2010), de Laia Manresa, <em>La atracción del abismo</em> (2021), de Álvaro Heras-Gröh o Juan Trejo, <em>Nela 1979</em> (2024). Y, en ese viaje, el reconocimiento de los destinos terribles de una generación conceptuada como <em>yonqui</em> se ha vuelto inseparable del estudio y reconstrucción de sus entornos culturales, sus espacios, sus valores, sus lenguajes, su arte y su literatura. <strong>Las revisiones </strong><em><strong>queer</strong></em><strong> y feministas de la Transición también han ayudado</strong>. Y, por el camino, ha sobrevenido el boom de las narcoficciones globales y de la “Galicia narco” de los mil remakes de <em>Fariña </em>(una serie donde lo único que se dice en gallego es <em>pai, fillo</em> y <em>carallo</em>), que, por suerte, no ha afectado a este lento trabajo de tejidos de recuerdos íntimos, que implica reediciones de textos como <em>Nosotros los malditos</em> (2024), de Paul Malvido, o la poesía completa de Xela Arias.</p><p>Así, la <strong>recuperación de las memorias yonquis</strong> ha ido ganando visibilidad y se ha pluralizado, lo que implica un campo de escrituras complejo y en disputa, desde proyectos como <em>La contrarrevolución de los caballos</em> o <em>No more tickets to the funeral</em> de Marta Echaves, la colección de literatura contracultural publicada por el Ajuntament de Barcelona o la La Web Sense Nom de Canti Casanovas, el imaginario neo-quinqui de El Coleta (“chiquitán chiquititantán que tumba/el partido de la ruta”, <em>Vota PDR, </em>2016) o el testimonio poético de la derrota generacional del 15-M en <em>El Gato de Schrödinger </em>(2012) de Miguel Grimaldo. Gracias a todo ello, una película como <em>Romería</em> (2025) de Carla Simón puede resultarnos íntima y vibrante en la sala de cine, o un producto estetizante y descontextualizado si lo observa alguien nacido en el barrio de Coia en el Vigo de los ochenta. </p><p>Video Nou, un colectivo de televisión comunitaria, nos ofrece una de las más vivas entradas al espíritu de aquellos primeros ochenta en <em>Los jóvenes del barrio</em> (1983), a propósito de Can Vies, una de las muchas <strong>periferias fuera de foco de la Barcelona socialdemócrata</strong>. Allí, jóvenes, activistas sociales y vecinos nos hablan de las batallas cotidianas por la <strong>supervivencia</strong>, vitalmente comprometidos en un entorno duro, de represión y violencia. Desde finales de los setenta, también la heroína forma parte del paisaje. Su consumo en vena se ha normalizado. Jóvenes contraculturales, chavales de barrio, bohemios y “peligrosos sociales” acaban compartiendo cárceles y drogas. Los niños de Can Vies lo saben y por ello cantan una rumba gitana, terrible pero hermosa (“heronía, heronía, es lo que tú quieres”) que, con la intensidad del <em>Romance del prisionero</em>, habla del amor y la droga, de la ausencia y el mono, de la prisión, el desamor, el olvido y la muerte, con un estribillo profético, generacional: “ya se lo han llevao, / ya se lo han llevao, /en un coche blanco, /blanco y colorao”. Esa intensidad agonística reaparece en muchos otros textos de época, con metáforas propias de la tradición popular que, de pronto, adquieren una valencia química (“vuela, vuela que vuela/ paloma, vuela que vuela”, “y te busqué en las tinieblas y te luché conta los vientos”, de Tijeritas en 1984). Así, con su rotundidad ingenua esos poemas sostuvieron la experiencia colectiva de una generación supuestamente privada de la letra, entre palmas y sintetizadores eléctricos. Y, en esa línea, junto con temas de Triana o Pata Negra, habrá también que mencionar a <strong>Camarón, otro explorador arrebatado</strong>, quien, en 1992, poco antes de su muerte, compondría versos de inevitable sabor farmacológico y poético: “Llevo dentro mi sangre/ Un potro de rabia y miel / Se desboca como un loco / No puedo hacerme con él”. Este hilo químico conecta alta y baja cultura, literatura <em>underground</em> y hablas populares, poesía y música. </p><p>Así, sea en la rumba y el pop gitano, en el flamenco o el rock radical vasco (o extremeño), el universo de deseos, necesidades, aspiraciones y temores que atraviesa a la juventud de los años ochenta y noventa se cose con metáforas líricas y denuncias políticas que van del <em>ubi sunt </em>del Pepe Botika en 1993 (“¿Dónde están mis amigos? [...] Carabanchel, La Modelo, Herrera de la Mancha”) al <em>Ustelkeria </em>(1991) de Negu Gorriak, con querella de Rodríguez Galindo, antes de su condena por los GAL. Por no mencionar las letras de Leño, Ñú, Cucharada, Topo, Burning, Asfalto, con sus referencias suburbanas a las adicciones, unas veces vistas como elección, otras como maldición y en ocasiones como denuncia violenta contra un sistema violento. En ese contexto, la cruda lucidez de Eskorbuto resulta lacerante, desde las letras de su disco de 1986 <em>Anti todo</em> (“Los que trabajan se olvidan de los parados / y los que están libres de los encarcelados”), o su intervención en el programa infantil <em>La Bola de Cristal </em>(1985) cantando “Os engañan”. Al cabo, las promesas de la heroína parecían en aquel contexto al menos más seguras que las de la política: “Ya estáis muertos”. </p><p>La heroína resulta también la metáfora central de <em>Cançons d’amor i droga</em> (2005) de Albert Pla, disco compuesto sobre los poemas de <strong>Pepe Sales</strong>, también músico, pintor y activista. Sales, el día que conoce que está enfermo de VIH, marca su condición con una cruz de esparadrapo sobre el corazón, en <strong>uno de los primeros </strong><em><strong>outings</strong></em><strong> seropositivos de un artista español</strong>. Sales transformará ese estigma –y el propio cuerpo que lo porta– en su herramienta de trabajo poético, y así compone usando la aguja y su propia sangre una obra pictórica rotunda, con sus “Cristos de las Farmacias”, o un “Sagrado Corazón Seropositivo”, con jeringas por puñales y los blísteres vacíos de retrovirales. Al igual que en Sales, en otros escritores y artistas la relación corporal entre la enfermedad y la droga se expresa desde la lógica del sacrificio y la metáfora del chivo expiatorio (el <em>pharmakos</em>). Y, así, en una temprana acción de colectivos activistas, sucedida en la Puerta del Sol de Madrid en el 1993, se recortaron las siluetas sidosas en el suelo, frente a la que fuera sede de la Dirección General de Seguridad, trazando una línea explícita entre el pasado silenciado de la dictadura y la desaparición de una parte de la generación primera de la democracia. Ese, al menos, era su sentimiento, el de <strong>estarse muriendo a la vista de todo el mundo,</strong> pero sin ser vistos en realidad por nadie.</p><p>Tal paradoja acaba por marcar la experiencia mortal de esta generación. De ella hablan en sus producciones: se trata de habitar una suerte de “invisibilidad hipervisible”, de disponer de un cuerpo que es más cuerpo por ser menos humano, <strong>un cuerpo yonqui</strong>, marcado por los estigmas de la palidez, la delgadez, las heridas e infecciones. Así, Fernando Merlo, autor de un libro poético mayúsculo, <em>Escatófago</em> (1983), describe la “enigmática piel de los drogados”, que nacía de los “besos verdes de la aguja” y de las venas convertidas en “tibias cobras de veneno breve”. O el dibujante Ceesepe, en un famoso retrato de Ouka Leele, se presenta en 1979 como una <em>Gorgona hipodérmica</em>, con el pelo sustituido por agujas, cuya mirada contagia un olvido profundo, definitivo. </p><p>Este cuerpo yonqui implicará, además, también una forma de habitar el género más allá del género, como teorizará Paul B. Preciado, a propósito de la noción de “fármaco-política” y “porno-poder”, desde 2008. Y, así, para muchos jóvenes contraculturales, la monstruosidad se convirtió en una segunda piel <em>queer</em> y drogada, y más o menos irónica (“mi novio es un zombie, es un muerto viviente”, cantaban Alakaska y Dinarama en 1989), con predilección por el vampirismo, al que Eduardo Haro Ibars dedicará su <em>Empalador</em> (1980). Si ya en su temprano <em>Gay Rock</em> (1975), la idea de un cuerpo performativo, mutante, andrógeno estaba en el corazón de su estética, diez años después esta se ha somatizado por medio de la heroína. Y, así, en su último poemario, <em>En Rojo</em> (1985), escritura, memoria, cuerpo y droga se entrelazan fatalmente: la sangre como metáfora de la escritura, la tinta como fármaco, el cuerpo como libro... Las imágenes de Haro Ibars son duras cuando escribe sobre la destrucción de su generación, <strong>vampiros posmodernos</strong>, residuos de un capitalismo avanzado, perseguidos por el <em>malleus maleficarum</em>, el <em>martillo de herejes</em>, manejado ahora por el ministro de Interior. </p><p>A propósito de estos fantasmas, sucede que si la literatura o el arte compuestos bajo influencia nos interpelan es porque los temas que plantean son culturalmente centrales. La farmacología solo los densifica. Así, las <strong>relaciones</strong> entre creación y fármaco, entre ficción y vida, época y persona, deseo y necesidad, poder y placer, cuerpo y fluido, constituyen el corazón de obras como <em>Entre tinieblas</em> (1983), de Pedro Almodóvar, o <em>Arrebato</em> (1979). de Iván Zulueta, otra cinta de culto generacional. También en ella se entremezclan los contornos (bioliterarios) entre ficción y la experiencia histórica. Su leyenda asigna un destino trágico a quienes la filmaron, en una suerte de <em>mise en abîme</em> con su propio argumento: la historia de un creador que se debate entre seguir filmando o entregarse definitivamente a su adicción y que, en ese intervalo, redescubre el carácter adictivo del cine. Es también una historia de <strong>vampiros heroinómanos y cinéfilos </strong>que se aman, se filman y contagian. Es un relato sobre la dependencia obsesiva de la creación, entendida como tarea radical. Y un lamento por la imposibilidad de una existencia concebida como éxtasis permanente, contada desde un cierto misticismo pop. Es, por último, una suerte de fábula profética: una invitación a desaparecer, del otro lado del espejo (con Lewis Carroll), de irse a vivir, para siempre, a la literatura o a la química. </p><p>El escritor coruñés <strong>Lois Pereiro </strong>tuvo sobre su cuerpo los <strong>estigmas del VIH, la heroína y el síndrome de la colza</strong>. En noviembre de 1994 firmaba un <em>Acróstico</em>, conmovedor poema cuyas iniciales repetían “SIDA/SIDA/SIDA/SIDA”, y que hablaba de los empeños generacionales en una clave humana y sensible. Compartía el dolor de haber sido para sus seres queridos “la muerte”, inoculando “para siempre a quien amaba/dosis letales del amor que envenenaba”. Y hacía suya, como experiencia colectiva final, la “sustitución del deseo por el exilio”, en un “viaje sin retorno”. Aquella juventud drogada habría sido solo “un interludio atroz entre dos mundos de silencio”. </p><p>La cuestión del silencio póstumo y del olvido la reencontramos en muchos de estos poetas. Habla del <strong>miedo ante la propia muerte</strong>, pero no solo. Para muchos apunta a la naturaleza intersticial de la literatura como fármaco, como otra forma de existencia –vida suspendida, naturaleza muerta, embalsamada–, que, en ocasiones –Eduardo Hervás– requiere de la desaparición física del autor para poder darse. Y, en otras, como en las elegías salmantinas de Aníbal Núñez, implica una reflexión poética profunda sobre la escritura, la ciudad y el paso del tiempo. Al cabo, como muestra la obra lisérgica de Las Costus en su propio Valle de los Caídos, el problema generacional de la escritura y la dependencia nace (¿y quizá muere?) como un problema de relación con el pasado y su herencia. </p><p><strong>La </strong><em><strong>literatura drogada</strong></em><strong> es fármaco porque es primeramente texto</strong>. E incluso cuando quiere contar, como ahora, las roturas en los hilos colectivos de la memoria, también permite recoser esa misma memoria para fabricar para ella otras herencias, otras tramas de vida. Es lo que plantea contemporáneamente <strong>Manuel Rivas</strong>, amigo de Pereiro, que tuvo muy presente la experiencia de la heroína, desde su primera novela, <em>Os comedores de patacas</em> (1992). Era este un homenaje galaico al <em>The Catcher in the Rye</em> de Salinger (y al <em>Opium-Eater </em>de De Quincey), que produjo en algunos lectores adolescentes en los años noventa un impacto parecido al de ver <em>Trainspotting</em>: el reconocimiento de que las drogas eran parte de la experiencia cotidiana juvenil se convertía, de pronto, en un mandato de supervivencia. Frente a los ritos de pasaje sacrificiales de la Transición, el primer mandato ético para los hijos y nietos del campesinado gallego –los <em>comedores de patatas</em>–, debería ser el de la supervivencia. Desde este linaje humilde y popular, Rivas reconstruye en los dosmiles la memoria histórica y las tradiciones republicanas propias, para volver en <em>Todo é silencio</em> (2010) sobre el mundo de la heroína en los ochenta. En esta novela, una vieja escuela indiana, construida por emigrantes republicanos y cerrada por el franquismo, proporciona un altar narrativo a la transición química: sobre la extensa superficie de un mapa tallado de madera –como en la epidermis del cuerpo colectivo– los protagonistas de <em>Todo é silencio</em> se aman, pinchan, dañan y destruyen en el eterno trabajo de contarse y recontarse. Es el éxtasis breve –pero definitivo– de la literatura, que la literatura compara con el amor, la memoria, la heroína o la vida, en el misterio colectivo de un silencio común, roto de pronto. </p><p><em>*Germán Labrador Méndez es Investigador Distinguido (ATRAE-CSIC) y autor de ‘Culpables por la literatura. Contracultura e imaginación política en la transición española’ (Akal, 2017). </em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 04 Apr 2026 04:01:19 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Germán Labrador Méndez]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Democracia en vena: la literatura drogada y la juventud de la Transición]]></media:title>
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      <title><![CDATA[La Romería de los muertos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/romeria-muertos_1_2169469.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/a7378970-d740-4868-a45c-4196e070c496_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La Romería de los muertos"></p><p>Hay una <strong>escena de </strong><em><strong>Romería</strong></em> en la que Iago, el tío noctámbulo de Marina, le enseña a la chica una foto de veinte años atrás en la que se ve al padre de Marina y a varios de sus amigos, hermosos y malditos, y dice de la foto no queda casi nadie, muertos por la heroína, el sida o cualquier cosa que se le pareciese. </p><p>El paralelismo es inmediato con otra foto, esta real, que presenta a los muchachos alegres del equipo Dejadnos Vivir, ganador en 1982 del campeonato de fútbol de las fiestas patronales de Vilanova de Arousa. Con esa imagen se hizo un documental icónico titulado <em>Marea Blanca </em>(1999) que aborda <strong>el destrozo que las drogas hizo en las Rías Baixas</strong>. De los diez chicos que aparecen en la fotografía del torneo quedaban vivos tres, cinco cuando se rodó. Uno de los últimos en morir fue Pacheco, que aparece en el documental vagabundeando ensimismado, sin hablar con nadie, “en un mundo paralelo”, según su hermana; murió en 2011 en un incendio espontáneo tratando, según los investigadores, de encender un cigarro. Benito Iglesias, ‘Nito Sopita’, murió a los 39 años: llevaba una década enganchado al caballo y tenía sida. Se cortó la yugular encerrado en casa de sus padres después de prenderle fuego al colchón. Su madre se levantaba por las noches para irlo a buscar pueblo adelante. Tras su muerte, dice que lo sintió junto a él seis meses. “Veía su sombra, escuchaba que me llamaba, y oía cómo se movían papeles en su habitación”. Y ese espíritu desapareció sin dejar rastro. A otro de 22 años lo mató una sobredosis sin que nadie supiese que ya se estaba pinchando; uno más murió de un ataque epiléptico en el mar mientras su perro lo intentaba arrastrar a la orilla. Un hombre de los que quedan vivos es <strong>Manuel Fernández Padín</strong>, narco arrepentido de la <em>Operación Nécora</em> y a quien le trasplantaron el hígado a causa de una cirrosis; en la actualidad, duerme en su coche. Como dijo el alcalde de la época, Sito Vázquez: “Unos chicos estupendos, buenísimos, inteligentes y muy activos, muchos de ellos artistas, que ayudaban organizando conferencias, conciertos y exposiciones”.</p><p><em>Romería</em>, la película que dirige Carla Simón y protagonizan Llucía García Torras y Mitch Robles, puede entenderse desde muchos ángulos (esa familia viguesa tan reconocible procedente del negocio astillero, rodeada de dinero, incomunicación y apariencias, repleta de retoños con pelazo, porro y bronceado de Patos y Playa América), pero hay uno del que no se puede prescindir y sostiene la formidable arquitectura: la <strong>aparición masiva de las drogas a principios de los 80</strong> supuso el inicio de una fiesta, un enganchón feliz y despreocupado, irresponsable y feliz, que inauguraba la democracia a su manera. Y eso era el irresistible queso de la trampa. </p><p>No es provocación. En <em>Romería</em> se expresa con los padres de Marina enamorados mientras navegan el Atlántico, se bañan en playas, practican nudismo y corren haciéndose bromas mientras comparten chutas, y viven juntos los primeros colocones, y saltan en las fiestas con Siniestro Total (“Y bailaré sobre tu tumba”, claro). En Vilanova de Arousa, a las cuatro de la tarde la plaza de las Palmeras estaba repleta de chavales bailando desenfadados, y a quien pasaba por allí, en pleno centro del pueblo, se le invitaba a sumarse. “Cada uno tenía su palmera, y en la tierra de la palmera tenía su paquete de droga. Todo el mundo lo sabía, y ellos se respetaban: allí nadie iba a la palmera del otro”, dice en el documental <strong>Sito Vázquez</strong>, primer alcalde en crear un centro de desintoxicación en Galicia. Y lejos de la costa, en Madrid, Antonio Vega recordó el desembarco en una entrevista en <em>El País</em> con Diego Manrique: “Descubrir la heroína fue algo acojonante. No teníamos precedentes, no se veían yonquis tirados por la calle. Estábamos seguros de haber encontrado la solución para paliar todo lo desagradable de la existencia. Pasaron años antes de comprender que aquello tenía trampa”, dijo antes de recordar que no enfermaba y que tenía áurea, <strong>el grupo de la heroína era en los pubs el grupo de los guays</strong>, de los que estaban a otra onda, alejados de los escandalosos y pesados cocainómanos.</p><p>Hace bien <em>Romería</em> en no hurtarle al espectador esta parte trascendental del consumo, la idílica, porque es necesaria para entender por qué miles y miles de jóvenes desavisados accedían a la jeringuilla, a compartirla incluso y a creer a pesar de las primeras advertencias, como Iván Zulueta, que aquello tenía tanto peligro como el sexo: “Llegabas al caballo convencido de que no era como decían. Pensabas: seguro que es como el sexo y todo lo demás. Pues, por una vez, era verdad”. Y <strong>con la velocidad de una epidemia</strong>, en algunos casos de la noche a la mañana, llegó <strong>el mono, el sida y la muerte</strong>; la delincuencia en el caso de las familias con menos recursos. Son pasajes casi seguidos en la película, el de la espontánea felicidad del pico y el sudor irascible del mono, con la pareja vaciando latas en el barco, chupando papelas y discutiendo mientras sufre sus primeros síndromes de abstinencia. Puede parecer que se despacha rápido, pero del mono, que siempre es la ausencia, va toda la película: la adolescente Marina llega a Vigo desde Cataluña porque necesita el reconocimiento de la familia biológica de su padre para acceder a una beca y estudiar cine; sus padres murieron de sida. Y la familia numerosa de su padre, Fon, le va revelando la verdad a la chica, especialmente una que le desconcierta por cruel: a su padre lo encerraron en sus últimos años en casa, le prohibieron el contacto con nadie y su madre, la abuela de Marina, cuando entraba al lugar en el que estaba lo hacía con guantes y mascarilla. </p><p>Esto está en el guion, sí, pero antes pasó. <em>Romería</em> es una manera exótica de hacer periodismo, pero periodismo, al fin y al cabo. Todo lo que pasó en la vida de Marina, inspirada en la propia Carla Simón, es cierto. Nos pasó a casi todos, si no en primera persona sí en segunda o en tercera. Con el mono encerraban a nuestros familiares, a los niños se nos decía que estaban enfermos, no se pronunciaban nunca ciertas palabras delante de nosotros, y <strong>el familiar yonqui</strong> (tu padre, tu tío, tu hermana mayor) iba y venía, llegaba tarde o no llegaba a las comidas familiares, tenía muchos amigos y otras veces pocos, pedía dinero o lo regalaba. Y sí, después de morir se instalaba un relato que terminaba dándole un aire de leyenda a aquella vida suya, pues cuando te describen con mentiras nadie sabe ya distinguir tu verdad. Estuvo cerca Isaki Lacuesta cuando en <em>Segundo Premio</em>, la película sobre Los Planetas, hace decir a un personaje heroinómano algo muy valioso: <strong>“quien se droga, huele a mierda”</strong>. A mierda de verdad, a heces. Porque se relajan los esfínteres o porque uno no está para limpiarse cuando va al baño, o porque el pantalón y el calzoncillo o la braga lleva semanas sin cambiarse. Es curioso que quienes más se esfuerzan en ocultar la drogadicción de sus seres queridos, ocultándolos y cubriéndolos de eufemismos, salvaguardando las apariencias de puertas afuera, tras su muerte no concedan un milímetro a la verdad y construyan sin quererlo un misterio, una leyenda, que a ratos puede ser incluso apetecible. Pero la verdad no sólo puede ser amarga: también es disuasoria.</p><p>Hay un momento en el que <em>Romería</em> deja de ser una investigación familiar y se convierte en otra cosa: en <strong>una historia sobre el silencio</strong>. Sobre cómo las familias, para protegerse o para proteger la memoria de los suyos, <strong>se inventan el pasado</strong>. El padre de Marina no fue exactamente lo que la familia cuenta ni exactamente lo que dicen los diarios de su madre. Fue, como casi todos los que aparecen en aquellas fotos, alguien que vivió demasiado deprisa en un tiempo que empujaba a vivir deprisa. Por eso <em>Romería</em> es, como cualquier ficción o realidad que se precie y aborde los sótanos de la familia, una historia de incomunicación. Que puede estar provocada por muchas razones, entre ellas la ignorancia. La catalana Marina –que rueda y rueda el mar, que tiene presente en casi toda la cinta esa aberración urbanística de la costa de Vigo que es la Torre de Toralla, un rascacielos en medio de una pequeña isla que descompone el litoral–, se acerca con ingenuidad primero y retranca después a un mundo encriptado. Capaz de ponerle antes un chalé, que de escuchar, en un despacho, la verdad: que un hijo murió de sida. Y sale ella a buscar la verdad, pertrechada con los diarios de su madre, persiguiendo su particular conejo blanco, el gato que la lleva al país de las jeringuillas, la época en la que <strong>los niños limpiábamos de chutas la pista para poder jugar al fútbol</strong>. En esa evocación tan lograda, la evocación del mundo que era y la primera libertad que se tomaba, Marina entiende o empieza a entender. </p><p>Es una idea incómoda: para entender lo que pasó hay que abrir el foco, el de <strong>la euforia previa</strong>. Sin ese instante luminoso –sin esa sensación de que todo empezaba– no se entiende la magnitud de lo que se perdió, <strong>el anzuelo envenenado</strong> que representaba. Y por eso la película termina funcionando como una romería verdadera: un viaje hacia los muertos para poder hablar con ellos. No para absolverlos ni para condenarlos, sino para entender qué fue exactamente aquello que los arrastró. Y qué parte de ese impulso, aunque nos incomode admitirlo, sigue todavía dentro de nosotros.</p><p>A principios de los 80, <strong>Galicia</strong> se convirtió en <strong>una de las principales puertas de entrada de cocaína a Europa</strong>. Las redes de contrabando que durante décadas habían introducido tabaco americano aprovecharon la geografía de las rías y su experiencia logística para colaborar con organizaciones latinoamericanas. La droga llegaba por mar y desde la costa gallega se redistribuía hacia grandes ciudades como Madrid, Barcelona o Bilbao, y también hacia Francia y otros países europeos. Figuras del narcotráfico gallego como Sito Miñanco, Laureano Oubiña o Manuel Charlín consolidaron en esos años un sistema que convertía a la región en un nodo clave del tráfico internacional, aunque gran parte de la cocaína apenas se consumía allí.</p><p>Mientras tanto, la droga que devastaba barrios enteros de España era otra. La heroína que inundó el país en la década de 1980 llegaba sobre todo a través de la llamada ruta de los Balcanes: producida en Asia –principalmente en Afganistán y Pakistán–, atravesaba Turquía y el sudeste europeo antes de entrar en Europa occidental. En España penetraba principalmente por ciudades como Barcelona, Madrid o Bilbao, y desde esos centros se distribuía a otras regiones, incluida Galicia. A diferencia de la cocaína destinada a mercados más acomodados o internacionales, la <strong>heroína</strong> se extendió rápidamente <strong>en</strong> <strong>entornos urbanos golpeados por el paro juvenil y la precariedad</strong>.</p><p>El resultado fue una paradoja que se tragó entera a toda una generación: mientras Galicia participaba en uno de los grandes circuitos internacionales de la cocaína, sus barrios y los del resto del país sufrían la <strong>epidemia de la heroína</strong>. La droga era barata, se consumía a menudo por vía intravenosa y se extendió en un contexto de escasa prevención institucional en los primeros años de la democracia. Las <strong>consecuencias fueron devastadoras</strong>: miles de muertes por sobredosis, una fuerte expansión del VIH y un profundo impacto social que todavía forma parte de la memoria colectiva de los años ochenta en España.</p><p><em>*Manuel Jabois es escritor y periodista en el diario ‘El País’. Su última novela publicada es ‘Mirafiori’ (Alfaguara, 2023).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 03 Apr 2026 04:01:20 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Manuel Jabois]]></author>
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      <title><![CDATA[Las putas drogas y los muertos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/putas-drogas-muertos_1_2169098.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4de57107-bce5-470f-bc84-dd677f831d16_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las putas drogas y los muertos"></p><p>Puedes leer los números anteriores <a href="https://www.infolibre.es/suplementos/historico-tintalibre/" target="_blank"><strong>aquí</strong></a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 30 Mar 2026 04:01:08 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infoLibre]]></author>
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      <title><![CDATA[Las drogas nunca se han ido, en TintaLibre de abril]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/drogas-han-ido-tintalibre-abril_1_2169116.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4de57107-bce5-470f-bc84-dd677f831d16_16-9-discover-aspect-ratio_default_1021795.jpg" width="3426" height="1927" alt="Las drogas nunca se han ido, en TintaLibre de abril"></p><p>Las drogas nunca se han ido. Están de vuelta, de otro modo, pero de vuelta. Si en la España de los años 80 el paisaje de yonquis y adictos de varia condición presentaba un aspecto desolador en las grandes urbes, ahora mismo batimos récords en el consumo (autorizado) de ansiolíticos y los datos hablan de más de 300.000 personas que consumen cocaína diariamente.</p><p>El titular, ‘las putas drogas y los muertos’ –porque a veces es mejor llamara a las cosas por su nombre–, y la ilustración de Perico Pastor no se andan con titubeos, el problema es serio, sigue siendo serio.</p><p>Para recordar otras épocas, porque hay una oleada de libros, películas, documentales, que no cesa de mirar por el espejo retrovisor, tres piezas sirven de memoria y, en cierto modo, de guía al lector, dado que el trasunto ha sido muchas veces malinterpretado o ha corrido sobre él un gran velo de desinformación. </p><p><strong>Manuel Jabois</strong> conoce bien el paisaje de las rías gallegas porque ha nacido y crecido en ellas, y su lectura de <em>Romería</em>, la película de Carla Simón, es también un recorrido por la devastación, tan ingenua como desgarradora, de aquella juventud que deambulaba primero feliz con el descubrimiento de la heroína y, un tiempo más tarde, como zombis. Jabois trae a su texto una premonitoria frase del añorado Antonio Vega: “Descubrir la heroína fue algo acojonante. No teníamos precedentes, no se veían yonquis tirados por la calle. Estábamos seguros de haber encontrado la solución para paliar todo lo desagradable de la existencia. Pasaron años antes de comprender que aquello tenía trampa”. Poco se puede añadir a esta confesión.</p><p>La perspectiva de un experto en la materia como <strong>Germán Labrador Méndez</strong> y su lectura de la “democracia en vena” apuntala una cronología de la batalla librada entre 1981 hasta hoy mismo. Ahí quedan testimonios vivos que todavía no han prescrito como las excelentes incursiones en la pantalla de Carlos Saura con <em>Deprisa, deprisa</em> o de Eloy de la Iglesia, con <em>El Pico</em>.</p><p>Otra visión convergente en su afán cronológico es la de <strong>David López Canales</strong> en ‘Aquellos chutes y estos lodos’ basándose en parte en las campañas que todavía recordamos de la FAD. “Desde finales de los años 80 hasta mediados de los noventa”, escribe el autor, “hay un pico desmedido de mortalidad juvenil, concentrado entre los nacidos entre 1955 y 1970, explicable solo desde un conjunto de factores culturales combinados. Entre ellos destacan el impacto del sida, accidentes, suicidios, enfermedades sobrevenidas y pauta de consumo endovenoso de heroína”.</p><p>El humor, pero también cierta amargura por los monstruos y complejos infantiles, están presentes en la reunión de cuatro escritoras punteras de la actual narrativa sobre algunos fetiches y recuerdos (felices pero traumáticos) en ‘La niñez corrompida’. <strong>Marta Sanz</strong> nos cuenta sus cuitas con la tarjeta de crédito y el dinero de plástico, <strong>Raquel Peláez</strong> habla sin pelos en la lengua de sus primeras chanclas de marca y su calvario con la depilación en los vestuarios del gimnasio, <strong>Elvira Navarro</strong> incursiona en el táper (<em>tupperware</em>) como un chivato de la lucha de clases y la jornada laboral, y con más ritmo en las caderas, <strong>Andrea</strong> <strong>Genovart</strong>, habla de cómo se las gastaba en el cole el grupo de <em>cheerleaders</em> que con el radiocasete por testigo intentaba coreografiar a las <em>Spice Girls</em>. </p><p>No queda ahí la cosa. <strong>David Muñoz</strong>, la mitad de Estopa, nos trae un bonito presente en ‘El hijo del obrero, a la universidad’, su reivindicación de una memoria muy paterna ahora que ha vuelto a las aulas de la facultad de Historia de la Universidad de Barcelona. </p><p>Otro regalo musical es la interesante, y pocas veces contada, historia de la escritura de las partituras musicales como mapa de sonidos que el afamado joven compositor <strong>Joan Magrané</strong> desentraña en este número. </p><p>De justicia es también detenerse por un momento en la investigación en marcha que el catedrático de la Universidad de Lérida <strong>Rafael M. Mérida Jiménez</strong> ofrece de la literatura Trans en español, desde Valeria Vegas y Alana S. Portero a casos como el de la senadora socialista Carla Antonelli o personajes reivindicados en la actualidad como ‘La Veneno’. Muchos libros, autoeditados o aparecidos en circuitos marginales a los que se debe una atención que normalmente no se tiene en cuenta de esa dura travesía por el lado salvaje con todas sus consecuencias.</p><p>Despide el número una foto de Lorca recién descubierta acompañada del texto de <strong>Aroa Moreno</strong>. Federico, sonriente como siempre, saluda desde la camioneta que lleva a la compañía de teatro La Barraca por las polvorientas carreteras de España, en una de cuyas cunetas fue fusilado poco tiempo después. </p><p>Es <a href="https://www.infolibre.es/tintalibre/"  ><strong>TintaLibre</strong></a>. Es abril. Buena lectura. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 29 Mar 2026 17:18:08 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infoLibre]]></author>
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      <title><![CDATA[Un placer culpable]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/placer-culpable_1_2161046.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/424133a1-f411-4029-b297-72f130c5b353_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un placer culpable"></p><p>Imagino un futuro en el que nos estudiarán como la <strong>civilización del </strong><em><strong>Homo plasticus</strong></em><em>.</em> En las vitrinas de esos museos, entre el táper sin tapa y el boli Bic mordisqueado, debería estar mi juguete favorito: la cámara desechable.</p><p>Cuando dábamos por superada la edad del plástico, regresa esa nostalgia carísima y nos lanza de lleno otra vez a este <strong>fetiche irresistible</strong>. </p><p>Ahora<strong> las desechables</strong> ya no se venden en gasolineras, sino en tiendas monísimas, casi siempre al lado de velas con olor a chimenea de bosque escandinavo.</p><p>También se han convertido en un regalo habitual de las <em><strong>bodas millennial</strong></em>. La escena ya la conocemos: mesa de madera reciclada, flores silvestres cuidadosamente desordenadas y, en cada plato, una cámara desechable con una etiqueta que invita a capturar momentos espontáneos para el recuerdo.</p><p>Las bodas son, para mí, la letra pequeña de la vida adulta: se anuncian como fiesta, pero siempre traen algo de incomodidad. Y, pese a considerarme un animal social, hay momentos ahí que me superan y, como cuando alguien abre un Excel infinito en una reunión, solo quiero salir corriendo.</p><p>Con el tiempo, eso sí, di con la fórmula maestra para sabotear conversaciones triviales en eventos donde intuyo que no voy a fluir: llevar una cámara. En la mano funciona como salvoconducto diplomático. </p><p>De pronto ya no eres el invitado desubicado sino el que documenta. Un pasaporte a la libertad, a la diversión y a hablar solo con quien te apetece. Disparas, sonríes y sigues andando.</p><p>Por eso, ante este obsequio en cada plato, a mí me ganan. Es una apuesta valiente: ceder el relato del banquete a gente ya despendolada. </p><p>El resultado no será pulcro, pero sí genuino y fresco.</p><p>Los novios se imaginan un estupendo reportaje coral hecho por sus amigos: el ramo volando, un beso robado y gestos despreocupados.</p><p>Pero luego llega la verdad del laboratorio: muchos dientes en primer plano, muchas cabezas cortadas, muchas foto-dedos, muchas farolas tomadas por la luna. El clásico meme de “lo que pediste vs. lo que te llegó”.</p><p>Y precisamente ahí, en ese fracaso glorioso, está el encanto. La <strong>cámara de un solo uso no sirve para embellecer la realidad</strong>: sirve para delatarla. Es una testigo sincera, incapaz de borrar la imperfección. Cada foto fallida nos recuerda que no mandamos tanto como creemos; que nuestra memoria funciona justo así: imprecisa, a trozos y siempre con algo importante fuera de plano. Se parece más a una foto borrosa que a una campaña de perfume.</p><p>Bien lo saben los nuevos fotógrafos documentalistas, que fuerzan encuadres torcidos y, a través de flashes abruptos y cierto caos calculado, construyen un lenguaje más contemporáneo, que conecta más con nosotros que aquellas composiciones tan bien balanceadas del fotoperiodismo clásico.</p><p>La cámara desechable, ese tóxico placer culpable, ha vuelto a convertirse en un clásico de viajes y festivales. Siempre hay un alma generosa que aparece con una ristra de estos juguetes para repartir. Es el equivalente analógico a crear un grupo de WhatsApp: una invitación implícita a generar memoria compartida que luego nadie sabe exactamente quién ha generado.</p><p>Esa es precisamente una de las cosas que más me atraen de las desechables: la<strong> autoría difusa</strong>. </p><p>En este tiempo de tanto ego inflado, se agradece una dinámica colaborativa donde todo el mundo aporta sin competir por el crédito. Desde el anonimato, además, aparecen ideas más atrevidas y disparatadas. Todas conviven en el mismo carrete, como capas geológicas de un solo día.</p><p>Mi <em>magdalena proustiana</em> de juventud no huele a bollería francesa, huele al plástico de esta camarita recalentada por el sol, con notas de crema solar y químicos.</p><p>Ese gesto sencillo de usarla es un <strong>puente entre presente y pasado</strong>.</p><p>Conozco perfectamente el gesto: apretar el botón seco y tosco para disparar.<em> </em><em><strong>Clac</strong></em><em>.</em> Hacer girar el mecanismo de arrastre hasta que hace tope. <em>Crec-crec-crec.</em> Apoyar el ojo en esa ventana minúscula que jamás coincide con la realidad. Esperar a que el flash se tome su tiempo para recargarse de nuevo, mientras un contador diminuto te recuerda que cada foto es, en realidad, gastar mundo.</p><p>Este objeto simboliza la ligereza mental, el juego, la diversión. Es un peso hueco. Nadie habla de diafragmas ni de velocidad. <strong>No hay técnica que dominar</strong>. Es un descanso para simplemente dejarse llevar. Incluso puedes perderla por el camino sin demasiado drama.</p><p>De hecho, tengo una pequeña fantasía pendiente: encontrar una desechable usada en la calle y llevarla a revelar. Descubrir luego fotos buenísimas de un talento anónimo, lanzarme a buscar a quien esté detrás y, cuando por fin aparezca, presentar al mundo ese ojo increíble: Una especie de nueva Vivian Maier.</p><p>Recuerdo un encargo para un proyecto artístico colectivo, un libro patrocinado por Kodak, en el que participé junto a otros cinco fotógrafos. Nos enviaron seis cámaras de un solo uso, una para cada uno. Teníamos que disparar el carrete entero y devolver el juguete ya agotado a la editorial, sin llegar a ver una sola imagen. Me costó horrores no poder revisar el material: fue un ejercicio de desapego y de pérdida de control para el que no estaba nada preparada. Pero lo recuerdo divertidísimo.</p><p>Consistió en salir una noche con el <em>gadget</em> y me dediqué a retratar, a base de flashazos en la cara, las distintas expresiones de mis amigos en la pista de baile: ojos a media asta, pelos volados, sudor brillante, bocas abiertas en grito mudo. Una colección de caras en pleno despegue. Fue una manera de fotografiar mucho más despreocupada, sin estar pendiente, como siempre, del equipo fotográfico. </p><p>Ahora que todo es corrección, edición, ajuste, nitidez y copia de seguridad en la nube, esa caja de plástico tan rudimentaria me parece casi un gesto político: aceptar el resultado tal cual y resistir la tentación de arreglarlo después. Una invitación a no maquillar la realidad.</p><p><em>*Leila Méndez es fotógrafa y autora del ensayo ‘Disparos contados’ (Anagrama, 2025).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 29 Mar 2026 04:00:58 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Leila Méndez]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Un placer culpable]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,plásticos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Un arte plastificado]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/arte-plastificado_1_2161039.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/7134d14c-2652-46f7-bff7-eeec5790e343_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un arte plastificado"></p><p>A pesar de sus nombres de pastor griego (Poliestireno, Fenoplasto, Polivinilo, Polietileno), el plástico […] es esencialmente una sustancia alquímica, […] la idea misma de la transformación infinita. […] Puede formar cubos tanto como alhajas. Esta es la razón del perpetuo asombro […] ante las relaciones que descubre entre lo singular del origen y lo plural de los efectos. […] En el orden poético de las sustancias, el plástico consta como un material ignominioso, perdido entre la efusividad de la goma y la simple dureza del metal”. La cita nos la presta <strong>Roland Barthes</strong>, célebre teórico del arte y la literatura, y está tomada de un artículo escrito tras la visita a una exposición de polímeros. La muestra, según deduzco, no tenía pretensiones artísticas, sino petroquímicas. No importa, los nuevos materiales (por pedestre que sea su exhibición) siempre han fascinado a artistas y adláteres.</p><p>Bien mirada, la Historia del Arte es una sucesión de afanes por la novedad. Tan pronto los arquitectos medievales se las ingeniaron para elevar las techumbres y clarear las catedrales, el invento correteó por toda Europa. Desde el <strong>Quattrocento</strong>, no ha habido pintor que no esté pendiente a los avances de la química (créanme, la síntesis de pigmentos y las innovaciones en aglutinantes son responsables de más avances que la cacareada genialidad) y los artistas de la Modernidad se entregaron con devoción a los prodigios de la óptica y a las maravillas de los espejos (si tienen curiosidad, lean sobre la cámara lúcida –un ingenio que permite enfocar la imagen directamente sobre el soporte pictórico con muchísimo detalle– o el espejo de Claude). Ni que decir tiene que la irrupción de las primeras técnicas protofotográficas (el daguerrotipo, la cámara oscura con placas embetunadas, etcétera) no solo terminaron por instaurar una <strong>nueva disciplina</strong>, sino que el modo de operar de las dichosas maquinitas cambiaría para siempre el curso de las ya existentes. El objetivo de la cámara tan solo enfoca un área de la imagen, mientras que el resto queda emborronado: el mundo ya no volvería a retratarse con la nitidez ubicua de la pintura clásica.</p><p>Siendo que el petróleo es tan fértil en sus derivaciones, no es de extrañar que los practicantes de las Bellas Artes hayan encontrado <strong>mil y un empleos al mentado </strong><em><strong>plastiquete</strong></em>. Uno de los más extendidos es, seguramente, la<strong> pintura acrílica</strong>, que surgió como alternativa al óleo y que, por decirlo en pocas palabras, se logra sustituyendo los emulsionantes tradicionales (huevo para el temple, aceite para el óleo) por un polímero. Seca más rápido, aguanta bien a la intemperie, puede aplicarse sobre muchos más soportes (cartón, papel, metal), promete durabilidad y, como se disuelve en agua, el usuario evita los intoxicantes (aunque embriagadores) vapores de la trementina. Como imaginarán, los botes de espray no están rellenos de acuarela, ni las tintas de serigrafía con las que Warhol se hartó de hacer <em>Marilynes</em>. Por citar algunos, están hechos con acrílico los cuadros comiqueros de Roy Lichtenstein, los muñecotes malpintados de Basquiat (no es un reproche, es que a ese movimiento se le llamó <em>bad painting</em>), los garabatos de Cy Twombly, las piscinas de David Hockney, las antropometrías de Yves Klein o los coloridos monigotes de Keith Haring.</p><p>Pero la pintura no ha sido la única disciplina venerable que se ha rendido a las novedades del polímero. Los <strong>escultores</strong>, hartos de los martillazos y los calores de la fundición, vieron en las resinas sintéticas y en la silicona un mundo de posibilidades gomosas, de facilidades técnicas y de inquietantes semejanzas con la carne. Ahí están los muchos avatares de sí mismo que Maurizio Cattelan ha ido desperdigando por el mundo, las perturbadoras creaciones de Paul McCarthy o los insustanciales (y carisísimos) <em>juguetitos</em> de Jeff Koons. (Todo ello, claro, sin contar cómo el diversificado mercado de los sintéticos ha ayudado a facilitar procesos –como los vaciados– que antes debían hacerse empleando cera o escayola)</p><p>Como los artistas, mal que se piense, no viven refugiados en sus torres de marfil, sino insertos en las precariedades del mundo, es sensato aceptar que trabajen con lo que les quede a la mano. Confieso que, antes de sentarme a escribir este artículo, nunca me había dado por pensar cuántas obras habré visto en el último lustro. No solo es que el arte digital haya conseguido materializarse gracias a la impresión con bobinas de filamento (el célebre 3D), o que artistas aficionados al <em>merchandising</em> como Kaws encontrasen el cielo abierto a la hora de producir miríadas de coleccionables; también es probable que los artistas que, por ejemplo, trabajen con <em>objetos encontrados</em> (el famoso <em>objet trouvé</em>) acaben hallando cachivaches que –de no ser salvados en pro de la creatividad– acabarían recalando en el contenedor amarillo.</p><p>Siguiendo con los grandes nombres, puede que conozcan la <strong>célebre montaña de caramelos de Félix González-Torres</strong>: apiladas en un rincón, el celofán que los envuelve brilla con un atractivo irresistible. La obra se compone de setenta y nueve kilos de golosinas (ni uno más, ni uno menos), un peso que se corresponde con el de Ross Laycock, pareja del artista, que falleció a causa de complicaciones derivadas del SIDA cinco años antes de que el propio González-Torres sufriese el mismo destino. La propuesta es sencilla y efectiva: el público, que va sisando los dulcecitos, desgasta –como haría una enfermedad– ese cuerpo metafórico hasta, finalmente, dejarlo en nada.</p><p>Las<strong> relaciones entre lo plástico y lo orgánico</strong> han tenido encontronazos más literales, como el propiciado por <strong>la </strong><em><strong>performer</strong></em><strong> francesa Orlan</strong>, muy aficionada a las modificaciones corporales y único ser humano hasta la fecha capaz de convertir un procedimiento quirúrgico (“póngame usted un cuerno encima de la ceja, doctor”) en un acontecimiento artístico. No es un circunloquio: sus andanzas en el quirófano han sido filmadas o, directamente, retransmitidas en vivo para que pudiesen seguirse cómodamente desde alguna institución cultural.</p><p>Pero regresando a los envoltorios, conviene mencionar a los más hábiles <em>empaquetadores </em>que en el mundo han sido: <strong>el binomio Christo y Jeanne-Claude</strong>. Les sonará, son los que empaquetaron el parisino Arco del Triunfo (que, entre nosotros, queda mejor velado que al natural y es la portada de este suplemento). Aunque el procedimiento pueda parecer pedestre (colocar una lona de nylon y poliéster encima de tal o cual monumento o paraje, maniobra que requiere un batallón de ingenieros y permisos), los resultados fueron admirables: cubiertos como los muebles de una casa abandonada, los edificios más poderosos adquieren un aspecto inofensivo; el ornamento se oculta entre los vértices por los que se pliega la tela y el parlamento más imponente o el puente más icónico adquieren un aire desvalido, entre vendado y precario, como si lo hubiesen preparado para que alguna empresa de mudanzas lo retirase sin mayores miramientos. Particularmente hermosas me parecen sus intervenciones en la naturaleza. En 1972 desplegaron una cortina de trece mil metros cuadrados que cerraba un valle del Estado de Colorado. Las imágenes son prodigiosas: al final de una carretera estatal que serpentea innecesariamente, un bloque de color naranja anula el paisaje (imaginen cómo debían chirriar los cables que soportaban aquella colosal estructura con la más mínima brisilla). También, aquella vez que taparon un pedazo de la costa australiana: tras la colosal sábana blanca y grisácea, los riscos parecen amortajados. Por las fotos, casi se diría que la naturaleza es atrezo. </p><p>Lo dice Barthes justo al final del texto que citábamos al principio: “La jerarquía de las sustancias ha quedado abolida, una sola las remplaza a todas: el mundo puede ser plastificado”.</p><p><em>*Joaquín Jesús Sánchez es crítico de arte y columnista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 28 Mar 2026 05:01:19 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Joaquín Jesús Sánchez]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,plásticos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Polímeros para morder (y escribir)]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/polimeros-morder-escribir_1_2154608.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/f05ff9de-9868-4ce4-a890-dde9cb4ea367_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Polímeros para morder (y escribir)"></p><p>Como cualquier colegial de esa España nuestra de los ochenta, <strong>aprendí a escribir a lápiz</strong>. Utilizaba aquellos maravillosos Staedtler negros y amarillos que afilaba poco y mordía mucho. En algún momento, no recuerdo cuál, crucé el umbral de una pequeña madurez académica y pasé del lápiz al bolígrafo. Para entonces ya llevaba muchísimas libretas de caligrafía Rubio, algo que me habrá perseguido toda la vida porque soy un honrado ser de mala letra. <strong>Pasar del lápiz al boli es todo un portal de transformación</strong>. Aquello que se escribe deja de ser borrable, provisorio, temporal y entramos en el territorio de la vida, donde las palabras y los garabatos son definitivos. Se acaba con el bolígrafo todo ensayo y asumimos que las cosas deben ser meditadas, que no hay una segunda parte de licencia para corregir lo ya gafado y que sólo queda el borrón doloroso cuando la cosa sale mal, que es como la cicatriz que sale en la carne después del golpe. Esto es vivir: o aciertas o te despeñas.</p><p>Por supuesto, <strong>mi primer bolígrafo fue un Bic</strong>. El Bic cristal azul ecuménico. El que debe ser. El Bic estuvo conmigo todo el colegio y todo el instituto, hasta que descubrí, ya en la Universidad, que con rotuladores de punta fina como el Pilot o el Lamy o plumas estilográficas que permiten un fluir de mano ligero y suave, mi proverbial mala letra mejoraba y era capaz de tomar apuntes y conseguir releerme después. Pero esto ya es otra historia. Mi boli Bic, el mío, estaba siempre guardado en las anillas espirales de metal de la libreta. Más que guardado, aprisionado, porque me afanaba para que viajase seguro, para que no se cayese y perderlo en el trajín de la casa al instituto y siempre costaba sacarlo (fui un adolescente sin cartera, siempre de carpeta bajo el brazo, que es una manera de ir por la vida más deslomada pero también más digna). Lo ideal sería llevarlo en el plumier bien guardadito y con su tapa (qué hermosa palabra, plumier, dediquémosle un pensamiento), pero nunca era así. Yo no tenía plumier. Quería ir por la vida ligero de equipaje, con lo imprescindible. Qué le vamos a hacer. Mi boli Bic, el boli Bic de mi adolescencia, era como soy ahora: desangelado en el vestir (las tapas me duraban apenas un par de semanas), rayado y mordido (yo mismo lo amputaba) y, algo que me fastidiaba mucho, casi siempre sin la tapita pequeña de atrás (hay un rumor neurótico en toda vida). Las tapitas de atrás de los bolis Bic, fabricadas en polipropileno, están riquísimas cuando se las extrae con los incisivos y uno las mastica suavemente para no deformarlas demasiado. Quizá porque en los jugos de la boca, los polímeros plásticos, que supuestamente no tienen sabor, nos enfrentan al sabor de nosotros mismos, con las enzimas y sales de la baba propia, amplificados con la recompensa cerebral de morder algo. Por supuesto, cada bolígrafo que inauguraba era enseguida despojado de su tapita de atrás para chuparla en las horas de encierro lectivas, que son el entrenamiento para encerrarnos después en oficinas y fábricas. Recordemos el diseño del boli Bic. Un canuto hexagonal de plástico transparente afilado en uno de sus extremos donde encaja el cono de latón que contiene la carga de tinta. Gracias a esta sinceridad en su cuerpo translúcido podemos comprobar el nivel de la carga con sólo observar el bolígrafo. La gran ingeniería está en la punta, con una pequeña bolita que gira sobre el papel para que suceda el milagro de la escritura. El boli Bic tiene dos tapas: una es la que tapa la punta, con un agujero para no atragantarse (la gente de Bic, que es muy lista, sabía de sobra que los humanos nos llevamos las cosas de escribir a la boca). La otra es la tapa de atrás, la que yo me comía y que tiene forma de tapón para cerrar a presión el conjunto. Ambas son siempre del color de la tinta y le dan el estado de ánimo al boli: azul, de un azul brillante, que es un color industrial difícil de equiparar a algo orgánico; negro, tan profesional, que he usado poco o nada; rojo carmín de los profesores, que era el Bic de la corrección y el castigo o el verde, que también venía siempre a decir algo por encima de tu propia voz escrita, color de advertencia y consejo no pedido.</p><p>Es una <strong>maravilla compartir con tantas generaciones un idéntico diseño industrial</strong>. Porque el Bic es un boli bueno. Tiene la bondad de lo que se usa muchas veces. Es incuestionable porque es sencillo y eficaz. Nadie lo pone en duda. Es una pieza de ingeniería pensadísima, tan desnudo y esencial que su diseño es perfecto. Y los diseños perfectos son aquellos que no se pueden mejorar. Por eso llega a nosotros intacto, sin que una camada nueva de diseñadores imprudentes (o aún peor, esos oscuros seres del marketing) propongan cambiarlo, <em>mejorarlo</em> y trastocar esta herramienta de la modernidad para subvertirla en otra cosa, como ocurre a diario con la utillería que nos acompaña y nos conviene, desde el banco del parque o la bicicleta hasta el tenedor o la camisa. Pero el Bic, quizá por ser educado, por ser francés, sabe que el pasado importa y no se dedica a destrozar los recuerdos de la gente tratando de ser algo distinto de lo fenomenal que ya es. Sabe mantenerse joven a través de las distintas promociones humanas llegadas a este mundo para devorarlo y para ser devoradas. El Bic lo tiene todo. No le falta ni le sobra nada. Está fuera de cualquier examen o revisión. Y también está fuera del tiempo. Ya es eterno. El boli no cambia. Y punto. </p><p>Aunque no tengo bolis Bic por casa, o precisamente por eso, me gusta manejar uno cuando lo pillo por ahí. Si había que firmar una carta en Correos, antes de estas máquinas distópicas en las que firmamos con el dedo, que estaban sujetos por un cordelito, o en algún lugar de esta burocracia hispánica, tan arcaica, pero tan reclamable, antes de que lo dinamiten todo por los aires la gañanada que viene hablando de eficiencia y futuro. <strong>Echo de menos tener un Bic a mano</strong> y retirarle la punta con el capuchón de tinta, para usar su cuerpo transparente como cerbatana. Lanzar bolitas de papel ensalivado era una habilidad obligada en mi colegio y, aunque fui un <em>cervatanista</em> mediocre, me imaginaba a mí mismo como un indio en la espesura del Amazonas atacando a la expedición de Orellana. Lanzar proyectiles con el Bic debería seguir siendo un deporte informal en todos los colegios, antes de que la cosa digital arrase a la humanidad como un tsunami definitivo. </p><p><em>*Carlos Risco es periodista y autor del libro ‘Objetos a los que acompaño’ (Círculo de Tiza, 2024).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 22 Mar 2026 05:01:37 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Carlos Risco]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Polímeros para morder (y escribir)]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Colegios,plásticos]]></media:keywords>
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    <item>
      <title><![CDATA[Ver y ser visto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/ver-visto_1_2160019.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/2267024f-58c5-404b-9e85-874c74d4ce35_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ver y ser visto"></p><p>Un buen día, siempre que te sientes guapo hace buen día, caí en la cuenta que <strong>las gafas visten</strong> tanto como la corbata abriga o que la capucha protege de los malos espíritus o que la gabardina es un personaje de Raymond Chandler. Así que, cuando estás en racha, te sientes Gregory Peck con las lentes y otro, maldita sea, la dueña de la pastelería de tu pueblo te confunde con Arturo Pérez Reverte y uno empieza a pensar en el día que se jodió el Perú y que cambió la receta de la tarta de Santiago.</p><p>Pero vayamos al origen del problema óptico antes que los demás me sigan confundiendo con otro. Y no es presbicia, no.</p><p>Siempre fui bastante vampiro, un adorador de las luces indirectas, del flexo invertido, tanto es así que cuando tengo que permanecer en un hospital con los fluorescentes encendidos en el techo estoy a punto de empezar a aullar y pido un nuevo ansiolítico (siempre se necesita una buena excusa en materia de ansiolíticos y esta no suele colar). </p><p>Problemas clínicos aparte, mi madre me decía que me iba a quedar<strong> cegato de tanto leer</strong>. Y tuvo razón. En la vacilante luz del rural gallego de mediados de los setenta leer a Marx y a Valle Inclán, a Unamuno y a Lorca en un cuerpo diez de edición de bolsillo llamaba a gritos a las dioptrías y la neblina de la miopía empezaba a conformar mi pensamiento, un pensamiento blando que siempre ha rechazado las aristas, los metales, las formas geométricas precisas. </p><p>Así, casi por voluntad propia, empezó mi relación con las gafas que, medio siglo más tarde, mantengo como una seña de identidad y no sé si de intelectualidad, dado que las llevan gente sin muchos puntos de vista como los <em>influencers</em> o los artistas de reguetón y no digamos las actrices del porno. </p><p>Ya sé que no se trata del monóculo de Joyce, ni del de Pessoa, ni las antiparras de Quevedo, pero <strong>intelectualmente me siento confortado con esa imprescindible y cotidiana compañía</strong>. Sin gafas (progresivas o no, depende del momento) me siento desnudo, o mejor dicho, aunque esté desnudo sigo con gafas. Por cierto, mis últimas unas <em>rayban wayfarer</em> de sol graduadas me las tiene que devolver la playa de Corrubedo porque la ola asesina me dio un buen zarpazo y las arrastró al Atlántico. Problemas de la miopía (y miedo a los tiburones).  </p><p>Creo que las primeras gafas que me hice (y cuento más de cincuenta) fueron de metacrilato. El metacrilato estaba de moda por entonces en aquel Madrid que tenía la vista cansada. Javier Solana, entonces ministro de Cultura, llevaba unas antológicas, y quise agenciarme unas como las suyas. Molaban. Me gusta esa coquetería difusa que tenemos los miopes ante la vida. No vemos el letrero del bus, ni el ticket del restaurante, ni los subtítulos de la VO, ni la letra pequeña de los contratos de alquiler, pero nos sentimos tan distinguidos como si lleváramos una gardenia en el ojal. Con las gafas siempre vas bien vestido. </p><p>Ahora mismo en mi fondo de armario tengo <strong>más gafas probablemente que Elton John</strong> (o que Isabel Coixet muy fan de este tema: una vez me las eligió ella misma en Barcelona). Entre todas distingo unas cuantas de trabajo para la pantalla del ordenador (las Persol que me aprietan y las Oliver People a las que se le ha caído la patilla y tengo que llevar al taller porque la cinta aislante de la mudanza le queda muy cutre), unas cuantas de vestir (las de Police que llevaba Brad Pitt en <em>Bullet Train</em> y unas de Valentino de montura dorada de aire retro que uso para ir al teatro, otras que le afané a mi mujer de Donna Karan <em>unisex</em>, las de montura verde de una óptica de Chueca que pasaron de moda) y dos más de sol (las Polo a las que se le oscurecen los cristales cuando brilla el sol) y otras Rayban Burbank que han sustituido a las que se llevó la corriente). Si reviso mis fotos antiguas siempre me reconozco por el periodo <em>gafotas</em>, pero, desafortunadamente siempre soy el mismo miope.</p><p>El anterior inventario no es casual. Creo que podría <strong>redactar mi biografía y mis itinerarios vitales a través de las gafas</strong> que llevé en ese momento. No hay mejor alusión al tiempo (y a la manera de vivir) que esa convergencia de la estética con la visión, del sentido práctico con la elegancia. Las gafas (porque soy un <em>gafapastas</em> adicto al acetato de celulosa) definen como ninguna otra prenda una declaración de principios que en mi caso empezó a tomar forma con dos modelos canónicos: Yves Saint Laurent, el modista francés que hizo un arte de las dioptrías desde los años sesenta, y aquel Gregory Peck que en <em>Matar a un ruiseñor</em> llevaba unas ya por entonces <em>retro</em> que han sido replicadas centenares de veces sin que la montura case nunca como en esa película y ese careto. Es decir, por mucho que te empeñes, aunque te pongas las gafas de Gregory Peck o las de Scorsese nunca les llegarás a las suelas de los zapatos. Aún así algunos de los momentos de más felicidad los pasé en las ópticas muchas de las cuales parecen hoy la Academia de Platón. </p><p>El tema da mucho más de sí. <strong>Acaban de salir las Rayban de IA</strong>. Amo las Rayban, pero tengo un problema irresoluble con el cabroncete de Zuckerberg, así que me las reservo para un futuro no muy lejano en el que los automóviles (no tengo carnet de conducir) sean plenamente autónomos y pueda ir leyendo <em>La Voz de Galicia</em> al volante camino de Compostela. </p><p>Hace unos días también leí una noticia intrigante. Una clienta de un centro de belleza denunció a la empleada que se encargó de su depilación. Al parecer las llevaba puestas y eso junto a las ingles brasileñas son un delito. Las gafas IA valen para los espías de Le Carré, pero en un centro de belleza o en una sauna, o incluso en el Congreso de los Diputados dan mucho que pensar.</p><p>Otra noticia <em>gafada</em>. En noviembre el presidente <strong>Sánchez estrenó unas gafas muy estilosas</strong> y fue <em>trending topic</em> nacional. Después de tanto palo nadie reconoció que le sientan bien y que es un hombre muy atractivo. La mayor parte de las invectivas iban más bien en plan “¿qué hace un tirano comunista con unas Dior?”. Pues eso, ojito con las gafas que siempre habrá un <em>hater</em> dispuesto a pisarlas en el anonimato de su ceguera.</p><p>Espero que de algún modo no les aumente las dioptrías esta lectura y sepan que hay gafas para cada momento de la vida, aunque eso no les hará cambiar el punto de vista sobre la vida.  </p><p><em>*Ramón Reboiras es periodista y escritor. Su último libro publicado es ‘El Chevrolet de Pessoa’ (La Umbría y la Solana, 2024).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 21 Mar 2026 05:00:46 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Ramón Reboiras]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Ver y ser visto]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Tres décadas de vinilo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/tres-decadas-vinilo_1_2159849.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/9dd3c948-97c2-484a-9146-5321d4deebb4_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Tres décadas de vinilo"></p><p>El <strong>primer vinilo que recuerdo</strong> lo vi en casa de Luis Q. Luis fue mi mejor amigo hasta la adolescencia. Era a finales de los setenta. Su madre era canadiense, y él cada verano pasaba en Montreal por lo menos un mes. De uno de sus viajes se trajo de vuelta el <strong>LP </strong><em><strong>Destroyer</strong></em><strong>, de Kiss</strong>. En él se veía a los cuatro miembros de la banda metalera vestidos con mallas negras ajustadas, botas con plataforma y sus característicos maquillajes agresivos. </p><p>A mí aquella portada, con cuatro maromos con la cara pintada de blanco, cada cual con sus propios motivos (uno con bigotes felinos, otro con una estrella cubriéndole un ojo, otro con un par de murciélagos) me fascinaba. Se sugería un mundo excitante, tenebroso y glamuroso, y supongo que eso tenía el rock para mí, visto desde un barrio madrileño del primer posfranquismo.</p><p>Asociado a Luis Q. está otra de las bandas sonoras de mi infancia. La película <em>Grease </em>empezaba a triunfar y había llegado a nuestro barrio de clase media, lindero por una parte con Manoteras (“donde te roban la cartera y no te enteras”) y por otra con Arturo Soria (“Tontosoria”). Allí los chavales jugábamos al fútbol en un descampado. Cada portería la marcaban dos piedras, con todos los problemas que uno se imagina cuando había dudas sobre si un disparo había sido gol o no: “¡Ha sido alta!”. “¡Ha sido un golazo!”. Al final se anotaba el tanto quien era capaz de apoderarse del balón y llevarlo otra vez al centro, entre los empujones del equipo rival, que era como un partido de rugby improvisado y otro deporte aledaño al principal. </p><p>Bien, pues aquellos mismos chicos que jugábamos al fútbol los sábados por la mañana, al caer la tarde nos poníamos nuestras camisetas molonas, nos repeinábamos y nos juntábamos en un jardín de la zona, encajonado entre edificios de ladrillo visto con toldo verde, y <strong>bailábamos al son de los vinilos que poníamos en un tocadiscos portátil </strong>que bajaba alguno de la pandilla. Como por entonces se estrenó la película de John Travolta y Olivia Newton John, recuerdo especialmente aquel single, <em>You’re the one that I want</em>, que poníamos una y otra vez y lo bailábamos emparejados torpemente. </p><p>Yo ya debía de frisar los diez años, y Luis tenía tres o cuatro años más que yo. Aquella amistad desequilibrada estaba abocada al desastre. Habiendo estirado él y yo no, una de aquellas tardes sentí <strong>unos celos tremendos al verle fumar un pitillo y bailar </strong>una especie de rocanrol con una de las chicas. En algún momento le pedí un cigarro: era la primera vez que lo hacía. Él me dio uno de su cajetilla de Fortuna, y a mí no se me ocurrió otra cosa que lanzarlo al suelo y pisotearlo. </p><p>—Eres un crío, anda, vuelve cuando hayas crecido –me dijo Luis Q. </p><p>Ese fue <strong>el final de nuestra relación y de mi infancia</strong>. Los ochenta ya estaban a la vuelta de la esquina. Recuerdo que al arrancar la década se editaban los suculentos pelotazos de grandes monstruos de la música anglosajona. Era <strong>la época de </strong><em><strong>Thriller</strong></em><strong>,</strong> la obra maestra de Michael Jackson, que arrasó en el mundo entero. Mi prima Lucía venía a casa. Escuchábamos <em>Thriller</em>, y también la colaboración de Michael Jackson con Paul McCartney en su <em>Pipes of Peace</em>. Esos dos elepés gustaban mucho a Lucía. Los escuchábamos en <strong>el tocadiscos de mi casa</strong>. Como yo sabía algo de inglés, ella se empeñaba en que le ayudase a traducir las letras. Yo sudaba la gota gorda. Pero lo intentaba. </p><p>Recuerdo igualmente, en esa época, a una chica de mi clase que llevaba un guante en la mano derecha, como empezaban a hacer los fans de Michael Jackson. Ese mimetismo me resultaba extraño y hasta vergonzante: a mí me costaba sentir tanta pasión por los nuevos ídolos de masas, y menos cuando apenas entendía lo que decían. </p><p>Mi gusto musical primerizo era ecléctico. Me atraían, en un principio, los <strong>sonidos suaves y aterciopelados</strong>. Recuerdo que, antes de los partidos de fútbol de los sábados, ponía en mi casa la música de Alan Parson Project. <em>The eye in the sky</em> fue el primer disco que escuché de manera obsesiva. La canción del mismo título y aquella portada con el ojo de Horus en el cielo me hacían pensar en alguna presencia allá arriba como la de que me hablaban en la misa. Ese disco lo escuchaba con los ojos cerrados y después, según me calzaba las botas de fútbol, le rogaba a ese ojo en el cielo que me permitiera jugar bien esa mañana. Y me lo concedía: más de un sábado tuve mi pequeño momento de gloria. Todavía <strong>añoro ese fútbol salvaje y canalla </strong>del siglo pasado. </p><p>No tardé en mudarme de barrio (uno de los momentos más tristes de mi vida) y ya en otro contexto seguí comprando música, pero de otra manera. Los ochenta empezaban a morir. Ahora leíamos el <em>Rock de Lux</em> y la música era motivo de distinción social. Ya no compraba vinilos al tuntún ni siguiendo la moda comercial; ahora pensaba que tenía un criterio y mi gusto evolucionó hacia sonidos más ásperos y callejeros. </p><p>Coincidiendo con mi descubrimiento de los <strong>bares garajeros de Malasaña </strong>(el Nueva Visión, La Vía Láctea) ya la música que privilegiaba era, esencialmente, punk rock, en su sentido más amplio. Nuestra tienda de vinilos de segunda mano preferida era Melocotón, pegada a la Gran Vía. Todavía hoy me recuerdo con una novia con chupa de cuero rebuscando entre los elepés y escogiendo las bandas que nos interesaban: los Jam, los Clash, los Ramones, los New York Dolls, los Buzzcocks, los Kinks. Y al mismo tiempo el <em>reggae</em> de Bob Marley, que siempre me encandiló desde que lo descubrí con <em>Kaya</em>: una cuestión personal mía más que del entorno. </p><p>Más tarde todavía, me fui de Madrid. Estuve unos años estudiando fuera. Cuando regresé a mediados de los 90 y quise <strong>recuperar mi colección de vinilos</strong>, resultó que los tenía mi hermano. Hablé con él, pero él me explicó que se los había regalado antes de partir. Yo no lo recordaba, pero bien pudo ser, dado que siempre he sido dadivoso. En todo caso, me heló el corazón la dureza con la que dijo:  </p><p>—De todas formas, al irte perdiste todo derecho moral sobre esos discos. </p><p>Yo procuré negociar el rescate. Insistí en que muchos de aquellos vinilos (<em>Desire</em> de Bob Dylan, <em>Mind Bomb</em> de The The) eran “grupos míos”, que a él nunca le habían interesado. Me parecía lógico que se quedase con bandas españolas ochenteras como Radio Futura, Nacha Pop o Siniestro Total, porque <strong>el rock español siempre fue “más suyo”</strong>; pero ¿los otros? </p><p>Al final <strong>recuperé una veintena de títulos </strong>de la colección original, poco más. El resto quedó secuestrado. Alguno hube de volver a comprarlo. Pero ya todo Cristo se pasaba a los CDs y yo seguí la tendencia: el tocadiscos enmudeció y empecé a escuchar la flamante música alternativa que llegaba de EEUU (Red Hot Chili Peppers, Rage Against the Machine, Jane’s Addiction, Faith No More…) en cedé. Nunca volví al vinilo, igual porque me dolió demasiado esa confrontación fratricida que los tuvo como campo de batalla. </p><p><em>*José Ángel Mañas es escritor. Su último libro publicado es ‘Doctor X, el médico de la Deep Web’ (La Esfera de los Libros, 2024).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 16 Mar 2026 05:00:55 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Ángel Mañas]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Tres décadas de vinilo]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Música,plásticos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La venganza del agro]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/venganza-agro_1_2152923.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/1f09423c-4e23-4ca3-b862-a5037a9014cb_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La venganza del agro"></p><p>La <strong>fractura urbano-rural</strong> ha vuelto después de décadas de desaparición. Décadas en las que se la llegó a dar por muerta, como a tantos otros elementos asociados a un mundo que parecía pasado y abandonado: la división entre izquierda y derecha, el materialismo (al que debía superar el postmaterialismo) o el sarampión.</p><p>El viejo mapa que dividía políticamente el mundo rural y el urbano reaparece a lomos de las <strong>fuerzas neorreaccionarias por toda Europa</strong> (así como en Estados Unidos). Es la venganza de los que se han sentido tradicionalmente excluidos. En este sentido, el mundo rural, no tanto su situación real como su papel como mito, su estereotipo, diría, se ajustan como un guante a la estrategia de las fuerzas de la extrema derecha.</p><p>La vuelta del conflicto entre campo y ciudad puede entenderse como la <strong>reemergencia de algo que quedó sumergido por otros conflictos</strong>, otras líneas de división propias de un tiempo que ya pasó. De la misma manera que hoy emergen de las profundidades pecios que se creían definitivamente hundidos, como el discurso machista, la negación del progreso científico, el racismo descarado o la querencia por regímenes no democráticos.</p><p>Después de varias décadas de imperio del <em>soft</em> ha vuelto lo <em>hard</em>. Los <strong>años ochenta y sobre todo los noventa</strong> fueron el imperio de lo vaporoso frente a la dureza de los sesenta y setenta. La política se volvió etérea, las ideologías laxas, las identidades fluidas. Era la época de la <em>modernidad líquida </em>de Bauman y de los <em>retratos certeros</em> de Lipovetsky. El <em>new age</em>. Un período que parecía llamado a perdurar para siempre, como ese fin de la historia que decretó Fukuyama a principios de los noventa. Se acabaron las grandes conflagraciones y los conflictos que habían definido la historia europea (y mundial) hasta entonces. Iniciábamos una época de estabilidad y bienestar. La democracia capitalista garantizaría de entonces en adelante un entorno seguro, saludable y pacífico a sus ciudadanos.</p><p>En 2008 esta idea estallaba en mil pedazos y en los años sucesivos hemos visto <strong>difuminarse ante nuestros ojos atónitos el mundo supuestamente feliz de la posguerra fría</strong>. Lo que ha venido después ha sido un período de confusión en el que la caída del mito del progreso perpetuo que prometía el individualismo capitalista ha dado lugar no al retorno de un cierto comunitarismo de aires socialdemócratas, sino a esa reemergencia de los monstruos de un pasado que creímos haber dejado atrás: la nación, la raza, la fuerza bruta.</p><p>El individuo nacido de la revolución conservadora de finales de los setenta que acabó con el Estado social, sacudido por la tormenta perfecta de la crisis global, ha buscado <strong>en los viejos tótems nuevos asideros </strong>a los que aferrarse para encontrarle sentido a un mundo que ya no conoce, que se le presenta como inhóspito y amenazante, en el que lucha por hacer pie y asegurar su posición. De ahí nace esa querencia por la nostalgia de un mundo simple, ordenado, identificable. Y es ahí donde, con los viejos mitos, reaparece el campo como expresión de un orden natural perdido.</p><p>El campo ya no es el mundo idílico al que se va para reconectar con la naturaleza, ese espacio al que podían huir los urbanitas a reencontrarse consigo mismos. El campo es la esencia, la raíz, el receptáculo de un estilo de vida que la ciudad habría pervertido. El campo es auténtico, un concepto que en el mundo post2008 es tal vez el más valorado. <strong>El campo no tiene doblez, es sencillo y noble</strong>, frente a la ciudad compleja, barroca, hipócrita.</p><p>El campo es también la cuna de la nación, frente a la Babilonia globalizada que es la ciudad. El campo no sólo es racialmente <em>puro</em>, sino que es la <strong>expresión de los orígenes nacionales</strong>, allí donde se preserva la esencia de lo que define lo que somos como <em>pueblo</em>, y por lo tanto es en el campo donde puede y debe asegurarse la <em>supervivencia</em> de ese pueblo, como si de un almacén de semillas se tratara.</p><p>Esa <em>reserva nacional</em> ha resistido y aún resiste los embates de las instituciones transnacionales, con la malvada Unión Europea a la cabeza, que impone restricciones y amarga la vida a los buenos trabajadores de la tierra, esa tierra en la que descansa la esencia de la nación entendida como la cadena de generaciones que han habitado, trabajado y luchado por ella.</p><p>La vuelta del campo, en este sentido, va de la mano del cambio de época, de la aparición de un <strong>mundo dominado por una pulsión de repliegue</strong>, frente al mundo anterior, abierto, globalizado, híbrido. El campo, así, sirve a la nueva ideología reaccionaria como ejemplo de lo esencial, de lo original en el sentido gaudiniano. Volver al origen, a lo primigenio, al orden natural de las cosas que representa la vida austera y sencilla. La pureza de las ideas simples, el orden inamovible, casi eterno, en el que cada cual sabe cuál es su lugar. No debe extrañar que una de las primeras imágenes de campaña de Santiago Abascal (noviembre de 2018) fuera montando a caballo. España vuelve, la España eterna que nunca debió desaparecer.</p><p>En este sentido, la <strong>apelación al campo</strong> como esencia patria frente a la urbe es en parte una relectura de algo muy antiguo a la vez que una utilización interesada de un resentimiento profundo, que se vehicula no tanto en función de los intereses de los habitantes del campo como de los partidos de extrema derecha.</p><p>La división urbano-rural y su articulación política no es nueva. En la redacción de la Ley para la Reforma Política, que sirvió de base a la Constitución de 1978 en tantos aspectos, hace cincuenta años el poder predemocrático ya puso bastante empeño en diseñar un sistema electoral que primara de forma descarada a las áreas rurales, como manera de asegurar la primacía del voto conservador sobre el progresista, concentrado en las grandes urbes y sus periferias. Así, este sistema, aún vigente, otorga a las áreas rurales 34 escaños de más en el Congreso de los Diputados, sustrayéndolos a las circunscripciones más pobladas. Es decir, uno de cada diez escaños está mal adjudicado, o por decirlo mejor, está adjudicado con el objetivo de primar a unas zonas que históricamente han optado de forma mayoritaria por las opciones conservadoras.</p><p>Así pues, el mapa que reemerge en este tiempo nuestro no es nuevo. Siempre estuvo allí. La España rural, como la Francia rural, sobre todo la España más arriba del Tajo, ha votado a la derecha y sigue haciéndolo. Lo nuevo es la <strong>utilización activa del mundo rural en la confrontación política</strong> como negativo del mundo urbano que hace la extrema derecha. Algo que es muy evidente en el caso de Aliança Catalana, y algo menos en Vox. En el primer caso, porque Barcelona se ha definido desde hace tiempo como una realidad urbana en contraposición con lo rural, mientras que las élites de Madrid tradicionalmente han tenido una vertiente ruralizante, de aristocracia terrateniente disfrazada de montería.</p><p>Ahora bien, esta confrontación renovada entre campo y ciudad tiene bastante de creación interesada. Con el mundo rural, la extrema derecha ha hecho lo mismo que con los hombres jóvenes. Se ha aprovechado de un sentimiento real de desamparo para vehicularlo en su interés.</p><p>Las quejas del campo son históricas, no vienen de la globalización y de la política agraria común. El sector primario se ha sentido sistemáticamente maltratado y abandonado a lo largo de la historia, protagonizando alzamientos o protestas de forma recurrente. En este tipo de episodios puede encuadrarse la protesta de los denominados “chalecos amarillos” franceses en 2018, que tenían como origen el alza del precio de los carburantes, pero que acabaron siendo utilizadas por los ultras de Rassemblement National como la muestra del hartazgo de la “Francia de abajo” contra la displicencia de las élites parisinas.</p><p>Este <strong>ejercicio de transustanciación es muy propio de los partidos de extrema derecha</strong>, capaces de transformar una demanda económica en una impugnación a sus rivales políticos y en un apoyo incondicional a los postulados reaccionarios. En este sentido, Vox, para el caso español, no actúa tanto como el portavoz de las demandas del mundo rural, sino que utiliza esas demandas, ese malestar real, como argumento para sustentar su propuesta política y como munición para señalar a los <em>culpables</em>: la Unión Europea, las mentiras del cambio climático, las élites urbanitas y los globalistas apátridas.</p><p>El objetivo no es tanto ganarse el favor de los electores del entorno rural, de tradicional tendencia conservadora, sino <strong>utilizar “el campo” como ejemplo de la corrupción del modelo dominante</strong> (según ellos) a ojos de aquellos ciudadanos de las ciudades que ven en el mundo rural la encarnación pura de los valores patrios: la sencillez, la bondad, el orden. Todos aquellos valores que dice encarnar la ola reaccionaria y que, según su argumentario, estarían en peligro por la acción combinada de los progres, los ecologistas, los burócratas de Bruselas y el contubernio globalista mundial.</p><p>El <em>zeitgeist</em> acompaña a este discurso. Vivimos tiempos de repliegue en todos los sentidos. El panorama es amenazante, el futuro sombrío y las únicas ofertas que se nos presentan nos invitan a <strong>buscar refugio en un pasado inmaculado</strong>, tal vez duro, pero justo, como los padres de antaño, un mundo simple y aparentemente armonioso. Replegarse, resguardarse, guarecerse en un refugio conocido y amable de una tormenta, la del mundo de hoy, que nos ha dejado a la intemperie.</p><p>Reemergen las antiguas fracturas, aunque lo hacen de forma diferente, combinando nuevos argumentos sobre viejas ideas. Se decía que éste sería el siglo de las ciudades, abiertas al mundo, cambiantes, mestizas y de momento está ganando lo contrario. Las ciudades son el futuro y la esperanza (“el aire de la ciudad te hace libre”), pero el nuestro es un mundo dominado por el miedo y la sensación de amenaza.</p><p>En este ideal nostálgico, el campo actúa como paraíso perdido, como fortaleza indestructible, como el cáliz que guarda la esencia intacta de lo que debe ser el mundo. Pura tradición, puros valores ancestrales, el agarradero que la reacción propone como remedio contra un mundo supuestamente corrompido por la modernidad malentendida (como el feminismo “que ha ido demasiado lejos”).</p><p>La vuelta de los valores duros del pasado representa también el <strong>retorno a las antiguas jerarquías</strong> entendidas como <em>naturales</em>, frente al intento de construir un mundo diferente, es decir democrático. Vuelve, así, la vieja confrontación entre el conservadurismo, en su acepción más pura (conservar, no tocar, permanecer), y el cambio, la tradición y la modernidad, el autoritarismo y la libertad. Pero vuelve en los términos de la reacción: la pureza frente a lo impuro, lo nuestro frente a lo extraño. Libertad o socialismo. El orden frente al caos. La seguridad o la incertidumbre. Campo o ciudad. La idea del campo como una acracia feliz en la que cada uno reconocía y aceptaba su posición (su subordinación). <em>Los santos inocentes</em> de Delibes. El pasado idealizado que vuelve al galope desde los años oscuros que creíamos haber superado.</p><p><em>*Oriol Bartomeus es profesor asociado del Departamento de Ciencia Política y Derecho Público de la Universidad Autónoma de Barcelona</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 15 Mar 2026 05:01:06 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Oriol Bartomeus]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La venganza del agro]]></media:title>
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