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    <title><![CDATA[infoLibre - Graham Greene]]></title>
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    <description><![CDATA[infoLibre - Graham Greene]]></description>
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      <title><![CDATA[Leer… tal vez soñar: ‘El agente confidencial’ de Graham Greene]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/leer-vez-sonar-agente-confidencial-graham-greene_1_1122401.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/25fe79ba-a39e-4308-9c84-a0ed85ff4eb5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Leer… tal vez soñar: ‘El agente confidencial’ de Graham Greene"></p><p>Como de costumbre, la idea (en ciernes) me vino a la mente temprano por la mañana —en este caso, tras haberme soñado encerrada en un laberíntico e infernal mercado municipal. </p><p>Había sido invitada, el día anterior, a participar en un taller de lectura sobre el tema de la guerra civil en el volumen de novelas cortas de mi marido, Francisco Ayala, titulado<em> La cabeza del cordero</em>, lo que me permitió volver sobre una de sus obras de invención mejor logradas… a la vez que menos fáciles de comprender a fondo. </p><p>En lo de la comprensión estuvimos de acuerdo los asistentes —gente mayor, inteligente, bien preparada— y yo; en cuanto a las razones por las que aquellos relatos hubiesen producido en cada uno de nosotros una sensación de malestar —ya sea intelectual, emocional o hasta corporal—, no hubo, sin embargo, acuerdo alguno (reacción, me apresuro a añadir, que le hubiera complacido, y mucho, al propio autor). </p><p>Al irme reponiendo de mi pesadilla y de sus secuelas inmediatas, me siguió rondando por la cabeza aún una cierta sensación de intranquilidad. Así que me puse a recordar, pensar y, sobre todo, esperar a que me acudiesen por sí solas las ideas (<em>la poète travaille</em>…). Fue entonces cuando me vino a la mente la portada —negra, con dos cabezas masculinas: el busto de un señor que lleva puesto un <em>derby</em> londinense debajo de cuya corona se asoman las facciones de un hombre más pequeño— de un gastado ejemplar de la novela <em>The Confidential Agent</em>, de Graham Greene, volumen que, junto con otros de la biblioteca de mi casa de Nueva York, habíamos traído hace tiempo a nuestro piso en Madrid. Es más: recordé habérmela leído, con provecho y placer, un par de años después de que su dueño falleciese.</p><p>Remontándome, luego, en el tiempo y el espacio, me acordé de mí misma, de turista, en un viaje de Semana Santa por aquella pobre y pintoresca España del año 1959: la única gringa en un grupo de estudiantes franceses que, además de ser simpatiquísimos, presumían de intelectuales. En aquellas inacabables conversaciones suyas surgía con cierta frecuencia el nombre del escritor inglés Graham Greene, cuyas obras de ficción, muy de moda por aquel entonces, me daba la impresión de que se sabían ellos de memoria (a mí, una joven formal de Nueva Inglaterra, la pasión político literaria de aquellos jóvenes <em>engagés</em> me resultaba cuando menos  exagerada...). Apostando por lo seguro, opté, en cambio, por dedicarme a las procesiones, las catedrales y los toros de Osborne (junto con alguna aventurilla de índole particular), y abstenerme de participar en aquellas discusiones de nunca acabar. Con todo, de entre las frecuentes alusiones suyas a autores a quienes no había leído yo, me quedaría grabado en la memoria el nombre de aquel novelista inglés contemporáneo que, quizá por tratarse precisamente de eso —de un escritor angloparlante vivo y activo, en lugar de muerto y transformado en un clásico—, a la muchacha que en aquel entonces era yo, poco o nada le interesaba. </p><p>No creo que estuviera del todo equivocada: cada cosa en su momento, cada momento en su lugar… y yo, tenaz, a mis 19 añitos sólo quería leer, hablar, e inclusive soñar, en la lengua de Molière. Regresemos, pues, ahora a comienzos de la década actual, a mi estantería madrileña y al librito de Graham Green, el cual, como el pastelillo de Alicia, me estaba gritando: “¡LÉEME, ya, de una vez!...” </p><p>Obedecí, y al hacerlo poco tardé en comprender, no sólo el entusiasmo de aquellos antiguos compañeros míos franceses, sino también —y sobre todo— la razón por la que entre los pocos libros que mi difunto esposo optara por conservar, figuraba aquel de Graham Greene, cuya primera edición, pronto averigüé, fue del año 1939: el del final de la guerra civil española (conflicto que, según la opinión general, está reflejado en el texto). </p><p>De modo alguno quisiera inferir aquí una influencia, ni directa, ni indirecta, de dicha novela de espionaje en los cuatro relatos que, precedidos de un importante Proemio, publicó 10 años más tarde Francisco Ayala bajo el título de <em>La cabeza del cordero</em>. Lo que sí me gustaría señalar es una cierta coincidencia de perspectiva —¿de época? ¿De ideas?— en las obras de los dos escritores, discípulos, cada uno a su manera, de Cervantes (piénsese, sin ir más lejos, en los textos recogidos por este último en <em>La invención del Quijote</em>; o en la novela de Greene, <em>Monsieur Quixote</em>). Recrean ambas obras de ficción lo problemático de una realidad relacionada, directa o indirectamente, con circunstancias históricas vividas por uno y otro creador.</p><p>Parafraseando el título de un conocido ensayo de Ayala, se podría preguntar: ¿Para quién escribían ellos? En sendos momentos históricos, como en los que en su día correspondían a la publicación de las dos partes del Quijote, la respuesta resulta ser la misma: para su propio público lector, que no dejaría de ver en el contenido de aquellas obras de ficción contemporáneas un reflejo, directo, de su propia realidad social y personal. Quienes<em> a posteriori </em>leemos esos textos solemos adoptar frente a ellos una cierta perspectiva histórica que ojalá no nos impida valorar la verdad humana plasmada a lo largo de sus páginas: la que les acabará por otorgar su grano de universalidad.</p><p>Hay obras cuya acción, por cualquiera que sea la razón, no se cierra del todo, sino que queda en suspenso, como la vida misma, en el fondo tan abierta, tan impredecible… Buen ejemplo de ello: la primera parte del Quijote, con sus consabidas —y felicísimas— consecuencias literarias. Ocurre, también, hasta cierto punto en los textos que aquí nos ocupan, que se aproximan más, como es lógico, a nuestra propia realidad: a la terrible incertidumbre del mañana, a la verdad detrás del espejo, al vacío existencial. “Nunca se sabe nada, nunca” es el estribillo que aparece, una vez y otra, a lo largo de la narrativa ayaliana. “You'll be dead very soon: you needn't tell me that, but now…” (“Estarás muerto bien pronto: no hace falta que me digas eso, pero ahora…”) son las últimas palabras de la novela de Graham Greene. Muchísimas son las preguntas sin respuesta, tanto en ella como en las cuatro <em>novelle</em> de Ayala.</p><p>Son inquietantes y ambivalentes, cada uno a su modo, estos dos libros, tan diferentes al mismo tiempo entre sí: reflejos poéticos, no sólo de unas determinadas circunstancias históricas, sino también, y sobre todo, de nuestra condición humana en toda su terrible, y en el fondo, indescifrable ambigüedad. Llega a su fin —eso sí— el argumento propiamente dicho de cada historia en cuestión: se pone punto final a lo novelado; pero se da también la sensación de que el tiempo, sin embargo, no para: de que continúa la vida —la de los personajes de ficción, la de quienes habitamos esta tierra. Como nosotros, aquellos han de seguir adelante con unos recuerdos que se les irán acumulando, como el polvo de los siglos, hasta que solos, sin la compañía, ni del autor, ni siquiera de un último lector, se disuelvan, como las páginas de un libro, en el aire del olvido. </p><p>O no. Yo misma llegué a rescatar de mis estanterías aquel polvoriento y quebradizo ejemplar de<em> The Confidential Agent</em>, me lo leí, y al relacionarlo, luego, con el contenido de <em>La cabeza del cordero</em> les concedí a ambos una vida nueva… y a mí misma, entre otras cosas, una salida de aquel soñado y laberíntico mercado infernal.</p><p><em>*Carolyn Richmond, profesora jubilada del Broklyn College y viuda de Francisco Ayala.</em><strong>Carolyn Richmond</strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 05 Feb 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Carolyn Richmond]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Graham Greene,Literatura española,Los diablos azules número 2]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Perfiles de la Guerra Fría]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/perfiles-guerra-fria_1_1086579.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b5dd428b-2177-4c31-a3f3-0b80a4c96d42_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Perfiles de la Guerra Fría"></p><p>El general <strong>Omar Torrijos llegó al poder en Panamá en 1968</strong> tras un golpe de Estado, y desde entonces fue un personaje fundamental de todo el engranaje centroamericano. Creó una suerte de <strong>protectorado para todos los refugiados</strong> y exiliados que huían de las dictaduras latinoamericanas, y desde una posición paternalista instauró en su país un régimen con libertades limitadas aunque socialmente comprometido y muy alejado de las salvajadas de sus coetáneos Videla o Pinochet.</p><p>Seguramente con deseos de diferenciarse de estos dictadores tan al uso en la época, <strong>invitó al ya por entonces afamado y veterano escritor británico </strong><a href="http://es.wikipedia.org/wiki/Graham_Greene" target="_blank">Graham Greene</a> en diversas ocasiones a visitar su país, para que diera cuenta de lo que realmente ocurría allí. Greene encontró a un hombre cercano, comprometido, sobre todo, con una causa: <strong>la devolución del Canal</strong> y la Zona que lo bordeaba (bajo soberanía de EEUU), causa por la que estaba dispuesto a ir a la guerra.</p><p>Graham Greene dejó un interesante relato de sus visitas e impresiones en este libro autobiográfico que no disimula su admiración por Torrijos, <em>Getting to Know the General</em>. <em>The Story of an Involvement </em>(Penguin), y que ahora publica la editorial española Capitán Swing con <strong>prólogo de Jon Lee Anderson</strong><a href="http://www.newyorker.com/magazine/bios/jon_lee_anderson/search?contributorName=jon%20lee%20anderson" target="_blank">Jon Lee Anderson</a><a href="http://www.newyorker.com/magazine/bios/jon_lee_anderson/search?contributorName=jon%20lee%20anderson" target="_blank">,</a> con el nombre <a href="http://www.capitanswinglibros.com/catalogo.php/descubriendo-al-general" target="_blank"><strong>Descubriendo al general</strong></a>.</p><p>Dividido en cuatro partes (las de sus cuatro visitas: 1976, 1977, 1980, 1983), el libro relata los <strong>viajes de su autor por un país en construcción</strong>, lejos de la adulación personalista y la represión, y lastrado por la permanencia del Canal en manos de los americanos. Tal y como cuenta Greene, Panamá no contaba con ningún puerto comercial en todo el territorio, por lo que debía pagar enormes cantidades para usar el Canal, algo que encarecía sus exportaciones. Torrijos enlazaba los altos índices de pobreza con la permanencia del Canal en manos norteamericanas. Y Greene estaba de acuerdo.</p><p><strong>Falta de crítica</strong></p><p>En 1976 conoce Panamá y a Torrijos, con quien congenia enseguida, en 1977 forma parte de la delegación panameña que acudió a la<strong> firma del Tratado de devolución del Canal entre el presidente Carter y Omar </strong>(como ya entonces llamaba a Torrijos), en 1980 fue enviado a Managua como miembro de la delegación panameña a los fastos de celebración de la finalización de la Cruzada Nacional de Alfabetización con la que el Gobierno sandinista había erradicado el analfabetismo en Nicaragua, y en 1983 volvería para visitar el lugar donde había caído el avión de Torrijos, accidente o atentado (Greene duda) que le costó la vida al general.</p><p>Lo más interesante del libro está relatado en sus dos últimos viajes, pues tanto Torrijos como Paredes (el sucesor de Torrijos en la presidencia)<strong> le habían encargado diversas tareas de mediación e información, que el escritor siempre estuvo dispuesto a cumplir</strong>. Así, negoció junto al también escritor Gabriel García Márquez (autor del epílogo del libro) la liberación de diversos presos en manos de algunas de las siete guerrillas salvadoreñas, o visitó a Fidel Castro en nombre de Paredes para hacerle ver que, pese a la muerte del general, la política exterior del país seguiría la misma línea. Tal y como él mismo le dijo a Fidel, no llevaba ningún mensaje pues el mensaje era él mismo. Hasta ese punto había llegado a ser alguien identificado con la persona y la acción política de Torrijos.</p><p><strong>Se achacó a Greene una descarada y obtusa falta de crítica</strong> (por ejemplo, da cuenta de la extraña proliferación de bancos, pero no se pregunta ni investiga la razón), aunque esta admiración casi incondicional no hace menos interesante este libro, memoria viva de la Guerra Fría, escrito por uno de sus más insignes narradores.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 04 Mar 2013 10:19:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Antonio G. Maldonado]]></author>
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