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    <title><![CDATA[infoLibre - Emily Dickinson]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/emily-dickinson/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Emily Dickinson]]></description>
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      <title><![CDATA[El letricidio remediado]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/letricidio-remediado_1_1137139.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/04ac9736-66a6-44d2-9907-77412cc3ce23_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El letricidio remediado"></p><p>"Y así como de su cuerpo sólo quedó una cruz desnuda y olvidada en un cementerio militar, de su última obra sólo quedó el misterio de un título, la incógnita de unas frases que deslizó a sus íntimos, la curiosidad que despierta en sus admiradores, y la oportunidad que brinda imaginarla. Ese es el destino de las novelas perdidas".</p><p>De este modo escribe Álvaro Abós (en <em>El cuarteto de Buenos Aires</em>, publicada por Colihue) de la obra traspapelada de Paul Nizan.</p><p>Y una no puede sino imaginar que hay<strong> un cementerio de las novelas omitidas </strong>al que van a parar, irremisiblemente, las obras de las que nunca más se supo, una necrópolis donde reposan ya obras concebidas casi al principio de los tiempos literarios. Como esa prosa que <a href="http://www.cervantesvirtual.com/descargaPdf/menndez-pelayo-y-sus-estudios-sobre-las-novelas-griegas-y-latinas-antes-y-en-sus-orgenes-de-la-novela-0/" target="_blank">Carlos García Gual</a> evoca cuando vuelve al parnaso griego, las cinco novelas griegas que "Caritón escribía en el siglo I (o comienzos del II); Jenofonte de Éfeso, Longo de Lesbos y Aquiles Tacio, en el siglo II; y Heliodoro en el siglo III muy avanzado ya. El siglo II aparece como el momento de auge de la novela griega. Hoy sabemos por los fragmentos descubiertos en papiros que el género tuvo una notable difusión: hay fragmentos de <strong>más de una docena de novelas perdidas…</strong>"</p><p><strong>En busca del tesoro</strong></p><p>Sin embargo, en ocasiones, <strong>esas obras descarriadas deciden o son forzadas a regresar</strong>.</p><p>Hace unos días tuvimos noticia del hasta ahora último caso de aparición: la <a href="http://ir.uiowa.edu/wwqr/" target="_blank">Walt Whitman Quarterly Review</a> publicó <a href="http://ir.uiowa.edu/wwqr/vol34/iss3/" target="_blank">The Life and Adventures of Jack Engle</a>, un folletín extraviado de aquel a quien tenemos principalmente por poeta.</p><p>Fue Zachary Turpin, estudiante de la Universidad de Houston, el que <a href="http://cultura.elpais.com/cultura/2017/02/23/actualidad/1487813076_242945.html" target="_blank">descubrió el texto</a> en las páginas conservadas en la Biblioteca Nacional del diario de Manhattan <em>The Sunday Dispach</em>, donde el texto de Whitman fue <strong>publicado por entregas en 1852</strong>, al tiempo que trabajaba en su hito épico <em>Hojas de hierba</em>, que vio la luz tres años más tarde. Simplemente, desde entonces y hasta la irrupción de Turpin nadie se había vuelto a acordar de él...</p><p>No es el único poeta fundacional estadounidense cuya bibliografía ha tenido que ser reelaborada.</p><p>Carlos Mayoral, escritor y articulista conocido en Twitter como <a href="https://twitter.com/LaVozDeLarra" target="_blank">@LaVozdeLarra</a> y autor de <a href="https://libros.com/crowdfunding/etilico/" target="_blank">Etílico</a> (Libros.com), trae a colación a <strong>Emily Dickinson</strong>. "Cuentan —me cuenta— que los últimos años de su vida los pasó recluida en una casa alejada del mundo. Los vecinos sólo veían pasear una figura blanca por el jardín, destruida y sola. Al morir, alguien descubrió que<strong> bajo el suelo de la casa ella había escondido innumerables poemas…</strong>"</p><p>Lo cual nos lleva a precisar que, si bien hemos venido usando alegremente el sintagma "novelas desaparecidas", hay casos, como éste, en el que quizá es más conveniente hablar de<strong> "abandonadas"</strong>.</p><p>De hecho, como me apunta <a href="http://libroyautor.blogspot.com.es/" target="_blank">José Luis Ibáñez Ridao</a> (Premio Fomento de la Lectura 2011), "el concepto 'novela perdida' <strong>se presta a equívocos</strong>. Siendo literales, en este apartado sólo podrían caber novelas realmente extraviadas –en un cajón o archivo– y reencontradas años o décadas después. Son pocas. Si los autores no quisieron publicarlas en su día,<strong> tendrían sus razones de peso…</strong>"</p><p>Razones que a algunos les valieron de bien poco.</p><p>Mayoral evoca el caso bien conocido del <strong>maestro Kafka</strong>. "El orejudo le pidió a su amigo Max Brod <strong>que su obra se destruyese sin piedad </strong>(se conserva por ahí la carta). Por suerte, el egoísmo de Brod nos legó <em>El proceso</em>, <em>El castillo</em> y demás apariciones".</p><p>Hablando de apariciones, no puede evitar referirse al "maravilloso <strong>Gustavo Adolfo Bécquer</strong>", de quien se confiesa rendido admirador. "Denostado últimamente (algunas voces lo acusan de pedantería y cursilería), lo cierto es que su prosa es finísima, sus <em>Leyendas</em> son dignas de Poe y su poesía es tan simple que será comprendida durante siglos (esto es tan difícil...). Pues bien, el propio Bécquer fue un desconocido de obra mediocre hasta su muerte. Incluso poco antes <strong>había quemado parte de la misma</strong>. Ya bajo tierra debió de regocijarse con su éxito, que le ha llevado al Olimpo de la literatura".</p><p>Puesto que Mayoral nos ha traído hasta España, quedémonos aquí, donde las novelas perdidas, asegura Ibáñez Ridao, "en realidad, fueron novelas <strong>no publicadas o no traducidas</strong> por cuestiones que van desde las modas, que tapan cualquier disidencia estilística, a la censura pura y dura durante los años del franquismo. Para nosotros son, desde luego, novelas perdidas y reencontradas".</p><p>La radiografía de ese periodo está en <a href="http://www.trea.es/ficha.php?idLibro=00001342" target="_blank">Letricidio español. Censura y novela durante el franquismo</a> (Trea), donde Fernando Larraz analiza la<strong> incidencia que la censura ejerció sobre la novelística española</strong> y, más turbador, <a href="https://negritasycursivas.wordpress.com/2014/10/31/novelas-que-aun-leemos-censuradas-entrevista-a-fernando-larraz/" target="_blank">denuncia que hay novelas que seguimos leyendo mutiladas</a>, las de autores como Benet, Aldecoa o Marsé que han sido y son reeditados con supresiones, las tachaduras.</p><p>Dice Larraz que esa consagración de la amputación por razones políticas es a veces culpa de quienes, por<strong> no admitir que antaño se sometieron al criterio del censor</strong>, renunciaron luego a restaurar sus obras; y a veces, responsabilidad de editores vagos o ignorantes que no han querido recuperar los fragmentos cercenados.</p><p>Hallazgos extraordinarios </p><p>Tan poco confesables son las razones por las que algunos no quieren recuperar los fragmentos perdidos como aquellas por las que otros se empeñan en dar a la imprenta trabajos justamente preteridos.</p><p>¿Un ejemplo? Ibáñez Ridao menciona <a href="http://harpercollinsespanol.com/libros/libro/9780718076344/ve-y-pon-un-centinela-go-set-a-watchman-spanish-edition" target="_blank">Ve y pon un centinela</a>, precuela de la celebradísima <em>Matar a un ruiseñor. </em>La obra "esfumada" de <strong>Harper Lee</strong> (quien, digámoslo ya mismo, tuvo poco que ver en el manejo) fue publicada a finales de 2015 con<strong> gran fanfarria mediática</strong>. "¿Realmente aportó algo su publicación, más allá del dinero?", se pregunta. Y al hacerlo, provoca otro interrogante: ¿alguno de estos hallazgos ha cambiado la historia de la literatura universal?</p><p>"No creo que ninguna lo haya hecho, aunque<strong> algunas hayan influido mucho</strong>", afirma, antes de volver sobre el concepto mismo de "ovela desaparecida". "Por ejemplo, ¿en qué apartado colocamos a <em>La conjura de los necios</em>, de <strong>John Kennedy Toole</strong>? ¿Se trata de una novela perdida porque se publicó once años después de la muerte de su autor? Si la consideramos así, desde luego fue una de las más influyentes de los años 80. En dirección opuesta apunta otra novela inconclusa encontrada por los herederos de<strong> Raymond Chandler </strong>y acabada por<strong> Robert B. Parker</strong>: ¿alguien se acuerda de <em>La historia de Poodle Springs</em>?"</p><p>Otras veces, sin embargo, el rescate de textos que creíamos inexistentes o perdidos tiene al personal con el alma en vilo.</p><p>"Yo soy muy fan de <strong>Roberto Bolaño</strong> —confiesa Mayoral—, sus <em>Detectives salvajes</em> me parecen una obra maestra. Muerto en los primeros dosmiles y con la familia y los editores a la gresca, nunca imaginé que pudiera llegar nada más allá de <em>2666</em>. Pues bien, no ha mucho tiempo que Alfaguara <strong>anunció un nuevo título inédito</strong>. Creo que salía a finales de 2016, y he aquí la cuestión: todavía no lo he leído. Eso sí, lo espero con ansia".</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 26 Feb 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Eva Orúe]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Literatura,Emily Dickinson,Walt Whitman]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Emily Dickinson: la historia de un encierro transgresor]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/emily-dickinson-historia-encierro-transgresor_1_1112339.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/604e5c9e-2dbf-4d19-bc51-925c91400e06_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Emily Dickinson: la historia de un encierro transgresor"></p><p>Conocida como una mujer aislada y solitaria, recluida en su casa y en sí misma, autora de casi 1.800 poemas, <strong>Emily Dickinson (1830-1886)</strong> fue una poeta que, más allá de la imagen que ha trascendido a través de su personaje, transgredió las normas sociales e incluso literarias de su época.</p><p>No se sabe de ella que, si se recluyó en su casa de Amherst (Massachusetts) fue, precisamente, <strong>para escapar del papel social que le correspondía como mujer en el siglo XIX</strong>. No se sabe que dejó de ir a la iglesia, algo impensable entre las mujeres de su época. No se sabe que su aislamiento fue una forma de rebelarse “contra las tareas y roles que le correspondían en el mundo que vivía”, asegura Carmen Oliart, una de las tres editoras de Sabina Editorial. “Cuando un escritor se aislaba para poder crear, nadie cuestionaba nada. Cuando lo hacían las mujeres, se las tachaba de excéntricas”. </p><p><em>Emily Dickinson, poemas 1202-1768. Nuestro Puerto un secreto</em> es el último volumen de la <strong>trilogía que recoge toda su obra poética</strong> en español <a href="http://www.sabinaeditorial.com/" target="_blank">publicada por Sabina Editorial</a>. En edición bilingüe y con un CD en el que las editoras leen todos y cada uno de los poemas, este último ejemplar se presenta al público el próximo 22 de abril, un día antes del Día Internacional del Libro, en el <a href="http://www.teatroguindalera.com/" target="_blank">Teatro La Guindalera</a> a las 19.30 horas (calle Martínez Izquierdo, 20, Madrid).</p><p>Carmen Oliart asegura que esta edición de Emily Dickinson “es tan especial porque las dos traductoras (Ana Mañeru y María Milagros Rivera) han querido ser<strong> lo más fieles posibles a las palabras, los recursos literarios y la puntuación que eligió Dickinson</strong> al escribir”. Unas elecciones que no siempre se han respetado en ediciones anteriores de su obra, “versiones edulcoradas” en las que “durante mucho tiempo se estuvo cambiando la sintaxis y agregando títulos a los poemas que Dickinson no había puesto”, pero que, a pesar de todo, la hicieron “inmediatamente popular”, cuenta Oliart.</p><p>“Es una de las poetas del olimpo americano”, opina la editora. Y no le falta un ápice de razón. En innumerables ocasiones, la grandeza de la obra de Dickinson ha sido equiparada <strong>a la altura de Edgar Allan Poe y de Walt Whitman</strong>. Con este último y su <em>Hojas de hierba</em>, a pesar de que coincidieran en contemporaneidad, la poeta aseguró: “No he leído el libro del señor Whitman, me dicen que es vergonzoso”.</p><p>“Como si el mar se retirase y mostrara un mar más lejano y al final solo viéramos la <strong>conjetura de series de mares no visitados</strong> por las costas. Puede que éste sea el efecto, o mejor dicho, la brisa Dickinson”, <a href="http://cultura.elpais.com/cultura/2012/04/30/actualidad/1335815263_839893.html" target="_blank">decía hace unos años Enrique Vila-Matas</a> sobre la poeta estadounidense en el diario <em>El País</em>. </p><p>Oliart describe este océano de océanos con otras palabras: “La poesía de Emily nos eleva y nos descoloca, te lleva por un sitio, pero <strong>siempre hay un giro en sus poemas que te hace terminar por caminos insospechados</strong>”. Sus juegos con el lenguaje, sus evocaciones místicas y terrenales, su simbología hacen que nunca llegues a conocer el mundo interior de Dickinson.</p><p>Una de las personas que, tal vez, más se acerque al conocimiento de la poeta estadounidense es <strong>A</strong><strong>na Mañeru, editora y traductora</strong> de estos tres volúmenes de Sabina Editorial, junto a Milagros Rivera. Mañeru “se apasionó, buceó en su vida y en su obra y empezó a traducirla hace más de veinte años”, cuenta Oliart. </p><p>Sumergirse en los poemas de Dickinson supone descubrir la “relación emocional muy especial” que tenía con<strong> Susan Huntington, “su principal interlocutora literaria” </strong>y que acabaría siendo su cuñada: viviendo en la casa de al lado a la de la poeta.</p><p>“Yo que he leído sus cartas y los poemas que dedicó Emily a Susan, <strong>no tengo ninguna duda de la relación emocional </strong>que había entre ambas”, cuenta Oliart. “Si llegó a ser sexual o no”, es algo que ya no se atreve a asegurar, lo que sí es seguro es que en su poesía hay toda una simbología sexual, “un montón de símbolos eróticos” y elipsis que la poeta utilizaba para hablar de aquello sobre lo que no podía ser explícita.</p><p>La identidad sexual de Emily Dickinson poco importa, lo relevante es la personalidad transgresora “de una poeta que se negó a publicar porque estaba convencida de que<strong> el público no la iba a entender</strong>”. Dickinson sabía que ella era “rompedora con el mundo social que vivía, porque en el siglo XIX no estaba bien visto que las mujeres escribieran, que se dedicasen a la literatura”, dice Oliart. Otro gran ejemplo de la misma época fueron las hermanas Brontë y su dificultad para publicar en un mundo reservado para hombres.</p><p>Irónica, ácida, ingeniosa, profunda, mística, Dickinson es una “grandísima poeta” que empezó a mezclar los géneros literarios incluso “antes de que eso estuviera de moda, con las cartas poéticas que le escribía a Susan”. Una mujer para quien, más allá del amor, la eternidad y la transcendencia se encontraban a través de la inspiración. <strong>Una inspiración que halló, sin duda, en su encierro transgresor.</strong></p><p> <strong>Poema 1364</strong></p><p><em>Huida es Palabra agradecidaque yo a menudo de Nocheme la considerosin espectáculo a la vistaHuida –ella es la Cestaen la que el Corazón es cogidocuando por alguna atroz Almenaes dejado caer el resto de la Vida–No es para divisar al salvador –es para ser la salvada–y por eso yo apoyo la Cabezasobre esta palabra fiel–</em></p><p><strong> </strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 20 Apr 2015 13:59:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[]]></author>
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