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    <title><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 4]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/los-diablos-azules-numero-4/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 4]]></description>
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      <title><![CDATA['Los desayunos del café Borenes']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/desayunos-cafe-borenes_1_1122922.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e97f3bfd-5262-448c-9541-de8cd0bdd1d9_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Los desayunos del café Borenes'"></p><p><em>Los clubes de lectura forman un tejido muy importante en la vida cultural. Les dejamos esta sala para que comenten sus lecturas y nos ayuden a componer nuestra biblioteca. Si formas parte de un club de lectura, puedes escribirnos a losdiablosazules@infolibre.es para hacernos llegar vuestras sugerencias.  </em><strong>losdiablosazules@infolibre.es</strong></p><p>El club de lectura de adultos de la Biblioteca Municipal de Zamora fue fundado en el 2006. El grupo está coordinado por <strong>Rufi Velázquez de Francisco</strong>, que explica el funcionamiento y recomienda su última lectura: </p><p>Nos reunimos los martes, somos 24 lectores y lectoras y tenemos una lista de espera de  15 personas a la espera de alguna vacante. Estamos consiguiendo que el club sea un lugar de descubrimiento de la palabra oral y escrita. Un lugar para la animación,  comentario y  recomendación de lecturas. Nuestro primer libro:  <em>Trece rosas</em> de <strong>Jesús Ferrero</strong>. Desde entonces y hasta ahora han pasado por nuestras manos <strong>Eça de Queiroz</strong>,  <strong>Salter</strong>,  <strong>Ángel González</strong>, <strong>Marian Izaguirre</strong>, <strong>Bernardo Atxaga</strong>,  <strong>Ayala</strong>,  <strong>Samuel Beckett</strong>… Y así libro a libro, a veces, autor a autor que nos visita, llegamos a 2016. </p><p>Estamos leyendo <em>Los desayunos del café Borenes </em>de <strong>Luis Mateo Díez</strong>.</p><p><strong>Los desayunos del café Borenes</strong><strong>Luis Mateo DíezGalaxia GutembergBarcelona2015</strong></p><p>Este libro pequeño, de 174 páginas, tiene dos textos.  El primero, que da título al volumen, es el relato  de un novelista jubilado, Ángel Ganizo, que evoca sus tertulias con los colegas de la hora del desayuno. En el segundo, "Un callejón de gente desconocida", Luis Mateo Díez hace un recuento de su pensamiento literario, el  bagaje  de su identidad como escritor. Dos textos que se complementan en sus intenciones, la defensa de la ficción exigente, aunque la declaración de intenciones lleve una envoltura más narrativa en <em>Los desayunos del café Borenes</em>. Un libro que pone de manifiesto el pensamiento del autor. Podemos decir que navega entre la narrativa y la reflexión. </p><p>Evidentemente, no es necesario identificarse con las reflexiones de Mateo Díez, pero también es cierto que hace plantearse algunas cuestiones que como lectores obviamos. Sus planteamientos sobre la ficción exigente, la crítica a las editoriales, que por dinero "se olvidan de los buenos lectores", ponen de vuelta y media a todo el mundo, pero con suavidad. Ahí están las editoriales que buscan al lector que no lee... todo regado de una ironía bastante sutil.</p><p>Es curioso cómo articula un relato sobre un escritor (seguramente el mismo Mateo Diez), y un ensayo sobre cómo es su literatura, la importancia que la imaginación tiene en ella, pero también la atmósfera que envuelve a los ganadores de fracasos, a los  perdedores  protagonistas de sus novelas, a los que campean en las "ciudades de sombra"  en las que sitúa la mayoría de sus novelas.</p><p>Para el lector, no es fácil asumir la lectura, por una parte, y por otra la crítica y la autocrítica del escritor. Se generan dudas, a veces incluso de comprensión del texto... El texto no es fácil, a pesar del tamaño del libro, y te lleva a releer párrafos. Estas y otras cuestiones se han ido desgranando entre los miembros del club de lectura, en el encuentro del último martes: algunas muy criticadas, otras defendidas con vehemencia, dudas de todo tipo... Pero esta vez  tenemos suerte: Luis Mateo Díez viene a Zamora, a nuestro club, el martes 23 de febrero.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Feb 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Rufi Velázquez de Francisco]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Los diablos azules número 4]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[‘La forma de las ruinas’]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/forma-ruinas_1_1122919.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/34d1ddf3-a9fb-4884-865c-bbe54258d21f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘La forma de las ruinas’"></p><p>Juan Gabriel Vásquez lee las primeras línas de su obra. </p><p>Una vez más el escritor colombiano <strong>Juan Gabriel Vásquez</strong> nos confirma por qué es considerado uno de los narradores más destacados de la actualidad y uno de los que irrumpe con mayor solidez en el mapa de la literatura que se escribe hoy en español. La forma de las ruinas, su más reciente novela, es una ratificación de una vocación y la consolidación de una voz en el corpus de la narrativa latinoamericana.</p><p>Ya en algunas novelas anteriores, Vásquez había mostrado su preocupación por recrear algunos momentos de la violencia y la guerra interna que vive hace más de 150 años Colombia. <em>Los informante</em>s y <em>El ruido de las cosas al caer</em> ya anticipaban algunas inquietudes del autor frente a la historia reciente de su país y muchos episodios indelebles en la retina de varias generaciones de colombianos quedaron allí plasmadas como frescos de un tiempo detenido. </p><p><em>La forma de las ruinas</em> está narrada por un personaje que es un escritor llamado Juan Gabriel Vásquez. El tono autobiográfico permite develar que la sensibilidad del autor está estrechamente ligada a la sensibilidad de toda una generación que se acostumbró a habitar un país contradictorio, conflictivo y en gran medida conformista y amnésico. De igual forma el tema de fondo nos recuerda que han sido los magnicidios los que han determinado el destino de la nación. Para la muestra dos crímenes aún impunes y fundamentales para entender la historia de la Colombia contemporánea: el asesinato de <strong>Rafael Uribe Uribe</strong> el 15 de octubre de 1914 y el de <strong>Jorge Eliécer Gaitán</strong> el 9 de abril de 1948. </p><p>Juan Gabriel Vásquez (Bogotá, 1974) pertenece a esa generación que creció viendo a su alrededor “paranoia y dolor” parafraseando a <strong>Calamaro</strong>. Se salvó, siendo adolescente, de morir por la explosión de una bomba en plena zona comercial de Bogotá y fue testigo, como muchos colombianos, del desmoronamiento moral y físico del país. Para quienes crecieron en la Colombia de los años ochenta y noventa la cotidianidad estaba marcada por el miedo y la amenaza constante. Los mejores líderes (de todas las tendencias políticas) cayeron asesinados y surgió el narcoterrorismo como un actor trascendental de la violencia. Las muertes de <strong>Luis Carlos Galán</strong>, <strong>Bernardo Jaramillo</strong>, <strong>Jaime Pardo Leal</strong>, <strong>Carlos Pizarro</strong>, <strong>Álvaro Gómez</strong>, <strong>Rodrigo Lara</strong> además de los más de 5000 militantes de la Unión Patriótica hacen parte de nuestro imaginario colectivo y son una herida perpetua difícil de cerrar.</p><p>Con una narrativa ágil, que mezcla elementos de la crónica y la autobiografía en clave de poesía, Juan Gabriel Vásquez logra conectar una preocupación generacional con estos dos crímenes y logra sumergirse en muchos de los interrogantes que estos dejaron. El relato que hace al autor de los dos magnicidios tiende puentes desde la ficción con momentos exactos de la historia. Él transmite la narración oral que escuchó de sus mayores en entrecasa y nos permite a los lectores identificar el reverso y el anverso de los sucesos para, así, recuperar la memoria y entender los signos que de una cartografía de silencios y olvidos. </p><p>Afirmó Vásquez en una reciente entrevista a propósito de la publicación de esta novela: “Es que esta no es una novela histórica. Es una novela sobre algunos episodios históricos, pero a mí no me interesa reproducirlos tal como se pueden encontrar en los libros de historia. Me interesa buscar conexiones inesperadas, especular, reflexionar sobre la presencia de esos pasados en el presente. Como se dice en la novela, me interesa la herencia de esos crímenes”. Y, sin duda, lo logra con precisión. Esas conexiones son verosímiles porque parten de algo muy verdadero y son los matices de una historia pública contada desde la intimidad de la vida familiar y privada.</p><p>Otro de los grandes aciertos de esta novela es que el autor, además de recordarnos que el asesinato de un gran hombre trastorna de manera definitiva la vida de un país, su historia, su destino, descifra muy bien los códigos del miedo con los cuales creció junto a sus contemporáneos y que definió la vida de muchos colombianos. Una generación de sueños destruidos, de angustias y permanentes desencantos. Esta es una novela que nace de la curiosidad y de las múltiples preguntas que asaltan al autor y que las resuelve desde sus certezas personales. </p><p>Así el autor nos propone a los lectores a sumergirnos en una aventura, en un redescubrimiento o una exploración de la historia de nuestro país. Logra que muchos lectores colombianos nos reconozcamos en los errores y en las ruinas. Por eso la ficción, la novela como recurso es un elemento pertinente para interpretar, contar, juzgar y al final entender el país actual desde la genealogía del dolor y la posibilidad del asombro.</p><p>No dudo en decir que esta novela será fundamental para entender algunos de los motivos de la guerra y para reconstruir algo de memoria en pro de soñar una nación más tolerante y menos violenta en el llamado periodo del post-acuerdo o post-conflicto luego de los diálogos de La Habana con la insurgencia de las FARC. Juan Gabriel ha sabido leer el alma nacional y de interpretar su destino para devolvernos, desde la literatura, algo de aquellas ilusiones perdidas y recobradas en esta novela.</p><p><em>*Federico Díaz-Granados es escritor. Su último libro es 'Las prisas del instante' (Visor, 2015). [Lee aquí la reseña publicada en el número 3 de Los diablos azules sobre 'Las prisas del instante'.] </em><strong>Federico Díaz-Granados</strong></p><p><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2016/02/08/las_prisas_del_instante_federico_diaz_granados_44522_1821.html" target="_blank">aquí</a><strong>Los diablos azules</strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Feb 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Federico Díaz-Granados]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Colombia,Libros,Novela,Los diablos azules número 4]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[El renacer de Mary Shelley]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/renacer-mary-shelley_1_1122917.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/76f7c38a-9487-4475-9af1-74fb9cd1786c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El renacer de Mary Shelley"></p><p><strong>Singladura</strong><strong>Olaia Pazos Ruleta RusaMadrid2016 </strong></p><p>Poemario en el que <strong>Olaia Pazos</strong> nos lleva desde la infancia y sus recuerdos hasta hoy, en un viaje cuya única meta es la búsqueda continua del amor en todas sus variantes: familia, amistades, pareja. Un monólogo fascinante, como un poema río,  en verso y prosa poética, que a su vez intenta entablar un dialogo con el lector.</p><p><strong>Subsuelo</strong><strong>Marcelo Luján Salto de PáginaMadrid2015</strong></p><p>Un cuerpo vivo que se cambia por un cadáver. Los mellizos, que comparten un secreto del que no parece fácil escapar. Dos veranos son suficientes para que la parcela del valle se convierta en el escenario de una perfecta tortura emocional. <strong>Marcelo Luján </strong>nos sumerge con oficio en un relato de una fuerza y crudeza arrolladoras, y nos brinda una novela memorable, alentada por un sobrio lirismo y sostenida sobre un formidable pulso narrativo.</p><p><strong>Wollstonecraft. Hijas del horizonte</strong><strong>Varios autoresImagine EdicionesMadrid2015</strong></p><p>El 16 de junio de 1816, un grupo de escritores legendarios se reunieron y jugaron a inventar cuentos de terror. De aquella reunión surgió Frankenstein. Muchos han sido los intentos de repetir aquella noche irrepetible. El último de eso intentos se llama Hijos de <strong>Mary Shelley</strong>. El escritor <strong>Fernando Marías</strong> nos presenta esta antología de cuentos de terror en la que participan muchas de las mejores plumas  de nuestra literatura actual.</p><p><strong>Ya no queda vino en la pecera</strong><strong>Indio Zammit Ruleta RusaMadrid2016</strong></p><p>Un ataque desesperado a los pilares mentirosos de la sociedad del siglo XXI. <strong>Indio Zammit </strong>nos propone en este poemario combatir la idolatría con la ideología. Aparcando las palabras bonitas, víctima ciudadana de la economía grande y pequeña, es obligación del poeta abrir las bolsas de basura. Poesía social, no nos queda otra.</p><p><em>*Puedes encontrar el café-bar literario Diablos azules en la calle Apodaca, 6, de Madrid, o en su </em><strong>Diablos azules</strong><a href="https://www.facebook.com/diablos.azules/?fref=ts" target="_blank">página de Facebook</a><em>. </em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Feb 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Bar Diablos azules]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura española,Poesía,Los diablos azules número 4]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[La forastera]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/forastera_1_1122906.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/602375da-71a2-40ad-a3a9-d8c1d85f5bb4_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La forastera"></p><p><em>(Lo inicia Felipe Benítez Reyes)</em><strong>Felipe Benítez Reyes</strong></p><p>Todo el mundo da por hecho que la Japonesita llegó aquí en un carguero de bandera boliviana, por la época en que los ingleses montaron la refinería de aceites vegetales y el hacendado Berrocal se dedicó a la cría de caballos de presumir para venderlos a los dandis criollos. “La Japonesita vino en un barco”. Es un dato sostenido en el aire con un hilo invisible, igual que se sostienen los presentimientos y las ideaciones defectuosas. Me consta que no llegó en barco alguno, sino en el ferrocarril, huyendo de un pasado en el que había un marido tahúr y bebedor, un hijo muerto y un desfalco. Lo sé porque soy el telegrafista, y los de mi profesión nos enteramos de cosas, aunque no nos corresponda divulgarlas. Esta será la excepción.</p><p>A pesar de su palidez y de sus ojos rasgados, la Japonesita no era natural de Japón sino de la isla San Vicente, aunque la niñez la pasó en Colombia, por la parte de Manizales. Unos años más tarde cruzó varias fronteras, tejiendo una biografía de sinsabores, y se casó en Oaxaca, y de allí llegó a lo nuestro, imagino que por la misma razón por la que podría haber desembocado en cualquier otro sitio. Es decir, por ninguna razón, pues hay decisiones que no la necesitan. Lo de Japonesita se lo puso la gente, a falta de conocerle el nombre verdadero. Cuando llegó aquí se instaló en una choza abandonada, en la linde del cafetal de Jeromo Vinuesa, que por entonces ascendió a gobernador y hablaba a todo el mundo como los virreyes. La choza no era ya de nadie ni nadie la quería, porque allí encontraron, tras varios días de búsqueda, el cadáver mutilado de la niña Genoveva Cienfuegos. “Vino de Bolivia”, decía la gente cuando algún visitante preguntaba por aquella forastera apartada y exótica, con algo de loto delicado y carnal, acechada por fieras salvajes y por fieras con nombre y apellidos.</p><p>Que se sepa, la Japonesita no cruzó jamás una palabra con persona alguna del pueblo. Ni siquiera conmigo cuando iba a poner un telegrama o a recoger los que le llegaban de una abuela suya que vivía en Valledupar y que siempre la animaba a que se reuniese con ella para llevar una vida discreta y decente, en vez de andar como las vagabundas. Casi todas las mañanas se acercaba al mercado, diligente y silenciosa, señalaba lo que quisiera comprar y se volvía a la suyo. En la pulquería, los fanfarrones fantaseaban con ir una noche a la choza y darle lo que suponían que la Japonesita esperaba de ellos. “A esa…”, decían, y cada cual echaba a volar sus alardes y quimerismos. Yo temía que la noche menos pensada a alguno se le desbocase el ansia y cometiera una locura. Pero a lo más que llegaron fue a acercarse varias veces en grupo, muy borrachos; gritar unas cuantas obscenidades en el silencio de la madrugada y volver a sus hogares con el orgullo satisfecho y a la vez humillado.</p><p>Unos decían que la Japonesita guardaba un cofre con monedas de oro. Otros decían que le sacaba los pesos al gobernador, que se supone que la visitaba de vez en cuando. Ni lo uno ni lo otro era cierto, por mucho que casi todo el mundo rumorease ambas certezas con el aplomo de los notarios. La verdad de la Japonesita la fui descubriendo yo, igual que se descubre un pozo de agua en el desierto, y verán ustedes que muy poco tenía que ver esa verdad con las apariencias.</p><p><em>(Continúa Marta Sanz)</em><strong>Marta Sanz</strong></p><p>Cuando encontré estos papeles en el cajón de papá, me enfadé tanto que llamé a mi madre sin dudar un momento: “Mami, mami, ya está papá otra vez con lo de la Japonesita”. Mi padre no es telegrafista ni boliviano ni nada, y posiblemente tiene que buscar en el diccionario el significado de la palabra “pulquería” para poder encajar bien el término en sus maquinaciones y sus fiebres poéticas. Mi padre es de Valladolid y prejubilado y, como debe de aburrirse más que una mona, se pone peliculero y escribe sobre cafetales, palenques, ay Mamá Inés, ferrocarriles, niñas ultrajadas, tahúres, bebecitos muertos, tesoros escondidos, insondables incógnitas, zopilotes, güeys y chavos, yuca y hombres beodos que, como las polillas y los polillos, huelen a hembra a kilómetros de distancia.</p><p>A mí todo eso me daría lo mismo porque entiendo que no se le puede hurtar a un hombre su legítimo derecho de pasar un buen rato con sus fantasías. Los hay que levantan la Torre Eiffel con fósforos o construyen maquetas de aviones de la I Guerra Mundial, y eso sí que me pone verdaderamente enferma. Al telegrafista, mi padre, por lo menos le ha dado por la literatura latinoamericana, los pájaros exóticos y las jacarandas en flor. Frente a otras posibilidades de chochez prematura, la suya no me parece de las peores. Pero lo que no le consiento de ninguna de las maneras es lo de la Japonesita. Guacamayos sí, japonesitas no. Ya está bien de japonesitas. Porque yo sí sé quién es la Japonesita. Y no es un personaje rodeado de un aura de misterio. Es la vecina del quinto.</p><p>Se llama Irene y sí, es forastera. Viene de Las Palmas de Gran Canaria o de algún sitio así. Lejano y guanche. Sesea. Yo la veo como un junquillo escuálido de pelo muy negro y muy liso. “Como ala de cuervo”, escribió un día el cursi de mi padre, el telegrafista. Mi madre dice que se parece un poco a Isabel Preysler, pero mucho más joven. “Pues entonces la Preysler tenía puente en la nariz. Tu comparación no le hace justicia a la Japo…”, mi padre detectó –de hecho, se quemó- con en el fulgor de mi mirada y casi se ahoga al tragarse el fin de su sentencia. “…nesita”, completé yo con esa mala leche adolescente que siempre me echan en cara y que a mí me conforta mucho y me ayuda a permanecer viva. La obsesión por la Japonesita de mi padre, el de telégrafos, tal vez le viene de que quiere emular a Vargas Llosa. A mí me eso me importa un bledo. Como si quiere parecerse a Alfonsina Storni y tirarse desde un acantilado o ahogarse en el mar o lo que quiera que hiciese esa rubia loca sobre la que tuve que escribir un trabajo de clase: me salió incluso más cursi que ella. </p><p>Lo que me parece una verdadera guarrada es que mi padre meta a la Japonesita en todas sus ficciones y que mi madre, que se llama Victoria –o sea, Vicky- y es una señora que no es “un loto delicado y carnal” pero sí un clavel reventón, nunca salga en sus historietas. Y lo peor de todo es que a mi madre le da lo mismo. “Mami, mami, ya está papá otra vez con lo de la Japonesita”, grito yo queriendo sembrar el pánico. Y ella acude, toquetea un instante los papeles, sonríe y se apoya en el dintel de la ventana concentrándose en las baldosas del patio sobre las que a las dos en punto de la tarde se oirán las pisadas de Antón Rábago, el novio de la Japonesita. Son las dos menos uno. Mi vida está a punto de desmoronarse. </p><p><em>(Continúa Rafael Reig)</em><strong>Rafael Reig</strong></p><p>Ahora me gusta creer que, cuando sonó el timbre, tuve un presentimiento y ya sabía que iba a encontrarme a Antón Rábago, con la mirada de través, las botas con puntera de hierro y la mano apretando la navaja por dentro del bolsillo. Vi a mi hija encerrarse en su habitación y poner música a todo volumen y comprendí que algo tenía ella que ver con su aparición. </p><p>— ¿Qué va diciendo esa cría? —preguntó.</p><p>— Pégame, por favor. No hagas preguntas y pégame hasta que caiga al suelo. Hazme caso, dame duro...</p><p>Para terminar de convencerle, le di un puñetazo en la cara. Antón me pegó tres, cuatro, hasta cinco veces, y me dejé caer sobre la moqueta. </p><p>— Gracias, cariño —le dije.</p><p>— Mira que eres perra, por un momento pensé que la mocosa tenía razón –me dijo, me dio un beso en el labio partido y se dio media vuelta con un elegante gesto aprendido en los billares. </p><p>Estaba irresistible, agitado, sonriente, los labios pintados con mi sangre.</p><p>Grité por encima de la música de Martita, que apareció titubeante y de puntillas. Nunca fue una chica valiente. Mientras me curaba con agua oxigenada y algodón, se echó a llorar y me contó que ella le había contado a Antón que yo había intentado abusar de su novia. Que lo había hecho por mamá. Ya lo sabía, pero no le dije nada. Pobre Antón, seguro que tuvo dudas, es demasiado celoso. Pobre Vicky, qué disgusto se va a llevar. </p><p>Antón y yo llevamos juntos casi cuatro años. Vicky lo sabe, por supuesto. Lee lo que escribo y sabe que son fantasías sobre Antón, al que amo, pero con quien no querría vivir ni en pintura. Amo su cuerpo, quería decir: el resto de Antón lo invento yo en lo que escribo. Lo que hay fuera del papel y en su interior me da más miedo, Antón es sentimental y bastante obtuso, un tipo peligroso y violento que lleva tres chicas en el apartamento del quinto, entre ellas Irene, la Japonesita de mi hija. Por supuesto que Antón recibe una contraprestación económica, pero tal vez me quiera: por eso tiene celos. Bastante moderada, por cierto, la contraprestación; asequible para un prejubilado y equivalente a la que le entrega Vicky al joven que la entretiene: Alberto, el novio de nuestra hija. </p><p>La vida es demasiado complicada para una chiquilla como Marta y tuve que dejarme pegar para protegerla. Bastante nos ha costado aceptarlo a Vicky y a mí, comprendernos el uno al otro, pero ahora somos mucho más felices, siempre juntos, más unidos que nunca, aunque ella visite los jueves a Alberto y yo los lunes a mi Antón. </p><p>Mira que se lo tengo dicho a Martita, la activista: transformar la realidad está muy bien, pero primero hay que intentar comprenderla. Esto es demasiada realidad para una niña como Marta, se desmoronaría, así que la tranquilicé:</p><p>— Tienes razón, hija, me lo merezco, no volveré a escribir sobre ella.</p><p>El dolor en los pómulos pasará, el labio roto se curará y, por lo demás, no ha ocurrido nada grave, ya que Martita puede seguir siendo una inocente criatura que se manifiesta por un mundo mejor en compañía de su Alberto, menudo elemento. </p><p>Lo único que me intranquiliza es que ahora tendré que convencer a Vicky de que busque otro entretenimiento. Así estaremos los tres en paz.</p><p><em>(Cierra Felipe Benítez Reyes)</em><strong>Felipe Benítez Reyes</strong></p><p>Nunca he tenido suerte.</p><p>No la tuve con mis padres ni la he tenido con mis hijos.</p><p>No la tuve con mi trabajo, que me aburría, ni la tengo con mis pasatiempos literarios de jubilado, que me entretienen pero que a la vez me frustran, porque jamás seré un escritor de éxito. </p><p>Tampoco tuve suerte con mi mujer ni con la medio novia de los sábados por la tarde que me eché en el salón de baile Mogambo cuando mi mujer empezó a no acordarse ni de su nombre.</p><p>Mi hija va a cumplir 40 años y sigue llamando “mami” a su madre, que ha entrado en la fase última de la enfermedad y no sabe siquiera quién la mira ni a quién ve. Mi hija no quiere darse por enterada de eso y habla con su mami como si su mami siguiera siendo su mami y no un bulto que parece rumiarse a sí mismo. Mi hija no quiere tener casi 40 años. Mi hija quiere seguir siendo la niña de su mami. Su mami que en gran medida es su muñeca. La muñeca mami de una mujer de casi 40 años que no quiere tener casi 40 años.</p><p>Mi hijo, por su parte, está tan dentro de sí, que siempre está fuera de sí. Si no se medica, malo. Si se medica, casi peor, porque se pone eufórico y se baja al bar, y vuelve como vuelve. Un día le da por decir que tiene un novio y al día siguiente te lo ves recortando las fotografías de las mujeres del Interviú y pegándolas en una cartulina que luego cuelga en su cuarto. Según mi hijo, todos los hombres somos maricas aunque nos guste acostarnos con mujeres y todas las mujeres se acuestan con maricas y con mujeres, o eso es al menos lo que deduzco de sus peroratas espesas, cuando le da por sermonear. A veces, por imitarme, se sienta a escribir, con la manía de convertirme en el personaje central de sus delirios: “Mira lo que he escrito sobre ti como si fueras tú”. Y en sus engrudos me lía con un tal Antón, que por lo visto es un chuleta del barrio, algo así como el príncipe cañí de los billares. “Eres un marica. Tú mismo lo dices aquí”, y me enseña su folio garabateado, y le digo que vale. Meterse en su pensamiento durante unos segundos debe de ser una experiencia muy parecida a la de precipitarse por la rampa estelar de una montaña rusa con un cohete en cada oreja.</p><p>Así está mi casa. Así está mi vida.</p><p>Mi hija se dedica a registrarme los cajones. Se ríe de lo que escribo. Ella no ha escrito nunca nada, pero se tiene por escritora en potencia porque un profesor de su instituto le dijo una vez que tenía dotes para la escritura creativa. El profesor se la acabó follando y a punto estuvo de meterse el hombre en un lío, porque la niña se dedicó a presumir de que el de lengua y literatura se la había follado y quería casarse con ella en cuanto terminara el curso, aunque conseguí arreglar las cosas con aquel insensato de una manera razonable. Con su arrepentimiento y con un sobresaliente.</p><p>Me gusta escribir de cosas que no conozco. De países en los que no he estado y de mujeres inexistentes. De selvas y desiertos. De travesías arriesgadas y de exploraciones exóticas. Y es que si tuviera que escribir sobre mi vida, el pánico me agarrotaría los dedos.</p><p>Mi hija le lee a su mami los manuscritos que consigue robarme, a pesar de que procuro esconderlos, pero la casa es chica. Luego los hace trizas y los tira por la ventana con la indignación teatral de una loca.</p><p>Le irrita, sobre todo, no sé por qué, uno de mis personajes recurrentes. Una mujer misteriosa a la que llamo la Japonesita. En sus fantasías de niña de casi 40 años que no quiere tener casi 40 años ha llegado a acusarme ante su mami de que ese personaje ficticio es en realidad una vecina nuestra -una viuda que sólo vive para sus penas y para su perro- con la que estoy liado.</p><p>En este instante, mi mujer tiene la boca abierta, como si le asombrase la nada en la que vive.</p><p>Mi hija me grita que ya está harta de planchar y de cargar con todo el peso de la casa. Amenaza con echarse un novio rico y largarse de aquí.</p><p>Mi hijo, con la sonrisa de los infelices, mira fijamente el televisor. El concurso que más le gusta.</p><p>Ojalá la Japonesita fuese real.</p><p>Ojalá nada fuese real.</p><p><em>*Felipe Benítez Reyes es escritor. Su último libro es 'Las formas de la Luna' (Renacimiento, 2016)/ Marta Sanz es escritora. Su último libro es 'Farándula' (Anagrama, 2015). / Rafael Reig es escritor. Su último libro es 'Un árbol caído' (Tusquets, 2015).</em><strong>Felipe Benítez Reyes</strong><strong>Marta Sanz</strong><strong>Rafael Reig</strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Feb 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Felipe Benítez Reyes / Marta Sanz / Rafael Reig]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La forastera]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Los diablos azules número 4]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Y habitó entre nosotros]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/habito_1_1122901.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/bc470cfd-293c-48bd-bdb9-b9620f3a9c10_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Y habitó entre nosotros"></p><p><strong> </strong></p><p><strong>  Tu navegador no soporte el elemento de audio HTML5. La poeta lee 'Y habitó entre nosotros'. </strong></p><p><strong>Y habitó entre nosotros(El día que entré por primera vez en el salón de Oskar Kokoschka)</strong></p><p><em> </em></p><p><em>Alma, mi amor, no entres.No quiero que suceda lo que ya sucedió,lo que va a suceder.</em></p><p>(“Alma Mahler Hotel”, José Hierro)</p><p>Hubo una risa lejana calentando el fuego. </p><p>Un fuego con olor hiriente </p><p>a carbón sin jazmines,</p><p>condenado a la hoguera,</p><p>expuesto en las plazas públicas,</p><p>penado a consumirse en sí mismo</p><p>ante las risas infames de las oscuras bocas.</p><p>Hubo un pincel. Y unas manos. Y varias vidas resbalando</p><p>por el borde ahumado del cenicero.</p><p>Hubo el fantasma de unos dedos </p><p>en el piano. Espíritu encorvado </p><p>que, según los más ancianos,</p><p>se escapa del aliento de los muertos en tardes como esta.</p><p>Hubo un sexo abierto, ruin y amargo, </p><p>que una certera pincelada cerró para siempre.</p><p>—Alma no está. Puedes entrar.</p><p>Y entré. Me acomodé entre los restos</p><p>de las copas y los huesos</p><p>y apagué el fuego.</p><p>Sentí el vaivén opiáceo del color,</p><p>de la carrera ya lejana de la llama,</p><p>de la cercanía pesante de unas venas</p><p>que exudaban la pureza orgánica</p><p>del azul y el ocre.</p><p>Entré tan adentro de aquel útero de hombre</p><p>que lloré como deben de llorar los fósiles: quietos </p><p>y con memoria.</p><p>Y mientras lo hacía, sentí el ruido del viento </p><p>que precede a los terremotos y a los años,  </p><p>que esta vez anunció, sin manto ni culpa, </p><p>que el alma se hizo carne y habitó entre nosotros. </p><p><em>*Rosario Pérez Cabaña es poeta. Su último libro es 'Mi padre nació en Praga' (Ediciones en Huida, 2014).</em><strong>Rosario Pérez Cabaña</strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Feb 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Rosario Pérez Cabaña]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Y habitó entre nosotros]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Literatura española,Cultura,Poesía,Los diablos azules número 4]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La derrota más amarga de la literatura del exilio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/derrota-amarga-literatura-exilio_1_1122900.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/9c885040-f131-4f89-b736-04264a129000_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La derrota más amarga de la literatura del exilio"></p><p><em>"Soldado, tuya es la hacienda,la casa,el caballoy la pistola.Mía es la voz antigua de la tierra.Tú te quedas con todo y me dejas desnudo y errante por el mundo…Mas yo te dejo mudo… ¡mudo!Y ¿cómo vas a recoger el trigoy a alimentar el fuegosi yo me llevo la canción?".</em></p><p>En estos versos del poema "Hay dos Españas", que <strong>León Felipe</strong> escribió en el exilio mexicano en 1943, se trazaba una línea imaginaria entre aquellos a los que les habían arrebatado la tierra con la única ayuda de la fuerza bruta ("¡Muera la inteligencia!", vaticinó a gritos <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Jos%C3%A9_Mill%C3%A1n-Astray" target="_blank"><strong>Millán Astray</strong></a>); y los que tuvieron que huir llevándose en su equipaje nuestra mejor tradición literaria. Desde que comenzara la Guerra Civil en 1936 hasta el final de la contienda, cruzó la frontera española camino a un largo exilio lo más granado de la intelectualidad española: <strong>Luis Cernuda</strong>, <strong>Max Aub</strong>, <strong>León Felipe</strong>, <strong>Joaquim Xirau</strong>, <strong>María Zambrano</strong>, <strong>José Gaos</strong>, <strong>María Luisa Algarra</strong>, <strong>Victoria Kent</strong>, <strong>Luis Buñuel </strong>y un larguísimo etcétera. De políticos a escritores, pasando por filósofos y científicos, todos fueron acumulando heridas sin cicatrizar según pasaban los años. Al principio les dolió España; después, se resignaron a convivir (o malvivir) en el destierro; y la derrota definitiva les llegó cuando las nuevas generaciones de españoles se fueron olvidando, poco a poco, de sus nombres, de sus libros y de sus versos. Se cumplió lo que intuía la joven <strong>Julia Conesa</strong>, una de <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Las_Trece_Rosas" target="_blank"><em>las 13 rosas</em></a> fusiladas en agosto de 1939, cuando dejó escrito antes de morir: "Que mi nombre no se borre en la historia".</p><p>En diciembre de 1999, coincidiendo con el 60 aniversario del inicio del éxodo republicano, se reunieron el Colliure (donde pereció y está enterrado <strong>Antonio Machado</strong>) un grupo de estudiosos del exilio literario (Gexel) de la Universidad Autónoma de Barcelona, además de representantes de otras instituciones culturales, para poner el broche final a un año de sucesivos congresos en homenaje a los que partieron a ultramar. Uno de ellos fue <strong>Manuel Aznar</strong>, coordinador de Gexel y profesor de Literatura española en esa universidad, que propuso crear una Biblioteca del exilio. El primero en poner en marcha tal empresa (que Aznar tacha con sorna de "ruinosa") fue el intelectual gallego <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Isaac_D%C3%ADaz_Pardo" target="_blank">Isaac Díaz Pardo</a>, a través de Ediciós do Castro y, poco tiempo después, recogía el testigo <strong>Abelardo Linares</strong> con su editorial Renacimiento. </p><p>Tras la muerte de Díaz Pardo, <a href="http://www.editorialrenacimiento.com/" target="_blank">Renacimiento</a>, con sede en Sevilla, se ha encargado en solitario de sacar adelante la biblioteca (con la ayuda puntual de algunas instituciones), convirtiéndose en la única editorial que dedica buena parte de sus esfuerzos a publicar obras de escritores exiliados. Llevan, hasta la fecha, 80 títulos recuperados entre reediciones de obras literarias, publicaciones de inéditos, estudios sobre el tema y revistas editadas en el exilio. De hecho, Linares acaba de sacar a la luz una edición facsímil de la revista <em>Los sesenta</em>, de Max Aub, donde reunió a autores en el extranjero y a los que permanecían en la Península, con la intención de crear un diálogo entre los españoles que estaban a ambos lados del charco. La única condición para escribir era que los escritores hubiesen rebasado la barrera de los sesenta años.</p><p> <em>Sinaia</em></p><p>"La idea es que la literatura española del siglo XX nunca estará completa sin la literatura que se escribió y publicó en el exilio", resume Aznar, que lleva más de dos décadas dedicándose a esta materia, al otro lado de la línea telefónica. Así, bajo esta colección, reúnen una pléyade de autores de primer orden, pero también otros totalmente desconocidos hasta para el público versado en la materia. "Publicamos obras que nos parecen importantes, a veces son inéditos [han publicado al menos 10, entre ellos, uno de <strong>Pedro Salinas</strong>] y miramos el mercado para no volver a sacar algo que ya haya sido editado. Intentamos cubrir los huecos, aunque aquí hay muchísimos. Más bien hay océanos por cubrir", explica. </p><p>Por ello, el trabajo de investigación es arduo: van tirando de los hilos hasta desenmarañar la complicada madeja de la producción en el exilio y recurren, en la mayoría de los casos, a los herederos de estos autores para volver a ponerlos en el mapa de la literatura en castellano. Este es el caso del último libro que ha sacado la colección, <em>Los nudos del quipu</em>, de <strong>Cecilia G. de Guilarte</strong>, una ensayista y periodista, nacida en Tolosa (Guipuzcoa) en 1915, que se exilió en México cuando terminó el conflicto. El grupo coordinado por Aznar sabía que De Guilarte había firmado una trilogía sobre el éxodo al país azteca y que se habían publicado dos de las tres obras que componen la trilogía. La última pieza, reeditada por Renacimiento, había estado custodiada hasta la fecha por una de sus hijas. </p><p>A Gexel le avalan 23 años de trabajo, por lo que Aznar incide, siempre que se le pregunta por la dificultad del proceso de investigación, que han cambiado las cosas desde que formaron el grupo en 1993. "Se ha avanzado muchísimo sobre los escritores en el exilio, nosotros vamos a sacar ahora con Renacimiento un diccionario biobliográfico de los escritores, editoriales y revistas del exilio republicano de 1939. Son cuatro tomos de más de 2.000 páginas y ahí está toda la información, es como la guía de teléfono del exilio republicano y es un trabajo que nos ha costado 15 años", adelanta. Sin embargo, y aunque le reste importancia a su labor, la tarea es compleja. Aunque México y Argentina fueron los centros neurálgicos de la producción en el exilio (donde se reunieron más autores y editoriales); también hubo presencia de exiliados republicanos en Estados Unidos (<strong>Victoria Kent</strong>, Pedro Salinas, <strong>Juan Ramón Jiménez</strong>, <strong>Zenobia Camprubí</strong>, <strong>Luis Cernuda</strong>), Cuba (María Zambrano, <strong>Manuel Altoaguirre</strong>), Inglaterra (<strong>Arturo Barea</strong>), Chile (<strong>Xavier Benguerel</strong>), República Dominicana, Unión Soviética, y un largo etcétera. Y no todos contaron con las mismas facilidades para seguir escribiendo. </p><p><strong>De la nostalgia por España a la resignación</strong></p><p>El último libro de Guilarte pone de relieve, asimismo, la segunda etapa del exilio republicano: la difícil adaptación al país de acogida. Hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial, la actitud de los escritores era muy activa y militante. Entendían que luchar contra el fascismo europeo era también una forma de seguir combatiendo contra <strong>Franco</strong>. Sin embargo, el cambio en las relaciones internacionales con la llegada de la Guerra Fría, cambió por completo el panorama y los anhelos de los expatriados. “Esta gente que siempre había dicho que no había que deshacer las maletas, pues finalmente las tienen que deshacer porque ven que el exilio va para largo. Ahí comienzan los problemas de integración en los países de acogida. Por ejemplo, en México se habían fundado colegios, como el Madrid o el Luis Vives, donde los padres educaban a los hijos como si viviesen en Madrid u otra ciudad de España, porque estaban pensando que volverían pronto a su país”, explica Aznar. De esta manera, la temática de las obras sufre un cambio considerable: la obsesión por España va diluyéndose poco a poco y se instala un sentimiento de resignación. "Cecilica G. de Guilarte incorpora muchos mexicanismos en sus novelas", ejemplifica Aznar sobre esta segunda etapa, "hace hablar con propiedad a los personajes que son mexicanos, los diferencia muy bien de los personajes republicanos que vivían allí". </p><p>Es la segunda derrota, la más difícil de digerir: Franco ha borrado de un plumazo a toda una generación de intelectuales. Aznar recuerda, en este punto de la conversación, el libro <em>La gallina ciega. Diario español</em>, de Max Aub. "Aub vuelve a España en el verano de 1969, 30 años después, y comprueba que es un desconocido total, que nadie lo ha leído. Él dice: Franco ganó la guerra en 1939 y ahora de nuevo, ya que nos ha borrado, nadie nos conoce, así que me vuelvo a México". El escritor recorre los diferentes ambientes culturales de la época, pero también la vida cotidiana en la etapa del desarrollismo emprendido por los tecnócratas del Opus Dei, y se da de bruces con un país conformista. </p><p>"La historia de la novela en los libros del franquismo entre el 1939 y 1975 estaba protagonizada por los que estaban aquí:<strong> Cela</strong>, <strong>Delibes</strong>… en fin, los clásicos; y de vez en cuando admitían a otros autores como <strong>Ramón J. Sender</strong>, pero vamos, estos estaban marginados, se consideraban literatura española la del interior", constata Aznar, que recuerda haber conocido a muchos de los autores en el exilio gracias a la labor desinteresada de algunos libreros que sorteaban la censura y conseguían colar en sus librerías ejemplares prohibidos por el régimen de Franco. "La BNE tiene unas lagunas impresionantes sobre literatura del exilio", añade este profesor de literatura a la vez que reivindica la importancia de recuperar a "segundas filas", autores menos conocidos, pero de un valor cultural incalculable, ya que las grandes figuras ya han entrado a formar parte del canon literario. </p><p>“Ahí están y el que quiera leerlos, los tiene”</p><p>Aznar termina con una anécdota que deja un regusto agridulce, pero que explica su calificativo de "ruinoso" a la hora de valorar la colección Biblioteca del exilio. En una ocasión, publicaron un libro de <strong>Patricio Escobal</strong>, célebre capitán y defensa del Real Madrid durante el periodo republicano. Escobal, riojano y de izquierdas, fue detenido el mismo día del golpe militar y estuvo recluido en una cárcel de Logroño. Su experiencia en los calabozos quedó plasmada en <em>Las sacas</em>, la obra que había publicado la colección, donde daba cuenta de los fusilamientos que llevaban a cabo las tropas de Franco.<em> El País </em>dedicó su <a href="http://elpais.com/diario/2005/10/24/ultima/1130104801_850215.html" target="_blank">última página</a> a destacar la figura del defensa y su libro. Cuenta Aznar que un representante del equipo blanco llamó al editor de la publicación, por aquel entonces Díaz Pardo, interesándose por la obra, ya que podía ser un bonito regalo para los socios del club. Mientras los editores echaban cuentas pensando que (por fin) iban a dar el pelotazo con una de sus publicaciones, un ejemplar viajaba a las oficinas del Real Madrid. "Pero claro, leyeron el libro y no les gustó nada", finaliza jocoso Aznar. </p><p>Por ello, este profesor de Literatura tiene claro que su labor, al igual que la de los libreros que en plena dictadura sacaban a la luz algunos títulos prohibidos, es totalmente altruista: "Ahí están los libros y el que quiera leerlos, los tiene", subraya. La responsabilidad, ahora, es de los lectores. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Feb 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Saila Marcos]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Editoriales de libros,Exilio,Guerra Civil española,Literatura,Literatura española,Los diablos azules número 4]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[‘Rosy & John’, de Pierre Lemaitre]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/rosy-john-pierre-lemaitre_1_1122898.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/7833d92f-f339-497d-a21d-62bd1c9c665a_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Rosy & John’, de Pierre Lemaitre"></p><p><strong>Rosy  & John</strong><strong>Pierre LemaitreAlfaguaraBarcelona2016</strong></p><p><em>Rosy & John</em> es la nueva novela corta, breve pero intensísima de <strong>Pierre Lemaitre</strong> protagonizada por el comandante Camille Verhoeven, un metro cuarenta y cinco de policía irritable, cortante y huraño pero con un olfato inigualable. El escritor francés vuelve con una breve historia que recuerda a las películas de <strong>Hitchcock </strong>(en concreto a <em>Psicosis </em>por la tétrica relación madre e hijo de este caso) por cómo lleva la trama, por la construcción de personajes (sobre todos los femeninos), por las descripciones tan visuales y lúgubres y por la intriga y suspense infinito que te atrapa hasta la última línea.</p><p>Esta es la historia de John, un chico solitario que lo ha perdido todo. Su madre, Rosy está encarcelada por haber matado a la novia de su hijo en un extraño accidente y John deambula por París atento a la primera explosión que ha de sacudir la ciudad. Lo sabe bien porque es él el que ha colocado siete obuses en distintos lugares preparados para explotar en las siguientes horas. Después del estallido del primer artefacto, John se entrega a la policía pidiendo la liberación de su madre o hará cundir el caos por toda la geografía francesa. El chico solo quiere hablar con Verhoeven, y ahí comienza el frenesí y la angustia de una situación límite que deberá resolver contrarreloj el comandante más hosco e inteligente de la policía francesa en un nuevo e intenso caso. No se pierdan esta nueva píldora de intriga y tensión que se lee en un par de horas agarrado al sillón, sin aliento, pero con la garantía de entretenimiento y calidad literaria de toda la obra de Lemaitre, nuevamente inconmensurable.</p><p>Su prosa sin artificios ni adornos innecesarios crea un ambiente especial, como detenido en el tiempo, una extrañeza que invade sus libros y a sus protagonistas. Narra en tercera persona, describiendo perfectamente los estados de ánimo de los personajes y empleando la ironía también: “Camille Verhoeven es un metro cuarenta y cinco de cólera. Un metro y cuarenta y cinco es poco para un hombre, pero es mucha cólera concentrada. Sin contar con que para un policía la furia, incluso contenida, no es una virtud cardinal. Como mucho es un filón para los periodistas (en algunos casos sonados sus respuestas cortantes han tenido bastante éxito), pero sobre todo es un quebradero de cabeza para sus superiores, los testigos, los compañeros, los jueces y para casi todo el mundo. A veces Camille grita o se deja llevar, pero desconfía mucho de sí mismo. Tiende más bien a hervir por dentro. No es de los que suelen dar un puñetazo en la mesa. De hecho hace bien, porque dentro del coche, a causa de su estatura, todos los mandos están en el volante, y un mal gesto supone acabar en la cuneta” (Pág. 22 y 23). “Camille mira a Jean. Duda entre el rencor, la ira o la brutalidad, pero nada le sirve” (Pág. 101).</p><p>Pierre Lemaitre es un maestro del género, sabe dosificar la intriga que te acompaña hasta el final porque su literatura es fascinante, (solo <strong>John Connolly</strong> y <strong>Jo Nesbo</strong> pueden dar un nivel así de calidad y entretenimiento), desde cómo trata el sufrimiento, los giros inesperados y la sutil elegancia de un autor muy inteligente que te sacude los nervios durante 160 páginas de tensión narrativa que te mantendrá en vilo hasta el último suspiro.</p><p><em>*Pablo Bonet Ayllón es librero de guardia en la librería Muga (Avda. de Pablo Neruda, 89. Madrid). </em><strong>Pablo Bonet Ayllón</strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Feb 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pablo Bonet Ayllón]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Novela,Cultura,Novela negra,Los diablos azules número 4]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[‘Star Wars. Filosofía rebelde para una saga de culto’]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/star-wars-filosofia-rebelde-saga-culto_1_1122895.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/243836ef-021d-4851-a883-2e0ae0ef9453_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Star Wars. Filosofía rebelde para una saga de culto’"></p><p><strong>Star Wars. Filosofía rebelde para una saga de culto</strong><strong>Carl Silvio y Tony M. Vinci (Eds.)Errata NaturaeMadrid 2015 </strong></p><p>En el año 2007 <strong>Carl Silvio</strong> y <strong>Tony M. Vinci</strong>, dos seguidores de la saga <em>Star Wars</em> recopilaron en un libro diversos ensayos de especialistas norteamericanos, de áreas muy diversas, para reflexionar sobre el fenómeno. Por entonces conocíamos una trilogía, denominada “original” y una segunda o “precuela”. En 2007 <em>Star Wars</em> era presentado como un mito cultural, pleno de simbolismo, que había pasado del mero entretenimiento entretejido de universos imaginarios y <em>merchandising </em>a ser objeto de reflexión, en la línea abierta por una cultura <em>post-pop</em> que busca significados trascendentes en todos los significantes. El pasado mes de noviembre la editorial Errata Naturae, siempre atenta y atrevida, tuvo la feliz y oportuna idea de publicar este trabajo compilatorio y ofrecerlo a los lectores españoles con la traducción de <strong>Miguel Ros González</strong>. Es buen momento repasar lo pasado cuando se avecina el futuro en <em>Star Wars</em>.</p><p>El libro consta de ocho ensayos, que van desde la interpretación de la influencia del capitalismo tardío en la configuración de la saga, hasta las distintas versiones del feminismo que destilan una y otra trilogía. El motor de la recopilación ensayística se centra en la comparación de aquella serie de películas de finales de los setenta e inicios de los ochenta y aquella otra que cruzó el umbral del siglo XX al XXI. Entre una y otra no sucedieron pocas cosas en este pequeño planeta de esta otra galaxia tan, tan cercana: pasaron <strong>Reagan </strong>y <strong>Thatcher</strong>, cuyas políticas allanaron la imposición de la versión avanzada del capitalismo actual; la Perestroika, la caída de la Unión Soviética y su cinturón de acero; la proclamación de <strong>Fukuyama </strong>del fin de la historia; y el 11-S, el terrorismo internacional y la justificación de las guerras de castigo contra las guerras santas. No debe sorprendernos que ambas trilogías sean tan diferentes, cuando nacen en circunstancias históricas con diversas versiones del sistema capitalista, en constante descarga de actualización. Nos lo avisa Silvio: hemos presenciado la sustitución de la fabricación por la producción y el intercambio de servicios e información, la descentralización, el sometimiento de la cultura humana a la lógica del capital y una tecnología cada vez más compleja y dominante, de la que casi todo pende, y hemos sobrevivido en el capitalismo global, en el tardocapitalismo, capitalismo de tercera fase, postindustrial, multinacional, o como queramos llamarlo, pero siempre "la forma más pura de capital que jamás haya existido", según <strong>Frederick Jameson</strong>. Que <strong>George Lucas</strong> se hubiese sustraído a esta influencia de evolución capitalista habría sido un exceso que la industria del entretenimiento no se podría permitir, y que acaso la reconocida ambición del cineasta no habría consentido. Sea en el discurso de género, en la sexualidad, el racismo, la religión o  el feminismo —que son algunos de los asuntos tratados por esa variada selección de colaboradores— cada trilogía se puso al ritmo que marcaban los tiempos, modificándose según la demanda de los fans, la corrección política o siendo un borroso espejo simbólico del periodo que entonces vivimos, como pretenden demostrar algunos de estos breves ensayos.</p><p>Silvio y Vinci, que abren la selección, se centran en las circunstancias políticas, económicas e históricas que marcaron el surgimiento de cada trilogía, para reinterpretar qué quiso decir George Lucas en tal película, en tal suceso, en cual escena y para señalar, sobre todo, qué pudimos entender entonces y qué entendemos ahora. No solo tratan acerca de los reajustes del capitalismo, sino del enfrentamiento entre el elogio de la individualidad, el héroe solitario de la trilogía original, y el fracaso colectivo de la precuela, mostrado en la caída de la República y el advenimiento del Imperio. Interesante es el cambio que sufre la consideración de la Fuerza entre una y otra trilogía, que pasa de ser una intuitiva energía que conduce a la bondad a mostrarse como una sustancia en la sangre medida en midiclorianos y que se transmite entre generaciones, como un material genético único cuyo nivel celular te lleva hacia el oficio de jedi, irremediablemente. Hermosa metáfora de cómo medimos ahora, cómo medíamos entonces.</p><p>Quien esto escribe se alimentó en la primera adolescencia de aquella primera entrega, cuando aún era solamente <em>La Guerra de las Galaxias</em>; pasó de puntillas por la segunda oleada; y aún no ha entrado, por un exceso de desconfianza quizá, en la tercera que se avecina. No ha frecuentado los universos paralelos y expandidos de <em>Star Wars</em> que se han extendido más allá de las fronteras de la Federación. A través de Internet, se lo aseguro, pueden visitarse extensos y procelosos estudios que profundizan en un enjambre de intertexto, <em>wikia</em>, <em>fandom</em>, que adormecen, asustan y resultan casi tan inexplorables como el agujero negro que hay en el centro de la Galaxia. En todo caso, un panorama de opinión y acumulación de información difícilmente abarcable para un solo ser humano, es decir, tal y como a día de hoy resulta el conocimiento, sea tecnológico o económico.</p><p>Pero es interesante discutir si Lucas fue el tremendo profeta del entretenimiento, el recuperador del cine de aventuras, el creador de un nuevo universo, lejano, muy lejano, o simplemente el vendedor de una sucesión de clichés, que pasó por el aro de la industria del entretenimiento, de la exigencia del fan y del discurso oportunista. Es indudable que Lucas, como reconoce en un reciente documental de <strong>Laurent Bouzereau</strong>, bebió de las funciones de <strong>Vladimir Propp</strong>, aplicó el viaje del héroe de <strong>Campbell </strong>y jugó con los arquetipos <em>junguianos</em>, piezas que combinadas son fundamento —con ilusión y recursos— del éxito comercial o el<em> best seller</em>, por su larga herencia y su suave fusión con el imaginario colectivo. Pero no es en vano que los colaboradores de esta compilación de breves ensayos mencionen a <strong>Marx</strong>, a <strong>Freud </strong>, a <strong>Benjamin</strong>, a <strong>Althusser</strong>… Reflexionar sobre los fenómenos de la cultura popular requiere basarse en la producción de pensamiento que marcó el siglo XX y siempre procede cuando desmenuzamos el cine más o menos sesudo y la producción televisiva de mayor calidad, punto en el que convergen las áreas de conocimiento y aparece la piedra de toque para la reflexión. Y se agradece este esfuerzo, este ponernos a pensar desde lo particular a lo general, y provocarnos el interés por lo que se avecina: una trilogía-secuela hecha desde el capitalismo en fase terminal, desigual y salvaje.</p><p><em>*Alfonso Salazar es escritor. Su último libro es 'Para tan largo viaje' (Dauro, 2014).</em><strong>Alfonso Salazar</strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Feb 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alfonso Salazar]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘Star Wars. Filosofía rebelde para una saga de culto’]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine,Ensayo,Libros,Filosofía,Los diablos azules número 4]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[‘De amor y furia. Epigramísticos’, de Minerva Margarita Villarreal]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/amor-furia-epigramisticos-minerva-margarita-villarreal_1_1122887.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4837452a-9c50-461e-b37b-7b62baa6670c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘De amor y furia. Epigramísticos’, de Minerva Margarita Villarreal"></p><p><strong>De amor y furia. Epigramísticos</strong><strong>Minerva Margarita Villarreal Esdrújula Granada2015</strong></p><p>Un homenaje a la cultura clásica, al epigrama como género. Esto es lo que ha hecho <strong>Minerva Margarita  Villarreal </strong>en sus breves poemas: <em>De amor y furia. Epigramísticos</em>.</p><p>“Lo que se hereda no se hurta” es el título del primer poema, y así comienza: “Un siglo después de que <strong>Homero </strong>cantara su <em>Ilíada</em>/ el mordaz epigrama vio la luz”. Un libro que abre con estos versos que beben de las fuentes sabias, con la inteligencia y la lucidez de la búsqueda y del  encuentro, con “este ingenio lapidario” como escribe la poeta en este inicio, ya nos da idea de su discurso, en el que, por su acierto, sus máximas van a perdurar en el tiempo. Ya nos lo anuncia <strong>Aurora Luque</strong> en el interesante prólogo del poemario: “Ya pueden ir dejando lugar para un apéndice las historias de la literatura romana que se impriman a partir de hoy”.</p><p>Minerva Margarita Villarreal, nacida en Montemorelos, Nuevo León, México. Es autora de doce libros, con premios como el Nacional Alfonso Reyes (1990), el Premio Internacional de Poesía Jaime Sabines (1994), el Premio de Poesía del Certamen de Literatura Letras del Bicentenario Sor Juana Inés de la Cruz, publicado por Hiperión (2013).  Acaba de ser galardonada con el Premio Bellas Artes de Poesía Aguascalientes 2016. Ha realizado varias Antologías, entre las que está la de <strong>José Emilio Pacheco</strong>, Fondo de Cultura Económica (2010). Es miembro del Sistema Nacional de Creadores de Arte desde 2011. Es profesora de la Facultad de Filosofía y Letras, en la Universidad de Nuevo León donde dirige la colección de poesía internacional El oro de los tigres.</p><p>Con un lenguaje conciso, sucinto, mordaz, repleto de ingenio, de sátira e ironía consigue a través de un humor negro e hilarante  conjugar  lo erótico y lo provocador. </p><p>Es una oda a la poesía, a la tragicomedia de la vida. El libro está impregnado, calado de la filosofía y sabiduría grecolatina que sabe trasladarnos de aquel escenario a lo que sucede en la actualidad. Pasean por sus versos las historias de <strong>Homero</strong>, <strong>Marcial</strong>, Penélope, <strong>Catulo</strong>, Edipo, Claudia…, historias mitológicas clásicas que se repiten hoy. Es toda una lección de repaso de los mejores personajes  y ambientes del clasicismo, un canto fervoroso al <em>carpe diem</em>,  a la literatura libertina del XVIII, al romanticismo y realismo del XIX y como protagonistas, historias del XX y el XXI.</p><p>Nadie mejor que Villarreal para manejar un lenguaje literario repleto de juegos estilísticos y juegos eróticos. Solo su genio e ingenio logran esta poesía en donde los diálogos se convierten en conversaciones rutilantes que nos hablan de las relaciones humanas, de las emociones,  de los sentidos, de sexo, y de los vicios (la cobardía, la envidia, la debilidad que junto a la honestidad, la coherencia, la humildad se dan la mano). Utiliza, a veces, un recurso sugerente, sus epigramas conversan unos con otros  y continúan sus razonamientos  en otros posteriores. Otras, hace un planteamiento, y al tiempo nos encontramos que vuelve sobre el tema, resolviéndolo con el lector. En sus poemas se dan cita, juntos, el erotismo con un humor finísimo, a través de un lenguaje descarado y de vindicación feminista. Hace una crítica provocadora y reivindicativa, ante la injusticia, la desigualdad y la corrupción.</p><p>Memorable la recreación que hace de refranes populares.</p><p>Espléndido el trabajo de la editorial Esdrújula, joven y prometedora en el panorama de la literatura.</p><p>Así el humor negro, la intertextualidad, la altivez de la palabra fresca y luminosa nos lleva a una escritura fragmentaria, reflexiva, emotiva e insurgente que con gran técnica nos entrega las claves de un mejor vivir y sentir. Sabe combinar magistralmente la inmediatez y la distancia y es a través de  este género breve, que continúa en el tiempo, donde el lenguaje en libertad se puede permitir todas las licencias. Como diría <strong>Gracián</strong>: “Ingenio sublime nunca crió gusto ratero”.  Así con amor y furia Minerva Margarita Villarreal nos traslada a la escena de nuestra existencia. </p><p><em>*Carmen Canet es crítica literaria y doctora en Filología Hispánica por la Universidad de Granada.</em><strong>Carmen Canet</strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Feb 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Carmen Canet]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘De amor y furia. Epigramísticos’, de Minerva Margarita Villarreal]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura estadounidense,Cultura,Poesía,Los diablos azules número 4]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[‘Los caballos de Dios’, de Mahi Binebine]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/caballos-dios-mahi-binebine_1_1122882.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/6f4c504a-6f4b-4a3a-be1e-5df3d8adba6c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Los caballos de Dios’, de Mahi Binebine"></p><p><strong>Los caballos de DiosMahi BinebineAlfaguaraMadrid2015</strong><em>Los caballos de Dios</em></p><p>Respetar al otro significa una tarea más compleja de lo que sugieren los estribillos de lo políticamente correcto. Se nos llena la boca de la palabra “otro”. La pronunciamos con educación para sentirnos bien con nosotros mismos. Y cerramos de forma consoladora los conflictos. Pero cuando existen distancias, resulta imprescindible mirar de frente al conflicto para no caer ni en un colonialismo disfrazado, ni en una mentira. Ponerse en el lugar del otro significa a menudo dejar al otro sin lugar. En sentido contrario, la fe en que todo el mundo es bueno es la cara amable de una mentira a la moda: todos son iguales, esa canción de barra de bar que sirve para establecer el descrédito o la ley de la sospecha sobre cualquier realidad.</p><p>Es mejor mirar de frente al conflicto. Así lo hace el novelista marroquí <strong>Mahi Binebine</strong> en <em>Los caballos de Dios</em>, el libro que recibió en 2010 el Premio de Novela Árabe y que ahora edita en España Alfaguara. Su realismo descarnado es un mirar de frente, un contar con la ayuda de la ficción, pero sin velos, un modo de narrar con sencillez cuidada las experiencias de vida que pueden desembocar en el terror.</p><p>Mirar de frente no es un acto de complicidad, sino un requisito de la voluntad de conocimiento. Mírame a la cara, dice quien nos quiere enfrentar de cerca a una vergüenza o a un juicio duro. La cercanía del amor consigue que veamos más cosas con los ojos cerrados. Binebine nos pide que miremos de frente, nos sitúa ante una realidad dura, pero lo hace con una forma de tensión literaria que es obligada a la serenidad. El tono particular de la narración se impone desde el principio cuando sabemos que nos habla un muerto, que las cosas se recuerdan con la serenidad de quien ya no vive. Esta distancia limita la pasión de las opiniones, pero es permeable a la melancolía y a la evidencia del sacrificio inútil. Se trata de alguien que ha sido incapaz de entender el significado de la vida.</p><p>¿Somos nosotros capaces de comprender al terrorista suicida? La narración no busca la complicidad, el perdón o la justificación, sino el conocimiento de una experiencia, la capacidad de vivir una historia desde el interior de los acontecimientos.</p><p>El 16 de mayo de 2003 se produjeron en Casablanca varios atentados en los que murieron 45 personas, entre ellas 12 terroristas suicidas. Un grupo de muchachos, con una edad entre 20 y 23 años, en conexión con Al Qaeda, hicieron estallar sus cinturones mortales en la Casa de España y en el hotel Farah. <em>Los caballos de Dios</em> narra las historias de algunos de estos jóvenes, desde su nacimiento en Sidi Moumen, una barriada de chabolas junto a un vertedero, hasta el momento de entrar en relación con el fundamentalismo islámico y de entregar su vida a una causa de paraísos criminales. La idea de acceder a Dios a través de la venganza necesita del resentimiento, pero también de una identidad particular formada en el desamparo. Las alianzas de una vida sin articulación legal responden a un tejido de lealtades y decisiones que abren poco a poco un verdadero abismo entre el sentimiento del bien y el mal y una posible conciencia cívica. El mandato de la supervivencia dibuja con una tinta de sombras la geografía de la vida, ya sea para iluminar la violencia salvaje, ya sea para imaginar el amor o la amistad. La desigualdad extrema es mal condimento para la mezcla de civilizaciones.</p><p>Mahi Binebine nos cuenta con una serenidad descarnada esta experiencia en la voz de un muerto. Recuerdos de una infancia con un vertedero al fondo que se convierte en lugar de supervivencia y en sedimento moral. Recuerdos de una pandilla que forma un equipo de fútbol y compone una alianza para sentir consuelo, no ya por el entretenimiento de unas horas, sino por el deseo de formar parte de algo. La vida más digna queda lejos y las familias están en permanente peligro de desarticulación. La violencia se cuela como una rata por las fisuras de la convivencia. Recuerdos de un emir y unos personajes que aprovechan las situaciones para ir creando lazos de devoción, intereses laborales, afectivos y económicos que se enredan a una causa. El rigor dependiente se asume con una normalidad cotidiana, igual que las humedades se apoderan de un sótano. Y, sobre todo, el testimonio de que cualquier totalitarismo se vive en primera persona, de que el yo es una experiencia en la que la irracionalidad es compatible con el amor, la soledad y el miedo. Hasta el último segundo quedan huecos para la duda. Los destinos escritos se mezclan con el azar. Asistir al propio entierro supone incluso tomar conciencia, gracias a una madre, de que cualquier ser humano, por grave que haya sido su crimen, no está nunca solo y significa una demanda de dignidad.</p><p>La buena literatura nos enseña a conocer la vida por dentro. Esta novela abre un mundo que suele quedar escondido al otro lado de las noticias. </p><p>*<em><strong>Luis García Montero</strong></em><em> es escritor. Su último libro publicado es 'Balada en la muerte de la poesía' (Visor, 2016).</em><a href="http://www.visor-libros.com/tienda/novedades/baladas-en-la-muerte-de-la-poesia.html" target="_blank">Balada en la muerte de la poesía</a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Feb 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Luis García Montero]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘Los caballos de Dios’, de Mahi Binebine]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura africana,Novela,Los diablos azules número 4]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Chirbes y el cuento invertido de la madrastra]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/chirbes-cuento-invertido-madrastra_1_1122858.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/8cd83994-76fa-43ab-ac85-528c08986d54_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Chirbes y el cuento invertido de la madrastra"></p><p><em>  Tu navegador no soporte el elemento de audio HTML5. El actor Juan Diego Botto lee las primeras líneas de la novela.</em></p><p><strong>Paris-AusterlitzRafael ChirbesEditorial AnagramaBarcelona2016</strong></p><p><em>Paris-Austerlitz</em></p><p>Cuando leo <em>Paris-Austerlitz </em>inevitablemente me acuerdo de<strong> Rafael Chirbes</strong>, pero también me vienen a la cabeza todos los textos —cinematográficos, literarios, pictóricos— que esta preciosa novela contiene: veo <em>La vida de Adèle</em> (2013) de <strong>Abdellatif Kechiche</strong> y veo el cómic en el que la película se basa libérrimamente, <em>El azul es un color cálido</em>, de <strong>Julie Maroh</strong>, una novela gráfica que me regaló mi amigo <strong>Luisgé Martín</strong>. Recuerdo que, hablando de ese libro y de su adaptación cinematográfica, comentamos asuntos que aportarán hoy perspectivas diferentes de la novela póstuma de Rafael: yo le contaba a Luis que Kechiche subraya un concepto de clase que en el cómic es mucho más suave; sin embargo, él no creía que dicho concepto fuera significativo en el filme. Leemos y también escribimos con nuestros prejuicios a cuestas y, aunque eso no nos incapacita para dirigirnos a cualquier lector, para que un lector no sectario aprecie la obra de un escritor con el que no comparte una visión de la vida, lo cierto es que Chirbes y yo compartíamos muchos prejuicios. Casi todos. No obstante, entre las narraciones de <em>La vida de Adèle</em> y de <em>Paris-Austerlitz</em> existe una diferencia: si en la película la narradora es la mujer débil, la que aparentemente ama más, es inexperta, pobre y vulnerable, la que quiere complacer; en la novela de Chirbes el narrador es el que juega con ventaja y ahí aparece el estigma de una culpa a la que volveré más tarde.</p><p>Luis y yo —también Chirbes— le damos vueltas a los amores difíciles, los que se complican en la vida por la misma razón —la diferencia y con ella el cuestionamiento del tabú—, por la misma razón decía, por la que se vuelven hermosos en la literatura: el desnivel insalvable de la clase, la salud, la edad, la virtud, la sexualidad, las ideas políticas o los bandos de una guerra, la consanguineidad y el adulterio, lo socialmente tolerado o no, consiguen apasionarnos en <em>Edipo Rey</em>, <em>Romeo y Julieta</em>, <em>Anna Karenina</em>, <em>Lolita</em>, en los triángulos escalenos de <em>Jules et Jim</em> (<strong>Truffaut </strong>se basa en una novela autobiográfica de <strong>Henri Pierre-Roché</strong> en la que también anda involucrado <strong>Franz Hessel</strong>) o de <em>Karl y Anna</em> de <strong>Leonhard Frank</strong>, en los don Juanes o en <em>Portero de Noche</em> (<strong>Liliana Cavanni</strong>, 1974). Incluso nos emocionan los melosos amantes de <em>Love Story</em> (<strong>Arthur Hiller</strong>, 1970). A Rafael le habría gustado el homenaje cinéfilo. Porque le gustaban el cine y la gastronomía. Las voracidades. En <em>Paris-Austerlitz</em> tenemos todos los ingredientes para que el amor entre el narrador sin nombre y Michel sea literariamente poderoso. Este <em>amour </em>es <em>fou </em>por los cuatro costados: el homoerotismo es <em>fou </em>por definición ya que está proscrito y genera más culpa que el entrecomillado “amor normal”, que el <em>arciprestiano Buen amor</em>. El narrador, ante los reproches de Jeanine por la falta de amor hacia Michel, le pregunta qué es el verdadero amor. Ese interrogante late en toda la novela. Lo que sabemos es que vivimos en una sociedad, una cultura, en la que la homosexualidad a menudo se coloca del lado de lo perverso, lo brutal, lo marginal, lo delictivo… Y aquí no puedo dejar de acordarme de otra referencia inevitable, al menos en esta novela, la de <strong>Jean Genet</strong>: también Chirbes recorre cuartos oscuros, urinarios, un punto de suciedad en el que uno se complace, torpeza, tosquedad, el asco erótico, noctambulismo, chaperos, los amantes marroquíes cuya profesión es la de atracador, el alcohol y las drogas. El mundo de cierta literatura muy francesa, muy <em>amour</em>, muy <em>fou</em>. El universo de <strong>Albertine Sarrazine</strong>, por ejemplo. </p><p>Pero además <em>Paris-Austerlitz </em>es <em>fou </em>porque Michel es mayor que el narrador; es <em>fou </em>porque Michel es un obrero y el narrador es un artista de la alta burguesía; es <em>fou </em>porque Michel no es muy letrado y el narrador sí; es <em>fou</em> porque Michel es francés y el narrador español; es <em>fou </em>porque el narrador está sano, sobrevive, y Michel es víctima de la plaga. En este punto, recuerdo <em>El bello verano</em>:<em> Paris-Austerlitz</em> también es un anticuento de hadas iluminado por los claroscuros de la prosa, recorrido por epifanías tristes, con los contrastes entre el arte y las modistillas, los obreros de la Fiat, y, sobre todo, esa sensación de que el sexo siempre es algo viciado, una miasma, que en la novela de <strong>Pavese </strong>conduce a la sífilis y en la de Chirbes al padecimiento de la plaga. Mundo de pintores y modelos: gente que objetualiza a otra gente. Un cuerpo se convierte en una acuarela. En estas dos joyas de intensa y lírica brevedad veo habitaciones iluminadas por bombillas de cuarenta vatios. En las alcobas huele a alcohol viejo.</p><p>La degradación y el mito de Dorian Grey se hacen patentes en las palabras del narrador cuando visita a Michel en el hospital: “qué quedaba del hombre que me atrajo”, se pregunta. Y dentro de este mundo, a menudo idealizado, de la enfermedad y el sacrificio de los amantes que besan las heridas purulentas del amado, de los besos publicitarios en las axilas impolutas de la gente que te quiere y de los besos en las llagas de los pies de Jesucristo en la imaginería barroca, en ese mundo, Chirbes no puede renunciar a un naturalismo literario desmitificador de los tópicos: el narrador siente aprensión ante la enfermedad de Michel y evita mezclar sus prendas con las de su amante en la lavadora. La enfermedad no tiene nada que ver con el espíritu, aunque se conecte con las plagas bíblicas y la culpabilidad judeocristiana, pero sí con los virus, bacilos y bacterias —cuánto me identifico el materialismo de Chirbes, con el peso de ciertas cosas invisibles…—; en esa presencia terrible de la enfermedad habita el “Deseo del amor que perdura más allá de la muerte” junto a la seguridad de que todos los amores están condenados a morir.  Se establece una relación dialéctica entre la caducidad de la vida y el deseo de eternidad, de estabilidad, y de ahí nace el absurdo, la indeleble relación entre el amor y la muerte, la escatología, el origen de un mundo vaginal que se congela en la crisis agónica de uno de los amantes: el otro sobrevive sin aspavientos, sin reproducir los tópicos musicales, de cancionero pop, de “no puedo vivir sin ti”, tan solo esperando no haber sido contagiado por la enfermedad. La mezquindad y el miedo que corrompen y definen todo amor. También el de las cigüeñas y los virginales unicornios. Incluso el paisaje de la mítica ciudad del amor, Paris, aparece pintado con otros colores: el bois de Vincennes, la Madeleine, Saint- Michelle, Bastilla, Trocadero, Les Halles… Se desmitifica la asistencia, la fraternidad, y un escalofrío me recorre el cuerpo porque no sé qué nivel de conciencia tenía Rafael respecto a su propia enfermedad mientras escribía estas líneas. Este fin de trayecto. Es ingenuo Michel cuando dice “Te he capturado” y en esa declaración están el contagio y la pasión amorosa. Como si el amor y la enfermedad fueran lo mismo, pero no, porque Chirbes no cuenta una leyenda vampírica: el amor no es enfermedad sino una competición llena de egoísmos y de comparaciones odiosas, que no solo tienen que ver con el dominio del otro, sino con el alquiler de apartamentos ventilados. Con los riñones cubiertos que vienen de familia y con la imposibilidad de sustituir las pobrezas materiales con grandes pasiones románticas. </p><p>La oposición entre el trabajo manual y los oficios culturales de <em>El bello verano</em> se radicaliza en <em>Paris-Austerlitz</em>: para Michel el trabajo solo es el trabajo manual no artístico. El margen que la explotación le deja al obrero es lo que le servirá para comprar lo básico, vivir sin ahorro, con humildad y un hedonismo precario. El narrador no solo se siente poseído afectivamente, sino que se da cuenta de que para Michel es importante “comprarlo”, mantenerlo. El débil compra, desde su concepción de un amor en el que todo son deudas, intereses, avales. “Me doy entero, pero te quiero entero”, dice Michel (pág. 52). En la desventaja de Michel no hay ambigüedad. Chirbes no juega a relativizar quién tiene las papeletas para ser la víctima o el verdugo; en esa desventaja, como en <em>La buena letra</em>, está el peso de la Historia de los vencidos, el peso de la herencia. Chirbes es un escritor lírico y naturalista, y por eso se empeña en redefinir con sus palabras la mancha de humedad de lo sórdido: la madre, la guerra, el padrastro, las palizas… En ese contexto, tiene sentido el reaccionarismo <em>pasoliniano </em>de Michel: su obsesión por la basura del sur —españoles, marroquíes, portugueses…—, la mezcla de su resentimiento afectivo con otro resentimiento que ahora, en Francia, se reconoce tan bien en los votantes de <strong>Marine Le Pen</strong>. Como es culto, como es casi rico, el narrador dice: “La pobreza no lo justifica todo”. Ni la riqueza y, por eso, él genera un intenso discurso de auto-exculpación en el que se asienta la verosimilitud de la novela.</p><p>Jaime, un compañero de Michel, es el destinatario de las palabras de un narrador sin nombre. Como la institutriz de <em>Otra vuelta de tuerca</em>, que también necesita purgar sus culpas presentándose incluso como un personaje heroico. El narrador relata su amor con —no por— un hombre muerto. “Estimado Jaime”, dice el narrador. Esa opción narrativa subraya el sentimiento de culpa de quien habla desde la conciencia de sus privilegios: dinero, familia, juventud, cultura, el hecho mismo de estar vivo. La voz del narrador/artista expresa la mala conciencia habitual de los personajes de Chirbes. Por eso y tal vez por pudor, el narrador no tiene nombre y dice que Michel es el ogro que se lo va a comer, pero en realidad ¿quién se come a quién?, ¿quién juega con ventaja?, ¿quién transforma todo el relato en la expresión de un yerro, un tropiezo, casi de un delito? Chirbes deja poco margen para la duda e incluso en un momento de la historia el narrador sin nombre, por la brutalidad de su dominio sobre Michel, se identifica con el padrastro que lo maltrataba en la adolescencia. Antes aludía a <em>El bello verano</em>: aquí leemos un cuento de la madrastra a la inversa. Y la palabra inversión surge de forma natural en esta exégesis de <em>Paris-Austerlitz</em> porque Chirbes está sacando a la luz el territorio oscuro de los prejuicios de los lectores. El narrador se justifica apelando a la objetualización a la que lo somete Michel y tenemos la impresión —equivocada— de que lo que tiene que ver con la materia y la especie, la pulsión sexual y la necesidad de pedir auxilio, exceden tal vez  la determinación de clase.  Pero no, lo que destaca es la mucha necesidad de poseer que tiene quien carece de casi todo. La necesidad basal de poseer de un pobre.</p><p><em>Paris-Austerlitz </em>es <em>fou </em>por todas esas diferencias y por el malditismo de una sexualidad aún prohibida, tabuizada, que multiplica por mil todas sus culpas. El escritor, por boca de su narrador, plantea su visión de cómo las mujeres se objetualizan para un macho. El maquillaje, el estar listas. Todo surge a colación de por qué la madre de Michel toleraba al bestia de su padrastro, pero el escritor/narrador en realidad está abriendo un campo de preguntas que posiblemente no tienen respuesta e intensifican de nuevo todo lo <em>fou </em>que tiene este <em>amour</em>: en una relación homosexual entre hombres, educados como hombres en la más amplia extensión de la palabra, ¿quién se objetualiza para el otro?, ¿quién adopta la posición de una hipotética debilidad?, ¿quién asume el rol de estimular la seducción, de ser fuerte desde una aparente vulnerabilidad o vulnerable sin paliativos? Chirbes escribe sobre la homosexualidad, sobre un amor homosexual, y su texto y otra vez mis propios prejuicios hacen que me replantee el significado de palabras como <em>hombría </em>o <em>fingimiento</em>. Sin embargo, desde la perspectiva de Chirbes el factor que hace <em>fou </em>al más <em>fou </em>de los amores es la diferencia de clase: incluso la homosexualidad y todas las sodomías se toleran mejor si se tiene dinero. “El cuerpo es la casa”(118), escribe el narrador: el cuerpo se alquila, se compra, se habita, es el abrigo y la hipoteca. Lo físico se convierte en económico y esa metáfora de la violencia como desposesión es un <em>leitmotiv </em>ideológico en la obra de Chirbes. Ahí es donde radica la epifanía, la lección moral, de esta novela que tiene el sello de Chirbes: su leninismo y su talante proustiano, juntos, inseparables, de la mano. En la clase y en sus desniveles se instala la metáfora de la posesión y de la víctima y el verdugo. “Te he capturado”, dice Michel, y en esa captura, en la caza, la contorsión, la anulación de la personalidad del otro, en un amor que siempre nos deforma, nos amolda y nos mete dentro de la caja de una sensibilidad extraña, está la referencia a <strong>Bacon</strong>: la violencia y la ternura del lenguaje de Chirbes y las pinceladas con el color de la carne amoratada del pintor irlandés. El deseo de ser poseído y la asfixia que produce la posesión. Como si cada uno de nuestros amantes fuese culebra o anaconda que nos corta la respiración. El deseo de libertad en el amor y la imposibilidad de vivirlo sin culpabilidad o sin angustia. El mito romántico que se envuelve con el mito sadomasoquista del existencialismo y se enrarece mil veces más en el ámbito de las relaciones homosexuales con su carga añadida de pecado. Y hasta los ateos nos vemos empapados por las ideas de las que tratamos de abominar. Pese a nuestras apostasías, algo nos mancha y nos impide ser libres y limpios. De eso habla también Chirbes con los brochazos matéricos de su prosa sensorial, hermosa y subacuática. La sensorialidad del lenguaje insiste en lo táctil: el peso, la rugosidad, la temperatura. También el color y la forma, las dimensiones y los sentidos con los que trabajaría un pintor. Un narrador que pinta y al que sus palabras le salen por la culata. Un narrador que se desnuda mientas se excusa. Las referencias recorren como venas azules, internas, <em>Paris-Austerlitz</em>: el narrador pinta y en la página 53 cita a Bacon: “qué tendría que pintar ahora aquí, de regreso en Madrid, cadáveres que caminan por los pasillos del hospital, llagas como en Grünewald, carnes desolladas como en Bacon, como en <strong>Soutine </strong>(…) Sobre todo se me hacía insoportable el tiempo que pasábamos en la cama, sus brazos y sus piernas rodeándome. Me asfixias, no me dejas respirar…”. </p><p>En ese juego de pesos y medidas, el voyerismo y el exhibicionismo de la propia escritura, nos hacen pensar que el amor es también una vigilancia de reojo. Al final, en la violencia, en la escisión, en la imposibilidad de volver atrás se caen las máscaras. Incluso las de la escritura y las del escritor. Chirbes escribe una historia de amor, tan vulgar y tan única, tan generosa y tan mezquina, como cualquier otra.</p><p><em>Texto leído en la presentación de la novela en la FNAC Callao el 4 de febrero, junto a Luisgé Martín.</em></p><p><em> </em></p><p><em>*Marta Sanz es escritora. Su último libro es 'Farándula' (Anagrama, 2015). </em><strong>Marta Sanz</strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 19 Feb 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Marta Sanz]]></author>
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